Tàpies

#MAKMAArte
‘Tàpies. Última década. 2002-2012’
Comisario: Fernando Castro Flórez
Fundación Bancaja
Plaza de Tetuán 23, València
Hasta el 30 de agosto de 2026

“En mi pintura siempre he tenido la intención de, si no cambiar el mundo, por lo menos hacer que cambie la mirada que tiene la gente sobre el mundo”. Esta cita de Antoni Tàpies encabeza el dosier de prensa de la exposición ‘Tàpies. Última década. 2002-2012’, que acoge la Fundación Bancaja y que ha sido comisariada por Fernando Castro Flórez. Frase con la que el pintor y escultor catalán desliza una intención menor, cuando resulta ser mayor que la tenida por más grandilocuente: la de cambiar el mundo mediante el arte.

Porque es, precisamente, la intención de que su pintura pueda, por lo menos, llegar a cambiar la mirada que la gente tiene del mundo, lo que resulta más complicado; mucho más que cambiar el mundo mismo. De hecho, Tàpies, desde sus inicios, se sintió intrigado por esa mirada asociada al autorretrato como espacio donde cierto narcisismo se despliega, taponando el secreto mismo de mirar, frente a la torpe objetividad de los ojos.

“Se trata de la atormentada liberación de la prisión imaginaria del narcisismo, de la fijación del propio yo”, apunta Massimo Recalcati en ‘El secreto de Antoni Tàpies. Reflexiones sobre la poética del muro’, citado por Castro Flórez durante la presentación de la muestra que reúne 22 piezas de gran formato, algunas inéditas, de los últimos diez años de vida del artista barcelonés.

Vista de la exposición ‘Tàpies. Última década. 2002-2012’, en Fundación Bancaja. Foto: Tato Baeza.

Es más: será el propio comisario quien ponga el acento en una obra emblemática a este respecto, su ‘Autorretrato’ de 1950, donde se puede ver el rostro de Tàpies, “junto a la obsesión hipnótica y medusizante de la mirada”, señalando con el índice de su mano derecha su propio nombre escrito sobre un pequeño papel, “con la T inicial hecha como una cruz”.

“La mirada se descentra de sí misma; esta letra invita a apartar la mirada de la mirada introduciendo una letra que se disocia de la alienación imaginaria del espejo”, agrega Recalcati acerca de tan inesperado como elocuente gesto de revelarnos una mirada que huye de la prisión de los ojos; de la cárcel del yo.

Rafael Alcón, presidente de la Fundación Bancaja, citó a Tàpies para dejar, de nuevo, la pista sobre la que transcurre su obra: “Los pintores hablamos con las manos y queremos que los demás nos escuchen con los ojos”. Este trastocamiento de las funciones ordinarias de determinadas partes del cuerpo va en la misma dirección de cambiar la mirada acerca de las cosas del mundo.

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Tàpies sabía de esa dificultad, la que tenemos todos de atravesar el espejo que nos devuelve la imagen especular en la que nos reconocemos (me entiendo, te entiendo), para adentrarnos en aquella otra dimensión que nos incomoda al confrontarnos con la extrañeza del ser que igualmente somos.

Por eso la ‘T’ de Tàpies, inscrita en aquel ‘Autorretrato’ de 1950, se revela como la cruz que lleva el artista a cuestas como parte de su propia biografía, pero de la que se desprende al afrontar la cruz no como signo, sino como símbolo del misterio que se abre a la mirada liberada del ensimismamiento yoico.

Castro Flórez se refirió a la melomanía de Antoni Tàpies ligada a la música de John Cage, buscando ambos el silencio por diferentes medios expresivos: “Cómo conseguir la densidad del vacío cuanto quitas lo inesencial”. He ahí la dificultad que el pintor catalán acometió durante su dilatada trayectoria profesional, que, lejos de amortiguarse durante sus últimos años de vida, cobró “una fuerza increíble; una radicalidad total”, subrayó el comisario.

Esa búsqueda del silencio a través del vacío encuentra su contrapunto en la radicalidad misma del acto pictórico desarrollado hasta el final. “Como en el recorrido de ciertos místicos, el silencio es alcanzado no directamente, sino a través de la acentuación masiva de su contrario… Para alcanzar el silencio, ha dicho una vez Tàpies, hay que pasar necesariamente a través de un “sonido fuerte”. En su caso, el “sonido fuerte” fue el narcisismo y la mirada invasiva que ha querido multiplicar obsesivamente en sus autorretratos”, señala Recalcati.

‘Tàpies. Última década. 2002-2022’, en Fundación Bancaja. Foto: Tato Baeza.

Contrapunto igualmente asociado a ese vacío, tan del gusto taoísta y del budismo zen por los que mantuvo gran interés el mismo Tàpies, y su posterior llenado. Castro Flórez se refirió a ello en diversos instantes de la presentación, concluyendo que “el vacío es la plenitud”. “Todos los místicos creen que para llegar a la plenitud hay que pasar antes por el vaciamiento y superar el narcisismo”, añadió.

La contemporaneidad de la obra de Antoni Tàpies, a la que se refirió en todo momento el comisario, está sin duda inscrita en esa disolución del yo, del ego narcisista, en un mundo que no hace más que potenciarlo, ya sea mediante la publicidad y los objetos de consumo encantados, y mediante la política, allí donde esta queda reducida a la confrontación no de ideas, sino de idearios o compartimentos estancos.

‘Tàpies. Última década. 2002-2012’ es una exposición de claroscuros. “El montaje –con la luz contenida, los muros oscuros– queríamos que estuviera ligado a la experiencia misma de sus últimos años”, apuntó Dalia Padilla, del despacho de gestión de obras de arte Vande, asociada igualmente al carácter monocromático de su trabajo.

Fernando Castro Flórez, Rafael Alcón, Toni Tàpies y Dalia Padilla, durante la rueda de presentación de la muestra ‘Tàpies. Última década. 2002-2012’, en Fundación Bancaja. Foto: Tato Baeza.

“Más allá del color y de la forma, la trama de Tàpies parece emerger como un modo de incluir lo real en la obra”, sostiene Recalcati, explicando acto seguido el sustrato mismo de eso real que se resiste al orden de lo inteligible: “Su rechazo decidido del color, o, si se prefiere, el uso de colores neutros y la tendencia hacia lo monocromo, refleja el rigor ascético de su poética”.

“Para usar las mismas palabras del artista –continúa diciendo­–, su ser “próximo a la tierra”, que significa ser próximo a la materia y al vacío”. Una materia, precisó Castro Flórez, “no inerte, sino metamórfica”; una materia –abunda Recalcati– “corroída, surcada, invadida, atravesada, incluso violada a veces por el signo”.

Materia y vacío, en todo caso, manteniendo un pulso por hacer que emerja en la obra aquello que, estando a simple vista, no terminamos de captar en su esencialidad. El comisario de ‘Tàpies. Última década. 2002-2012’ lo resumió aludiendo a uno de nuestros grandes místicos españoles, San Juan de la Cruz: “Hemos venido aquí para no ver”. Para no ver, de nuevo, aquello que tan burdamente entra por los ojos, impidiendo llegar al fondo secreto de la mirada, tan arrebatada y radical de sus años tardíos.