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‘Todo lugar es provisional’, de Calo Carratalá
Comisaria: Marisa Giménez Soler
Fundación Bancaja
Plaza de Tetuán 23, València
Del 10 de abril al 7 de junio de 2026
Escribe la filósofa francesa Claire Marin, en ‘Estar en su lugar, habitar el cuerpo’ (Anagrama, 2024), que “nunca estamos quietos, aunque nuestros viajes sean a veces inmóviles, y nuestras lejanías, interiores”.
‘Todo lugar es provisional’, de Calo Carratalá, que exhibe la Fundación Bancaja hasta el 7 de junio, aborda la idea de la transitoriedad atemporal del viaje físico, del viaje emocional. Discurre desde la experiencia del desplazamiento que libera la identidad y la transforma, del distanciamiento íntimo, del extravío deliberado, la frontera diluida entre lugares de arraigo y desapego. Tantear al destino, partir, llegar y volver, no volver, permanecer, dislocar los puntos de partida, de referencia. Rendirse al asombro, no salir indemne.
Templar la calma frente a la incertidumbre asida al hilo frágil del horizonte, esa línea imaginaria que hace profunda y trascendente la mirada, que avanza y retrocede con uno mismo, que une cielo y tierra, cielo y mar, límite espaciotemporal entre el mundo tangible, pisable, y el espiritual, infinito e inalcanzable. Y, sobre todo, contemplar.
El término contemplación funde su significado en lo espiritual y lo sagrado. Procede del latín contemplatio, que deriva de cum-templum, es decir, “ante o junto al templo”; y es que la contemplación ensalza la conciencia, el haz sublime de la propia existencia, del ser.
La segunda acepción que da la RAE a la palabra contemplación es “consideración, atención o miramiento que se guarda a alguien”. La atención es un tema sustancial en la vida y obra de la filósofa Simone Weil. Para ella, amar es tanto como estar atentos, amor y atención para sentir el compás del mundo.
El pensador surcoreano Byung-Chul Han también destaca este concepto y, en su ensayo ‘La sociedad del cansancio’ (Herder Editorial, 2025), defiende que “solo una atención intensa nos saca de la “inconstancia de la mirada” y nos permite un recogimiento con el que “entrelazar las manos errantes de la naturaleza”.

Sin este recogimiento contemplativo, la mirada vaga inquieta y sin rumbo, impidiendo que nada se exprese. En esta época, marcada por la urgencia, la distracción y el ruido digital, estas reflexiones vuelven a resonar como una llamada ética a detenerse… y contemplar.
La elección de la naturaleza como escenario para expresar sentimientos profundos en el arte, enlaza con la conciencia y la reflexión sobre el tiempo que vivimos. No se puede separar el territorio físico de la subjetividad del enfoque artístico. Tanto el autor que recrea el paisaje como el observador que lo contempla manifiestan su percepción de acuerdo con sus experiencias y conceptualizaciones históricas y culturales.
En su significado estético hoy se entrecruzan, interaccionan, infinidad de líneas narrativas que condicionan la mirada. En palabras de Fernando Pessoa (‘Relatos escogidos’, Editorial Verbum, 2018): “El color, el peso, la luz, el sonido son relativos. La forma, el tiempo, el espacio también son relativos. No existen las cosas, sino las cosas sentidas”.
Sentir un paisaje y narrarlo desde el valor simbólico de la percepción estética eleva el instante emocional de la contemplación. Los paisajes son imágenes que deseamos perpetuar en el recuerdo, habitamos el mundo acotando, componiendo, representando o imaginando paisajes.
El paisajismo contemporáneo se revela como uno de los campos de investigación más fértiles dentro de la práctica del arte en los últimos años. Si en épocas anteriores los artistas descubrían paisajes al mundo, hoy subyace un cambio de paradigma, una llamada que alerta a velar por su preservación.
El paisaje a proteger prevalece frente al paisaje a descubrir que inspiró el espíritu romántico en el siglo XIX. En las últimas décadas hemos asistido a una reconfiguración del paisaje como consecuencia de una descontextualización. Hoy adquiere nuevas connotaciones y se convierte en objeto de consideración estética, ecológica y ética.
El artista valenciano Calo Carratalá lleva pintando paisajes desde comienzos de los años 90. Pintor de sólida formación académica, con una dilatada trayectoria expositiva iniciada a principios de la década de los noventa, es uno de los nombres de referencia en nuestro país dentro del paisajismo contemporáneo. Articulando trabajo, genio, capacidad y destreza con una investigación obstinada y fecunda, su pintura se desvela alentada entre códigos de modernidad e influjos del mejor paisajismo histórico.
No hay modas, corrientes ni olas que hayan movido a Calo Carratalá durante más de cuarenta años de ese territorio del paisaje que él decidió pisar fuerte. Perseverante y orgulloso de su oficio de pintor, su formación, su estudio y su trabajo fondean en ese sentido.

En sus obras, deleite y sobrecogimiento se vencen ante la inmensidad de una naturaleza indómita y fascinante que asoma, bajo la trascendencia de su representación, presagios de vulnerabilidad. Carratalá, acostumbrado a manejarse con maestría en los grandes formatos, recrea una visión de naturaleza ya vivida e interiorizada y se enfrenta a este reto pictórico con la libertad que le otorga un enorme dominio de la técnica y la expresividad de un instintivo y aprehendido procedimiento.
Hace décadas que la experiencia del viaje marca el punto de arranque de las colecciones de Calo Carratalá, se revela esencial en su trabajo y supone un aliento en su recorrido. Frente a los paisajes elegidos realiza dibujos y pequeñas tablillas donde traza las primeras pinceladas, recoge del plein air el polvo, la atmósfera, los colores y la luz que más tarde trasladará a dimensiones medias y grandes tras largos meses de trabajo en el estudio ayudándose de apuntes, bocetos y fotografías.
Sus obras nacen del gesto libre, veloz, conciso, componiendo rasgos abocetados, certeros y corregidos que anclan su firmeza en el talento y en el valor de lo interiorizado. La síntesis, la esencia de su pintura, eleva la pulsión estética, aísla, trasciende el momento, la sensación y la idea en una íntima aleación de aire, color y tiempo.
En sus cuadros está presente la pintura de los paisajistas holandeses del siglo XVII, la poética de los románticos ingleses del XIX como William Turner o John Constable, del alemán Caspar David Friedrich, o la pulsión del impresionismo francés y del expresionismo.
Esta exposición recorre recorre algunas de sus series sobre las que, casi de una manera obsesiva, vuelve una y otra vez, como las abruptas, desoladas e imponentes montañas nevadas de Noruega que se alzan solemnes en paisajes que hielan la mirada. Ejecutadas con una paleta de colores muy corta y en diferentes formatos, sobrecogen por su inmensidad, por la blancura que atrapa, por la melancolía que de golpe alcanza el alma del espectador, por su belleza rotunda y limpia.

Frente a estas cumbres gélidas; el fulgor exuberante de los paisajes africanos de verdes intensos y frondosidad desbordada donde la luz sucumbe resplandeciente entre la espesura, exhalando tenues contornos, huecos y resquicios, brillos, deslumbres de naturaleza revelada, y las ‘Selvas negras’, una colección pintada en lápiz sobre papel componiendo, en negro sobre blanco, sombras, volumen y profundidad en infinitos rasgos, concisos, enérgicos que rayan, tachan, cruzan líneas rápidas, certeras, fraguando de una manera magistral la ascética hondura de vegetaciones, malezas y aguas reflejadas.
La muestra también reúne cuadros de fondos color azul celeste penetrante y eléctrico que unen mar, aire y cielo. Varadas en la playa, barcas de pesca artesanal, realizadas con trazos negros, sencillos y contundentes, elevan sus mástiles sobre arenas blancas de la costa de Tanzania. Silenciosas y sobrias, parecen balancearse entre la soledad del abandono, o quizá de la espera, del descanso que precede a la partida.
Sobre los baobabs, afirmaba Séneca en el siglo I d. C. que ningún árbol llega a tener raíces firmes y profundas si contra él no soplan vientos que lo sacudan. Resilientes al desamparo y la desolación, los baobabs simbolizan fortaleza, paciencia y dignidad ante golpes y vaivenes. Hondamente entrelazados con las culturas y tradiciones locales africanas, estoicos y generosos, encarnan la fuerza de la colectividad.

Su sombra, su magia y su alimento son, desde generaciones ancestrales, cobijo e inspiración. Estos árboles extraños, enigmáticos, descritos en la obra de Saint-Exupéry ‘El Principito’ “tan grandes como iglesias”, fueron castigados, según algunas leyendas, por exhibir orgullo y soberbia.
Los dioses se enojaron, los arrancaron y los arrojaron al suelo boca abajo cayendo en las zonas más secas del mundo creado, y desde entonces, con sus flores bajo tierra y sus raíces mirando al cielo, esta especie longeva y asombrosa evoca frente a la arrogancia, humildad y sabiduría.
El artista crea algunos de sus baobabs en grandes formatos con la técnica de la sanguina sobre fondo blanco mostrando su singularidad y la sangre de su belleza herida porque hoy muchos de estos árboles venerados siguen muriendo en el continente africano de manera misteriosa. El deseo de repetir su imagen no deja de ser una reflexión sobre la revelación y el eco de su vulnerabilidad.
Carratalá lleva casi toda su vida descifrando el mundo a través de una magistral e íntima caligrafía que alienta imágenes que beben de la historiografía artística para instalarse de forma sutil y valiente en la contemporaneidad. Así, desde planteamientos técnicos impecables, nos acota fragmentos, perspectivas, contraluces, que evocan emoción y perpetuidad.

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