Hablar de Lee Krasner sin mencionar a Mrs. Pollock

‘Lee Krasner. Color vivo’
Exposición organizada por Barbican Centre (Londres), en colaboración con el Museo Guggenheim Bilbao, con el apoyo de la Terra Foundation for American Art
Comisarias: Eleanor Nairne y Lucía Agirre
Museo Guggenheim Bilbao
Abandoibarra Etorbidea 2, Bilbao
Hasta el 10 de enero de 2021

Nos hallamos en el Londres de 1965. En plena efervescencia cultural, la pintora expresionista americana Lee Krasner expone, a sus 37 años, en la prestigiosa galería Whitechapel. Acaba de superar una etapa sombría que la ha mantenido alejada de la primera línea.

Los visitantes de la exposición leen en el folleto introductorio las rotundas palabras del crítico de arte B.H Friedman, que la presenta: “Hay que señalar que Krasner es una mujer en un campo que apenas tolera su género, que utiliza calificativos como ‘mujeres pintoras’ de forma peyorativa y condescendiente. Lee Krasner quiere ser juzgada –o, mejor dicho, experimentada– como pintora. Incluso puede ser, consciente o inconscientemente, que por este motivo haya tomado el nombre ambiguo de Lee».

En los sesenta, el Olimpo de los dioses del arte abstracto solo incluía a una mujer: ella, Lee Krasner. Si no fuera por su tozudez y por una mirada incuestionable que la empujó hasta abrirse paso entre los juiciosos parisinos de la avant garde, probablemente ninguna más habría sido aceptada. Incluso a día de hoy, el prestigioso MoMA neoyorkino solo ha albergado cuatro muestras conmemorativas protagonizadas por pintoras. Fue Krasner la primera en abrir la veda. Su ‘A retrospective’ se inauguró en 1984, el mismo año de su muerte.

‘Combate’ (‘Combat’) (1965), de Lee Krasner. Imagen cortesía del Museo Guggenheim Bilbao.

Desde entonces, los intentos por recuperar su nombre con mayúsculas han sabido a poco. Ella lo reivindicó con fuerza, especialmente durante esas etapas de la vida en las que somos más valientes, o bien en las que queremos tachar de nuestra lista todo lo que no hemos hecho. Con menor intensidad, sin embargo, en las fases de la vida en las que, en aquellos años treinta, se suponía que una mujer debía asentarse y relegar sus inquietudes y pasiones, al menos las profesionales.

Aunque nunca se despojó artísticamente de su apellido de soltera, llegó a olvidarse de la predilección que sentía por su expresionismo de vanguardia la American Abstract Artist Association o la Federal Art Project, que ella misma llegó a liderar. Su absorbente matrimonio le borró toda certeza de que nadie mezclaba los colores como ella.

Hija de inmigrantes ruso-judíos, fue la primera de su familia que nace en América, concretamente en el ecléctico barrio de Brooklyn. Sus padres, devotos ortodoxos y sin ningún interés en el arte, decidieron llamarla Lena (vigor, en hebreo) y quizás fuera, precisamente, ese ímpetu el que la llevó a cambiar su nombre por otro más inusual, más andrógino: Lee.En la adolescencia estaba firmemente decidida a ingresar en el instituto Washington Irving High, pues era la única escuela pública que ofrecía un curso de arte para chicas. Lee lo consiguió.

A pesar de que las academias de dibujo solo enfocaban a sus alumnas hacia la ilustración de moda para catálogos y revistas como Vogue o Harper’s Bazaar, esa imposición limitante no era a lo que ella aspiraba. Su propósito era ser pintora; más concretamente, quería ser una pintora moderna. Alguien cuyo estilo pudiera convivir en el territorio abierto por Paul Cézanne, Henri Matisse y otros vanguardistas cuyas obras se exhibían en las galerías y museos de Manhattan. Algo que en la América de Hoover no daba de comer, por lo que malvivió en un pequeño apartamento en Greenwich, mientras hacía malabarismos para compaginar trabajos de camarera con sus clases como profesora de arte, algo que detestaba.

Lee Krasner
‘Autorretrato’ (‘Self-Portrait’) (circa 1928), de Lee Krasner. Imagen cortesía del Museo Guggenheim Bilbao.

Krasner era un torrente y creía en el arte como una expresión del yo interior. Es por esa evolución constante por la que la artista pintaba en ciclos y le costaba encasillarse en estilos artísticos concretos. Su objetivo era que el arte fluyera como una expresión más de sí misma y de su momento vital, algo que no jugó a su favor en una época donde los manifiestos y las exposiciones grupales estaban a la orden del día.

Le gustaba pintar con falda corta, zapatillas de ballet o tacones Ferragamo. Tenía una seguridad volcánica como pintora, se veía a sí misma como una igual a los hombres, y aunque era consciente de que tenía que vivir bajo sus normas, haría de ellas su aliada. Si su trabajo no despertaba la misma atención que el de sus compañeros, no importaba, ella seguiría pintando y buscando el hueco por el que poder filtrarse.

Bebió de los colores de Piet Mondrian: rojos, amarillos y azules brillantes, con influencias de Miró y Monet, y las puso en marcha en espacios más amplios que cualquiera de ellos con creaciones de sensación panorámica. Sus secuencias de pinturas legibles como flores y jarrones, tazas y botellas, caracterizaron su faceta más cubista.

Su fascinación por el modernismo la condujo a Hans Hofmann, el artista y profesor alemán que se codeaba con Picasso y Matisse en París, y que había establecido en Nueva York la escuela de vanguardia Art Student League. De él recibió el alago que nunca olvidaría:“¡Esto es tan bueno que no sabrías que fue pintado por una mujer!”.

Mientras ganaba reconocimiento y respeto en la escena artística de Nueva York, seguía denunciando la discriminación que reinaba en un sistema que favorecía a los hombres. Por ello, frecuentemente, fue eclipsada por artistas masculinos, a pesar de que ahora existen expertos que afirman que iba por delante de muchos de ellos. Sí, también por delante de Jackson Pollock, el aclamado pintor y marido de Lee.

Jackson Pollock y Lee Kranser en el estudio de Pollock (1950). Fotografía de Lawrence Larkin cortesía de la American Contemporary Art Gallery de Munich.

Tras conocerse en ‘French and American Paintings’, la exposición en la que ambos participaban, comenzaron una relación a la que la artista se dedicó al completo desde que se dieron el sí quiero en 1945. Actuaba como su brazo derecho, y Pollock dependía de ella para mantenerse alejado de su primer amor: el alcohol. La admiración y el impacto que sentía por él fue tal, que por primera vez se permitió verse en segundo plano.

Sus pinturas se redujeron en dimensiones y color –de esta época datan sus ‘Little Paintings’– y se entregó a ser la inyección de cordura para Pollock, hasta el accidente de tráfico que causó la muerte de este. Inmediatamente después del funeral, ocupó el cuarto más grande de la casa que compartían y que él había utilizado como estudio, y comenzó a trabajar en una serie de paisajes violentamente eróticos, en tonos de gris, negro y rosa. No hubo duelo, ni viudez. Lee tenía la conciencia tranquila, había dedicado los años de matrimonio a ser el suelo sobre el que su marido cimentaba sus inseguros pasos.

La tenacidad de Lee Krasner ayudó a abrir oportunidades para futuras pintoras abstractas como Grace Hartigan, Joan Mitchell y Helen Frankenthaler. Alerta ante la necesidad de una mayor visibilidad, su obra y biografía siguen inspirando a generaciones. A lo largo de su carrera se enfrentó directamente al estereotipo dominante y luchó dentro del Movimiento Expresionista Abstracto, que tanto valoraba la masculinidad. Influyó en otros artistas –incluidos los de las generaciones futuras– por sus innovaciones estilísticas y artísticas, su ejemplo de persistencia y su triunfo final.

Antes de morir en 1984, se describió a sí misma: “Yo era mujer, judía, viuda, una pintora terriblemente buena, y un poco demasiado independiente”.

Esta muestra del Gugghenheim contiene obras excepcionales, desde sus primeros autorretratos y dibujos hasta sus collages para el War Services Project, las vibrantes ‘Little paintings’ de finales de los años cuarenta, o sus desgarradores ‘Viajes nocturnos’, piezas que la artista realizó en absoluta soledad, bajo los efectos del insomnio y tras su viudez, cuando las ventanas de su estudio volvieron a abrirse y limpió a conciencia sus brochas para pintar canvas de inmensas dimensiones. Cuando tuvo que subir el volumen y gritar, a quien quisiera escucharla, que Lee Krasner nunca se había marchado del todo, tan solo estaba dedicando su tiempo a otras cosas.

Lee Krasner
La artista Lee Krasner en su casa de East Hampton (Nueva York) en 1953. Foto: Tony Vaccaro (Hulton Archive).

Raquel Bada

La felicidad está en los bares

‘Happy Hour’, de Jürgen Schadeberg
Galería Railowky
Grabador Esteve 34, Valéncia
Hasta el 30 de septiembre
Domingo 30 de agosto de 2020*

* Con motivo del fallecimiento del fotógrafo alemán Jürgen Schadeberg a los 89 años, MAKMA recupera el artículo de Bel Carrasco, publicado originalmente el pasado 22 de julio de 2020.

Ir de bares ha sido uno de los placeres prohibidos durante las semanas de confinamiento que más ha echado en falta el personal. Llámense bares, pubs, cafés, tascas o tabernas, esos espacios comunes donde la gente comparte soledades y compañías, algarabías y raros silencios desempeñan una función clave. Desde tiempos remotos han sido centros de encuentros e intercambios: intrigas y conspiraciones políticas, tertulias literarias, citas románticas, entrevistas clandestinas y hasta peleas multitudinarias.

La Galería Railowsky les brinda homenaje con ‘Happy Hour’, un viaje por medio mundo a través de las rotundas imágenes del fotografo alemán, afincado en València, Jürgen Schadeberg.

La ‘Hora Feliz’ es una estrategia comercial de los bares para enganchar a los clientes en horas de poco público, pero nosotros queremos darle un valor distinto, el de intentar volver a las horas felices en las que podemos socializar –aunque sea poco a poco–, recuperar la alegría de vivir y reencontrarnos con los amigos», dice Juan Pedro Font de Mora, de la Fundación Railowsky.

«Esta esposición es un canto a la vida y al deseo de compartir con los amigos una copa en un bar, una metáfora visual de lo que todos y todas deseamos hacer, volver a vivir como antes de la COVID-19 , sin miedos, sin mascarillas, pudiéndonos besar y abrazar».

Jürgen Schadeberg
Foto de Jürgen Schadeberg. Imagen cortesía de Railowsky.

A lo largo de varias décadas, Schadeberg ha plasmado el ambiente relajado y bullicioso de todo tipo de bares, desde el típico pub de aire irlandés a la tasca española con zócalo de azulejos y viejecitas vestidas totalmente de negro. Desde obreros reposando ante su jarra a grupos de la jet en Cannes celebrando un festín.

Son 33 imágenes que plasman estos enclaves de ocio a lo largo de medio siglo y medio mundo –de 1961 al 2006–, en sitios tan dispares como Nueva York, Torremolinos, Málaga, Mijas, Cannes, París y ciudades de Sudáfrica, donde el autor vivió la lucha contra el apartheid y se convirtió en el fotógafo preferido, además de amigo, de Nelson Mandela.

Una galería de retratos de personas de distintas edades y condición social captadas en soledad ante una jarra de cerveza, con su pipa y su perro, o en grupo bullicioso, en estado reflexivo o en plena diversión.

Nacido en 1931, Schadeberg bien podría definirse como ‘Hijo del siglo XX’, testigo de excepción de acontecimientos históricos decisivos, desde la Segunda Guerra Mundial al nombramiento de Mandela como primer presidente negro de Sudáfrica. Durante su infancia sufrió un bautismo de fuego en sentido literal, pues vivía en Berlín junto a su madre, actriz que interpretaba pequeños papeles en el teatro y en el cine.

Foto de Jürgen Schadeberg. Imagen cortesía de Railowsky.

La primera parte de sus memorias, ‘Tal como yo lo veo’, editadas por la Universitat Politécnica de València, describe ese periodo de su vida bajo el constante estallido de las bombas. Carreras a los refugios, incendios, cadáveres, sirenas de las ambulancias, muerte, destrucción y hambre.

Lo hace con una prosa sencilla y eficaz que delata su pasión por la lectura desde temprana edad –sin dramatismos ni cargar las tintas–, intercalando simpáticas anécdotas (como el atracón que se dio para simular su buena puntería en un campamento donde los nazis programaban a los niños, con hechos de gran crudeza). El terror de los supervivientes de Berlín, sobre todo de las mujere,s a las atrocidades que cometían los soldados rusos, el miedo, la locura… En esos años bélicos se inició ya en la fotografía con una pequeña Kodak, siendo una de sus modelo ‘Cosima’, una perra afgana a la que no le gustaba jugar a la pelota, a la que disfrazó con su pijama y un sombrero.

Al término de la guerra y tras una rápida recuperación de la ciudad vencida, Jürgen emprendió su carrera de fotógrafo y, con 19 años, viajó a Johannesburgo, donde se había instalado su madre después de casarse con un británico. Tras algunos trabajos precarios se sumó al equipo de la mítica revista Drum, dedicada a la comunidad de color centrada en música y espectáculos, y con la cámara colgada del cuello asistió en primera línea a la lucha contra el apartheid. En 1951, en una asamblea del CNA, retrató por primera vez a Nelson Mandela, «un tipo alto, carismático, que transmitía mucha confianza en sí mismo», describe en sus memorias.

Foto de Jürgen Schadeberg. Imagen cortesía de Railowsky.

Fue el primero de una serie en la que inmortalizó al lider africanista. En las huelgas contra el apartheid, en el juicio en el que fue condenado a cadena perpetua, en la cárcel, durante su liberación y, por fin, en su elección como presidente del país. En sus memorias relata con detalle y desde su óptica personal la evolución del proceso que vivió Sudáfica con títulos muy gráficos: ‘En Blanco y negro’, ‘En negro y blanco’ y ‘A todo color’.

En 2007, Schadeberg y su esposa Claudia abandonaron Sudáfrica y se instalaron primero en Normandía y luego en Berlín. En 2013 se afincaron en La Drova, un caserío cercano a Barx, pequeño pueblo de La Safor, donde una comunidad cosmopolita convive en armonía con los naturales de allí. Al año siguiente recibió un doble reconocimiento por su trayectoria: la Universitat Politécnica de València lo nombró doctor honoris causa y el prestigioso Institute of Contemporary Photography de Nueva York le otorgó un galardón por el conjunto de su obra.

Debido a las circunstancias, las visitas a la exposición se organizan con cita previa, en grupos reducidos de diez personas y con visitas guiadas en horario de 19:30 a 20:30. Se puede elegir día y solicitar visita a través del correo de La Librería Railowsky, sede de la exposición: libreria@railowsky.com. Quien no pueda asistir a las visitas guiadas podrá verla en el horario de verano de la librería: de lunes a viernes de 10:00 a 14:00 y de 17:30 a 21:30. Sábados de 10:00 a 14:00 (excepto agosto, cuyo cierre será del 8 al 23). Las visitas guiadas se realizarán los días 16, 17, 20, 21, 22, 23 y 24 de julio de 2020.

Foto de Jürgen Schadeberg. Imagen cortesía de Railowsky.

Bel Carrasco

Pioneras del Greenwich Village antes de Stonewall

#MAKMALGTBIQ | Orgullo LGTBIQ 2020
‘Damas de Manhattan: las mujeres que forjaron la historia de Nueva York’, de Pilar Tejera
Ediciones Casiopea, 2020
Miércoles 1 de julio de 2020

Aún con resaca por las noticias publicadas con motivo del día del orgullo LGTBIQ, nos detenemos unos instantes a repasar algunas historias que tuvieron lugar en el Village neoyorquino mucho antes de los disturbios de Stonewall, desatados en 1969 después de que la policía hiciera una redada en un bar de ambiente gay.

Desde hacía varias décadas, las mujeres ya acudían a garitos, clubs y bares de la zona donde daban rienda suelta a su homosexualidad sin tapujos. Desde finales de siglo XIX, Greenwich Village ya era pionero en muchos aspectos; uno de ellos, el de albergar esa corriente liberal que aún le caracteriza y que lo convierte en centro neurálgico del movimiento LGTBIQ. Los fairy resorts o clubs de homosexuales ya salpicaban Bowery Street.

En fecha tan temprana como 1912, la feminista Henrietta Rodman trasladó allí la sede del Club Liberal, estableciendo así un patrón de comportamiento en la zona. Rodman era miembro también del Heterodoxy Club, institución feminista radical fundada por otra liberal del momento, Marie Jenney Howe. Ambos locales compartían la misma manzana. Sus socias manifestaban allí su recíproca atracción física y también su bisexualidad. Las veladas se celebraban de forma abierta a los excéntricos y artísticos vecinos que a veces se sumaban a ellas. De esta forma, MacDougal Street fue conocida por sus clubs frecuentados por los amantes del “amor libre”. La manzana que ocupaba el Club Liberal y el Heterodoxy Club, acogió también la librería Square Bookshop y el teatro amateur Provincetown Playhouse. El público que recorría las calles vecinas era, como podemos imaginar, de lo más heterodoxo.

Henrietta Rodman.

«Los hombres son admitidos, pero no bienvenidos»

En 1925, Eve Kotchever, una inmigrante polaco-judía abría en MacDougal Street un club literario para lesbianas. Eve’s Hangout (el rincón de Eva) brilló como pocos garitos en las noches neoyorquinas pese a que solo estuvo abierto un año. En su puerta colgaba el elocuente letrero: “los hombres son admitidos, pero no bienvenidos”. Una periodista lo calificó como “uno de los locales más encantadores del Village”. Allí, cada noche, esta inmigrante organizaba lecturas de poesía, actuaciones musicales y tertulias donde los temas sexuales se debatían libremente. El local se convirtió en refugio de escritores e intelectuales que celebraban el placer erótico y homoerótico tanto en su trabajo como en sus vidas. La calle estaba en la lista negra de la policía que ocasionalmente se dejaba caer por allí con una buena provisión de porras y de esposas. El 11 de junio de 1926 el club sufrió una redada. Una de las detectives, infiltrada en el local, había descubierto el libro ‘Lesbian Love’, escrito por la mismísima Eve Kotchever. Eve fue arrestada y declarada culpable de «obscenidad» y de «conducta desordenada» y acabó siendo deportada. El bar no sobrevivió al arresto de su propietaria y tuvo que cerrar.

Un rastro que se reparte por todo Manhattan

Algunos de los edificios y apartamentos neoyorquinos que habitaron algunas parejas de mujeres siguen aún en pie. Ahí están las dos residencias que compartieron la agente y productora teatral Elisabeth Marbury y su compañera sentimental Elsie de Wolfe (la primera diseñadora de interiores profesional del país), en el 49 de Irving Place y, más tarde, en el número 13 de Sutton Place. También siguen resistiendo el paso del tiempo el piso donde Elsa Gidlow escribió uno de sus más conocidos libros de poemas mientras vivió en Manhattan en la década de 1920 (en el 447 West 22nd Street) o la preciosa casa donde vivió Alice Austen en Staten Island, que frecuentaba el Darned Club, donde las damas se reunían para fumar, montar en bicicleta, vestirse de hombres o amarse libremente. Allí conoció a la institutriz y bailarina Gertrude Tate, que sería su compañera sentimental de por vida.

La residencia donde compartieron su amor la sufragista Marion Dickerman y Nancy Cook se encuentra en el 171 West de la calle 12 (en uno de los primeros edificios de apartamentos, por cierto, en acoger parejas del mismo sexo). Las reformadoras sociales Anna Rochester y Grace Hutchins, que lucharon por mejorar las condiciones laborales, especialmente para las mujeres, vivieron en un apartamento del edificio situado en el 85 de Bedford Street desde 1924 hasta su muerte en 1966 y 1969, respectivamente. Y la casa y estudio de la fotógrafa Berenice Abbott, en el 50 de Commerce Street, también en el Village, es otro ejemplo de supervivencia. El rastro de las casas habitadas por estas mujeres en Nueva York puede seguirse a través del proyecto ‘NY LGBT, Historic Sites Project’.

La escritora y luchadora por la igualdad, Lorraine Hansberry, la pionera de la sanidad pública LiIlian Wald, la fotógrafa Berenice Abbot, que inmortalizó la vida de Manhattan en la década de 1930, o la primera dama Eleanor Roosevelt, que durante dos décadas mantuvo una relación sentimental con la periodista Lorena Hickok, son otros ejemplos.

La fotógrafa Alice Austen, por ejemplo, frecuentaba el Darned Club de Staten Island, donde las damas se reunían para fumar, montar en bicicleta, vestirse de hombres o amarse libremente. Allí conoció a la institutriz y bailarina Gertrude Tate, que sería su compañera sentimental de por vida. También se conserva la preciosa casita donde la fotógrafa vivió la mayor parte de su vida en Staten Island.

Era una época en que la mujer ya reivindicaba su derecho a reunirse en clubs que no admitían el acceso a los hombres. El Colony Club de Nueva York, abierto en 1903 por la sufragista y reformadora social Daisy Harriman, el Woman’s Press Club y el Sorosis Club, ambos impulsados por Jane Cunningham Croly y abiertos también en Nueva York, son buena prueba de ello.

Una republicana española y una dama de la alta sociedad estadounidense

También la inmigrante republicana Victoria Kent, nacida en Málaga en 1891, y Lousie Crane, quince años más joven que ella, de familia millonaria y oriunda de Massachusetts, mantuvieron una estable historia de amor. Procedían de mundos distintos, eran como agua y aceite, pero desde que se conocieron nunca más se separaron. Ocurrió cuando Louise ya había roto con la poeta Elizabeth Bishop, su compañera sentimental de dos décadas. Al parecer, el motivo de la separación no fue otro que Elisabeht halló a su compañera y a Billie Holiday en la cama. Louise Crane y Victoria Kent marcaron tendencia cultural y política en el Nueva York de principios de siglo.

Pilar Tejera

* Estas y otras historias están recogidas en el libro de reciente aparición ‘Damas de Manhattan:las mujeres que forjaron la historia de Nueva York‘, de la escritora Pilar Tejera, que reúne la vida de más de 30 mujeres sorprendentes.

Segrelles y su influencia en la ilustración americana

MAKMAArtistas | José Segrelles Albert
Jueves 21 de mayo de 2020

De su habilidad con el lápiz y una fascinante imaginación dio muestras desde muy pequeño, consiguiendo con estas dotes y facilidad natural numerosos reconocimientos y premios que lo llevaron a instalarse en Nueva York (1929 a 1932), donde alcanzó el reconocimiento internacional y donde su obra gozó del respeto y admiración de público, crítica o editoriales, dejando una visible influencia en artistas posteriores.

Encontramos las primeras influencias una década después, en los autores de las míticas portadas de las revistas pulp de ciencia ficción de los años 40. De esta primera generación de artistas influenciados por Segrelles destacamos a:

A. R. Tilburne (1887-1965), autor de la portada de la famosa revista pulp americana de terror y ciencia ficción Weird Tales en septiembre de 1944. En dicha portada podemos observar las similitudes con la obra ‘La Heroica de Beethoven’, que publicó Segrelles en 1927 en The Illustrated London News.

Pete Kuhlhoff (1903-1972), quien ilustra la portada de la misma revista pulp Weird Tales en mayo de 1945. Kuhlhoff se inspira en la obra de Segrelles titulada ‘Infierno de Dante’, que fue publicada en la revista The Illustrated London News en 1928.

Norman Saunders (1907-1989), quien ilustró en mayo de 1950 la portada de la legendaria revista pulp americana de ciencia ficción Fantastic Novels. Esa portada está inspirada claramente en la obra de Segrelles ‘Quinta Sinfonía de Beethoven’, publicada en 1927 en The Illustrated London News.

Tras esta primera generación de ilustradores influenciados por el arte de Segrelles, llegó una nueva saga de artistas norteamericanos con enorme calidad, como Roy Krenkel, Frank Frazetta, Al Williamson y Angelo Torres (quienes formaron el colectivo The Fleagles en los años 50), y también Wally Wood.

Roy G. Krenkel (1918-1983), ilustrador americano especializado en el género fantástico, que adoraba a Segrelles, como bien acreditan sus propias palabras:

«Jugaba a juegos enrevesados, jugaba con las perspectivas, la proporción, la línea y el color. Los parámetros del dibujo tomaron nuevas definiciones. Segrelles sabía cuándo, sabía dónde y sabía cómo. Tenía más que conceptos –él podía orquestar sus pesadillas!–» (‘José Segrelles–An Appreciation’ | Epic Ilustrated Marvel, Abril de 1985).

Roy Krenkel se basa en The Hanging Gardens of Babylon de 1975 en una de las obras creadas por Segrelles para el cuento ‘Historia prodigiosa de la Ciudad de Bronce’, publicada en la edición de 1956 de ‘Las Mil y Una Noches’.

Wally Wood (1927-1981), ilustrador que en los años 50 realiza la portada para el cómic ‘Strange Worlds’, basándose en la obra ‘La Guerra de los Mundos’, creada por Segrelles en la década de los 30.

Frank Frazetta (1929-2010), pintor, historietista e ilustrador estadounidense especializado en ciencia ficción y fantasía, marcando una época en trabajos como ‘El Señor de los Anillos’, ‘Conan el Bárbaro’ y ‘Mad Max’. La conocida imagen del ‘Gollum’ creada por Frazetta en 1980, nos traslada inmediatamente a los inquietantes personajes del cuadro ‘La Pesadilla’, de Segrelles.

Al Williamson (1931-2010), gran ilustrador americano de ciencia ficción, reconocido por sus ilustraciones de Flash Gordon y el cómic de ‘La Guerra de las Galaxias’. Williamson se inspira en la obra de Segrelles que fue publicada en ‘Las Mil y Una Noches’, de 1932, interpretando un pasaje del cuento ‘Alí Babá y los cuarenta ladrones’.

Finalmente apareció una tercera hornada de creadores talentosos entre los que destacan Mike Kaluta, Berni Wrightson, Barry Windsor-Smith y Jeff Jones (quienes fundaron el colectivo The Studio en los años 70), Richard Hescox y William Stout.

Cuentan como uno enseñaba al otro la obra de Segrelles, éste quedaba maravillado, la compartía con el siguiente y así sucesivamente, heredándose de esta forma la admiración por las pinturas de aquel genio valenciano adelantado a su época, cuyo mundo onírico, delirante, sobrenatural, unido a su prodigiosa técnica, hace que podamos considerarlo como el mejor ilustrador universal de todos los tiempos.

Jeff Jones (1944-2011), pintor e ilustrador muy creativo y respetado por sus compañeros americanos. En la imagen que comparamos percibimos cómo se inspira en la obra creada por Segrelles para el cuento ‘Simbad el Marino’, incluido en la edición de 1932 de ‘Las Mil y Una Noches’.

Mike Kaluta (1947), famoso pintor, ilustrador y dibujante de cómics estadounidense, nacido en Guatemala. La obra de Kaluta titulada ‘Fate of dollies lost in dreams’, pintada en 1977, claramente está basada en el cuadro ‘El muchacho que nunca tembló’, del cuento de los Hermanos Grimm ‘Juan sin miedo’, que había creado Segrelles en 1934.

Berni Wrightson (1948-2017), historietista creador del personaje de ‘La Cosa del Pantano’ y quien adaptó al cómic la película de terror ‘Creepshow’. Una de las ilustraciones de B. Wrightson para ‘Batman: The Cult’ está basada en la obra con la que Segrelles interpretó la sonata ‘La Patética de Beethoven’ y que apareció en The Illustrated London News en 1927.

Richard Hescox (1949), pintor e ilustrador estadounidense que intervino en las películas ‘E.T.’, ‘La historia interminable’ y en la serie ‘Juego de Tronos’. Su siguiente obra está inspirada en la visión de Beethoven que Segrelles publicó en The Illustrated London News en el año 1927.

William Stout (1949), autor, entre otros trabajos, del storyboard de ‘El Laberinto del Fauno’, dibujante de ‘Jurassic Park’ y el mejor embajador actual de Segrelles en EEUU. W. Stout escribió:

«Segrelles se encuentra entre los mejores artistas españoles y sin igual en su profunda imaginación. Puede ser considerado uno de los más grandes artistas místicos, de fantasía y de ciencia ficción que han existido» (‘José Segrelles–Painted Wonders of Space an Time’ | California Art Club Newsletter, verano-otoño de 2015).

El fauno creado por Stout para la película ‘El Laberinto del Fauno’, del cineasta Guillermo del Toro, también está inspirado en la obra de Beethoven que Segrelles publicó en The Illustrated London News.

Fauno de William Stout para ‘El laberinto del Fauno’.

Visto lo visto, analizada la trascendencia internacional y cómo su legado artístico es valorado fuera de nuestro país, José Segrelles representa un activo por el que reivindicar un espacio permanente más que merecido, un escaparate al que podrían acudir visitantes, amantes o investigadores e historiadores del arte del siglo XX con el fin de profundizar, estudiar y admirar su legado artístico.

José Enrique Segrelles Cortina.

José Segrelles: de València a Nueva York

MAKMAArtistas | José Segrelles Albert
Miércoles 20 de mayo de 2020

José Segrelles Albert (1885-1969) pintor, ilustrador y cartelista valenciano, nacido en Albaida, alcanzó mayor reconocimiento internacional del que se le ha atribuido en algunas décadas tras su muerte, siendo entre otras muchas cuestiones, un referente para los mejores ilustradores contemporáneos norteamericanos.

Tras triunfar en España, en 1927 aparecen sus primeras ilustraciones en la revista británica The Sketch y, posteriormente, en el número especial de navidad de la prestigiosa The Illustrated London News se publican nuevas ilustraciones con las que interpreta las sinfonías de Beethoven (1927), el ‘Infierno’ de ‘La Divina Comedia’, de Dante (1928), sus visiones de ‘Don Quijote’ (1929), ‘Las Mil y Una Noches’ (1930), ‘Sueños famosos’ (1932), la ‘Tetralogía’, de Wagner (1933), los ‘Cuentos de Perrault’ (1934) y los ‘Cuentos’, de Edgar Allan Poe (1935).

‘Don Quijote’, de José Segrelles, 1929.

En 1929 fue laureado con la Medalla de Oro en la Exposición Internacional de Barcelona por su acuarela ‘Los hipócritas’, de ‘La Divina Comedia’, y, ese mismo año, realiza su primer viaje a Nueva York, donde instala su estudio hasta 1932. Al otro lado del Atlántico aparecen sus obras en las mejores revistas neoyorquinas: Cosmopolitan, Good Housekeeping, Redbook, The American Magazine, Art Digest, Fortune, Pictorial Review, The American Weekly, Liberty, La Opinión, American Business World, La Prensa y Park Avenue Social Review.

José Segrelles en Nueva York. Imagen cortesía de Casa Museo José Segrelles.

La metrópolis de Nueva York se había convertido prácticamente en la capital del mundo. Su llegada a la ciudad le supuso un fuerte shock cultural difícil de enfrentar. Este desapego e incomodidad se refleja perfectamente en sus obras. Tan convulsa e inmensa ciudad imprimió las mismas sensaciones en otros artistas. Durante los mismos años, Lorca escribía ‘Poeta en Nueva York’.

El 15 de abril de 1931 inaugura una exposición en el Nicholas Roerich Museum de Nueva York, con excelente crítica en los medios de comunicación más relevantes, como New York Times o New York Herald Tribune.

‘Metrópolis’, de José Segrelles, para la revista Redbook (1930).

En aquellos años 30 el color azul que conseguía Segrelles se hizo famoso en Nueva York, comentándose que las mujeres encargaban trajes a las modistas y los hombres corbatas a los sastres con el inimitable “Segrelles’ blue”.

A pesar de que su producción artística supo amoldarse perfectamente a la metrópolis y su mercado, Segrelles no terminaba de acomodarse. Los compromisos en el Viejo Continente, y algunas discusiones legales con su representante neoyorquino, le hicieron volver a España. Así, en 1932 se retiró a su pueblo natal Albaida donde siguió pintando el resto de sus días.

José Segrelles dibujando en su casa. Imagen cortesía de Casa Museo José Segrelles.

La obra de Segrelles supuso una inspiración para diversas generaciones de artistas neoyorquinos, sobretodo de ilustradores de revistas. Sus influencias siguen siendo notables hoy en día, llegando a cineastas como Guillermo del Toro.

Para más información sobre este tema, cosultar: «José Segrelles y su influencia en la ilustrtación americana contemporánea» .

José Enrique Segrelles Cortina.

El grafismo de Yinsen para el IVC oro en los Graphis de NY

Estudio Yinsen | Premios Graphis de Nueva York
22 de abril de 2020

El estudio Yinsen, formado por Maria Pradera y Lorena Sayavera, ha sido galardonado con dos premios en los prestigiosos Premios Graphis de Nueva York, uno de estos por la campaña gráfica de la temporada 2019-2020 del Teatre Rialto de València.

Yinsen ha recibido el premio de oro por la campaña gráfica elaborada para ilustrar las producciones propias del IVC en el Teatre Rialto como ‘Dinamarca’, ‘Godot’ y ‘Tórtola’, entre otras.

Campaña gráfica de ‘Godot’, elaborada por Yinsen. Fotografía cortesía del IVC.

El trabajo de Yinsen es una apuesta clara por el talento local por parte de Roberto García, director adjunto de artes escénicas del Institut Valencià de Cultura. Las diseñadoras han señalado que “Roberto nos pidió una serie de carteles con un mismo lenguaje gráfico para dotar de una identidad propia todas las obras de la temporada del Rialto. Cada uno de los carteles representa de manera simbólica los mensajes principales de cada obra utilizando la metáfora y la fotografía”.

Además del oro por la campaña gráfica del Rialto, el estudio también ha recibido un premio de plata en los Graphis por la colección de carteles que ha confeccionado para los European Design Awards, unos premios que estaba previsto entregar en València en el mes de junio y que, finalmente, se materializarán en la edición de 2021.

No es la primera vez que estas diseñadoras valencianas reciben un premio internacional, ya que algunos de sus trabajos más reconocidos son las campañas gráficas para las Fallas de València en 2018 o para la conmemoración del 8 de Marzo en Madrid el año 2019.

Campaña gráfica de ‘Dinamarca’, elaborada por Yinsen. Fotografía cortesía del IVC.

MAKMA

Grandes ciudades a simple vista

Travel Art, de José Juan Gimeno
Galería Alba Cabrera
C / Joaquín Costa, 4. Valencia
Hasta el 13 de enero de 2019

Dice Italo Calvino en ‘Las ciudades invisibles’ que todas las bellezas que el viajero ya conoce, por haberlas visto también en otras ciudades, pueden adquirir, bajo una atenta mirada, el esplendor de lo visto por primera vez. Y cuando eso sucede, uno “se pone a envidiar a los que ahora creen haber vivido ya” un día igual a éste “y haber sido aquella vez felices”. Las ciudades que José Juan Gimeno muestra en la Galería Alba Cabrera poseen ese mismo misterio que salta a simple vista, a condición de detenerse ante ellas más allá de la urgencia del turista.

Obra de José Juan Gimeno en la exposición 'Travel Art'. Imagen cortesía de Alba Cabrera.

Obra de José Juan Gimeno en la exposición ‘Travel Art’. Imagen cortesía de Alba Cabrera.

Por eso resulta apropiado el título de la exposición: Travel Art. Es decir, viaje y arte en franca comunión reveladora de lo que ocultan las grandes ciudades. En este caso, Nueva York y Maryland. Porque lo que diferencia al turista del viajero es precisamente la mirada atenta de éste, frente a la monótona de aquel, más preocupado por captar la imagen que atestigüe su paso por esa ciudad de postal, que de imbuirse de su misterio. Un misterio que Gimeno atrapa en sus cuadros leyendo, como se leen las líneas de una mano, las huellas de las casas de Maryland y las fachadas de Nueva York.

Obra de José Juan Gimeno en la exposición 'Travel Art'. Imagen cortesía de Alba Cabrera.

Obra de José Juan Gimeno en la exposición ‘Travel Art’. Imagen cortesía de Alba Cabrera.

Como señala el propio artista, él parte de fotografías tomadas en esas ciudades para después irse olvidando de ellas. Hasta el punto que el referente, sin duda obvio para la mirada del turista, alcanza de pronto la singularidad de lo visto por primera vez, a la que alude Calvino. De la fotografía, pues, a la pintura. De la más estricta figuración, a la más inquietante percepción de un paisaje urbano deshabitado y en el que parecen aflorar ciertos fantasmas.

Obra de José Juan Gimeno en la exposición 'Travel Art'. Imagen cortesía de Alba Cabrera.

Obra de José Juan Gimeno en la exposición ‘Travel Art’. Imagen cortesía de Alba Cabrera.

Resulta a este respecto igualmente apropiado el diálogo entre las obras en color, referidas a Nueva York y Maryland, y las difuminadas en blanco y negro, que aluden al encuentro con personas y detalles del viaje. Los fantasmas de las casas y fachadas estrechamente vinculados a esos otros diríase más explícitos, por la evocación sugerida en la tonalidad de grises. Fantasmas inscritos en las sombras de los bajos edificios de Maryland y en las fachadas de la gran metrópoli neoyorquina.

Obra de José Juan Gimeno en la exposición 'Travel Art'. Imagen cortesía de Alba Cabrera.

Obra de José Juan Gimeno en la exposición ‘Travel Art’. Imagen cortesía de Alba Cabrera.

Ximo Rochera, escritor y fundador de ediciones Canibaal, apunta en el texto que acompaña a la exposición otro detalle: “En la actualidad dejamos constancia de nuestros viajes en las redes sociales. Para José Juan Gimeno esto no es así”, ya que la muestra es “un cuaderno de viaje”, que “nos transporta junto a él en un recorrido apasionante”. Por eso incluye ciertos iconos en sus obras, a modo de guiño irónico que alude a la forma en que nos recomiendan ciertos alojamientos en las páginas de viajes. Las redes sociales interfiriendo la belleza plástica de los lugares sin duda contaminados por esa mirada turística.

Los cielos más bien apagados, de un azul y un gris mortecino, contrastan con las fachadas coloridas. Aún así, hay algo inquietante en todas esas casas y edificios. Como si el color no pudiera suplir la nostalgia que supuran esos paisajes deshabitados. Como si el exterior evocara los fantasmas interiores que nos asolan a quienes habitamos un mundo agitado al tiempo que vacío. A ese vacío se asoma José Juan Gimeno, tratando de llenarlo con la poesía que destila su pintura.

Obra de José Juan Gimeno en la exposición 'Travel Art'. Imagen cortesía de Alba Cabrera.

Obra de José Juan Gimeno en la exposición ‘Travel Art’. Imagen cortesía de Alba Cabrera.

Salva Torres

Emma Frank abre el ciclo de invierno del Jimmy Glass

III Ciclo de Invierno del Jimmy Glass
C / Baja, 28. Valencia
Del 8 de enero al 5 de marzo de 2019

La cantante y compositora canadiense Emma Frank, una de las artistas de mayor impacto en la realidad actual del jazz vocal de Nueva York, abre el 8 de enero el III Ciclo de Invierno del Jimmy Glass, que incluye siete conciertos internacionales de diversas tendencias y protagonizados por músicos de distintas generaciones.

De original fraseo, la música de Emma Frank se caracteriza por una líneas melódicas firmes y limpias, con influencias folk adaptadas a un lenguaje jazzístico contemporáneo, de arriesgadas y sofisticadas armonías.

Dayna Stephens. Imagen cortesía de Jimmy Glass.

Dayna Stephens. Imagen cortesía de Jimmy Glass.

Frank presenta ‘Ocean Av’, su último disco como líder, en una gira europea en la que, después de clubes tan emblemáticos como Porgy & Bess o Duc Des Lombards, llega al Jimmy Glass como único concierto en España. Viene acompañada por algunos de los músicos más personales de la escena neoyorquina: el pianista Elias Stemeseder, el contrabajista Desmond White y el carismático baterista Jim Black.

‘Ocean Av’ reúne personalísimas composiciones de Frank, con arreglos muy trabajados en coordinación con el pianista de jazz Aaron Parks -presente en la grabación del álbum- y la percusión de Jim Black, en una música sorprendente, llena de tempos cambiantes y melodías sinuosas.

Vincent Herring. Imagen cortesía de Jimmy Glass.

Vincent Herring. Imagen cortesía de Jimmy Glass.

Programación completa del III Ciclo de Invierno del Jimmy Glass

08/01 Emma Frank Quartet, con Jim Black
23/01 Víctor Prieto Quartet, con Javier Vercher
30/01 Scott Hamilton Quartet
05/02 Vincent Herring Quartet
19/02 Kirk McDonald Quartet
27/02 Dayna Stephens Quartet, con Aaron Parks, Ben Street & Jeff Ballard
05/03 Marko Churnchetz Quartet, con Jonathan Hoard, Joe Sanders y Justin Brown

Emma Frank. Foto Wall Evan Shay por cortesía de Jimmy Glass.

Emma Frank. Foto Wall Evan Shay por cortesía de Jimmy Glass.

Mazower o los grilletes del poder, en Barlin Libros

‘Gobernar el mundo’, de Mark Mazower
Editorial Barlin Libros
Desde el 8 de mayo de 2018

La editorial valenciana Barlin Libros publica ‘Gobernar el mundo’, libro inédito en castellano del historiador británico Mark Mazower, profesor y catedrático por la Universidad de Columbia (NY).

Justo un año después de su lanzamiento a la aventura editorial con la recuperación del clásico ‘La Europa negra’ —también de Mazower—, sobre la historia europea del siglo XX, los valencianos, especializados en traducción de ensayos de autores internacionales, parecen decididos a seguir la senda de acercarnos la obra de uno de los pensadores más importantes del mundo en la actualidad, al publicar otro de sus libros totémicos.

‘Gobernar el mundo’ es una obra de culto, ampliamente valorada en el ámbito anglosajón, que hasta ahora no estaba disponible para el público lector en castellano. Una obra que navega las aguas de diversas disciplinas —como la historia, la ciencia política o las relaciones internacionales—, que nos presenta una visión realista y certera de todos los procesos históricos que han contribuido a dar forma a las instituciones internacionales que nos gobiernan.

Barlin Libros. Makma

Sus páginas dan cuenta del eterno enfrentamiento entre idealismo y realismo, explicando cómo de esta inestable alquimia entre ideas y poder han surgido algunos de los organismos más influyentes e importantes del mundo, tales como la ONU, el Fondo Monetario Internacional o la Organización Mundial del Comercio.

“¿Qué llevó en su momento —se pregunta Mazower—, a las grandes potencias a querer someterse a poderes por encima de sí mismas, que a priori no hacían más que limitar el suyo propio?”. La clave de esta importante obra está en cómo el británico va desgajando el modo en que, de manera nada aparente, las grandes potencias han sabido hacer uso de las instituciones internacionales y su prestigio para imponer condiciones y realidades que de otra manera les habría sido imposible.

El volumen, que aterriza en librerías el 8 de mayo, lo publican los valencianos Barlin Libros: un sello que en apenas un año y con tan solo siete libros en el mercado, ya ha sabido hacerse un hueco en el convulso panorama editorial patrio.

Barlin Libros. Makma

 

El hipogeo de la memoria de Howard Brookner

‘Uncle Howard’, de Aaron Brookner
Turner Classic Movies (TCM)
‘Un pulso a Nueva York’
Sábado 24 de junio, 2017, a las 20.20

Con motivo del ciclo de sesión continua ‘Un pulso a Nueva York’, programado por el canal para plataformas de pago Turner Classic Movies (TCM), cuya pretensión es la de componer un florilegio audiovisual de la escena underground neoyorkina de los años ochenta, Turner International emite en exclusiva el documental ‘Uncle Howard’, del director y guionista del Greenwich Village Aaron Brookner, tras su periplo internacional por la nómina de festivales como la Berlinale o la Sección Zabaltegi del Festival de San Sebastián de 2016.

‘Uncle Howard’ polariza su morfología en torno del cineasta Howard Brookner, una de las figuras capitales del fértil sótano de la vanguardia norteamericana de la costa este, cuya existencia urgente, vertebrada por la inquietud y el fulgoroso hedonismo de los ochenta, hubo abjurado su cuasidesconocida y sugerente cinematografía sobre la cerviz del turbio olvido y la mitificación tras el deceso prematuro, habiendo sido, de un modo sumarísimo, “ciudadano de aquel otro lugar” (parafraseando a Susan Sontag en ‘El Sida y sus Metáforas’) y celebrándose sus exequias, ulteriormente, durante el mediodía de su trigésimo quinto aniversario, en la primavera de 1989.

Imagen de Howard Brookner presente en el documental 'Uncle Howard'. Fotografía cortesía de la distribuidora.

Imagen de Howard Brookner presente en el documental ‘Uncle Howard’. Fotografía cortesía de la distribuidora.

Debe ser la mitificación de un infante y su fascinación por el breve recorrido y la dilatada sombra de su referente adulto lo que posibilite la revisitación. De este modo, la edificada memoria de Aaron Brookner -sobrino de Howard- se ve gobernada no sólo por la intención, sino por el arrojo de la perseverancia. En consecuencia, el menor de los Brookner, exhortado por la búsqueda del proverbial ‘Burroughs: The Movie’ (1983) -maldito, mirífico y agreste documental, dirigido por Howard Brookner, acerca del elefantiásico tórax literario de uno de los conspicuos miembros de la Beat Generation, William Burroughs-, se embarca en la difusa y compleja tarea de rastrear los diseminados vestigios depositados, errática e involuntariamente, por Tío Howard.

Diversas pesquisas -decisiva la colaboración del editor y escritor James Grauerholz, albacea literario de Burroughs- focalizan la atención en ‘The Bunker’, conspicuo, aséptico y civilizado zulo (y antiguo vestuario de un gimnasio) en la segunda planta del 222 de Bowery, en el corazón del ínclito Lower East Side de Manhattan, en el que el autor de ‘El almuerzo desnudo’ mecanografió una reseñable parte de su legado en cut-up y se convirtió en escenario ineludible de una razonable parte de ‘Burroguhs: The Movie’, por cuyo dining room transita la excelsa y marchita flor y nata del on/off-off neoyorkino, tales como el hamburguesado Andy Warhol, el correligionario y sotabarbo Allen Ginsberg, el permutador literario Brion Gysin o la aflautada péndola lírica y violeta de John Giorno.

Será precisamente el permiso de Giorno -vecino y propietario de ‘The Bunker’, quien, a pesar de sus iniciales reticencias, accede a colaborar con Aaron Brookner- la inflexión definitiva que alumbre la génesis instrumental del proyecto, en tanto que un cuantioso archivo cinematográfico y personal -cintas de vídeo, bobinas de sonido y entrevistas, incluyendo tomas eliminadas y material propedéutico de ‘Burroguhs: The Movie’- había sido depositado allí, como una inopinada e incólume cápsula del tiempo, por el propio Howard.

Con el personal y pecuniario apoyo de Jim Jarmusch -compañero de Howard Brookner, junto a Tom DiCilo, en la Escuela de Cine de Nueva York-, quien participó en la filmación de ‘Burroguhs: The Movie’ como responsable de sonido, amén de la realizadora Sara Driver -pareja sentimental de Jarmusch- y la inestimable aportación de Brad Gooch -compañero vital de Howard durante los convulsos y nocturnos ochenta-, Aaron Brookner procura dotar de sentido al ingente material encontrado y vertebra ‘Uncle Howard’ por la senda del proceso -el de búsqueda, gestación y desarrollo-, a la manera en que Burroughs dotaba de preeminencia a la metodología, evitando, así, supeditar la cinta a la exclusiva relación entre el escritor y el cineasta o pormenorizando la bitácora de la enfermedad de Howard Brookner, acerca de la que existe un personalísimo dietario fílmico que el sobrino Aaron opta por introducir con fugaces acentos y laterales insinuaciones.

‘Uncle Howard’ se erige literal y metafóricamente en un hallazgo, portando consigo una refulgente carga simbólica que ilumina el hipogeo de la memoria y procura avituallamiento para quienes, devotos, precisamos de la espuma del mito y fabulamos, ávidos, con el resto de material de Brookner pendiente de clasificación y rumbo.

Fotograma de William Burroughs y Howard Brookner durante el rodaje de 'Burroughs: The Movie'. Fotografía cortesía de la distribuidora.

Fotograma de William Burroughs y Howard Brookner durante el rodaje de ‘Burroughs: The Movie’. Fotografía cortesía de la distribuidora.

Jose Ramón Alarcón