Antonio Banderas, vendaval en las pupilas

#MAKMACine #MAKMAOpinión | MAKMA ISSUE #02
Alberto Conejero | Antonio Banderas, vendaval en las pupilas
MAKMA, Revista de Artes Visuales y Cultura Contemporánea, 2019
Lunes 24 de agosto de 2020

Lo hemos visto en no pocas ocasiones: en España lo único peor que el fracaso es el éxito. En el solar patrio, se suele escupir en lo cimero (la expresión es de Luis Cernuda), recelar de los compatriotas que cumplen logros, cuando no exiliarlos e, incluso, aniquilarlos. De dónde nos vendrá esta desconfianza secular yo no lo sé, pero no es fácil aventurar que hunde sus raíces en el mismo sustrato del que brotaron el “muera la inteligencia” o el “que inventen ellos”.

Pero este no es, ni mucho menos, un mal privativo español. En todos lados cuecen las habas que acompañan al síndrome de Procusto, también llamado “de alta exposición” o de la “amapola alta”. Es justo decirlo. Pero en un país que gasta celosías y portillos, dimes y diretes, negruras goyescas e ingenio afilado, sabemos que siempre hay tela para cortar el traje de los hijos ilustres. Por fortuna, tanto del éxito como del fracaso se puede salir. Y mientras se está vivo, hay partida.

Páginas iniciales del artículo publicado en MAKMA ISSUE #02.

Antonio Banderas (antes de lo público, José Antonio Domínguez Bandera) se fraguó como intérprete en el teatro, allí en su Málaga natal. Poco tiempo después cogió el petate con dirección Madrid, en una de las primeras expediciones del, entonces, joven argonauta.

Lo demás es ya historia; una en la que el encuentro con el director manchego Pedro Almodóvar ha sido fundamental. Jalonaron los ochenta con cinco películas inolvidables y que son ya una referencia ineludible de nuestro cine reciente: ‘Laberinto de pasiones’ (1982), ‘Matador’ (1986), ‘La ley del deseo’ (1987), ‘Mujeres al borde de un ataque de nervios’ (1988) y ‘Átame’ (1989). Precisamente, la memoria de esa década de luces y sombras es uno de los pilares de ‘Dolor y gloria’, su octava colaboración –faltaban por citar ‘La piel que habito’ y ‘Los abrazos rotos’– y la película con la que acaba de ganar el premio a mejor actor en el Festival de Cannes.

Antes de este momento hay un tornadizo de vida. Una nueva expedición para el argonauta malagueño. Desbrozó las trojas hasta Hollywood, que luego transitaron compañeros como Javier Bardem o Penélope Cruz; allí protagonizó algunos proyectos luminosos y otros con más sombras; su biografía se entreveró con la de los habitantes del Olimpo del star-system (qué cosa); llegaron también el papel cuché, los musicales, las luces, vampiros y zorros, las sombras, los años con la brújula temblando, el convertir el nombre en franquicia, el dejar atrás la juventud y no querer desaparecer con ella; y llegó también el querer desdecirse, deshacerse, soltar los baúles demasiado cargados de uno mismo.

Portada de MAKMA ISSUE #02, a partir de una de las obras del proyecto ‘Autocines’ (2019), de la fotógrafa Gala Font de Mora.

Y en ese momento apareció, de nuevo, Pedro Almodóvar, con una película que tiene mucho de ajuste de cuentas, de expedición retrospectiva, de ir hasta el pasado para decirse las verdades del barquero. Porque el cuerpo duele, el corazón se escacharra y se hace presente lo inevitable; porque el tórax abierto tiene algo de caja de Pandora. En mi columna semanal para Aisge.es, ‘Línea de telón‘, escribí de la interpretación de Banderas: “Cuánto con tan poco, qué manera de contener un vendaval en las pupilas. De nuevo la elocuencia del silencio. Toda su interpretación tiene calambre de poema”.

Su premio ha sido recibido con gran alegría por muchísimos y muchísimas en nuestro país. Al final, se trata de sostener la vocación. El de actor es oficio de persistencia, de fe. Ahora Antonio Banderas está a punto de abrir teatro junto a Lluís Pasqual. En la historia de las artes escénicas de nuestro país, el ‘Eduardo II’ de Marlowe que hicieron juntos en 1983. Banderas se hizo cargo, en el último momento, del papel protagonista de Gaveston. Era la segunda colaboración de Banderas y Pasqual después de un papel secundario en ‘La hija del aire’, de Calderón de la Barca. Ahora vuelven a encontrarse a la vuelta de muchos caminos.

Dice Antonio Banderas que ha empezado a matar a “Antonio Banderas” con esta película, a ese fantasma de sí mismo al que la mucha fama y el tiempo dio sustancia. Por fortuna, debajo de esa nebulosa permanece Jose Antonio Domínguez Bandera, actor. Uno de nuestros enormes.

‘Antonio Banderas’, por Luis Frutos.

Alberto Conejero

Este artículo fue publicado en MAKMA ISSUE #02, revista especial en papel con motivo del sexto aniversario de MAKMA, Revista de Artes Visuales y Cultura Contemporánea, en junio de 2019.

La catedral y la chispa

#MAKMACine #MAKMAOpinión | MAKMA ISSUE #02
Rafael Maluenda
MAKMA, Revista de Artes Visuales y Cultura Contemporánea, 2019
Martes 4 de agosto de 2020

Hace unos meses, ante la imagen devastadora del fuego consumiendo parte del techo de Notre Dame, sentí, como tantos, el temor de su completa desaparición. Y con ella, tanto arte a través de los siglos, y la huella del sentido de su existencia.

De inmediato, la imagen de otra catedral se abrió espacio en mi memoria; y no tanto porque también hubiera sufrido –junto a otro tipo de daños– incendios desde su construcción –el último de ellos en 1836–, sino porque, en esta evocación, su silueta se me aparecía recortada en el horizonte, su Pórtico Real –románico– seccionado en planos, envueltas las imágenes en la fuerza poética de las palabras de Orson Welles, tal y como las consigna en su última película, ‘F for Fake’ (‘Fraude’, 1973):

“Una celebración de la gloria de Dios y de la dignidad del hombre”; “quizá sea, de entre todas las cosas, la gloria anónima de este suntuoso bosque de piedra, este canto épico, este gran grito coral de afirmación lo único que sobreviva cuando nuestras ciudades sean polvo. La obra suprema del hombre –nos dice– se alza a través de los siglos sin una firma”.

Páginas iniciales del artículo publicado en MAKMA ISSUE #02.

Sin una firma. Acabo de señalar que ‘Fraude’ es la última película de Orson Welles. Hace ahora casi un año (soy consciente), el cartel promocional de ‘The Other Side of the Wind’ llegaba al Festival de Venecia destacando una frase en mayúsculas: “His final film”.

Aunque resulte comprensible este esfuerzo promocional de sus responsables, y si bien es cierto que Welles rodó muchísimo material e, incluso, llegó a montar unos cuarenta minutos de los ciento veintidós que dura la película, resulta legítimo poner en duda (incluso negar) tal afirmación publicitaria: Welles decidió en su día abandonar el proyecto, como había hecho con otros; dejarlo sin montar, invisible.

Por más que, cuarenta años después, algunos de sus colaboradores originales –Oja Kodar, Peter Bogdanovich, Frank Marshall, entre otros– hayan intervenido para otorgar su aliento a la criatura que yacía desmembrada desde la renuncia de su creador, no puede pretenderse la paternidad de este. Welles, como cualquier cineasta, otorgaba a las decisiones tomadas en el montaje todo el peso sobre la naturaleza del resultado; incluso los cuarenta minutos montados por él son susceptibles de un cambio total de sentido en manos ajenas. Estas manos son, en todo caso, las que deberían firmar la obra.

¿Como un “grito coral de afirmación”? En el caso de la Catedral de Chartres, todos los esfuerzos colectivos, a lo largo de las reconstrucciones de varios siglos, construyeron en una misma dirección, en torno a una misma alma; en el caso de ‘The Other Side’, parece que cohabitan almas varias, provocando seguramente –por segunda vez– la deserción de la de Welles.

Portada de MAKMA ISSUE #02, a partir de una de las obras del proyecto ‘Autocines’ (2019), de la fotógrafa Gala Font de Mora.

Concita los empeños de toda una vida de cineasta, y muchos sacrificios, la misión de salvaguardar la chispa que le activa desde su interior. Tomo la palabra –chispa (spark)– en el sentido con que Martin Scorsese la utiliza en su célebre carta pública a su hija Francesca: “Las herramientas (la tecnología) no hacen la película; haces la película”.

En coherencia, el cineasta neoyorquino afirmaba, en el momento de recoger el Premio Princesa de Asturias de las Artes en Octubre pasado, que a film should be personal. Por ello, y frente a la tentación constante de seguir a la corriente, las tendencias, las modas, dice a su hija que debe proteger esa llama interior con su vida: “Esa chispa interior es tu voz”.

Resulta imprescindible la reflexión de Scorsese en un tiempo en que el abrumador alud de imágenes ahoga casi siempre la posibilidad de una voz propia. Esta hipertrofia audiovisual desprovee de valor las imágenes, las anula, me comentaba recientemente Chumilla-Carbajosa, cineasta personal donde los haya.

Y resulta bien cierto: la inmensa mayoría de quienes se mueven sumergidos en tal avalancha de imágenes son incapaces de leerlas, de interpretar sus códigos, por mor de unos planes de estudios que persisten en orillar cualquier opción de construirse como persona, como individuo, frente a la inmensidad de mensajes o vacuidades visuales que nos zarandean desde que abrimos los ojos hasta que logramos cerrarlos (si es que lo logramos). A mayor abundamiento, tampoco conocen dichos códigos buena parte de quienes generan las imágenes; ni siquiera muchos que lo hacen desde ámbitos profesionales.

“La imagen no es inocente”, afirma Enrique Urbizu. Y, ante los debates que proponen que el cine pierde terreno ante las series televisivas y los contenidos (deplorable palabra, Scorsese dixit) para otros soportes, Urbizu responde sin contemplaciones: “El cine es el lenguaje”.

Su obra es elocuente a este respecto, ya sea concebida para los cines (‘La vida mancha’, ‘No habrá paz para los malvados’), ya para la televisión (‘Gigantes’). Esa chispa interior, esa voz propia, esa autoría, reside no tanto en el tema, sino en cómo se cuenta este, en la forma. La forma es el estilo, y el estilo, ya se sabe, es el hombre mismo. En cualquier forma de arte.

Volviendo a Chartres con Welles: “Todas nuestras canciones serán silenciadas –pero, ¡qué importa! Seguid cantando–. Quizá el nombre de un hombre no tenga tanta importancia”.

chispa
‘Fraude’, de Orson Welles.

Rafael Maluenda

Este artículo fue publicado en MAKMA ISSUE #02, revista especial en papel con motivo del sexto aniversario de MAKMA, Revista de Artes Visuales y Cultura Contemporánea, en junio de 2019.

La mujer y la ciencia ficción

#MAKMALibros #MAKMAOpinión | MAKMA ISSUE #02
Elia Barceló
MAKMA, Revista de Artes Visuales y Cultura Contemporánea, 2019
Domingo 2 de agosto de 2020

‘La mujer y la ciencia ficción’ es uno de los títulos más frecuentes en tertulias, mesas redondas, artículos de fanzines e, incluso, publicaciones académicas. O al menos lo ha sido hasta hace muy poco. 

Tenemos tanta costumbre de oírlo que casi ni nos llama la atención o, incluso, puede parecernos moderno, progresista, casi feminista, el unir estos dos términos tan dispares. ¿Tan dispares? Porque esa es la cuestión, que lo que implica ese título es que se trata de dos ámbitos que a nadie se le ocurriría poner juntos. ‘La berenjena y el chocolate’ o, todavía más atrevido, ‘La berenjena y la máquina de coser’. 

¿Alguna vez hemos tenido una tertulia, mesa redonda, conferencia o artículo sobre ‘El hombre y la ciencia ficción’? No, claro, porque se sobreentiende que ese es su dominio, tanto la ciencia como la ficción. Sin embargo, estadísticamente, hay menos lectores que lectoras (en cualquier género) y son muy pocos los hombres que leen ciencia ficción, comparados con los que prefieren la novela negra, el thriller, las historias de espías o los periódicos deportivos. Por no hablar de los que escriben ciencia ficción, que también son apenas un puñado entre los hombres que se dedican a otros géneros. 

ciencia ficción
Páginas iniciales del artículo publicado en MAKMA ISSUE #02.

No obstante, a nadie se le ha ocurrido hablar de ‘El hombre y (el género que sea)’. Desde que existe la escritura, los varones han considerado que todo lo que tenga que ver con creatividad, reflexión, análisis o cualquier actividad del espíritu era de dominio masculino, y las mujeres lo hemos aceptado con más o menos naturalidad, porque siempre nos dijeron que las mujeres no servimos para eso, que las mujeres nunca habíamos aportado al mundo nada que valiera la pena.

En nuestras escuelas jamás nos dijeron que el primer texto occidental que se conserva fue escrito por Enheduanna, una mujer en Sumeria; nunca nos hicieron aprender nombres femeninos y sus obras –que existen, que existieron en todos los siglos, a pesar de las obvias dificultades por la falta de formación para las mujeres–; nos ocultaron los logros de nuestras antepasadas en las ciencias y las artes, para dejar solo –puntualmente– el recuerdo de algunas mujeres que se destacaron por su belleza, su santidad o su perfidia, los únicos campos en los que una mujer tenía derecho a destacar: Eva, Helena de Troya, Penélope, la Virgen María, Cleopatra, Isabel la Católica, Santa Teresa de Jesús, Lucrezia Borgia, Isabel de Inglaterra, Catalina de Rusia, Mata Hari… 

Ha costado mucho ir descubriendo pintoras, músicas, poetas, arquitectas, ingenieras, astrónomas, científicas de todas las ramas… y escritoras de género fantástico y de ciencia ficción. Se ha quitado importancia al hecho de que la primera novela de ciencia ficción –’Frankenstein’–, fue escrita por una mujer: Mary Shelley; y que las primeras novelas de terror fueron escritas por una mujer, que se hizo famosísima en su época: Anne Rathcliffe.

La ciencia ficción como género moderno dio un auténtico salto hacia la calidad literaria cuando, en los años sesenta del siglo veinte, irrumpieron las primeras mujeres en un panorama dominado por hombres que, en su mayor parte, escribían sin muchas ambiciones literarias para un público de hombres que se dedicaban a profesiones técnicas y no tenían mucha cultura de letras. 

Portada de MAKMA ISSUE #02, a partir de una de las obras del proyecto ‘Autocines’ (2019), de la fotógrafa Gala Font de Mora.

Las mujeres, que nos hemos formado en la lectura de obras clásicas de ciencia ficción escritas por hombres, sabemos hacerlo igual que ellos, pero hemos añadido muchos temas nuevos en el género por el simple hecho de que aportamos otra visión, otras preocupaciones. Las escritoras de fantástico y ciencia ficción hemos introducido temas de la enorme problemática del género y el sexo, temas de la maternidad, la reproducción… Problemas que siempre han existido en la realidad, pero que ningún hombre había considerado dignos de pasar a una novela.

A esto se añade que en los últimos tiempos hemos llegado a un nivel de exigencia literario que habría sido casi impensable cuando la CF era un dominio masculino para narrarle a los jóvenes técnicos e ingenieros pequeñas historias con protagonistas que empezaban siendo poca cosa y acababan siendo superhéroes, que rescataban a la chica florero –muchas veces la secretaria de la empresa donde trabajaba el técnico– del pérfido alienígena con pinta de insecto (el famoso BEM, por las siglas de Bug-Eyed Monster) y realizaban el sueño americano siendo ascendidos, comprándose un coche último modelo y una casa con jardín en un buen barrio periférico. 

Las mujeres actuales en la ciencia ficción hacemos cualquier cosa que queramos hacer, porque somos capaces de hacerlo. Hay quien se decanta por el space opera, la gran épica, la parodia, la literatura prospectiva o extrapolativa, la lírica, el terror, la novela enigma… Hay quien trata temas de primer contacto, de robótica, de catástrofes ecológicas, de dilemas éticos, de procreación, de diferentes posibilidades sexuales y eróticas, de batallas galácticas…

No hay ningún camino cerrado para nosotras y las mujeres más jóvenes, las que están empezando ahora, seguramente ni siquiera saben, más que desde una distancia histórica, que hubo un tiempo en que tuvimos que luchar por nuestro derecho a escribir lo que quisiéramos. Hubo un tiempo en el que a mí, por poner un ejemplo personal, un importante escritor alemán me dijo que “cómo es posible que una chica tan joven y tan simpática haya escrito un relato tan espantoso” (se refería a ‘Loca’, que estuvo nominado al Ignotus de 1994 y acaba de ser reeditado en la antología ‘Insólitas’, compilada por Teresa López-Pellisa y Ricard Ruíz) y que cuando escribiera “algo más bonito” (sic), le encantaría poder publicármelo. 

Nunca volví a mandarle nada y, desde entonces, he escrito con total pasión y libertad, he encontrado editoriales que han querido publicarlo, así como lectoras y lectores a los que no les ha importado que la autora fuera una mujer y escribiera ciencia ficción. 

‘Demon Girl III’, de la ilustradora De la Cage.

Elia Barceló

Este artículo fue publicado en MAKMA ISSUE #02, revista especial en papel con motivo del sexto aniversario de MAKMA, Revista de Artes Visuales y Cultura Contemporánea, en junio de 2019.

Editorial | MAKMA ISSUE #02

#MAKMAOpinión | MAKMA ISSUE #02
Editorial
MAKMA, Revista de Artes Visuales y Cultura Contemporánea, 2019
Sábado 1 de agosto de 2020

¿Por qué la cultura es una convidada de piedra en los debates electorales? ¿Por qué apenas se la nombra? ¿Será que cultura y política casan mal? La respuesta podría ser afirmativa, si no fuera por que, en muchas ocasiones, se producen matrimonios de conveniencia. Matrimonios, ahora sí, bien avenidos, en tanto en cuanto la cultura se avenga a los planteamientos políticos que anuncian un mundo mejor bajo su férula.

Es en este sentido que, como decía Marx (no Karl, sino Groucho), el matrimonio “es una gran institución, siempre y cuando te guste vivir en una institución”. Por eso el artista comprometido, a rebufo de lo dicho, ha de tener cuidado con las añagazas de tan seductora institución, entendida aquí como cárcel del alma sometida al cuerpo de una ideología. 

Editorial
Portada de MAKMA ISSUE #02, a partir de una de las obras del proyecto ‘Autocines’ (2019), de la fotógrafa Gala Font de Mora.

Ese matrimonio de conveniencia entre cultura y política ha solido tener un color eminentemente rojo. Como apunta el filósofo José Luis Pardo en ‘Estudios del malestar’, es tradición pensar en ese artista comprometido generalmente asociado con el comunismo, “pues cualquier compromiso con otra cosa se consideraba intelectualmente vergonzante”.

Quiere decir que mientras estuvo vigente ese paradigma (“que aún hoy no está del todo desautorizado”), ser reconocido como tal intelectual comprometido, ya sea artista, escritor o literato, “era prácticamente imposible… si no se exhibía en algún grado este compromiso con el comunismo”. 

Una vez constatada la existencia de matrimonios de conveniencia entre cultura y política, bueno será volver a la pregunta inicial, tras comprobar las escasas alusiones a la cultura en los debates electorales: ¿será que cultura y política casan mal? Pensamos que sí. Al menos, en los términos en que la política, no toda, pero sí en una gran mayoría, se formula en la era de Internet. 

Si la cultura es un espacio de interrogación inmune a las respuestas lapidarias y más próxima a las tentativas por aclararnos en medio de la oscuridad que nos habita, la política del conmigo o contra mí, de la vida concentrada en píldoras que lo resuelven todo de un plumazo, no puede estar más alejada de la cultura. “Hice un curso de lectura rápida y leí ‘Guerra y Paz’ en veinte minutos. Creo que decía algo de Rusia”. Lo que dice Woody Allen encaja con esas prisas por rehacer el mundo que tienen, no todos, muchos políticos en la rabiosa actualidad. 

Extracto inicial del editorial de MAKMA ISSUE #02.

La cultura, he ahí su compromiso de verdad, casa mal con la política, porque su fundamento es otro bien distinto. Su objetivo no es cambiar el mundo, sino hacer que las personas que lo habitan encuentren su lugar. Un lugar donde los relatos, ya sean artísticos, literarios, teatrales o cinematográficos, ofrecen la posibilidad de compartir experiencias ajenas, muchas veces contradictorias, que nos permiten elaborar las nuestras. No hay cultura que se precie sin política que propicie su modus vivendi. Ya saben: “Estoy en desacuerdo con lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo”. 

El divorcio entre cultura y política es necesario, porque la cultura viene a decir las cosas que la política, sometida a las prisas y al cálculo feroz, por definición excluye. La cultura exige paciencia, cabalgar de un personaje a otro, dar forma a lo que se presenta en ocasiones como algo ininteligible, y no caer en la tentación de querer comprenderlo todo al instante. Ni siquiera este editorial, con el que MAKMA apuesta un año más por esa cultura interrogativa en torno a las pasiones que nos habitan. 

MAKMA

Este artículo fue publicado en MAKMA ISSUE #02, revista especial en papel con motivo del sexto aniversario de MAKMA, Revista de Artes Visuales y Cultura Contemporánea, en junio de 2019.

De aperitivos y malditos de provincias

#MAKMAOpinión | De aperitivos y malditos de provincias
Reflexiones a partir de ‘Malditos no, gracias’, de J. Benito Fernández (Babelia, 18.07.20)
Sábado 18 de julio de 2020

Tal y como un servidor acostumbraba en distantes tiempos próximos (intencional oxímoron, de semejante naturaleza a la que tiñe el pulso de la presente e indefinida ‘nueva normalidad’), perfumo con vermú de mediodía la lectura sabatina de prensa escrita (siempre he preferido tiznarme las yemas de tinta que granjearle una tendinitis de fin de semana a mi pulgar siniestro).

Y con esa rozagante e incontenible algarabía que se experimenta al toparse con un discurso compartido, que mora bajo nuestro silencio lector, no he podido evitar reflexionar por estos predios a partir del artículo que rubrica en Babelia J. Benito Fernández, titulado ‘Malditos no, gracias’.

Un atinado y sintético repaso personal a la “in-so-por-ta-ble” condición de diversos y conspicuos individuos que poblaron el mapa nocturno y literario de nuestra contemporaneidad, entre los que despuntan dos excelsos e inefables sujetos: Eduardo Haro Ibars y Leopoldo María Panero.

Refiere su autor –quien ya hubiera glosado sus figuras en las dos magníficas biografías ‘El contorno del abismo. Vida y leyenda de Leopoldo María Panero’ (Tusquets, 1999) y ‘Eduardo Haro Ibars: los pasos del caído’ (Anagrama, 2005)– que “tanto Eduardo como Leopoldo no se consideraban malditos. Ambos poetas coetáneos se sentían a disgusto en el papel de marginados. Haro insistió en su aura de heterodoxo o raro. ‘Uno no se siente nunca maldito, sino que se le maldice’, acostumbraba a decir. El eutrapélico Panero no encajaba con comodidad cuando le preguntaban por su malditismo, abominaba de él (…)”.

Eduardo Haro Ibars. Retrato del autor que ilustra la portada de ‘Eduardo Haro Ibars: los pasos del caído’, de J. Benito Fernández (Anagrama, 2005).

Al igual que muchos de mis ignotos coetáneos, desde mi petulante adolescencia he profesado una devota, aunque introspectiva, predilección por sus respectivas biografías (y marginalmente por sus obras. Nada mejor que eclipsar con la vida el plúmbeo legado de la literatura).

Otra cosa es, sin embargo, padecer su efímera amistad, acompasar su compañía transitoria y periférica, soportar la carga del delirio, dejarse “sablear” de noche y de día (antes del aperitivo no conviene recibir) y mancillar con despropósitos ciertos encuentros que prometían ser amables y celebrativos. “En la distancia están muy bien, sobre el papel son muy atractivos”, asevera Benito Fernández.

Porque los pelmas de vidas disolutas (enfermas de cierto talento genuino) habitan al sur (calcinados de sol y manzanilla), en la preeminente meseta capitalina (donde encuentran definitivo acomodo para beber el licor dulzón de la notoriedad) y a escasos metros del Cantábrico (donde un servidor pasea los julios y en los que estos seres-ínsula molestan menos, abrigando su vesania bajo las barbas o dando de comer a las palomas).

Así que hace años que tomé la certera decisión de alejarme de “malditos” de provincias (que tanto frecuenté otrora, ingenuo de mí) y dejar sus hediondas virtudes para una peregrina lectura invernal o para el gracejo estival de anécdotas y sobremesas.

Leopoldo María Panero durante un instante del documental ‘El desencanto’ (1976), de Jaime Chávarri.

Jose Ramón Alarcón

Nuestra pandemia se atajó antes aquí, en Tánger

#MAKMAOpinión | Nuestra pandemia se atajó antes aquí, en Tánger

Nuestra pandemia se atajó antes aquí, en Tánger, porque Marruecos no se puede permitir el desembarco del coronavirus. Sin seguridad social ni verdadera estructura sanitaria, se enfrentaría a que su población, más joven que la europea, también más desabastecida, se viera diezmada en semanas.

Tiempo antes del cierre del fronteras, en el puerto y aeropuerto, ya tomaban la temperatura, todo muy discreto pero en aumento, según crecían los afectados en el mundo y en Europa se pasaba de la amenaza. Los locos, que huelen las tormentas de lejos, señalaban a Cabal, mi perro, y mascullaban: “Maladie”.

Testa de Cabal sobre fondo deshabitado. Fotografía: Javier Rioyo.

Íbamos de viaje a las Azores, entonces se cerró el país. De un día para otro, echaron a los hombres de los cafés, clausuraron las mezquitas y restaurantes. Eso resultó lo más efectivo; en un país donde gran parte la población masculina se dedica a vagabundear, sin rumbo fijo ni rutina, era la mejor manera de frenar la expansión de la epidemia. Las mujeres siguieron trabajando, por supuesto.

Después le llegó el turno a colegios, institutos y hoteles, las farmacias pusieron barreras con los clientes, lo mismo que los puestos del mercado. Se agotaron la harina, el concentrado de tomate, la henna para el pelo. El marroquí se adapta a los imprevistos, curtido en el “todo está escrito” y en la voluntad de Alá. No tienen miedo porque nada se puede hacer, en su opinión, ante los inescrutables designios divinos, mas piensan que pueden ser favoritos, no en vano viven en una sociedad teocrática alimentada en el paternalismo, luego respetan a la policía y el Gobierno.

Los geles y las mascarillas y los plásticos aparecieron poco a poco; las mascarillas son, en su mayoría, de las malas y siempre están agotadas en las farmacias (con precios de hasta 150 dírhams, 15 € nada menos). Veía a mi portero, muy religioso –con golosa afición por los muchachos a quienes encula en el rellano de la escalera, entre genuflexiones–, apartarse de mi perro y tocar las cosas, para no contagiarse del bicho, con un pañuelo lleno de mocos.

El toque de queda se estableció a las seis. Al principio, los fundamentalistas favorecieron marchas nocturnas y caceroladas; no duraron mucho ni levantaron polvareda alguna. Los almuédanos, en cambio, mantuvieron sus cantos, inalterables, según corresponde a los obreros del paraíso. Cabal, sentado en la ventana, como un gato, erizaba el espinazo, pues la naturaleza teme el vacío. Sin embargo, los felinos ocuparon más aún las calles con su calma y dulce silencio. El día les pertenece, la noche la pueblan los perros que aúllan a su soledad y discuten en el cementerio, entre tumbas florecidas de lirios en la solitaria primavera.

Ada del Moral y Cabal en las proximidades del Instituto Cervantes de Tánger. Fotografía: Javier Rioyo.

Tánger aguarda el fin de la era vírica, como todos. Ramadán se echará encima y la mala leche que se adueña de tanto practicante hará mella en los súbditos de la ciudad blanca, en su largo camino hacia una ciudadanía plena de derechos, en la cual alhamdulillah e inshallah no valgan lo mismo para un roto que para un descosido. Aquí se prefiere la espera a la acción: cuando algo se cae, nadie lo recoge, pues es la voluntad del señor y nunca hay prisa para solucionar nada, pues nada se puede cambiar. Sin embargo, quienes mandan tomaron antes las medidas y, aunque nunca se sepa la verdad a ciencia cierta, en la patria del rumor estamos, de momento, más seguros que en la vieja y trastornada Europa, ese continente que aprovecha cualquier circunstancia para la guerra silenciosa o sangrienta, y los cortes de mangas burocráticos de unos países a otros.

De los pobres a los ricos, de los que viven en su grandeur sin reconocer un fallo. Todo está vacío en las calles del mundo. Aquí, los locos lanzan sus profecías y recogen el pan del suelo, meado por las bestias, en una suerte de apocalipsis.

Que no sea el fin de la humanidad, sino la toma de conciencia de que solos nos consumiremos; debemos contar con el otro para que el miedo no inunde las calles mientras las casas se preñan de incertidumbre y de la locura que acecha a los prisioneros, atrapados en sus madrigueras para frenar esta epidemia que empezó en un mercado de Wuhan –cuya paciente cero quizás fue una vendedora de camarones–, y que partió de la avidez humana, capaz de no escuchar al primer especialista que advirtió de la amenaza, de emprender absurdos recortes sanitarios, de agrupar a sus viejos cual soluciones finales aunque sin dejar de mamar de sus pensiones, de asesinar pangolines, mágica criatura de la diversidad; de olvidar, en definitiva, nuestra condición de organismos sujetos a la mortalidad, que ahora golpea a la especie humana por no respetar los límites.

Ada del Moral y Cabal, solitarios viandantes de una avenida de Tánger. Fotografía: Javier Rioyo.

Ada del Moral

Perspectiva aérea

MAKMA ISSUE #01
Opinión | Felicia Puerta (artista y docente de la Facultad de Bellas Artes de San Carlos, UPV)
MAKMA, Revista de Artes Visuales y Cultura Contemporánea, 2018

Desde hace décadas eclecticimo y pluralismo son rasgos generales que caracterizan el panorama artístico y parece que permanecerán manteniendo su vigencia dada la persistente proliferación de formas, lenguajes y experiencias artísticas que, ligadas ahora a la introducción masiva de nuevos materiales y tecnologías, han venido a diversificar, multiplicando tanto los valores estéticos como las resultantes icónicas; nuevos conceptos y funciones que, distanciándose en apariencia de condicionamientos clásicos, han transformado y abierto paulatinamente nuestro modo de entender lo que hoy puede considerarse arte.

Página inicial del artículo publicado en MAKMA ISSUE #01.

La perspectiva temporal no sólo remite al aumento vertiginoso en cantidad, variedad de imágenes y acciones creativas, sino a los cambios estructurales en su proceso de evolución, su fuerza expresiva; quizás sea esta la causa, justo el exceso y la frecuencia lo que haya hecho disminuir su capacidad de impactar o asombrar, así como su proximidad. Con la masiva divulgación, gracias al gran incremento de medios de comunicación, por un lado, y la facilidad de acceso a su consumo, por otro, ocupan y compiten en los mismos espacios que el resto de imágenes, enfrentándose con otras más poderosas derivadas, por desgracia, de nuestra realidad política social.

Esta producción inconmensurable provoca irremediablemente una gran contaminación, sobre todo en las artes visuales, planteando una mayor dificultad tanto para la innovación, como para su aprehensión. Volver hoy sobre la noción de experiencia estética, criterios de evaluación o, incluso, juicios sobre el gusto, es aceptar la pluralidad y, con ella, alguna de sus peores consecuencias; no obstante, de un modo riguroso, es necesario repensar esta pluralidad, pues la diversificación y la masificación no deben transformarse en puro relativismo; para ello, seguramente hemos de agrandar, al tiempo que flexibilizar, nuestra manera de percibir y estar en la contemporaneidad.

Cada vez son más los actores que participan en lo que ya no se denomina actividad, sino “Industria Cultural», y esta nueva designación introduce un rasgo muy significativo del cambio. El artista ahora no es el único protagonista de la acción, críticos, historiadores, galeristas, programadores, profesores, diseñadores, ilustradores, estudiantes de arte, políticos … configuran, agrupados, lo que también se ha venido a calificar como el “Sistema del Arte”; así, siguiendo el patrón empresarial, se estudian y proponen nuevos modelos de fabricación.

Portada de MAKMA ISSUE #01, a partir de una de las obras del proyecto ‘Caminos del deseo’, del artista y miembro de MAKMA Ismael Teira.

El arte, por fin, ha ampliado su reducida y elitista esfera de proyección para integrarse, numerosa y profesionalmente, como una rica actividad productiva en y para la sociedad, con nuevas funciones como la mediación, la gestión, el comisariado… nuevas preocupaciones globales relacionadas con la justicia social o el medioambiente, que generan trayectorias de artistas cada vez más comprometidos con su contexto local/temporal, como lo demuestra la proliferación del arte urbano, la introducción de lo “eco” y lo sostenible; por otra parte, nuevas facultades dan paso a carreras directamente relacionadas con la innovación digital enfocadas hacia el diseño, moda, animación, vídeo arte, etc.

En este momento, pienso que tan necesario es celebrar esta rápida expansión y profesionalización de la cultura artística, como ser conscientes o saber gestionar los efectos del cambio. Regular la actividad exige cumplir con códigos establecidos, lo que puede llevar a la banalización de la idea del “ser creativo”, uso unidireccional de las funciones del arte, explotación de su aspecto didáctico, ilustrativo, abuso del enfoque social u otras tantas aplicaciones pragmáticas. La utilización del arte como medio, aún siendo lícita y deseable, puede diluir parte de la libertad para los creadores, que en demasiadas ocasiones están condicionados o dependen de proyectos predeterminados por convocatorias, bases temáticas, dirigidas a grupos sociales concretos, etc.

Dedicarse a la creación, como cualquier otra profesión, exige conocimiento previo, metodología, y mucha vocación; no es una actividad divina, pero tiene rasgos distintivos, pues en su génesis está el placer unido a la necesidad.

‘Sin dogma, solo rigor I y II’, de Felicia Puerta.

Felicia Puerta

Del verde al luto

Cuidado o ceniza.

La política forestal, desidia y mala gestión, junto al cambio climático, son los principales factores a tener en cuenta en la problemática de incendios de bosques. No cabe duda, que en los últimos años ha ido en aumento el número de siniestros, quizás esto se deba no únicamente a las altas temperaturas sino a la falta de prevención ocasionada fundamentalmente por el ser humano, a quien ha dejado de importarle el medio natural y lo utiliza como vertedero residual. Nos olvidamos de los parajes naturales, bosques y montañas, que nos aportan y garantizan funciones medioambientales como la biodiversidad, abastecimiento de agua y autorregulación climática. Resulta curioso e incluso sorprendente que busquemos nuestro propio malestar, pero la realidad es esta. La ambición de poder llega a tal punto que incluso recientemente en 2015, el poder ejecutivo del gobierno, aprueba ordenanzas como la Ley de Montes, que permite construir en terreno incendiado y deja vía libre a las comunidades autónomas para la recalificación de suelo que haya sufrido carbonizaciones sin que tengan que pasar los 30 años marcados como plazo en la anterior Ley del 2003.

Y después de los incendios forestales ¿qué? Imagen cortesía Noticias Forestales/Forestry News

Incendio forestal. Imagen cortesía Noticias Forestales/Forestry News.

Estamos en un momento en el que aun existiendo organizaciones ecologistas como Greenpeace, Amigos de la Tierra, Ecologistas en Acción, Bajo el Asfalto está la Huerta, que entre sus objetivos principales está concienciar y fomentar la participación humanitaria a favor del equilibrio medioambiental, seguimos viendo prácticas contradictorias que una vez más se suman al monstruo más sanguinario y cruel, la hidra capitalista. Sin ir más lejos, el incendio forestal intencionado en 2016 entre el área de Jávea y Benitatxell (territorios de la provincia de Alicante) arrasó con 319 hectáreas urbanas y rurales, incluyendo el Paraje Natural de La Granadella. Quién sabe si tras esa “intención” y desaparecido culpable haya un plan urbanístico esperando el momento oportuno para introducir sus cimientos bajo el terreno. Suceso que recuerda particularmente al de 1992 en Sierra Cortina de Benidorm, terreno conocido como ‘la mayor pinada del Mediterráneo’ que figuraba como ‘no urbanizable de especial protección forestal’, y donde sobre sus cenizas actualmente se encuentra el parque temático de Terra Mítica, una enorme zona hotelera y dos campos de golf.

Vistas aéreas del incendio de Benitatxell. Imagen cortesía Levante emv.

Vistas aéreas del incendio de Benitatxell. Imagen cortesía Levante Emv.

Instalaciones de Terra Mítica. Imagen cortesía ABC - Juan Carlos Soler.

Instalaciones de Terra Mítica. Imagen cortesía ABC realizada por Juan Carlos Soler.

Es importante enfatizar en que el origen de estos “fuegos intencionados” no se investiga, no hay culpable sino culpables que pretenden desregular y eliminar cualquier tipo de limitación a la hora de desarrollar ciertas actividades urbanísticas y económicas. Sumidos en una corrupción contínua que viene de la mano de nuestro propio Gobierno y que no hace nada por cambiar la situación que afecta directamente al ecosistema. Debemos ser conscientes de la realidad y esta no es en absoluto satisfactoria, más bien lo contrario. Cada vez con más frecuencia y debido a los continuos incendios, se interrumpen los ciclos naturales de los bosques provocando la extinción de especies, aumentan los niveles de dióxido de carbono en la atmósfera, contribuyendo al efecto invernadero y por consiguiente al cambio climático. Existencia que en algún momento pareció un espejismo pero que ahora es evidente e inevitable.

Incendio en Jávea. Vista aérea del frente del fuego en la urbanización Cumbres del Sol. Imagen cortesía de EFE

Incendio en Jávea. Vista aérea del frente del fuego en la urbanización Cumbres del Sol. Imagen cortesía de EFE

Un Vistazo a «Las Leyes de la Termodinámica».

El pasado 20 de abril se estrenó la película «Las Leyes de la Termodinámica», película de Mateo Gil. Nosotros pudimos asistir a su preestreno en Kinépolis (València) y en el presente artículo trataremos tanto lo que nos pareció como las reflexiones que hemos hecho en torno a ella. Se trata de ese tipo películas que demuestran como su director puede tratar una gran variedad de géneros, en este caso se trata de una comedia romántica enmarcada en el contexto de un falso documental. Para ello, Mateo Gil se ha servido de un reparto poco numeroso, pero eficaz. Hablamos de Vito Sanz, Berta Vázquez, Chino Darín y Vicky Luengo.

El argumento es simple. Se trata la típica formula de «chico conoce chica», pero con unas cuantas variaciones. Los protagonistas no se enamoran al instante, sino que poco a poco se observa como el personaje de Vito Sanz acaba ganándose al de Berta Vázquez mediante su personalidad y la atracción que supone la curiosidad que despierta todo aquello que estudia. Él ya se encontraba en una relación que le iba bien, una chica que le entendía, que le quería y que sabía apreciar todas las cosas que para la gente en general serían meras «frikadas».

Pero como suele ocurrir, la relación se encuentra en un punto en que la monotonía es tal que cualquier mero accidente, y usamos esta palabra en el sentido más científico posible, puede hacer que todo se desmorone. De hecho, eso es lo que ocurre. En un momento de la película, en el que todos los protagonistas entran en juego y en que solo la parte masculina se conocía de antemano ocurre este accidente mediante el cual terminan por conocerse y se inician dos relaciones paralelas. La primera, la de los protagonistas, se basará en el menosprecio del protagonista hacia él mismo respecto a su amada. A causa de estas inseguridades provocadas por verse inferior a ella en todos los aspectos, le trasladará todas sus dudas a ella y ocasionará su ruptura. Por otro lado, los otros dos protagonistas llevarán una relación en la que él no puede evitar querer estar con otras mujeres, pero que al final se percatará de que verdaderamente solo quiere a la pareja que en este encontronazo conoce.

Chino Darín y Vicky Luengo en "Las Leyes de la Termodinámica". Fotografia cedida por Sony pictures.

Chino Darín y Vicky Luengo en «Las Leyes de la Termodinámica». Fotografía cedida por Sony pictures.

Todo esto, e insistimos, todo, se encuentra explicado mediante las leyes de la termodinámica por el propio protagonista. ¿A qué se debe? Hemos de tener en cuenta que él se encuentra realizando su tesis doctoral y, además, es un apasionado de todo lo que tiene que ver con su disciplina. Así pues, traslada todo cuanto estudia y sabe a todos los ámbitos de la vida. Muestra de manera constante como las personas nos encontramos siempre predeterminadas a hacer todo tipo de acciones, ya sea despejarnos dando un paseo, enamorarnos e incluso llevar a cabo nuestras necesidades biológicas, algo que se puede ver a lo largo de todo el filme.

Manel (Vito Sanz) colaborando en una clase de la universidad como ayudante. Fotografía cedida por Sony Pictures.

Manel (Vito Sanz) colaborando en una clase de la universidad como ayudante. Fotografía cedida por Sony Pictures.

Los datos que se trasladan a la pantalla son totalmente verídicos, y es aquí donde entra en juego el falso documental. A lo largo de la película aparecen una serie de científicos de gran renombre, según el propio director, que nos explican, o más bien aclaran, cuáles son las fuerzas que intervienen en cada parte de la trama, mostrándonos, eso sí, de una manera magistral, en cuanto a lo formal, y muy didáctica, todos los procesos termodinámicos correspondientes. Se recurre a esquemas visuales y planos dentro de la trama en que se expone con flechas, líneas y dibujos todo lo que ocurre en la ficción en relación con la ciencia. En este punto es muy destacable la escena de la discoteca, en la que los principales protagonistas se dan el primer beso a la vez que se explica la atracción gravitatoria.

Aunque el planteamiento y la idea son muy originales, debemos exponer también que acaba por volverse algo tedioso. A lo que nos referimos es a que se trata de conceptos entendibles y muy bien explicados, pero que, al ser expuestos de manera tan rápida y tajante sacan al espectador de la trama constantemente. Lo que queremos decir es que tal vez al realizar toda esta serie de explicaciones de manera tan perfeccionista se corta el hilo de la historia, ya que, debemos esforzarnos en comprenderlas. Claro está que, si estamos familiarizados con el tema, estos tramos de la película pueden volverse muy disfrutables, puesto que se conocen los conceptos. Sin embargo, si se trata de un espectador estándar, que no conoce dichos conceptos, le estaríamos mostrando, a priori, objetos a los que debe dar significado para poder llegar a comprender la relación entre éstos y lo que ocurre en pantalla. Esto ya representa un esfuerzo comprensivo que, en nuestra opinión, separa al espectador de la trama principal. Sin embargo, si conocemos los conceptos, lo único que tenemos que hacer es aplicar las ideas, por lo tanto, el esfuerzo es menor y el disfrute, mayor.

La idea de que las emociones humanas se encuentran determinadas en gran parte no es algo nuevo en nuestros tiempos. Son numerosos los estudios que cada vez más asocian la aparición del amor con procesos químicos que se generan en nuestro organismo. Sin embargo, la película usa la termodinámica, es decir, física, no química. Esto la convierte en una temática de lo más original. El protagonista, como hemos comentado, se encuentra obsesionado con ello, de hecho, puede darse el caso de que nos traslade en cierta manera esa obsesión, puesto que a lo largo de la película se despierta en el espectador un sentimiento de curiosidad que en cierto modo le lleva a querer saber que nueva ley intervendrá en el siguiente punto de la trama argumental.

Llegados a este punto, y como se avanza nada más comenzar la película, la relación entre los dos protagonistas termina. Sin duda, esta es otra de las partes del filme que se explica mediante leyes de la física, pero a estas alturas, eso no nos sorprende. El protagonista entra en una espiral de depresión y obsesión con respecto a su amada, lo que le pasó a él con su expareja le acaba de pasar a él. Busca en todos los rincones posibles teorías, explicaciones que le den respuestas a sus dudas, incluso culpa al personaje de Berta Vázquez. Todo esto termina en una escena rápida y con un texto conciso que no solo da un golpe de realidad al protagonista, sino también al espectador. Hablamos del momento en que Elena (Berta Vázquez) se gira para decirle a Manel (Vito Sanz): «¡Las leyes de la termodinámica no se pueden aplicar al amor!».

Manel (Vito Sanz) pensativo en el lugar de trabajo de su amigo (Chino Darín). Fotografía cedida por Sony Pictures.

Manel (Vito Sanz) pensativo en el lugar de trabajo de su amigo (Chino Darín). Fotografía cedida por Sony Pictures.

Es en este punto en el que se descubre la tesis de la obra. El hecho de que bien es cierto que se puede fantasear con que exista cierta relación entre las leyes físicas y el amor, esto no deja de ser lo que es, fantasía. El amor es mucho más que eso. Creer que todo se encuentra determinado no solo es antinatural, también es retorcido. De hecho, tras esto se muestra como realmente, Manel es quien precipita la relación al fracaso con una serie de flashbaks en los que se pone en manifiesto como esconde su frustración, inseguridad y baja autoestima tras su especialidad, que son las ciencias. De hecho, que lleve a cabo esta actitud es síntoma no solo de sumisión, sino también de su falta de voluntad o de valor para enfrentarse a lo adverso, puesto que, para él, todo está predestinado y es inmutable. De esta manera se libera de su actitud en la relación y, además, le es más fácil culpar a los demás, en este caso, a Elena. Él mismo es quien desde un principio cree que todo acabara porque se ve en un plano inferior en todos los sentidos a su nueva pareja.

Elena (Berta Vázquez). Fotografía cedida por Sony Pictures.

Elena (Berta Vázquez). Fotografía cedida por Sony Pictures.

La película, sin duda, representa una propuesta muy original por lo que plantea. Porque puede llegar a esconder más cosas de las que se puede ver a simple vista. Se nos muestra una trama que permite al espectador reflexionar entorno a ella, puesto que, todos alguna vez hemos comparado el amor con cualquier cosa con el fin de simplificar algo que de por sí es de las emociones más sumamente complejas que pueden experimentar los seres humanos, con un sinfín de factores que lo condicionan, por no hablar del más importante, el libre albedrío. La manera en que se exponen los puntos que hacen referencia a las leyes de la termodinámica son muy interesantes y, a nuestro juicio, en cuanto a su contenido formal, muy agradables, ya que acompañan de manera espléndida las explicaciones, así como, a su vez, enriquecen la experiencia visual en algunas escenas como la de las dos rupturas emocionales mediante planos superpuestos.

Manel (Vito Sanz) y su exnovia en una de las escenas en que se ven los planos superpuestos. Fotografia cedida por Sony Pictures.

Manel (Vito Sanz) y su exnovia en una de las escenas en que se ven los planos superpuestos. Fotografía cedida por Sony Pictures.

Como hemos comentado anteriormente, probablemente, aquello que no nos ha parecido lo mejor es el hecho de que se reiteren tanto las relaciones entre leyes y trama, entre concepto y objeto. Probablemente, sea mucho más disfrutable si se realiza un segundo visionado en el que ya tengamos más o menos claras las ideas planteadas y así relacionarlas mejor, para no tener que prestar tanta atención a éstas y que de esta manera el juego que establecen sea más ostensible para el espectador. Aun así, se trata de una propuesta muy original y que invita a la reflexión y al disfrute de todo aquel que esté dispuesto a pasar un rato reflexionando sobre algo tan enigmático como es el amor.

Momento en que todos los protagonistas: Vito Sanz, Chino Darín, Berta Vázquez y Vicky Luengo sufren el accidente que les hace conocerse. Fotografia cedida por Sony Pictures.

Momento en que todos los protagonistas: Vito Sanz, Chino Darín, Berta Vázquez y Vicky Luengo sufren el accidente que les hace conocerse. Fotografía cedida por Sony Pictures.

El Club de los Buenos Infieles

El Club de los Buenos Infieles, de Lluís Segura
Estreno en cines Kinépolis: 29 de marzo de 2018

El día 29 del pasado mes de marzo se estrenó la película de Lluís Segura ‘El Club de los Buenos Infieles’. Es la primera película del director en este cargo y su debut no puede ser mejor, teniendo en cuenta lo que el film busca. Su reparto no se queda atrás, actores de la talla de Fele Martínez, Raúl Fernández de Pablo o Adrián Lastra entre otros.

La película trata de un grupo de amigos que tras unos cuantos años se reúnen en una cena de exalumnos de instituto. Todo va bien, rememoran aquellos “tiempos ahora perdidos”, como dice la letra del grupo La Frontera, muy presente en el film, hasta que llega el bajón del alcohol y las filosofadas típicas de este tipo de momentos. En ese instante comienzan a plantearse sus vidas, conforme eran antes y como son ahora, en concreto, la vida de pareja. Acaban llegando a la conclusión de que ya no sienten el deseo físico del inicio aunque el cariño se mantenga presente.

Raúl Fernández de Pablo. Fele Martínez y Juanma Cifuentes tras la escena de la fiesta de reunión de exalumnos.

Raúl Fernández de Pablo. Fele Martínez y Juanma Cifuentes tras la escena de la fiesta de reunión de exalumnos.

En ese momento es cuando piensan que una buena idea para recobrar esa pasión que se ha perdido en la pareja sería salir a “ligar” con otras mujeres para, de ese modo, valorar mejor lo que tienen o más bien, como ellos llegan a mencionar en algún momento, “tomar oxígeno” para volver a la relación. De esa manera, se verán inmersos en lo que ellos crearán y llamarán por el nombre de ‘El Club de los Buenos Infieles’, por que son infieles, pero por una buena causa, salvar sus matrimonios.

A lo largo de la película veremos escenas que nos harán tener grandes carcajadas, como la escena en que Marcos (Fele Martínez) finge un orgasmo. Cada uno de los personajes que forma el grupo tiene personalidades muy diferentes y marcadas, muy influenciados por distintos estereotipos.

Hovik Keuchkerian, Juanma Cifuentes, Albert Ribalta, Raúl Fernández de Pablo y Fele Martínez en la escena del restaurante de Zaragoza.

Hovik Keuchkerian, Juanma Cifuentes, Albert Ribalta, Raúl Fernández de Pablo y Fele Martínez en la escena del restaurante de Zaragoza.

Pero esto no se sabrá prácticamente hasta el final, puesto que en un principio parece que todos tengan los mismos anhelos e ideas, principalmente el de estar con otra mujer para así valorar a sus parejas después. Podemos observar al que disfruta con ser infiel, el que se siente mal consigo mismo por lo que está haciendo o el que intenta salvar un matrimonio con una persona de la que ni siquiera está enamorado ya. Un disparate, ¿verdad? Pero es que dentro de todo esto se encuentra la principal crítica que la película lanza al espectador para que éste reflexione.

Jordi Vilches, Raúl Fernández de Pablo, Fele Martínez, Albert Ribalta y Juanma Cifuentes en el trayecto deuna de las escapadas de "Club".

Jordi Vilches, Raúl Fernández de Pablo, Fele Martínez, Albert Ribalta y Juanma Cifuentes en el trayecto deuna de las escapadas de «Club».

Y es que lo que Lluís Segura nos muestra en su obra, dentro de un marco de disparate y sátira, es la crisis de un modelo que se encuentra de capa caída, el matrimonio, la relación de pareja. La idea del “marido y mujer hasta que la muerte os separe” es algo anquilosado, pretérito y en la mayoría de los casos, falso. Muchas personas casadas luchan día a día por mantener una institución que sin amor pasional ya no es la misma y en ocasiones ésta es la propia razón por la que desfallecen. Varias son las razones que nos impulsan a intentar prolongar lo que ya no existe: niños, soledad, sustento económico, culpabilidad, miedo a afrontar la situación o la esperanza de que con el tiempo todo mejore.

No es el único tema que se trata. También se pone de manifiesto el hecho de que los hombres no cumplimos el estereotipo que siempre se nos ha impuesto. Mantener el tipo y no mostrar debilidad es una máxima que siempre ha estado presente en el mundo de la “virilidad”. Aquí se muestra nuestra verdadera naturaleza, que somos sensibles, que tenemos miedos y que, por supuesto, no siempre estamos dispuestos a mantener relaciones sexuales. ¡Ni que fuéramos animales de monta!

Marcos (Fele Martínez) en una de las escenas en que se entrevista a los personajes durante la trama.

Marcos (Fele Martínez) en una de las escenas en que se entrevista a los personajes a lo largo de la trama.

La sátira que se utiliza en el film es también muy acertada, sutil en algunos casos, como que se ponga al toro de Osborne en uno de los planos de las salidas del club para ironizar sobre la “hombría” de los personajes y su enorme desempeño en las artes de la seducción. En este punto aparece el “Teacher” (Adrián Lastra), mostrando sus amplios conocimientos de las artes amatorias, como si del propio Ovidio se tratase, a la par que su grandísimo dominio del inglés. Un humor muy blanco con toques de ironía que mantiene activo al espectador la mayor parte de la película, hasta que ésta se vuelve más “sesuda”.

Adrián Lastra en su papel de "teacher" de la seducción.

Adrián Lastra en su papel de «teacher» de la seducción.

Otro punto que vale la pena destacar es el hecho de que las mujeres no aparecen por ningún lado. Lejos de ser lo que para unos sería una imagen algo machista, aquí, según nos dijo el propio director en el preestreno, es más bien todo lo contrario. Su principal fin es centrarse en las frustraciones emocionales de los hombres. No se busca en ningún momento mostrar a las mujeres de los protagonistas por el hecho de que su papel sería el de una mera víctima.

Además, bajo nuestro criterio, consideramos que el que no aparezcan hace que el espectador empatice con las mujeres de los protagonistas. Es decir, mientras ellos se divierten y buscan relaciones con otras, el espectador puede llegar a pensar en éstas y en que lo que les están haciendo no es correcto, que pese a que su causa es justa para ellos, no es la mejor solución que se puede aportar al problema. En cierto modo pueden llegar a tener cierto “cargo de conciencia”. Es cierto también que en el film los protagonistas ponen sobre la mesa todos los planteamientos que aportan los psicólogos para “reavivar la llama”, pero los desechan immediatamente dando a entender que las consideran pseudosoluciones que no llevan a nada más que al estancamiento emocional.

Juanma Cifuentes y Fele Martinez en una de las escenas en que sus personajes fracasan estrepitósamente en su intento de ligar.

Juanma Cifuentes y Fele Martinez en una de las escenas en que sus personajes fracasan estrepitosamente en su intento de ligar.

‘El Club de los Buenos Infieles’ es una película que ante todo busca que el espectador pase un buen rato, que se ria y que empatice con los personajes que aparecen en pantalla, objetivo que cumple con creces pese a su corto presupuesto. Lluís Segura se ha empeñado en que la veamos mayormente como eso, como una tragicomedia más dentro de la comedia que de la tragedia. Aún así no se puede evitar reflexionar en torno a ella. Plantea temas relacionados con el amor que se encuentran en total actualidad. Nuevos tipos de relaciones de pareja, como el poliamor, ganan fuerza en una sociedad con una mentalidad de pareja mucho más abierta de lo que era a penas 50 años atrás.

Hay personas que se niegan a verlo, y la película también muestra a personas con este pensamiento que se ven afrontados por una realidad muy distinta a la que viven o se fuerzan a vivir. Se trata de una película que muestra cómo muchos de nosotros nos negamos a ver la crisis de este sistema y el cambio de mentalidad de las nuevas generaciones. Y mientras siga así, seguirán habiendo clubs de buenos infieles.

Fele Martínez, Juanma Cifuentes, Raúl Fernández de Pablo, Albert Ribalta y Hovik Keuchkerian en una de las salidas que sus personajes realizan.

Fele Martínez, Juanma Cifuentes, Raúl Fernández de Pablo, Albert Ribalta y Hovik Keuchkerian en una de las salidas que sus personajes realizan en el «Club».

Baltasar Camps Estellés