Vida y dolor, elementos inseparables

‘Teresa Cebrián: El largo viaje’
Centre del Carme
Museo 2, València
Hasta el 23 de Septiembre de 2018

Con el título ‘Teresa Cebrián: El largo viaje’ se presenta el proyecto curatorial, llevado a cabo por Marisol Salanova (València, 1982), galardonado en la primera convocatoria ‘Trajectòries’ del Consorci de Museus de la Comunitat Valenciana, inaugurando así una sección novedosa cuyo objetivo es el de revisar trayectorias artísticas valencianas y mostrar, de este modo, la obra de artistas con un recorrido considerable. En este caso, el proyecto tiene el objetivo de dar a conocer las obras de Teresa Cebrián (Losa del Obispo, València, 1957).
La artista comparte con nosotros preocupaciones que forman parte de nuestra vida, de nuestro día a día, y que nos atañen a todos.

Detalle obra Teresa Cebrián

Detalle obra Teresa Cebrián. Fotografía: Cristina Tro Pacheco.

Como bien dice la propia comisaria de la exposición, Marisol Salanova, ésta está organizada mediante una narrativa térmica ascendente ya que inicialmente parte de materiales más vulnerables como puede ser la terracota para, más tarde, dar paso a otros elementos más pesados como puede ser el hierro. En todas las fases del proyecto se encuentra un elemento común: El dolor en la vida.

Detalle obra Teresa Cebrián. Fotografía: Cristina Tro Pacheco,

Detalle obra Teresa Cebrián. Fotografía: Cristina Tro Pacheco.

En cuanto al montaje expositivo, como bien dice la propia artista, se ha elegido un montaje minimalista para que cada obra disponga de su propio espacio para sí misma.

Detalle obra Teresa Cebrián. Fotografía: Cristina Tro Pacheco,

Detalle obra Teresa Cebrián. Fotografía: Cristina Tro Pacheco,

El viaje tiene como objetivo principal provocar una experiencia estética considerable. De este modo, cada visitante podrá dejarse llevar e iniciar un viaje, junto a la artista, para interrogarse sobre su propia existencia humana en el mundo además de sumergirse en una experiencia estética que permanecerá, casi sin querer, en cada memoria de quien decida visitarla.

Pero, ¿A qué es debido ésto? La experiencia física de visitar un museo incluye emoción e intelecto, aspectos que ayudan a retener tanto los datos cognitivos como las impresiones personales de una experiencia emocional y psicomotriz. Aquello vivido por una persona durante esta vivencia se convierte en parte integral de este recuerdo.

¿Preparado para que este viaje deje huella en ti?

Cristina Tro Pacheco

Los chicos auto sacrificados de Bojan Radojcic

Trilogy About The Boy Who…, de Bojan Radojcic
Galería pazYcomedias
Plaza del Colegio del Patriarca, 5. Valencia
Inauguración: jueves 28 de abril, a las 20.00h
Hasta el 24 de junio de 2016

El artista serbio Bojan Radojcic presenta en Galería pazYcomedias su primera exposición en España. Bajo el título ‘Trilogy About The Boy Who…’, la muestra comprende una serie de dibujos realizados con lápiz carbón, entre los que destacan la trilogía que da nombre a la exposición, tres dibujos de gran formato, o mejor dicho, tres instalaciones compuestas por un gran número de dibujos realizados sobre páginas extraídas de libros formando tres enormes imágenes, cada una con nombre propio: The Boy Who Got Drowned in His Tears, The Boy Who Exploded from Happiness y The Boy Who Burned with Desire.

Obra de Bojan Radojcic. Imagen cortesía de Galería pazYcomedias.

Obra de Bojan Radojcic. Imagen cortesía de Galería pazYcomedias.

Cada una de las obras analiza el “auto-sacrificio desde distintas perspectivas y puntos de vista, con el fin de poder tratar diferentes cuestiones. No obstante, a la hora de tratar el tema, las obras están conexionadas entre sí por el ejercicio de abnegación que los tres chicos realizan, exponiendo así algunos de los más significativos asuntos globales.

The Boy Who Got Drowned in His Tears (El niño que se ahogó en sus lágrimas), manifiesta el “auto-sacrificio que un individuo realiza de forma deliberada con el fin de proteger su entorno más inmediato. Este dibujo está inspirado en un relato corto titulado ‘Fausto ha muerto’ de Mark Ravenhill, donde un niño decepcionado con el mundo en que vivía decidió “llorar dentro de sí», para que su madre no pudiese notar su tristeza y preocupación.

Obra de Bojan Radojcic. Imagen cortesía de Galería pazYcomedias.

Obra de Bojan Radojcic. Imagen cortesía de Galería pazYcomedias.

The Boy Who Exploded from Happiness (El niño que explotó de felicidad), segundo dibujo de la trilogía, analiza las consecuencias de la renuncia y postergación de las normas sociales e injusticias. El resultado es un individuo obligado a vivir en su propio mundo hermético, generando su propia felicidad personal (autosuficiente por tanto), e involuntariamente sacrificándose por una «explosión» de felicidad desbordante.

The Boy Who Burned with Desire (El niño que ardió de deseo) es el último dibujo de la trilogía, y habla de cómo una persona decide llevar a cabo un acto radical de sacrificio para llamar la atención rápida y eficazmente. En los momentos en que es difícil ser observados, y más todavía ser escuchados, el último recurso tal vez sea el de una acción impactante que pueda causar sensación y llamar la atención, al menos por un instante, de la sociedad y los medios de comunicación.

Obra de Bojan Radojcic. Imagen cortesía de Galería pazYcomedias.

Obra de Bojan Radojcic. Imagen cortesía de Galería pazYcomedias.

Una abyecta melancolía

Ho Tzu Nyen
La nube del no saber (The cloud of Unknowing, 2011): Videoinstalación de cuatro canales, en color, con sonido, 17 min, con focos. Edición 1/1
Sala Film & Video del Museo Guggenheim Bilbao
Avenida Abandoibarra, 2. Bilbao
Hasta el 24 de abril de 2016

«Mi única estrella ha muerto -y mi laúd constelado lleva el sol negro de la melancolía» (El desdichado, Gérard de Nerval)

‘La nube del no saber’ (The cloud of unknowing), una instalación de vídeo multicanal creada por Ho Tzu Nyen (Singapur, 1976) en 2011 para representar a su país, Singapur, en la Bienal de Venecia de ese año, lleva ese sol negro de la melancolía al que alude Nerval.

La pieza, presentada a través de cuatro inmensas pantallas y una compulsiva banda sonora compuesta por doscientos fragmentos musicales cuyas letras mencionan a las nubes, sumerge al espectador en el mundo desconsolado y desolado de la melancolía.

Un mundo, como señala Julia Kristeva en su libro ‘Sol negro. Depresión y melancolía’, habitado por un «abismo de tristeza, de dolor incomunicable que nos absorbe a veces, y a menudo duramente, hasta hacernos perder el gusto por cualquier palabra, cualquier acto, inclusive, el gusto por la vida».

Imagen de la videocreación de Ho Tzu Nyen. Museo Guggenheim de Bilbao.

Imagen de la videocreación de Ho Tzu Nyen. Museo Guggenheim de Bilbao.

La cámara de la videocreación ‘La nube del no saber’ penetra de manera indiscreta -al igual que la cámara de Hitchcock en ‘La ventana indiscreta’ (Rear Window, 1954)-, en la habitación donde vive cada uno de los cinco inquilinos de un edificio cualquiera de los suburbios de la ciudad de Singapur. Cinco inquilinos abrumados por una realidad que les absorta hasta la impotencia: un escritor que destruye cada hoja que escribe, una anciana obnubilada por la inmensa naturaleza que imaginariamente emana de la maceta que cuida, un hombre maduro absorbido por la cama, al igual que el agua se hunde en la tierra seca, una mujer madura decaída en una silla, descomponiéndose al igual que los platos de comida que le rodean y, por último, un anciano cuya piel está literalmente quemada por las numerosas bombillas encendidas que cuelgan del techo. Ninguna palabra, sólo miradas devastadas sobre esos objetos que les rodean y les sobrecogen.

La mirada voyeur de Ho Tzu Nyen contempla sin misericordia  a estos personajes: los cuerpos pesados y grasientos, las miradas ojerosas y extrañadas consigo mismas, el color glauco de la tez de sus rostros. Personajes cuyos efluvios emanan un hedor abyecto que impregnan cada habitación donde habitan; personajes más cerca de la muerte que de la vida.

Imagen de la videocreación de Ho Tzu Nyen. Museo Guggenheim de Bilbao.

Imagen de la videocreación de Ho Tzu Nyen. Museo Guggenheim de Bilbao.

‘La nube del no saber’ toma su título de un tratado anónimo escrito en inglés del siglo XIV. Un ensayo teológico donde «la nube del no saber» representa la metáfora de la distancia que existe entre el amor inconmensurable de Dios y el  amor humano. Una distancia que se puede acortar a través de la contemplación mística, pero, tal y como propone el tratado, siempre existirá una nube del no saber entre lo divino y lo humano.

La melancolía es ese sentimiento que no quiere saber nada de la existencia de esa distancia. De la distancia como metáfora de lo mensurable, de lo mortal, de la pérdida, de lo ininteligible que configura la existencia humana.

La nube del no saber, que surge constantemente como una bruma, como una niebla en el universo representado de la videocreación de Ho Tzu Nyen, sumerge a los personajes en la impotencia melancólica: «Un estado de ánimo -como decía Freud en ‘Duelo y melancolía’- profundamente doloroso».

Un estado de ánimo que atrapa al espectador de la instalación. El montaje fragmentado compuesto por las cuatro pantallas, la iluminación tenebrosa al estilo de cierta obra de los pintores manieristas Zurbarán y Caravaggio, y la impulsiva banda sonora introducen al espectador en ese universo de abyecta melancolía donde el sol negro eclipsa la nube del no saber.

Imagen del video de Ho Tzu Nyen. Museo Guggenheim de Bilbao.

Imagen de la videocreación de Ho Tzu Nyen. Museo Guggenheim de Bilbao.

Begoña Siles

Melancolía, de Valladolid a Valencia y Palma

Tiempos de melancolía. Creación y desengaño en la España del Siglo de Oro
Museo Nacional de Escultura
Palacio de Villena
C / Escaleras de San Gregorio, 1. Valladolid
Hasta el 12 de octubre de 2015

La melancolía puede ser devastadora o germen creativo. Es más, si no fuera por la creatividad a que da pie, en el mejor de los casos, la constatación de sentirnos mortales o cuando menos imperfectos, esa melancolía avanzaría letal en busca del abismo al que nos convoca. El director danés Lars von Trier se ha hecho cargo de ella en la película precisamente titulada Melancolía (2011). Y el Museo Nacional de Escultura de Valladolid hace lo propio mediante una espléndida exposición: Tiempos de melancolía. Creación y desengaño en la España del Siglo de Oro.

Vista de la entrada a la exposición 'Tiempos de melancolía'. Cortesía del Museo Nacional de Escultura de Valladolid.

Vista de la entrada a la exposición ‘Tiempos de melancolía’. Cortesía del Museo Nacional de Escultura de Valladolid.

Y es que la melancolía, que la muestra focaliza entre el tardío Renacimiento y el Barroco, se extiende a nuestros días y se retrotrae a tiempos lejanos. “Su nombre se remonta al siglo V a.c. –tratados hipocráticos- y dura hasta hoy”, se explica en el catálogo de la exposición. Un verso de Quevedo, intercalado entre las más de 60 piezas que integran el recorrido, ofrece plausible explicación de su alargada influencia: “No hay día que pase por ti que no vaya sacando tierra de tu sepultura”.

Fernando Colina, en su texto ‘Melancolía universal, melancolía particular’, apunta cómo unos la despreciaron –Cicerón y Séneca-, otros se refugiaron en ella, mientras otros la temían. Desprecio que en la propia exposición manifiesta Santa Teresa cuando dice: “No hay otro remedio para él [el aquejado de melancolía] si no es sujetarlo por todas las vías y maneras que pudieren; si no bastaren palabras, sean castigos (…) si no bastara un mes de tenerlos encarcelados, sean cuatro, que  no pueden hacer mayor bien a su alma”.

Dos de las piezas expuestas en 'Tiempos de melancolía'. Cortesía del Museo Nacional de Escultura de Valladolid.

Dos de las piezas expuestas en ‘Tiempos de melancolía’. Cortesía del Museo Nacional de Escultura de Valladolid.

Quienes se refugiaron en ella fueron los monjes en la Edad Media, cuya acedía o tristeza los tentaba al recogimiento, sufriendo los embates de la melancolía particular que Hipócrates define como “el miedo o la tristeza que duran mucho tiempo”. Y quienes la temían, quién sabe si al descubrir lo que Diderot proclamara de ella (“la melancolía es el sentimiento habitual de nuestra imperfección”), tomaron dos direcciones subrayadas por Colina: “Tan melancólicos son los signos explícitos de tristeza como las reacciones de defensa contra ella, que la cubren de una máscara de actividad, contento y ligereza”.

Lo que el Museo Nacional de Escultura de Valladolid muestra, antes de que lo hagan Valencia y después Palma de Mallorca, es una serie de obras de maestros como José de Ribera, Durero, Berrugete, Velázquez, Rubens, Antonio de Pereda o Diego Bejarano, en las que se reflejan la tensión de tan penetrante bilis negra en conflicto con la pujante razón. Rostros a punto de desfallecer o buscando con la mirada esa luz exterior que les sustraiga del abatimiento; luz procedente del conocimiento, ya sea éste ilustrado o sacralizado. Naturalezas muertas, objetos quebrados, calaveras que simbolizan el fatal destino que nos aguarda.

Vista de una de las salas de la exposición 'Tiempos de melancolía'. Cortesía del Museo Nacional de Escultura de Valladolid.

Vista de una de las salas de la exposición ‘Tiempos de melancolía’. Cortesía del Museo Nacional de Escultura de Valladolid.

Tiempos de melancolía, comisariada por María Bolaños y producida por Obra Social La Caixa, recoge lo que Colina llama el “escalón en el desarrollo del sujeto” o “nacimiento de la identidad personal”. Identidad dividida entre la totalidad de la que procedemos (cuerpo materno y su proyección como naturaleza entera) y la difícil asunción de su pérdida. Miradas, pues, extasiadas por alcanzar esa totalidad fascinante, al tiempo que deprimidas fruto del desconcierto que provoca su halo fantasmal. Hay cristos desolados como hay pensadores hurgando en las entrañas de esa melancolía, ya sea para hundirse en ella o para emerger de sus tinieblas con el rostro iluminado tras experimentar y asumir el dolor de tanta pérdida.

Pinturas, esculturas, dibujos y grabados procedentes de diferentes museos e instituciones, a través de los cuales percibimos esa melancolía centrada en el Siglo de Oro pero que sin duda llega hasta nuestros días. Porque la melancolía, he ahí su pertinaz razón de ser, nos convoca a la experiencia de la mortalidad. Experiencia que atraviesa el tiempo y nos atraviesa como sujetos habitados por esa conciencia de muerte.

'Tiempos de melancolía. Desencanto en la España del Siglo de Oro'. Cortesía del Museo Nacional de Escultura de Valladolid.

Detalle de la Sibila, de José de Ribera, en ‘Tiempos de melancolía. Creación y desengaño en la España del Siglo de Oro’. Cortesía del Museo Nacional de Escultura de Valladolid.

Salva Torres

Mad Max: Giro al infierno

Mad Max: Furia en la carretera, de George Miller
Con: Charlize Theron, Tom Hardy, Nicholas Hoult, Hugh Keays-Byrne, Zoë Kravitz

Habíanle encerrado en contra de su voluntad debido a su condición de esclavo. Le ofrecieron una mujer como divertimento pero le negaron intimidad. El ‘Espartaco’ de Kubrick (1960) asía con fuerza los barrotes de su celda y gritaba, con rabia primero y con tristeza después, que no era un animal. «Tampoco yo», respondía ella.

Sería absurdo afirmar que el sentimiento que genera esta frase en ‘Espartaco’ es el mismo que despiertan las Reproductoras del dictador Immortan Joe (Hugh Keays-Byrne) en Max Rockatansky (Tom Hardy). En primer lugar, porque el solitario, lacónico y traumatizado policía, únicamente desea recuperar su libertad sin importarle el resto –aunque finalmente cambie de parecer− y, en segundo lugar, porque Max no es el verdadero protagonista, sino Imperator Furiosa (Charlize Theron).

Tom Hardy en un fotograma de 'Mad Max: Furia en la carretera', de George Miller.

Tom Hardy en un fotograma de ‘Mad Max: Furia en la carretera’, de George Miller.

El gran acierto de la última película de George Miller consiste, precisamente, en ese giro. Por supuesto, más allá del aire ecologista con el que cuenta la mayoría de las películas postapocalípticas, persiste la crítica a un totalitarismo feroz que domina los recursos naturales necesarios para la subsistencia de la humanidad, la cual queda reducida a mero producto útil para el sistema.

Ahora bien, la novedad estriba en quién ejecuta la revolución que permite el cambio, en quién exilia esa cosificación y derroca el antiguo régimen permitiendo el empoderamiento de quienes habían permanecido en la esclavitud tanto narrativa como cinematográfica.

'Mad Max: Furia en la carretera', de George Miller.

‘Mad Max: Furia en la carretera’, de George Miller.

No cabe duda de que los escasos y breves momentos de calma frente a la velocidad extrema de la película, la puntería en el apartado musical –ese guitarrista infernal al que amarán los metaleros−, lo cuidado del atrezo, y esos paisajes simbolistas de fondos yermos a lo Delvaux, Khnopff, Spilliaert o Kubin, resultan grandes virtudes de ‘Mad Max’.

Sin embargo, esta cuarta entrega trascenderá por Furiosa y el papel concedido a las mujeres –de todas las edades y en todos los estados−, mucho más cercano a los de Sara O’Connor y la teniente Ripley que al tradicionalmente otorgado por las testosterónicas películas de acción.

Desconocemos si Miller o sus guionistas escuchaban el ‘Woman is the Nigger of the World’ de John Lennon o se hallaban bajo la influencia de Beavouir mientras diseñaban la nueva ‘Mad Max’; en cualquier caso, se agradece el viraje.

Charlize Theron en un fotograma de 'Mad Max: Furia en la carretera', de George Miller.

Charlize Theron en un fotograma de ‘Mad Max: Furia en la carretera’, de George Miller.

Tere Cabello

 

“Soy un consentido del poder y eso es triste”

Yo, Quevedo, de Moncho Borrajo
Teatre Talia
C / Caballeros, 31. Valencia
Hasta el 7 de diciembre

Dice de su último espectáculo ‘Yo, Quevedo’ que es una crítica “muy voraz” contra la monarquía, personificada en el anterior Rey Juan Carlos. Pero, por muy voraz que sea, parece que la provocación ya no es motivo de escándalo. “Es muy difícil provocar ahora”, asume con resignación Moncho Borrajo. “La gente está más acostumbrada, ya no se sorprende tan fácilmente”. Diríase que la provocación, más que en la ficción, está del lado de la realidad, nutrida de continuos casos de corrupción. “Yo soy un consentido del poder y eso es muy triste porque significa que estás en sus manos”. De manera que Moncho Borrajo se limita a actuar en salas pequeñas, “porque ya no te dejan estar en los grandes medios”.

‘Yo, Quevedo’, que se presenta en el Teatro Talia, sigue en la línea de lo que más le motiva al humorista gallego: “Me gusta la provocación y la escatología”. La primera, queda dicho, forma parte ya de la propia sociedad, de forma que el recurso a la sorpresa quedaría en manos de la segunda. Si no fuera porque la escatología se relaciona con lo inmundo tanto con la predicción del apocalipsis, también de moda. Así las cosas, a Moncho Borrajo no le queda otra que meterse en la piel de Quevedo y, como el ilustre provocador del Siglo de Oro, “atacar dando la cara, cosa que no hizo el ladino Góngora”.

Moncho Borrajo en 'Yo, Quevedo'. Imagen cortesía de Teatre Talia.

Moncho Borrajo en ‘Yo, Quevedo’. Imagen cortesía de Teatre Talia.

Para ello, Borrajo hace uso de un 70% de guión escrito y un 30% de improvisación, para lo cual Quevedo le viene de perilla. “Me identifico con él; creo que somos personas necesarias”. Necesarias en tiempos de gruesos debates, donde predomina lo gordo del lenguaje, su grasa, frente a las magras palabras. “Mis tacos siempre han sido para molestar, pero a mí me educaron sin odio”. Por eso apela, más allá del grueso espectáculo, a la inteligencia. “Entonces molestaba que el maricón fuera inteligente”. Y lanza uno de sus tantos titulares: “A la gente hay que juzgarla de cintura para arriba, que es donde está el corazón y la cabeza”.

La trama de ‘Yo, Quevedo’ se ubica en una clínica para artistas descarriados, lo que permite a Borrajo desdoblarse en el hiperbólico literato del Siglo de Oro y en el irreverente humorista actual. “Es una crítica directa con nombres y apellidos, porque si antes estaban los brotes verdes de Zapatero, ahora está quien se los ha fumado”. Y arroja otro de sus titulares: “Ahora tenemos Rinconete, Cortadillo y Nicolás”. Toda esa crítica voraz forma parte de su manera de entender el teatro o el cabaret por el que siente más inclinación: “La mejor forma de decir verdades es con pomada, con humor”. Aunque enseguida suelte un exabrupto: “Este país está llenos de tontos”.

El espectáculo del Talia, que permanecerá en cartel hasta el 7 de diciembre, cuenta con la participación de Lucía Bravo, en el papel de una “enfermera tipo Alguien voló sobre el nido del cuco”, y Carlos Latre, poniéndole voz al Rey Juan Carlos y al presidente Rajoy. Borrajo, que anunció su retirada cuando cumpla 70 años (ahora está punto de los 65, edad en la que murió Quevedo), piensa cerrar con ‘Moncho Panza’ la trilogía que inició con ‘Golfus Hispánicus’. Como recuerda en un soneto Moncho Borrajo, haciendo de Quevedo: “Tan solo soy, cual cómico pretendo, utilizando mi humilde destreza, sacaros del umbral de la tristeza, donde nos tienen ladrones de abolengo”.

Escena de 'Yo, Quevedo', de Moncho Borrajo. Imagen cortesía de Teatre Talia.

Escena de ‘Yo, Quevedo’, de Moncho Borrajo. Imagen cortesía de Teatre Talia.

Salva Torres