Antonio Ariño

#MAKMALibros
Antonio Ariño Villarroya
Profesor emérito de Sociología de la Universitat de València
Premio Nacional de Sociología y Ciencia Política 2026
Otorgado por el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS)

Decía Ingmar Bergman que envejecer es como escalar una gran montaña: mientras se sube, las fuerzas disminuyen, pero la mirada es más libre y la vista más amplia y serena. No sucede en todos los casos, porque hay quien envejece con la mirada turbia de lo nunca puesto en entredicho, de lo jamás sometido al vértigo de las alturas.

Antonio Ariño ha ido acumulando años y un docto saber sociológico, ahora reconocido con el Premio Nacional de Sociología y Ciencia Política 2026 otorgado por el CIS, mientras escalaba esa montaña de la vida perdiendo fuerzas y ganando claridad en su mirada.

Una mirada que, desde muy temprano, la enfocó hacia la cultura, asumiendo la ambigüedad y ambivalencia de esa misma cultura capaz de las más bellas empresas humanas y de las más siniestras; de maravillosas sinfonías y de terribles campos de exterminio.

Haciendo de la necesidad virtud, Antonio Ariño ha ido explorando tan ambivalente cultura, sin dejar de anotar la mala sombra del pensamiento encerrado en sí mismo, pero con la sana intención de hacer siempre espacio a la luz que vierten las mentes abiertas.

Se ha hecho eco de la posverdad, suponiendo, dice, que haya existido un tiempo, una época o una era de la verdad; del influjo de las redes sociales, con sus grupos y sus ideas complacientes, sus adhesiones inquebrantables y sus odios acérrimos, y, últimamente, de las catástrofes, que confirman nuestra vulnerabilidad, al tiempo que apuntan hacia el peligro de las concentraciones urbanas y la corrupción de las instituciones que debían protegernos.

Su merecido Premio Nacional de Sociología y Ciencia Política nos ha permitido charlar con quien considera al sociólogo un ser realista, al tiempo que siempre dispuesto a sospechar incluso de sí mismo a la hora de investigar la sociedad, siendo el propio sociólogo parte de la misma.

Una vez, el rey Alfonso XIII condecoró a Unamuno y este se reconoció digno merecedor de tal honor. Extrañado, Alfonso XIII le respondió que todos sus predecesores, sin excepción, habían afirmado justo lo contrario, que no lo merecían. A lo que Unamuno contestó que tenían razón. ¿Tú, como Unamuno, te consideras merecedor del premio?

Vamos a ver, yo creo que un sociólogo es un realista y de no ser así no es sociólogo. Pienso que hay muchas personas que están preparadas para merecérselo, pero hay un premio. Y como hay un premio, pues cuando uno se presenta considera que tiene méritos para merecérselo.

Yo me siento extraordinariamente satisfecho y al mismo tiempo agradecido, tanto al Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) como a las personas que han apoyado la candidatura, por el reconocimiento a un trabajo intenso y largo que has hecho en la vida y por el cual has sacrificado muchas otras cosas también.

En el conjunto de la sociología española, hay personas de mi generación a las que no se lo han dado, aunque creo que en el futuro también van a tener sus oportunidades porque hay gente muy buena.

Las razones para la concesión del premio fueron escuetas: “El premio reconoce la trayectoria académica y la contribución a la investigación social de Antonio Ariño”.

Te explico. En la justificación que se ha de hacer del premio, porque yo he estado en diversos jurados, hay varios apartados. El primer apartado es, sin duda, la contribución que has hecho a la sociología en la docencia, desde las materias que has impartido a las incursiones que has hecho en muchos campos, y el mío ha sido la sociología de la cultura: soy el primer catedrático de Sociología de la Cultura en España que tiene la cátedra en ese ámbito en concreto.

Luego está el ámbito de la investigación, labor que he llevado a cabo en distintos territorios, aunque, sin duda, el más amplio, el más intenso, al que más tiempo he dedicado, ha sido al de la sociología de la cultura. Y, por último, está el apartado relacionado con la dedicación profesional: yo he estado 23 años siendo director de departamento y vicerrector en distintos vicerrectorados.

De hecho, cuando asumí el vicerrectorado de estudios, la primera pregunta que me hice fue: ¿Quiénes y cómo son los estudiantes universitarios? Empecé en 2003 –y todavía continúo dentro de la Xarxa Vives de Universitat de València–, lanzando la última oleada de un proyecto que se llama Vía Universitaria y que consiste en una encuesta que hacemos a entre 40.000 y 50.000 estudiantes de las universidades del ámbito de la Xarxa Vives, para conocer cómo son sus condiciones de vida, sus formas de acceso, las desigualdades, las diversidades, etcétera.

Es decir, todo lo que tiene que ver con la vida universitaria, y que tuvo como primer hito el libro ‘El oficio de estudiar en la Universidad: compromisos flexibles’. Y este es un tema que no hemos dejado de seguir, innovando los cuestionarios para acercarnos a otros temas, como el de la salud mental con la COVID, la introducción de la IA, etcétera.

¿Qué es lo que te atrajo especialmente de la sociología, después asociada con el ámbito de la cultura?

Bueno, vamos a ver, la cultura es una cosa que yo llevaba en mente de alguna manera casi desde el bachiller. Es una cuestión que siempre me interesó. Y me atrajo mucho, porque yo me había criado en el mundo aragonés y, después, vinimos a vivir a València, aunque yo viniera un poco más tarde que mis padres, porque continué estudiando en Teruel. Ese contraste con la sociedad valenciana, me lleva, en una de mis primeras etapas, a trabajar los aspectos antropológicos de las fiestas.

Después me fui a otros campos, como el de los procesos de envejecimiento, el de la secesión de los ricos y, más recientemente, el de la emergencia en sucesos como la dana, interrogándome por el hecho de que una sociedad ante un mismo fenómeno climático responda de una manera o de otra: ¿Cómo se prepara? ¿Qué tipo de participación ciudadana reconoce y desarrolla?

O sea, que la dimensión cultural ha estado muy presente siempre en mi manera de enfocar los temas. Recuerdo que, cuando estudiaba Geografía e Historia, había algunas personas que me decían: «Es que tú tienes una inclinación weberiana». Me interesaba también, por supuesto, Carlos Marx, porque tiene aspectos culturales que a veces se ignoran. Pero, sin duda, los planteamientos de [Max] Weber, de [Georg] Simmel y de toda otra serie de autores me han interesado para analizar qué era lo que estaba sucediendo en la sociedad.

Entonces, todos estos aspectos te van marcando en una dirección y, sobre todo en mi caso, me llevan a entender que la cultura es esencialmente ambigua y un fenómeno que puede ser ambivalente, pero que una institución como la Universidad y los funcionarios públicos deben promover las culturas abiertas en un mundo de batallas culturales.

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¿Qué es para ti la sociología? Según la Wikipedia, la sociología estudia cómo se comportan las personas en grupos, las relaciones que mantienen entre sí y el impacto de las instituciones en la vida colectiva. ¿Nos comportamos distinto los seres humanos cuando estamos en grupo que cuando nos relacionamos entre sí?

La perspectiva de la sociología en la que yo a lo largo del tiempo me he ido sintiendo más cómodo es aquella que piensa que el grupo está metido dentro del individuo. Es decir, que el individuo, por más que se piense a sí mismo como un sujeto autónomo, libre y voluntario, está moldeado por los procesos de socialización. Nadie coincide con otro en esos procesos de socialización, por más que estemos en la misma familia, en la misma escuela.

A mí lo que me interesa sobre todo es subrayar que cuando digo, «me gusta este tipo de música, este tipo de cine, este tipo de novelas», lo que refleja es la estructura social que está inscrita en mí, porque no nacemos al margen de la sociedad.

El individuo humano se socializa en un grupo y, sin ese grupo, ni sobreviviría ni tendría el comportamiento que tiene. Por lo tanto, esta dimensión de la sociabilidad del individuo es la que da la perspectiva puramente sociológica.

Un sociólogo es un ser paradójico, señalaba Jesús Ibáñez, porque es un trozo de sociedad que investiga la sociedad. ¿Cómo corrige el sociólogo ese sesgo a la hora de llevar a cabo sus investigaciones?

Sí, Pierre Bourdieu hablaba de la vigilancia epistemológica, porque uno ha de estar siempre vigilante en los procesos de conocimiento, investigue lo que investigue. En la sociología esto es mucho más complejo y complicado precisamente porque tú eres sociedad y la llevas donde no lo ves.

A mí me gusta cada vez más practicar con los alumnos la técnica del diario personal, porque cuando tú estás entrenado para hacer entrevistas a otros, no te ves a ti mismo como sociólogo. Hay algunos autores que han tratado de hacer autoanálisis y los hay muy buenos, pero es muy difícil decir: “Voy a objetivarme a mí mismo como sociólogo”.

Y eso es muy importante, porque si no te entrenas un poco en eso, ¿cómo puedes pretender que estás haciéndolo correctamente con los demás? El autoanálisis es una forma de descubrir la sociedad en ti y de estar siempre vigilante para descubrir en qué medida no te estás haciendo trampa.

Tomemos, por ejemplo, la historia de mi pueblo, de mi familia. Yo consideraba que tenía muchísimos recuerdos y recuerdos muy fieles de las cosas que habían sucedido, ¿no?  Pero en la medida en que hago análisis y crítica me voy dando cuenta de cómo esos recuerdos están tamizados por lo que a mí me ha interesado recordar.

Y, entonces, ¿qué tengo que hacer? Pues acudir a fuentes, si las hay, acudir a terceras personas que han podido vivir esa misma experiencia, si también las hay, porque mi recuerdo está tamizado por lo que le ha interesado a mi subjetividad.

Esta es la cuestión: saber que nunca vas a tener una mirada sociológica perfecta, completa, absolutamente fiable y que has de estar en vigilancia, porque tienes instrumentos a través de la intersubjetividad, a través de los otros, a través de los documentos que han registrado hechos, que ayudan a la autocrítica de la propia memoria.

‘Culturas en tránsito’ lo escribiste junto a Ramón Llopis y en ese libro ya hablabas de las redes sociales y de cómo somos nómadas a medida que podemos conectarnos no solo desde el trabajo, sino yendo por la calle o en el transporte público, al tiempo que hemos ido creando grupos cerrados que comparten una misma visión de las cosas que confirman tus ideas previas. ¿Cómo crees que ha ido evolucionando todo esto?

Bueno, pues la experiencia, hoy por hoy, lo que nos muestra es que, sin duda, esto que llamamos polarización es, en realidad, multipolarización, porque hay muchos polos. Polos de experiencia de gente que se cierra en determinados discursos, determinadas maneras de ver el mundo que le resultan complacientes, que le reafirman y que le pueden, incluso, proporcionar un sentido de pertenencia y de solidaridad, pero que no dejan de ser una manera parcelada de ver el mundo.

Y esto yo creo que ha ido a más, no ha ido a menos. De manera que ahora, en vez de pensar en qué medida en el otro puedo reconocer algo que también es mío, lo que hago es rechazar al otro degradándolo a través de sus representaciones simbólicas, que, en algunos casos, termina en la negación incluso su derecho a la existencia.

Esto no es un fenómeno que surja solo con el ordenador, Internet, etcétera, sino que ya en las vidas de las grandes ciudades la sociología estaba viendo cómo se perdían los lugares de encuentro donde personas con distintas mentalidades podían convivir no solo pacíficamente, sino entendiéndose y haciendo proyectos comunes.

Otro tema que has venido trabajando es el de la posverdad, preguntándote, en cierto momento, si ha existido un tiempo, una época o una era de la verdad. ¿Tú cómo definirías esa verdad cuando todo el mundo ha llegado a convenir que es relativa?

Aquí hay varios aspectos. El primero tiene que ver con esa idea de que el ser humano es racional, cuando sobre todo es emocional, y la razón requiere un esfuerzo para decir: “Vamos a salir de las creencias del grupo y vamos a verificar con hechos aquello que el grupo ha transmitido”. Porque hay que ver la cantidad de bulos, creencias y supersticiones que han transmitido los grupos a lo largo de la historia.

De manera que la racionalidad es un proceso mediante el cual tratamos de someter a control toda esa serie de creencias, narraciones, relatos que tienen una parte simbólica y de capacidad de cohesión del grupo, y otra parte que es desafiada generalmente por los hechos y por la evidencia.

Mira, el otro día, una profesora de educación artística me contaba que un alumno le dijo: «Bueno, tú pensarás eso de los colores y yo pienso esto otro». Bueno, vamos a ver, sí, pero resulta que tenemos cierta capacidad para analizar el espectro de los colores que ve el ojo humano mediante toda una serie de procedimientos. Y tenemos capacidad de ver cómo se combinan, cómo se componen, cómo se descomponen y cómo armonizan entre sí.

Luego, usted podrá querer romper esa evidencia y hacer combinaciones completamente nuevas, pero de entrada hay un aprendizaje que se tiene que hacer y sin ese aprendizaje no hay manera de poder entendernos.

El espacio público no puede ser una afirmación, un guirigay de yoes, porque lo que cada uno está haciendo es negar la posibilidad del intercambio, del diálogo, de la búsqueda conjunta de la verdad. Quien se afirma por encima de todas las cosas como un sujeto autónomo, soberano, está encerrándose en su yo, lo cual no conduce más que al aislamiento o al enfrentamiento.

Últimamente estás trabajando el ámbito de los desastres, de las catástrofes. Hemos vivido la DANA y ahora estamos con los incendios. Pasa el tiempo y esos fenómenos se siguen produciendo sin que se tomen medidas. Es un poco lo que decía José Antonio Marina: nos instalamos en el conflicto y no pasamos a la resolución del problema.

Mira, las sociedades contemporáneas tienen sus vulnerabilidades. Hay un sociólogo estadounidense, Charles Perrow [‘The Next Catastrophe’], que plantea que las sociedades contemporáneas tienen, en relación con las emergencias, dos problemáticas. La primera tiene que ver con el modelo de desarrollo que hemos puesto en marcha en los últimos 100 o 150 años. Y ese modelo de desarrollo ha supuesto, por ejemplo, la concentración de población y la concentración de peligros, porque la concentración es un tipo de vulnerabilidad.

Y la segunda problemática tiene que ver con la forma de organizarnos socialmente, que no impide que las organizaciones se corrompan. No hemos encontrado un modelo satisfactorio para que las organizaciones que nacen con buenos objetivos no terminen corrompiéndose.

De manera que –y esto es lo más importante– la estructura política tal y como la tenemos configurada, que ha funcionado bien durante mucho tiempo en muchos aspectos, sin embargo, funciona muy mal para los problemas del largo plazo y para los problemas de una magnitud global como el cambio climático.

Así es que él dice que los dos factores de vulnerabilidad son el modelo de desarrollo y el cambio climático, pero las estructuras, los sistemas que nosotros tenemos para organizarnos y abordar estos problemas, no son funcionales, no responden ya correctamente, siendo, de hecho, otras fuentes de vulnerabilidad. Nuestro sistema político ahora mismo nos genera vulnerabilidad.

Yo creo que, cuando a veces se dice que las asociaciones de víctimas politizan, no politizan suficientemente: deberíamos politizar más el cambio climático. Deberíamos politizar más las catástrofes porque están mal politizadas por los políticos. Los políticos no han llegado a entender que no pueden estar en el corto plazo de ganar unas elecciones; han de cooperar.

¿Los incendios son fenómenos naturales? Hombre, si lo que queremos decir es que seguramente el fuego procedió de algún rayo de hace dos millones de años y lo descubrieron los seres humanos, si lo que quiere decir es eso, pues sí. Ahora, si lo que quiere decir es por qué se quema el monte hoy y por qué se quema como se quema y por qué es tan devastador, para esto se necesitan otras respuestas.

Ante este tipo de emergencias debemos protegernos colectivamente y ayudar a la gente a autoprotegerse, porque ahí está el problema de las vulnerabilidades estructurales que tiene el sistema y que requieren más politización, no menos politización, pero desde otra manera de hacer política.

El presidente del CIS, José Félix Tezanos, está siendo objeto de duras críticas por parte de quienes consideran que sus encuestas están sesgadas a favor del gobierno socialista. ¿Qué opinión te merecen?

Bueno, aquí la primera cuestión que habría que decir es que el CIS no solo hace encuestas. El CIS hace muchos tipos de estudios. Y no hay más que ver el que hizo sobre la COVID con participación de muchísima gente o lo que se ha hecho ahora con los cinco volúmenes sobre la estructura social de España, haciendo una radiografía de la sociedad española en este momento muy rica, muy compleja, muy densa.

Por otro lado, que Pedro Sánchez salga por delante del PP en esas encuestas no significa que Sánchez tenga capacidad de gobernar, pero resulta que hay un porcentaje de gente que tiene preferencias socialistas, aunque eso, repito, no significa que vaya a tener capacidad de gobierno en las elecciones del próximo año ni mucho menos.

Yo lo que creo es que las encuestas nunca son un diagnóstico certero de lo que sucederá en un proceso electoral, sino que, en un momento determinado, de acuerdo con los tamaños muestrales y la calidad del trabajo de campo que se ha podido realizar, se obtiene un resultado.

Tú lo que estás planteando es que te parece injusto, en cierto modo, que se reduzca el CIS a la figura de Tezanos y, además, que se reduzca a unas encuestas determinadas, cuando el trabajo del CIS va más allá de esas encuestas, ¿no?

Yo estoy seguro que cuando se produzca un relevo político, que en el momento que sea se producirá, no solamente no desmontarán el CIS, sino que harán una ocupación y a unas personas las incluirán en sus consejos y a otras personas no las incluirán en sus consejos.

No recuerdo yo que en la época de Mariano Rajoy dijeran: “El CIS lo disolvemos”. Pondrán otra persona afín y punto. Cambiarán la dirección, cambiarán de equipos, etcétera, y veremos entonces si aciertan más o aciertan menos en las encuestas, y si hacen todo el inmenso trabajo que está haciendo el CIS.