Panayiotou y los límites de la marginación

‘Act II: The Island’, Christodoulos Panayiotou
Camden Arts Centre, Londres
Hasta el 5 de enero de 2020

El Camden Arts Centre, situado en el epicentro del barrio de Hampstead, en Londres, acoge la mayor exposición de Christodoulos Panayiotou en Reino Unido. En la muestra confluyen además de sus últimos trabajos, algunas de las obras realizadas en la última década y otras nunca vistas por el público inglés. Sin duda, una propuesta atrevida y atractiva que desde el 27 de septiembre de 2019 lleva recibiendo a un gran número de visitantes, que se aproximan a sus instalaciones con curiosidad y asombro, para participar del diálogo que las obras de Panayiotou establecen con el visitante, interpelándolo para reflexionar sobre todo aquello que negamos, lo marginal o pasado por alto. Aquello único y, al mismo tiempo, imperfecto.

Fachada principal del Camden Arts Centre. Fotografía: Andrés Herraiz.

Nacido en 1978 en Limassol, Chipre, Christodoulos Panayiotou ha realizado su obra entre París y Limassol. Su meteórica carrera profesional lo llevó en 2015 a la quincuagésimo sexta edición de la Bienal de Venecia como representante del pabellón nacional de Chipre. Entre sus exposiciones en solitario se encuentran la realizada en 2017 para la Casa Luis Barragán en México o la elaborada en Kitakyushu, Japón, en el mismo año, pasando por exposiciones en Estados Unidos (2012), Estocolmo (2013) o Bangladesh (2018), llegando hasta ‘Act II: The Island’, exposición que el artista presenta al mismo tiempo que ‘Dying on stage: chapter one, two and three’, actualmente en el Musée D’Orsay de París.

La obra de Christodoulos Panayiotou aúna tradición y vanguardia, adueñándose de cada superficie del Camden Arts Centre, transformando sus espacios e invitando al espectador a participar en una “yincana artística” donde las obras le interrogan y, a través de la cual, se aventura sobre mosaicos de inspiración greco-latina, pasando por improvisadas fontanas, zapatos de confección artesana y algún que otro cuarto invadido por las tinieblas, donde se proyectan juegos de fotografías tomadas por el artista, generando diálogos personales que satisfacen el placer escópico del visitante.

‘Bastardo’, obra de Christodoulos Panayiotou. Fotografía: Andrés Herraiz.

Sin duda, una de las obras que primero impactará al visitante será el imponente bloque de mármol que el artista adquirió directamente de la cantera de donde se extrajo y que, posteriormente, singularizó con la palabra ‘Bastardo’. A través de este sugerente título, el artista nos invita a repensar nuestra escala de valores y, para ello, remite al sistema de catalogación de los bloques marmóreos cuando estos son adquiridos. Improntados con marcas que verifican su calidad, procedencia y destino, Panayiotou subvierte este canon y rubrica con espray la pieza como espuria, poniendo, así, de relieve la impureza y lo imperfecto del material, motivo por el cual fue rechazado en su origen.

De lo sólido a lo fluido, la reflexión en torno a la practicidad en los límites de la marginación continua más allá de la pieza marmórea para acontecer en los márgenes de la fuente improvisada, que Christodoulos Panayiotou ha dispuesto en la sala número dos del Camden Arts Centre. Bajo el título prestado del dramaturgo Bertolt Brecht, ‘L’Achat du cuivre’ (‘The Price of Copper’), reflexiona en torno al valor añadido de las cosas. En su obra ‘Messingkauf Dialogues’ Brecht narra la historia de un hombre que se adentra en una tienda de instrumentos musicales, mostrando especial interés en una de las trompetas expuestas. Para el cliente, quien admite que no sabe ni tiene interés en aprender a tocar la trompeta, el precio del instrumento le parece bajo, mostrando tan solo atención al metal del cual esta compuesto. Con ello el relato del escritor alemán versa, al igual que la fontana de Panayiotou, sobre el valor añadido que el individuo infunde sobre los objetos, tan recurrente en el mundo del arte. La instalación, compuesta únicamente por una hoja de cobre en su estado más puro y una simple manguera, cobra un sentido totalmente diferente dependiendo del momento en que la visitemos. Si el agua corre por la superficie atezada de la pieza, esta será una fuente, mientras que en el momento que el agua deje de manar, tan solo una simple hoja de cobre.

‘The Price of Copper’, instalación de Christodoulos Panayiotou . Fotografía: Andrés Herraiz.

Texturas y materiales se dan cita en las diferentes salas del Camden Arts Centre, pasando de lo inhóspito a lo cotidiano, como atestigua la instalación ‘Independence Street’El artista irrumpe sobre el espacio museístico trayendo consigo los antiguos postes que conducían la electricidad en una de las calles más transitadas de su ciudad natal. Desechados y sustituidos por los actuales, los cinco pilares lígneos fueron víctimas del proceso de embellecimiento que algunas calles de la ciudad sufrieron en 2012. Con su caída desaparecieron también los carteles, las reivindicaciones políticas, los anuncios y los mensajes de amor. Todo ello ecos de la antigua Limassol que hoy reposan sobre el suelo de la sala número seis de la galería, donde el artista decide suprimir la presencia de luz artificial para que, con la penumbra del ocaso, el luto cubra todo el espacio.

‘Independence Street’, obra de Christodoulos Panayiotou. Fotografía: Andrés Herraiz.

La propuesta de Christodoulos Panayiotou se suma a la más que activa vida del barrio de Hampstead, donde contrasta con las pintorescas casas inglesas que acogen galerías de arte y anticuarios. El variado elenco de vendedores y vendedoras consiguen que salir un domingo se vuelva toda una aventura, en la que, sin duda, vale la pena dejarse llevar, ya sea tomando ‘Act II: The Island’ como punto de partida o como destino. En un mundo en el que Google Maps nos indica la mejor ruta a seguir, los espacios generados por la obra de Christodoulos Panayiotou nos enseñan que, en ocasiones, conviene perderse.

Fitzjohn’s Avenue, Londres. Fotografía: Andrés Herraiz.

Andrés Herraiz Llavador

Guinovart: azules y ocres, deseo y muerte

Josep Guinovart
Galería Rosalía Sender
C/ Mar, 19. Valencia
Hasta el 31 de mayo

El pintor, dibujante y grabador Josep Guinovart (Barcelona, 1927-2007) siempre entendió el arte como una búsqueda de lo inalcanzable. Búsqueda que amplió a su vez como condición de vida. Que tal búsqueda tuviera como objetivo lo inalcanzable no tenía nada de descorazonador, porque, a juicio del que fuera Premio Nacional de las Artes Plásticas en 1983, ese anhelo se alimenta del deseo que sirve de motor a la existencia. De hecho, uno se muere, incluso en vida, cuando ese deseo se torna resignada espera de la muerte. Y Guinovart se murió porque así de pertinaz es el trágico destino, no porque él abandonara su deseo de creación hasta que le sobrevino el infarto que se lo llevó hace ya seis años.

Guinovart llenó su deseo existencial de azules y ocres, tan pronto señalando el cielo y la mar, como apuntando directamente a la tierra que le vio nacer y con 80 años a sus espaldas morir. Ese combate entre lo luminoso y lo sombrío, entre la vida y la muerte, se puede contemplar en la galería Rosalía Sender hasta finales de mayo. Combate dispuesto mediante 23 obras, en una exposición con algunos de los últimos originales que pintó y una serie de grabados “luminosos” que vienen a dar cuenta de esa búsqueda de lo inalcanzable.

Porque Guinovart, siguiendo el rastro de Aquiles tras la tortuga, persiguió el azul con idéntico anhelo creativo. Se esforzó por alcanzar mediante la abstracción de signos y colores, aquello que en la materia se le resistía. De manera que mientras la lógica le decía que su empeño era imposible, como imposible era alcanzar esa tortuga que se iba ramificando en sucesivas tortugas infinitesimales, su deseo le impulsaba a seguir corriendo tras esos azules y ocres que tanto tenían que ver con su experiencia más íntima.

Josep Guinovart. Imagen cortesía de Rosalía Sender

Josep Guinovart. Imagen cortesía de Rosalía Sender

Ninguna lógica presidía su intensa carrera artística. Porque su obra, primero más realista, luego más pop, y finalmente de una poética abstracción, se movía en otra dirección: aquella que fue dejando atrás el significado para adentrarse en el sentido de lo intensamente, valga la redundancia, sentido. Y lo que sintió Guinovart a lo largo de esa carrera de medio siglo como figura incuestionable de la vanguardia artística española, es un deseo profundo por vivir al margen de tendencias y estilos, para explorar las profundidades de esa materia con la que impregnó su obra.

La galería Rosalía Sender expone algunas de sus últimas piezas, entre las que figuran sus relieves con carcasas de guitarra o gruesas “lágrimas”, junto a grabados “iluminados” por collages y ventanas retocadas. Un conjunto expositivo que merece la pena contemplar, porque en él se hallan algunos de los secretos que el corazón de Guinovart fue almacenando a lo largo de su apasionada existencia. En tiempos de zozobra económica, seguirle el rastro al deseo del artista catalán es como abrir una senda de esperanza de vida allí donde el azul y el ocre combaten cuerpo a cuerpo. Por mucho que su corazón dejara de latir en diciembre de 2007, su obra sigue muy, pero que muy, viva.

Salva Torres