La reina del metal

#MAKMAEscena
‘La reina del metal’, de Vanesa Aibar y Enric Monfort
Dramaturgia: David Montero
Con Vanesa Aibar (baile) y Enric Monfort (música)
Premio MAX 2023 al mejor espectáculo de danza
Teatre El Musical (TEM)
Plaza del Rosario 3, València
Viernes 26 de enero de 2024

El núcleo de nuestro planeta está formado en su mayor parte por hierro (85 %). En ‘La reina del metal’, la bailadora Vanesa Aibar es tierra y el percusionista castellonense Enric Monfort es aire. La noche pasada intentaron juntos bombear esa aleación incandescente a la superficie del escenario del Teatro El Musical (TEM)

Un cuerpo se desmonta. Literalmente. La cabeza, el abdomen, las costillas… Son dibujos con líneas de hierro que caen al suelo con algo de estruendo: es el arranque de la pieza. Alrededor de ese accidente, un cuadrilátero enmarcado por unos barrotes de cadenas. En su interior, al fondo, dos tarimas que hacen de mesa. Una, la que ocupa el lugar central, está vacía. La de la izquierda, llena de cencerros, una batería y otros elementos de percusión. A la derecha, un vibráfono. Y varios ganchos colgando como en la trastienda de una carnicería.

Porque hay algo de carnicería –a priori–, solo que falta la carne que aparece al poco cuando entran Vanesa Aibar y Enric Monfort. Al inicio, sus presencias escénicas desafinan entre ellas: estamos hablando de la energía telúrica de una bailaora de flamenco versus un músico que podría ser invisible porque su imagen se hará presente en nuestros oídos. Sin embargo, el castellonense comenzará a crecer cuando se arme con las baquetas y las mazas, vulcano de caverna y yunque en busca de la escultura última.

Ya hemos visto cuál va a ser el espacio y cuáles son los cuerpos que acaban por ser también, como todo en el teatro, un espacio. Sabemos esos espacios y ahora entra a jugar el tiempo. Y sabemos que en algún momento se tocarán los cencerros, se tocará la batería, se tocará el vibráfono y, necesariamente, esa tarima del centro será bailada.

‘La reina del metal’, de Vanesa Aibar y Enric Monfort, en el Teatre el Musical. Imagen cortesía del TEM.

Aibar recoge los miembros descompuestos de la figura metálica realizada por la ilicitana Susana Guerrero. Esta artista plástica conoce lo que es colaborar con espectáculos de danza porque también es la responsable de las cabezas de jaguar de la obra ‘Rito’, de Asun Noales. Quedan colgando a lo ancho del escenario los elementos de ese cuerpo sintetizado. Y, entonces, arranca el virtuosismo.

Es decir, comienza el tiempo; el que los dos artistas plantean en un diálogo que se vuelve discusión por instantes, que intenta silenciar al otro, que discurre por los terrenos del entendimiento y que acaban por elogiarse mutuamente, elevándose a lo más alto. Literalmente, a lo alto de esa jugosa tarima rosco que ha pedido zapateado desde el principio.

Yo estoy también en lo alto de la grada del Teatre El Musical. Desde aquí, he intentado respirar eso que tiene que suceder ahí abajo. La fuerza que arranca del centro de la tierra donde se cocina el magma y que usa a la bailaora como refinería. Estoy bastante lejos, pero algo me llega en el número inicial. Aquí queda planteado cuál es el juego que se va a desarrollar durante los ochenta minutos restantes. Sabemos cuál es el mecanismo y, a partir de ahí, nos instalamos en un lugar cómodo y asombrado.

‘La reina del metal’, de Vanesa Aibar y Enric Monfort, en el Teatre el Musical. Imagen cortesía del TEM.

Por momentos, no dejo de maravillarme por lo que sucede a mis pies, por la sensación de estar rodeado de 400 personas en ese edificio que se convierte, cada fin de semana, en unos altos hornos que unen lo terrestre con lo celestial. Su programación trae lo mejor del panorama de las artes escénicas al barrio del Cabanyal-Canyamelar. Mientras continúa el espectáculo, tengo unos momentos para pensar en otras cosas, en lo que supondría que este templo que rige Juanma Artigot (y al que siempre encontramos sonriente en la puerta, invitándonos a entrar) acabase por sucumbir a esas fuerzas del mal y de la oscuridad que acechan la cultura en estos lares.

Y, de pronto, me saca de estos pensamientos la ovación que ha arrancado del público en el breve silencio que lo ha hecho posible. Y se me eriza un poco la piel, la verdad, no solo por esta defensa del título (premio Max al mejor espectáculo de danza) en el ring encadenado del escenario, sino por lo que pasa en las veinte filas que tengo delante y que puede desaparecer para siempre, del mismo modo que lo hacen los intérpretes por el foro al acabar la función tras un murmullo espeso.