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‘Yo no moriré de amor’, de Marta Matute
Reparto: Júlia Mascort, Sonia Almarcha, Tomás del Estal, Laura Weissmahr y Guillermo Benet
Música: Simón Fransquet
Fotografía: Sara Gallego
94′, España, 2026
Biznaga de Oro a mejor película española en el 29 Festival de Málaga
Resulta complicado realizar el trabajo de la crítica cuando, semana tras semana, te topas en la cartelera con una serie de películas que, en el fondo, transitan el mismo espacio fílmico, acogen la misma propuesta formal, el mismo desarrollo dramático o con muy pocas variaciones.
En cierto modo, y desde hace ya bastante tiempo, si nos referimos a un cierto cine de autor, estamos viendo, tanto en el terreno nacional como en el internacional, la misma película; un modelo de producción en el que solo cambian algunos elementos, pequeñas variaciones argumentales que apenas sirven de pretexto para construir un artefacto que empieza y acaba en sí mismo, y en el que la figura del espectador queda completamente fuera de la ecuación.
‘Yo no moriré de amor’, debut en el largometraje de la realizadora madrileña Marta Matute, narra la historia de una familia: padre, madre y dos hijas. Claudia, la hija pequeña, vive una crisis sentimental cuando su pareja le informa de que va a marcharse del país, dejando su relación. En ese momento, comienzan a aparecer en su madre los primeros síntomas de Alzhéimer, una enfermedad que va a condicionar la vida de toda la familia de aquí en adelante.
Entre las virtudes que atesora una película como ‘Yo no moriré de amor’ se encuentra el trabajo de fotografía de Sara Gallego. No es que Gallego nos aporte nada novedoso. En cierto modo, no hace sino replicar los mismos códigos visuales que han dominado ese cine español con firma de las últimas décadas.

No en vano, Gallego ha sido la responsable de la imagen de títulos como ‘La buena letra’ o ‘Las chicas están bien’, cintas que, como ocurre aquí, destacan por la búsqueda de un naturalismo propio de una ficción de tintes realistas que aspira a acercarse a una cierta o aparente cotidianeidad.
Tampoco en el aspecto narrativo la cámara de Matute/Gallego aporta nada nuevo, pero esa búsqueda de la corrección da como resultado un producto formalmente equilibrado, que cumple su papel ilustrador, que no asume riesgos, pero que tampoco provoca estridencias y al que, en su funcionalidad, de achacarle algo sería esa falta de sorpresas.
Ahora bien, es cuando abordamos qué quiere contarnos Matute con este trabajo cuando empiezan, al menos para este cronista, los problemas. Llegados a este punto, parece necesario recordar algo que, por obvio, se está olvidando: en cine, aquello que no se dice o se muestra, es decir, se expresa, no cuenta en la narración.

Cogida esta afirmación a la ligera podríamos decir que quizá estamos mostrando una posición muy conservadora o clasicista. Pero no se trata de eso. Por supuesto que el cine tiene todo el derecho a experimentar con las formas narrativas, pero incluso una obra tan radical como la del húngaro Béla Tarr tiene en consideración a ese espectador que observa, pues, sin este, no hay relato, solo una sucesión de imágenes que claman en el vacío. Pero es que, en el caso de la película de Matute, estamos ante un producto bastante más convencional de lo que quizá se quiera reconocer.
Abordaremos la cuestión desde distintos frentes. El primero nos remite a la construcción de personajes. En este sentido, Matute, como en otras ocasiones, deja al espectador en un rincón en la sombra. Según avanza la cinta, sabemos que Claudia está muy enfadada. En un primer momento, podemos pensar que su estado de ánimo se debe a su ruptura sentimental. Pero, aparte de eso y la lógica (o posible) actitud de rebeldía ante una situación que parece acotar sus intereses particulares, propios de su edad, desconocemos qué puede haber llevado a Claudia a ese estado de confrontación contra todo y contra todos, incluida su madre.
Y lo mismo sucede con el resto de personajes. Podemos entender que la hermana mayor de Claudia se sienta agobiada por sus obligaciones personales (va a construir su propia familia) y las necesidades a las que le empujan el cuidado de su madre. Hasta aquí, todo normal. Pero lo normal se queda, en la ficción, en una simple enunciación si no tiene un desarrollo.
También parece que al padre le sucede algo que le impide expresar sus sentimientos. Como resultado de esta actitud, encontramos un hombre que, si bien carga con el cuidado de su esposa (no parece que en esto manifieste ninguna reticencia), se comporta de manera inexplicablemente retraída, mostrando un injustificado distanciamiento con sus dos hijas.
Como ya es recurrente, Matute plantea una serie de supuestos para que el espectador ocupe todos los agujeros que no tapa su propuesta. Así, entendemos, por ejemplo, que, tras la ruptura con su novia, Claudia anda a la caza de nuevas relaciones que traten de ocupar ese vacío. Relaciones que no acaban nunca de cuajar y que, al contrario, parecen el resultado de un intercambio mecánico y sin alma. ¿Un reflejo de las relaciones sentimentales, fruto de las redes sociales?
De su padre sabemos únicamente que es un militar retirado y si tuviéramos que definir a su hermana nos remitiríamos al modelo de la familia tradicional. Matute juega con los clichés para tratar de dibujar un mapa dramático y, poniendo a funcionar nuestra imaginación, quizá podríamos tratar de deducir qué conflictos se cuecen bajo la superficie. ¿Una hija incomprendida? ¿Un padre emocionalmente disfuncional? ¿Una hermana que mira el mundo desde una perspectiva demasiado rígida?
Es posible que, en la imaginación de Matute, estas pinceladas biográficas lograrían despertar en el espectador todo tipo de asociaciones. Pero la verdad es que, más allá de nuestra voluntad y de dicha mención (en una escena, en una frase dejada caer en una conversación), la película no acaba de fijar en pantalla dichos conflictos. Es decir, que la potencia de todos estos problemas, su posibilidad como eje dramático de la película, parece que está ahí (si no, ¿por qué destacarlo?), pero Matute no los desarrolla.
Esta ausencia de unos conflictos claros entre los personajes ataca de manera directa a unas interpretaciones que, de nuevo, se quedan a medio camino. Un trabajo que trata de construir cada escena de manera separada, pero adolece de una evolución dramática que permita conducirnos hacia aquello que Matute nos quiera relatar.
En este sentido, la directora madrileña parece poner toda la carne en la contención, pero la ausencia de matices, producto de esa falta de desarrollo, hace que las interpretaciones se queden como estancadas, en dique seco. Solo el personaje de la madre, interpretado con sobrada solvencia por Sonia Almarcha, parece que transita hacia algún destino último, condicionado sin duda por la representación de las distintas etapas por las que transita la propia evolución de la enfermedad.

Todo esto nos lleva al tercero de los frentes de esta película, relacionado con el tratamiento del tiempo. Y aquí Matute descansa su propuesta sobre un guion pautado por el paso de los años. El problema es que si, como decimos, la madre de Claudia va cambiando según evoluciona su declive mental y físico, no ocurre lo mismo con el resto de personajes, que permanecen prácticamente igual a lo largo de toda la cinta.
Y aquí, pensando en ese inconveniente de la verosimilitud, uno se pregunta si, transcurridos cuatro o cinco años desde una escena a la siguiente, los personajes no han tenido tiempo de plantearse, de compartir entre ellos todos esos problemas (¿reproches?) que aparecerán al final de la cinta de manera abrupta, como una concesión al espectador, para dar sentido al conjunto, pero que, como veremos, carece de toda potencia dramática.
Pasado ese tiempo, los personajes permanecen exactamente en el mismo estado de ánimo, sin que haya en ellos ningún desarrollo ni se acabe de justificar una confrontación que suponemos, pero sobre la que carecemos de información. Matute establece así dos líneas de tiempo, una para la enfermedad de la madre y otra para el resto de personajes, dos vías que avanzan de manera paralela, sin tocarse, lo que incide en esa sensación anodina que acompaña a la película.
Todo ello nos aboca a un relato que transcurre ante nuestros ojos sin disonancias, sin molestar, pero también sin altibajos. No hay aquí puntos de giro dramáticos, tampoco hay catarsis. Nada que objetar si estuviéramos ante una propuesta realmente arriesgada, pero ‘Yo no moriré de amor’ es un trabajo de lo más clásico.
Marta Matute quiere que reflexionemos sobre los problemas que supone para una familia la incidencia de la enfermedad, concienciarnos sobre la importancia de los cuidados y el reparto de responsabilidades. Pero más allá de exponer la situación, su película no nos incita a nada más. Veamos.
[¡Alarma, espóiler!] Por una parte, sabemos, como decimos, que los personajes están muy enfadados. Por otra, al no conocer qué razones últimas los enfrentan entre sí, el único motivo de dicho enfado está en la propia enfermedad de la madre, un lastre que parece condicionar sus vidas.
Y he aquí que la solución a esta situación, único conflicto visible a lo largo de la película, aparece cuando, a causa del embarazo de la hermana de Claudia, deciden ingresar a su madre en una residencia. A partir de aquí, todas las tensiones se relajan y los personajes se disponen a reconstruir sus vidas. Incluso las supuestas fricciones que los separaban parecen haberse limado. Como dice el refrán, de manera harto cruel en este caso: muerto el perro, se acabó la rabia.
Ahora bien, vista la solución de la película, cabría preguntarnos qué es exactamente lo que nos revela. En el mejor de los casos, uno no puede dejar de pensar en estos personajes como un grupo de seres incapaces de sacrificar su tiempo ni mostrarse comprensivos con los conflictos de los demás para solucionar un problema común que, encima, implica a la vida de un ser querido. ¿Era esto?
Al terminar la proyección, uno se pregunta, puesto que el problema era la situación de la madre, por qué razón no la ingresaron mucho antes en la residencia. Ahora se entiende mejor el título de la película. ¿O no es así?
‘Yo no moriré de amor’ se inscribe en un cine que ha inundado una producción nacional que se justifica en la asunción de una cierta agenda social, pero con muy poco recorrido narrativo. No es de extrañar que estemos, como ha señalado algún medio, en el peor estreno de una película ganadora de la Biznaga de Oro en el Festival de Málaga en muchos años. No me extraña nada.


