‘Asphyxia’ o los mil modos de ReciclARTE

Asphyxia, de Yasmina Benabdelkrim y Arcin Sagdic
La Marina de Valencia
C / La Aduana, Moll de Ponent, s/n. Valencia
Del 7 al 10 de noviembre de 2019

“Reciclar o no reciclar. Reciclarse o morir”. Este podría ser el lema de ‘Asphyxia’, una original propuesta que se presenta del 7 al 10 de noviembre en la Marina de Valencia. Representación escenificada y multidisciplinar de la amenaza que los plásticos representan. Se trata de un proyecto conjunto de Yasmina Benabdelkrim, de origen valenciano, y el fotógrafo Arcin Sagdic que trabaja a caballo entre Londres y Berlín. Ambos han colaborado estos últimos meses en armoniosa sinergia para lanzar un grito, una llamada de alerta sobre los efectos catastróficos para la humanidad del ingente consumo de plástico.

Asphyxia, de Yasmina Benabdelkrim y Arcin Sagdic. Fotografía de Arcin Sagdic.

Hija de un profesor armenio residente en París y de una valenciana, Yasmina se inició muy joven como estilista en el mundo de la moda. A los 18 años ya diseñaba portadas para importantes revistas y tras estudiar en la ciudad de la Luz, se trasladó a Nueva York donde prosiguió su precoz y brillante carrera. En 2017, con 26 años fue una de las protagonistas de la campaña primavera/verano de la firma Acne Studios, una de las más aclamadas en la Semana de la Moda de París, que viste a famosas como Tilda Swinton, Rihanna y Dakota Johnson. «El mundo de la moda es fascinante pero también muy duro», confiesa. «La competitividad es tan fuerte y el nivel de exigencia tal alto que, hagas lo que hagas y por mucho que te esfuerces, siempre te hacen sentir inferior».

A pesar de su éxito Yasmina decidió dar un giro radical y buscar en el arte una forma de expresión en la que proyectarse más libremente y con un mensaje que llegue a todos. De hecho, ‘Asphyxia’ nace con la voluntad itinerante de viajar por distintas capitales todavía por definir.

Asphyxia, de Yasmina Benabdelkrim y Arcin Sagdic. Fotografía de Arcin Sagdic.

De momento ha sido la del Turia la elegida para exponer este singular conjunto artístico que incluye fotografías, pinturas, esculturas, audiovisuales y hasta objetos decorativos, con el plástico como telón de fondo y protagonista. En el montaje de la exposición se han reutilizado  grandes cantidades de plásticos cosechados en las calles y playas o rescatados después de un primer uso. Más de 300 botellas y más de 100 tapones. Plásticos transformados en arte o en objetos prácticos como bolsos de vivos colores y graciosos diseños confeccionados con punto de ganchillo. Pintura, performance, instalaciones, vídeo, artes decorativas… diferentes disciplinas artísticas unidas para lanzar un mensaje: «Una acción/Un cambio».

«Nuestro mensaje es preguntarnos por qué estamos haciendo un daño que afectará a todos y animar a un cambio de actitud «, señala Yasmina. «Aportar ese pequeño grano de arena, pues aunque el problema es enorme entre todos podemos resolverlo. Para ello sugerimos otra mirada sobre lo que consideramos basura. Una mirada que descubra su belleza oculta y le dé una segunda oportunidad».

Asphyxia, de Yasmina Benabdelkrim y Arcin Sagdic. Fotografía de Arcin Sagdic.

Más allá de la cuestión ecológica, la muestra o performance plantea una reflexión científica -la historia y economía de este material, su evolución o la relación entre los universos macro y micro- y una propuesta imaginativa: «¿Qué pasaría si todos los seres humanos desapareciéramos? ¿Qué quedaría en el mundo? ¿Dónde van los microplásticos? Al mar, ¿y después? A nuestro alimento, a nuestro cuerpo. ¿Cuántas especies marinas están amenazadas diariamente por los vertidos de plástico? Se ha perdido la cuenta. Nos estamos autodestruyendo, nos estamos asfixiando».

Después de vivir en metrópolis como París o Nueva York, Yasmina agradece el ritmo más tranquilo de Valencia, su tamaño acogedor, el  clima y el trato con la gente. Pero esta chica inquieta no es de las que se apalancan en la indolencia y ya prepara el equipaje para otros viajes y aventuras que afrontar. Ni los vuelos kilométricos ni el jet lag pueden con su afán de descubrir lo mucho que la vida le puede ofrecer.

Asphyxia, de Yasmina Benabdelkrim y Arcin Sagdic. Foto: Arcin Sagdic.

Bel Carrasco

Los plegamientos barrocos de Javier Palacios

Shit Behind Beauty, de Javier Palacios
Galería Espai Tactel
C / Dénia, 25 B. Valencia
Inauguración: viernes 8 de mayo, a las 20.00h
Hasta el 19 de junio

En las pinturas recientes de Javier Palacios (Jerez de la Frontera, 1985), el protagonista principal es una suerte de minucioso e infinito plegamiento de las superficies, el cual termina por apoderarse por completo de la escena, indistintamente de que ésta consista en el primer plano de una cara -anónima o conocida-, o, ya de manera autónoma, distintos materiales cuya naturaleza y origen deviene secundario en aras de resaltar, precisamente, su completo arrugado, abullonado, arrebujado, plisado…

Plásticos y envases, bolsas y blister, papeles metálicos, de aluminio, etcétera, son el repertorio iconográfico cuya notable técnica los aborda desde primeros planos que vuelven prácticamente irreconocible el motivo.

Beuys, de Javier Palacios, en 'Shit Behind Beauty'. Imagen cortesía de Espai Tactel.

Beuys, de Javier Palacios, en ‘Shit Behind Beauty’. Imagen cortesía de Espai Tactel.

La pintura, cuya inercia material (se arruga o se craquela) coincide aquí con los objetos representados, parece instalarse en un movimiento autorreflexivo muy de nuestros días. Pintura sobre las cualidades y los límites de la propia pintura, que indaga un doble límite frente a la abstracción: no sólo las “figuras” representadas tienden aquí, en las imágenes de Palacios, a rozar la frontera de lo irreconocible ahondando en el detalle de la reproducción, en la retórica de la mímesis (en algunos momentos hasta el borde del hiperrealismo), sino que a cada paso parece que lo que anima al pintor es cierta voluntad tautológica en torno a la capacidad de la disciplina de representarse a sí misma a partir de concentrar su figuración sobre los propios medios: el color, la materia, la unción, la capa, la adherencia…

Groov, de Javier Palacios, en la exposición 'Shit Behind Beauty'. Imagen cortesía de Espai Tactel

Groov, de Javier Palacios, en la exposición ‘Shit Behind Beauty’. Imagen cortesía de Espai Tactel.

(…) El Barroco es el arte de lo informe por excelencia, y en esta línea, sólo que hoy ya con la ironía fría del distanciamiento, también podemos incluir a nuestro protagonista, quien por su parte ahonda en esa escuela de los pliegues de la materia ya sólo como paráfrasis e imagen-superficie.

Estas pinturas “impecables” de Palacios, que entre la abstracción y la figuración, pues, pero también entre la ventana y el espejo que ofrece tradicionalmente la vieja disciplina, nos dejan con la duda de si hablan del propio medio o se lanzan más allá.

Shroud, de Javier Palacios, en 'Shit Behind Beauty'. Imagen cortesía de Espai Tactel.

Shroud, de Javier Palacios, en ‘Shit Behind Beauty’. Imagen cortesía de Espai Tactel.

(…) El origen de este arrugamiento proliferante es múltiple: un síntoma de la senectud de la gran disciplina pictórica, cuya larga historia y experiencia, resabios y cuestionamiento, simulaciones y disimulos la han llevado al borde de la extenuación. Su cuerpo viejo es un campo estriado y profundo, de una densidad ya ilegible en su totalidad. Los rostros que presenta (y que la representan), ya no pueden aspirar a la inocencia, a decir las cosas por vez primera y con voz ingenua. Pero es también consecuencia de un movimiento de repliegue, que hace oscilar lo exterior frente a lo interior continuamente: la manifestación sucinta de que, casi como estroboscópicamente, lo profundo es la piel y viceversa. Lo más banal, los despojos, adquieren la forma suntuosa del drapeado, del envoltorio del cuerpo y, metafóricamente, incluso del alma; y así, los plásticos y celofanes de deshecho brillan con el tornasolado de los más suntuosos ropajes y telones, de telas damasquinadas, de la alta costura que sólo cubre un cuerpo ideal…

Lujo y luto, pues, como expresión última de cierto impulso barroco que Javier Palacios ha sacado al escenario desde el callejón trasero, donde se acumulan los desperdicios, y que haría las delicias de una sensibilidad como la de Caravaggio, tan atento a las texturas y los pliegues del mundo, de todos los rincones del mundo.

Origen, de Javier Palacios, en la exposición 'Shit Behind Beauty'. Imagen cortesía de Espai Tactel.

Origen, de Javier Palacios, en la exposición ‘Shit Behind Beauty’. Imagen cortesía de Espai Tactel.

Óscar Alonso Molina

El tiempo que hiere de Pilar Pequeño

Huellas, de Pilar Pequeño
Railowsky
C / Gravador Esteve, 34. Valencia
Hasta el 5 de abril, 2015

Pilar Pequeño habla de “tiempos acumulados”. De las “huellas que va dejando el paso del tiempo”. También de “recuerdos y nostalgia” y de cómo la naturaleza se encarga de unir “diferentes instantes del pasado”. Lo dice con una voz mansa, serena, a veces abriendo mucho los ojos cuando una pregunta le llega con escasa nitidez. Los abre entonces como abre su objetivo para captar la luz igualmente escasa que, en muchas ocasiones, penetra débilmente los espacios abandonados que tanto le gustan. Espacios que Railowsky acoge en una exposición de elocuente y atinado título: ‘Huellas’.

Fotografía de Pilar Pequeño. Imagen cortesía de Railowsky.

Fotografía de Pilar Pequeño. Imagen cortesía de Railowsky.

La que fuera hace cuatro años premiada con la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes, manifiesta a través de 17 fotografías su concepción del tiempo, de la naturaleza, de la vida. Nada que ver con la sensación de eterna juventud que prima en la publicidad. Como tampoco tienen nada que ver sus imágenes con esa idea del mundo estable, seguro, razonable, que vive de espaldas a lo real de la corrupción que impone el paso del tiempo. “Intento que mis imágenes sean ambiguas”. Ambiguas, no por dejar de mostrar explícitamente esas huellas del implacable tiempo, sino porque “me gusta que el espectador las sienta a su manera”.

No es lo mismo la impresión que lógicamente le produce a Pilar Pequeño fotografiar el edificio abandonado que fuera colegio de su padre (de ahí “el recuerdo, la nostalgia”), que la que pueda tener el espectador ante un lugar que desconoce. Aún así, esa vegetación que invade las habitaciones, estancias y balcones del caserón de finales del siglo XIX en la que Pequeño deposita su mirada, con sus paredes desconchadas y sus frágiles suelos de madera, impacta por igual. “Es la ausencia y la presencia de la gente que ha pasado por allí lo que conmueve”.

Fotografía de Pilar Pequeño. Imagen cortesía de Railowsky.

Fotografía de Pilar Pequeño. Imagen cortesía de Railowsky.

Pilar Pequeño tomó fotografías en blanco y negro de ese espacio en 2003 y lo volvió a visitar diez años después con su cámara digital y en color. “Aquí en Railowsky, por razones de espacio, he preferido reunir imágenes de un solo edificio, para no mezclar”. Imágenes que siempre realiza utilizando la luz natural. “No utilizo flash porque falsea la realidad”. Y la realidad que quiere captar Pequeño tiene que ver con esas naturalezas muertas del paisaje, las plantas o los bodegones, con los cuales disfruta disponiendo “la escena lumínica”, que va “tamizando con papeles y plásticos”.

Las ‘Huellas’ a las que se refiere la exposición son el depósito acumulado de ese tiempo fugitivo que la artista persigue como lo hacía Marcel Proust, mediante su célebre ‘En busca del tiempo perdido’, o Antonio López en ‘El sol del membrillo’, la película de Víctor Erice. Huellas de lo real del tiempo que va desgastando las cosas, de la vida que se marchita y, en consecuencia, de su carácter frágil y caduco. Los marcos de puertas y ventanas, por las que penetra esa vegetación y esa luz que Pilar Pequeño modula para evitar el letal reinado de las sombras, son “estructuras geométricas” características igualmente de su obra.

Fotografía de Pilar Pequeño. Imagen cortesía de Railowsky.

Fotografía de Pilar Pequeño. Imagen cortesía de Railowsky.

“Yo he seguido siempre mi camino. He hecho lo que me ha gustado”. Y aunque venda lo justo, “no para hacer una vida maravillosa”, lo cierto es que sus fotografías atrapan esa verdad que escapa a los dictados del simple mercado. La verdad de las huellas que el tiempo deposita en esa vasta naturaleza, esas plantas o esos edificios abandonados. Porque el tiempo hiere, Pilar Pequeño lo que hace es contener su escozor mediante el tratamiento artístico de la luz a punto de ser devorada por las sombras. Como ha llegado a decir la propia artista: “En estos paisajes cercanos me estoy fotografiando yo, es un permanente mirar hacia dentro”.

Fotografía de Pilar Pequeño. Imagen cortesía de Railowsky.

Fotografía de Pilar Pequeño. Imagen cortesía de Railowsky.

Salva Torres

Nelo Vinuesa o la complejidad de las aristas

Castlehead, de Nelo Vinuesa
Espai Tactel
C / Denia, 25. Valencia
Inauguración: viernes 12 de septiembre, 2014
Hasta el 7 de noviembre

La imagen es el resultado de una construcción espacio-temporal. El espacio suele estar definido por el formato: el rectángulo, el cuadrado, el tondo y, en otras ocasiones, éste somete la representación a la mimesis en paredes o cúpulas, apareciendo el mundo y diluyéndose la arquitectura. El tiempo queda detenido, aprisionado incluso, en los límites del espacio, pero también en la cronología de su época.

La cultura visual, el arte en sus diversas variantes lingüísticas, constata el devenir concreto de estos registros, que actúan como marcas en la pared de la historia. El cuadro se construye asumiendo el peso completo de la representación. Esa imagen generada desde el vacío es el puntal de una mirada personal transformada en acontecimiento: se ofrece como narración de unas ideas y como deseo constatable de que esas ideas encuentren un público.

Arcadia, obra de Nelo Vinuesa. Imagen cortesía de Espai Tactel.

Arcadia, obra de Nelo Vinuesa. Imagen cortesía de Espai Tactel.

La imagen-fija delimita su complejidad con el paso del tiempo –constatable en el envejecimiento de las cosas y las caras– en el movimiento de las apariencias de sí, como las sombras en la caverna. De ahí que los límites devengan aristas: intermediarias entre un plano y otro, ajenas a las luces y las sombras que éstos reciben y reflejan, pero íntimamente ligadas a ellos, pues permiten la sutura y el pliegue, ejercen su función de bisagra. Las aristas son a la forma lo que las líneas al plano; economía de medios y funcionalidad máxima.

Hounds, de Nelo Vinuesa. Imagen cortesía de Espai Tactel.

Hounds, de Nelo Vinuesa. Imagen cortesía de Espai Tactel.

El proyecto Wild Pulse de Nelo Vinuesa (Catarroja, Valencia, 1980) gana en complejidad al incluir el tiempo. Dicho así puede parecer una obviedad, puesto que se introduce el movimiento, y éste se genera por la sucesión continuada de escenas. Es un “movimiento aparente” que se ha asumido como ejemplo veraz de la realidad y que ha llegado a día de hoy reincidiendo sobre los mismos planteamientos técnicos, sólo que más sofisticados. Pero en este caso, espacio (escultura) y tiempo (videos) vienen a completar la pintura, imponiéndole ritmo y velocidad por un lado, y convirtiéndola en escultura tridimensional, en el otro.

Relax, obra de Nelo Vinuesa. Imagen cortesía de Espai Tactel.

Relax, obra de Nelo Vinuesa. Imagen cortesía de Espai Tactel.

El aparataje del artista evoluciona y muta de la superficie plana al movimiento generado por la animación y al espacio necesario para disponer lo escultórico, pero todo sirve al mismo fin. Las piezas que conforman Wild Pulse confeccionan un archipiélago de elementos que por separado mantienen sus individualidades, pero que al estar en cercanía unas de otras, ofrecen una versión más compleja y rica de sus propios planteamientos aislados, unidos por aquello que les separa.

Treasure Island, obra de Nelo Vinuesa. Imagen cortesía de Espai Tactel.

Treasure Island, obra de Nelo Vinuesa. Imagen cortesía de Espai Tactel.

Desde sus comienzos, la obra (pictórica) de Nelo Vinuesa ha introducido con naturalidad materiales híbridos ajenos al estado natural de la pintura (por ejemplo plásticos y vinilos), pero cuyas propiedades enlazaban con el acrílico y con la necesidad de plantear el cuadro como tablero de juego y experimentación donde confluyeran todas las posibilidades al unísono.

En esencia, predomina la creación de un universo complejo donde caben todas las inquietudes generadas por el artista, conviviendo juntas en la misma superficie. Al mismo tiempo, este universo resulta familiar por sus múltiples vías de reconocimiento con la pintura clásica y su preocupación máxima por la construcción del paisaje; con la síntesis formal de los juegos de ordenador primigenios y su estética de 8 bits; con la posibilidad constante de una salida de la pintura ante la encrucijada de su ensimismamiento.

Obra de Nelo Vinuesa. Imagen cortesía de Espai Tactel

Obra de Nelo Vinuesa. Imagen cortesía de Espai Tactel

La serie de seis vídeos es un retrato poliédrico de la ciudad de Londres, la gran metrópoli ajena a muchas influencias y ella misma generadora de todas las imaginables. La ciudad es una protagonista que interpreta varios papeles principales: la mezcla racial y su carácter cosmopolita (Portraits); la dificultad de mantenerse a flote física y anímicamente en una ciudad tan demandante (Fall); los conflictos y revueltas sociales (Isle of Haunts); la omnipresencia del paisaje, de los jardines y bosques dentro de la ciudad o en sus límites (Lotus, Winternight) y la mirada perdida pero activa ante todo lo que ocurre, en ese espléndido Panorama.

Por otro lado, la instalación Treassure Island consigue trasladar al ámbito tridimensional ese propio universo realizado por capas opacas y traslúcidas en los vídeos y las pinturas, predominando una voluntad de juego y de tablero donde desarrollarlo. Realizar la maqueta de un mundo es aprehenderlo y constatar la complejidad de su diseño: conocer el funcionamiento de todo lo que nos rodea para convertir la inconmensurabilidad en simple y llana funcionalidad.

Obra de Nelo Vinuesa para la exposición 'Castlehead'. Imagen cortesía de Espai Tactel.

Obra de Nelo Vinuesa para la exposición ‘Castlehead’. Imagen cortesía de Espai Tactel.

Álvaro de los Ángeles

Afeites y envoltorios, la vida según Barroso

Flash Moments, de Antonio Barroso
Centre d’Art l’Estació
C/ Calderón, 2. Denia (Alicante)
Inauguración: viernes 4 de octubre, a las 20.00h
Hasta el 3 de noviembre

Hardcore, de Antonio Barroso, es una serie fotográfica. Y es también una galería sobresaltos cotidianos. Cuando nos miramos al espejo adoptamos nuestro mejor perfil, o aquello que creemos que es nuestro mejor perfil. Hacemos ademanes, estiramos esta o aquella arruga, nos aplicamos cremas y ponemos nuestra mirada más seductora. Si alguien nos viera en ese instante, probablemente pareceríamos ridículos, incluso patéticos. Pero no: llevamos siglos, que digo siglos: llevamos milenios acicalándonos, maquillándonos, restaurándonos para que el resultado responda a los cánones cambiantes de la belleza. Lo que no sabemos es si aquello que nos parece deseable es lo que los demás ven como apetecible. Lo que no sabemos es si la cara es efectivamente rostro con máscara, si es una segunda piel. Antonio Barroso parte de este supuesto, de esta percepción. No hay cara sin afeite, no hay efigie sin envoltorio.

Hemos definido lo corriente según ciertos cánones y, por ello, todo lo que se aparta del código previsto nos choca, nos sorprende, incluso nos desagrada. Hardcore es un repertorio de hermosuras alteradas, efigies lindas y previsibles que han sufrido una metamorfosis (afeite o envoltorio), algún tipo de mutación. Es también un conjunto de pesadillas reales, bien reales en las que conviven monstruos que aspiran a la normalidad y la belleza. El monstruo de Frankenstein, en la novela homónima de Mary W. Shelly, aspiraba a lo mismo: a tener un aspecto aceptable (¿aceptable para quién?) y a tener compañera. Lo monstruoso es lo que nos perturba, aquello a lo que no nos habituamos. Antonio Barroso lo sabe bien: sabe perturbarnos. Ese hecho puede provocar en los espectadores algún malestar, acostumbrados como estamos a lo obvio, al oleaje y a la determinación de la corriente.

A no ser gregarios se aprende. Para curarnos de toda tentación normalizadora hay que repudiar la homogeneidad étnica o la identidad firme, hay que aceptar que el extraño no es sólo aquel que desde fuera me inquieta con su particularidad, sino también ese lado oscuro que me constituye, que mantengo en secreto y que me incomoda.

En las fotos de Antonio Barroso, una demografía abundante, hallamos desnudos modificados, cuerpos ceñidos con plásticos, con cordeles, con máscaras, con medias: envoltorios y afeites. Sin medias tintas: están atados, amarrados, empapelados. En las instantáneas de Barroso hay animales que conviven con individuos anónimos, individuos que comparten la vida o la muerte con cabezas de animales seccionadas. ¿Acaso son escenas de bestialismo?  ¿Acaso son meras mascotas?

Fotografía de Antonio Barroso.

Fotografía de Antonio Barroso.

Ignoramos todo de la pose, del antes y del después. Sencillamente vemos episodios y forman híbridos inquietantes. Son como retratos nuestros a los que se les hubiera cambiado levemente el rostro, la envoltura, el cuerpo. Son, sí, retratos de gentes que sufren alguna perturbación, de individuos con la efigie trastornada: como si al retratado se le hubiera forzado, obligado, violentado. Así vivimos, con un entorno que nos hostiga, con una colectividad que se nos impone hasta desfigurarnos. Si la sociedad nos desfigura, nos cambia las formas, ¿por qué no vamos a transformarnos nosotros mismos? La filosofía de Transformer (1972), de Lou Reed, era exactamente ésa. Como dijo un reportero del Rolling Stone, el personaje de la portada, profundamente maquillado y alterado, era algo así como “an effeeminate Frankenstein monster in whiteface with baleful blackened eyes”.

Barroso emprende algo semejante: crear monstruos de viejas resonancias con ecos actuales. En realidad, esas imágenes son calcos de nuestro interior, estados del alma: malestares aquietados, aceptados resignadamente. O quizá son reproducciones de nuestro perfil, de nuestra imagen pública. Así es como nos ven, no como nos vemos nosotros. Hay una sensualidad sadomasoquista más o menos velada y hay un dolor y un placer que no tienen nada de perversos. Cada uno de nosotros arrastra su pena o exhibe su dicha, pero el resultado bestial acaba siendo perfectamente corriente, llevadero. El resultado bestial: nos miramos y sin duda observamos algo extraño y común, horroroso y corriente.

¿Qué creíamos? ¿Que el cuerpo es apolíneo o dionisíaco, que reproduce formas equilibradas o desmesuradas? No hay tal disyuntiva: en cada uno de nosotros anida un tipo inquietante, extravagante; en cada uno de nosotros hay un individuo normal, gregario. El salvaje y el civilizado, el primitivo y el socializado. Los plásticos que ciñen son la vestidura del cuerpo salvaje: no tapan exactamente; dejan ver. Los cordeles que rodean son el aparejo del cuerpo desnudo: no atan exactamente; son ornamento y afeite, un artificio que los primitivos también usaron. Las máscaras son rostros sin mohín… Algunos retratados nos miran, sabiéndose captados por el objetivo, retando humildemente al espectador; algunos otros tienen los ojos velados, como si de muertos se tratara.

No somos quienes somos todo el tiempo. No mantenemos la figura ni la apostura en todo momento. A poco que nos descuidemos, dejamos ver al ser aterido, desnudo, enlodado que hay en cada uno de nosotros. Lo que sucede es que ese ser primitivo aparece sólo con recursos culturales, con artificios, ya digo. Incluso en su desnudez, la intervención del artista los inviste de significado. Algo semejante nos sucede en la vida corriente: no hay gran hacedor ni sumo pontífice que nos garanticen la vida eterna; hay individuos que viven y mueren solos, que se las ventilan como pueden. Y que ventilan sus interioridades: no es carne corrupta, sino humanos aún vivos.

Antonio Barroso nos ha hecho radiografías, diagnósticos, exámenes periciales: sin duda le debemos esta tarea forense. Yo miro a esos congéneres y me conmuevo. Soy tan feo como ellos. O soy tan egregio como aquel otro. No hay paz que me salve. Cada vez que me mire al espejo encontraré a un ser ceñido, acicalado, aterido. No puedo más, no me soporto más: las imágenes de los otros me salvan de mí mismo.

Fotografía de Antonio Barroso. Flash moments, en el Centre d'Art l'Estació de Denia.

Fotografía de Antonio Barroso. Flash moments, en el Centre d’Art l’Estació de Denia.

Justo Serna