MISSED CALL. Gema Rupérez

MISSED CALL. Gema Rupérez
Espacio Dörffi
C/Guagáro 6, Arrecife. Las Palmas
Hasta 9 de mayo de 2018

Clausurado el proyecto expositivo de Gema Rupérez, éste sigue golpeando consciencias. MISSED CALL, creación realizada en colaboración con la Fundación César Manrique, ha resultado ser la sexta exposición de Espacio Dörffi, centro de arte contemporáneo, donde artistas de diferentes puntos geográficos, establecen conexiones enriquecedoras. En el proyecto, se contrapone algo tan sublime como la poesía, inmortalizada en libros, con su contrario simbólico en el imaginario colectivo, la prostitución, sometida a la invisibilidad.

El trabajo de  Rupérez gira en torno al anhelo de supervivencia. La confrontación y la lucha por el poder hegemónico es una constante en sus últimos proyectos. La inestabilidad, la vulnerabilidad y la frustración también forman parte del contenido emocional de sus obras. A través de diferentes medios como la instalación, la fotografía, el vídeo o el dibujo, reflexiona sobre el poder o la incapacidad de comunicarnos y, en definitiva, sobre las distopías de la sociedad contemporánea. Su trabajo aspira a ser una distorsión lírica de la realidad.

Para el proyecto, la artista publica en la sección de contactos una selección de poemas de mujeres junto a un número de contacto. Este, funcionará como punto inicial de MISSED CALL que se contextualiza en el trabajo de pared realizado a partir de dichos anuncios, junto con dos vídeos donde se puede seguir el proceso de creación de la obra. Desde las conversaciones de la artista para la inclusión del anuncio a una selección de mensajes de voz recibidos. Transporta al espacio expositivo el teléfono encapsulado a la par que activo, que expone al público a la incertidumbre de que una nueva llamada pueda sonar en cualquier momento.

De éste modo, se aúna el componente instalativo con el performativo, tanto el de la artista, como el de quienes han llamado al teléfono facilitado o pueden llamar en cualquier momento, incluso como el del propio público, interpelándose la obra desde diferentes ángulos. También Rupérez borra todo distintivo, alegando que no importa el lugar ni el periódico, pues como norma general no se encuentra ningún atributo diferenciador en las secciones de contactos de distintas publicaciones. “Quiero morder tu carne, salada y fuerte” de Gioconda Belli, “Sé gritar hasta el alba” de Alejandra Pizarnik, “Que tus brazos me ciñan entera y temblorosa”, de Dulce Maria Loynaz, o “Mi lecho se esconde, susurra, gime y ruega”, de Alfonsina Storni, son algunos de los poemas que en el periódico aparecen firmados solamente con el nombre de pila.

Imagen: Cortesía de Espacio Dörffi. Detalle del montaje expositivo.

Imagen: Cortesía de Espacio Dörffi. Detalle del montaje expositivo.

A través del aparentemente sencillo gesto de sustituir poesía por un anuncio de contactos, se esconde una postura de subversión. Este traslado de un limitado espacio de lectura (literatura) a otro (prensa) enfrenta al espectador ante la ruptura de un supuesto sistema de representación social, ese que de manera implícita parece responder a lo normativo y complaciente con el statu quo.

El componente poético –correspondiente al sentimiento y al intelecto– se contrapone al lenguaje usado en páginas de contacto –ese que apela a la búsqueda de un mercado, de un intercambio comercial–. Es así como la estrategia de la artista se apropia de un lirismo que simula paliar la agresividad implícita en el lenguaje de transacción comercial de la sección de “contactos”. Un pseuodónimo naturalizado para hablar de un espacio de mercado más, pues al fin y al cabo como apunta el filósofo feminista Paul B. Preciado “las prostitutas son la carne productiva subalterna del capitalismo global”. Con el uso de la poesía, se descomprime la distensión que aún genera el hecho de tratar el tema de una profesión no exenta de controversia y que incluso,  ni siquiera es capaz de poner de acuerdo a las distintas facciones del corpus plurivocal de los feminismos.

El caso es que, dejando de lado el debate entre abolicionismo o reglamentarismo, la clave aquí es la capacidad de la artista de situarnos ante ese ábaco de sentimientos encontrados, ante la prostitución como espacio de encrucijada, apelando así a la inmovilidad en torno a ciertas estructuras relativas al género y a la sexualidad. Y es que se trata más de entender la importancia de la apertura de nuevos espacios, los puntos de fuga y las posibilidades de descodificar que dirían Deleuze y Guattari, pues “El problema no es el de una libertad, sino el de una salida”. La creadora se enfrenta al imaginario que se ha ido perpetuando a través de la propia historia del arte, desde Picasso y Las señoritas de Avignon hasta las bailarinas del Moulin Rouge retratadas por Toulouse Lautrec, en todos los casos perpetuando una visión por todos reconocible de prostituta estereotipada.

Imagen: Cortesía de Espacio Dörffil.

Imagen: Cortesía de Espacio Dörffi.

Rupérez hace un viraje al tema ofreciendo una visión en la que el cuerpo de ellas también está presente pero invisible, la misma invisibilidad con que la sociedad nos ha acostumbrado a confrontar el tema, ya que como apuntaba Griselda Pollock “lo que aprendemos del mundo y sus gentes está ideológicamente construido en conformidad con el orden social dentro del que es producido». Al fin y al cabo las prácticas culturales no consiste en retratar una realidad, sino con un conjunto de elementos simbólicas que facilitan una semi comprensión del mundo, y por ende, nuestro modo de conectar con él. El papel del arte se intuye en la producción de nuevos significados y la desarticulación de simbólismos previos, dejando siempre una puerta abierta hacia una relectura de nuevos espacios de negociación social.

 

“Nos queda una moral de supervivencia”

Hombres desnudos, de Alicia Giménez Bartlett
Premio Planeta 2015

Dos hombres y una mujer. Pero no se trata del convencional triángulo de la literatura romántica sino de un combate a cuerpo a cuerpo en el ring de la poscrisis. Ella es Irene, una poderosa empresaria al que su marido acaba de abandonar por una chica más joven. Ellos, Javier e Iván, un par de bailarines de estriptis y prostitutos de perfiles muy diferentes. Un profesor de Literatura en paro y un canalla simpático Y buscavidas. En Hombres desnudos, Premio Planeta de este año, Alicia Giménez Bartlett muestra su mirada más cruda sobre la realidad describiendo la degradación moral de unos personajes atrapados en sus propios miedos y miserias.

Una obra que se puede encuadrar en la literatura de la crisis. “La crisis ha sido la espoleta que ha hecho estallar una situación ya existente”, dice Giménez Bartlett. “Los valores que han contado para todos durante las vacas gordas han sido el éxito y el dinero. Ahora hemos comprobado nuestra fragilidad y todo ha sido llanto y crujir de dientes. Nos queda una moral de supervivencia que dudo que saque lo mejor de nosotros”.

En sus anteriores obras Giménez Bartlett se lució como creadora de tramas de intriga protagonizadas por la inspectora Petra Delicado, una saga de nueve títulos y una serie de televisión. En 2011, obtuvo el Premio Nadal con su novela Donde nadie te encuentre, fabulación sobre de la vida del maquis llamado  La Pastora. Ha escrito también varios ensayos.

Cubierta del libro Hombres desnudos, de Alicia Giménez Bartlett, Premio Planeta 2015.

Cubierta del libro Hombres desnudos, de Alicia Giménez Bartlett, Premio Planeta 2015.

En Hombres desnudos revela su capacidad para meterse en la piel de dos personalidades masculinas tan opuestas como son las de Javier e Iván, y lo hace a través de un lenguaje que refleja a la perfección su origen y manera de ser.

“Hace años escribí un libro titulado, Vida sentimental de un camionero”, recuerda. “No es proceso nuevo para mí. Me gusta crear personajes masculinos y no guiarme por patrones, sino intentar meterme realmente en pieles ajenas a mí. A veces pienso que empatizar con los demás ayuda a conseguirlo, sean hombres o no”.

Frente al dúo masculino, los personajes femeninos, Irene y su frívola amiga Genoveva, representan los nuevos roles de la mujer liberada que no duda en recurrir al sexo de pago. “¿Por qué las mujeres debemos acabar siendo los ángeles que cambiarán el mundo?”, se pregunta Giménez Bartlett ante  este cambio de actitud. “Sinceramente, el camino hacia la auténtica igualdad de sexos es un proceso largo y, mientras llega un mundo mejor, yo postulo que estemos en igualdad de condiciones con los hombres. ¿Es bueno contratar chicos de alterne? No, por supuesto; pero es lo que hay. Me niego a aconsejar sacrificios en beneficio del género humano”.

En plena campaña contra la violencia machista, opina que su origen se debe a “la falta de cultura, a la pobreza, a la burricie que ha fomentado una sociedad capitalista al cien por cien. Algunos han sido burros de carga sólo para consumir. Eso no ayuda a reflexionar, a evolucionar, a pensar. Es terrible, la verdad”.

Sobre el tema de la prostitución confiesa no tener las ideas muy claras. “Quizás yo multaría a los clientes como han hecho en Suecia, donde el problema parece haberse minimizado extraordinariamente”.

Alicia Giménez Bartlett. Imagen cortesía de la autora.

Alicia Giménez Bartlett, con el Premio Planeta 2015. Imagen cortesía de la autora.

Nacida en Almansa (Albacete), Giménez Bartlett estudió Filología Española en la Universidad de Valencia y Literatura Española en la de Barcelona, ciudad donde reside. “Hablo catalán, me gusta Catalunya, creo en los beneficios de la autonomía; pero de ahí a declarar la República bananera de Catalunya desde el balcón de la Generalitat hay un abismo”.

El éxito del premio mejor dotado de la literatura nacional ni se le ha subido a la cabeza, ni le ha hecho olvidar a su personaje más popular. Petra Delicado volverá. “Será mi próximo trabajo. La novela negra y los viejos rockeros y escritoras negras nunca mueren”.

Su visión del momento cultural que atraviesa España no es muy halagüeña. “Es horrible, patético, monstruoso. O la política se encamina a propiciar la cultura entre la gente o iremos a peor. Si alguna vez veo cinco minutos la televisión, cualquier cadena, me entran sudores fríos. ¿Eso somos, eso es lo que nos gusta?”.

Bel Carrasco

Valencia y Perú, tan lejos, tan cerca

‘Perú. Martín Chambi – Castro Prieto’, organizada por DKV Seguros
‘La Valencia olvidada’, de Joaquín Collado
Museo Valenciano de la Ilustración y la Modernidad (MuVIM)
C / Quevedo, 10. Valencia
Hasta el 6 de julio

Dicen que la primera fotografía fue realizada por Niépce hacia 1826. El título ya era elocuente: Vista desde mi ventana. La luz asoladora apenas dejaba ver muros, tejados y fachadas. Martín Chambi, casi un siglo después, se hizo cargo de esa luz borrosa, en su Cuzco natal, mejorándola en ese avance de la fotografía por captar con nitidez la realidad. Joaquín Collado, ya desde Valencia, siguió acercando la calle a su objetivo, prendado de los mismos rostros que Chambi captó a miles de kilómetros de distancia muchos años antes. Juan Manuel Castro Prieto, imantado por esa fotografía humanista, siguió los pasos de sus antecesores para darle una nueva vuelta de tuerca a esas imágenes tomadas a ras de tierra.

Fotografía de Joaquín Collado. Imagen cortesía del MuVIM.

Fotografía de Joaquín Collado en la exposición ‘La Valencia olvidada’. Imagen cortesía del MuVIM.

El MuVIM, inaugurando al alimón dos exposiciones, ‘Perú. Martín Chambi-Castro Prieto’ y ‘La Valencia olvidada’ de Joaquín Collado, no hace más que reconocer los estrechos vínculos que unen a los tres fotógrafos implicados, por muy distantes que sean geográficamente sus respectivas experiencias. “Lo local y lo global dialogando entre sí”, según destacó Joan Gregori, director del Museu Valencià de la Il.lustració i la Modernitat.

Fotografía de Juan Manuel Castro Prieto, en la exposición 'Perú. Martín Chambi - Castro Prieto', en el MuVIM.

Fotografía de Juan Manuel Castro Prieto, en la exposición ‘Perú. Martín Chambi – Castro Prieto’, en el MuVIM.

Martín Chambi (1891-1973) se hizo cargo de la sociedad peruana de principios del pasado siglo, haciendo buena la frase del propio Collado: “Me gusta fotografiar los ojos,…en los ojos está todo”. Y éste (Valencia, 1930), valiéndose de esa declaración de intenciones, reflejó la Valencia de los años 70 como si fuera un avezado carterista de imágenes prohibidas. Castro Prieto (Madrid, 1958), en comunión con ese “gusto por el ser humano”, según sus propias palabras, siguió el trayecto del maestro peruano para tomar las mimas calles, pero en color, del cronista visual Chambi.

Fotografía de Martín Chambi en la exposición 'Perú. martín Chambi - Castro Prieto', en el MuVIM.

Fotografía de Martín Chambi en la exposición ‘Perú. martín Chambi – Castro Prieto’, en el MuVIM.

Un siglo entero les contempla a los tres, arrancando con Martín Chambi, pasando por Collado y desembocando en Castro Prieto. Un siglo de fotografía a pie de calle, cuyo epígrafe de fotografía documental más que revelar cierta forma de mirar, lo que hace es ocultar la singularidad de sus imágenes. Chambi retrata de tal manera a sus personajes que, como decía Barthes, sus rostros parecen asaltar al espectador en el ‘punctum’ exacto en que algo se sale de su torpe adscripción documental. Lo mismo sucede con la Valencia de Collado: gitanos, prostitutas y diversas gentes de la calle son atrapadas por su cámara, dando cuenta de una vida que, aún congelada en el tiempo, parece renacer en cada mirada presente.

Fotografía de Martín Chambi, en la exposición 'Perú. Martín Chambi - Castro Prieto', en el MuVIM.

Fotografía de Martín Chambi, en la exposición ‘Perú. Martín Chambi – Castro Prieto’, en el MuVIM.

Juan Manuel Castro Prieto, conocedor de ambos, se siente fotógrafo a la antigua, más que artista. De ahí su atracción por esa calle repleta de gente, de personajes, de vivencias. “El paisaje y la arquitectura me interesan en cuanto que lo habita el ser humano”, dijo en la presentación de la muestra que le emparenta con Martín Chambi, organizada por la Diputación de Valencia y DKV Seguros, y comisariada por Alejandro Castellote y Alicia Ventura. Dialogando en la Sala Parpalló con el maestro peruano, las casi 100 imágenes de Chambi y Castro Prieto evocan el Perú habitado por indígenas alejados del exotismo folclórico e impregnados de dignidad.

Fotografía de Juan Manuel Castro Prieto. Imagen cortesía del MuVIM.

Fotografía de Juan Manuel Castro Prieto. Imagen cortesía del MuVIM.

Luis Carrasco, comisario de ‘La Valencia olvidada’, aseguró que el espectador que acuda a la exposición de Collado se sentirá “observado” por esos personajes capturados al natural. “Sabía lo que me jugaba”, dijo Collado, que tosía cada vez que tomaba una foto para silenciar el ruido del disparo. Esa fotografía callejera, que comparte con Martí Chambi y Castro Prieto, fruto de un intenso humanismo, es la que acerca a Valencia y Perú, más allá de distancias espaciales y temporales.

Fotografía de Juan Manuel Castro Prieto en la exposición 'Perú. Martín Chambi - Castro Prieto', en el MuVIM.

Fotografía de Juan Manuel Castro Prieto en la exposición ‘Perú. Martín Chambi – Castro Prieto’, en el MuVIM.

Salva Torres

Pep Bonet y su crudo universo transexual

All Imperfect Things, de Pep Bonet
Instituto Valenciano de Arte Moderno (IVAM)
Guillem de Castro, 118. Valencia
Hasta el 25 de mayo

Una joven observa una de las fotografías de Pep Bonet en la exposición 'All Imperfect Things' del IVAM

Una joven observa una de las fotografías de Pep Bonet en la exposición ‘All Imperfect Things’ del IVAM. Fotografía: Consuelo Chambó.

Decía el sociólogo Jesús Ibáñez que el universo ya no es lo que era, que se ha fragmentado en un conjunto de islas. Lo que antes parecía unido, ahora está constituido por múltiples pedazos. Por eso en la izquierda se produjo un estallido de siglas y subdivisiones del núcleo central del comunismo, que también se expandió luego al terreno de la sexualidad. De forma que la hegemónica heterosexualidad fue dando paso a la irrupción de la homosexualidad (gays y lesbianas), bisexualidad, travestismo y transexualidad. Pasado el tiempo, Ibáñez sugería la necesidad de restablecer conexiones entre las islas, para que todo ese archipiélago inconexo diera sus frutos mayores en un nuevo y más fértil continente. “Quizá haya que volver a Penélope”, concluía.

Obra de Pep Bonet en la exposición 'All Imperfect Things' del IVAM.

Obra de Pep Bonet en la exposición ‘All Imperfect Things’ del IVAM.

El fotógrafo Pep Bonet se hace cargo de una de esas islas en su exposición All Imperfect Things. Y lo hace de forma abrupta, descarnada, incluso sucia. Su mirada, lejos de edulcorar la situación de la transexualidad en Brasil, pone en evidencia la desolación, el abandono y las nefastas condiciones vitales de un colectivo que se mueve un paso más allá de la propia marginalidad. “Las personas transgénero han tenido menos éxito que los hombres gay y las lesbianas en la obtención de alguna forma de aceptación pública y del reconocimiento legal de sus derechos”, cuenta Pep Bonet en el folleto de la exposición. Y “dado que en el marco de esos grupos  mixtos tienden a diferenciarse de los travestidos, se ha extendido el uso del término ‘GLBTT’: Gay, Lesbiana, Bisexual, Travestido y Transexual”.

'All Imperfect Things' de Pep Bonet en el IVAM. Fotografía: Consuelo Chambó.

‘All Imperfect Things’ de Pep Bonet en el IVAM. Fotografía: Consuelo Chambó.

Lo dicho: un conjunto de islas que, a fuerza de distinguirse unas de otras, terminan perdiendo potencia reivindicativa. De hecho, el activismo transgénero sólo empezó en el Brasil en los años 90, como consecuencia de la epidemia de sida, a diferencia (según se apunta en el folleto) de la movilización gay y lesbiana a favor de la igualdad, que databa ya de los años 70. Tania Castro, responsable de PhotOn Festival, subrayó que la transexualidad en España estaba más aceptada y extendida que en Brasil, tomando prestadas las explicaciones de Pep Bonet, ausente por motivos laborales en la presentación de All Imperfect Things en el IVAM.

Fotografía de Pep Bonet en la exposición 'All Imperfect Things' del IVAM.

Fotografía de Pep Bonet en la exposición ‘All Imperfect Things’ del IVAM.

Consuelo Císcar, directora del museo valenciano, se refirió a la secuencia de alrededor de 30 fotografías como la narración de una “historia oculta” acerca de una “profesión marginal relacionada con el narcotráfico, extorsión, proxenetismo, violencia, sadismo, drogadicción y la infección del sida”. Todos esos temas aparecen sugeridos en la muestra de Pep Bonet, que permanecerá en el IVAM hasta el 25 de mayo y que sirve de pistoletazo de salida a la cuarta edición de PhotOn.

Fotografía de Pep Bonet en la exposición 'All Imperfect Things' del IVAM.

Fotografía de Pep Bonet en la exposición ‘All Imperfect Things’ del IVAM.

Las crudas imágenes en blanco y negro de Bonet se complementan con tres cajas negras dispuestas en una sala superior que, a modo de cabinas de sex shop, permiten la contemplación voyeur de cierto espectáculo transexual. En una de las paredes, puede leerse la siguiente frase elegida por el artista, como si de una ráfaga explicativa se tratara: “Le saludé y le dije: ‘Un placer’. ‘El placer viene después’, respondió”. Pep Bonet, como destacó Tania Castro, “intenta no prejuzgar, para mostrar la problemática transexual lo más objetivamente posible”. Y del mismo modo que a Bonet, premio World Press Photo, le costó meses acceder a ese mundo marginal, ese mismo esfuerzo es el que solicitan las imágenes al espectador que ahora las contemple.

Patrocinada por la Fundación Cañada Blanch, Olleros Abogados, Centre Cultural La Nau, Metrovalencia, CccdProValencia, Fotopro y Arquitectura racional, la exposición All Imperfect Things es una radiografía descarnada del mundo transexual. Un mundo de “desamparados” (Tania Castro dixit) que en la mayoría de los casos tiene que recurrir a la prostitución para sobrevivir y costearse las operaciones de transformación corporal. Un mundo sórdido que Pep Bonet recoge en sus imágenes como reflejo de una discriminación cruda y feroz. Islas en medio del frágil archipiélago posmoderno.

Fotografía de Pep Bonet en la exposición 'All Imperfect Things' del IVAM.

Fotografía de Pep Bonet en la exposición ‘All Imperfect Things’ del IVAM.

Salva Torres