Vicent Marco: La realidad imaginaria

Realidad imaginada, de Vicent Marco
Comisariada por Arístides Rosell
Atarazanas
Plaza Juan Antonio Benlliure, s/n. Valencia
Hasta el 10 de septiembre de 2017

La primera sensación que experimentamos al adentrarnos en una exposición de Vicent Marco es la de un hondo sosiego. Afuera queda el bullicio exterior, la vida nerviosa y agitada, el estrés del tráfico, la impronta sonora de la ciudad ajetreada y ruidosa. Dentro, en cambio, en el interior del recinto expositivo, la pintura armónica, equilibrada y racional de Vicent Marco nos infunde de inmediato un sentimiento de calma, de expectación tranquila, como si fuéramos los destinatarios de una invitación exclusiva al silencio y al goce estético.

Sin embargo, esa impresión inicial, provocada por la radicalidad del tránsito, irá modificándose poco a poco, conforme el espectador vaya entrando, paso a paso, en el universo pictórico que tiene delante. A la calma estética le sucede invariablemente una cierta inquietud. Los cuadros se dirigen ahora al espectador con cierta educada inquisición: le interrogan, ponen en evidencia verdades incómodas, afean actitudes que tal vez le molesten… en medio del silencio irrumpe un grito. Un aire de nítida denuncia puebla de pronto la atmósfera. Tras la regularidad y la aparente simplicidad de las formas se abre paso la lógica de un cierto desgarro. La realidad pictórica misma aparece disociada. Figuración y abstracción conviven en un escenario en el que se dirime una lucha… un combate que atañe directamente al espectador.

Visita al Museo, de Vicent Marco. Imagen cortesía del autor.

Visita al Museo, de Vicent Marco. Imagen cortesía del autor.

Llegados a este punto es necesario decidir. Es la hora de saber si uno está allí para hacerse una selfie y partir, o si uno acepta el reto del artista. Pues lo que va a ver no es un discurso complaciente, una galería de imágenes bonitas e inocuas, sino una radical impugnación de todo el sistema actual del arte. Ese es el propósito, ese es el reto que lanza el artista… y nosotros somos los jueces inapelables llamados a dictaminar si Vicent Marco ha alcanzado el blanco con su arco y sus flechas, con su inteligencia y su talento.

Pero ¿cómo se ha forjado ese propósito en la voluntad del pintor? ¿Cómo ha llegado el artista hasta aquí?

Vicent Marco (l´Alcúdia, 1956) es un artista que viene de lejos, de muy lejos. Ya a los ocho o nueve años, en su Alcúdia natal, tenía el impropio y absurdo deseo de ser pintor, pese a que nadie en su entorno familiar se dedicaba a ello. A los once años le presentaron a Manuel Boix, en cuyo taller se formó como si fuera (sin serlo) un verdadero aprendiz. Allí aprendió todo lo que puede enseñarse sobre técnica pictórica, sin necesidad de pasar por una academia. No es un caso extraordinario en su época: tampoco pasaron por ellas Manolo Valdés o Andreu Alfaro. Luego, en su tiempo libre, pintaba en casa sus propios cuadros. A los 14 años ganó su primer premio de pintura: un Premio Nacional, que lo llevó de golpe a Madrid. En 1974, con 18 años, hizo su primera exposición individual en la Galería Amadís de la capital de España.

Art Fair, de Vicent Marco. Imagen cortesía del autor.

Art Fair, de Vicent Marco. Imagen cortesía del autor.

Desde esa exposición hasta hoy (de 1972 a 2017) han pasado la friolera de 45 años. Pues bien, en esas cuatro décadas y media, Vicent Marco ha sido pintor a full time, artista a tiempo completo, no ha tenido otra actividad que crear su obra, en paralelo a una reflexión cada vez más honda y serena sobre la historia del arte y a una vivencia cada vez más crítica y descarnada de la realidad (incluida esa singular realidad que es el sistema contemporáneo del arte).

Descontando los trabajos de ilustración, llevados a cabo tanto en la Valencia de los años 80 (tan prometedora en expectativas culturales, tan cicatera en sus logros) como en su largo periplo mexicano (de 1990 a 2004), el trabajo artístico de Vicent Marco ha sido esencialmente pictórico. Un trabajo que discurre por la senda de una cierta pintura figurativa, no necesariamente ortodoxa, bastante influenciada por el pop art de los sesenta, pero también por las formas de realismo pictórico y social que en ese momento imperan en Valencia de la mano de los los equipos Crónica y Realidad. Tanto en lo formal como en lo temático, esa impronta se mantendrá de manera constante en la obra de Vicent Marco, y es como un hilo de acero que engarza todas sus épocas y sus distintas series y colecciones.

No Mirar, de Vicent Marco. Imagen cortesía del autor.

No Mirar, de Vicent Marco. Imagen cortesía del autor.

Este ADN está ya tan impreso en su genética pictórica, que no cambia siquiera durante su extensa etapa mexicana, pese al poderoso atractivo que allí ejerce la gran escuela muralista de los Orozco, Rivera y Siqueiros. Respecto al poder real de esa escuela conviene no olvidar que hasta Jackson Pollock, el influyente pintor estadounidense y figura emblemática del expresionismo abstracto, se formó en el taller de Siqueiros. Era difícil sustraerse a ese influjo, pero el Vicent Marco que viaja a México en 1990 y permanece allí 14 años, ya iba con su «mochila» muy hecha, con un bagaje propio muy definido, y decidió serle fiel. No obstante, el distanciamiento le permitió pensar a fondo sobre el valor de esa «mochila», de ese bagaje propio, al tiempo que iba asimilando elementos nuevos: la importancia de lo matérico y, sobre todo, el tema del color.

De vuelta a España, el artista maduro inicia una reflexión aún más exigente sobre su trabajo y sobre el momento del arte.  Ante las interrogantes sobre ¿dónde estamos?  y ¿cómo seguir?, van emergiendo nuevas respuestas plásticas inspiradas por la contradicción entre «lo que se ve» (lo real objetivo) y «lo que no se ve» (lo que uno imagina). La realidad, a partir de ahora, va a enfrentarse a su «doble» imaginario. Ello conduce a un división material del cuadro en dos espacios, que funcionan como un contrapunto: uno figurativo (pictórico o, a veces, reproducción fidedigna de trozos de periódicos, fotografías, etc.) y el otro abstracto o configurado por trazos que remiten a una elaboración más inconsciente que racional.

Observación, de Vicent Marco. Imagen cortesía del autor.

Observación, de Vicent Marco. Imagen cortesía del autor.

Nace así lo que podríamos llamar un «realismo imaginario», que prolongando los logros de su trabajo anterior, irá dando lugar a las distintas series y colecciones que se integran ahora en esta exposición antológica que reúne algunas piezas seleccionadas de los últimos diez años de trabajo del pintor.

En esta década, dos grandes temáticas van a ser decisivas. De un lado, un trabajo «deconstructivo», de crítica, de demolición, de impugnación del «sistema moderno del arte». De otro, un homenaje cálido a la tradición pictórica, de la que se siente deudor, a través de la serie denominada «el museo imaginario».

¿Qué entiende Vicent Marco por «sistema del arte»? Todo ese complejo entramado de determinaciones (económicas, culturales, sociales, mediáticas…), que no tiene a priori nada que ver con la creación y la calidad artística, pero que sin embargo dominan e imponen sus leyes en el «mercado del arte». Ya en «Mediática del arte» (exposición de 2011), el pintor desnuda la falacia con que los medios de masas convierten el arte en una mercancía desprovista de toda «aura» artística, que se «vende» al público con las categorías habituales de cualquier otro producto: precio de venta, objeto de lujo, compraventa, robo, subastas, exposiciones-espectáculo, etc.

Y, en esa misma muestra, inicia ya la impugnación de eso que empieza a evidenciarse como la «relación imposible» del espectador con el cuadro, y que culminará con la muestra «INvidenteS» (Galería Imprevisual, 2014-2015), donde Vicent Marco despliega toda la potencia de su plástica para alertar de la completa «ceguera» que viene. Distraídos con el móvil, paseando por la sala como turistas ensimismados y ajenos, fotografiando los cuadros en vez de mirarlos, bostezando de hastío… los espectadores del arte actual, los visitantes masivos de museos, galerías y exposiciones, ya son completos «invidentes». Apenas miran y no saben lo que ven.

Mediática del arte, de Vicent Marco. Imagen cortesía del autor.

Mediática del arte, de Vicent Marco. Imagen cortesía del autor.

Para Vicent Marco el arte está hoy «secuestrado» por instancias que amenazan su propia supervivencia. Los medios hace tiempo que han reducido el arte a espectáculo y dinero. Las exposiciones aspiran a ser cada vez más «lúdicas». Las ferias de arte, ¿son eventos culturales o comerciales? Los artistas se jerarquizan por el valor de sus obras en las subastas. Un artista puede alcanzar la «gloria» solo porque lo respalda un político. El «sistema del arte» ahoga el arte. Lo expulsa. Lo mata.

Vicent Marco recorre todo el escenario de este crimen combinando la explicitud con la sutileza y el grito airado con la denuncia serena. La simplificación del color (apenas tres colores: magenta, escarlata y azul, junto a todos los matices de blancos y grises, y un leve apunte verde) no produce monotonía, sino que da fuerza al discurso interno, por la sabia conjunción de reiteración cromática y variaciones plásticas. También los cambios formales nutren esa sensación: se juega cartesianamente con las variaciones de arriba y abajo, izquierda y derecha, adentro y afuera… e incluso el propio marco interno está a veces roto, añadiendo puntos de fuga inéditos. La singular dialéctica de esta pintura entre lo que se ve y lo que no se ve, entre lo real y lo imaginario, entre lo figurativo y lo abstracto, hacen que el recorrido por las 80 piezas de esta exposición resulte un paseo instructivo, un campo de variaciones lleno de estímulos y sabiduría.

Y algo parecido ocurre con la serie «El museo imaginario», fruto de la última etapa del pintor. Allí vemos «escondidas», a partir de unos trazos aparentemente caóticos, algunas de las figuras canónicas de la historia del arte (arlequines y madonas), deslizándose libremente por el espacio de un lienzo liberado de sus límites. El autor invita al espectador a buscar y reconocer esas figuras, en un juego muy serio, donde las imágenes de la tradición pictórica reivindican, en su simplicidad y armonía, su eterna belleza indestructible. Es como si Vicent Marco elevara tenuemente la voz para recordar: «Podéis matar el arte, pero el arte es inmortal».

¿Arte sobre el arte? ¿Un discurso meta-artístico? ¿Acaso la literatura actual, en su mejor versión (citemos, por ejemplo, a Enrique Vila-Matas, Mario Levrero o Sergio Chejfec), no adopta a la propia literatura como tema central? ¿No es acaso este punto de vista uno de los más avanzados del momento presente?

80 cuadros y una instalación pictórica componen esta merecida muestra antológica de diez años (2006-2016) de la obra de Vicent Marco. El niño que quería ser pintor contra toda evidencia, y que hoy pone en evidencia con su pintura la verdad madura de su reflexión y su obra. ¿Cabe mayor coherencia?

Viaje pictórico al interior de su pintura y de su alma, esta muestra hace justicia a un artista que ha hecho justicia, durante décadas, al arte y a la pintura. En Valencia y fuera de aquí.

Ver, Mirar, de Vicent Marco. Imagen cortesía del autor.

Ver, Mirar, de Vicent Marco. Imagen cortesía del autor.

Manuel Turégano
Escritor y editor de Contrabando

Macrocosmos y microcosmos de García Cano

El universo pictórico de Miguel García Cano

Si analizamos la realidad bajo el prisma de la unicidad básica del mundo, si aceptamos que tanto lo cósmico y lo grandioso como lo cotidiano y lo pequeño se han modelado en la misma fragua, si entendemos que la misma lógica y las mismas reglas sirven para hablar de asteroides que de patatas, ya tendremos abierta una puerta esencial para penetrar en el universo pictórico de Miguel García Cano, cordobés afincado en Valencia, donde prosigue con indudable tesón una indagación personal al margen de cualquier capilla o escuela, un camino solitario y displicente, por el que camina él solo, por el que a veces se pierde, y  por el que, de tarde en tarde, alcanza hallazgos que se parecen mucho a la verdad del arte.

Miguel García Cano ha llegado a sus patatas cósmicas por exigencias de su propio instinto, incluso traicionando las demandas de su racionalidad pictórica y tomando una carretera secundaria por la que nunca tuvo la intención de transitar. Aquellos vibrantes pimientos, las sugerentes berenjenas y aun las tristes cebollas que, como «cuadros menores», y a veces puramente «comerciales», acompañaban los grandes lienzos de sus ambiciosas exposiciones, fueron adquiriendo, a su pesar y como sin querer, empotrados en aquellos fondos negros y zurbarianos, la fuerza de auténticas presencias telúricas, imposibles de ignorar.

Miguel García Cano. Fotografía de Maite Bäckman.

Miguel García Cano. Fotografía de Maite Bäckman.

Un tomate o una granada podían alcanzar una luz del fin del mundo, sin perder su textura comestible y un punto de ironía. Sí, porque en esta pintura, que excluye a los humanos, son los vegetales los que nos observan, a veces con ironía y a veces casi con ternura, con una discreta compasión. Sin pertenecer a la categoría pictórica de las «naturalezas muertas», yo diría que nadie siente frente a esas frutas y hortalizas la tentación de comérselas; como si uno intuyera, no que sean venenosas, sino que tienen un alma mineral y también un alma espiritual que no nos van a facilitar la digestión.

Las patatas de Miguel García Cano vuelan en el espacio sideral porque allí es donde está el ámbito en que su ser se muestra en su verdadera plenitud. Fuera de su contexto práctico (ya sea comercial, ya sea culinario, incluso fuera de su contexto agrícola), las patatas reivindican su condición de objetos únicos, radicales, indiferentes hacia nuestra cotidianidad. De tal forma se alejan de ese prisma práctico, que más parecen en efecto asteroides perdidos en la oscuridad primordial del universo. Rocas volantes surcando un vacío ilimitado sin destino ni dirección.

Cuando las cosas abandonan los planos más usuales de la realidad y buscan su esencialidad, aparece no solo su vertiente más ignorada sino también su vínculo con la totalidad. Es entonces cuando el macrocosmos (y su lejanía y dimensión terroríficas) se acerca al microcosmos (tan palpable en su accesibilidad) y podemos, por un instante, por un simple instante, acceder al secreto más profundo del universo. La radical unidad de todo lo que hay.

Miguel García Cano.

Miguel García Cano. Imagen cortesía del autor.

Pero también hay otra dura lección. Nuestra antropología lo ha reducido todo a la medida de nuestra arbitraria condición. En la enciclopedia del saber no hay ninguna entrada que remita a las patatas cósmicas de García Cano. Ni puede haberla. Allí está solo lo que dominamos, clasificamos, utilizamos, definimos y arbitramos. La kantiana «cosa en sí» ha sido abolida, pues no sirve a nuestros propósitos de dominio. Por eso la mirada de García Cano es tan extraña y singular: la indiferencia con que esa patata estalar se aleja en el espacio infinito no nos permite pensar ni en la tortilla de patatas ni en el hervido. Algo está fuera de lugar. Algo ha abandonado su casillero habitual. La patata ha entrado en otra dimensión. Una dimensión que nos habla de que las cosas viven y son al margen de nuestra condición. Que las cosas aspiran a una cierta totalidad. A su fusión con el universo. Que reivindican su condición de misterio y revelación. Exigen, y a veces claman, su propia metafísica. A través de ellas también se manifiesta la oculta esencia del mundo.

Al fusionar micro y macrocosmos, Miguel García Cano emprende un viaje singular. Se aleja aún más de las especies pictóricas a la moda y busca refugio en la esencia de la pintura. Un viaje en el que no encontrará ni acompañantes ni consuelo. Tampoco nosotros podemos hallarlo al ver esas patatas alejarse y perderse en la infinitud del espacio. Buscando no la lejanía, sino la plenitud de su ser. Y entonces sospechamos, con recelo, que nos vamos a quedar sin cenar.

Patata, obra de Miguel García Cano.

Patata, obra de Miguel García Cano. Imagen cortesía del autor.

Manuel Turégano, escritor y editor de Contrabando

¿Una camisa de fuerza para Arístides Rosell?

Esquizografías, de Arístides Rosell
Sporting Club Russafa
C / Sevilla, 5-B. Valencia
Inauguración: viernes 19 de junio, a las 20.00h
Hasta el 10 de julio, 2015

Tras casi doce años de silencio y ostracismo voluntario, Arístides Rosell vuelve a la escena pictórica valenciana. Entre el 19 de junio (Inauguración) y el 10 de julio, el Sporting Club de Russafa acoge la muestra Esquizografías, una treintena de dibujos a plumilla, la mayoría en blanco y negro, más otros ocho con relieves escultóricos, que rinden tributo de fidelidad al término de la psiquiatría francesa elegido como título de la exposición.

Si la palabra describe «el lenguaje incoherente que sintomatiza trastornos del pensamiento en ciertos estados de psicosis», la muestra gráfica es la versión plástica, anárquica y grotesca, de una subjetividad creativa entregada al delirio y a las sorprendentes patologías de un inconsciente abandonado a su propia suerte. El resultado de este envite está ahí, a la vista de todos. Y la pregunta que inevitablemente suscita es: ¿debemos ir preparando una camisa de fuerza para Arístides Rosell? ¿O haremos lo de siempre: mirar para otro lado y llegado el momento decir como unos bobos que «creíamos era una buena persona» el mismo día que la página de sucesos del Levante desvela la aparición de un nuevo Haníbal Lecter en Valencia?

Dibujo de Arístides Rosell en la exposición 'Esquizografías' en Sporting Club Russafa. Imagen cortesía del autor.

Dibujo de Arístides Rosell en la exposición ‘Esquizografías’ en Sporting Club Russafa. Imagen cortesía del autor.

Quizá lo mejor para prevenir y evitar ese espantoso ridículo sea sentar un rato a Arístides Rosell en el diván psicoanalítico (un diván extraño, eso sí, como una hamaca tendida entre dos palmeras) e intentar indagar en el origen de  los trastornos que lo han llevado a estas grafías delirantes, esquizoides. Lo hemos hecho. Y el resultado es este.

Arístides Rosell Cabrera vino al mundo el 7 de enero de 1965 en Ciudad de la Habana, Cuba. Olvidamos la infancia (freudianos heréticos) para llegar cuanto antes al decisivo momento en que ciertos impulsos estéticos le llevan a integrarse en la facultad de diseño. Es el buen momento del cartel cubano. Es el momento (mediados de los ochenta) en que jóvenes con inquietudes plásticas y un gen libertario todavía vivo aprovechan las aristas de la realidad para exponer leves disonancias.

Unos lo hacen cuestionando los símbolos patrios. Otros, como él, utilizando el sexo. Sexo explícito, penes y vaginas, de grandes dimensiones. Aunque es real que el sexo en Cuba está tan presente como el aire que se respira, su exhibición plástica era tabú. Estaba tan ausente de la plástica como la educación sexual de las escuelas. Exhibir la sexualidad era provocar: desafiar los clichés, importunar al machismo, recordar la falta de pedagogía social (y sus perversas consecuencias: enfermedades venéreas, embarazos prematuros, abortos traumáticos, luego el sida…).

Una exposición del 87 en la biblioteca del Instituto Superior de Diseño, titulada Sex-appeal, fue clausurada al día siguiente de su apertura. Otras, en cambio, pasaron el filtro de la censura, algunas de ellas junto a su profesora y amiga Eidania Pérez (arbitrariedad suprema del poder).

Dibujo de Arístides Rosell en la exposición 'Esquizografías' en Sporting Club Russafa. Imagen cortesía del autor.

Dibujo de Arístides Rosell en la exposición ‘Esquizografías’ en Sporting Club Russafa. Imagen cortesía del autor.

Pero esta veta creativa no era el único filón que explotaba ya entonces el joven Rosell. Según su propia confesión, siempre ha sido un artista «bipolar» (eufemismo de uso reciente para evitar la palabra «esquizofrenia», mucho más incómoda). Mientras en el campo más específico del diseño gráfico (la cartelística, por ejemplo) era deudor de la estética del compromiso (y lo sigue siendo: cree en la función pedagógica, moral, política o social del cartel, en que debe ser un mensaje destinado a la denuncia y a provocar el debate), en cambio en el ámbito pictórico se borran esas prescripciones y se convoca a todos los demonios internos. Mientras en el diseño gráfico se muestra incondicional de la racionalidad y el utilitarismo, y cree en la función social del arte, cuando se desplaza a la creación íntima parece dispuesto a mudarse al país de la Irracionalidad.

Pero esa irracionalidad no debe confundirse con el caos absoluto, no es una «pintura automática» al modo de la «escritura automática» de los surrealistas (y que en su versión más radical nunca produjo nada mínimamente satisfactorio). Al permitir el ingreso de lo inconsciente, se abren cajones de la mente que la racionalidad (el orden) tenía cerrados. Ingredientes censurados y ocultos de nosotros mismos, vuelven a entrar en acción.

Los deseos reprimidos se expresan mediante símbolos más explícitos, pero que aún encubren su impronta desestabilizadora. Incluso en ese caos hay un cierto orden. O, si acaso, unas débiles reglas que canalizan el desbordamiento. Rosell mantiene (a veces a duras penas) la figura, aunque sometida a grotescas formas de distorsión o a estructuras morfológicas delirantes. Como en el mundo del sueño, hay objetos, hay cosas, hay cuerpos, hay interacciones entre objetos y sujetos, entre unos cuerpos y otros, entre órganos, a veces entre vísceras (y aquí se despierta el inicial temor de este artículo).

Dibujo de Arístides Rosell en 'Esquizografías'. Sporting Club Russafa. Imagen cortesía del autor.

Dibujo de Arístides Rosell en ‘Esquizografías’. Sporting Club Russafa. Imagen cortesía del autor.

La naturaleza de todo está a veces alterada: hay manos de madera, o que se hunden en la tierra, o que se transforman en garras, o que han sido crucificadas… Todo está deformado, atravesado, hendido, desgarrado, metamorfoseado, devenido en otra cosa, sin utilidad. Todo está conectado, enganchado, colgado, sostenido (por esas horcas tan dalinianas). Hay enganches, remaches, clavos, ganchos… como si Rosell temiera que todo se desgajara, se dispersara, se desmigara y se perdiera en el espacio infinito. Esas «ataduras» de las cosas a veces son dolorosas, como esos ganchos que atraviesan las manos y que producen una aguda e inevitable sensación de dolor.

Y en medio de estos paisajes oníricos dibujados a plena luz del día (a lo largo de seis años, y mientras levantaba y mantenía viva la galería Imprevisual y se convertía en uno de los gestores culturales más valiosos de Valencia), un Rosell que ya ha cumplido los 50, vuelve una y otra vez a dibujar aquellos penes y vaginas de sus veinte años, en ávida remembranza de aquello gestos libertarios con los que se constituyó como artista.

Si en aquellos penes y vaginas había entonces un anhelo de escape y de fuga, también ahora los hay. Solo que ahora muchas cosas han perdido su vigor, aparecen fosilizadas, talladas en madera o mineral, resquebrajadas o rotas, necesitadas de sostén. El tiempo, tirano cruel, ha devorado la frescura y la firmeza de las cosas. La mano del pintor aparece ahora clavada a una cruz, desvitalizada, casi muerta, aunque aún busca prolongarse hasta el infinito para alcanzar el olvidado placer.

No, no creo que debamos preparar una camisa de fuerza para Arístides Rosell.  Al menos, no más que le necesitamos cada uno de nosotros. Lo que sí debemos es agudizar la mirada (hacia fuera: hacia sus dibujos) y hacia dentro (al bullente mundo escondido de cada uno) para sacar todo el partido posible de una exposición que no nos dejará indiferentes. Sí. Es así. Arístides Rosell ha vuelto.

Dibujo de Arístides Rosell en 'Esquizografías' en Sporting Club Russafa. Imagen cortesía del autor.

Dibujo de Arístides Rosell en ‘Esquizografías’ en Sporting Club Russafa. Imagen cortesía del autor.

Manuel Turégano

Vicent Marco y la moderna invidencia

INvidenteS, de Vicent Marco
Galería Imprevisual
C / Doctor Sumsi, 35. Valencia
Hasta el 26 de enero de 2015

Vicent Marco Puig (l´Alcúdia, 1956) inaugura una nueva exposición individual en la galería Imprevisual con el sugestivo e inquietante título de ‘INvidenteS’. Pero, ¿a quiénes afecta esta nueva forma de ceguera? La pintura de Vicent Marco viene de lejos, de muy lejos. Cuarenta años nos separan ya de su primera exposición individual (galería Amadis, Madrid, 1974) y algunos más de la primera exhibición de sus cuadros en exposiciones colectivas y concursos.

En todo este tiempo, ha sido un pintor a full time. Un artista dedicado en exclusiva a la pintura, a la construcción de su obra y a la meditación sobre el pasado y el presente pictórico. Tanto en sus distintos períodos «españoles» como en su larga estancia en México (más de una década), Vicent Marco ha ido levantando, sin interrupciones significativas, una imponente obra personal, en la que reina la coherencia, la evolución sin rupturas y una continuada reflexión sobre los vínculos entre su obra y el presente. Y es que su obra es un trabajo pictórico que busca insistentemente entablar un diálogo instructivo con la realidad. Eso que está ahí, fuera de nosotros, en interminable devenir, y que va fluyendo e influyendo en nuestra vida, alterando una y otra vez nuestra percepción de las cosas.

Obra de Vicent Marco en la exposición 'INvidenteS'. Imagen cortesía de Imprevisual.

Obra de Vicent Marco en la exposición ‘INvidenteS’. Imagen cortesía de Imprevisual.

Vicent Marco recorre ahora las salas de exposiciones, las galerías y los museos y ¿qué ve? Distraídos con el móvil, en actitud de turistas, absortos en las preocupaciones inacabables de sus grises vidas, figurantes ocasionales en un escenario incómodo, los expectadores deambulan por las salas como si fueran vestíbulos de aeropuertos o galerías comerciales. Los enigmáticos objetos colgados en las paredes no les dicen nada, no les llaman en absoluto, si acaso constituyen un bonito fondo para una selfie momentánea en la que lo único que importa es que uno mismo está allí, en primer plano, con una sonrisa demoledora. El arte ya no es siquiera decoración, es simple fondo, burdo paisaje a lo lejos. Y por supuesto, testimonio social de que «se estuvo allí».  La selfie no engaña.

En esta exposición, un Vicent Marco muy maduro lleva esa reflexión y su trabajo pictórico hasta un cierto límite. Aquel en el que constata un peligro, una amenaza, un riesgo letal para el arte. No se trata de una nueva y reiterada alerta sobre la pretendida «muerte del arte», bien por agotamiento estético o por su brutal sumisión comercial. No hay tampoco un temor ante el supuesto apocalipsis que puedan provocar las nuevas tecnologías al modificar las reglas de la creatividad artística. Su alerta -si por tal podemos tenerla- va en otro sentido. Y de la misma forma que el escritor Philip Roth ha advertido que la literatura puede morir (es decir, convertirse en algo minoritario e insignificante) por falta de lectores, de buenos lectores, Vicent Marco traza un amplio interrogante ante el riesgo de que la pintura -una vez perdida el aura- pierda también su visibilidad misma, sencillamente porque el espectador ya no ve nada. En una sociedad de «invidentes», la pintura no tiene sentido. No porque carezca de belleza y verdad, sino simplemente porque nadie la mira, porque nadie la ve.

Obra de Vicent Marco en la exposición 'INvidenteS'. Imagen cortesía de Imprevisual.

Obra de Vicent Marco en la exposición ‘INvidenteS’. Imagen cortesía de Imprevisual.

Hemos ido muy lejos. El arte, como decía Walter Benjamin, perdió el aura, pero ahora puede perder su razón misma de ser. ¿Qué sentido tiene una exposición en una sociedad de invidentes? La pintura es el arte de la mirada. La mirada escruta la obra como una llave que quiere abrir el cofre y encontrar el tesoro. Inmersa en el goce estético, lanza su anzuelo en busca de lo desconocido. A veces yerra, confundida: piensa que el cuadro es la respuesta, y no la encuentra. Y es que el cuadro no es la respuesta, el cuadro es la pregunta. El cuadro interroga. El cuadro encierra el enigma. Ese enigma reclama toda nuestra atención. Toda nuestra inteligencia. Toda nuestra sabiduría y sensibilidad. Y eso se despierta sólo intensificando la mirada.

Pero toda esa experiencia de la mirada y el arte es humo que se pierde tras la hoguera del presente. En ella arden no sólo el interés o la atención, la curiosidad y el reto, el juego o la magia, sino la capacidad misma de ver e interpretar lo visto. En la pintura cartesiana de Vicent Marco, donde la realidad se escinde siempre entre lo objetivo y lo subjetivo, el adentro y el afuera, el cuerpo y el alma, el caos interior es el correlato de esa total invidencia. La mirada ya no interpreta lo visto, sino que expresa el total sinsentido de la no-visión, de la ceguera emocional, sensible o intelectual. Ya no se mira, si se mira ya no se ve, y si se ve ya no se entiende nada, parecen decirnos -y advertirnos, también- los cuadros de Vicent Marco. Y en esa sociedad de ‘INvidenteS’, el arte podría caminar a su extinción.

Obra de Vicent Marco en la exposición 'INvidenteS'. Imagen cortesía de Imprevisual.

Obra de Vicent Marco en la exposición ‘INvidenteS’. Imagen cortesía de Imprevisual.

Y quizá con esa conciencia de fin, el pintor ha introducido también en esta exposición algunos cuadros de otra serie diferente. Una serie que bien podría llamarse «el museo imaginario», en la que algunas de las figuras canónicas de su gusto y formación se adivinan en los trazos indecisos que se mueven libremente por un cuadro que ahora, por voluntad del artista, rompe su marco y desdibuja sus límites. Como si el pintor anhelara que esas figuras de la historia del arte volaran libres fuera de sus tradicionales ataduras, pero conservando su simplicidad y su armonía, su eterna belleza indestructible.

Hermoso viaje pictórico el que nos invita a realizar Vicent Marco con esta exposición, un viaje lleno de dudas, de interrogantes, de anhelos y de una desasosegada inquietud sin angustia. El artista preserva su coherencia manteniendo el equilibrio necesario entre la armonía reconciliadora y el caos destructor. Y aunque muchos de sus temas puedan adscribirse -sin vergüenza alguna, con toda conciencia- a una cierta «sociología del arte», a la postre lo que domina en esta exposición es la fuerza y el vigor pictóricos que, para grata sorpresa nuestra, Vicent Marco mantiene completamente vivos cuarenta años después.

Obra de Vicent Marco en la exposición 'INvidenteS'. Imagen cortesía de Imprevisual.

Obra de Vicent Marco en la exposición ‘INvidenteS’. Imagen cortesía de Imprevisual.

Manuel Turégano

 

 

Vicent Marco: miramos, pero ¿vemos?

INvidenteS, de Vicent Marco Puig
Imprevisual Galería
C / Doctor Sumsi, 35. Valencia
Inauguración: viernes 12 de diciembre
Hasta el 26 de enero de 2015

¿Vemos? ¿Qué vemos? Todo el tiempo miramos, pero ¿vemos? Según Aristóteles la vista es el más importante de los cinco sentidos. A través de los ojos captamos la realidad: las formas, las dimensiones, los colores. La mirada es la llave que abre el cofre del mundo. Por ella sabemos de sus insondables misterios, intuimos sus oscuros secretos.

Obra de Vicent Marco en la exposición 'INvidenteS' de Imprevisual Galería. Imagen cortesía de Imprevisual.

Obra de Vicent Marco en la exposición ‘INvidenteS’ de Imprevisual Galería. Imagen cortesía de Imprevisual.

La pintura es el arte de la mirada. Mirar es interrogar. Aunque el cuadro no es la respuesta, el cuadro es la pregunta. ¿Pero cómo saberlo, si ya no miramos? Distraídos con el móvil, paseando por la sala como turistas, ensimismados y ajenos… hemos devenido auténticos invidentes.

La pintura de Vicent Marco es una inquisición sobre la no ­mirada de hoy, sobre nuestra actual invidencia. Pintor cartesiano, disocia en el cuadro lo interno y lo externo, el cuerpo y el alma, el mundo y la mente. Afuera seres extraños y ajenos deambulan abstraídos y perdidos. En su mente solo hay un caos indescifrable. No miran, y si miran ya no pueden interpretar lo que ven. En el mundo del arte perdido, Vicent Marco apuesta por romper los límites tradicionales del cuadro, abrir el espacio a la imaginación y golpear nuestra ceguera con esta inquietante pregunta: ¿Vemos?

Obra de Vicent Marco en la exposición 'INvidenteS' de Imprevisual Galería. Imagen cortesía de Imprevisual.

Obra de Vicent Marco en la exposición ‘INvidenteS’ de Imprevisual Galería. Imagen cortesía de Imprevisual.

Manuel Turégano