#MAKMAArte
‘Sussurro’, de Maurizio Cattelan
Fundaçao de Serralves
Parque de la Fundación de Serralves, Oporto
Cuando las clases populares hablan de arte, es el momento en que tienes que vender tus acciones; porque ello solo sucede al salir el arte en los papeles tras haber hecho saltar por los aires sus patrones; porque supera las cotizaciones habituales o revienta las convenciones a las que están habituados en su bienestar cotidiano.
Maurizio Cattelan es un habitual de las conversaciones disparatadas porque es uno de los provocadores de referencia en nuestros tiempos. En noviembre de 2025 volvió a salir en los papeles por la subasta de su obra ‘America’ (2016) –por la que se han pagado 12,1 millones de dólares–, que fue expuesta –y adquirida– por el Museo Guggenheim de Nueva York, en el que fue dispuesta como un inodoro más en uno de sus incómodos baños, y visitado por 100.000 personas.

En aquella ocasión, la noticia señalaba la baja cotización de una obra cuyo valor de coste es de 10 millones, así que la ganancia fue exigua. Pero, como a mí eso me trae sin cuidado, traigo aquí a Cattelan por la magnífica exposición ‘Sussurro‘, que pudo verse en el museo Serralves de la ciudad de Oporto, que le ha dedicado una antológica estupenda gracias a la interpretación que el comisario, Philippe Vergne, también director del museo, supo realizar del espacio, la vivienda original de los jardines de Serralves.
A Maurizio Cattelan lo puteaban en el cole. De eso estoy tan seguro como de que los parias nos reconocemos entre nosotros; y empleo paria en el sentido en que lo hace Hannah Arendt: para definir a todos aquellos apátridas que no encuentran acomodo en ninguna parte porque les llueven por todos lados, y vagan por la realidad levantando parapetos que los protejan.
Me di perfecta cuenta de ello tras visitar ‘Sussurro’; antes jamás lo había notado. También es cierto que solo había visto alguna obra suya, muy pocas, suelta, pero al ver el conjunto, y gracias al excelente montaje del comisario, no me cupo duda.
Cuando uno entra en una de las salas principales del palacete y ve al fondo un niño sentado en un pupitre protegido por la capucha de su sudadera –y, al llegar hasta él para ver la escultura al completo, lo descubre con las manos clavadas a la mesa de estudio por sendos lápices–, queda aterrorizado por la violencia infantil.
En ese mismo instante, sobrevienen las imágenes de otras obras dejadas por el camino que muestran a una avestruz con la cabeza enterrada para defenderse de un entorno que no tiene solución, o uno de los caballos expuestos, también sin cabeza, que aparenta haber atravesado el muro y, por eso, no la vemos. también recordamos al mismo Cattelan colgado en uno de los baños, o encamado con su doble porque le da miedo dormir solo, no muy lejos de una pequeña ardilla que se ha suicidado de un balazo en la intimidad de su cocina mientras alguien, ¿Cattelan?, la mira flipado.
La presencia de Cattelan, siempre vestido de riguroso luto, abunda en este ‘Sussurro’ con el que, poco a poco, comienzan a tener sentido todas las carcajadas a que nos tiene habituado el autor; porque, después de la tormenta, siempre viene el sarcasmo.
Ahora ya podemos entender a ese niñito inocente que, en la capilla del palacete, le reza a las palomas. Al acercarte al tipo, descubres que es Adolfito Hitler, la peor de las personas, que no es inferior en maldad a cualquier niño. Esto me ayudó a entender la real maldad del peor de todos, un niño que no creció y nos llevó por delante con todos sus complejos.
Pero hay más señales de todo esto por la exposición, como el niño que no para de tocar su tambor que, muy mal afinado, no deja ver las obras en paz. En tiempos griegos, la educación era cosa de esclavos porque los niños huelen mal y gritan, me recordé a mí mismo.
Por primera vez comprendí el recurso de Cattelan a la taxidermia: es el contacto con la muerte lo que le atrae de esta técnica, que no emplea para una de las obras mayores de la exposición, una ristra de cadáveres tapados respetuosamente por sábanas a los que acaban de tirotear de lo lindo.
La convivencia de la muerte, la tormenta de dolor y el sarcasmo son constantes, como no puede ser de otro modo en un mundo crudelísimo como el que habitamos. Me hizo reír a carcajadas el elefante que espera pasar desapercibido, otro momento de enajenación más en esta exposición, tapándose con una sábana que no consigue ocultar ni su trompa ni sus patas; intenta escapar, pero no lo consigue.
El entorno es atroz, bien lo sabemos, Cattelan, como tampoco lo ignora el sintecho que duerme al raso sobre uno de los bancos de los majestuosos jardines de Serralves –que por sí mismos merecen una visita, al margen de lo que se exponga–.
Pero Cattelan tiene una respuesta a todo este dolor provocado por la maldad humana, que en realidad es una maldad completamente infantil, y no es otra que mandarlo todo a paseo, con una monumental peineta como la que te recibía la exposición; si entras por detrás, que es lo que, por suerte, me ocurrió a mí, y descubres que todo es una farsa, como esta inmensa peineta en cartón piedra, pero si bien vivimos una farsa, esta puede contigo, sin piedad.


