Russafart

#MAKMAEntrevistas
Desayunos MAKMA en el IVAM
Cafetería Mascaraque
Una entrevista de Merche Medina y Salva Torres
Con Arístides Rosell y Rebeka Catalá
Responsables de Russafart
IX Bienal de Arte
Barrio de Russafa (València)
5, 6 y 7 de junio de 2026

Arístides Rosell –alma mater de Russafart– y Rebeka Catalá afrontan la novena edición de la bienal de arte que reúne a más de 300 artistas y 79 estudios y talleres del barrio de Russafa, en València, con el corazón bien planchado, a pesar de los años acumulados al frente del ya ilustre festival de puertas abiertas. Bien planchado porque, como apuntó el escritor Anatole France, “los años arrugan la piel, pero renunciar al entusiasmo arruga el alma”.

Y es así, con la ilusión a prueba de arrugas, como encaran una nueva edición, los días 5, 6 y 7 de junio, queriendo exprimir lo contenido en el lema de este año: ‘Coto público de arte’. De hecho, afirman taxativos que su objetivo es, precisamente, “convertir Russafa en un coto público de arte”, lema que da pie a la serie de paradojas que luego desarrollarán, pero que, en resumidas cuentas, tiene que ver con la tensión que conlleva la más íntima creación artística y su posterior difusión pública.

Este año, Russafart cuenta con “79 espacios en total, entre talleres y estudios, siete galerías –que son un montón, porque ha habido años que hemos tenido tres o cinco–, 27 comercios y 302 artistas”, detalla Catalá, quien describe las galerías participantes: “FreeZia; Lu Gorrizt; Colores Art, que es una galería internacional; Bloom Gallery, que es polivalente y hace un poquito de todo; Patio 59, que es academia y en proceso de hacerse galería; The Grapa, e Imprevisual”.

“También está TDA’42, que no se han identificado como galería, pero que tiene inscritos a 20 artistas en su espacio. Estamos en cifras de máximos”, resalta Catalá, quien añade el despliegue de 29 disciplinas artísticas, entre las que están desde las más tradicionales pintura, dibujo y escultura, pasando por escenografía, diseño, cerámica, collage, arte urbano, arte textil, diseño, gráfica, grabado, instalación, “y la novedad, este año, del stop motion”.

Rebeka Catalá y Arístides Rosell, con la placa y el cartel de la novena edición de Russafart 2026, en la cafetería Mascaraque del IVAM. Foto: Rubén Hernández.

Hay un cambio de patrocinio: Cervezas Alhambra le pasa el testigo a Mahou. “Son el mismo grupo inversor, aunque en esta edición Mahou ha optado por hacer otro itinerario, consistente en la activación de un par de cosas que serán más o menos ejecutivas, muy rápidas y directas. La primera va a ser una fiesta de presentación en Veneno House, que es una nave industrial reconvertida, en la que participarán cinco artistas urbanos con una intervención in situ”, explica Rosell.

“Y la segunda tiene que ver con una mayor implicación de los comercios del barrio, de manera que se van a crear una serie de 50 cheques por valor de 50 euros, que se pueden gastar en los comercios que se adhieran a esta promoción, a través de un sorteo. Es la primera vez que se hace. De este modo, Mahou hace un cambio de inversión en Russafart, de forma que quien participe en el festival, ahora, además, consumirá en el barrio”.

En la Nave de Ribes del Parque Central habrá también este año una actividad “muy potente”, subrayan al unísono los responsables de Russafart. “Hemos querido darle a la nave una nueva dimensión; que no solamente sea un proyecto expositivo, sino que sea un poco más interactivo para que la gente disfrute”.

En este caso, señalan que van a contar con Soliman López, TarsLab y Space Circles, en un proyecto coordinado por Cisma, en el que también estará Lluis Salvador; todos ellos ocupando los espacios que hay dentro de la nave.

Ver esta publicación en Instagram

Una publicación compartida de Russafart, Bienal de arte en Valencia. España (@russafart)

‘Coto público de arte’ resulta toda una paradoja, porque coto es un espacio cerrado y hablar de lo público es apuntar hacia un espacio abierto. Dos conceptos, por tanto, antagónicos. ¿Os atraen las paradojas?

“Nos encantan. En este sentido, hay que señalar que en los 5 kilómetros cuadrados del barrio de Russafa están todos los estudios y artistas, de manera que eso está muy delimitado. Pero, a su vez, está la otra parte, la que se abre, porque nos metemos en la privacidad de los artistas. Fijaros que abrimos los estudios cada dos años, de forma que, siendo un coto privado, se abre al público para darlo a conocer”.

En el fondo, como resaltan Catalá y Rosell, el lema viene a sintetizar y a recrear el espíritu de Russafart, pero también el espíritu del propio artista, “recluido en su estudio para después exponerse a la mirada del público”.

“Una de las cosas que, aparte del eslogan de cada año, creo que siempre ha sido una característica de Russafart es educar en arte, que es el que más cuadra con nuestra filosofía, porque lo que hacemos es justamente didáctica, ahora que, pensamos, se están cargando la educación, las artes plásticas en la escuela”, sostiene Rosell.

Arístides Rosell y Rebeka Catalá, en un momento de la entrevista en la cafetería Mascaraque del IVAM. Foto: Rubén Hernández.

Cuando se habla de educar en arte, ¿sois conscientes de que alguna de las cosas sobre las que se va a educar son muy peliagudas; que el arte puede llegar a reflejar la dureza de la vida y los conflictos internos del propio ser humano?

“Depende de a qué chavales te dirijas, tienes que ir también como haciéndolo paulatinamente, porque no les puedes meter determinadas imágenes sin antes haber ido poco a poco enseñando ciertas cosas. Pero, bueno, al final lo que estamos favoreciendo es que el artista tenga relación con el público y que entre ellos interactúen de la forma más natural; que vayan sucediendo las cosas, pero sin imponer nada, porque al final tú entras, recibes y, si hay conexión con el artista, puedes quedarte una, dos o tres horas, depende”, argumenta Catalá.

Y esa relación entre el coto privado y su prolongación pública –tanto a nivel nacional como internacional– es algo que ya salió en la anterior edición, cuando se dijo que, si Russafart estuviera en Ámsterdam, lo conocería mucha más gente.

“Esta es una problemática que vamos a seguir arrastrando durante mucho tiempo, porque no se trata de un signo u otro político, sino que abarca el más amplio ámbito de lo social. Creo que no sabemos defender lo que tenemos. Y a partir de ahí es donde se da ese conflicto”, afirma Rosell.

Y añade: “Hablo a nivel general, porque una de las cosas que más problemas nos ha dado siempre es poder proyectar la imagen de un evento como este a nivel primero nacional y después internacional. Lo hemos internacionalizado, claro que sí, y de nosotros se han hecho eco varios medios en los diferentes sitios donde hemos estado, pero la repercusión que, sin embargo, ha tenido en nuestra ciudad ha sido prácticamente cero. Nosotros vamos a seguir defendiendo nuestro patrimonio: un museo horizontal expandido, que es lo que tenemos en Russafa”.

Arístides Rosell y Rebeka Catalá poseen el coraje del que se hizo eco Winston Churchill cuando dijo que ese coraje consistía en ir de fracaso en fracaso sin perder –de nuevo–el entusiasmo. “Donde nosotros hemos llevado ese mensaje, la gente alucina, internacionalmente hablando. ¿Por qué? Porque en cinco kilómetros cuadrados aglutinamos la mayor cantidad por metro cuadrado de artistas, de estudios y de cultura, que no se está viendo en ningún sitio del mundo ahora mismo. Y, a pesar de que eso es algo impepinable, seguimos aquí igual: no termina de ser permeable en lo público, en la institución”.

Rebeka Catalá, en un momento de la entrevista en la cafetería Mascaraque del IVAM. Foto: Rubén Hernández.

Frente a los grandes proyectos institucionales –Sorolla en el Palacio de Comunicaciones, antiguo edificio de Correos, o Manolo Valdés, en una de las naves del Parque Central– se sitúan proyectos como Russafart y otros, diríamos, surgidos de la sociedad civil. Proyectos que pueden ir de la mano, siempre que ésta no sea el puño que cierra el grifo de lo económico según se va estrechando el caudal hacia abajo.

“Nuestro proyecto –recuerda Rosell– está en marcha permanentemente. Lo hacemos cada dos años, porque todos estos talleres existen y trabajan allí todo el tiempo, no porque se creen para el evento. Esa es la principal característica de Russafart y es fundamental que lo sepamos. Nosotros la única condición que ponemos es que sea un estudio o un taller estable, que tenga una trayectoria consolidada. No se trata de montar un taller ad hoc”.

“Lo que queremos subrayar es que los talleres están trabajando diariamente en el barrio, pertenecen al barrio y están desarrollando su creación en el barrio continuamente. Se puede dar el caso de algún artista que quiere participar y se apunta en algún estudio. En este caso, hablamos de artistas invitados”, agrega.

Vayamos al cartel de este año, con una jaula conteniendo la placa de ‘Coto público de arte’, al tiempo que se deja una puerta abierta para que el arte allí encerrado pueda salir volando.

“Sí, representa el coto de arte delimitado, en este caso por medio de una jaula, que es, digámoslo así, la más absoluta manifestación de la falta de libertad para los pájaros encerrados en ella; la más absoluta sensación de encierro involuntario. Pero la puerta está abierta”, apunta Rosell.

“Y luego hay una segunda lectura o una lectura sumergida que es la problemática que hay en el barrio. El barrio es una zona ahora mismo de conflicto. La turistificación y la gentrificación está permeando barrios emergentes, por decirlo de alguna manera. La mayoría de estudios paga un alquiler y, si ese alquiler está subiendo de forma desmedida, el mantenerse en Russafa ya es un ejercicio de resiliencia absoluta”.

“¿Qué es lo que ha pasado en todos estos años?”, se pregunta Rosell: “Pues que, en 2008, cuando surgió Russafart, podíamos encontrar estudios de un solo artista, mientras que ahora se asocian porque no pueden pagarlos en solitario. Y eso es un signo de los tiempos: talleres entonces de un artista o dos, ahora se han multiplicado para poder reducir costes. De ahí que haya tanta colaboración: los artistas se están reinventando en los talleres para poder seguir adelante”.

De izda a dcha, Merche Medina, Salva Torres, Arístides Rosell y Rebeka Catalá, durante la entrevista en la cafetería Mascaraque del IVAM. Foto: Rubén Hernández.

Entonces, ¿habéis observado que, desde que comenzasteis hasta ahora, también gracias a Russafart se ha creado cierta conciencia colectiva tanto artística como de barrio?

“A mí es que Russafart cada año que se produce me emociona, porque cuando la gente se inscribe y te llama para preguntarte acerca de la bienal, notas ahí unas ganas, una energía, una motivación; hablan con mucho cariño del festival, lo están esperando”, señala Catalá.

Además, recuerda cómo en la primera edición descubrieron, de repente, “que éramos un montón de artistas en el barrio y que no nos conocíamos. Yo no sabía que éramos tantos, casi 200, viviendo allí conectados los unos con los otros. A mí eso no se me olvida, fue algo brutal, porque en un espacio en el que notamos que la institución pública apenas te apoya, sentir por lo menos que no estás solo, fue como sentirse en familia, esa es la verdad”.

“Creo que ahora los artistas han aprendido a crear también desde la colectividad. Y Russafart ha sido un ejemplo para esto. Educar en arte no es solo para el público, es para nosotros también, porque no sabemos muchas veces hacerlo hasta que no nos fuerzan a ello”, apostilla Rosell.

¿Cuál es vuestra relación con las galerías?

“Yo creo que no entienden que esto pueda ser un elemento más para sumar entre todos. Tienen ya su red tejida y esto no les interesa. En 2012 tuvimos un acercamiento, pero no cuajó. Y, bueno, no descartamos intentarlo de nuevo, ahora que estoy en la directiva de la Asociación Valenciana de Críticos de Arte (AVCA) y me voy a ocupar de la relación con los museos y las galerías. Quizás se presten ahora, no lo sé. Tenemos una oportunidad de oro”, sostiene Arístides Rosell.

¿Y cuál es el mensaje que queréis lanzar en esta novena edición?

“Pues el que ya aparece en el lema. Queremos convertir Russafa en un coto público de arte. Ese es nuestro objetivo, que haya mucho público interesado en nuestra actividad. Cumplimos 18 años, lo que se considera mayoría de edad, de manera que es el momento en el que vamos a desaprender. Estamos en esa edad en la que ahora te puedo abrir la jaula y puedes salir”, concluye Rosell.