Los pecadores

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‘Los pecadores’, de Ryan Coogler
Reparto: Michael B. Jordan, Hailee Steinfeld, Miles Caton, Wunmi Mosaku, Delroy Lindo, Jack O’Connell y Jayme Lawson
Música: Ludwig Göransson
Fotografía: Autumn Durald
137′, Estados Unidos, 2025

Estaba no hace muchos días compartiendo opiniones con un amigo sobre la película que nos ocupa cuando, tras algunos requiebros y elucubraciones, llegamos a una conclusión que expusimos en forma de interrogante: pero ¿qué le ha pasado al cine norteamericano?

Ellos, que tan bien dominaban el arte de la narración, parece como si lo hubieran olvidado. Haciendo un breve repaso a algunos de los directores mejor considerados por la industria del cine USA en estos momentos, salieron nombres como Christopher Nolan; para quien suscribe esta crónica, un narrador sobrevalorado. Tampoco el aclamado Paul Thomas Anderson se encuentra en su mejor momento.

Pero es que, incluso, el cine comercial estadounidense ha perdido aquella capacidad para contar bien las historias que mantuvo, quizá, hasta el arranque del nuevo milenio. Hoy, las producciones dirigidas al gran público se han dejado devorar por el lenguaje de los videojuegos y (ahora) las redes sociales.

Pero ¿qué pasa con los relatos? Los buenos relatos, quiero decir. Y no me refiero solo a las películas de superhéroes, un producto que, salvo alguna excepción, ni siquiera ha sabido copiar bien a sus primos de las viñetas.

Por ejemplo: ¿cuándo fue la última vez que vimos una buena comedia? Incluso naderías sin pretensiones como todo el género de cine de gamberradas para adolescentes de los años 80-90 y primeros 2000 estaban mejor contadas que cualquier subproducto actual.

Fotograma de ‘Los pecadores’, de Ryan Coogler.

Viene todo esto a cuento porque, con la llegada, un año más, de la apabullante publicidad con la que nos inundan ante la próxima edición de los Óscar, la plataforma de streaming Filmin ha puesto a disposición de sus usuarios algunas de las películas que este año compiten a los grandes premios.

Entre estos títulos se encontraba ‘Los pecadores’, del realizador Ryan Coogler, urdidor hasta la fecha de las dos primeras partes de la saga de Marvel dedicada al personaje de Black Panther (parece que ya está preparando la tercera) y las dos películas de Creed, personaje heredero, a su vez, de la franquicia del Rocky Balboa creada por Sylvester Stallone.

Este historial no parecía, a priori, muy atractivo. Las halagadoras críticas que acompañaban a su último trabajo, junto a la enorme cantidad de nominaciones a los Óscar que atesoraba (nada menos que 16, el top de esta edición) parecía presagiar, sin embargo, que estábamos ante el despuntar de un autor con mayúsculas, cuyo paso por el cine de palomitas no había sido más que un trampolín para poder llevar adelante proyectos más personales. Pero no.

Cuenta ‘Los pecadores’ la historia de los hermanos Jordan, dos gemelos que regresan a su pueblo natal tras pasar un tiempo en la ciudad de Chicago, donde han hecho bastante dinero para comprar un aserradero en el que quieren montar su propio local de baile. Para animar el local y atraer a los clientes (básicamente, la comunidad negra, a la que pretenden ofrecer un espacio de ocio lejos de la mirada de los blancos), los Jordan van a contratar a los mejores músicos del pueblo.

Fotograma de ‘Los pecadores’, de Ryan Coogler.

Pero ahí no acaba todo. Mientras van de aquí para allá reclutando a su equipo y clientela, Smoke, uno de los hermanos, visita a Annie, una antigua amante con quien tiene una deuda pendiente que debe resolver. La inauguración del local es un éxito rotundo y la música y la bebida parecen garantizar horas de baile desenfrenado hasta el amanecer.

Pero, de repente, la inesperada visita de tres extraños (blancos), apostados a la puerta del establecimiento con la pretensión de que se les invite a entrar, interrumpe la fiesta. Parecen gente amigable e, incluso, se ofrecen a tocar algo de su propia música para animar la velada. Sin embargo, hay algo en ellos que no inspira mucha confianza.

El primer fallo que comete un trabajo como ‘Los pecadores’ se llama, simplemente, falta de contención. No se le puede negar a Ryan Coogler una gran capacidad para imprimir ritmo al desarrollo de su película. Al fin y al cabo, viene de donde viene. Pero eso no quiere decir que a los 137 minutos en los que ha quedado el montaje final de este proyecto no les habría venido mal algún recorte.

El problema no está tanto, como digo, en la puesta en escena como en un guion que parece que, como sucedía en ‘Hamnet’, de Chloé Zhao, no sabe escoger ni engarzar bien los momentos clave de la historia, demorándose en una interminable primera hora de película en la que se detiene en infinidad de detalles innecesarios que o bien no logran dejar la impresión necesaria para crear un vínculo emocional con los hechos que les siguen y con el espectador, o no aportan nada o se podrían haber contado de una forma mucho más ágil, sin perturbar las líneas básicas del relato.

De esta forma, Coogler se demora en contarnos la vida de cada uno de los personajes. Así, conoceremos a Sammie, un joven guitarrista cuyo sueño de convertirse en músico profesional choca con el rechazo de su padre, pastor de la congregación de su comunidad. O Grace y Bo, un matrimonio de asiáticos que regenta la tienda de comestibles del pueblo. O Mary, una joven mestiza que tuvo una turbia relación con Stack, uno de los hermanos, que, con su marcha, habría quedado interrumpida.

Durante toda esa primera hora, Coogler parece más interesado en construir una especie de mapa de la sociedad interracial de las plantaciones de algodón en los años 40 y 50 (sabemos que los hermanos James estuvieron en la guerra mundial) que en contar una historia.

Este tono realista, descriptivo, choca de frente, sin embargo, con la segunda parte de la película. Será aquí cuando, por una serie de pistas, descubrimos que esos tres desconocidos que se acercan a la fiesta no son, en realidad, afables campesinos, sino tres vampiros que vienen a devorar o convertir a todos los clientes de los hermanos Jordan.

Fotograma de ‘Los pecadores’, de Ryan Coogler.

A partir de este momento, la película da un giro radical, mutando de un thriller convencional a un subproducto del género de monstruos y asesinos en serie que llevamos arrastrando desde hace décadas. El problema será, como siempre, quién de ellos sobrevivirá a la matanza y cuántos perecerán en su infructuoso intento de escapar de los vampiros. Es entonces cuando la película se convierte en un aquelarre de sangre, cuerpos descuartizados, golpes, peleas, empleo imposible de armas; lo de toda la vida.

El problema es que, si bien la premisa parecía, al principio, temáticamente novedosa, toda su originalidad decae ante la falta de ingenio por parte de Coogler a la hora de pergeñar este tipo de situaciones. Ni en el planteamiento de estas escenas ni en su solución encontramos algo que no hayamos visto tantas veces en el género; ni siquiera el truco de la anticipación funciona como generador de expectativas.

Ahora bien, eso no quiere decir que Coogler no logre crear un ambiente ciertamente desasosegante. El problema es que esta sensación nos sobreviene más a causa del agotamiento que nos provoca lo dilatado de esas situaciones que plantea, algunas ciertamente absurdas (véase, verbigracia, la larga conversación entre los vampiros y Mary), que por lo que sucede o está por suceder.

Coogler se relame en cada escena, estirándola hasta romper los límites de lo prudente, encandilado ante su propio discurso, pero olvidando, de nuevo, el relato. La tensión se produce, así, en el cruce entre la impaciencia del espectador y un conflicto cuyo desarrollo y solución parece que no quieren llegar a la pantalla.

Fotograma de ‘Los pecadores’, de Ryan Coogler.

Eso no quiere decir que Coogler no sepa crear algunos buenos momentos. ‘Los pecadores’ es una película de gran presupuesto y eso se nota en la factura y en un trabajo de composición muy elaborado que juega, además, con distintos formatos de imagen según vamos pasando de una serie de escenas a otras, recurso que sirve al director para establecer un diálogo entre espacios y personajes.

Coogler sabe que tiene un buen material de base, la América de la esclavitud, con sus campos de algodón, sus pueblos desvencijados por la pobreza, sus espacios abiertos, y lo aprovecha. Diríamos que tiene los ingredientes, lo que no parece encontrar es el camino adecuado para hacer, con todo ello, una obra de peso. Pienso, por ejemplo, en ‘Camino a la perdición’, la obra maestra de Sam Mendes (otro director al que últimamente parece que se le ha olvidado todo lo que sabía).

Ni siquiera ese posible juego con los géneros parece darle la clave que necesitaba. La idea no es que sea mala, el problema es que, en vez de mezclar los dos conceptos base que maneja (la realidad social de un momento de la historia de su país y los códigos del cine de vampiros, como en la sueca ‘Déjame entrar’, de Tomas Alfredson, con la que tiene alguna relación), los separa.

Dos mundos que apenas se pisan entre sí, sin llegar a imbricarse del todo el uno en el otro. Lo que queda es una pieza descoyuntada que no acaba de encontrarse a sí misma. No es ilógico que muchos espectadores hayan visto similitudes entre esta película y ‘Abierto hasta el amanecer’, de Robert Rodríguez, un punto menos extravagante, pero, finalmente, igual de superficial (si acaso, Rodríguez sabía que estaba pergeñando una gamberrada).

Con ‘Los pecadores’, Ryan Coogler quiere subirse a lomos del género de monstruos para elaborar un discurso contra el racismo en Estados Unidos. El problema es que la metáfora le ha quedado muy tosca. De un lado, tenemos a la América blanca y racista, representada, además, por unos vampiros que tratarán de canibalizar (los abducen, se podría interpretar) a todo aquel al que le clavan los colmillos. Del otro, tendríamos a la víctima, una comunidad negra condenada a convertirse en sus sirvientes. Aunque ni siquiera esto está del todo claro, dado el desarrollo de los personajes.

El otro elemento en el que se apoya el discurso de la película es la música. De un lado, el blues de la comunidad negra. Del otro, la música de raíces irlandesas que representa a la América white trash. Y aquí, en la confrontación entre ambos estilos, Coogler podría haber elaborado una obra de género musical interesante.

Pero, de nuevo, todo queda separado por una línea demasiado grosera. Un elemento que nos ofrece, a la vez, lo mejor y lo peor de la película. Entre lo peor se encuentra la escena en la que el joven Sammie toma la guitarra y toca su primera canción. Mientas canta, casi en éxtasis, el edificio del aserradero parece caer (en su imaginación, en la de los espectadores) pasto de las llamas.

A su alrededor, se mezclan entre los asistentes a la fiesta distintas representaciones de esa América negra, desde sus orígenes en la música tribal africana, hasta los modernos cantantes de hip hop. Una idea que debía funcionar muy bien en la cabeza de Coogler, pero que, puesta en pantalla, queda como un elemento disruptivo que, más allá del ejercicio de virtuosismo técnico, de ese simbolismo, demasiado evidente, no aporta hondura a la película.

Ya lo sabemos. Entre lo mejor, nos encontramos una escena en la que lo vampiros se marcan un baile frente al aserradero. La secuencia, sin tanta pirotecnia, contiene uno de los pocos momentos de la película con verdadera fuerza cinética y emocional.

Que un producto como este tenga la mayor cantidad de nominaciones a los Óscar al lado de obras de altura como ‘Valor sentimental’, de Joachim Trier (que también opta la mejor película de habla no inglesa) no tiene mucho sentido. Pero así son las cosas.