“HAMLET” POR UN SOLO TITIRITERO

“Hamlet” de Bambalina Teatre Practicable
Espectáculo en gira

Después del gran éxito que obtuvieron sus dos montajes más recientes; “La Celestina” y “Fausto”, la compañía Bambalina Teatre Practicable estrenaba el pasado 7 de agosto en el festival Sagunt a Escena “Hamlet”, una de las tragedias shakespeareanas más conocidas.

En la nueva producción, dirigida por Jaume Policarpo, se imponía una considerable limitación técnica al reducir el elenco a un único actor/manipulador, Jorge Valle, que debía asumir la interpretación de los numerosos personajes que recogía la adaptación de Policarpo.

Jorge Valle destacaba por la expresividad de su interpretación; sus manos pasaban de conformar un personaje a otro con una sorprendente agilidad y su voz se adaptaba y modulaba ante una sucesión constante de títeres. Pero la dificultad de mantener durante una hora y media una representación de un ritmo tan trepidante, y de abarcar la manipulación de diez marionetas, se volvía excesiva para un solo actor. De este modo, todo entraba en un cierto código humorístico que desdibujaba necesariamente la carga trágica y la profundidad de la obra y sus personajes. Por otro lado, el considerable esfuerzo físico y psíquico del intérprete, provocaba una especie de angustia en el espectador, una sensación que iba aumentando progresivamente, y que solo parecía acabar con el final de la representación y el descanso del actor.

Fotografía tomada de la representación de «Hamlet» de Bambalina Teatre Practicable.

La escenografía se articulaba como una especie de carrusel giratorio, conformado por una estructura metálica y sencillamente adornado por unas tiras de tela que cubrían el techo. El dispositivo contaba con una especie de barra central de la que colgaban los títeres cabeza abajo, de tal modo que Valle tan solo necesitaba elevarlos y colgarlos de unos enganches superiores para que el público los viera. Jaume Policarpo, también escenógrafo de la obra, nos presenta un mundo giratorio, una estructura que no deja de dar vueltas de un lado a otro entorno a un mismo eje. Es casi un tiovivo, un carrusel en el que no se avanza hacia ninguna parte. Tan solo en ciertos momentos, los personajes pueden salir de esa rueda infernal, e incluso observar su giro desde fuera.

Vista de la escenografía creada por Polisario para «Hamlet».

Durante la representación, eran frecuentes los juegos entre realidad y ficción, se señalaba que aquello que estaba ocurriendo en escena era en verdad una historia, una narración contada por un actor. Este mismo juego está en la obra de Shakespeare, hay una ficción y una realidad que se confunden, que se entremezclan; la ficción es a veces un modo de clarificar y mostrar la realidad, una realidad que es al mismo tiempo un fingimiento y una mentira. Tan solo en un momento, Valle se despega del títere, ya no confiere su voz a una marioneta, a una máscara, ya no hay un rostro que se oculta tras un rostro, es Hamlet dejando la comedia.

Fotografía tomada de la representación de «Hamlet» de Bambalina Teatre Practicable.

La compleja restricción que se impuso Policarpo, a pesar de estar llevada con sorprendente maestría dada la hazaña impuesta, tal vez se volvió un reto de excesivo riesgo, que implicó la perdida de aspectos fundamentales de la obra en favor de una proeza que, al fin y al cabo, tampoco aportaba un valor significativo. Puede que, en un deseo por esencializar la sumamente compleja tragedia shakespeareana, abarcándola desde la simplicidad más absoluta, se haya acabado perdiendo en la esencialidad misma de la obra que tanto se perseguía.

A pesar de todo ello, y como en todas las representaciones de Bambalina que haya podido ver, conseguían momentos de una singular belleza e ingenio. Me fascinaba la forma de aprovechar el espacio y de disponer los objetos en él. Con pocos recursos simulaban un universo rico y complejo; las imágenes se perfilaban en la mente del espectador, mientras que su imaginación se desplegaba al amparo de una representación que estaba cargada de ternura y de verdad.

Sofía Torró Álvarez.

Un Kòctel Molotov para despertarnos

Como siempre decimos, asistir a una función en El Micalet es otra cosa. Y es otra cosa por la cercanía con el público, por el sentimiento de familiaridad que se genera en el teatro y por la calidad de las obras. Y es que cuando un actor se presenta frente a su público con escaso artificio,  que en la obra que nos acontece ahora es prácticamente nulo (sillón rojo y alfombra en el suelo) sabemos que estamos ante un verdadero actor, con ello no quiero decir que estar arropado en una obra más coral le haga perder valor a la propia función, pero claro, ver a un hombre o mujer solo, desnudando su arte e interpretando un texto mil veces repetido delante de un público juicioso e inteligente, es algo diferente. Y así es más fácil que se vean las tablas y el trabajo previo.

Kòctel Molotov es una obra densa, llena de amor por las palabras y por el arte en sí. Pep Ricart nos recibe sentado en una banqueta, casi dándonos la mano al cruzarnos con él en busca de nuestro asiento. Le habla a un micro, lee en una vieja libreta noticias con un tono algo poético. Su dicción es gentil y arrolladora, poseedor de una potente voz proyectada nos sumerge en esos primeros compases en el universo que nos espera.

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El jazz es lo que nos va a dar la bienvenida. Pep baila al son de la música, nos escenifica el amor por esa música, por esas vibraciones que nos hacen soñar y que mueven nuestros huesos.

Pero no quiere detenerse ahí después de una escena escatológica sobre cómo limpiarse el culo, nos cuenta una de sus grande pasiones, una de esas que no tienen barreras ni muros, así como tampoco las tiene la música. Y así, con escenas que nos sacan de la historia vertebradora de ésta obra, nos quiere hacer reír, para enseguida volver a la tema.

Él solo, sin mayores artificios, nos narra la historia desdichada de Cyrano de Bergerac, obra de Edmond Rostand. Allí nos cuenta su historia, interpretando con pasmosa credibilidad los diferentes personajes que engloban este amor triangular del medievo. Pep está solo en el escenario, pero cuando nos habla de su amor platónico por la ópera (o quizás su desamor) lo hace con un recurso que nos introduce más en el universo que nos quiere representar.

En un pantalla se proyecta una divertida escena de la ópera “Los Cuentos de Hoffman”, haciéndonos ver que la ópera puede tener esos puntos cómicos e irreverentes que cualquier obra precisa.

Pep quiere transmitirnos, siempre desde el amor al arte y a la música, la imposibilidad de ponerle muro a esa conciencia superior y colectiva que es la pasión desmedida por la creación.

Y así, solo y con un enorme aplauso, se marcha del escenario, esperando habernos conseguido contagiar de su amor (platónico o no) por el arte en toda su extraordinaria extensión.

Javier Caro

Fotografías: Lorena Riestra