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Un viaje noir: de Agatha Christie, Andrea Camilleri y Donna Leon a Fred Vargas, Fernando García Pavón y Alicia Giménez Bartlett, entre otros
En el mundo real, relacionarse con agentes de la ley suele ser consecuencia de asuntos turbios, conflictivos y desagradables. En la ficción, en cambio, tanto polis como detectives nos proporcionan intensas dosis de excitación mental al invitarnos a viajar por un laberinto en pos de pistas, indicios y huellas sangrientas. Una placentera aventura que combina intriga, ingenio y emoción.
Porque lo que importa, al fin y al cabo, no es descubrir al asesino –a veces, lo conocemos desde las primeras páginas– ni reunir pruebas que lo lleven ante la justicia, sino explorar el océano que separa el bien del mal, las motivaciones que mueven al ser humano y las interacciones que mantiene con su entorno.
Como voraz lectora de novela negra, me he topado con legión de polizontes literarios: héroes y antihéroes, dipsómanos y drogadictos, enamoradizos y misóginos, misántropos y sociables… El comisario de la imaginaria ciudad siciliana de Vigàta, Salvo Montalbano, concebido por el dramaturgo Andrea Camilleri, que le dio ese nombre en homenaje a Vázquez Montalbán, encabeza mi lista de favoritos. Lo he disfrutado en papel y en pantalla gracias a la serie protagonizada por Luca Zingaretti, que infunde humanidad a un personaje inolvidable.
Montalbano es un hombre sencillo y honesto que se deja amar por la vida nadando en el mar, ante un plato de pasta o seducido por una beldad de largas piernas. Es compasivo e implacable cuando toca, y posee una habilidad natural para deslizarse entre las presiones de sus jefes y las de la mafia. Al inspector veneciano Guido Brunetti, de Donna Leon, y al griego Kostas Jaritos, de Petros Márkaris, también los incluyo. Son eficaces investigadores y hombres de familia que nos descubren las trastiendas de una maravillosa ciudad atosigada de turistas y la de un país fascinante en horas bajas.
Si tuviera que protegerme del acoso de un psicópata o asesino en serie recurriría, sin duda, al inspector Harry Hole de Jo Nesbø, un superviviente en situaciones límite y de su propio afán autodestructivo. Ha sido llevado a la pantalla encarnado por dos actores atractivos, Michael Fasbender y Tobías Santelmann, pero prefiero ponerle la cara que yo me imagino. En el nordic noir, Nesbø es el autor más potente, con títulos excelentes fuera del género como ‘El Reino’. Sin olvidar, naturalmente, a Henrik Mankell y Stieg Larsson.
Para investigar mi propio asesinato, acudiría a Jean-Baptiste Adamsberg, de Fred Vargas, nacido en los Pirineos y comisario de un distrito de París que cuenta con un variopinto equipo que incluye al gato Bola de nieve. Por su rico sustrato cultural y depurado lenguaje, los libros de Fred Vargas ocupan la cumbre del noir francés, aunque la alergia a los medios que sufre esta autora, reacia a eventos y entrevistas, limita su popularidad. Los largometrajes basados en sus libros, con el actor Jean-Hugues Anglade como Adamsberg, tampoco han sido difundidos en España.
La última incorporación a mi listado de maderos imaginarios es Juan de Dios Cortés, Jotadé, el subinspector de etnia gitana creado por Santiago Diaz que aparece en ‘Indira’ y asciende a protagonista en los siguientes títulos: ‘Jotadé’ y ‘El amo’. ¿Un gitano de la pasma? ¿Un oxímoron viviente?

Jotadé se encuentra en las antípodas de la versión negativa de los de su raza y tampoco tiene nada que ver con los romanís irlandeses de ‘Peaky Blinders’. Es franco y sin doblez, dispuesto siempre a ayudar a sus colegas, amigos y parientes, y, aunque a veces usa métodos poco ortodoxos, posee una intuición que le permiten resolver casos.
Su capacidad para encajar los golpes, tanto físicos como emocionales, es proverbial, y su peculiar forma de expresarse su mejor baza como personaje. “Se va a armar la de San Tintín”. “Tiene más cojones que el caballo de Espartano”, “trámites murocráticos”… Y una larga lista de insultos entre los que destaca “mierda seca”.
Como muchos de mi generación, me inicié en el género con la dama del crimen, de quien este año se cumple el 50 aniversario de su muerte, y entre sus numerosas novelas recuerdo, especialmente, ‘La casa torcida’, pues la asesina tenía la misma edad que yo, 13 años. Un millonario griego envenenado, una mansión, una familia presuntamente culpable y un título inspirado en una rima infantil como le gustaba a doña Agatha. Hubo una película, en 2017, con Glenn Close y Terence Stamp, una de las muchas basadas en sus ingeniosas tramas en las que la intriga psicológica predominaba sobre la sangre y las vísceras.
Por los años 60, descubrí una versión celtibérica del género protagonizada por un policía rural, apodado Plinio por su tendencia a filosofar, creado por Fernando García Pavón en una serie de novelas ambientadas en Tomelloso, con un tono costumbrista. Años más tarde, en 1972, se popularizaron gracias a una serie de Televisión Española, una de las primeras en color, dirigida por Antonio Giménez-Rico, con guion de José Luis Garci.
En vísperas de la Transición, pasé el sarampión de la negra americana que empezaba a aterrizar en España en doble versión, papel y pantalla, seduciendo a los jóvenes con atmósferas sombrías, personajes atormentados, violencia explícita y un fondo de crítica social: los ingredientes clásicos del genero.
Nuestros autores autóctonos no tardaron en demostrar que no teníamos nada que envidiar a los foráneos. De las mentes de Manuel Vázquez Montalbán, Alicia Giménez Bartlett y Lorenzo Silva surgieron personajes que hoy son referentes y forman parte del imaginario colectivo de los amantes del noir: el detective gastrónomo que quema libros en su chimenea, Pepe Carvalho; la inspectora Petra Delicado, la primera chica con placa y pistola; y el guardia civil ilustrado Bevilaqua, que limpió la imagen de los picoletos empeñada por el franquismo. Habría que mencionar también a Juan Madrid, Domingo Villar, Rosa Ribas, Víctor del Árbol.. y muchos más.
Sería cansino enumerar a la infinidad de autores españoles de novela negra separados por una línea divisoria entre los pertenecientes a la vieja y a la nueva guardia. Los primeros, que han fallecido o peinan canas, respetan los códigos del género y se mantienen dentro de los límites del realismo: los segundos, en la mediana edad, se saltan las reglas, y en un carrera por conquistar lectores urden argumentos retorcidos y truculentos que desafían la verosimilitud y exigen una suspensión de la credulidad como en la novela fantástica.
La literatura es una madre comprensiva que se traga todas las historias siempre que estén bien contadas, es verdad. Ahí esta el irlandés John Connolly con su detective Charlie Parker, que habla con los muertos y combate criaturas que se mueven en las sombras: los Hermanos, el Coleccionista, los Hombres huecos…
La hibridación, la mezcla, el mestizaje, se impone en todos los aspectos. Una estrategia que resalta las cualidades positivas de los ingredientes involucrados en una suerte de simbiosis o sinergia simpática, el efecto coctelera, batido o macedonia de frutas. En cuanto a personajes, la novela negra española es demasiado blanca. O blanca y roja. Creo que pronto veremos inspectores latinos, de color e incluso orientales como el forense de ‘Dexter’. Mientras nos seduzcan con sus frases, bienvenidos sean.
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