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‘Torrente, presidente’, de Santiago Segura
Reparto: Santiago Segura, Gabino Diego, Carlos Areces, Neus Asensi, Ramón Langa, Leo Harlem y Xavier Deltell, entre otros
Música: Roque Baños y Taburete
Fotografía: Javier G. Salmones
102, España, 2026
Primero. Hace ya la friolera de 28 años, Santiago Segura estrenaba la primera entrega de la que sería una de las sagas más exitosas del cine español. Como buena parte de espectadores del momento, la simpatía que transmitía el personaje (antes había hecho ‘El día de la bestia’ con Alex de la Iglesia, su consagración) me llevó a la sala de cine y debo reconocer que, entonces, me divertí.
Sí, ya sabemos todos de qué tipo de producto estamos hablando, pero dejando de lado ciertos escrúpulos que creo que no vienen a este caso, dejarse llevar de vez en cuando por un par de chistes de pedos no es algo por lo que uno deba de purgar el resto de su vida.
Todos lo hacemos. Y, si no, a ver quién es capaz de resistirse a esta escena que reseñamos aquí. Torrente respondía, además, a una cruda parodia de una clase de individuos que todos, más o menos, repudiábamos. Ahí estaba su gracia: ponerle un espejo al enemigo para burlarte de él.
Segundo. No he visto el resto de entregas de la saga. Puede que en esto cayera en el pecado de escuchar a mis prejuicios, pero supongo que en esta decisión entraron a jugar, como poco, dos factores.

Por un lado, la idea de que cierto tipo de bromas, igual que nos hicieron gracia una primera vez, también tienen un recorrido muy corto; o lo que es lo mismo: que, ante cierto estilo de humor, lo poco gusta y lo mucho cansa o aburre.
Por otro lado, si bien es verdad aquello de que segundas partes nunca fueron buenas, en este tipo de propuestas la máxima se suele cumplir con mayor incidencia, no digamos nada cuando se trata de hasta cinco (y ahora seis) partes. Que sepa, solo la saga de ‘Loca academia de policía’ la ha superado.
Tercero. Servidor no estaría comentando esta última entrega de Torrente si no fuera por todo el revuelo que ha levantado tanto en prensa, dentro del debate político y en las redes sociales. Esta reacción, debate o discusión pública no tendría que haber supuesto ninguna sorpresa, pues, de alguna manera, está inscrito en el mismo proyecto de Segura. Se estaba anunciando desde la primera imagen que se filtró y ya era tema de conversación dentro del mundillo.
Así que por mucho que moleste al director que dicho debate haya llegado a colapsar los comentarios (a favor y en contra, pero, sobre todo, los más vehementes, en contra) sobre su película, está más que justificado. Por otra parte, dado el éxito en taquilla que está teniendo la película, tampoco parece que le haya perjudicado mucho.
La historia de la película es muy sencilla. Una pareja de ojeadores de un partido político llamado Nox encuentran en José Luis Torrente, el sucio y grosero policía protagonista de la saga, un valor a considerar para sus intereses electorales. Su discurso rancio y sus aparentes cualidades para conectar con la gente pueden servir a sus propósitos de cara a la campaña a la presidencia del Gobierno que ya está en marcha.
Tras sumarlo a sus listas y contra todo pronóstico, Torrente irá subiendo puestos en la organización del partido a medida que vaya cobrando popularidad. Pero un accidente inesperado cambiará los planes, dándole a Torrente la ocasión de ocupar el puesto del líder del partido, situándolo, gracias a su talento, en la primera posición de las encuestas para tomar la presidencia del país.

Expuesto brevemente el argumento para no hacer muchos spoilers (otra de las controversias que han rodeado a la película), caben algunas consideraciones. En primer lugar, valdría la pena preguntarse si este tipo de propuestas merece una atención crítica seria, como han llegado a censurar, ante la polémica, algunos comentaristas. A esto solo habría que responder: ¿y por qué no? Si, finalmente, queremos elevar la comedia al rango que tanto se reclama que merece, ¿por qué no tratarla con el mismo respeto crítico que otros géneros?
Dicho esto, cabe recordar que otra de las máximas que afectan a este tipo de productos, especialmente según van avanzando en sus distintas entregas, es el descuido por el argumento. Generalmente, la fórmula acogerá una leve premisa dramática que servirá de colchón para trabar una serie de gags cómicos que en poco o en nada tendrán que ver con algo parecido a su desarrollo (aunque se resuelva el entuerto inicial).
Sin embargo, en el caso de esta entrega de Torrente, hay que reconocerle a Segura, como acreditado autor del libreto, que ha logrado engarzar muy bien dichas escenas dentro de una trama que avanza con buena lógica desde el principio hasta los créditos finales. Como todo el mundo sabe, Segura ha pretendido construir una parodia sobre el estado de la política contemporánea. Y es este contexto el que le ha regalado un guion que, al menos a ese nivel, funciona con la precisión de un reloj.
No son solo una serie de chistes sin un hilo conductor que los hilvane. En el ascenso de Torrente a la cúspide del poder, en los obstáculos que encontrará por el camino, Segura encuentra el trabajo hecho para un texto que responde de manera escrupulosa con los tres actos clásicos, un viaje de ascenso y caída del héroe que avanza naturalmente de manera muy bien justificada.
Ahora bien, eso no quiere decir que esta estructura, como digo, tan bien urdida, no se tope con otro tipo de escollos que acabarán afectando, sobre todo, al ritmo de la película. El primero de estos escollos tiene que ver con una cierta precipitación de Segura a la hora de hacer avanzar la historia.
Desde la presentación del conflicto, que sucede prácticamente en la primera escena, y en su desarrollo posterior, Santiago Segura parece que se siente apremiado por la urgencia y le mete el turbo a un argumento que vuela a toda velocidad, incitado, quizá, por un miedo a aburrir al espectador.

De esta forma, los 102 minutos que dura el metraje se pasan en un suspiro. Esto, lejos de ser una ventaja, se puede leer como un defecto en una película que marcha de manera algo atropellada, en la que las escenas se suceden sin encontrar un descanso.
Y, como todo el mundo sabe, la comedia también requiere de ciertos espacios, aunque sean muy leves, para transpirar. Si no, lo cómico, contrariamente a lo que pueda parecer, pierde su potencia, al no permitir al espectador digerir lo que está sucediendo en pantalla, dando una permanente sensación de saturación. Segura, admirador, según ha revelado en muchas entrevistas, del gran Billy Wilder, tendría que saber esto.
El otro aspecto tiene que ver con los propios chistes o situaciones cómicas que presenta la película, que acabarán cayendo, de manera reiterada, en lo previsible. Como hemos dicho, Santiago Segura ha pretendido hacer una sátira de la realidad política de nuestro país. La película se desarrolla, de esta forma, pegada a una realidad inmediata que el espectador tendrá que reconocer. Eso facilita, por un lado, la identificación con unas situaciones o diálogos que no necesitan presentaciones, pero que, por otra parte, los hacen francamente obvios.
Tampoco ayuda mucho el que Segura se haya adherido tanto a la literalidad de estas situaciones o discursos que parodia, lo que les resta ingenio; esa vuelta de tuerca necesaria para sorprender a ese espectador cómplice con el que está trabajando. Todo aquí resulta demasiado evidente para despertar nuestra carcajada.
Esa literalidad influirá en el planteamiento y puesta en escena de estas situaciones. Segura parece demasiado preocupado por el chiste como para olvidarse de otros elementos, como la dirección de actores o el empleo de la cámara. Poco ayuda a mejorar la situación un elenco de actores (salvo Gabino Diego, en el que sabiamente se apoya, y alguno más) no profesionales que no interpretan los diálogos, sino que los recitan de manera bastante agarrotada.
Esto otorga a las escenas una rigidez que tampoco colabora a que lo cómico se abra hacia la platea. Tensión que resulta de la escritura de los diálogos y que se contagia en una planificación que apenas pasa del juego de planos y contraplanos, fracturando las escenas de manera harto visible, incluso para un espectador neófito. Y cuando a la farsa se le ve la tramoya, el truco, es la propia farsa la que deja de funcionar.
A tenor del éxito que está teniendo la película, no me atrevo a hacer un diagnóstico general, pero en la sesión en la que yo asistí (40 o 50 espectadores) las risas fueron escasas. Solo al final, cuando aparece un actor de verdad (no diremos quién), la cosa empieza a fluir con cierta ligereza. Todo esto condiciona el montaje, pero no es culpa del montador, es la forma en cómo Segura ha escrito y planteado las escenas.

Y luego está el elemento político. En una España hoy tan polarizada, la película de Segura no podría pasar inadvertida (ni él creo que lo haya pretendido). Grosso modo, el debate parece que ha dejado expuestas dos facciones muy diferenciadas. De un lado, aquellos que han visto en la película una crítica mordaz a la política, pero, sobre todo, a las izquierdas. Del otro, quienes consideran que Segura ha caído en un claro blanqueamiento de las derechas.
Vista la película caben apuntar algunas apreciaciones (seguramente, también equivocadas y censurables). En primer lugar, creo que, atendiendo al conjunto de la película, quien sale en primer término mal parado es la clase política en su conjunto, sin excepciones.
La película de Segura apunta a eso que parece ya un lugar común para el ciudadano medio: que la política es un espacio dominado por la propaganda de saldo, el cainismo más burdo y el oportunismo más torticero y elemental. En el fondo, para muchos, los chistes de Torrente pueden no parecer ni más ni menos elaborados que las consignas que lanzan nuestros políticos cada día en los medios de comunicación: mensajes simples que rehúyen cualquier debate realmente elaborado.
Por otra parte, como muestra la película, que un tipo como este policía soez y deslenguado pudiera llegar a presidente, siquiera en una ficción, da para pensar largo y tendido sobre el asunto. Y, ojo, no tengo ninguna duda de que esto pudiera darse en la realidad. No es una crítica, es una predicción.
Pero tampoco eludamos la mayor. Haciendo un ejercicio de comparación y a raíz de los afectos o animosidades que ha despertado la película, ¿de qué lado se posiciona Segura? En un primer momento, cabría decir: “De ninguno”. Pero hay dos elementos que sí parecen decantar a la película, incluso contra su voluntad.
Primero, porque Segura trata con cierto mimo o simpatía a los personajes de este Nox que retrata, entre otras razones porque son los protagonistas de la trama y, como tales, no pueden resultar radicalmente antipáticos, pues la película se haría insoportable y perdería su deseada comicidad.
Luego, porque Segura les hace algunas concesiones. Por ejemplo (pequeño spoiler): en una de las escenas, una de las asesoras de imagen de Nox intenta aleccionar a Torrente sobre lo apropiado de adoptar el llamado lenguaje inclusivo, lo que incurre en una aparente contradicción si se asocia a este Nox de ficción con el Vox real.
De alguna forma, siendo que Segura muestra sus mezquindades, no nos parecen, como digo, tan despreciables. Bobos, sí, pero también muy humanos. Llegados a cierto extremo, incluso un tipo sin filtros como Torrente parece excesivo para un partido como este.
Por otra parte, que las mofas que desliza la película parezcan más hirientes para el bando de las izquierdas creo que responde a una realidad a la que nadie se puede sustraer: y es que, hoy por hoy, la izquierda ocupa el poder. Y no hay nada más gratificante que atacar al poder.
Santiago Segura se atreve a recoger un algo que palpita en buena parte de la sociedad y que la película acaba filtrando. Aunque el cineasta quisiera pasar cuentas a los dos bandos, la realidad choca contra la pantalla de manera más eficaz que las intenciones del propio director (no desvelaremos el final, último giro de guion de este debate y, sin duda, uno de los mejores momentos de la película).
Cabe apuntar aquí dos cosas. Nos guste o no este tipo de cine, merece la pena recordar que la primera película de Torrente se estrenó en 1998, siendo José María Aznar el presidente de España, y muchos no dejamos de interpretar aquella cinta como una parodia grotesca de una manera muy concreta de expresar cierta ideología, muy asociada a las derechas. La pregunta que cabría hacerse es: si las tornas han cambiado, ¿qué ha sucedido?
Y, dos: si ‘Torrente, presidente’ blanquea a la llamada extrema derecha, ¿cómo justifica la izquierda la presencia en la película de ciertas voces asociadas, desde hace décadas, a su propio bando? Si cabe señalar a Segura por su trabajo, ¿por qué no se les ha señalado también como cómplices necesarios de este ejercicio de blanqueamiento?
¿Es ‘Torrente presidente’ una buena comedia? Yo diría que no. A mí, particularmente, no logró arrancarme ni media sonrisa. Pero los sarpullidos que ha levantado dan fe de su eficacia como artefacto comercial y que su mensaje, de haberlo, llega.
Es como un anuncio de MediaMarkt: no es artísticamente sofisticado, pero vende de manera eficaz su producto al target de espectadores al que va dirigido. La política está mal. La de derechas, para quien quiera verlo. Pero las izquierdas, también. No sé de qué lado está Segura, pero si la verdad del bufón duele tiene que ser por alguna razón. Por una vez, no tratemos de liquidar al mensajero.
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