La democracia secuestrada en el MuVIM

Es un hecho conocido que la gestión de los recursos públicos en la Comunitat Valenciana, especialmente durante las últimas décadas, no ha contado con el control y el rigor necesarios. Los medios de comunicación y los tribunales de justicia dan cuenta de ello a diario.

El territorio de las instituciones culturales ha sufrido en algunos casos episodios de abuso de poder e instrumentalización por parte de algunos de sus responsables técnicos y políticos, como en tantas ocasiones hemos señalado.

Tras el bochornoso episodio de censura en el MuVIM y el cierre encubierto de la Sala Parpalló, la Diputación de Valencia sigue haciendo oídos sordos a las demandas de transparencia, profesionalización y libre concurrencia que desde hace años el sector profesional de las artes visuales viene solicitando. Demandas que coinciden con las preocupaciones de una ciudadanía cada vez más consciente del expolio social que representa la gestión opaca de los recursos públicos.

La reciente divulgación del sistema de “provisión de plazas de libre designación”, mediante el que la Diputación de Valencia pretende adjudicar de forma definitiva la plaza de dirección del MuVIM y la Sala Parpalló, representa una nueva afrenta a los profesionales y una burla más a la necesaria regeneración democrática en Valencia.

Mediante el sistema elegido, se impide el acceso a esos puestos a especialistas de experiencia contrastada, que podrían aportar regeneración cultural, para favorecer exclusivamente a un determinado grupo de funcionarios con una relevancia profesional que, en muchos casos, no existe más allá de los muros de la propia Diputación de Valencia.

La reciente elección de director para el IVAM, llevada a cabo desde la Conselleria de Cultura de la Generalitat Valenciana mediante un proceso abierto es –a pesar de algunos aspectos muy mejorables- una guía que debiera condicionar el modelo de elección de responsables para las instituciones culturales valencianas.

El proceso abierto por la Diputación de Valencia es explícitamente cerrado y excluyente, que además tiene el propósito de nombrar a un director de forma permanente. Consideramos que tanto el formato cerrado como la adjudicación permanente de la plaza de dirección son graves errores de planteamiento que podrían esconder intereses espurios, en perjuicio de los intereses generales de la sociedad. La intromisión política en la programación, junto a la falta de rigor e independencia de la actual dirección del MuVIM y la Sala Parpalló, ha dado como resultado la irrelevancia y la intrascendencia que actualmente caracteriza a estas instituciones.

Es necesario poner de relieve que el MuVIM y la Sala Parpalló disfrutan de una dotación económica anual de 1,5 millones de euros, destinados exclusivamente a gastos corrientes, es decir, ese presupuesto se destina íntegramente para el desarrollo de sus actividades. Se trata de un presupuesto muy considerable si lo comparamos con otros museos y centros de arte, a pesar de que los resultados obtenidos por su programación no se encuentran a la altura del esfuerzo social que representa.

La Diputación Provincial de Valencia, en declaraciones de Antonio Lis, defiende tal proceso interno haciendo caso omiso al hecho que el 90% de las plazas en la Corporación Provincial deben ser ocupadas por personal funcionario, pero queda un 10% restante que precisamente debería dedicarse para ocupar los puestos directivos, mediante una convocatoria pública que permitiera el acceso de especialista en libre concurrencia.

Por otra parte, la definición de los requisitos de la plaza son más propios de un administrador o de un gerente de personal que aquellas propias a un director de museo. Este hecho vuelve a sorprender, dada la importancia del MuVIM y la Sala Parpalló como instituciones culturales, a la vez que esa falta de especificidad previsiblemente dará como resultado la designación de perfiles que no desempeñarán las funciones que hoy se exige a quienes ostentan esos espacios profesionales.

No es menos importante resaltar que hace escasos meses la Diputación Provincial sacó a licitación, con pliego de condiciones, la reestructuración de la exposición «La aventura del pensamiento». Estos pliegos solicitaban ofertas para la renovación tecnológica de dicha exposición, pero también una dotación adjunta de 30.000 euros para el desarrollo y planteamiento del discurso en audiovisuales y museografía de la misma. Algo inconcebible, pues ya existe un director provisional y conservadores suficientes en el MuVIM que deberían tener encomendada dicha tarea, sin que suponga un gasto añadido para el contribuyente. Resulta llamativo que las fechas de entrega de esta memoria coincidan con la petición de un documento semejante para el acceso a la plaza de director/a del MUVIM y la Sala Parpalló.

La experiencia nos enseña que en estos entramados de política e intereses la casualidad no es tal, por lo que consideramos conveniente alertar acerca del trasfondo que pudiera ocultarse en estos movimientos diseñados desde la Diputación de Valencia.

 Associació Valenciana de Crítics d’Art

Artistes Visuals de València, Alacant i Castelló

 

Las 10.001 noches del Escalante

Les 1001 Nits, de Vicent Vila
Escalante Centre Teatral
C / Landerer, 5. Valencia
Estreno: lunes 13 de octubre
Hasta el 21 de diciembre, 2014

Para celebrar sus 30 años, el Escalante estrenará la producción propia ‘Les 1001 Nits’, un proyecto largamente deseado por su director Vicent Vila. Y ahora que han pasado más de 10.000 noches desde que el Centre Teatral de la Diputación de Valencia arrancará en 1985, la famosa recopilación de cuentos ve la luz con nueve actores en escena que dan vida a 72 personajes, apoyándose en el uso de marionetas.

Una escena de 'Les 1001 Nits', de Vicent Vila, en el Escalante. Imagen cortesía de Escalante Centre Teatral de la Diputación de Valencia.

Una escena de ‘Les 1001 Nits’, de Vicent Vila, en el Escalante. Imagen cortesía de Escalante Centre Teatral de la Diputación de Valencia.

Para reforzar la magia del libro, y el milagro que supone contar con un teatro público reiteradamente premiado, el Escalante exhibe 87 dibujos de Josep Segrelles realizados en 1932 para ilustrar precisamente ‘Las 1001 noches’ que tradujo Vicente Blasco Ibáñez. Como recordó el comisario de la exposición, Joan Josep Soler, hablamos del artista plástico valenciano por el que sienten admiración (“son auténticos fanáticos de su obra”) Guillermo del Toro (‘El laberinto del fauno’) o John Howe, ilustrador de ‘El señor de los anillos’. Soler avanzó que el cineasta, de hecho, tiene previsto visitar en breve el Museo Segrelles de Albaida.

La efemérides se completa con una macro exposición en el MuVIM, que tendrá lugar en diciembre. Ocupando la Sala Parpalló, podrán verse los diseños, el vestuario, las escenografías y los carteles originales de ilustradores valencianos que han ido participando durante estos 30 años en las producciones y exposiciones del Escalante. Y para remate conmemorativo también se editará, en colaboración con Bromera, un anexo al libro que celebraba el 25 aniversario del teatro, con textos de las últimas producciones teatrales.

Escena de 'Les 1001 Nits', de Vicent Vila, en el Escalante. Imagen cortesía de Escalante Centre Teatral.

Escena de ‘Les 1001 Nits’, de Vicent Vila, en el Escalante. Imagen cortesía de Escalante Centre Teatral.

¿Que por qué un teatro como el Escalante sigue vivo y coleando, pese a la sempiterna crisis del teatro y la más reciente pero devastadora crisis económica? La palabra la tiene Vicent Vila: “Es un secreto publico: porque nunca nos ha faltado el apoyo de la Diputación de Valencia y porque había un público que atender y una demanda por parte de los profesionales”. Lo cual ha hecho que el Escalante haya montado más de 40 producciones propias, obteniendo prácticamente otros tantos premios, para un total de 2.500.000 espectadores.

“Es un ejemplo de teatro público de calidad y sostenible”, que cuenta con “un 90% de ocupación en cada función”, destacó Cristóbal Grau, diputado de Teatres, encantado de poder ofrecer una buena noticia en tiempos de descrédito de la clase política. Una buena noticia que, en el caso del Escalante, “casi pasa desapercibida por lo habitual que resulta”, subrayó su director.

Actores y responsables institucionales, tras uno de los ensayos de 'Les 1001 Nits' ante los medios de comunicación. Imagen cortesía del Escalante.

Actores y responsables institucionales, tras uno de los ensayos de ‘Les 1001 Nits’ ante los medios de comunicación. Imagen cortesía del Escalante.

‘Les 1001 Nits’ que ha escrito y dirige Vicent Vila, cuenta con un reparto encabezado por María Almudéver, con sonido original del Premio Nacional de Música, Joan Cerveró, y dirección artística de Ana Garay, escenógrafa que ha trabajado con Pilar Miró, Adolfo Marsillach, Mario Gas o Josep Maria Pou, entre otros. La exposición de Segrelles se completa igualmente con esculturas de la ceramista Reme Tomás.

‘Las 1001 noches’ representa sin duda el espíritu del Escalante: un  teatro que se mantiene vivo, como Sherezade, porque el rey Shahriar (la Diputación) no puede dejar morir a quien embelesa con tanta narración ya vista y por venir. De nuevo Vicent Vila: “Es un homenaje al equipo técnico del Escalante, que se ha entregado al montaje con abnegación, amor y profesionalidad”. Y así durante ya más de 10.000 y una noches.

Escena de Les 1001 Nits, de Vicent Vila, en el Escalante. Imagen cortesía del Escalante Centre Teatral de la Diputación de Valencia.

Escena de Les 1001 Nits, de Vicent Vila, en el Escalante. Imagen cortesía del Escalante Centre Teatral de la Diputación de Valencia.

Salva Torres

El MuVIM, ¡a todo gas!

En Moto!
Museu Valencià de la Il.lustració i la Modernitat (MuVIM)
C / Quevedo, 10. Valencia
Hasta el 30 de noviembre, 2014

Joan Gregori, director del MuVIM, se remontó al caballo para, tirando de esas riendas antropológicas, alcanzar el presente de las motos, que es a lo que iba. A lomos de esa reflexión, con alusiones a los centauros, mitad hombre mitad animal, y a los cyborgs, mitad hombre mitad máquina, justificó las cinco exposiciones que ocupan todas las salas del museo para hablar de la pasión de los valencianos por las motos. Y motos hay más de 120, de todos los tiempos y estilos. Desde el primer prototipo de 1889 de Francesc Bonet a las últimas que ruedan por los grandes circuitos. Y así, como una moto, arranca la temporada el Museu Valencià de la Ilustració i la Modernitat.

Detalle de una de las fotografías de Danny Lyon para 'The Bikeriders', de la Fundación Colectania, en el MuVIM.

Detalle de una de las fotografías de Danny Lyon para ‘The Bikeriders’, de la Fundación Colectania, en el MuVIM.

“¿Por qué nos gustan tanto las motos a los valencianos?”, se preguntó la diputada de Cultura, María Jesús Puchalt. La respuesta, añadió, estaba en el MuVIM, que trata de hacerlo “en forma de exposición”. En realidad se divide en tres: ‘Gas al museu’, donde se recoge el mundo de las competiciones deportivas, con sus héroes y monturas; ‘Històries de motocicleta’, con un tropel de vehículos para nostalgia de aficionados y público en general, y ‘The Bikeriders’, una exposición fotográfica de Danny Lyon producida por la Fundación Colectania. Una instalación de Juan Miguel Aguilera y el artista fallero Manolo García, y una muestra de Juan Luis Durán completan el macro montaje expositivo.

Detalle del cartel de la exposición 'En Moto!', en el MuVIM.

Detalle del cartel de la exposición ‘En Moto!’, en el MuVIM.

La pasión por ese “animal mecánico” que es la moto, según expresión de Gregori, queda principalmente reflejado en las 51 imágenes del singular Danny Lyon. Pasión, pasión. Porque el recorrido por las decenas de motocicletas que pueblan el museo está salpicado de nostalgia (¡mira, un sidecar y una vespino!), de recuerdos y remembranzas, incluso de datos sugerentes, pero la espectacularidad del montaje tiende a abotargar los sentidos. Lyon es otra cosa.

Detalle de la obra de Juan Miguel Aguilera para la exposición 'En moto!, en el MuVIM.

Detalle de la obra de Juan Miguel Aguilera para la exposición ‘En moto!, en el MuVIM.

“Danny era motero”, explica Pepe Font de Mora, de la Fundación Colectaina. Se hizo motero, “porque necesitaba la proximidad”, empaparse de aquello que quería contar en imágenes. “Prácticamente no había mitología y Danny rompe el cliché para mostrar a esos personajes”. Moteros del medio oeste americano que en la década de los 60 del pasado siglo se lanzaron a la carretera en busca de libertad. Como bien recordó Joan Gregori, esa visión “romántica” tenía su contrapunto con esa otra de los policías en moto reprimiendo ciertas manifestaciones políticas.

Fotografía de Danny Lyon para 'The Bikeriders', de la Fundación Colectania, en el MuVIM.

Fotografía de Danny Lyon para ‘The Bikeriders’, de la Fundación Colectania, en el MuVIM.

Las exposiciones del MuVIM pretenden hacerse cargo de esas múltiples facetas de la moto. Salvador Calabuig, uno de los encargados de coordinar el conjunto expositivo, habló de “clave social, bélica, industrial, rural, deportiva”, de un vehículo que además de instrumento de locomoción cumple otras funciones, desde la puramente icónica a la más libre y salvaje relacionada con la “pulsión por la velocidad” (Gregori dixit).

Fotografía de Danny Lyon para 'The Bikeriders', de la Fundación Colectania, en el MuVIM.

Fotografía de Danny Lyon para ‘The Bikeriders’, de la Fundación Colectania, en el MuVIM.

Hay Bultacos, Montesas, Ossas, Vespinos, Harleys, Ducatis, Derbis. Hay cascos, buzos, letreros luminosos, antiguas máquinas de gasolina, imágenes sepia y publicidad antigua. Y hay rostros de viejos conocidos: Ángel Nieto, Sito Pons, Aspar, Champi Herreros, Paco González o César Gracia, éste último recordando en vivo y en directo tiempos pasados. Hay de todo un poco y, eso sí, muy bien montado, para deleite de cuantos sienten el vértigo de la moto, ya sea por devoción o simple admiración.

Fotografía de Danny Lyon en la exposición 'The Bikeriders', de la Fundación Colectania, en el MuVIM.

Fotografía de Danny Lyon en la exposición ‘The Bikeriders’, de la Fundación Colectania, en el MuVIM.

Salva Torres

José Antonio Orts y los sonidos del agua

Hidrofanías, de José Antonio Orts
Sala Parpalló
Museu Valencià de la Il.lustració i de la Modernitat (MuVIM)
C / Quevedo, 10. Valencia
Hasta el 14 de septiembre

La Sala Parpalló del MuVIM acoge la exposición de José Antonio Orts ‘Hidrofanías’, que en palabras de la diputada de Cultura, María Jesús Puchalt, tiene relación con «la dimensión social y cultural incuestionable del agua». Orts ha seleccionado para el MuVIM una serie de sorprendentes instalaciones que adentra al público en una experiencia artística interactiva donde sus esculturas generan la imagen y los sonidos del agua.

Estas manifestaciones acústicas ─sonidos del agua y sus reflejos─ son precisamente las claves que explican el título escogido por el artista: ‘Hidrofanías’. Según explicó el propio Orts, “fanía” alude a la revelación poética que la exposición realiza alrededor del agua. “El agua contiene todas las notas musicales. Eso es algo científico, como el prisma que convierte la luz blanca en toda la gama cromática”.

José Antonio Orts, junto a una de sus piezas de la exposición 'Hidrofanías' en la Sala Parpalló. Imagen cortesía del MuVIM de la Diputación de Valencia.

José Antonio Orts, junto a una de sus piezas de la exposición ‘Hidrofanías’ en la Sala Parpalló. Imagen cortesía del MuVIM de la Diputación de Valencia.

A partir de un único “chorrito de agua” –que es el que tiene todas las notas musicales-, José Antonio Orts ha sacado las distintas notas que pueden escucharse en cada una de las instalaciones expuestas en la Sala Parpalló del MuVIM. El autor, calificado por el comisario Amador Griñó de “escultor interactivo y músico”, señaló que “las oscilaciones del agua corresponden con los armónicos que puede conseguir un músico al hacer vibrar las cuerdas de un instrumento”.

La obra de José Antonio Orts recuerda la importancia del líquido elemento. Como ejemplo, el comisario aludió a la instalación ‘Huit Canelles’ que recuerda a los caños que vierten el agua en ocho acequias, tal como ocurre con la ciudad de Valencia y el río Turia, con las acequias de Quart, Tormos, Mislata, Mestalla, Favara, Rovella, Rascaña y Faitanar, que son las que han proporcionado de agua a la ciudad de Valencia y su huerta.

Obra de José Antonio Orts en la exposición 'Hidrofanías'. Sala Parpalló del MuVIM.

Obra de José Antonio Orts en la exposición ‘Hidrofanías’. Sala Parpalló del MuVIM.

Para esta exposición, y dado el vínculo histórico de la Sala Parpalló con las vanguardias, se han desarrollado, en colaboración con NOP films, un total de siete vídeos explicativos con el proceso de montaje de las obras, en castellano e inglés, accesibles junto a las instalaciones mediante códigos QR y etiquetas NFC. Haciendo uso de componentes electrónicos, circuitos, sensores, altavoces, tubos y espejos, José Antonio Orts construye hermosas esculturas ―consideradas únicas dentro del panorama del arte contemporáneo― que permiten crear armonías de agua, únicas, irrepetibles, admirables, y que nos adentran en el universo del arte total.

Las piezas instaladas en la Sala Parpalló, sensibles a la presencia del espectador, han sido diseñadas para emitir sonidos afinados o luces como respuesta a la irrupción de los visitantes. Adentrarse en ‘Hidrofanías’ hace partícipe al visitante del universo creador del artista y, como consecuencia de su deambular entre ellas, construye efímeras sinfonías que se consumen a la vez que se generan, en un acto escénico que trasciende el ámbito de las artes implicadas.

Obra de José Antonio Orts en la exposición 'Hidrofanías'. Sala Parpalló del MuVIM.

Obra de José Antonio Orts en la exposición ‘Hidrofanías’. Sala Parpalló del MuVIM.

 

Valencia y Perú, tan lejos, tan cerca

‘Perú. Martín Chambi – Castro Prieto’, organizada por DKV Seguros
‘La Valencia olvidada’, de Joaquín Collado
Museo Valenciano de la Ilustración y la Modernidad (MuVIM)
C / Quevedo, 10. Valencia
Hasta el 6 de julio

Dicen que la primera fotografía fue realizada por Niépce hacia 1826. El título ya era elocuente: Vista desde mi ventana. La luz asoladora apenas dejaba ver muros, tejados y fachadas. Martín Chambi, casi un siglo después, se hizo cargo de esa luz borrosa, en su Cuzco natal, mejorándola en ese avance de la fotografía por captar con nitidez la realidad. Joaquín Collado, ya desde Valencia, siguió acercando la calle a su objetivo, prendado de los mismos rostros que Chambi captó a miles de kilómetros de distancia muchos años antes. Juan Manuel Castro Prieto, imantado por esa fotografía humanista, siguió los pasos de sus antecesores para darle una nueva vuelta de tuerca a esas imágenes tomadas a ras de tierra.

Fotografía de Joaquín Collado. Imagen cortesía del MuVIM.

Fotografía de Joaquín Collado en la exposición ‘La Valencia olvidada’. Imagen cortesía del MuVIM.

El MuVIM, inaugurando al alimón dos exposiciones, ‘Perú. Martín Chambi-Castro Prieto’ y ‘La Valencia olvidada’ de Joaquín Collado, no hace más que reconocer los estrechos vínculos que unen a los tres fotógrafos implicados, por muy distantes que sean geográficamente sus respectivas experiencias. “Lo local y lo global dialogando entre sí”, según destacó Joan Gregori, director del Museu Valencià de la Il.lustració i la Modernitat.

Fotografía de Juan Manuel Castro Prieto, en la exposición 'Perú. Martín Chambi - Castro Prieto', en el MuVIM.

Fotografía de Juan Manuel Castro Prieto, en la exposición ‘Perú. Martín Chambi – Castro Prieto’, en el MuVIM.

Martín Chambi (1891-1973) se hizo cargo de la sociedad peruana de principios del pasado siglo, haciendo buena la frase del propio Collado: “Me gusta fotografiar los ojos,…en los ojos está todo”. Y éste (Valencia, 1930), valiéndose de esa declaración de intenciones, reflejó la Valencia de los años 70 como si fuera un avezado carterista de imágenes prohibidas. Castro Prieto (Madrid, 1958), en comunión con ese “gusto por el ser humano”, según sus propias palabras, siguió el trayecto del maestro peruano para tomar las mimas calles, pero en color, del cronista visual Chambi.

Fotografía de Martín Chambi en la exposición 'Perú. martín Chambi - Castro Prieto', en el MuVIM.

Fotografía de Martín Chambi en la exposición ‘Perú. martín Chambi – Castro Prieto’, en el MuVIM.

Un siglo entero les contempla a los tres, arrancando con Martín Chambi, pasando por Collado y desembocando en Castro Prieto. Un siglo de fotografía a pie de calle, cuyo epígrafe de fotografía documental más que revelar cierta forma de mirar, lo que hace es ocultar la singularidad de sus imágenes. Chambi retrata de tal manera a sus personajes que, como decía Barthes, sus rostros parecen asaltar al espectador en el ‘punctum’ exacto en que algo se sale de su torpe adscripción documental. Lo mismo sucede con la Valencia de Collado: gitanos, prostitutas y diversas gentes de la calle son atrapadas por su cámara, dando cuenta de una vida que, aún congelada en el tiempo, parece renacer en cada mirada presente.

Fotografía de Martín Chambi, en la exposición 'Perú. Martín Chambi - Castro Prieto', en el MuVIM.

Fotografía de Martín Chambi, en la exposición ‘Perú. Martín Chambi – Castro Prieto’, en el MuVIM.

Juan Manuel Castro Prieto, conocedor de ambos, se siente fotógrafo a la antigua, más que artista. De ahí su atracción por esa calle repleta de gente, de personajes, de vivencias. “El paisaje y la arquitectura me interesan en cuanto que lo habita el ser humano”, dijo en la presentación de la muestra que le emparenta con Martín Chambi, organizada por la Diputación de Valencia y DKV Seguros, y comisariada por Alejandro Castellote y Alicia Ventura. Dialogando en la Sala Parpalló con el maestro peruano, las casi 100 imágenes de Chambi y Castro Prieto evocan el Perú habitado por indígenas alejados del exotismo folclórico e impregnados de dignidad.

Fotografía de Juan Manuel Castro Prieto. Imagen cortesía del MuVIM.

Fotografía de Juan Manuel Castro Prieto. Imagen cortesía del MuVIM.

Luis Carrasco, comisario de ‘La Valencia olvidada’, aseguró que el espectador que acuda a la exposición de Collado se sentirá “observado” por esos personajes capturados al natural. “Sabía lo que me jugaba”, dijo Collado, que tosía cada vez que tomaba una foto para silenciar el ruido del disparo. Esa fotografía callejera, que comparte con Martí Chambi y Castro Prieto, fruto de un intenso humanismo, es la que acerca a Valencia y Perú, más allá de distancias espaciales y temporales.

Fotografía de Juan Manuel Castro Prieto en la exposición 'Perú. Martín Chambi - Castro Prieto', en el MuVIM.

Fotografía de Juan Manuel Castro Prieto en la exposición ‘Perú. Martín Chambi – Castro Prieto’, en el MuVIM.

Salva Torres

Adsuara, el mayor coleccionista de cuerpos

El cuerpo de la fotografía
Colección de Alberto Adsuara

No hay otra igual. No, al menos, de imágenes sobre el cuerpo y el desnudo contemporáneos. Alberto Adsuara posee tan inigualable colección de más de medio millar de fotografías, realizadas por autores prestigiosos y grandes fotógrafos, tras años de intenso intercambio, búsqueda y captura. La colección destaca no sólo por su cantidad, sino por lo que el propio Adsuara considera primordial: “El conjunto posee una alta calidad debido a la excelencia de las imágenes seleccionadas”. Por eso junto a autores de la talla de Toni Catany, Sally Mann, Alexis Edwards o Isabel Muñoz, figuran otros que por su sobresaliente trabajo profesional rayan a igual altura: Pedro Hernández, Paco Moltó, Joaquín Collado, JAM Montoya, Miguel de Miguel, Juan Manuel Castro Prieto, Mariano Vargas o Manuel Sonseca.

Fotografía de Miguel de Miguel, de la colección de Alberto Adsuara. Imagen cortesía de Alberto Adsuara.

Fotografía de Miguel de Miguel, de la colección de Alberto Adsuara. Imagen cortesía de Alberto Adsuara.

La mayoría de esas fotografías que se refieren al cuerpo, en sus diversas modalidades representacionales, son fotografías analógicas en toda su amplitud. Otro hecho destacable de la colección. “Son fotos positivadas en papel químico a partir de un negativo de celuloide y, por tanto, fotografías irrepetibles”. Es decir, que no hay dos iguales y encima con la notable peculiaridad de que, como subraya Adsuara, “ya hace años que nadie copia en químico”. “Son fotos vintage que adquieren después en subastas los precios más altos”. Y pone como ejemplo las dos imágenes que tiene de Sally Mann, cuyo valor rondaría los 15.000€ cada una.

Fotografía de Isabel Muñoz, de la colección de Alberto Adsuara.

Fotografía de Isabel Muñoz, de la colección de Alberto Adsuara.

SIN TRADICIÓN FOTOGRÁFICA

Para denominar su colección, Adsuara ha optado por El cuerpo de la fotografía. ¿Por qué ése y no el más directo de El cuerpo en la fotografía? “Es más ambiguo el primero”, dice, para redondear la respuesta con otra pregunta: “¿La fotografía de un cuerpo se parece más un cuerpo o a otra fotografía?”. Y así, mediante ese cuerpo a cuerpo de unas fotografías con otras, es como Alberto Adsuara ha ido montando tan singular colección, apenas vista públicamente. Sólo Railowsky y una sala de Vinaroz perteneciente a la Universidad Jaume I han tenido el privilegio de una reducida exhibición.

Fotografía de Juan Manuel Castro Prieto. Colección de Alberto Adsuara.

Fotografía de Juan Manuel Castro Prieto. Colección de Alberto Adsuara.

“No ha habido tradición fotográfica en España, tal y como ha existido en Francia, Inglaterra o Dinamarca”, afirma quien hace tres años dejó la profesión de la fotografía “porque no daba más de sí y no quería repetir lo mismo”. De manera que su colección está a la espera de que una institución pública o privada se atreva con ella. Lo cual se antoja difícil, no sólo por los tiempos que corren, que se precipitan, sino por el terreno escasamente abonado con que cuenta Valencia. “Mientras en París había cuatro galerías por cada uno de los 16 distritos de la ciudad, aquí apenas contábamos en los 80 con Railowsky, Visor y la Sala Parpalló, hoy desaparecida como tal y en la que Artur Heras hizo un trabajo excepcional”.

Fotografía de Joaquín Collado, de la colección de Alberto Adsuara.

Fotografía de Joaquín Collado, de la colección de Alberto Adsuara.

CIUDAD CAINITA

De aquella tímida efervescencia fotográfica (“había cuatro salas dedicadas a la fotografía en toda España y dos estaban en Valencia”), ahora “no queda prácticamente nada”. Los directores de museos, según Adsuara, se han ido cargando el tema de la fotografía (“algunos lo han incluso reconocido”). De hecho, la bienal Fotográfica Valencia, que se celebró de 2006 a 2010, no ha tenido continuidad y, cuando la tuvo, tampoco llegó a contar con el suficiente calado, proyección y cuerpo que, precisamente, tiene la colección de Adsuara. “Somos una ciudad cainita”, remacha.

Fotografía de Toni Catany, de la colección de Alberto Adsuara.

Fotografía de Toni Catany, de la colección de Alberto Adsuara.

Mientras tanto, ahí está la estupenda serie de Paco Moltó sobre El Balnerario de Las Arenas, la de Joaquín Collado sobre el barrio chino de Valencia, el autorretrato de Isabel Muñoz, el “increíble” Alexis Edwards, los desnudos siniestros de JAM Montoya, el “menos habitual desnudo” de Castro Prieto, la carnalidad de Pedro Hernández o el excelente trabajo de Toni Catany. Todos ellos esperando algún día ver la luz pública a través de una colección que Adsuara completa, aunque “en tono menor”, con una serie sobre el paisaje y el entorno. Medio millar de fotografías con el cuerpo como protagonista. Una sorprendente historia del ojo en imágenes que cautivan por su alta calidad, su rareza y el misterio de su privacidad.

Fotografía de Alexis Edwards, de la colección de Alberto Adsuara. Imagen cortesía de Alberto Adsuara.

Fotografía de Alexis Edwards, de la colección de Alberto Adsuara. Imagen cortesía de Alberto Adsuara.

Salva Torres

Seducción iconográfica, elegante protesta

Artur Heras. Antológica
Fundación Chirivella Soriano
C / Valeriola, 13. Valencia
Hasta el 5 de enero de 2014

Hay artistas que llevan impreso en su figura la propia obra. Como si los años de pertinaz trabajo, de interrogación constante, hubieran penetrado de tal forma los poros de su piel, que ya fueran indisolubles el genio y la figura. Es lo que le sucede a Artur Heras (Xàtiva, 1945). Su obra, aunque posee sin duda múltiples capas, se construye principalmente alrededor de dos: una seductora, tejida con signos iconográficos de indudable atractivo plástico, y otra más radical, elaborada a partir de elementos y objetos cuya elegancia formal atenúan la carga de profundidad presente en su trabajo a lo largo del tiempo. Seducción y elegante protesta extensibles a su figura y al discurso del que se nutre.

L'etern combat, de Artur Heras, en la Fundación Chirivella Soriano. Imagen cortesía del autor.

L’etern combat, de Artur Heras, en la Fundación Chirivella Soriano. Imagen cortesía del autor.

Recorriendo junto a él la exposición A cent metres del centre del món, en referencia al Museo de Arte Contemporáneo de Perpiñán dirigido por Vicent Madramany, de donde proceden las 44 piezas de la antológica (“sí, yo diría que es una antológica”), se percibe rápidamente esa mezcla de seducción y protesta disparada con silenciador. Seducción por la abundancia de elementos iconográficos, cromatismos,  y esos grandes formatos que invitan al espectador a meterse dentro. Y protesta, porque la obra de Artur Heras está salpicada de agujeros, desgarros, crítica social en forma de elocuentes collages y una tensión dramática propiciada por el continuo balanceo entre lo amable y lo áspero.

“LA POLÍTICA CULTURAL ES UN POCO PATÉTICA”

“Hay piezas que tienen sin duda un componente de protesta, de grito, pero no sólo vinculado a un momento determinado –el franquismo-, sino que es un hilo conductor que aparece y desaparece a lo largo de mi trabajo”. Artur Heras lo vincula también a su pintura gestual, aunque matiza que más que crítica del momento “hay un ejercicio de memoria”. Y haciendo memoria conviene recordar que Artur Heras fue director de la Sala Parpalló durante 15 años. Una Sala Parpalló ahora “aparcada y disuelta” en el MuVIM. Como disuelta parece la cultura en la actualidad. “La política cultural es un poco patética; está todo mal, con el 21% del IVA y un cierto viraje hacia la superficialidad, aunque Russafa parece estar vivo”.

The Pilar entre aguas, de Artur Heras, en la Fundación Chirivella Soriano. Imagen cortesía del autor.

The Pilar entre aguas, de Artur Heras, en la Fundación Chirivella Soriano. Imagen cortesía del autor.

Artur Heras recuerda aquellos años 80 del pasado siglo “más solidarios”, donde había cierto “entusiasmo social” ahora desaparecido. “Ahora la voz social está más anestesiada”, en el marco de una ciudad como Valencia donde “no se deberían permitir ciertas barbaridades, tanto desde el punto de vista urbanístico como desde el cultural”. Salen a relucir ciertos nombres de la política valenciana, aunque no merezca la pena insistir en ello por el vuelo rasante al que conduce tan bajo perfil ilustrado. De manera que volvemos A cent metres del centre del món, en alusión al museo de Madramany, tan próximo a la estación de tren de Perpiñán.

“LA IDEOLOGÍA NO ES BUENA CONSEJERA”

“El límite del cuadro es un código cerrado”, por eso Artur Heras suele salirse de él, así como utiliza grandes formatos “para poder meterte dentro de la pintura, como en los murales, a modo de capilla”. Se trata de salir del “espacio bidimensional del muro” y volar lejos, muy alto. “Necesito que el cuadro me apasione; me tire hacia algún sitio”. Nada más lejos de su voluntad que saber de antemano las ligazones que promueven esa tensión dramática en su obra. “La abstracción es más un pozo, un objeto enfocado, mientras que cuando utilizas otros elementos iconográficos, incluso ruidos y sonidos, la obra se va por otros derroteros”.

Ramsés II o és Franco? de Artur Heras, en la Fundación Chirivella Soriano. Imagen cortesía del autor.

Ramsés II o és Franco? de Artur Heras, en la Fundación Chirivella Soriano. Imagen cortesía del autor.

Y siempre lo hace, incluso en aquellas piezas más explícitas de la exposición que hasta enero acoge la Fundación Chirivella Soriano. Por ejemplo: la que alude al encuentro de Franco con Hitler en la estación de Hendaya, con tren eléctrico incorporado a tan espectacular obra. “No es buena consejera la ideología, por eso no me preocupa que alguien quiera ver crítica social. Yo me nutro de historias para crear”. Al igual que se nutre de la “confluencia de lenguajes plásticos”, incorporando “distintos elementos de la cultura pop y de factura más realista”, que van a desembocar en esa “pintura gestual” dominante en el conjunto de su trabajo.

Las 44 piezas de la colección de Vicent Madramany (“bueno, hay dos de mi propiedad”) abarcan desde las primeras de 1964 a las últimas de 2013, y eso que Artur Heras dice producir “de manera lenta”. Para qué correr cuando de lo que se trata es de admirar el combate que libra la naturaleza humana en los trabajos de Artur Heras. Combate entre el reino amable de la seducción iconográfica y el más turbio desgarro interior que amenaza con destruir la estabilidad del cuadro. A cent metres del centre del món. Incluso menos.

Mío, de Artur Heras, en la Fundación Chirivella Soriano. Imagen cortesía del autor

Mío, de Artur Heras, en la Fundación Chirivella Soriano. Imagen cortesía del autor

Salva Torres

Habana ‘enflaquecida’

Flaco2Makma / MuVIM

LA HABANA DEL FLACO es el título de la exposición de José García Poveda, alias «El Flaco», instalada en la Sala Parpalló del MuVIM.

Su contenido es un recorrido fotográfico por la vida y la cultura habanera, con el material documental dividido en seis sugerentes secciones: Korda y Ché, La ciudad, La gente, El éxodo, Fidel, El Papa y el rey y El Malecón.

Es una exposición de fotografías, pero no sólo eso. Se trata de la narración, a través de imágenes y textos, del descubrimiento de un lugar en el mundo en el que José García Poveda (Mula, 1950) se reconoce y, por tanto, de la descripción de un lugar de sí mismo. La Habana del Flaco articula la mirada limpia de un fotógrafo que empieza a internacionalizar su trabajo y que lo hace con vocación periodística y madurez vital.

El azar hizo que su objetivo recalara en la capital cubana, en los noventa, durante el llamado Periodo Especial, el que sucedió a la caída del muro de Berlín y, por ende, el que inició el final de las ayudas rusas al régimen castrista. La década en que el mundo dudó, además, de la veracidad de un ideario político.