Arte en la calle: Henry Moore

Esculturas de Henry Moore
Obra social “La Caixa”, en colaboración con el Ayuntamiento de Bilbao
Parque de Doña Casilda, entorno del Museo de Bellas Artes de Bilbao
Hasta el 17 de julio, 2014

¿Cómo sería la vida en el vientre materno? ¿Cómo fue? Y la desesperada bocanada de aire, el primer grito, ¿qué podrá nunca contener aquel desgarro, cuando un momento antes se estaba entre la vida y la muerte? ¿Y qué relación hubo luego entre la madre y su hijo durante aquellos primeros días y meses? Posiblemente, sólo la sensación de un cuerpo. Sin cambio, sin tiempo, un movimiento sostenido. La mente tiende a regresar de una manera instintiva a ese punto cero.

Lo hace Henry Moore, intentando encontrar una forma, una expresión que lo sintetice, que lo resuma. Intentando dar con la forma que haga resonar ese misterio como la invocación de una palabra mágica. La forma de un estado que como no podrá ser nunca conocido, seguirá siendo eso, un eterno misterio inviolado, y por lo tanto, inconsciente, poderoso y sobrenatural.

'Formas conectadas reclinadas', escultura de Henry Moore en el Parque de Doña Casilda. Fotografía: Pilar Torres

‘Formas conectadas reclinadas’, escultura de Henry Moore en el Parque de Doña Casilda. Fotografía: Pilar Torres

Madre e hijo reclinados: el niño está hecho de ondulaciones como bocas abiertas que buscan el palpitante seno; la madre, sin boca, con ojos diminutos como los de una alienígena, muestra el seno que lo atrae y lo completa. El niño, la ondulante figura torneada que lo sugiere, se yergue probándose a sí mismo, su equilibrio; la madre se recuesta un poco cansada, lo deja hacer. El niño y la madre se funden en un solo cuerpo geométrico, porque lo geométrico es el cuerpo de la idea, y lo que aquí se expresa es la idea, el esquema de las cosas, el espectro de lo real.

'Gran figura de pie: filo de cuchillo', escultura de Henry Moore en el Parque de Doña Casilda en Bilbao. Fotografía: Pilar Torres

‘Gran figura de pie: filo de cuchillo’, escultura de Henry Moore en el Parque de Doña Casilda en Bilbao. Fotografía: Pilar Torres

Es uno de los siete bronces de gran tamaño que la obra social La Caixa, en colaboración con el Ayuntamiento de Bilbao, muestra en el entorno ajardinado del Museo de Bellas Artes. Las otras piezas, creadas entre 1960 y 1982 (como la anterior), forman parte de la apuesta de acercar el arte a la calle: “Formas conectadas reclinadas”, “Gran figura de pie: Filo de cuchillo”, “Pieza de bloqueo”, “Figura reclinada”, “Figura reclinada en dos piezas número 2″ y “Óvalo con puntos”.

Aparte de la relación madre-hijo, todas ellas revelan la fascinación que sobre el artista ejerce el discurso latente entre la figura humana y el paisaje, convirtiendo los hombros, los brazos, los pechos en montañas rocosas, o las piernas y los troncos en pasadizos y grutas calizas sobre el mar…

'Figura reclinada en dos piezas, número 2', escultura de Henry Moore en el Parque de Doña Casilda en Bilbao. Foto: Pilar Torres.

‘Figura reclinada en dos piezas, número 2′, escultura de Henry Moore en el Parque de Doña Casilda en Bilbao. Foto: Pilar Torres.

La idea de una exposición itinerante es, no sólo sacar el arte fuera del marco de los museos, sino quizá aún más importante, la de compartir el arte. En los años 70 las sondas Voyager llevaban un disco de oro con una selección de música que provenía de múltiples culturas del mundo, saludos en 55 idiomas y una mezcla de sonidos característicos del planeta, entre otros mensajes e informaciones de la tierra. Los bronces de Moore que ahora pueden verse en Bilbao, ya han estado antes en Las Palmas, Tenerife y Valencia. La idea que las mueve, la de compartir la experiencia cultural, es la misma.

'Madre e hijo reclinados', escultura de Henry Moore expuesta en los aledaños del Museo de Bellas Artes de Bilbao. Fotografía: Pilar Torres.

‘Madre e hijo reclinados’, escultura de Henry Moore expuesta en los aledaños del Museo de Bellas Artes de Bilbao. Fotografía: Pilar Torres.

Iñaki Torres

La mujer invisible. Pecados victorianos

Una diminuta silueta negra se desplaza diligente por la playa mientras el viento y el rugido enérgico de las olas ensordece sus oídos. Se presiente una tormenta interior aún por concluir. Si la insignificancia humana frente a la naturaleza fue una de las premisas románticas de William Turner, Nelly Ternan (Felicity Jones) podría revelarse como personaje de uno de sus cuadros, alma minúscula subyugada por la naturaleza de un pasado condicionado por la constrictiva moral victoriana y la soledad y el secretismo que se exige a la amante. La mujer invisible no presenta una hagiografía de Charles Dickens (Ralph Fiennes) –como desgraciadamente suele ser habitual cuando se tratan personalidades históricas−, sino el sufrimiento de la amada reducida a sombra y, en menor medida, de todos aquellos sometidos a unos convencionalismos sociales arbitrarios. Si bien Dickens es coprotagonista más que personaje principal, resulta inevitable su retrato a grandes pinceladas: la competencia con William Makepeace Thackeray, su profunda amistad con William Wilkie Collins, su interés por el hipnotismo, su filantropía y sus lecturas. Sobre estas últimas, cabría destacar la recitación de David Copperfield por parte de Fiennes, quien consigue un ritmo y sonoridad en su interpretación tan reseñable como la del resto de actores, que lejos de permanecer a la zaga, consiguen la intensidad dramática que la narración pretende. Una intensidad construida de modo creciente, que acompañada por la música lacerante de un violín y el romper violento de las olas, sugiere esa tormenta que ha de llegar y de la que se ansia su fin para alcanzar la calma.

Basada en la novela de Claire Tomalin sobre la relación de Ternan y Dickens, La mujer invisible supone la segunda película de Fiennes como director tras Coriolanus (2011), que avalado por la BBC y el British Film Institute obtiene una cinta de acentuada vocación pictórica. Los reencuadres sirviéndose de puertas, la composición simétrica de ciertos planos y la esmerada escenografía recrean con brillantez la atmósfera de las pinturas realizadas durante el periodo victoriano, tanto las obras de pequeño formato sobre interiores domésticos como aquellas representaciones de tradiciones británicas al aire libre: Many Happy Returns of the Day (1856) de William Powell Firth, pero especialmente The Derby Day (1856-8) podrían ser, entre otros muchos, dos modelos de inspiración.

«You men, you live your lives while it is we who have to wait», espeta Nelly Ternan a William Wilkie Collins (Tom Hollander) remarcando el yugo patriarcal existente pese a que Wollstonecraft hubiera escrito su vindicación unas décadas antes y que el jefe de estado fuese una mujer, la reina Victoria. Además de crítica a la nula visibilidad femenina durante todas las épocas, a la invisibilidad de la esposa y de la amante, el texto de Tomalin y la película de Fiennes  parten del gran secreto de Dickens para componer «a tale of woe, a tale of sorrow», un relato introspectivo sobre la lucha contra la propia conciencia y el hallazgo, como el de aquel personaje creado por Caspar David Friedrich, de la paz del ánimo junto a un mar ya sereno.

Un momento de "La mujer invisible" (Ralph Fiennes, 2013).

Un momento de “La mujer invisible” (Ralph Fiennes, 2013).