Michael Jackson revivido

Tributo a Michael Jackson
Casino Cirsa
Avenida de las Cortes Valencianas, 59. Valencia
Viernes 15 de abril, 2016, a las 21.30h

Casino Cirsa Valencia rendirá homenaje al considerado rey del pop, Michael Jackson, el próximo viernes 15 de abril (21.30h) con un espectáculo que incluye cena, concierto y copas.

Los encargados de dar vida a las canciones y bailes de este icono del pop son la ‘Jackson Dance Company’ con su espectáculo Michael’s Legacy, avalado por el club de fans del cantante norteamericano como el mejor tributo a este artista.

Cartel del tributo a Michael Jackson. Cortesía de Casino Cirsa.

Cartel del tributo a Michael Jackson. Cortesía de Casino Cirsa.

Ximo MJ se enfundará el guante y el sombrero característico de Michael Jackson en un espectáculo que cuida mucho la escenografía, con réplicas casi exactas de sus canciones. Esta compañía cuenta con un cuerpo de baile de catorce personas y grandes voces en directo que transmiten a la perfección la esencia del mítico rey del pop.

Casino Cirsa Valencia ha preparado para la ocasión un menú muy especial que se servirá antes del concierto y que incluye platos como crujiente casero de verduras de temporada y gambas, carrillera ibérica y gratén de patata, jamón y trufa negra o soufflé helado de mandarina sobre crema de vainilla.

Michael Jackson, a quien Casino Cirsa rinde tributo.

Michael Jackson, a quien Casino Cirsa rinde tributo.

Tomorrowland: El lobo de la esperanza

Tomorrowland, de Brad Bird
Con George Clooney, Britt Robertson, Hugh Laurie, Raffey Cassidy
Estados Unidos, 2015

Si hay un rasgo excepcional y admirable de la especie humana es su capacidad de crear relatos. Relatos míticos, filosóficos, científicos, artísticos con los cuales configurar y legitimar las instituciones, los pensamientos y la ética. Relatos que narran nuestro modo de moldear, pensar y crear el presente y el futuro de la humanidad.

Y sobre esta idea se asienta la película de ciencia-ficción Tomorrowland: en la fuerza del relato como espacio para orientar el futuro de la humanidad. Si esa es la premisa, hay una cuestión sobre la que pivota la historia del film de Brad Bird: ¿qué palabras compondrán el contenido del relato que dé sentido a nuestro futuro?

Britt Robertson, George Clooney y Raffey Cassidy en un fotograma de 'Tomorrowland', con la Ciudad de las Artes de Valencia al fondo.

Britt Robertson, George Clooney y Raffey Cassidy en un fotograma de ‘Tomorrowland’, con la Ciudad de las Artes de Valencia al fondo.

Para contestar esta pregunta la película narra la fábula indígena de los dos lobos: “En el mundo hay dos lobos: uno oscuro que habla de desastres y desesperación y otro luminoso que inspira optimismo y esperanza. ¿Cuál vivirá? El que tú alimentes.”

El lobo de la esperanza

Tomorrowland es una anomalía dentro de las películas de ciencia-ficción actuales. En las últimas décadas los filmes de este género se han caracterizado por contar historias apocalípticas. Películas catastrofistas, entrópicas, desesperanzadoras, donde la humanidad se extingue o el planeta tierra desaparece, sin ninguna posibilidad de resurgimiento. Una ciencia-ficción fruto del relato posmoderno que ha configurado el sentido del presente y el futuro de finales del siglo XX y principios del XXI. Sí, un relato posmoderno que ha alimentado durante muchos años al lobo “oscuro” con palabras como descreimiento, relativismo, sospecha, corrupción, avaricia, hasta moldear unos  individuos apáticos y dirigir a la sociedad a la anomia.

Britt Robertson en un fotograma de 'Tomorrowland', de Brad Bird.

Britt Robertson en un fotograma de ‘Tomorrowland’, de Brad Bird.

Tomorrowland critica el pensamiento de este relato posmoderno o, si seguimos con la fabula indígena, lucha contra el lobo “oscuro”. Tomorrowland alimenta al lobo “luminoso” con palabras como ilusión, optimismo, creación, invención, educación, orientadas a la emancipación de la humanidad. Una luminosidad que se refleja no sólo en el obvio mensaje,  sino también en la puesta en escena -iluminación, vestuario…-  que construye.

Tomorrowland no es una buena película, a nivel estético-narrativo. Ahora bien,  es interesante  por ese énfasis que pone en marcar la importancia  de las palabras, de los relatos para insuflar “valor e ilusión” o “cobardía y desesperanza” para  ver la realidad presente y crear nuestro futuro.

George Clooney en un fotograma de 'Tomorrowland', de Bard Bird.

George Clooney en un fotograma de ‘Tomorrowland’, de Brad Bird.

Begoña Siles

Sala Russafa se tiñe de negro

III Festival Valencia Negra
Sala Russafa
C / Dénia, 55. Valencia
Del 8 al 17 de mayo, 2015

Sala Russafa se tiñe de negro del 8 al 17 de mayo para acoger la III edición del festival Valencia Negra, una iniciativa que reivindica la literatura ‘noîr’ y que recoge otras manifestaciones artísticas como la música, el cine, el cómic o el teatro, seducidas por la estética, temática y ambiente de este género que explora la maldad en el ser humano.

La programación arranca el viernes 8 a las 18.30h con el encuentro entre los escritores peruanos Santiago Roncagliolo (Premio Alfaguara de Novela) y Jorge Eduardo Benavides. Desde su asentamiento en España, ambos reflejan en sus obras la realidad social de un Perú que, combinando corruptelas, enigmas y pasiones, golpea el corazón.

El escritor Andreu Martín, de la web rtve.es.

El escritor Andreu Martín, de la web rtve.es.

A las 19.30h será el turno de uno de los autores más prolíficos de la literatura negra española. El periodista y escritor Javier Cavanilles modera el encuentro con Andreu Martín,  autor de la serie juvenil Flannagan y de obras cumbre como  Prótesis, acreedor de innumerables premios como los del Círculo del Crimen (1980), el Deustche Krimi Preis International (1992), el Premio Nacional de Literatura Infantil o el Hammet, que le fue otorgado en tres ocasiones por la Asociación Internacional de Escritores Policíacos.

Tras el encuentro, a las 20.30h, Valencia Negra le hará entrega del Premio Francisco González Ledesma, cuyo nombre homenajea al escritor catalán recientemente fallecido y que nace para reconocer la carrera de los mejores autores del género a nivel nacional e internacional.

Detalle de la portada del libro 'El psicópata', de Vicente Garrido.

Detalle de la portada del libro ‘El psicópata’, de Vicente Garrido.

El sábado 9, la programación del festival en Sala Russafa continuará con una autoridad en el mundo de la criminología violenta: una mente lúcida, capaz de analizar y comprender a la mente oscura. A las 18.30h, el psicólogo y criminólogo valenciano Vicente Garrido, premio de la Sociedad de Investigación de Criminología, asesor de la Policía y Administración de Justicia, consultor de Naciones Unidas y coautor de novelas de género negro, analizará las fronteras entre mito y realidad en la psicología criminal.

Avanzada la tarde, a las 19.30h, y para ir abriendo apetito ante la cena, en el escenario de Sala Russafa encontramos al cocinero Xavier Gutiérrez y a los periodistas especializados Jesús Trelis y Paco Alonso ‘Cocinando asesinatos’, una conferencia en la que analizarán el reciente fenómeno de la Gastronomía Noîr.

La programación de esta semana de Valencia Negra en el centro cultural de Ruzafa se completa el domingo 10 (19.00h) con ‘Matar al rey’. El teatro recupera con una única función para este festival la pieza con la que inauguró la temporada, un thriller ambientado en la Castilla medieval, escrito y dirigido por Chema Cardeña,  que combina recreación histórica y ficción. La trama se sitúa en el siglo XV, época de luchas de poder entre las monarquías que reinan en la península. Sorpresivamente, Enrique IV aparece muerto, sin muestras de violencia, pero con demasiados deseando su desaparición.

Chema Cardeña, Rosa López, Juan Carlos Garés, Iria Márquez y Jaime Vicedo interpretan esta propuesta que, basándose en hechos reales y con la ayuda de saltos temporales, desarrolla una hábil trama, llena de misterio y ambiciones, retrato de lo vulnerable de la ética y de la instrumentalización de las personas a través de una interesante galería de personajes en la que se enmarca esta muerte… ¿o se trata de un crimen?

Escena de la obra 'Matar al rey', de Chema Cardeña, dentro del III Festival Valencia Negra. Imagen cortesía de Sala Russafa.

Escena de la obra ‘Matar al rey’, de Chema Cardeña, dentro del III Festival Valencia Negra. Imagen cortesía de Sala Russafa.

En un lugar (mítico) del Quijote

En un lugar del Quijote, de Ron Lalá
Dirección: Yayo Cáceres
Teatro Talía
C / Caballeros, 31. Valencia
Hasta el 8 de marzo, 2015

La compañía de humor, teatro y música Ron Lalá presenta su visión contemporánea de uno de los grandes mitos de la literatura universal: Don Quijote de la Mancha. Un canto a la imaginación, al libre albedrío y a la rebeldía necesaria en el marco de una época que guarda sorprendentes parecidos con nuestra actual crisis de principios de siglo. Un viaje del XVII al XXI a lomos de Rocinante.

Escena de 'En un lugar del Quijote', de Ron Lalá. Imagen cortesía de Teatro Talía.

Escena de ‘En un lugar del Quijote’, de Ron Lalá. Imagen cortesía de Teatro Talía.

Con espíritu dialéctico entre tradición y modernidad, los ronlaleros recrean las correrías del caballero andante y su escudero y, simultáneamente, el proceso de escritura de la novela por parte de un Cervantes desencantado, sarcástico y lúcido espejo de la terrible situación social, económica y política de la España del Siglo de Oro. Para ello, Ron Lalá apela a la magia del teatro (la transformación y movimiento del tiempo y el espacio) para plantear un formato cervantino donde las carcajadas se funden con la reflexión, las canciones con las escenas y la participación del público con los textos adaptados de la obra.

Escena de 'En un lugar del Quijote', de Ron Lalá. Teatro Talía de Valencia.

Escena de ‘En un lugar del Quijote’, de Ron Lalá. Teatro Talía de Valencia.

El personaje de Cervantes está presente en escena con una doble función: una de ellas es su faceta de autor que acota, explica, realiza “notas al pie”, detiene o acelera la acción, realiza saltos de tiempos y espacios entre escenas… es el autor como demiurgo, pues presenciamos en directo la creación de su inmortal novela. Pero, por otro lado, asistimos también a su periplo vital, nos asomamos al ser humano: sus cuitas, sus recuerdos, sus dificultades, su “crisis de identidad” (tan reflejada en su ficticio caballero) y su desencanto de veterano de guerra frustrado como humanista, como soldado, como autor teatral, como viajero… Compendio y símbolo de los males que aquejaban a la España culta y humanista, Cervantes supone en sí un personaje no poco quijotesco, trasunto de toda una época.

Escena de 'En un lugar del Quijote', de Ron Lalá. Teatro Talía de Valencia.

Escena de ‘En un lugar del Quijote’, de Ron Lalá. Teatro Talía de Valencia.

Esta duplicidad de planos (plano del Quijote, plano de Cervantes) está exprimida al máximo en escena con yuxtaposiciones, juegos, interacción con el público, música en directo de diversos estilos y el sello de la compañía: un humor sutil, irónico, crítico, que en esta ocasión se pone al servicio del genio cervantino para acercar al gran público el absoluto clásico universal de nuestra cultura.

Una mirada moderna, sin complejos, con música en directo, de un mito siempre vivo. Un tipo de espectáculo “abierto”, directo, burlesco y dinámico, a la vez culto y popular. Una función en que se suceden a ritmo vertiginoso los momentos más divertidos de la novela, los diálogos más ingeniosos, las reflexiones cervantinas y un puñado de canciones hilarantes. Un juego formal, escénico, textual y musical entre tradición y modernidad, puesto al servicio de la carcajada inteligente. Un espectáculo para aprender, reír, participar y, sobre todo, revivir el mito del Quijote repensando el presente.

Escena de 'En un lugar del Quijote', de Ron Lalá, bajo la dirección de Yayo Cáceres. Teatro Talía de Valencia.

Escena de ‘En un lugar del Quijote’, de Ron Lalá, bajo la dirección de Yayo Cáceres. Teatro Talía de Valencia.

Carlos Mondriá, la realidad de la fábula

Carlos Mondriá. “Aesopi phrygis fabulae
El Caballero de la Blanca Luna, Hotel del Carmen
Blanquerías, 10. Valencia
Hasta el 28 de febrero

Los dibujos sobre las fábulas de Esopo, recreadas por Carlos Mondriá (Alzira-Valencia, 1984), son más reales que la existencia del propio Esopo: es el veredicto de las miradas críticas.

Vista parcial de la exposición de Carlos Mondriá. Imagen cortesía Hotel del Carmen

Vista parcial de la exposición de Carlos Mondriá. Imagen cortesía Hotel del Carmen

En ocasiones, el veredicto se pronuncia sin juicio previo si el pecado está probado. Es el caso de un desatino de la exposición comisariada por Javier Portús y presentada en El Museo del Prado bajo el título Fábulas de Velázquez, (24 de noviembre de 2007 a 24 de febrero de 2008, sala 62B, La filosofía y la historia) en la que algo ajeno a la obra pictórica pasaba inadvertido. En la ficha técnica correspondiente al retrato de Esopo figuraba el dato: Esopo, escritor.

No hay constancia de que alguien considerase el error, que por otro lado, no pasaba de un detalle que podría considerarse anecdótico en aquella exposición del Museo del Prado, y máxime al pie de una pieza tan fascinante como el retrato de Esopo de Velázquez, pero lo cierto es que Esopo nunca dejó testimonio escrito de sus fábulas (así lo describe Bergua, Juan B. en Fábulas Completas -Madrid, Ediciones Ibéricas). De hecho, ni siquiera hay referencias biográficas concluyentes sobre su verdadera existencia.

Los indicios nos señalan que, de existir, es muy probable que naciera en Frigia (Esopo es un río frigio) entre los años 612-527 a.C. Fedro así lo considera en sus Fábulas esópicas, pero no tenemos pruebas palpables. Hay más contradicciones sobre su existencia que de su aspecto físico, pues, de existir -era espantosamente feo y deforme-, el citado retrato también da muestra de ello. Del personaje real o del mito, todo indica que fue esclavo y supo hacerse liberar por el último de sus dueños, el filósofo Xanthos, quien quedó prendado de los infinitos recursos de su oratoria.

Siempre hablando según la leyenda, Esopo recorrió casi todo Egipto, Babilonia y una gran parte de Oriente con Xanthos, y como hombre libre fue admirado por su talento para componer fábulas y apólogos hasta el punto que su capacidad llegó a oídos de Creso, rey de Lidia, quien le dio la oportunidad de trabajar para él en algunas misiones diplomáticas. Uno de estos compromisos, consistía en ir a Delfos a consultar el oráculo haciendo unas ofrendas al dios Apolo en su nombre, para después repartir oro entre los sacerdotes locales. Esopo hizo las ofrendas al dios Apolo como le había encomendado Creso, pero no hizo el reparto de oro a los sacerdotes al comprobar la hipocresía, falsedad y codicia de éstos, de manera que el oro que debía repartir entre ellos lo devolvió a Creso intacto.

Detalle de "El caballo y el soldado",  de Carlos Mondriá. 30x40 cm. grafíto sobre papel. Imágen cortesía del autor.

Detalle de «El caballo y el soldado», de Carlos Mondriá. Grafito sobre papel. 30 x 40 cm. Imagen cortesía del autor.

Los sacerdotes, en venganza, le tendieron una trampa ocultando una copa de oro consagrada y destinada a Apolo entre su equipaje, y seguidamente, le acusaron de sacrilegio para que los jueces de Delfos le condenaran.

Considerada por los griegos como el punto central de la tierra, la ciudad de Delfos acumulaba demasiado poder en sus jueces y sacerdotes, y Esopo fue condenado a ser arrojado desde lo más alto del Hyampeo.

Esopo -antes de morir-  les anunció que su muerte tendría la respuesta en Cronos, el verdadero juez de los tiempos, quien haría desaparecer Delfos debido al acto de crueldad e injusticia que cometían con él. Y así sucedió, un tiempo más tarde, la ciudad consagrada a Apolo fue destruida y saqueada. Lo cual hizo crecer con fuerza el mito de Esopo.

Detalle de "El caballo y el soldado",  de Carlos Mondriá. 30 x 40 cm. grafíto sobre papel. Imágen cortesía del autor.

Detalle de «El caballo y el soldado», de Carlos Mondriá. 30 x 40 cm. grafito sobre papel. Imagen cortesía del autor.

En cualquier caso, está considerado como el primer fabulista de la tradición  literaria europea, y su propia existencia es como el apólogo que precede a la moraleja de su fábula “La mula”.

“Enseña esta fábula que incluso cuando las circunstancias destacan a un hombre, no debe olvidar su origen, pues nuestra existencia es sólo incertidumbre.”

Las fábulas a él atribuidas fueron reunidas por Demetrio de Falero muchos años después, (h. el año 300 d. C.)  y el gran Fedro le da vida en dos de sus fábulas: “Esopo jugando a las nueces con los niños en Atenas” y “Esopo aconsejando paciencia a los atenienses cansados del tirano Pisístrato”. Pero también, Herodoto, Heraclio de Ponto, Aristófanes, Plutarco y una larga lista de nombres se refieren a Esopo reforzando el mito.

Parece que el escultor Lisippo (Sición, Peloponeso h. 370 a.C. – h. 318  a.C.)  realizó una estatua elevada en su honor que se ubicó en Atenas, pero tampoco ha llegado hasta nuestros días para poder verificar su existencia.

Detalle de "El caballo y el soldado" de Carlos Mondriá.

Detalle de «El caballo y el soldado» de Carlos Mondriá. 30 x 40 cm. grafito sobre papel. Imagen cortesía del autor.

Ya entrado el s. XIV, en la “Vida de Esopo” atribuida al monje benedictino Planudes Maximuses se describe lo poco agraciado que fue, citando textualmente:”Era el más disforme de sus contemporáneos…”, y precisamente sobre éstas referencias se centra el mencionado retrato realizado por Velázquez (y también el de Goya).

Detalle de "El gallo, el perro y el zorro". de Carlos Mondriá. 30 x 40 cm. grafíto sobre papel. Imagen cortesía del autor.

Detalle de «El gallo, el perro y el zorro», de Carlos Mondriá. 30 x 40 cm. grafito sobre papel. Imagen cortesía del autor.

Si el mito de Esopo ha inspirado a los citados Goya y Velázquez, las fábulas a él atribuidas con sus animales y personajes astutos, pacientes, generosos o inteligentes renacen una vez más para recuperar protagonismo. La mano virtuosa de Mondriá hace que recobren la vida a través del preciosismo de sus grafitos.

“En 2012 me quedé sin trabajo, y por supuesto, no había coleccionistas que compraran mis cuadros”  –confiesa Mondriá- que pudo mantenerse unos meses con los ahorros. “Hasta que los fundí”. –añade-.

Al no poder hacerse cargo de los respectivos alquileres de estudio y vivienda, no le quedó otra alternativa que vaciar y marcharse, -es de los decentes que no dejan colgados a los acreedores-.

Detalle de "El gallo, el perro y el zorro", de Carlos Mondriá. 30 x 40 cm. grafito sobre papel. Imagen cortesía del autor.

Detalle de «El gallo, el perro y el zorro», de Carlos Mondriá. 30 x 40 cm. grafito sobre papel. Imagen cortesía del autor.

“Abandoné la mayoría de mis cuadros por no tener donde guardarlos ni recursos para transportarlos” –confiesa-. “Volví a la casa de mis padres después de más de 10 años de vida independiente”.

La limitación del espacio familiar le permitía pocas alegrías, y tuvo que mantener los enseres personales apilados en cajas, y esta misma limitación de espacio hizo que centrara su trabajo en pequeños formatos y principalmente en dibujos sobre papel. Tiempo después, por azar, parte de aquella obra pictórica un día abandonada, fue descubierta en un rastrillo por unos coleccionistas, que ante la calidad de lo que veían, investigaron la procedencia de su firma, lo buscaron en la red y le localizaron para hacerle encargos.

Cartel de la exposición de Carlos Mondriá.

Cartel de la exposición de Carlos Mondriá.

Ahora, el hotel del Carmen muestra el preciosismo salido de su templado pulso, y sugiere visitar la muestra durante el día con luz natural, puesto que la iluminación de sus paredes no responde a la de una sala de exposiciones institucional. El espacio, en cambio, es muy respetuoso con el Centro Histórico y concede un valor añadido a visitantes y huéspedes. Entre las piezas expuestas, dos obras de pintura de medio formato (óleo sobre lienzo y tabla), trece excelentes dibujos de pequeño formato (grafito sobre papel), interpretan varias de las citadas fábulas, como lo son: El caballo y el soldado; El cuervo y Hermes; El cabrero y las cabras montesas; El perro, el zorro y el gallo; El cuervo enfermo; o El León y el Toro. En ocasiones, los dibujos se centran en pequeños detalles, partes del cuerpo u objetos que protagonizan cada historia, como el casco del soldado, la punta de su lanza, la mirada del caballo, el olfato del zorro, o el gesto del perro. En resumen, y casi a modo de moraleja, Mondriá rescata la leyenda de Esopo exhibiendo virtud y meticulosidad.

Detalle de la exposición de Carlos Mondriá.

Detalle de la exposición de Carlos Mondriá. Imagen cortesía del Hotel del Carmen.

La muestra, concluye con una instalación inspirada en el espíritu crítico y de autoexigencia del artista, en ella, una papelera suspendida en el aire contiene restos de varios de los bocetos descartados por el autor, y forma parte del proyecto Fabularte, primer acto conmemorativo del X aniversario de El Caballero de la Blanca Luna en el centro histórico de Valencia.

Vicente Chambó

Néstor Basterretxea fallece muy a su pesar

Fallece Néstor Basterretxea (Bermeo, 1924 – Hondarribia, 2014)
Escultor, pintor y cineasta vasco

Néstor Basterretxea Arzadun, escultor, pintor y director de cine, falleció el pasado sábado 12 de julio en su casa de Hondarribia (Gipuzkoa), a los 90 años de edad. Basterretxea nació en Bermeo (Bizkaia) y en 1936 se exilió junto con su familia, primero a Casablanca y luego a Argentina, según recoge Europa Press tras la noticia de su fallecimiento. En 1952 regresó a España y ganó el concurso para la realización de las pinturas murales de la cripta de la basílica de Arantzazu, en Oñate. Allí entró en contacto con el escultor Jorge Oteiza.

A finales de la década de los cincuenta formó parte de los grupos de vanguardia más importantes del campo creativo español: el Equipo 57 y el grupo Gaur, con Oteiza, Chillida, Mendiburu, Ruiz Balerdi, Amable Arias o Sistiaga, entre otros. A partir de 1963, y durante diez años, desarrolló su trabajo en el campo del diseño industrial, sobre todo en la decoración de hoteles y diseño de muebles. También practicó la fotografía experimental e hizo una exposición en Bilbao en 1969.

Una de las obras escultóricas de Néstor Basterretxea.

Una de las obras escultóricas de Néstor Basterretxea.

En 1982, una escultura suya, que representaba un árbol de siete ramas, resultó ganadora en el concurso de ideas, convocado por el Parlamento vasco, para presidir el hemiciclo. En septiembre de 1987 realizó su primera exposición individual en Madrid, en el Museo Español de Arte Contemporáneo. La antología, que constaba de 140 piezas, entre esculturas, pinturas, dibujos y collages, recogía distintas épocas de su actividad.

En 1988 se inauguró su obra Paloma por la Paz, de siete metros de alta por nueve de ancha, que se instaló en el paseo de Zurriola de San Sebastián, cerca del estadio de Anoeta. Otra obra suya, Monumento al pastor vasco, se encuentra instalada en la localidad de Reno, en el estado norteamericano de Atlanta. Además de la escultura y la pintura, también ha realizado cine, con cortometrajes como Operación H (1963), Pelotari (1964), y Alquézar, retablo de pasión (1965), y el largometraje Ama Lur – Tierra Madre (1966), además de varios documentales.

En Valencia, la galería Alba Cabrera fue quien se encargó de difundir su obra con dos singulares exposiciones. Su responsable, Graciela Devincenzi, lo recuerda como un artista «de una gran honestidad», al que la muerte le incomodaba «por absurda, debido a las muchas cosas que todavía le quedaban por hacer», según recuerda la galerista, que sentía un «profundo afecto» por el escultor vasco.

En MAKMA le dedicamos un artículo con motivo de su exposición antológica en el Museo de Bellas Artes de Bilbao el pasado año. Ésta es la reseña publicada acerca de su obra y su persona, que volvemos a editar a modo de homenaje.

Obra de Néstor Basterretxea, escultor vasco recientemente fallecido.

Obra de Néstor Basterretxea, escultor vasco recientemente fallecido.

Néstor Basterretxea (Bermeo, 1924) tiene los pies en el suelo, pero la cabeza siempre en otros sitios. Siendo nacionalista vasco, proyecta sus casi 90 años tan lejos como le da su fértil imaginación cosmopolita. Como él mismo ha dicho en más de una ocasión, pertenecer a una tierra no es un obstáculo, sino el punto desde el que partir hacia otros lugares. De hecho, su serie sobre Cosmogonía Vasca bien pudiera ser el lugar común de los mitos que otros pueblos abrazan. Formas particulares para transmitir sentimientos universales.

De ahí lo apropiado del título de la exposición antológica que le dedica el Museo de Bellas Artes de Bilbao: Néstor Basterretxea. Forma y Universo. Se trata de la retrospectiva más completa celebrada hasta la fecha de la obra del pintor y escultor vasco. Bueno, pintor, escultor y muchas cosas más, como lo demuestra la propia antológica, que repasa 60 años de trayectoria dividida en apartados que vienen a dar testimonio de la inquietud del artista.

De su interés temprano por la arquitectura y el urbanismo, pasamos a la pintura, el diseño industrial, los fotomontajes, su Serie Cosmogónica vasca y sus correlativas esculturas policromadas sobre culturas precolombinas. Además de los carteles, obra gráfica, volumetrías e incluso el cine. No había disciplina artística en la que Basterretxea no picara, atraído por las posibilidades creativas que cada medio rendía a su fértil imaginación. Cada apartado por separado hunde sus raíces en la capacidad expresiva del artista para sembrar en terrenos dispares. Terrenos que, sin embargo, acaban unidos por la línea de puntos del mapa universal que Basterretxea crea a partir de esa línea quebrada que él descubrió investigando sobre el plano.

Más de 200 piezas dan fe de esa forma singular de tratar la línea, hasta convertirla en trasunto universal. El Museo de Bellas Artes de Bilbao, al que Basterretxea ha donado ya un buen puñado de obras fruto de su vinculación emocional con el museo, despliega en una de sus salas ese universo del artista vasco, propiciando que se vea en un solo plano la multitud de formas que adopta su plástica imaginación.

Sorprendentes sus esculturas mitológicas, al igual que sus volumetrías, con esa Atlántida proyectada como museo de las ciencias para la central nuclear de Lemoiz. En esta línea, sorprenden igualmente sus fotomontajes: esculturas ubicadas en contextos imaginarios (ruinas románticas, jardines barrocos o selvas amazónicas). Y es que Basterretxea, con los pies siempre en tierra vasca, no ha parado de imaginarse otros mundos distantes que, siguiendo al poeta francés Paul Éluard, se hallaban en cualquier caso dentro del suyo. Un artista, pues, de las raíces al tallo.

El escultor vasco Néstor Basterretxea, en una imagen de rtve.es.

El escultor vasco Néstor Basterretxea, en una imagen de rtve.es.

Salva Torres

Los ultracuerpos de Markus Lüpertz

Markus Lüpertz. 1963-2013
Museo de Bellas Artes de Bilbao
Plaza del Museo, 2. Bilbao
Hasta el 19 de mayo

Una obra de arte es como un iceberg, esconde mucho más que lo que muestra. Tan importantes son los temas que el artista escoge, como los que deshecha, tan elocuentes son los últimos como los primeros. El acto creativo desencadena sucesos, objetivos y subjetivos, que se escapan a la propia voluntad del artista, y llegan al espectador provocando sus propios interrogantes.

Uno de estos interrogantes para el espectador, quizá el que más suele quemar, es el hecho de encontrarse con una obra que se resiste a ser vista desde la perspectiva habitual, que no le da referencias conocidas que le permitan identificarse con ella, reconocerse en ella. O lo que es igual, que no puede entender. Una obra en la que todos los puentes para abordarla desde lo conocido han sido quemados y destruidos. Esto es lo que ocurre con Markus Lüpertz (Liberec, Bohemia, República Checa, 1941). Una antológica de 91 obras se expone hasta el 19 de mayo en el Museo de Bellas Artes de Bilbao, comprendiendo el vasto período que va desde 1963 hasta 2013.

Obra de Markus Lüpertz. Imagen cortesía del Museo de Bellas Artes de Bilbao.

Obra de Markus Lüpertz. Imagen cortesía del Museo de Bellas Artes de Bilbao.

Lo que generalmente se busca en una obra de arte, lo que se le suele pedir, es que nos facilite aquella porción de realidad con la que nos podamos identificar, o sea, que podamos reconocer y entender. Que nos permita quedarnos con la sensación narcisista, al final del encuentro con la obra, de estar por encima de ella. Lüpertz, sin embargo, no está interesado para nada en la realidad, sino en lo artístico en tanto artístico. No le interesa que haya que entender nada, ni que haya nada que reconocer, es decir, no busca presentarnos nada que ya sepamos, como él mismo reclama para sí: “yo no quiero pintar algo que ya me sé”. Y por esta razón, lo que nos muestra son precisamente objetos que apenas sabemos de ellos, o no sabemos en absoluto, objetos que gozan de autonomía propia.

Además, Lüpertz siente que el objeto solo es artístico, no sólo en la medida en que no es real, sino sobre todo mientras se cumpla un presente continuo de improvisación, el acto mismo de pintar. Cuando retrata a Circe o a Diana, no está interesado en su imagen de diosas, ni como representación, ni siquiera como alusión, sino en el puro acto de retratarlas, improvisadamente, o sea, sin premeditación, como él dice de nuevo: “El proceso creador no está planificado, es el acto”.

Para el artista alemán el objeto no es distinto de lo que representa, sencillamente porque no representa nada. Lo que hace es presentarlo como pura forma, con dibujo tosco, primitivo, con pinceladas gruesas y rápidas, improvisadas e inacabadas. Es evidente que el artista goza con el puro acto de pintar. Por eso no nos extraña cuando al hablar de lo que hace el artista, se limita a decir: “El pintor pinta”.

Y este acto es, digámoslo ya, destructivo. Lüpertz no va hacia la realidad, sino contra ella. No se acerca a lo humano (lo real, lo natural, la referencia conocida) si no es para despojarlo de todo lo que le hace humano (demasiado humano), agrediéndolo hasta deshacerlo. De esta forma cumple la exigencia del mito tal como él lo siente, ser otra cosa que individuo: “La antigüedad es un mundo que trasciende el individuo”.

Markus Lüpertz, entre algunas de sus obras. Imagen cortesía del Museo de Bellas Artes de Bilbao.

Markus Lüpertz, entre algunas de sus obras. Imagen cortesía del Museo de Bellas Artes de Bilbao.

Para él toda realidad que apunte a lo humano (y que por tanto le aleje del mito), tiene que ser por fuerza tabú. Y es por ello que lo suplanta en sus creaciones con la forma pura como elemento expresivo destacado, como antes que él hizo Picasso en muchas de sus producciones. La forma pura se convierte entonces, por influencia del tabú, en metáfora. Pero una metáfora que denigra y asesina la realidad que sustituye. Cuando modela, retuerce la materia y la amontona a golpes para luego despedazarla y mutilarla, hincharla y cortarla, es decir quitar rabiosamente de ella todo lo que de ella misma pueda quedar. Por eso el cuerpo que se presenta delante de nosotros parece el superviviente horriblemente deformado de un bombardeo.

Y es que salta a la vista la preferencia de este artista por el cuerpo deforme. Toma como principio el estado de conservación con que nos han llegado las estatuas clásicas, unas sin cabeza o sin pies, otras sin brazos, incompletas y heridas. Las hace cabezonas, tumefactas y lisiadas. El único parecido humano, el único rastro que nos deja es su virtualidad. Así, su Judith no tiene relación ninguna con la viuda hebrea o su Salieri tampoco ninguna con el músico que vivió a la sombra de Mozart, salvo por ser virtualmente Judith o Salieri.

Obra de Markus Lüpertz. Imagen cortesía del Museo de Bellas Artes de Bilbao.

Obra de Markus Lüpertz. Imagen cortesía del Museo de Bellas Artes de Bilbao.

Por si fuera poco, para remarcar aún más que el cuerpo que funde en bronce ha dejado de ser lo que apunta virtualmente, lo pinta con colores fuertes, lo empolva y lo maquilla exageradamente. Todo ello para remarcar la total independencia del objeto artístico por sí mismo hasta tal extremo que lo convierte en una cosa nueva, enteramente –exageradamente- artística. Una cosa nueva que se encuentra violentada y llevada al extremo, es decir, convertida en ultracuerpo. Así también sus troncos son ultratroncos, o sus velas ultravelas, un producto literalmente excesivo, o como él prefiere llamar, ditirámbico.

Ese arte exagerado del que hablamos, esa forma manifiestamente independiente que domina sus obras, es por otro lado, irónico. Lüpertz toma el arte por lo que es, una ficción. Nos invita a ver sus cuadros y bronces como una ficción y, como tal, como una broma, la burla de la propia farsa. Como cuando dice: “El negro no es un color. El blanco no es un color. Afirmación a menudo cuestionada, ¿es o no cierta? ¡Qué más da!”. La ironía queda anunciada así como código estético, como vemos claramente en sus autorretratos, o sus cuadros sobre Halloween y la navidad.

Pero hay que aclarar enseguida que esto no significa que Lüpertz no se tome en serio el arte. Al contrario, precisamente porque le interesa, porque sabe de su importancia, lo desnuda del corset en que durante décadas ha estado constreñido, el de tener que ser, como si fuera su amargo destino, grave, serio y profundo. Carga demasiado pesada para alguien que declara: “Soy artista, no pedagogo. No quiero salvar el mundo con el arte”.

Al contrario, su obra tiene la importancia de ver la ficción como pura ficción, el arte como arte, absoluto dueño de sí mismo. Sus cuadros, sus bronces, están ahí, en su ingenua desnudez, esperando que se vean simplemente tal como son. Como se ha dicho antes, no busca que el espectador goce de sí mismo reconociéndose en la obra que contempla, lo que simplemente espera es que goce del objeto artístico como tal, sin pretensiones de que sea otra cosa. Nada más, pero nada menos.

Obra de Markus Lüpertz. Imagen cortesía del Museo de Bellas Artes de Bilbao.

Obra de Markus Lüpertz. Imagen cortesía del Museo de Bellas Artes de Bilbao.

Iñaki Torres

Javier Romero. Código compartido

Javier Romero. Código compartido
Comisario: Jordi Navas
Arte en la Casa Bardín
Instituto Alicantino de Cultura Juan Gil Albert
C/ San Fernando, 44, Alicante
Inauguración: 14 de mayo, 20h.
Hasta el 25 de junio de 2013

Javier Romero. S/t. Serie Still Lifes, 2012. Grafito sobre panel, 41 x 51 x 2 cm. Imagen cortesía del Instituto Alicantino de Cultura Juan Gil Albert

Javier Romero. S/t. Serie Still Lifes, 2012. Grafito sobre panel, 41 x 51 x 2 cm. Imagen cortesía del Instituto Alicantino de Cultura Juan Gil Albert

Javier Romero se expresa con una voz cadenciosa y trémula. Sus ideas se van desplegando en los oídos del interlocutor como hilos muy leves, puntadas en las que se entrecruzan la memoria personal, el conocimiento de los referentes artísticos, la búsqueda de la experiencia y una aguda conciencia reflexiva de su propia obra.

De este modo, con aparente indiferencia y sin alardes formales o conceptuales, este artista, capaz de prescindir de las cartelas y hasta del título en sus exposiciones, va tejiendo desde el lenguaje una malla tan sutil y heterogénea como los trazos de lápiz y alambre que se confunden en alguna de sus esculturas.

El juego consiste en envolver al espectador de la obra con sugerencias casi imperceptibles. La memoria familiar se congela a través de unos paisajes exteriores proyectados en las estancias del hogar a punto de ser demolido (Crepúsculo). Dibujos con una estética significante propia del grabado se difuminan mediante un borrado gestual, como si un golpe de mar arrastrara a su paso toda la carga histórica y sentimental de la tradición representativa del arte occidental.

Morandi paga un alto precio por la apropiación de sus silencios. Una capa de grafito vela la luz de sus cuadros y traiciona el misterio del color (Still lifes). La arquitectura se convierte en territorio explorado por el arte a través de los tejados (Collage Roofs) que el arquitecto alicantino Francisco Fajardo diseñó para su proyecto de viviendas en Ciudad Jardín.

De nuevo, la imagen coloniza una arquitectura. En esta ocasión las fotografías de jardines anónimos sirven de materia prima para formalizar geometrías ajenas y el fruto de esta meticulosa alquimia entre fotografía y arquitectura deviene en hallazgo pictórico.

Apropiación, deslizamiento de sentido, solapamiento de planos de significación. Recursos que renuncian a la comunicación explícita y abordan una pléyade de vías de revelación para que la mirada sólo atisbe. Nada de deslumbramientos innecesarios.

Las series que confluyen en esta exposición para el proyecto Arte en la Casa Bardín representan un apunte de los trabajos que Javier Romero viene desarrollando en The Elizabeth Foundation of Arts de Nueva York, donde el artista alicantino tiene su estudio. Esta institución desarrolla un programa pionero en Estados Unidos. Se trata de Open Studios, una iniciativa que permite el contacto directo de público y galeristas con el entorno de los creadores. Más de tres mil personas pasan al año por el estudio de Romero y del resto de artistas vinculados a la institución, lo que confiere a estas obras un ámbito de difusión internacional que llega ahora hasta Alicante.

La más antigua de las series, Crepúsculo, enlaza con la exposición realizada en 2007 en la galería Evelyn Botella y tiende un puente entre el discurso que Romero fue urdiendo durante su etapa anterior. Un periodo en el que el artista compaginó su labor creativa con el trabajo como técnico de la Fundación de la Universidad de Alicante. Por aquellos años, su investigación transitaba por los territorios de la memoria, con un constante ir y venir a través de lenguajes y recursos expresivos. La pérdida, la ausencia o el silencio constituían los ejes de un itinerario plástico con parada en las exposiciones que, a principios y mediados de la pasada década, protagonizó en las galerías Aural y Evelyn Botella y en el Centre Municipal d’Exposicions d’Elx.

El mito de Cipariso, convertido en ciprés tras matar por equivocación al ciervo favorito de Apolo, ocupaba por aquel entonces un lugar central en el relato artístico y las formas de aprehensión del motivo introducían un abanico de dispositivos formales, que iban de la fotografía manipulada (cipreses de la Toscana) hasta las proyecciones o la instalación objetual.

De esa etapa, sobreviven las obsesiones, la prolífica búsqueda expresiva, el dominio del lenguaje artístico y la persistente querencia exploratoria hacia la memoria, tan frágil y tan relevante a la vez. Por el camino se han ido quedando los argumentos narrativos que se imponían a la idea y forzaban una cohesión conceptual, a la que el artista ha decidido renunciar. Las series actuales son más abstractas y esquemáticas. La obra se ha ido desnudando para quedarse en meros perfiles insinuantes, que se ofrecen a modo de delgadas pasarelas para liberar al arte de la retórica comunicativa y al espectador del incómodo papel de destinatario. Gana el artista capacidad de experimentación, gana la obra autonomía, gana, en definitiva, el ojo atento.

El título de esta exposición, Código compartido, responde a esta búsqueda de un itinerario libre a disposición del viajero dispuesto a adentrarse en la ruta que se propone. La urdimbre expositiva puede desorientar o guiar por diferentes caminos. No hay certezas. Cada uno dispone de un equipaje que ojalá no se pierda en el camino. Solo resta disfrutar del vuelo.

Jordi Navas

Javier Romero. S/t. Serie Crepúsculo, 2006-07. Fotografía color Lambda, 80 x 120 cm. Imagen cortesía del Instituto Alicantino de Cultura Juan Gil Albert

Javier Romero. S/t. Serie Crepúsculo, 2006-07. Fotografía color Lambda, 80 x 120 cm. Imagen cortesía del Instituto Alicantino de Cultura Juan Gil Albert