La mirada errante (como la vida)

Maschi e Buchi, de Francesco Filangeri
Librería Railowsky
C / Gravador Esteve, 28. Valencia
Inauguración: viernes 14 de septiembre de 2018, a las 19.30h

Arquitecto al tiempo que fotógrafo, la fotografía acabó prevaleciendo como actividad profesional de Francesco Filangeri (Palermo, 1969). Si la formación como arquitecto la adquirió  de forma reglada, cursando estudios y obteniendo el grado en la Universidad de Palermo, su preciso conocimiento técnico de la fotografía procede de los años en que fue asistente en el estudio palermitano de Giuseppe Cappellani. Atento a la antropología de los espacios urbanos, Filangeri ha trabajado en Roma, Londres, Florencia, Palermo y Valencia, aunque nunca se ha interesado por el  genio de esos lugares.

“Vagar por las ciudades ha sido mi principal trabajo”, declaró este disciplinado cultivador del arte de deambular por las calles, una práctica asociada al urbanismo moderno que tuvo su gran eclosión en el París de Baudelaire o en el Berlín de Weimar. Celebración de la errancia como actividad significativa y también forma de resistencia, medio de combatir -reclama la urbanista Paola Berenstein Jacques en su Elogio aos errantes (2012)-, la pérdida de la experiencia física urbana como hábito cotidiano.

Francesco Filangeri. Imagen cortesía de Railowsky

Francesco Filangeri. Imagen cortesía de Railowsky

Maschi e Buchi es una serie formada por 14 dípticos que reúnen fotografías de hombres de diferente edad y de agujeros y cavidades también diversas. La brusca animalidad de la palabra maschi [machos] parece complementarse con la también desnuda referencia a los buchi [agujeros], que bien pueden evocar la genitalidad femenina y el alumbramiento de la vida. Fue la primera exposición de Filangeri y en cierto modo es un compendio de sus intereses, registros y recursos visuales. Como en un juego de espejos, estos dípticos de personas y lugares anónimos se entretienen en las porosas fronteras entre figuración y abstracción, entre fotografía y pintura, y sugieren irónicos contrastes y analogías en las formas, las escalas, las texturas o la tonalidad. Valgan de ejemplo ese joven cocinero cuya cabeza se trasmuta en capitel corintio, o la calidad rocosa del rostro de un hombre entrado en años junto a unos cantos rodados.

“Callejear -escribió Balzac-, es admirar sublimes cuadros de dolor, de amor y de alegría, es ver retratos graciosos o grotescos, es sumergir la mirada en el fondo de mil y mil existencias.”  Mil y mil existencias como las que contemplamos en estas imágenes. La fotografía es una instantánea y tiende por ello a suspender el curso del tiempo, pero esta galería de rostros y figuras que inicia un sonriente niño y culmina un anciano en precario equilibrio, nos recuerda, por el contrario, el maravillado e incesante fluir de la vida, y nos ofrece  un fugaz e intenso sentimiento del tiempo.

Filangeri

Obra de Francesco Filangeri. Librería Railowsky

Salvador Albiñana

La faceta más bibliófila de Juan Negrín

La biblioteca errante. Juan Negrín y los libros
Centre Cultural La Nau
C / Universitat, 2. Valencia
Hasta el 30 de noviembre de 2017

El Centre Cultural La Nau de la Universitat de València inaugura su temporada de exposiciones con ‘La biblioteca errante Juan Negrín y los libros’. La muestra, que puede visitarse en la sala Duc de Calàbria hasta el próximo día 30 de noviembre, descubre la pasión bibliófila y literaria del que fuera presidente del Gobierno de la II República española.

Antonio Ariño, vicerrector de Cultura de la Universitat de València, aseguró que con esta muestra pretenden “inaugurar una línea de exposiciones para poner en valor un nuevo espacio de La Nau, la sala Duc de Calàbria, que se destinará a exposiciones que muestren el valor bibliográfico y documental de la Universitat de València y de otras entidades”. Asimismo, anunció que cada año se programarán dos o tres exposiciones en este lugar, que además acogerá una exposición permanente con una selección de los mejores códices de la institución, que podrá visitarse a través de visitas guiadas. Esto ha sido posible, según explicó Victoria García, directora del Servicio de Bibliotecas, por el traslado de 100.000 incunables y libros a otros depósitos de La Nau y la recuperación de este espacio para exposiciones.

Una de las intervenciones más emotivas fue la de la nieta de Negrín, Carmen Negrín, que describió a su abuelo como “un hombre elegante con los bolsillos deformados porque estaban llenos de libros, así era su pasión por la lectura”. Desde la Fundación Juan Negrín, su presidente José Medina señaló que esta exposición suponía «el mejor regreso de Negrín a Valencia”.

Responsables de la exposición 'La biblioteca de Juan Negrín y los libros'. Imagen cortesía de La Nau.

Responsables de la exposición ‘La biblioteca errante. Juan Negrín y los libros’. Imagen cortesía de La Nau.

Carmen Amoraga, directora general de Cultura y Patrimonio, también quiso destacar al personaje de Negrín: “No era un político al uso y con esta exposición se cierra un círculo para conocer no solo su dimensión como político y como médico sino como persona, a través de sus intereses literarios”.

El origen de ‘La biblioteca errante Juan Negrín y los libros’ se remonta a 2015, cuando Juan Manuel Bonet y Salvador Albiñana presentaron en el Instituto Cervantes de París y en la Fundación Juan Negrín una exposición con idéntico título. Ahora Salvador Albiñana, comisario de la exposición, propone una versión revisada y ampliada de la muestra en la que se ha documentado mejor la imprenta republicana durante la guerra, la dimensión académica de Negrín, y el importante catálogo de la editorial España (1929-1935), fundada por Juan Negrín, Luis Araquistáin y Julio Álvarez del Vayo.

Según Albiñana, la importancia científica y política de Juan Negrín López, creador de una prestigiosa escuela española de fisiólogos y presidente del Gobierno de la República desde mayo de 1937, ha dejado en una zona de sombra su interés por los libros y la lectura. Una pasión iniciada en sus años de estudiante de medicina y profesor en Leipzig, que le acabó convirtiendo en un bibliófilo. Era frecuente encontrarlo en los cafés leyendo libros y revistas en el escaso tiempo libre que le permitían sus obligaciones, recordó el pintor e ilustrador Luis Quintanilla, uno de sus amigos más cercanos.

En la exposición se muestran alrededor de 150 títulos ordenados por la fecha de edición. Una elección de los libros, las revistas y los folletos publicados en los años que vivió, conservados en el que fue su domicilio en París y que su nieta, Carmen Negrín, ha conservado. Presentada en tres secciones cronológicas (1914-1936, 1936-1939 y 1939-1956), muestra los intereses de Negrín como lector: académicos, políticos, arquitectónicos, artísticos, literarios… Se pueden ver piezas muy singulares de su biblioteca personal como el primer libro de poemas de Pedro Salinas con dedicatoria a Negrín y uno de los pocos ejemplares que se conservan en el mundo de ‘España en el corazón’ de Pablo Neruda.

Las ciencias, las letras, las artes y la política se confunden en su biblioteca porque se confundieron en su vida. Karl Jaspers o Blas Cabrera, gran divulgador de la relatividad einsteniana, convivían con Valle Inclán, George Grosz o Pedro Salinas, cuyo primer libro,‘Presagios’, le dedicó el poeta en 1924. Ese año su nombre aparecía junto a los de Azorín, Enrique Díez-Canedo, José Moreno Villa, Ramón Gómez de la Serna, Max Aub, José Bergamín o Luis Buñuel en la lista de suscriptores. La exposición también recoge libros por su inclinación por la nueva arquitectura: ‘Internationale Architektur’ (1925), de Walter Gropius; ‘Paris de nuit’ (1933), de Paul Morand y Brassaï, entre otros.

Responsables de la exposición 'La biblioteca errante. Juan Negrín y los libros'. Imagen cortesía de La Nau.

Salvador Albiñana, comisario de la exposición ‘La biblioteca errante. Juan Negrín y los libros’, ofreciendo explicaciones durante la presentación de la muestra. Imagen cortesía de La Nau.

También de esta época, se recogen ejemplares de la editorial que él inauguró, junto con sus amigos, Luis Araquistáin y Julio Álvarez del Vayo. El sello ‘España’, fue un ejemplo del afán modernizador de la Generación del 14 -la primera universitaria y europeísta. La editorial se inauguró con la novela pacifista de Erich M. Remarque ‘Sin novedad en el frente’ (1929). Fue un gran éxito que pronto alcanzó nueve ediciones. Del variado catálogo -activo hasta 1935- pueden mencionarse ‘Mis peripecias en España’ (1929), de Leon Trotski; ‘Vieja y nueva moral sexual’ (1930), de Bertrand Russell, con Manuel Azaña como traductor, o‘¡Écue-Yamba-Ó!’ (1933), la primera obra de Alejo Carpentier.

La biblioteca de Negrín ofrece un amplio registro de las prensas republicanas. Entre otras destacan las ediciones del Ministerio de Instrucción Pública y Sanidad y los austeros impresos de la Dirección General de Bellas Artes, a cuyo frente estaba Josep Renau; a esa serie pertenece la ‘Memoria de la Oficina de Adquisición de Libros’ (1937), redactada por María Moliner, entonces directora de la Biblioteca de la Universidad de Valencia.

También ‘Hommage à Federico García Lorca, poète fusillé à Grenade’, presentado en la Exposición Internacional de París de 1937; una versión francesa del discurso pronunciado por Manuel Azaña en la Universidad de Valencia el 18 de julio de 1937;  folletos como ‘Les 13 points pour lesquels combat l’Espagne’ (1938), programa del gobierno Negrín, cuyo traductor fue André Malraux y ‘España en el corazón, de Pablo Neruda’, que se acabó de imprimir en noviembre de 1938 en las viejas prensas del monasterio de Montserrat, al cuidado de Manuel Altolaguirre. Muy valioso ejemplar -el número nueve de una tirada de quinientos- de un libro registrado en escasas bibliotecas.

 

Filangieri: Elogio del oficio

Artigiani, Occhi Mani Luoghi, por Francesco Filangieri
Sala de la Muralla
Col.legi Major Rector Peset
Plaza del Horno de San Nicolás, 4. Valencia
Hasta el 26 de enero de 2015

“Este hombre es un daguerrotipo móvil y apasionado que registra el más mínimo detalle y en él se refleja, con sus cambiantes destellos, aquello que ocurre, el ritmo de la ciudad, la fisonomía múltiple del espíritu público.” Con esta alusión al reciente invento de la fotografía, el escritor y periodista Victor Fournel hizo una apasionada defensa del azaroso y lento vagar por calles y paseos en su obra ‘Ce qu’on voit dans les rues de Paris’, publicada en 1858. Temprana exaltación del flâneur -figura que adquirió densidad con Walter Benjamin-, que hoy reclaman geógrafos o urbanistas al advertirnos contra nuestra pérdida de experiencia física de las ciudades. Abrumados por un urbanismo excluyente y segregador y por el exceso de edificios icónicos, hemos perdido el arte de hacer ciudades, admite Richard Sennet.

Montaje de fotografías de la exposición 'Artigiani', de Francesco Filangieri. Imagen cortesía de Col.legi Major Rector Peset.

Montaje de fotografías de la exposición ‘Artigiani’, de Francesco Filangieri. Imagen cortesía de Col.legi Major Rector Peset.

Hace ya algún tiempo que el trabajo de Francesco Filangieri –cuya primera formación fue la de arquitecto- es una celebración de la errancia urbana como actividad cotidiana significativa, como manera posible de representar el paisaje y de observar el trato y las relaciones que se van tejiendo entre los ciudadanos y las ciudades. Un propósito que ya aparecía en Luce Divina –donde el interior de las iglesias no era sino una extensión cubierta de las plazas- o en Underview, serie que alteraba la perspectiva de las calles al ser vistas por un fotógrafo convertido en un pequeño insecto terrestre. Ahora, con estos Artigiani, renueva el empeño de hacer visible el ritmo de la ciudad, aquella de los talleres artesanos con frecuencia ocultos o agazapados en la trama laberíntica de las calles. La geografía –Palermo, Londres, Roma, París, Valencia o Friburgo- es muy diversa, pero más allá de las diferencias se reiteran los rasgos compartidos, el amor por el trabajo, por la materialidad del objeto útil y de acabado perfecto, y por el flujo de unos saberes ambulantes que han viajado por Europa o por el mundo. Un incesante intercambio que es evocado por la imagen del repetido regreso de las olas a la orilla que vemos en la Muralla de la Sala de la Muralla.

Fotografía de Francesco Filangieri. Col.legi Major Rector Peset.

Fotografía de Francesco Filangieri. Col.legi Major Rector Peset.

Los talleres son a menudo lugares llenos de misterio, colmados de instrumentos y de desordenados rincones que tienen algo de gabinete de curiosidades. Entrar en ellos permite abrir muchas otras puertas, escuchar otros sonidos y percibir con asombro lo que encierra de único y excepcional un objeto repetido. En estos retratos de carpinteros, restauradoras, cerrajeros, herreros, ebanistas, sastres y ópticos –entre otros muchos oficios- hay una cierta melancolía, como si se tratara de escenas de un mundo que declina. Rostros no exentos de cierto orgullo en la mirada y en el gesto, el gesto de quien se sabe dueño de una competencia técnica y de una destreza que no se agota en unos ojos precisos y en unas manos prodigiosas.

Montaje de fotografías de la tarjeta de presentación de la muestra 'Artigiani', de Francesco Filangieri. Imagen cortesía de Col.legi Major Rector Peset.

Montaje de fotografías de la tarjeta de presentación de la muestra ‘Artigiani’, de Francesco Filangieri. Imagen cortesía de Col.legi Major Rector Peset.

Una de las imágenes muestra a un sonriente fotógrafo en el instante en que acciona el disparador de una vieja y hermosa cámara de caja. Me atrevería  a decir que hay en ella algo más que el tributo al amigo y maestro Giuseppe Cappellani, en cuyo estudio de Palermo se formó Filangieri. Es sobre todo una exigencia moral, una manera discreta y elegante de sugerir que estas fotografías no son superiores a los objetos que construyen quienes vemos en ellas. Artístico y artesanal no son términos rivales. Una buena foto es tan valiosa como una silla bien tapizada o un violín de exacto calibre. Soy y me siento artesano, reconoce el autor a propósito de estas fotografías.

Fotografía de Francesco Filangieri. Imagen cortesía de Col.legi Major Rector Peset.

Fotografía de Francesco Filangieri. Imagen cortesía de Col.legi Major Rector Peset.

Salvador Albiñana

Charpa, la vía del arte chino en Valencia

‘Uno’, de He Zhihong y Guillaume Olive
Galería Charpa
C / Tapinería, 11. Valencia
Hasta finales de noviembre

Bi Ying, Casey Tang y, ahora, He Zhihong acompañada de Guillaume Olive, por citar las últimas incorporaciones. De manera que la galería Charpa sigue apostando por los artistas chinos, abriendo su espacio y ofreciendo sus paredes para que declamen sus sorprendentes propuestas, alejadas del tradicional colgado de obras. Que declamen, sí, porque los trabajos expuestos se ofrecen al espectador a modo de frases sueltas que adquieren sentido mediante la contemplación pausada del conjunto. Es la sutileza oriental por la que Charpa apuesta en tiempos de discursos gruesos.

Una de las obras de He Zhihong en la exposición de la Galería Charpa en Valencia.

Una de las obras de He Zhihong en la exposición de la Galería Charpa en Valencia.

Y lo hace en esta ocasión con la obra de He Zhihong, cuyas ilustraciones acompañan suavemente los poemas de la dinastía Tang, reinante hace más de diez siglos en China. Guillaume Olive se suma al esfuerzo por recuperar aquella poesía, entregando ambos un trabajo conjunto repleto de naturalezas desbordantes, paisajes románticos y personajes salidos de tradicionales cuentos infantiles. Por ellos desfilan figuras, animales, monstruos y lugares característicos del mundo rural donde se tejen tramas novelescas que sirven de fondo a la inmemorial existencia.

Obra de He Zhihong en la exposición de la Galería Charpa en Valencia.

Obra de He Zhihong en la exposición de la Galería Charpa en Valencia.

Gracias a las labores de intérprete realizadas por Salvador Albiñana, ex director del Col.legi Major Rector Peset, que ejerció de improvisado guía, supimos que el padre de Zhihong era calígrafo y que, por tanto, ella “mamó desde pequeña” esa pasión por las letras. Pasión que aparece reflejada en esa cadencia formal con la que He Zhihong va penetrando en los paisajes y escenarios de aquellos cuentos chinos. Algunos de los cuales, obra de ambos artistas, se hallan en forma de libro expuestos para que puedan ser hojeados.

Obras de He Zhihong en la exposición de la Galería Charpa de Valencia.

Obras de He Zhihong en la exposición de la Galería Charpa de Valencia.

Una parte de la muestra aparece bajo el dominio de la sutil naturaleza, en la que el ser humano resulta minúsculo en comparación con el gran paisaje que lo desborda. Zhihong lo exhibe a modo de gran mural que se extiende más allá del frágil marco que lo contiene, para rebasarlo e invadir el espacio de la pared. La naturaleza así desplegada termina por diluir los límites espaciales, en clara alusión a esa otra naturaleza interior de quien se ve invadido por tan fantástico paisaje.

La otra parte expositiva se halla protagonizada por ilustraciones saturadas de color de esos cuentos de tradición oral, en un montaje lineal que se ve quebrado por alguna ilustración fuera de lugar. De manera que el propio montaje se convierte en narración, puntuando ciertas imágenes al margen del conjunto, sobre todo aquellos que tienen que ver con la presencia de monstruos. Tinta china a color sobre papel de arroz y de seda.

Obras de He Zhihong en la exposición de la Galería Charpa de Valencia.

Obras de He Zhihong en la exposición de la Galería Charpa de Valencia.

Pero hay algo más, sin duda obvio, una vez descubierta la pasión de Zhihong por la caligrafía paterna. Se trata de ese poema caligrafiado en la pared de entrada de la galería, dedicado al campesino, traducido así: “Escardando los brotes de cereales, a mediodía, en pleno sol, las gotas de sudor resbalan a lo largo de los tallos y penetran en la tierra. Quién se acuerda que la comida de cada plato, es el producto de tanto trabajo?”

Para recordarnos esa relación con la naturaleza, ya no imaginaria sino directamente asociada a la más intrínseca supervivencia humana, He Zhihong y Guillaume Olive suman fuerzas en la recuperación de una tradición oral que hurga en cierta memoria ancestral. Charpa la acoge en su galería para ofrecer testimonio, vía oriental, de los cuentos que nos constituyen. Cuentos a seguir teniendo muy en cuenta.

Una de las obras de He Zhihong en la exposición de la galería Charpa.

Una de las obras de He Zhihong en la exposición de la galería Charpa.

Salva Torres

Bernard Plossu, de México a Valencia

‘¡Vámonos! Bernard Plossu en México’
Railowsky
C / Grabador Esteve, 34. Valencia
Hasta el 15 de septiembre

El primer viaje que Bernard Plossu (Vietnam, 1945) realizó a México en 1965 fue un golpe para el alma”. Aquí se encontró con una cultura y un entorno cuya “fuerza terrenal” lo impactaron de inmediato. La belleza de los paisajes recorridos a través de serpenteantes carreteras, los contrastes entre escenarios turísticos y barrios urbanos, así como su avidez por apresar cada instante de la travesía lo transformarían en uno de los mejores retratistas del espíritu de un país que describió como sublime.

Procedente de París, Plossu llegó a México a los 20 años, su equipaje incluía una cámara Kodak Retina y un objetivo de 50 mm. Lejos estaba de saber que con esos instrumentos se convertiría en fotógrafo profesional. En la Cinemateca, donde acostumbraba pasar las tardes, había aprendido el gozo de mirar, con películas de Jean-Luc Godard, François Truffaut, Louis Malle y Luis Buñuel. De pronto, se encontraba en un universo distinto, “viviendo la vida real, no la vida a través de las pantallas”, rememora el autor francés de origen vietnamitasobre esa primera travesía en tierras mexicanas.

Fotografía de Bernard Plossu del libro '¡Vámonos! Bernard Plossu en México'. Imagen cortesía de Railowsky.

Fotografía de Bernard Plossu del libro ‘¡Vámonos! Bernard Plossu en México’. Imagen cortesía de Railowsky.

Deslumbrado, se dedicó a retratar todo lo que ocurría ante sus ojos, más que la fotografía le interesaba la vida. Al final de esa aventura “estaba irreconocible y tenía un oficio: fotógrafo”, recuerda el creador. Plossu regresó en tres ocasiones más al país que le reveló su profesión y cambió para siempre su forma de ver el mundo.

No obstante la profundidad de la obra realizada y la entrañable relación que estableció con México, Bernard Plossu ha sido hasta ahora poco apreciado en el país al que dedicó incontables disparos fotográficos. Para reparar, en cierta medida, esa omisión Fundación Televisa y Ediciones Turner han publicado el espléndido libro ‘¡Vámonos! Bernard Plossu en México’, que reúne 300 imágenes, algunas inéditas, capturadas por el fotógrafo durante sus cuatro viajes por nuestro país en los años 1965-66, 1970, 1974 y 1981.

“Es un fotógrafo muy escondido en la historia de la imagen mexicana a pesar de la amplitud de su trabajo. La idea es dar cuenta de esas imágenes y sacarlo de la sombra, ponerlo en el mapa de la fotografía mexicana”, registra Salvador Albiñana, editor de la publicación.

¡Vámonos! revela también el singular método del fotógrafo viajero por excelencia: “Andar, mirar y luego fotografiar”. Esta obra es también la guía de la exposición conformada por 150 imágenes a inaugurarse el próximo 28 de agosto en el Museo de Arte Moderno. La muestra, con el comisariado de Albiñana, se dividirá en cuatro secciones correspondientes a cada uno de sus viajes.

Fotografía de Bernard Plossu del libro '¡Vámonos! Bernard Plossu en México. Imagen cortesía de Railowsky.

Fotografía de Bernard Plossu del libro ‘¡Vámonos! Bernard Plossu en México. Imagen cortesía de Railowsky.

ESTÉTICA BEAT/HIP

Bernard Plossu se desplazó a México para vivir con sus abuelos maternos, refugiados de Indochina, e iniciar sus estudios en la Universidad de las Américas. Los planes no llegaron a realizarse: bastaron un par semanas para que el joven parisino dejara la escuela y el acomodo familiar para emprender un viaje que lejos de agotarse en la geografía se transformaría en una odisea interna.

Casi inmediatamente se encontró con un grupo de amigos ávidos, como él, de experiencias. Sobre los lazos que formó, Albiñana apunta que la mayor parte fue con estadunidenses, aunque también había franceses, latinoamericanos y, por supuesto, mexicanos como Guillermo Olguín, quien fue su guía por el país. “Los registros, las experiencias y las inquietudes de esos jóvenes oscilaban entre el ocaso beat y el preludio hippie, unidos todos ellos por su vinculación a los movimientos contra la guerra de Vietnam, por el consumo de mariguana y el desenfado amoroso”.

Fotografía de Bernard Plossu. Imagen cortesía de Railowsky.

Fotografía de Bernard Plossu. Imagen cortesía de Railowsky.

Durante los 15 meses posteriores, se volvió un “trotamontes” que un día deambulaba por la capital y otro transitaba por carreteras con rumbo a Michoacán, Guerrero, Oaxaca o Chiapas. “¡Nos íbamos en cualquier momento, a donde fuera, improvisando siempre, con los coches llenos! Lo mismo a Acapulco, donde dormíamos en la playa, que al magnífico Guanajuato, a San Miguel de Allende, a Uruapan… Lo que menos buscábamos era un destino preciso. Nos íbamos para irnos, para vagar; la aventura tenía que ser total, siguiendo el instinto”, registra Plossu en uno de los textos del libro ¡Vámonos!

México fue para el creador francés el escenario donde todo era posible y en su empeño por eternizar el momento destinó cientos de rollos fotográficos a registrar su travesía. Aquel fue un viaje de iniciación en el que, recuerda, se encontraba “en un estado fotográfico constante”. Las imágenes capturadas durante aquellos recorridos que se antojaban inacabables tienen algo en común, según describe Albiñana, también historiador de la Universidad de Valencia: “Una suerte de mirada interior maravillada ante el esplendor de la propia vida: el descubrimiento de la amistad, de la libertad y la belleza; una extraña luz de serenidad y de confianza, aún no dañada por la frustración de los paraísos perdidos de una generación que se adoraba a sí misma y que creó algo nuevo y glorioso: la juventud”.

Fotografía de Bernard Plossu. Imagen cortesía de Railowsky.

Fotografía de Bernard Plossu. Imagen cortesía de Railowsky.

La bitácora visual de ese primer viaje se compone en gran medida de imágenes de sus cómplices de aventura: aparece Bill Coleman, quien lo inició en la cultura beat; las largas piernas de su amiga Karina Schimdt, Guillermo Olguín y Mari en la playa de Zipolite, Oaxaca; la boda de Taide, su vecina. Se advierte también en esas instantáneas una mirada sensual hacia los gestos de las mujeres: rostros, cuellos, peinados. Carreteras y automóviles son personajes siemprerecurrentes en sus fotografías.

El creador “escribió” con su cámara un apunte autobiográfico: “La escritura es lo que más se acerca a mi forma de fotografiar. Yo tomo notas sobre todo lo que veo… la fotografía es eso: tomar notas. Soy un autor que hace fotos”, dice quien ha recibido, entre otros reconocimientos, el Premio Nacional de Fotografía en Francia.

Fotografía de Bernard Plossu del libro '¡Vámonos! Bernard Plossu en México'. Imagen cortesía de Railowsky.

Fotografía de Bernard Plossu del libro ‘¡Vámonos! Bernard Plossu en México’. Imagen cortesía de Railowsky.

LOS REGRESOS

Ya en 1970, Bernard Plossu vovió a México con un espíritu diferente al de la primera visita. Después de algunos años y de muchas travesías había abandonado el andar beatnik. El creador describió así su mudanza: “La época beat/hip se interrumpió por sí sola, porque ser fotógrafo y descubrir el mundo me interesaba más que quedarme sentado en una bonita playa en la India. Cuando vi que los jóvenes se quedaban en las playas de Goa en lugar de viajar, decidí dejar todo aquello”.

La serie que realizó ese año, la cual tituló “Retorno a México”, muestra a un fotógrafo socialmente comprometido. Como un homenaje a la cinta ‘Los olvidados’, de Luis Buñuel, se trasladó a los suburbios de la Ciudad de México y se enfocó en los barrios marginales. Su cámara capturó, sin concesiones, la crudeza de una realidad implacable vivida por niños y adolescentes de la periferia.

En 1974, en su tercera visita, recorrió las ciudades de Ensenada y Tijuana. Sus imágenes revelan lo que significa “estar de paso”. La temporalidad y acritud de vivir “al límite”. Para Plossu, la frontera, más que una geografía, era “una manera de vagar sin moverse… el instinto de saber estar. La opción callada de vivir perdido”, comenta Osvaldo Sánchez, en el texto publicado en el libro ¡Vámonos!

“Trópico mexicano” es la última serie de fotografías realizadas en México en 1981. Son imágenes de su cita amorosa en el norte de Veracruz, con Françoise, fotógrafa francesa que se convirtió en su esposa.

Fotografía de Bernard Plossu. Imagen cortesía de Railowsky.

Fotografía de Bernard Plossu. Imagen cortesía de Railowsky.

MIRADA PROPIA

Si bien es cierto que Bernard Plossu no fue el primer extranjero en retratar con maestría las escenas del México cotidiano, sí puede decirse que fue pionero en eludir las recurrentes imágenes de los fotógrafos europeos y estadunidenses sobre México. El autor francés construyó una mirada propia, alejada de prejuicios. No hay en su fotografía, como bien señala Albiñana, “día de muertos, volcanes, enormes magueyes, miserables casas o teporochos olvidados en una acera”.

El blanco y negro define la mayoría de su obra, pero también ha recurrido al color haciendo uso de la técnica Fresson: un proceso artesanal sobre papel carbón realizado sin transferencias. Sin embargo, ya sea desde los matices del blanco y negro o desde la infinidad cromática, su fotografía logra la intimidad con el objeto atrapado por su lente. “No hay azar para el fotógrafo: le toca el azar que merece”, asegura a sus 69 años, quien no ha perdido su condición fugitiva de viajero.

Si Henri-Cartier-Bresson es el maestro del instante decisivo, el creador viajero es justamente la contrafigura: “El fotógrafo de los instantes no decisivos”. Su mirada logró transformar cada escena, por ordinaria que pareciera, en una imagen relevante, cargada de significado. Su obra es una secuencia de momentos cotidianos convertidos en poesía. Bernard Plossu es, sobre todo, el fotógrafo de todos los instantes.

Fotografía de Bernard Plossu, del libro '¡Vámonos! Bernard Plossu en México'. Imagen cortesía de Railowsky.

Fotografía de Bernard Plossu, del libro ‘¡Vámonos! Bernard Plossu en México’. Imagen cortesía de Railowsky.

Laura Cortés