Los justos

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‘Los justos’, de Fer Pérez y Jorge A. Lara
Reparto: Carmen Machi, Vito Sanz, Pilar Castro, Marcelo Subiotto, Ane Gabarain, Bruna Cusí, Hugo Welzel y Marina Guerola, Aimar Vega
Música: Beatriz López-Nogales
Fotografía: Alfonso Postigo
89′, España, 2026

Situación: un jurado popular de nueve personas debe decidir el destino de un empresario encausado por un caso de corrupción. Tras el juicio, el caso ha quedado visto para sentencia. Las pruebas parecen claras y el veredicto es nítido: culpable.

Pero, tras el primer día de deliberaciones, los miembros del jurado reciben una oferta de un millón de euros para cada uno en caso de declarar la inocencia del reo. Para los miembros del jurado no hay ninguna duda: estamos ante un intento de soborno. Al principio, los nueve parecen convencidos de no ceder al chantaje, pero luego empiezan a dudar.

Esta es la premisa de ‘Los justos’, primer largometraje de Fer Pérez y Jorge A. Lara. Tras una larga carrera como guionistas en series como ‘Aída’ o ‘Los hombres de Paco’, además de otras colaboraciones para el cine, ambos se tiran literalmente a la piscina con una producción que, como comenta Fer Pérez en esta entrevista, bebe de la tradición. Un cine que se acerca a la realidad para sacarle las vergüenzas, pero desde ese lugar en el que se trata de comprender las complejidades de eso que daríamos en llamar la experiencia humana.

‘Los justos’ arranca con un caso de corrupción muy parecido a alguno de los que estamos viendo estos días. Si, en ese sentido, la película se inspira en la realidad, ¿cómo ves el panorama?

Bueno, el detonante de la película fue el año 2018. Jorge y yo nos conocíamos desde 2006, mientras trabajábamos en ‘Los hombres de Paco’, cuando la tele era otra tele y la industria era otra industria, y estábamos buscando ideas para hacer una película. Estábamos en ese punto de decir: “Venga, ¿qué podemos hacer? Pues una comedia, ¿no?”.

Nosotros somos hijos de la comedia; nos hemos criado profesionalmente haciendo comedia. Pues vamos a intentar hacer una comedia. Pero el tema no terminaba de aparecer y, de repente, recuerdo que, un día, estábamos comiendo juntos, viendo el telediario, y había un caso de corrupción muy conocido, con esa sensación de indignación entre los ciudadanos, y de pronto dijimos: “Ostras, ¿y si hacemos una película sobre la corrupción?”.

Pero no de los de arriba, que es lo que aparece siempre, sino llevándola al pueblo llano; intentar buscar el germen, plantearnos cuándo aparece ese momento de ser corrupto o esta cosa de si corrupto se nace o se hace.

A partir de ese momento, fuimos organizando la trama y nos dimos cuenta de que ahí aparecía un tema para poder hacer una radiografía, un retrato de una España que a nosotros nos interesa mucho, y encontramos la pepita de oro para hacer la película.

Fotograma de ‘Los justos’, de Fer Pérez y Jorge A. Lara.

¿Los temas duros entran mejor con una sonrisa? La comedia ¿nos permite reflexionar mejor sobre la realidad?

Yo creo que sí. Yo creo que es la forma más inteligente de abordarlos y de vincular más a los espectadores. Quizás hay muchos temas duros contados desde el drama, pero eso puede responder a un tipo de cine más de autor. A mí, por ejemplo, no me gusta sentir que me estoy poniendo en un púlpito a la hora de contar algo.

En ese sentido, la comedia te permite, desde la ligereza o desde ese parecer que no estás diciendo nada de nada, contar algo más grande. De hecho, yo creo que este país tiene una gran tradición de grandes autores que, a través de la comedia, han contado la España del momento, el dolor de España.

Ahí tienes a Azcona, a Berlanga, a José María Forqué, que metían el dedo en la llaga a través de la comedia haciendo un retrato de la sociedad bastante punzante. Yo creo que sí, que la comedia es una vaselina perfecta para muchas cosas [risas].

Fotograma de ‘Doce hombres sin piedad’, de Sidney Lumet.

Mientas veía la película pensaba en títulos como ‘Doce hombres sin piedad’ o ‘Jurado nº 2’, de Clint Eastwood, con la que, quizá, vuestro trabajo tiene más afinidades. ¿Cuáles fueron vuestros referentes?

Obviamente, ‘Doce hombres sin piedad’ siempre fue un referente para nosotros por aquello de meter a un grupo de desconocidos en una sala y que cada uno de ellos expusiese, de alguna forma, las circunstancias personales que están viviendo y, a partir de ahí, dilucidar el caso.

Y, luego, también está esa sensación de claustrofobia de la sala que en esa película se consigue muy bien. O cómo, de repente, las tensiones personales se van volviendo tensiones colectivas. Pero, como te digo, para nosotros la gran inspiración era el cine de Berlanga y Azcona de los años 60; sobre todo, por el tema del dinero.

Nosotros creemos que España es un país bastante obsesionado con el dinero, quizás porque no lo tenemos y estamos siempre como a la busca y captura del metal. Este es un tema recurrente en el cine de Berlanga, Azcona o de José María Forqué: esta especie de arribismo en el que todos los personajes tenían como una necesidad de medrar y de coger un ascensor social que, de repente, con una triquiñuela, con un golpe de suerte, los llevaría a otro sitio.

Es esta sensación de que alrededor tuyo todo el mundo está subiendo y viviendo una vida que tú no puedes vivir y estás intentando alcanzar. Todo eso entronca también con la figura de la picaresca, del Lazarillo, de la narrativa española más pura.

Yo creo que España bebe de eso y nos apetecía mucho hacer ese ejercicio de ver, desde los años 60 al año 2026, qué cambio había tenido la radiografía española, si seguíamos anclados en esa necesidad de arribar a otro sitio o no.

Casualmente, el otro día comentaba con unos amigos que, en este país, en lugar de leer a Judith Butler, haríamos mejor en leer al Lazarillo de Tormes.

[Risas] Posiblemente; posiblemente para entender bastantes cosas habría que hacer eso. No voy a decir que España sea un país de pícaros, pero sí creo que hay algo en la genética que forma parte de nuestra idiosincrasia y de lo que parece que es muy complicado deshacernos.

Fotograma de ‘Los justos’, de Fer Pérez y Jorge A. Lara.

La película tiene nueve protagonistas. ¿Cómo fue manejar a nueve personajes para no perder el equilibrio del relato?

La verdad es que fue un reto, no lo voy a negar. No fue un reto fácil para el elenco, que, por otra parte, dio todas las facilidades, remaron a favor de obra y lucharon todos a una. Hicieron muy buena piña.

Uno de los grandes retos de esa película era navegar por estos nueve personajes sin que se perdieran y ver que cada uno tenía sus circunstancias; poder contarlo bien, como merecían, con su arranque y su arco, y, de alguna forma, entender sus individualidades, mientras, al mismo tiempo, funcionaban también como un grupo homogéneo.

Ese era uno de los temas que a nosotros nos interesaba: poner sobre la mesa cómo defender lo colectivo, eso de volver a sentarte en una sala en la que no tienes un móvil y tener que escuchar los argumentos de otra persona, comprender sus circunstancias, aunque no las compartas.

Ese acto de volver a lo colectivo me parece que es lo más reaccionario que podemos hacer hoy frente a un sistema que está pensado para la individualidad. Desde ir al supermercado hasta el ocio, todo está hecho para que te organices tú solo. Desde el banco de la calle, que ahora son sillones individuales, hasta la arquitectura. La peli también aborda esto: cómo salir del individuo y volver al grupo.

Tanto tú como Jorge tenéis un largo currículo como guionistas. Por otro lado, siempre se dice que, del papel a la pantalla, suelen cambiar muchas cosas. Aquí hablamos de nueve actores distintos. ¿En qué transformaron o qué aportaron a la construcción de cada personaje?

La verdad es que hicimos la construcción juntos. No tuvimos muchos ensayos porque, por el calendario, era muy complicado juntar a los nueve a la vez. Pero fuimos reuniéndonos por grupos o parejas y fuimos ensayando y construyendo los pequeños detalles. Pero es verdad que las grandes pinceladas de los personajes estaban muy marcadas desde el guion.

Y luego pasa, también, que la comedia tiene una cosa casi como matemática. Es como una ecuación en la que, si te saltas algo que no estaba preparado, posiblemente lo siguiente que viene caiga como una ficha de dominó.

En ese sentido, hay que tener mucho cuidado con las improvisaciones o, en todo caso, estas tienen que estar muy bien marcadas en un sitio muy concreto. Yo creo que la comedia funciona casi como una geometría en la que todo tiene que estar muy bien hilado para llegar a buen puerto.

Aunque la película sale de vez en cuando de ese espacio cerrado de la sala del jurado, tiene una estructura casi teatral. ¿Cómo fue trabajar con ese espacio desde el punto de vista visual y dramático?

Ese fue también otro de nuestros retos. Nosotros queríamos que la sala ocupara su lugar para, luego, olvidarte también de ella, que estuviéramos más centrados en las circunstancias de los personajes, en aquello por lo que el guion y la historia te va llevando.

Por otro lado, entendíamos que necesitábamos salir de la sala, de la deliberación, de las argumentaciones, del conflicto entre ellos; reposar para que el espectador también tuviera su pequeño reseteo y, cada cierto tiempo, dijera: “Vale, está pasando esto, pero ¿cómo me estoy colocando como espectador, como persona?”.

Para nosotros era muy importante hacer esas pequeñas salidas fuera de la sala para volver dentro. Yo creo que ahí, como creadores, encontramos un respiro que vino muy bien y encajaba con la historia.

Siempre se dice esto de que la política es un reflejo en la sociedad. A la vista de la película, ¿dirías que es un dogma o hay que tomárselo con calma?

Nosotros decíamos en una entrevista que los políticos o los empresarios que están arriba no han nacido de un huevo dentro del Congreso ni del Senado. Son ciudadanos que están ahí ejerciendo de políticos, pero también son hermanos, son primos, son cuñados, son hijos…

También decíamos que, quizás o lamentablemente, los corruptos del futuro están ahora mismo formándose en los institutos, en las universidades; están acampando entre nosotros, como reptilianos. Hay pocos temas que vertebren a la sociedad de arriba abajo como la corrupción.

Para mí la película no tiene un mensaje misántropo sobre si toda la sociedad es corrupta, pero es verdad que, como te decía antes, yo creo que, más que mirar a la corrupción, miramos las circunstancias de las personas y cómo el sistema muchas veces te acribilla y te pone contra la pared, aunque no sea en un juicio, y te hace abandonar tus propios principios, que es lo más puro y más básico que tienes que tener.

Es el propio sistema el que te impide poner en práctica tus principios porque las circunstancias en las que vives te impiden hacerlo. Es difícil tener que hacer justicia cuando tú no tienes una vida justa, cuando no tienes las necesidades básicas cubiertas. Así que, al mismo tiempo que tienen una razón para coger el dinero, si se pusieran de acuerdo, tendrían quizás una razón para no cogerlos.

Fotograma de ‘Los justos’, de Fer Pérez y Jorge A. Lara.

De una manera muy sutil, la película plantea la vuelta a la idea de la lucha de clases. De nuevo, hay unos que están abajo que sienten que tienen un tapón para llevar la vida a la que aspiran.

Sí, pero yo creo que ahí sí que hay un poco de ese pesimismo que yo siento a veces como ciudadano. Esa sensación de que, más que vivir, la gente está sobreviviendo, en el límite. De hecho, en la película, hay un personaje que dice: “Yo aquí solo veo a gente a punto de caer por el agujero”.

Muchas veces, la sensación que tenemos es que estamos a punto de caer por el agujero, que estamos en el borde del barranco. A veces te puedes agarrar a una piedra y otras veces te caes. Creo que esto es lo complicado de este momento. Y luego está esa sensación de anestesia.

La gente tiene tantos problemas, tiene que sobrevivir a tantas cosas que, de repente, se va generando como una anestesia a ciertos temas, desde un genocidio a la corrupción, y quizá por reiteración, ya se te hace normal. La gente tiene tanto que resolver en su día a día que ponerle foco, atención y tiempo a otra cosa se le hace imposible. Cuando tienes toda tu vida patas arriba, es complicado.

Mientras veía la película me acordaba de ‘Delitos y faltas’, de Woody Allen, en la que, llevándole la contraria a Dostoyevski, se plantea que, ante un delito, si no hay castigo, no hay culpa. Algo parecido les pasa a tus personajes: en cuanto se libran de su sentimiento de culpa, se les abre el cielo.

Bueno, claro, la culpa va contigo. La culpa también la generas tú, no hace falta que te la genere alguien o que alguien la proyecte sobre ti; tú también la proyectas. Yo creo que es el dilema que intenta explorar la película.

Por ejemplo, la ética clásica te dice que las circunstancias atenúan el hecho, que no es lo mismo robar por avaricia que robar para comer. Bueno, hasta ahí todo normal. También yo me planteo: “Bueno, robar un día para comer, vale, pero robar cien días para comer, o robar dos años, cada día, para comer… ¿Dónde pones el límite?”. Porque ahí también es por supervivencia.

Yo creo que, en ese agujero, que es tan grande y tan moldeable, es donde está el quid de la cuestión, donde está el límite de lo que circunstancialmente es ético. Porque el acto es el mismo: robar o corromperte. Para nosotros era una de las cuestiones más interesantes.

Hablas de la culpa de esa conciencia, que no sé si es judeocristiana o qué, pero la culpa no está solamente proyectada, sino que está generada por ti mismo, como una sombra. Yo creo que los personajes (no todos, algunos están más libres de culpa) generan esa culpa a medida que se va desarrollando la película.

De alguna manera, la película plantea los límites de la democracia. Entre todos, podemos decidir, democráticamente, con un voto a mano alzada, cometer una ilegalidad.

Bueno, más que cometer una ilegalidad, se trata de creer en esa idea aristotélica de que el hombre es un ser sociable por naturaleza. Y ahí, incluso para hacer el mal, si te organizas bien, si te organizas en grupo, sale bien. Como te decía antes, yo creo que la peli intenta explorar esa idea de volver a la comunidad, de volver al grupo, a la manada, con las entrañas, con el deseo. Y ahí sí que hay una búsqueda del grupo, de la comunidad, de organizarse otra vez.

Obviamente, no para delinquir, pero sí para combatir esta anestesia de la que hablábamos antes. Como te decía, los políticos están ahí, no han nacido de un huevo dentro del Congreso. Están ahí, pero no estamos haciendo nada para cambiarlo. Es solamente cuestión de organizarse y ver qué necesitamos como sociedad, pero depende de nosotros.

En las notas de producción de la película decís que, entre otras cosas, vuestra intención era incitar al espectador a hacerse una pregunta: ¿con cuál de estos personajes nos reconocemos? ¿Cuál crees que es la relación entre ese espectador y esa incomodidad que puede generarle ese reconocimiento?

Bueno, yo creo que la incomodidad para el espectador es ver un espejo sobre lo fácil que es, con las circunstancias adecuadas, caer en el lado malo de la historia. Que igual no estás tan lejos como piensas y que, aunque es fácil elaborar un discurso, a pesar de tus valores, llevarlo luego a la práctica en una situación límite puede ser complicado. Para mí, el vértigo para el espectador está en eso, en ese espejo sobre lo complicado que es mantenerse a raya y lo fácil que es caer en el lado en el que no querías.

Si todos tenemos un precio, como dice la película, ¿cabe alguna esperanza para cambiar las cosas?

Yo creo que sí. Fíjate, yo creo que esta película, más que hablar del precio de las personas, creo que habla de las circunstancias de las personas. A nosotros nos gusta decir que, si hay unas circunstancias individuales o grupales para corromperse, las tiene que haber igual para no hacerlo y remar por una sociedad mejor. En ese sentido, para mí es una película más humanista y esperanzadora que misántropa, totalmente.