Lunas

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‘9 lunas’, de Patricia Ortega
Reparto: Zack Gómez-Rolls, Jorge Sanz, María León, Sara Sálamo, Fernando Guallar y Kiti Mánver
Música: Paloma Peñarrubia
Fotografía: Diego Dussuel
España, 2026, 98 min.

Ángel es un hombre en los treinta que trabaja como personal trainer en un gimnasio de la ciudad. El problema es que, tras una noche de fiesta, mantiene una relación con una mujer de la que quedará embarazado. Es en ese momento cuando descubrimos que Ángel es un hombre trans que se encuentra al final de su proceso de transición.

Ahora, tras años de lucha por reivindicarse a sí mismo, Ángel se halla en una nueva encrucijada: puede perder su empleo y, según cree, acabar destruyendo todo lo que ha construido en torno a su cuerpo y su identidad. Y es que Ángel, una vez ha conseguido que su aspecto exterior se corresponda con ese modelo de hombre al que aspiraba, ha ocultado su situación a todo el mundo, y claro, el embarazo puede acabar arrancándole esa máscara.

Ante esta perspectiva, Ángel se enfrentará a sus amigos, a sus compañeros de trabajo y a su propia familia. Pero, sobre todo, se enfrentará a sí mismo, lo que lo llevará a un proceso de indagación interior en el que descubrirá que las cosas no son como imaginaba.

Este es el argumento de ‘9 lunas’, último trabajo de la directora venezolana Patricia Ortega (‘El regreso’, ‘Yo, imposible’, ‘Mamacruz’). Una película que, desde la comedia amable, nos quiere hacer reflexionar sobre asuntos muy serios. ¿Quiénes somos? ¿Adónde (creemos) que vamos? ¿Qué sabemos realmente de nosotros mismos?

Preguntas que no tienen una respuesta sencilla, pero que, como dice Ortega en esta entrevista, solo podremos resolver si nos atrevemos a mirarnos en ese espejo que nos devuelve esa imagen real que, con frecuencia, rechazamos y que los demás sostienen frente a nosotros. En el reparto, Zack Gómez-Rolls, Jorge Sanz, María León, Sara Sálamo, Fernando Guallar y Kiti Mánver, entre otros. ‘9 Lunas’ está en las pantallas comerciales desde el pasado 3 de julio.

Fotograma de ‘9 lunas’, de Patricia Ortega.

Ya en las notas de producción incluyes tu película dentro de la categoría del feel good, un género que, normalmente, se relaciona con el cine más mainstream, con temas de corte blanco, amable, etc. ¿Cómo te sientes con esa etiqueta?

Pues mira, lamentablemente, el mainstream, los críticos, todo el mundo trata siempre de etiquetarlo todo. Por ejemplo, el terror. Yo soy fan del terror, pero creo que el terror conecta con un espectro muy amplio y que esa etiqueta, “terror”, se queda ya muy corta en un mundo que nos muestra muchísimos matices.

Y lo mismo pasa con esto de las películas «feeling good», que yo creo que es una etiqueta hecha para los algoritmos para vender, literalmente. La cuestión está en que pareciera que, por hacer humor o por hacer una película luminosa, estás haciendo algo superficial o ligerito.

En este caso, el productor, Olmo Figueredo, sabía que eso iba a pasar y nos apropiamos de ello para contar la historia de un papá gestante. ¿Por qué? Porque sabíamos que esa etiqueta nos podía ayudar a entrar en espacios donde quizás otra etiqueta como «drama social» no nos iba a dejar entrar. Porque el drama social también tiene sus prejuicios, aunque también hay dramas sociales con mucho humor.

Pero sabíamos que teníamos que jugar esa carta del marketing y de los algoritmos porque nuestra idea era ampliar el público de una película que sabemos que, en cuanto se viera el cartel, con un chico embarazado, hay gente que se echaría para atrás y no entraría al cine.

Sabiendo que teníamos esa dificultad, ese feeling good, aunque hay quien quiera tildarlo de blando, aquí se refiere a una película que, aunque está hecha con humor, tiene unas capas de reflexión que son muy comprometidas. A mí, sinceramente, eso no me importa. Lo que me importa es cómo se recibe la película y qué genera en las personas.

En el cine español se ha generalizado lo que se podría llamar como un cierto cine con tema o que intenta incitar a una reflexión sobre asuntos que afectan a nuestra conciencia social. En ese sentido, hace poco hablaba con Arantxa Echevarría y me decía que al espectador nunca hay que aleccionarlo, que hay que llevarlo por otros caminos. ¿Cuál es tu relación con el espectador?

Estoy totalmente acuerdo con Arantxa. Yo creo que el cine no está ni para adoctrinar, ni para educar, ni para convencerte de absolutamente nada. El cine es un espacio de representación del imaginario. Yo ni siquiera hablaría de la realidad, estamos hablando de una visión muy subjetiva y personal que estás compartiendo.

Partamos de allí. Si tú me preguntas cómo me quiero conectar con el público, te digo: pues a través de preguntas. A través de emociones, de pulsiones que pueden remover o no, que pueden generar algo. En Venezuela tenemos un dicho que es “remover la mata”. Es como cuando le das a un árbol para que se caiga la fruta. Cuando a ti te remueven, aunque a lo mejor no sepas por qué te estás removiendo o por qué te genera una pregunta que no sabes responder, eso para mí es interesante.

A mí, como espectadora, cuando veo una película que me despierta sensaciones más allá de lo racional, que me deja una imagen con la que luego sueño, aunque no sepa por qué, o que me interpela, aunque no tenga una respuesta, o por la que le pasa algo a mi cuerpo, eso para mí ya es cine. Las películas que a mí me hacen eso, me gustan.

Yo creo que ese es el poder del cine. La imagen es tan potente que no hay que racionalizarla; que se quede en ti, en tu cuerpo, en tu psique, y que tú la vayas procesando, sin darte cuenta, en el subconsciente. Es eso: conectarme desde los sensorial. Lo racional, bueno, ahí está. Hay una estructura, hay una historia, pero yo creo que vamos más allá de eso. Si uno logra estar allí, creo que logra bastante.

Cartel de la película ‘9 lunas’, de Patricia Ortega.

En alguna ocasión has comentado que tienes un interés particular por el cuerpo como terreno de exploración, de experiencias. Esto es algo que ya aparecía en ‘Yo, imposible’ o ‘Mamacruz’ y, desde luego, aquí. ¿Hasta qué punto nos definen nuestros cuerpos?

Yo preguntaría, ¿realmente controlamos nuestro cuerpo? No lo sé. ¿Realmente somos dueños de nuestro cuerpo? Esa es una gran pregunta para mí. Es la pregunta que me mueve. ¿Soy dueña de mi propio cuerpo? ¿Hasta qué punto vivo en mi cuerpo según un sistema o según un criterio que me han enseñado? ¿O hasta qué punto vivo según mis propios criterios?

No lo sé. Yo misma no lo sé. A veces creo que sí, pero luego me doy cuenta de que no. A veces lucho con eso y trato de deconstruirme y, después, me doy cuenta de que otra vez estoy reproduciendo ciertas cosas. Yo creo que ese espacio del cuerpo, que es lo único que tenemos que es nuestro, lo vivimos muchas veces como un territorio ocupado.

Es desde la socialización, dependiendo del entorno, de nuestra cultura, de nuestro imaginario, de la religión o lo que creamos creer o no, de lo que nos rodea, que parece que nos moldean un poco. En ese sentido, por lo menos yo me pregunto: ¿será que realmente he sido capaz de deconstruir un poco ese molde que puso mi familia o mi país o ese contexto donde nací?

Esa es una pregunta que a mí me persigue y que yo no puedo responder. Y como no la puedo responder, me genera ganas de contar historias que giren alrededor de esa pregunta.

Ángel, el protagonista de tu película, es personal trainer, una profesión muy particular. ¿Por qué tomaste esa decisión dramática? Como dices, el cuerpo es nuestro, pero hasta cierto punto.

Hasta cierto punto, exacto. A mí los gimnasios me parecen espacios extraordinarios que tienen un montón de historias porque es el sitio donde tú intentas moldear, controlar, modificar, perfeccionar o, supuestamente, mejorar tu cuerpo, o hacer crecer el músculo según un esquema, porque es un esquema. Y hay muchos tipos de esquemas, desde la gente que quiere tener mucha masa, hasta la gente que solo se quiere definir, la que solo quiere estar fuerte, la que se quiere mantener…

Es increíble todo el espectro de gente que va al gimnasio tratando, a veces, de luchar contra la edad o contra su forma de comer o de vivir la vida. Es un reflejo de lo que somos como sociedad. Fíjate, yo nací en Venezuela, un país en el que hay un fascismo estético brutal, especialmente sobre la mujer. Yo creo que no hay nada que nos haya jodido más la vida que eso de Miss Venezuela. Horroroso.

¿Por qué? Porque hay un esquema de estética que determina toda tu conducta y toda tu existencia. Yo me di cuenta de hasta qué punto eso determinaba mi existencia cuando emigré. Cuando llegué a Argentina, vi que las mujeres salían sin sujetador, que podían llevar las piernas peludas y que no pasaba nada.

Y yo, que soy de patas blancas, que tengo un cuerpo que no parece latinoamericano, jamás en mi vida (y yo emigré a mis 43 años) había usado un pantalón o una falda sin media por miedo a que me vieran la piel. Me decían de todo: “¡pollo crudo, anda pa la playa!”. ¡Y ay que se te ocurriera salir sin sujetador! ¡Ay de usar el cabello rizado! Era como estar despeinada o que no estabas bien para la ocasión.

Ahí empecé a darme cuenta de que yo vivía presa de esto. Eso, en mi historia. Ahora imagínate una persona trans atrapada en un mundo binario en el que le dicen que su cuerpo tiene que ser de cierta forma. En ese sentido, el gimnasio era como la representación simbólica de esa determinación binaria del cuerpo en la que todos, de alguna forma, seamos trans o seamos cis, nos vemos encerrados, atrapados.

Fotograma de ‘9 lunas’, de Patricia Ortega.

En la película está el cuerpo de Ángel, que va a sufrir una transformación, pero también hay otros cuerpos en los que, de alguna manera, parece que se mira o con los que se compara. Está, por ejemplo, la cuñada, o el propio padre de Ángel que se lamenta todo el tiempo de su estado físico. ¿Qué aportaba al relato esa confrontación?

Es que para mí era muy importante mostrar la diversidad corporal. Ahí yo sí soy política. Esa es mi militancia política. Cuando ves cualquier película te das cuenta de que muestra un tipo dominante de cuerpos. Cuerpos delgados, en una forma física muy fit, incluso en gente mayor, gente muy blanca que tienen una forma de vestir o una forma de representarse culturalmente.

Y yo, que soy inmigrante, sé que eso no es así, que la realidad no es así, que tú caminas por Madrid, que caminas por Sevilla y lo que ves es un caleidoscopio de cuerpos, de seres, de culturas, de acentos, de forma de vestir, de pieles, de lo que sea, muy diverso.

En ese sentido, creo que es muy importante, sin estar justificando nada, que el cine que vemos sea parecido a esa realidad. Tú te sientas en un bar y vas a ver gente de todo tipo, gente de todas las tallas, gente con pieles diferentes, gente con pelos diferentes o con formas diferentes de vestirse. Hay que ver esa diversidad, no solamente en los protagonistas, sino en todos los personajes.

Eso para mí es importantísimo, sobre todo porque no puede ser que, por ejemplo, cuando te ofrecen la figuración de una película y pides que en la calle pase una persona más morena o que parezca latina, porque quieres que la comunidad latina esté representada, eso sea “figuración especial”. ¿Por qué es figuración especial? ¿Me vas a decir a mí que es difícil encontrar a una persona con esas características? Ahí hay muchos obstáculos que derrumbar.

Pero para mí es importante que esa diversidad esté allí porque me siento mucho más reflejada. Siento que mis amigos están reflejados ahí, que mi gente está reflejada ahí. Incluso ese aspecto migratorio que ahora veo, al ser yo parte de esa comunidad, sea también parte de la sociedad y parte de la riqueza cultural de España como un país donde conviven muchísimas culturas que se funden, que se nutren, que se retroalimentan.

Yo me refería, sobre todo, al hecho de que el protagonista se está, de alguna manera, comparando con el resto de cuerpos que se encuentran a su alrededor.

Totalmente. Él quiere ser el cuerpo perfecto, quiere ser el musculoso, quiere que su cuerpo sea el ejemplo, precisamente, porque está preso del cis-passing y cree que ese cuerpo masculino tiene que rendir ciertos requisitos.

Y su viaje consiste en darse cuenta de que no, que los músculos no te hacen hombre, ni los pelos, ni la barba, ni nada de eso. ¿Qué te hace hombre? No sé, pero no es eso. Eso es algo que tú puedes tener si te sientes hombre. O no, porque sentirse o no un hombre no tiene nada que ver con eso, sino con otras cosas.

Hay una cosa de Ángel que, como personaje, lo hace más interesante, y es que durante toda la película se está enfrentando a su propia situación. En cierto modo, es él mismo quien no se acepta y siente que tiene que justificarse delante de los demás.

Sí, sí.

Fotograma de ‘9 lunas’, de Patricia Ortega.

¿Aquellos que luchan contra los prejuicios también tienen sus propios prejuicios?

Claro, totalmente. A ver, si nosotros pensamos que, dentro de nuestra comunidad, por ser marica, por ser bisexual, por ser lesbiana, por ser trans, por ser no binaria o por ser intersexual vas a dejar de tener prejuicios, es mentira. Siempre hay gente que discrimina, hay mucha misoginia, hay mucho machismo, aunque parezca contradictorio.

Nosotros siempre decimos: “maricas fachas, hay muchas, ¿ah?” Que ser marica no te hace un ángel, que ser trans no te hace un ángel, que hay muchísima oscuridad y hay mucho que deconstruir dentro de la comunidad. Por eso me parecía importante que Ángel fuese también expresión de eso.

Ángel está tan obsesionado con el cis-passing que se convierte en un machirulo, en aquel que una vez lo excluía a él. Por eso es importante plantear que, a veces, el enemigo no es la otra persona, eres tú mismo. Cuidado cuando nos convertimos en eso de lo que huimos.

Los problemas que pasan en esta sociedad no son siempre culpa del otre, sino que uno tiene que mirarse en el espejo y decir, ¿de qué manera estoy yo reproduciendo lo que supuestamente debería estar combatiendo?

Yo siempre le digo a una amiga: mira, machirulas somos todas por nacimiento, nos enseñan a ser machirulas y nos toca reconocerlo y deconstruirlo. Yo creo que ese es el primer paso: saber que el problema también es nuestro, que nosotros somos partícipes del problema, desde lo íntimo.

Hay una cosa que me llamó la atención de la película y es ese desdoblamiento que tiene Ángel con Ángela, su yo anterior. Un desdoblamiento que se da hasta el punto de no reconocerse en aquel que fue y al que se dirige como quien se dirige a otra persona, un extraño. ¿Cómo es ese proceso?

Sí, porque es un proceso. Yo he hablado muchísimo con mis amigos trans y hay una cosa que se repite en muchas de sus historias y es el hecho de no querer que nadie vea sus fotos de la infancia o que nadie les pregunte cuál era su nombre antes de la transición o, simplemente, querer borrar a esa persona porque era una persona que vivía con un nombre impuesto, con un rol impuesto y no todos han tenido un camino muy positivo.

Hay algunos que han tenido que sufrir momentos muy críticos con su familia o dependiendo del país en el que vivía. No es lo mismo vivir acá y tener derechos y estar rodeado de una familia amorosa, que vivir en un país suramericano, ser precario y no tener seguridad social.

Pero hay una cosa que sí les unía a todos y es que querían poder controlar su imagen, ese cómo se ven, cómo se sienten y, a veces, ese pasado antes de la transición les generaba un choque: no quiero ver ese pasado antes de transicionar, quiero verme ahora, en el cuerpo que tanto me ha costado tener. Eso es lo que le pasa a Ángel, que una vez que llega este embarazo accidental sale la pesadilla y cree que lo va a llevar a retroceder.

Él cree eso, pero es que eso es imposible. Es imposible porque esa persona es su pasado, ya no es él. Pero claro, el pasado también forma parte de lo que tú eres como persona. Nadie se puede librar de su pasado. Para mí es una reflexión sobre cuántos yoes tenemos cada uno de nosotros, cuántas personalidades hemos tenido a lo largo de nuestra vida.

Podemos mirar atrás y ver varias versiones de nosotros y decir, «pero ¿cómo hice esto?” O decir, «me gustaría reencontrarme otra vez con esta parte que dejé abandonada”. Ese es el proceso de la vida y parte del viaje de Ángel consiste en reencontrarse consigo mismo y abrazar la luz, abrazar la oscuridad y entender que ese pasado fue su punto de partida.

Eso está a través de esa visión masculino-femenino que tenemos del mundo. Yo quisiera invitar al espectador a preguntarse por qué lees a una persona por cómo se ve. Es decir, tú ves a alguien con tetas y no necesariamente es una mujer. Yo veo a alguien con barba y no necesariamente es un hombre.

O la forma de vestir tampoco tiene que definir tu identidad. Pero bueno, eso es un trabajo que, si lo hacemos más cotidiano, en algún momento dejaremos de tomar las características físicas o estéticas como dogmas de la identidad. Tenemos que saber que con eso podemos jugar muchísimo.

Fotograma de ‘9 lunas’, de Patricia Ortega.

La familia aparece en tu película como una red de apoyo que va a asistir a Ángel en todo momento. Hoy en día y desde muchos frentes, la familia aparece como el centro de la mayoría de los problemas que afectan a la sociedad. En esto vas a contracorriente…

[risas] Sí, yo creo que aquí la familia es esa red caótica y amorosa, pero es caótica porque es metiche, porque, a pesar de las diferencias que pueden hacerles chocar, están ahí y deciden abrirse para que las cosas pasen en su seno y no afuera.

Sí, es verdad, en el cine están más contadas las familias que te execran, las familias que te señalan, pero yo siempre digo que, si hacemos matemáticas y sacamos cuentas, podemos ver que es imposible que todas las familias te echen o te excluyan. Es imposible porque, si no, no veríamos en las calles a tanta gente diversa. Si no, no habría las leyes que existen, por lo menos acá, en España.

Y sí, sabemos que ahorita tenemos más logros que antes, pero es que antes también los hombres trans parían y, aunque parieran escondidos, tenían alguien que los ayudaba.

Yo lo que creo es que, como tenemos tan pocos referentes de familias que apoyan o de desconocidos que apoyan o de esas redes que apoyan, pareciera que todo fuese negativo y no es así. Existen, lo que pasa es que pocos lo ven. Y esa es una gran pregunta: ¿por qué lo vemos tan poco? No sé, yo no tengo la respuesta, pero hay que preguntárselo.

La figura del padre acaba devorando la película. Debe ser por Jorge Sanz, que compone un personaje muy entrañable. ¿En quién te inspiraste? ¿Qué papel jugaba para ti esa figura?

Pues mira, como yo no tuve una figura paterna porque yo no tuve padre, crecí en una casa de puras mujeres, nunca he tenido figuras de hombres que me ayuden. Entonces, ese personaje más bien ha nacido de la necesidad de querer tener un papá así.

O sea, si yo hubiese querido tener un papá, hubiese querido tener a un papá que, a pesar de ser clásico, convencional, criado en la vieja escuela, fuera capaz de decir: “Bueno, yo me voy a deconstruir y voy a desaprender por ti”. Yo creo que, aunque no haya tenido ese papá, esos papás existen o quiero que existan.

Y como no lo tuve, pues dije: “Bueno, Jorge Sanz es perfecto para hacer visible a este papá y dar el ejemplo”. Pero lo que más me gusta es que hay mucha gente que ha visto la película que me dice que Jorge Sanz le recuerda a su papá, que hay gente que se identifica con él. Es decir, que sí existen. Aunque yo nunca lo haya tenido alrededor, sí que existen y también es bueno ponerlos allí, en la pantalla.

En tu película aparecen tres generaciones de mujeres (aunque una de ellas, la madre, ha fallecido, está presente en la película). No sé qué te va a parecer, pero tengo la impresión de que aquí las mujeres juegan el papel de una especie de oráculo que se reúne alrededor de la mesa y al que todos le preguntan, son las que guardan ese saber que conducirá a los personajes a resolver sus problemas.

[risas] Sí, sí, sí. Es verdad, esa familia es como un oráculo. A mí esto de estar siempre comiendo y que ahí se lance todo me gusta porque eso pasaba en mi casa. Muchas veces decíamos, “vamos a cocinar tal cosa”, y ese era el pretexto para, mientras picaban la zanahoria, el tomate o lo que sea, se lanzara una conversación incómoda.

Creo que esa mesa abierta de discusión, de planteamiento, de consejo, de sabiduría es un símbolo de la red. Yo sí creo en los oráculos. En los oráculos de amigos, de amigues, que todos tenemos. No vas al psicoanalista, pero tienes tus amigues que son tus psicoanalistas.

Pero también hay oráculos en el trabajo, en lo laboral, gente con la que uno tiene una complicidad o con la que, cuando estás creando, se genera ese ambiente colaborativo. Y, por supuesto, en las familias, las consanguíneas y las elegidas.

Yo creo mucho en esa sabiduría colectiva o social donde las experiencias se comparten, se reciclan y a la que acudimos. ¿A quién acude la gente que no puede pagar un psicólogo? A su gente, ¿o no? Incluso entre los mismos desconocidos está esa sabiduría de la calle, del que se encuentra contigo y te empieza a contar su vida y tú le cuentas la tuya, o el que te ve mal en la calle y te dice algo. A mí me ha pasado.

En Argentina tuve muchísimas experiencias con desconocidos y entendí que hay redes de gente que, de repente, te ayudan con algún consejo que te cambia la vida. Es eso. Yo sí creo en esos oráculos de la vida, que no son como los oráculos de la ciencia ficción, no son tan místicos, son más mundanos, cotidianos, pero que tenemos muy cerca.