Vicent Marco

#MAKMAArte
‘La collita’, de Vicent Marco Puig
Sala Curro Canavese
Sporting Club Russafa
Sevilla 5, València
Hasta el 1 de febrero de 2026

Hay exposiciones que no arrancan con el primer paso del visitante, sino cuando la mirada comienza a hacerse permeable. ‘La collita’ (‘La cosecha’), de Vicent Marco Puig, instalada en la Sala Curro Canavese del Sporting Club Russafa de València, pertenece a esa clase de proyectos que desaceleran algo interno.

Te adentras en la sala y algo en ti, sin que te des cuenta, baja las revoluciones. El espacio, cargado de memoria artística, se convierte en un refugio donde el papel deja de ser algo inerte para convertirse en un territorio vivo, un organismo que respira en silencio, un archivo vegetal.

Los dibujos a lápiz son el núcleo de la muestra y se despliegan como un herbario en toda su extensión. Si observas con detenimiento, puedes pensar que estás viendo fotografías aéreas de un bosque detenido en mitad de un susurro.

Hojas, tallos, flores y raíces forman un tejido en el que nada es más importante que lo demás; todo comparte el mismo aire, el mismo plano. Las luces y las sombras, que parecen brotar del propio papel, hablan de una paciencia y una atención que van mucho más allá del dominio técnico.

Mientras observas, podemos recordar las palabras del antropólogo Tim Ingold: “Las líneas son rastros de movimiento; seguirlas es seguir la vida misma”. Esa idea, perteneciente a ‘Lines: A Brief History’ (2007), unifica el hilo conductor de la muestra para entender los dibujos e instalaciones que no solo representan simbolismos aparentes, sino que brotan con cada una de las piezas expuestas. Cada trazo de grafito parece capturar la vibración de la materia en su tránsito hacia otra forma.

Obra de Vicent Marco, en la exposición ‘La collita’, en el Sporting Club de Russafa de València.
Cuando la naturaleza mira a la industria

Sin embargo, la muestra no se detiene en la contemplación botánica. La verdadera potencia de ‘La cosecha’ está en el choque entre lo orgánico y lo industrial, entre el origen vegetal del papel y su destino dentro de una economía que lo imprime, lo consume y lo desecha.

De repente, entre la delicadeza del dibujo a lápiz, algo quiebra la mirada: los trozos de collage en colores diversos y formas parecen seguir un código aparente y equilibrado mostrando el contraste entre lo natural y lo industrial.

Son restos de ese sistema simbólico que imprime aceleración, consumismo y nos arrastra a una velocidad que asusta. Los códigos de barras –dispositivos de control y catalogación– que aparecen en algunas de las obras expuestas interceptan el paisaje vegetal para descifrar un anacronismo, llevando al espectador a un terreno distante de lo poético-conceptual.

El filósofo Byung-Chul Han, en ‘La sociedad del cansancio’ (2010), escribe: “La vida cae en la positividad de lo idéntico, en un mundo donde todo se cuantifica y se calcula”. Esta reflexión adquiere una relevancia explicita en la muestra. Es un recordatorio en voz baja de que la naturaleza y la industria llevan mucho tiempo compartiendo piel, aunque nos empeñemos en mirar para otro lado.

Algunas de las obras de la exposición ‘La collita’, de Vicent Marco, en el Sporting Club Russafa de València.

Vicent Marco, en sus trabajos, nos acerca a una mirada distinta del collage: el collage organizado, que se vuelve abstracto, donde una mancha de color puede aparecer y desaparecer en cualquier momento dependiendo del punto de vista. Es como si el artista nos susurrara que la única forma que de verdad permanece es la de la naturaleza, mientras que todo lo demás es un parpadeo.

Es inevitable pensar en John Berger en ‘Modos de ver’ (1972), donde afirma: “La forma en que vemos las cosas está condicionada por lo que sabemos o creemos” y en cómo nuestra forma de ver las cosas depende de lo que ya sabemos o de la experiencia vivida. Aquí se hace evidente en cuanto descubres que lo que observas puede ser distinto y contradictorio; a partir de ahí, tu mirada ya no es la misma.

El viaje por la muestra no se limita a obras bidimensionales. El proyecto expositivo acoge una serie de bobinas intervenidas de mediano formato que nos invitan a observar más allá del infinito. Surgen en el recorrido como paréntesis que incitan a la reflexión. En algunas, su contenido en forma de obra artística simula estar quemado, pero el fuego aquí no destruye, sino que descubre.

Recordando a Gastón Bachelard, en ‘El psicoanálisis del fuego’ (1938), el filósofo francés escribió: “El fuego es un devenir; en él vemos nacer y morir a la vez”. En estas piezas, el fuego es una herramienta que desnuda el material, que le arranca las capas de uniformidad que la industria le había puesto encima. Las bobinas parecen los restos de un bosque continuo que nunca fue, o las ruinas de una fábrica donde la naturaleza, en secreto, sigue latiendo.

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La reparación como gesto contemporáneo

Si algo define la ética que atraviesa ‘La cosecha’ es su deseo de reparar. Pero no como un intento de arreglar lo que se rompió, sino de recomponer nuestra forma de relacionarnos con lo que usamos y tiramos. Reparar, aquí, no es un verbo, no es una técnica de restauración, es una forma de mirar.

Es una invitación a la convivencia: el dibujo dialoga con el recorte (collage), lo vegetal con lo industrial, el blanco y negro con el color. No hay respuestas, solo un roce, una tensión y la promesa de que de ahí puede salir algo nuevo. Se trata de darle una nueva vida a un residuo, de devolverle su dignidad.

Según el teórico del arte Nicolas Bourriaud, en ‘Estética relacional’ (1998), “el arte contemporáneo busca modelos de coexistencia humana”. Vicent Marco amplifica esa idea en su obra y propone modelos de coexistencia material. Y ahí es cuando entiendes el título, ‘La cosecha’: cosechar no es solo recoger, es elegir, decidir qué se queda contigo y qué dejas ir.

Una de las obras de la exposición ‘La collita’, de Vicent Marco, en el Sporting Club Russafa de València.

En esta exposición, el acto de cosechar se transforma en una forma de mirar. El artista cosecha –dibuja– plantas, pero también fragmentos industriales, cicatrices de fuego y silencios. El visitante, como espectador, cosecha intuiciones, preguntas, reflexiones, dudas, asociaciones y conexiones.

La sala se convierte en un lugar para aprender a mirar más despacio, para sentir el pulso que se esconde en las cosas. Cosechar, aquí, es plantarle cara a la prisa, resistirse a la velocidad, detenerse y dejar que los materiales cuenten su historia. En el proyecto expositivo de Vicent Marco, el acto de cosechar se convierte en un método de percepción.

Una despedida que es también una siembra

Al salir de la muestra, la mirada del espectador puede acentuar reflexiones que quizás transforme conciencias. ‘La cosecha’ de Vicent Marco es todo eso: un viaje silencioso del origen a la herida, la transformación y al renacer, porque en cada fragmento de papel, en cada línea de grafito, en cada residuo recontextualizado, late una pregunta que el arte no responde, pero sí afina.

Vicent Marco no plantea una doctrina en su discurso, sino algo más profundo: la posibilidad de escuchar la materia. Y, al hacerlo, quizás, con un poco de suerte, también nos escuchemos un poco a nosotros mismos. Sales a la calle, al ruido, y te preguntas: de todo esto que me rodea, ¿qué estoy dispuesto a cosechar?