El MuVIM, ¡a todo gas!

En Moto!
Museu Valencià de la Il.lustració i la Modernitat (MuVIM)
C / Quevedo, 10. Valencia
Hasta el 30 de noviembre, 2014

Joan Gregori, director del MuVIM, se remontó al caballo para, tirando de esas riendas antropológicas, alcanzar el presente de las motos, que es a lo que iba. A lomos de esa reflexión, con alusiones a los centauros, mitad hombre mitad animal, y a los cyborgs, mitad hombre mitad máquina, justificó las cinco exposiciones que ocupan todas las salas del museo para hablar de la pasión de los valencianos por las motos. Y motos hay más de 120, de todos los tiempos y estilos. Desde el primer prototipo de 1889 de Francesc Bonet a las últimas que ruedan por los grandes circuitos. Y así, como una moto, arranca la temporada el Museu Valencià de la Ilustració i la Modernitat.

Detalle de una de las fotografías de Danny Lyon para 'The Bikeriders', de la Fundación Colectania, en el MuVIM.

Detalle de una de las fotografías de Danny Lyon para ‘The Bikeriders’, de la Fundación Colectania, en el MuVIM.

“¿Por qué nos gustan tanto las motos a los valencianos?”, se preguntó la diputada de Cultura, María Jesús Puchalt. La respuesta, añadió, estaba en el MuVIM, que trata de hacerlo “en forma de exposición”. En realidad se divide en tres: ‘Gas al museu’, donde se recoge el mundo de las competiciones deportivas, con sus héroes y monturas; ‘Històries de motocicleta’, con un tropel de vehículos para nostalgia de aficionados y público en general, y ‘The Bikeriders’, una exposición fotográfica de Danny Lyon producida por la Fundación Colectania. Una instalación de Juan Miguel Aguilera y el artista fallero Manolo García, y una muestra de Juan Luis Durán completan el macro montaje expositivo.

Detalle del cartel de la exposición 'En Moto!', en el MuVIM.

Detalle del cartel de la exposición ‘En Moto!’, en el MuVIM.

La pasión por ese “animal mecánico” que es la moto, según expresión de Gregori, queda principalmente reflejado en las 51 imágenes del singular Danny Lyon. Pasión, pasión. Porque el recorrido por las decenas de motocicletas que pueblan el museo está salpicado de nostalgia (¡mira, un sidecar y una vespino!), de recuerdos y remembranzas, incluso de datos sugerentes, pero la espectacularidad del montaje tiende a abotargar los sentidos. Lyon es otra cosa.

Detalle de la obra de Juan Miguel Aguilera para la exposición 'En moto!, en el MuVIM.

Detalle de la obra de Juan Miguel Aguilera para la exposición ‘En moto!, en el MuVIM.

“Danny era motero”, explica Pepe Font de Mora, de la Fundación Colectaina. Se hizo motero, “porque necesitaba la proximidad”, empaparse de aquello que quería contar en imágenes. “Prácticamente no había mitología y Danny rompe el cliché para mostrar a esos personajes”. Moteros del medio oeste americano que en la década de los 60 del pasado siglo se lanzaron a la carretera en busca de libertad. Como bien recordó Joan Gregori, esa visión “romántica” tenía su contrapunto con esa otra de los policías en moto reprimiendo ciertas manifestaciones políticas.

Fotografía de Danny Lyon para 'The Bikeriders', de la Fundación Colectania, en el MuVIM.

Fotografía de Danny Lyon para ‘The Bikeriders’, de la Fundación Colectania, en el MuVIM.

Las exposiciones del MuVIM pretenden hacerse cargo de esas múltiples facetas de la moto. Salvador Calabuig, uno de los encargados de coordinar el conjunto expositivo, habló de “clave social, bélica, industrial, rural, deportiva”, de un vehículo que además de instrumento de locomoción cumple otras funciones, desde la puramente icónica a la más libre y salvaje relacionada con la “pulsión por la velocidad” (Gregori dixit).

Fotografía de Danny Lyon para 'The Bikeriders', de la Fundación Colectania, en el MuVIM.

Fotografía de Danny Lyon para ‘The Bikeriders’, de la Fundación Colectania, en el MuVIM.

Hay Bultacos, Montesas, Ossas, Vespinos, Harleys, Ducatis, Derbis. Hay cascos, buzos, letreros luminosos, antiguas máquinas de gasolina, imágenes sepia y publicidad antigua. Y hay rostros de viejos conocidos: Ángel Nieto, Sito Pons, Aspar, Champi Herreros, Paco González o César Gracia, éste último recordando en vivo y en directo tiempos pasados. Hay de todo un poco y, eso sí, muy bien montado, para deleite de cuantos sienten el vértigo de la moto, ya sea por devoción o simple admiración.

Fotografía de Danny Lyon en la exposición 'The Bikeriders', de la Fundación Colectania, en el MuVIM.

Fotografía de Danny Lyon en la exposición ‘The Bikeriders’, de la Fundación Colectania, en el MuVIM.

Salva Torres

«La gente quiere evasión, sonrisas, final feliz»

Novela romántica
Olivia Ardey, Gemma Jordán, Olga Salar

La novela rosa ha muerto. ¡Viva la novela romántica! Esta faceta de la literatura popular, desdeñada por pomposos intelectuales, se ha convertido estos últimos años en huevo de oro de las editoriales, agobiadas por una reducción de las ventas que alcanza casi el 40%. Las historias de amor resisten los embates de la crisis, y no sólo eso. De alguna forma se benefician de ella al actuar como una fórmula accesible de evasión, como un bálsamo contra el malestar y el descontento generalizados.

Hace años dejó de ser lectura exclusiva de amas de casa aburridas de serlo para ampliar su radio de acción a mujeres de todas las edades, profesionales o no, incluidos bastantes hombres, aunque de momento sólo los más jóvenes se atreven a reconocerlo. Lectores muy adictos y fieles, conectados a través de las redes sociales. Unos en exclusiva  y otros omnívoros, que  combinan los relatos de amor con la novela histórica, negra, fantástica, etcétera.

Portada del libro 'En la Toscana te espero', de Olivia Ardey.

Portada del libro ‘En la Toscana te espero’, de Olivia Ardey.

Por otra parte, el género ha renovado tanto su continente como su contenido. Cubiertas muy bien diseñadas, ediciones hechas con mimo y, lo más importante, una cantera de autoras diestras en su oficio que interpretan partituras muy variadas de una banda musical con un ‘sí quiero’  de fanfarria final.

Al hablar de novela romántica hay que distinguir entre diversas variantes. La de ambientación histórica, con suspense, la de final abierto llamada sentimental, la homo romántica y la chick lit, destinada a profesionales jóvenes, de contenido más superficial que retrata el mundo de la moda y la publicidad.

Hoy día, la reina de la romántica es Megan Maxwell, nacida en Alemania y residente en Madrid, la escritora que más vende en España, aunque no es fácil que supere el reto de Corín Tellado, mítica autora que publicó 4.000 títulos a lo largo de su vida y vendió millones.

“La gente está harta de desgracias y busca evasión, sonrisas y finales felices”, afirma Olivia Ardey. “Ahora las autoras españolas tenemos más posibilidad de publicar, porque las editoriales ahorran así gastos de derechos y traducción». Bibliotecaria en Russafa, Ardey tiene contacto diario con lectores de todas las edades. Empezó con un taller de novela romántica y ya lleva más de seis títulos publicados. Desde ‘Damas de tréboles’, un western, a ‘En la Toscana te espero’ o ‘Regálame París’.

“La novela romántica es un género muy consolidado en este país”, dice Olga Salar, otra autora valenciana muy prolífica. “Ha evolucionado muchísimo, tanto en apariencia como a  nivel literario,  y ha ganado nuevos lectores que se suman a unas lectoras fieles que devoran una novela tras otra. Pasamos por momentos difíciles y la gente busca historias con final feliz, que ofrezcan esperanza y ayuden a desconectar de los problemas”.

Portada del libro 'He soñado contigo', de Olga Salar.

Portada del libro ‘He soñado contigo’, de Olga Salar.

Dosis de sexo

Todos los relatos románticos tienen en común describir una relación amorosa, aliñada con humor, viajes y peripecias, además de una dosis de erotismo al gusto de cada autora. La saga de E.L.James y sus secuelas han abierto una puerta y corren nuevos aires. “Han eliminado ciertos prejuicios incomprensibles asociados a este tipo de literatura”, dice Salar. “Han roto con la vergüenza y el estigma que siempre ha acompañado a las lectoras de romántica. Parece que ahora ya no está tan mal visto ser lectora del género, ni se le considera pseudoliteratura. El erotismo es un aspecto intrínseco al romance, o debería serlo. Personalmente,  dejo que la trama y los personajes marquen el ritmo, sin preocuparme por su abuso o carencia”.

Amor y chicos

La novela romántica no es terreno exclusivo de las féminas. Ellos también se atreven a hablar de amor. Nicholas Sparks, Federico Moccia, Marc Levi y Nicholas Barreau son algunos de ellos. En España, Francisco de Paula Fernández, autor de la serie juvenil  Blue Jeans. Otros varones en un mundo dominado por las chicas son: José de la Rosa, Javier Romero y Alex García. “Nuestras lectoras jóvenes buscan chicos duros con corazón tierno”, apunta Ardey. “Ese es el ideal de ficción que hoy impera, pero a la hora de la verdad prefieren chicos sensatos”.

Portada del libro 'Jimena no deshoja margaritas', de Olga Salar.

Portada del libro ‘Jimena no deshoja margaritas’, de Olga Salar.

‘A la luna de Valencia’

Carmen, estudiante de Turismo y coordinadora de una oenegé, y Sofía, una estudiante erasmus griega y  campeona de natación, son las protagonistas de ‘A la luna de Valencia’ (EdítaloContigo), de la periodista Gemma Jordán, primera novela homo romántica ambientada en Valencia. La acción se sitúa a mediados de la pasada década, en una primavera fallera y aparecen escenarios reconocibles de la ciudad. Escrito en primera persona, el relato alterna el punto de vista de ambas mujeres e incluye una trama de intriga policial. Cada capítulo se inicia en clave musical, con fragmentos de letras de canciones, la mayoría de artistas españoles: Loquillo, Estopa, Ana Belén, Efecto Mariposa, Manolo Garcia, etcétera.

Pese a ser su primera novela, Jordán no incluye en ella elementos auto biográficos, excepto “los lugares por los que se mueven los personajes y la música que escuchan. También  alguna expresión lingüística, que pensé les podía venir bien para resaltar rasgos de su carácter”.
Jordán no milita en ningún colectivo LGTB, pero como periodista se considera una ciudadana bien informada. “Defiendo las libertades individuales y la capacidad de cada uno de elegir su forma de vida”, dice. “Como tal me expreso y defiendo esas ideas cuando lo creo necesario, esto va aplicado al colectivo LGTB y a cualquier otro que sufra injusticias, que hoy por hoy todavía hay muchos”.

El hecho de que la literatura homo romántica se esté empezando a vender, no sólo en librerías especializadas, sino también en algunas generalistas, “ayuda a dar más visibilidad a la realidad, a normalizar la forma en la que se mira y trata a estos colectivos y a que se vean en cierta forma reflejados y comprendidos”, señala Jordán. “Pero al final, la literatura, literatura es. Son historias que narran algo, con protagonistas que sienten atracción por personas de su mismo sexo, no tiene nada especial”, concluye.

Detalle de la portada del libro 'A la luna de Valencia', de Gemma Jordán.

Detalle de la portada del libro ‘A la luna de Valencia’, de Gemma Jordán.

Bel Carrasco