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‘Suave rojo intenso’
Exposición homenaje a Deva Sand (Estrasburgo, 1968 – València, 2025)
Espacio Modotti
Carrasquer 2, València
Inauguración: viernes 8 de mayo, a las 19:00
Hasta el 31 de mayo de 2026
Cuando has tenido una relación fraterna, las palabras anidan su recuerdo, porque está poblado de horas, días, años de conversaciones. Cualquiera tiene en casa un objeto que guarda con cariño al recordarle a un familiar, un tiempo grato pasado con amigos, o por habérselo regalado alguien muy querido.
Y si los objetos son artísticos –a lo que todo el mundo llama obras de arte–, y han estado sujetos a la discusión apasionada y a las visitas a exposiciones propias, de Deva Sand, mías, o ajenas, entonces ver una obra suya es invocar todas las sucesivas palabras que se encuentran detrás de ella, de la obra y de la propia Sand. De manera que, para mí, una obra suya es biografía compartida.
Deva Sand se presentaba como escultora, y lo era; sin embargo, siempre tuvo un sentido del color más propio de una pintora. Los escultores se caracterizan más por su capacidad dibujística, algo que ella evitaba por estar más cerca de una comprensión animista del espacio, que la llevaba a entender el lugar de la galería como un territorio al que extraerle las energías que se encuentran Dios sabe dónde.
Como persona de profunda espiritualidad, creía verlos por todas partes; a veces me resultaba jocoso, porque tenía una manera de entender las cosas –me doy cuenta ahora, que he visitado Japón– muy sintoísta, sin ella serlo; sepa el lector que el sintoísmo es referido entre sus practicantes como la religión de los ocho millones de dioses, porque en esa creencia todo está animado por las divinidades.

Yo lo traducía filosóficamente al dictum clásico de Tales de Mileto: “Todo está poblado de dioses”, y nos entendíamos a la perfección, ella con su animismo y yo con mi filosofía europea. Porque hay algo cierto en considerar que las cosas no son solo ellas mismas, sino que comportan más; y ese algo más se puede seguir en su obra, cuyo principio no es otro que el de la reubicación –quiero evitar la palabra reciclaje porque la situaría en un contexto meramente ecológico, que también la representaría, pero su comprensión del mundo iba más allá; porque trataba de acercarse a las culturas ancestrales–.
Recuerdo que su primer interés por ellas le llevó a montar una excelente exposición titulada ‘Inuit’, como primer homenaje a esas culturas que son completamente ajenas a la nuestra. Para que el lector me siga, inuit es el término con el que se reconocen aquellos a quienes nosotros llamamos esquimales, algo para ellos completamente despectivo, ya que significa “comedores de carne cruda”. Supe este matiz en 2002, cuando ella preparaba su exposición para la Galería Edgar Neville de Alfafar, cuando era una galería de referencia en València.
Se lo tendría que preguntar, pero creo que fue en ese momento cuando comenzó a interesarse por aquellas culturas en los márgenes, que tenían tanto que enseñarnos. Además, por razones familiares, ya que su madre vivía en África, tenía mucho contacto con esas formas puras de vida en las que la amistad seguía teniendo un valor que no es el del simple intercambio; y eso ella lo valoraba muchísimo como persona apasionada que era; y lo era tanto que resultaba excesiva, pero eso la hacía deliciosa.
La exposición ‘Suave rojo intenso’, en Espacio Modotti, trata de recoger, de una manera muy modesta, todos esos guiños que poblaron su producción; entre ellos, el que más justicia le hace: su obsesión por llevar la escultura a las paredes de la sala de exposiciones y que, insisto en ello, hacen de su obra una rara avis en el mundo de la escultura, siempre dispuesto al dibujo y a colonizar el suelo de la galería.
De hecho, muy pocas galerías están habilitadas para la exposición de escultura porque tienen un pavimento imposible –tuve esta conversación con ella muchas veces–; pero si atacas sus paredes, la exposición ya puede realizarse. Quizá, por ello, su empeño por ganar las paredes de la sala y hacer de ellas el conjunto de una instalación en la que acabas rodeado de pintura.
Porque es cierto que componía instalaciones, le gustaba hacerlo, y construía muchas de ellas con luz, de una manera que, a veces, resultaba traviesa, porque esas luces eran de una calidez, otra vez, más pictórica que de trazo lineal: perfilaba los objetos intervenidos, siempre fruto de assemblages, con bombillas incandescentes –muchas, muchas–, porque todo está poblado de dioses.
En esta exposición, hay una pieza escultórica que, de alguna manera, recoge todo su calor, en un color sanguíneo que luego se repite en otra pieza y en otra, porque es el color de la misma sangre con la que se sellan las amistades, si lo son; porque, si no, hablamos de intercambio de favores con la cuenta de resultados por delante, y eso es una cosa más propia del primer mundo.
Otra de las piezas expuestas también la representa muy bien: es un collar armado con restos, que refleja tanto su condición de mujer presumida –lo era muchísimo– como su culto a la belleza, tan propio de las mujeres guapas, como ella misma.
El conjunto de la exposición ‘Suave rojo intenso’ se resuelve con un recordatorio fotográfico de alguna de sus exposiciones, y se cierra con un emotivo vídeo que le rinde homenaje en su condición de comisaria y animadora cultural desde su centro de investigación artística y espiritual CALIMA, en Gilet (València). Vaya mi reconocimiento en este artículo.


