El Rastro de Madrid: entre la memoria y el asombro

MAKMAOpinión | El Rastro de Madrid
Alberto Gómez Font y Carlos Varona Narvión
Lunes 28 de mayo de 2020

EL ZOCO DE MADRID

Es muy difícil hablar del “Rastro”, de nuestro zoco, sin olvidarse de algo, y por mucho que se afine en su descripción, siempre estará incompleta, pues cada domingo habrá algo nuevo o desaparecerá algo de lo que ya era habitual. Pero aunque difícil, es agradable hablar, escribir en este caso, un rato de este gran bazar, de este inmenso mercado, de este zoco a la española.

Me empeño en llamar “zoco” al “Rastro”, no porque sí, sino porque al pasear por estas calles no hago más que recordar los zocos de Marruecos, y no ceso de comparar a nuestro zoco con el de Fez, el de Mequinez, el de Marraquech, el de Tetuán, y todos los que he tenido la suerte de conocer. Si bien las mercaderías son algo diferentes, que no mucho, y las gentes visten algo distinto, que no del todo, el continuo vaivén, los abigarrados colores, las aglomeraciones, los gritos de los vendedores anunciando sus mercancías, el regateo, y muchas otras cosas, son exactamente iguales.

No es raro ver chilabas en el “Rastro”, en venta en los puestos que tienen los marroquíes en la calle de la Ribera de Curtidores, o puestas en los innumerables moros que cada domingo se pasean por nuestro zoco, recordando quizás el de su pueblo en Marruecos y regateando como solo ellos y los gitanos saben hacerlo.

Tampoco es raro notar en el aire del “Rastro” un aroma familiar al de los zocos magrebíes, y si seguimos el rastro de ese olor, llegaremos a la plaza del Campillo del Mundo Nuevo y veremos varios bares improvisados con dos mesas y un fogón, en el que se están asando esos deliciosos “pinchitos morunos” y otras sabrosas, en olor y apariencia, carnes adobadas; olores fuertes y cargados que tan normales son en los zocos del país vecino. Hasta un puesto de frutas y verduras hay ahora en la misma plaza, detalle que hace aún más grande ese paralelismo entre nuestro zoco y los magrebíes, abigarrada mezcla de las más inesperadas mercancías: fruta junto a tornillos, ropa junto a bocadillos, muebles junto a joyas, en fin…, todo junto a todo.

El Rastro en 1979. Fotografía cortesía de Casa Amadeo.

Paseando por el zoco de Fez, en la calle de Tala’a al Kabira, nos encontramos con varios “FUNDUQ” (de ahí nuestras palabras ALHÓNDIGA y FONDA), patios interiores a los que se entra por un zaguán, donde hay por lo general dos pisos, la planta baja y otro arriba rodeando al patio, con puertas y ventanas que dan directamente a este, o a un corredor (en el piso superior) cuya barandilla se asoma a aquel. Son patios dedicados cada uno a una mercancía: en uno se fabrican y venden los típicos bongos o “tam-tam”, en otro se curten y secan las pieles, en otro venden antiguas joyas y tapices, etc. Pues bien, en el zoco de Madrid, en la calle de la Ribera de Curtidores (donde antiguamente se curtían las pieles), también nos encontramos con patios de este tipo, dedicados aquí solo a las antigüedades, pero no por eso sin el mismo encanto y ambiente recogido de los “funduq” marroquíes.

El turista es otro de los personajes que se dan por igual en nuestro zoco madrileño y en los del otro lado del Estrecho. Son los mismos turistas; los ingleses, franceses, alemanes, holandeses y otras gentes de tierras más lejanas, que si vienen a Madrid no dejan de visitar el zoco dominical, y si van a Marruecos, a cualquier ciudad, lo primero que hacen después de dejar las maletas en el hotel es ir a darse un garbeo por el zoco; allí y aquí se comportan de igual modo, hacen sus fotos, sus primeros ejercicios de regateo, compran sus “souvenirs” y prueban las “especialidades-gastronómico-callejeras” del país para así olvidar la comida plástica del avión.

Quizás haciendo un examen más exhaustivo del “Rastro” aún encontraríamos más razones para llamarlo ZOCO, pero quedémonos con lo que se ve, lo que se huele, lo que se oye, y conozcamos algo mejor ese maravilloso mercado popular, ese zoco de Madrid.

Alberto Gómez Font (Plaza de Vara de Rey)
(Publicado en la revista La Voz del Rioba. Madrid, marzo de 1980 – Año I –Número II. Editada por Juan Manuel, Julio y Antonio)

40 AÑOS DESPUÉS

El texto anterior lo escribí por encargo hace ya cuarenta años, y este que escribo hoy es también un encargo, esta vez de mi amigo José Ramón Alarcón San Martino, que sabe de mi amor por ese mercado que visito desde mi juventud todos los domingos que estoy en Madrid y no llueve, y con quien, en compañía de Merche Medina, recorrí algunas veces el zoco de Tánger.

Ambiente dominical en la Ribera de Curtidores (2020).

Si es domingo y no estoy en la capital de España sino en alguna otra ciudad del mundo, siempre pregunto si allí hay algún sitio parecido a mi amado Rastro, y si lo hay busco cómo llegar y me sumerjo en sus colores y sus sonidos. Así lo hice en Nueva York y en Buenos Aires —varias veces—, y también visité los de Bogotá, Ciudad de México, Guadalajara (Jalisco), Barcelona, Miami, Damasco, Roma, París, Valencia, Nueva Delhi, Tánger, Washington, Marraquech, Lima, Zaragoza, Valladolid, Ámsterdam, Utrecht, Quito, Varsovia, Salé… Y siempre, en todos los que tuve la suerte de conocer y disfrutar, adquirí algún o algunos objetos, pequeños tesoros que me recuerdan esos paseos cada vez que los miro.

Me alegro mucho también cuando alguna amiga o amigo me piden que les muestre el Rastro, o cuando llegan a Madrid gentes querida de otras ciudades y de otros países y me ofrezco de cicerone el domingo por la mañana; me gusta compartir ese espacio mágico con las personas a las que quiero, aunque creo que como más gozo del paseo es cuando voy yo solo, a mi aire, a mi ritmo, o cuando mis compañeros de recorrido son mis amigos Carlos Varona y su esposa, Marga Pacheco, pues él está tan enamorado como yo de ese tipo de mercados de cosas viejas y antiguas, y es también un gran maestro del regateo.

No sé si me gusta más el Rastro de hoy o el que dibujaba en el artículo que escribí hace cuarenta años; son muy diferentes y muy parecidos, y muchas de las caras conocidas con las que sigo intercambiando sonrisas son las mismas —algo más avejentadas y con más brillo en los ojos— de entonces, si bien hubo en cierto momento un cambio de rumbo bastante radical: fue cuando la municipalidad de Madrid decidió «ordenar» y «legalizar» ese mercado y organizarlo de forma que cada domingo hubiera los mismos puestos, del mismo tamaño y con el mismo tipo de mercancías, con lo cual se acabó de un plumazo con dos de las características más atractivas que tenía hasta entonces: la espontaneidad y la sorpresa. Y es que en los tiempos en los que no estaba «ordenado», cualquier persona, sin necesidad de ninguna autorización, podía instalar su puesto para vender lo que le diera la gana, y se pagaba una «multa» simbólica al guardia municipal que servía para permanecer allí toda la mañana. Así era como de pronto alguien llegaba un domingo, extendía un trapo en el suelo, o ponía una mesita plegable, y sacaba a la venta los cachivaches que le sobraban en la casa, o lo que había recogido de la vivienda de sus abuelos tras la muerte de estos, o los objetos de artesanía fabricados con sus manos, o los recuerdos de su último viaje por la India. En aquella época —años 70 y 80 del siglo pasado— mi hermana, Pilar Gómez Font, y yo tuvimos un puesto en la plaza Vara de Rey, donde vendíamos juguetes antiguos de papel: recortables de muñecas, de casitas, de coches, de soldaditos, etc., cromos, dioramas, libritos de cuentos, figuras troqueladas de cartón…

Pero por mucho que lo quieran estabular, el Rastro sigue siendo un mercado muy vivo y muy avispado, y sigue dándonos sorpresas y alegrías a los que le somos fieles y no deja de sacarnos las mejores sonrisas, y también algunas carcajadas, como aquel día en el que me mostraron una colección de piernas ortopédicas entre las que había dos auténticas «patas de palo», o aquella vez que vi un confesionario en la tienda de una amiga y bromeamos sobre todo lo que se nos ocurría hacer en y con ese mueble.

Alberto Gómez Font junto a su puesto de juguetes antiguos de papel, a finales de los años 70. Fotografía cortesía del autor.

En ocasiones nos hace regalos inolvidables, como me ocurrió con una coctelera muy especial. Llevaba viéndola mucho tiempo, allá por la década de los años 80 del siglo xx, sobre la barra del antiguo bar —luego lo cambiaron de sitio— del Hotel Palace, en Madrid, cuando oficiaba como barman el maestro Eliseo Ibáñez; era muy distinta a las demás, pues simulaba ser un cañón, recostada sobre una cureña de madera con cuatro ruedas cubiertas de metal. Yo bromeaba diciendo que algún día les encargaría a unos chorizos que la robaran para mí, hasta que una tarde fui a ese bar y la coctelera ya no estaba sobre la barra; le pregunté a don Eliseo y me respondió que se la había sustraído sin que se diera cuenta. Pasados varios años la encontré en el Rastro, y pregunté el precio luchando por contener los nervios y la taquicardia: 20 000 pesetas. No estaba muy cara, sino carísima, pero llegué a un acuerdo con el vendedor para pagársela a plazos, y así fue. Hoy está en mi casa. Llegué a tener una colección de 260 cocteleras, que hace pocos años le vendí a mi amigo barman Diego Cabrera, pero me quedé con varias piezas; una de ellas es la coctelera cañón.

«Al contrario de lo que suele pensar la mayoría de la gente, queremos a las personas por lo que les damos y no por lo que ellas nos dan». Esas palabras del protagonista de la novela tangerina ‘Los muertos de Roni’, escrita por mi amigo Leo Aflalo, judío de Tánger, reflejan perfectamente una de las sensaciones que más me gusta sentir en mis paseos dominicales por el Rastro. Es la que experimento cuando veo algo que sé que le gustará mucho a alguna amiga mía o algún amigo mío, y de inmediato comienzo el proceso de compra —el regateo— para ver si logro conseguirlo a buen precio y guardarlo en mi casa hasta que tenga la oportunidad de regalárselo. Esa tendencia regaladora llega a veces al extremo de hacer colecciones para otros —los coleccionistas hacemos proselitismo—, como la de abridores-destapadores zoomorfos que hace algo más de un año comencé para mi amiga Sara Navarro, diseñadora de zapatos, con la que también saboreé una de esas sorpresas mágicas que el Rastro nos tiene preparadas: un día en el que paseaba yo solo vi en la almoneda de una conocida mía un par de zapatos de mujer bastante antiguos, forrados de tela de color amarillo, con unas hebillas muy historiadas. Un par de semanas después quedé con Sara para pasear por nuestro zoco y la llevé a aquella tienda; los zapatos seguían allí, y los duendecillos que se encargan de asombrarnos y de hacernos sonreír hicieron que cuando Sara agarró los zapatos y les dio la vuelta viera que en las suelas estaba escrito el apellido «Navarro». La siguiente vez que los vi fue sobre un mueble del salón de mi amiga zapatera.

Esos mismos duendecillos son los que lo organizan todo para que, de repente, el Rastro se llene de determinados objetos que son objeto —aquí es inevitable la redundancia— de nuestro deseo, como me ocurrió con las parejas de faisanes de metal plateado. Reparé en ellos por primera vez cuando acudí por primera vez —las redundancias siguen jugando con mi relato— a cenar a la casa de mi tocayo y amigo Alberto Navarro, embajador de España en Marruecos, en el barrio de Suisi, en Rabat; allí estaban adornando la mesa del comedor, y creo que eran de plata. Volví a ver una pareja de faisanes un domingo por la mañana en el Mercado del Perro (Suk al Kalb), en la ciudad de Salé, vecina de Rabat, pero eran de bronce y los que a mí me habían cautivado eran plateados. Terminados mis dos años de director del Instituto Cervantes de Rabat, ya de regreso en Madrid, comencé a verlos en el Rastro; se me aparecían por todas partes y los había de todos los tamaños, y fueron invadiendo mi casa, hasta que llegó el día en que eran tantos —más de veinte parejas— que decidí deshacerme de ellos y que volvieran al sitio de donde salieron. Se los vendí a mi amigo gitano Aquilino Motos Romera, que tiene un par de mesas en las que pone a la venta cosas viejas y antiguas, en la plaza de Vara de Rey, donde bastantes años atrás tuvimos el puesto mi hermana y yo. Y tiene mucha gracia pasar a saludar a mi amigo y ver los faisanes que un día fueron míos y adornaron el vestíbulo y el salón de mi casa. Así es el Rastro.

Así es, y así lo cuento en una serie de videos —pueden verse en YouTube en ‘Érase el Rastro’— que grabaron dos estudiantes de Periodismo para su Trabajo Final de Grado, a las que conocí un domingo por la mañana en el que caminaban mirando un plano y les expliqué que lo que para ellas era una iglesia en realidad era el edificio de la Tenencia de Alcaldía de ese barrio. Con ellas dos —Eva Hernández Martínez y Blanca Ribas— hablé mucho sobre el Rastro, con ellas lo recorrí y les presenté a mis amigos y conocidos que tienen tiendas o puestos en la calle, y con ellas hice el paseo final en el que me filmaron mientras les explicaba detalles e historias de ese mercado al que tanto amo.

Hace cuarenta años hablaba, en mi primer artículo sobre el Rastro, de las diferentes nacionalidades de los turistas con los que me cruzaba entonces, y hoy sigue siendo así, mas mis percepciones se han ido especializando y ahora me doy cuenta de cuál es la lengua dominante cada domingo, Así, de pronto, me llama la atención la cantidad de gente que oigo que hablan en italiano, y puede ocurrir hasta dos o tres semanas seguidas, para de pronto cambiar al francés, al alemán o al catalán, lengua esta última muy presente en Madrid en los lugares que visitan los turistas, pues la gente de mi tierra —Cataluña— siempre fueron muy viajeros.

Pero ir al Rastro no es solamente pasearse entre los puestos y entrar a las tiendas, pues al final del recorrido es de ley tomarse un vermú o un vino o una cerveza en alguno de los muchos bares que hay en ese barrio, y así lo hago yo, y se lo recomiendo a ustedes. Mi última parada es en un pequeñito bar de la calle de Toledo llamado La Paloma, famoso por sus gambas a la plancha y sus boquerones en vinagre, donde siempre remato mi paseo con tres ostras y una copa de vino blanco.

¡A su salud!

Alberto Gómez Font
De la Academia Nortemaricana de la Lengua Española

LA RECUPERACIÓN DEL ASOMBRO

Las mañanas dominicales están desde tiempo lejano llamadas a celebrar un rito. Algunos lo festejan bajo cúpulas bendecidas, otros estirando simplemente las piernas por un parque o dándose un opíparo desayuno entre periódicos. Mi particular ceremonia, cuando me encuentro en Madrid, consiste en ejercitar la mirada con los casi infinitos objetos desperdigados por el Rastro. Como la de un ave de presa, nada tiene que ver con la mirada perdida y difusa del turista, del paseante ocasional, sino una precisa y tensa, casi como un disparo, que da en la diana de un libro antiguo, de una rara porcelana, de un cuadro, de un cristal…, o de cualquier otra pieza juzgada en ese momento como si fuera una gema, algo irremplazable. El valor objetivo, el tamaño o el estado son lo de menos. ¡Lo importante consiste en la asociación de imágenes e ideas que suscita en solo décimas de segundo! Ese es el instante privilegiado no del buscador, pues no soy coleccionista ni persigo nada concreto, sino de quien encuentra.

El Rastro visto por el artista Alfredo González (Premio Nacional de Ilustración 2017).

¡Cada cual posee en la mente su propio Rastro! ¡No hay dos iguales! Los circuitos son allí más que variados, innúmeros, según el acompañamiento, las ganas, el tiempo, las vibraciones cambiantes del día… Se trata de una excursión abierta, de una caminata en cierto sentido «a ciegas», entregada a la admiración tanto adulta como infantil. Nada más distinto a los objetos estandarizados de los grandes almacenes en los que podemos prever cuanto vamos a encontrar. ¡Son aquí la piel y la propia biografía quienes dictan el hallazgo al azar! Tal o cual objeto: un bronce, una figura o un mueble, actúan como una botella a la deriva, varada sobre una acera, o bien mostrada en el anaquel de un anticuario, que como en un paseo por la playa recogemos sin esfuerzo tras discutir el precio con el vendedor. A este en ocasiones lo conocemos, y vemos envejecer domingo tras domingo a lo largo de los años, con el lejano y cómplice afecto de quien también lo hace. No sabemos sus nombres, nada de sus vidas, pero sus caras forman parte ya de ese particular espacio donde lo kitsch se da la mano con elegantes piezas, y bargueños o cornucopias barrocas de muchos miles que comparten dos metros cuadrados con la baratija… ¡Al euro! ¡Al euro! ¡Las fronteras no existen! ¡El vacío es inviable! La sopa primordial de átomos de la Creación está aquí en fusión absoluta…. ¡Y nosotros asistimos a ella!

Todo fluye sin cesar en este espacio de privilegio. Si te gusta algo… ¡Llévatelo! Puede que el domingo próximo —o dentro de tres minutos— ya no esté. O por el contrario, quizá permanezca por lustros en el rincón de una apartada almoneda. Todo es posible en este insólito lugar, encrucijada de estilos, donde se dan las más impredecibles combinaciones: el sobrio despacho de notario se combina con imágenes de una domadora de circo, la beata figurita de iglesia con el flash pornográfico, vestidos de cupletistas y Mata Haris nos lanzan al aire perfumes ya desbrevados pero de estimulantes evocaciones…

El poder del rito dominical consiste precisamente en eso, en que el placer de la sorpresa, como un relámpago difícil de escrutar, como un destello del pasado o tal vez del futuro, no desaparezca, y que aunque decaiga según las jornadas, se renueve de continuo. ¡Ahí estamos nosotros para dar fe de ello! Cierto es que rara vez se encuentra ya una verdadera ganga, pero la excitación del objet trouvé, rancio o vanguardista, nimio o principesco, sigue presente en esos objetos sacados de contexto y de su pretérito esplendor: cristales y maniquíes, bustos y lámparas, relojes y quincallería, motejados por rastrillos de bragas, de zapatillas y gafas. ¡Nada está excluido! … Y un inesperado descubrimiento, tal vez único, nunca se descarta. ¡El Rastro es un museo vivo! ¡Un happening real! Pero nada tiene de artificioso. Sucede todo fruto de un destino trascendente que se nos escapa. Es en verdad un laboratorio, un carnaval de infinitas biografías ofrecidas sin tener que ir a galerías o bibliotecas. ¡Soleadas o de intenso frío las mañanas siempre nos garantizan allí la recuperación del asombro!

Carlos Varona Narvión
Director del Instituto Cervantes de Marraquech

Alberto Gómez Font y su hermana Pilar junto a su puesto en el Rastro, ubicado en la plaza Vara de Rey, circa 1980. Fotografía cortesía del autor.

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Febrero y el arte en Madrid

#MAKMAOpinión #MAKMAExposiciones | Eco de las ferias de arte (Madrid, febrero de 2020)
21 de abril de 2020

“El fin último del arte contemporáneo no es crear belleza sino libertad. De ahí proviene su afán moralizador, que ha convertido en predicadores a muchos artistas” (José Antonio Marina)

Pensamos que el arte se ha ido liberando de toda restricción, que las fronteras se han ido perdiendo entre colores e ideas; que su aura ha desaparecido; incluso se ha llegado a hablar de su muerte, del hecho de que todo puede considerarse arte, y que ya nada lo es. En menos de 100 años, tanto la mente del artista como la nuestra han sufrido un gran cambio; se intenta rechazar lo que durante siglos ha dominado las creaciones artísticas, dando paso al vacío, a lo banal, a lo absurdo, a lo grosero; a un cuerpo sin sensualizar, sin glorificar, un cuerpo que se lacera, se pornografía y se ridiculiza. El arte intenta vivir en un mundo paralelo, se cree demiurgo, piensa poder superar las críticas del exterior y prueba a caminar entre la subjetividad y la irracionalidad.

El artista puede seguir por el cauce de lo clásico, pero un aro de aburrimiento lo persigue

Una vez más, Madrid optó por vestirse de arte contemporáneo el pasado mes de febrero de 2020, logrando un diálogo entre los diversos artistas, mientras que estos y sus galeristas dan un empujón a espectadores para introducirlos en el arte actual, sin perder de su punto de mira a los coleccionistas que hagan viable el asunto.

Feria ARCO (Madrid, 2020).

ARCO es la feria referente, la principal protagonista , y entre sus pasillos (IFEMA) nos encontramos, cómo no, con pinturas, esculturas, videoarte, fotografías, instalaciones…, realizadas por más de 2000 artistas que exhibieron su obra en las 209 galerías participantes; en esta edición aumentó la importancia de los artistas internacionales, así como el de las mujeres. Su tema central fue ‘It’s Just a Matter of Time’, inspirado en la obra del artista y activista cubano Félix González-Torres; y no faltó la fusión entre arte y ciencia, con artistas como José María Sicilia; pensamientos políticos como el de Fernando Prats, con su serie de obras sobre la dictadura chilena; o la problemática del cambio climático, visto gracias a la galería NoguerasBlanchard, que reprodujo en miniatura una de las obras de Leandro Erlich.

‘Primera Línea’, de Fernando Prats. Galería Joan Prats. Feria ARCO (Madrid, 2020).

No obstante, ARCO no llegó eclipsar a otras ferias que se encontraban en la ciudad esos mismos días y que podríamos denominarlas como sus satélites. Entre ellas nos encontramos con Hybrid Art Fair, ArtMadrid, Drawing Room, Justmad, Urvanity Art, Artist Madrid, Flecha y Salón de Arte Moderno.

“El dibujo ya no es un boceto ni un trabajo preparatorio, sino una obra con consistencia en sí misma. Es como la poesía en la literatura: un momento puro en el que el artista se desnuda” (Ramón García)

Drawing Room consiguió iluminar el Palacio de Santa Bárbara del 26 de febrero al 1 de marzo y ha llegado a tener una presencia internacional, contando con 16 galerías procedentes de España, Portugal, Holanda, Reino Unido, Suecia, Italia, Colombia y Argentina. Esta feria reafirma que el dibujo no solo es un instrumento que se acomoda a un proyecto, sino que puede ser el protagonista de una exposición, y a su vez un elemento totalmente independiente; algunos artistas como Sergio Sanz, Altea Grau, Marco Alom, Ana Romäozinho, entre otros, logran mostrarnos que el dibujo puede ser un medio para anotar ideas o visualizar proyectos, pero también puede adquirir un estatus más autónomo, creando imágenes, visiones, reflexiones, crítica…

Boceto para ‘Blues after hours’. Fotografía cortesía de la Galería Siboney, de Santander.

La última feria alternativa que nos dio tiempo a visitar fue Hybrid Art Fair. Muchos han sido los que han bautizado a esta feria como el «antiARCO». ¿Podemos afirmar que es cierto? Hybrid Art Fair tuvo lugar en el hotel Petit Palace Santa Bárbara, donde los artistas tuvieron que adaptarse al espacio, colocando obras encima de las camas, sobre las mesitas, en el baño, entre los armarios, sobre la televisión, entre las cortinas… Ocuparon dos pisos y decenas de estancias. Su objetivo era ser un escaparate de nuevos formatos de exhibición y difusión, encontrándonos no solo con galerías, sino con espacios de arte independientes, híbridos y alternativos, plataformas y colectivos de artistas. Por ello, era común pararte en una habitación y poder hablar con el propio autor, que estaba encantado de contarte las peripecias que tuvo que afrontar para adaptar su fruto al lugar, o para explicarte mejor su obra, necesitando en la mayoría de los casos una interpretación. En Hybrid Art Fair contaron con el mayor número de participantes extranjeros, que a su vez tenían ideas muy diversas, diseccionadas por las puertas y paredes del hotel, pero que se unían a través del espectador, el cual formaba, inconscientemente, la telaraña para atrapar el significado de lo que hoy podríamos llamar arte.

Feria Hybrid Art Fair (Madrid, 2020).

Tamara Pérez

Echo & The Bunnymen, entre estrellas, océanos y la luna (de València)

Echo & The Bunnymen + Júlia
Jardins de Vivers de València
Miércoles 10 de Julio del 2019
Entradas: Viagogo (pincha aquí)

Imagen promocional extraída página Facebook Echo & The Bunnymen

A estas alturas de la vida no creo que haya muchas dudas de que la segunda banda de Liverpool más popular después de los Beatles posee uno de los legados ochenteros de mayor prestigio y calidad.

Ian McCulloch y el resto de hombres-conejos anduvieron por estos lares ibéricos (Donosti, Madrid y Barcelona si no me falla la memoria) durante el pasado mes de febrero, dejando para el verano algunas plazas que reconquistar.

Imagen promocional extraída página Facebook Echo & The Bunnymen

Es ahora con la llegada de los exorbitantes calores que nos agobian y asedian cuando vuelven de gira entre el 10 y 13 de julio. Tres citas (Jardín Viveros en València, Sons de nit en el Claustre de Santo Domingo en Pollença –Mallorca- y el Festival Pirineos Sur de Huesca) con las estrellas, los océanos y la luna como núcleo del tour, a tenor del título que Echo & The Bunnymen otorgó al último recopilatorio publicado el pasado mes de octubre.

Imagen promocional extraída página Facebook Echo & The Bunnymen

Indudablemente ese mencionado “The stars, the oceans & the moon” será el plato fuerte para promocionar. Un disco que no es un compilado habitual pues recorre a través de diversas selecciones toda la trayectoria de los británicos con nuevas versiones transformadas respecto a las originales.

A criterio y gusto personal del que suscribe no son nada del otro mundo las novedosas lecturas de estudio que se incluyen de las cantinelas más antiguas, tales como “Rescue”, “Stars are stars”, “Zimbo” (también conocida como “All my colours”), “Seven seas”, “Ocean rain”, “The Killing moon” o “Bring on the dancing horses”. En todo caso me parece muy notable el resultado a nivel de arreglos y producción de todo un temazo como “The cutter”, así como el morbo de incluir una joyita oculta como es “Angels and devils”, originalmente cara b del single “Silver”.

Cartel concierto de Echo & The Bunnymen + Júlia en Vivers de València

Son las redenciones de las últimas canciones de los 80’s como “Lips like sugar” y “Bedbugs and ballyhoo”, o de los 90’s como “Nothing last forever” y “Rust” y,  muy especialmente la inclusión de dos excelentes nuevos temas como “The somnambulist” y “How far?” donde un servidor considera que tiene mayor interés este nuevo trabajo.

Lo que queda claro es que, a pesar de esa intermitencia histórica, en que aparecen y desaparecen como el río Guadiana, es una oportunidad fundamental para ver a una banda mítica que ha aportado mucho bueno a la digna causa musical, suficiente razón de peso para no perderse unas palabras mayores como son Echo & The Bunnymen.  

Juanjo Mestre

El paisaje y la luz del norte de Leo Wellmar

Land, de Leo Wellmar
My Name´s Lolita Art
C / Almadén, 12. Madrid
Inauguración: jueves 25 de abril de 2019, a las 20.00h

Hablar del movimiento romántico en el paisaje, es hablar de emociones y estados de ánimo. Exaltaciones contenidas en el atelier, donde el artista desataba toda su imaginación a la luz de las velas y alejado de la naturaleza.

El paisaje como excusa para provocar emociones y, sobre todo, para adentrarse en el estudio del color y de la luz, es lo que ha llevado a la pintora Leo Wellmar (Estocolmo, 1965) a realizar esta serie de trabajos, manteniendo como inspiración el paisaje y la luz del norte.

Leo Wellmar es consciente de la constante presencia de la naturaleza y de la importancia del paisaje en su vida. La propia artista habla de los “fuertes contrastes  de ambientes y gamas cromáticas en cada estación… una auténtica explosión de matices y de elementos y, desde mi punto de vista, un paraíso como medio de expresión”.

El paisaje es el escenario perfecto para un paseo emocional (concepto romántico), donde las sensaciones adquiridas toman fuerza a través de su propia luz, sin límites visibles entre la realidad y la ficción. En este punto puede haber un coqueteo científico – impresionista, el cual es evitado por la propia artista al hablar de su trabajo como “paisajes imaginarios e ilocalizables”.

En definitiva, el proyecto que presenta Leo Wellmar para la exposición, estaría vinculado a un proceso emocional y conceptual. El paisaje como punto de partida para lograr conceptos utópicos. Una simbiosis entre el “significante y el significado”, con el fin utópico de conseguir el concepto universal de la imagen.

Su obra es, en definitiva, el argumento perfecto para profundizar en el campo conceptual de los estados lumínicos. Variaciones  conceptuales, imaginarias, de paisajes inalcanzables, que se precipitan en figuraciones formales y reconocibles.

Red Trees, de Leo Wellmar en la exposición 'Land'. Imagen cortesía de My Name's Lolita.

Red Trees, de Leo Wellmar, en la exposición ‘Land’. Imagen cortesía de My Name’s Lolita.

El mundo de Dave Kusworth

Dave Kusworth Group + Stratos
Miércoles 10 de abril del 2019 a partir de las 21:30 h
Sala 16 Toneladas
C/ Ricardo Micó, 3 de Valencia
Entrada 12€ anticipada (www.movingtickets.com); 15€ taquilla.

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Imagen contraportada ‘The world of Dave Kusworth’

Otra extensa gira por España del maldito dandy británico Dave Kusworth sirve para dar a conocer el legado de uno de los músicos de culto más adorados entre crecientes minorías de privilegiados.

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Imagen extraída de la página de Dave Kusworth

Desde el año 1984 anda el de Birmingham repartiendo ese sonido tan especial que le caracteriza, entre rosas, licores y sonidos que evocan a los Faces, los Stones, Marc Bolan…

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Cartel del concierto de Dave Kusworth en sala 16 Toneladas

Primero fue junto al inolvidable Nikki Sudden formando el mítico grupo The Jacobites. En el más reciente recopilatorio «The world of Dave Kusworth» que está presentando en esta gira española por Barcelona, Tarragona, Pamplona, Donosti, Santander, León, Valencia, Albacete, Madrid y Alicante se encuentran algunas de las piezas más importantes de aquel período, como «Pin your heart to me», «Shame for the angels»…

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Portada del recopilatorio «The world of Dave Kusworth»

Junto a los Bounty Hunters, los Tenderhooks, los Tuppers o su más personal Dave Kusworth Group tras la muerte de Nikki forman el grueso de un álbum al que le falta mucho material del calidad que atesora este músico pero suficiente para tener una idea de su nivel o, por supuesto, para apoyarlo viéndolo en directo.

Juanjo Mestre

El olor a pólvora noir de Javier Valenzuela

‘Pólvora, tabaco y cuero’, de Javier Valenzuela (Huso, 2019)
Casa del Libro de Gran Vía
Gran Vía 29, Madrid
Presentación: miércoles 3 abril de 2019 a las 19:00

La Casa del Libro de Gran Vía (Madrid) acoge, el miércoles 3 de abril a las 19:00, la presentación en primicia de la novela negra ‘Pólvora, tabaco y cuero’, del escritor y periodista Javier Valenzuela, publicada bajo el sello Huso, que comanda la editora Mayda Bustamante. El acto contará con la presencia del prolífico y referente de la literatura noir española Juan Madrid.

Javier Valenzuela. MAKMA‘Pólvora, tabaco y cuero’ es una obra de múltiples resonancias: el primer detective anarquista en la historia de la novela negra; una protagonista que libra una batalla por la igualdad de las mujeres en unos tiempos particularmente machistas; la presencia en el relato de personajes históricos como el general Miaja o el escritor Arturo Barea; un homenaje al momento más heroico de Madrid, aquel del “¡No pasarán!”, cuando la ciudad, cercada y bombardeada, hambrienta y aterida de frío, se convirtió, como dijo el poeta Antonio Machado, en “rompeolas de todas las Españas”.

La aparición de esta novela negra, la tercera de Javier Valenzuela, coincide con el 80 aniversario del final de la Guerra Civil española.

Cubierta de 'Pólvora, tabaco y cuero', de Javier Valenzuela (Huso, 2019), cuya portada y creatividades interiores han sido creadas por el artista valenciano Fernando García del Real.

Cubierta de ‘Pólvora, tabaco y cuero’, de Javier Valenzuela (Huso, 2019), cuya portada y creatividades interiores han sido creadas por el artista valenciano Fernando García del Real.

Javier Valenzuela ha publicado con anterioridad 11 libros, 9 periodísticos y 2 novelas de temática noir ambientadas en Tánger. Nacido en Granada en 1954, trabajó durante 30 años en El País, donde fue director adjunto y corresponsal en Beirut, Rabat, París y Washington. Entre 2004 y 2006 fue director general de Comunicación Internacional en La Moncloa y en 2013, uno de los fundadores del digital infoLibre y el primer director de su revista tintaLibre. Recibió en 2017 el Premio de Periodismo Turia.

Paul Collins, vuelve el rey del powerpop

Paul Collins
27 de febrero del 2019 a las 21:30 horas
Loco Club
C/Erudito Orellana nº 12 de Valencia
Entradas 12 € anticipada y 15 € en taquilla

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Imagen extraida de la página de Facebook de Paul Collins.

Está a punto de comenzar una nueva gira de Paul Collins y eso es garantía de disfrute por parte de aquellos asistentes que decidan acudir a alguna de las cinco convocatorias que el neoyorkino tiene previstas por España, la primera en la Sala Stereo de Alicante, la segunda en el Loco Club de Valencia, dos consecutivas en el Fun House de Madrid y la última en el Teatro Juan Bravo de Segovia.

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Portada del disco Out Of My Head de Paul Collins

“Out of my Head», su último álbum, es la perfecta excusa para este Tour donde a buen seguro que incidirá una vez más en ese estilo suyo tan característico, un powerpop puro que mejor que nadie es él quien lo define, aunque en el nuevo disco parece tener una elaboración melódica mayor. Del citado álbum destacan pildorazos como «Go» o temas más profundos como «Killer inside».

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Imagen extraida de la página de Facebook de Paul Collins.

Junto a él estarán en esta gira Paul Stingo al bajo y Michael Ruiz, el batería original de los tiempos de The Beat. Por otra parte es de suponer que el rey del powerpop tocará más de un himno perteneciente a sus etapas con The Nerves o, sobre todo, con The Beat, lo cual es todavía mejor gancho para no perderse uno de sus conciertos.

Juanjo Mestre

Diversas morfologías del collage en Hybrid

Museo del Ruso de Alarcón (Cuenca)
III Hybrid Art Fair & Festival
Hotel Petit Palace Santa Bárbara
Habitación 216
Plaza de Santa Bárbara 10, Madrid
Del 1 al 3 de marzo de 2019

El Museo del Ruso de Alarcón (Cuenca) –dirigido por la galerista y comisaria de arte Marisa Giménez Soler–, en colaboración con los comisarios y gestores culturales Merche Medina y Jose Ramón Alarcón (Ecomunicam), participa en la tercera edición de Hybrid Art Fair & Festival, que tendrá lugar en el Hotel Petit Palace Santa Bárbara, del 1 al 3 de marzo de 2019, durante la Semana del Arte de Madrid.

Hybrid. MAKMABajo el título ‘Técnicas híbridas // (re)soluciones uniformes’, los diferentes proyectos permiten configurar una aproximación a las diversas técnicas del collage, el grabado o la serigrafía, como vehículos y procedimientos de impresión y/o ejecución –nucleares o complementarios en la trayectoria de los cinco artistas– para el estudio que sustenta la relación estética, pragmática y semántica entre propósito y (re)solución, implementado por Iván Araujo, Jorge Carla, Fernando García del Real, Rosa Padilla y José Pla.

Iván Araujo (Madrid, 1971)

Sus fundamentos técnicos transitan la pintura, el grabado, el libro de artista y la escultura. Su obra gravita alrededor del objeto, símbolo, elemento vertebrador y semiótico, pieza elemental y última. Araujo hace guiños constantes al pasado artístico, a la naturaleza muerta como género, a la pintura metafísica y al eclecticismo de la Transvanguardia italiana, pasando por alegorías de la figura humana, objetos imposibles y arquitecturas citadinas. Sus maderas encontradas y ensambladas, en búsqueda de un equilibrio de formas, cortan el plano con una singular combinación de sutileza y descarnamiento.

Imagen de la obra 'Juego prohibido', de Iván Araujo. Fotografía cortesía del Museo del Ruso.

Imagen de la obra ‘Juego prohibido’, de Iván Araujo. Fotografía cortesía del Museo del Ruso.

Jorge Carla (Madrid, 1974)

De vocación temprana y carácter inquieto, se interesó inicialmente por la noción de art brut de Jean Dubuffet y todo aquello que tuviera que ver con la desmitificación del arte. Su rebeldía le acercó a la obra de Jean-Michel Basquiat o a la carga expresiva de Willem De Kooning, fascinado por los mismos fenómenos orbitales y recurrentes de la subcultura que se proyectan hasta nuestros días. Sus influencias también giran entre el informalismo, el arte povera, el neoexpresionismo y el pop y reflejos de Joaquín Torres García.

Imagen de una de las obras de Jorge Carla presentes en Hybrid. Fotografía cortesía del Museo del Ruso.

Imagen de una de las obras de Jorge Carla presentes en Hybrid. Fotografía cortesía del Museo del Ruso.

Fernando García del Real (Valencia, 1967)

Licenciado en Bellas Artes, en su obra utiliza los mismos principios del collage tradicional: ensamblar elementos aparentemente dispares para formar un todo unificado, pero sustituye las herramientas de trabajo, el ordenador y el software por las tijeras y el pegamento. Su obra es un fiel reflejo del esteta que siempre ha sido. Entiende el arte como un valor esencial y tiene un olfato especial para observar todo lo que le rodea, para buscar la belleza en cualquier rincón, desde el desconchado de una pared hasta un garabato en una hoja.

Imagen de la obra 'Chicken hair', de Fernando García del Real. Fotografía cortesía del Museo del Ruso.

Imagen de la obra ‘Chicken hair’, de Fernando García del Real. Fotografía cortesía del Museo del Ruso.

Rosa Padilla (Valencia 1949)

Licenciada en Bellas Artes, trabaja desde hace décadas en sus estudios de Moraira y Valencia, siempre cerca de ese mar que tanta influencia ejerce en ella. Posee una amplia trayectoria como artista, ha realizado multitud de exposiciones y su nombre está presente en importantes colecciones nacionales e internacionales. En su obra se reconocen influencias de sus admirados Kandinsky, Joaquín Michavila o Fernando Zóbel. En sus collages, imágenes rotundas se erigen frente a otras delicadas y sutiles, creando composiciones en las que alegría, color y belleza comparten espacio con retazos de rabia, dolor y melancolía.

Imagen de la obra 'El secreto', de Rosa Padilla. Fotografía cortesía del Museo del Ruso.

Imagen de la obra ‘El secreto’, de Rosa Padilla. Fotografía cortesía del Museo del Ruso.

José Pla (Valencia 1970)

Licenciado en Bellas Artes por la universidad Politécnica de Valencia, pintor, escenógrafo, ha expuesto en varias galerías como Lae.Sferazul, Galeria Edgar Neville, Color Elefante o Mr. Pink, entre otras. Ha participado también en exposiciones colectivas en los museos Vostell Malpartida o MuVIM y ha colaborado en proyectos con otros artistas. Recientemente ha trabajado junto a la ceramista Eugenia Boscá en distintos proyectos. En su obra se observan referencias al surrealismo, a la Bauhaus y al expresionismo, así como destellos de cine e imágenes del pop americano.

Imagen de la obra 'Ortega en Valencia', de José Pla. Fotografía cortesía del Museo del Ruso.

Imagen de la obra ‘Ortega en Valencia’, de José Pla. Fotografía cortesía del Museo del Ruso.

Cristina Alabau. Abstracción y equilibrio

Cristina Alabau
Galería Alba Cabrera
Art Madrid’19
Del 27 de febrero al 3 de marzo de 2019

Es 29 de enero de 2019, la tarde es oscura y ventosa en València. En el barrio de Ruzafa llego a un callejón sin salida que reconozco, me detengo buscando el número del portal y, antes de verlo, una luz tenue a través de una ventana me hace sentir que ya estoy.

Mientras subo por la pequeña escalera de acceso noto cómo el frío va quedando atrás. La calidez, la calma, te invaden de golpe cuando entras en el estudio, en el refugio donde Cristina Alabau trabaja desde hace más de tres décadas. Todo allí parece pararse en el tiempo: el aire molesto del exterior –cuyo murmullo hace olvidar ahora una música suave–, las urgencias, las prisas. Es un espacio acogedor, de altos techos de madera y cubierta a dos aguas. Ella transmite también esa sensación plácida, que invita a compartir un momento de charla sosegada, aunque su ritmo de trabajo sea estos días acelerado, ya que se encuentra inmersa en plena vorágine productiva (en breve presenta su último trabajo en Art Madrid’19, feria internacional de arte contemporáneo donde acude con la Galería Alba Cabrera).

Imagen de la obra 'Espacio interior', de Cristina Alabau, que podrá contemplarse en el stand de la Galería Alba Cabrera durante Art Madrid'19. Fotografía cortesía de la galería.

Imagen de la obra ‘Espacio interior’, de Cristina Alabau, que podrá contemplarse en el stand de la Galería Alba Cabrera durante Art Madrid’19. Fotografía cortesía de la galería.

Observar así su obra, detenerte en los nuevos trabajos y adivinar antiguas series que se asoman, apoyadas unas sobre otras en las paredes, es también admirar un ejercicio de coherencia y perseverancia, un estilo defendido y reafirmado a lo largo de su extensa trayectoria, que comenzó a mediados de los ochenta y que hoy sigue consolidando exposición a exposición.

Sus cuadros elegantes, poéticos y sugerentes, encierran íntimas iconografías, enigmáticas formas que son ya reconocibles en su pintura y que definen universos propios, intransferibles, construidos con elementos simbólicos que nunca abandona y que dispone a través de resortes intuitivos.

Figuras esenciales, sutiles, que el color refuerza y que parecen latir bajo una musicalidad que se percibe cercana. Alabau une a su sensibilidad, a su gusto por lo bello, sus férreas referencias intelectuales. Admiradora y estudiosa de Paul Klee y Vassily Kandinsky, se reconoce tocada por el influjo que alentó a los maestros en el camino hacia la abstracción geométrica, y su imaginación vuela lejos, surcando los mismos cielos.

La artista Cristina Alabau en su estudio de Ruzafa. Fotografía: Juan Peiró.

La artista Cristina Alabau en su estudio de Ruzafa. Fotografía: Juan Peiró.

Cuando el sentimiento y el deseo marcan el objetivo, cuando la búsqueda del equilibrio supera fisuras, aúna energías, esquiva lo superfluo, prioriza la luz ante el tenebrismo y esquiva recovecos imposibles, el proceso lleva implícito el pausado ejercicio de distinguir y valorar lo esencial, lo que prevalece. Las figuras que aparecen en sus grandes lienzos, casi siempre cuadrados, de fondos limpios y claros, obedecen a tres conceptos que se repiten de manera hipnótica una y otra vez: el hombre, la naturaleza y el tiempo.

Al hombre, situado en el centro de la composición, siempre lo representan formas geométricas de tonos cálidos: rojos, anaranjados… que remiten al color de la sangre, del cuerpo, de la piel. En algunos de sus cuadros, la pintura acrílica aparece rayada, arañada, creando texturas llenas de experiencia, de vida. La noción de naturaleza se cuela en sus obras a través del verde, el gris… pero también lo hace de la mano de fotografías o de elementos orgánicos sacados del paisaje; fósiles, musgos, hongos, líquenes, flores… que durante el proceso creativo se revisten de cera, papel o capas de resina. Las formas blancas, a veces casi transparentes, son espacios que irradian luz, fulgor y que contagian, unen y difuminan las otras figuras que parecen dejar estelas, áureas que insinúan leves movimientos, etéreos balanceos.

La gestualidad manda, impulsada por la repetición de esquemas en una constante búsqueda de matices y ritmos para sublimar escenarios y plasmar visiones de vida. A veces, la representación se expande, parece dispersarse, pero la artista de nuevo la envuelve, encaja las piezas que une con líneas casi imperceptibles y regresa al todo. Y en ese todo huye de estridencias, lima aristas, oculta evidencias y se acerca a la forma redonda de la vida, porque es así como Cristina Alabau visualiza la existencia, al igual que Van Gogh –“La vida es probablemente redonda”– o que el poeta francés Joë Bousquet, quien recitaba “Le han dicho que la vida es hermosa. No, la vida es redonda”.

Imagen de la obra 'Espacio sensible', de Cristina Alabau, que podrá contemplarse en el stand de la Galería Alba Cabrera durante Art Madrid'19. Fotografía cortesía de la galería.

Imagen de la obra ‘Espacio sensible’, de Cristina Alabau, que podrá contemplarse en el stand de la Galería Alba Cabrera durante Art Madrid’19. Fotografía cortesía de la galería.

Las teorías de Gaston Bachelard, filósofo y amante de las ciencias, son otras de las influencias que han marcado su discurso. En su libro ‘La poética del espacio’ el autor se refiere también a esta idea, escribiendo que “lo que se aísla, se redondea, adquiere la figura del ser que se concentra sobre sí mismo” y remite al lector a los poemas franceses de Rilke:

“Árbol, siempre en medio
De todo lo que te rodea
Árbol que saborea
La bóveda entera del cielo […]”

El impulso creativo que guía a la artista se nutre de materiales y técnicas distintas. La pintura, el collage, la acuarela, el dibujo o la escultura tienen cabida en la evolución de su trabajo, aportando y enriqueciéndose entre sí. En la acuarela, sus formas se hacen más ágiles, se desdibujan y superponen; el papel, los trazos, la plumilla… plasman perspectivas fluidas y libres. Aunque ella se define como pintora, la escultura se ha convertido en compañera de viaje y aliada en sus últimas exposiciones. Tras una estancia en Italia, encontró en el cristal de Murano el material perfecto para desarrollar las piezas soñadas durante años. Blancas, translúcidas y frágiles, contienen colores y materiales en su esencia, que parecen reivindicar la importancia de lo sutil.

La artista Cristina Alabau en su estudio de Ruzafa. Fotografía: Juan Peiró.

La artista Cristina Alabau en su estudio de Ruzafa. Fotografía: Juan Peiró.

Marisa Giménez Soler

Tras la huella de Chicho Ibáñez Serrador

Fundación Academia de Cine
Legado de Chicho Ibáñez Serrador
Febrero de 2019

El legado de Chicho Ibáñez Serrador, Goya de Honor 2019, abrirá las actividades culturales de la Fundación Academia de Cine en febrero, con un ciclo dedicado a los directores españoles que han seguido su huella en el suspense y el terror. Comenzará con la proyección de ‘El orfanato’, de J.A. Bayona, el 4 de febrero a las 19:00 h. Tras el pase de esta cinta ganadora de siete goyas, Paco Plaza y Alice Waddington acompañarán a Bayona en un encuentro con el público.
El ciclo continuará con ‘Los otros’, de Alejandro Amenábar -martes 5 de febrero-; ‘Cuento de Navidad’, de Paco Plaza -6 de febrero- y ‘La habitación del niño’, de Álex de la Iglesia -8 de febrero-. Todas las proyecciones tendrán lugar a las 19:00 h.

El día 20, la Academia rendirá un homenaje a José Luis García Sánchez dentro del programa ‘Maestros’ que la Fundación dedica a grandes figuras del celuloide, a los que acompañan estrechos colaboradores y jóvenes talentos. Los directores Víctor García León y Pablo Berger mantendrán un diálogo con García Sánchez tras la proyección de ‘Pasodoble’, a las 19:00 horas.

Blancanieves, de Pablo Berger.

Blancanieves, de Pablo Berger.

Con el segundo mes del año llega una nueva sesión de ‘Montar, soñar…’, serie de encuentros con destacados montadores españoles, para acercar al público esta especialidad.  Tras el pase de ‘Blancanieves’, el día 7 a las 19:00h., Pablo Berger estará en la Academia junto al montador y director Fernando Franco en un coloquio moderado por Iván Aledo. 
A la proyección del largometraje colombiano ‘Pájaros de verano’, de Cristina Gallego y Ciro Guerra, el 19 de febrero, le seguirá una mesa redonda organizada en colaboración con B-Team Pictures, que versará sobre las relaciones del cine y el narcotráfico con la participación, entre otros, de la periodista Andrea G. Bermejo.

No será el único título internacional que tendrá espacio en febrero. El último filme de Nadine Labaki, ‘Cafarnaúm’, nominado al Oscar en la categoría de Mejor Película de Habla No Inglesa, se proyectará el día 12 a las 19:00 horas, en colaboración con Caramel Films.

Terra de llum.

Trinta lumes, de Diana Toucedo.

Con motivo de su reciente creación en la Academia, la especialidad de documental protagonizará una mesa redonda el 13 de febrero con la directora Diana Toucedo y la investigadora y docente María Luisa Ortega, que reflexionarán sobre el proceso de creación cinematográfica a través del lenguaje de no ficción en un encuentro moderado por la montadora Julia Juániz. Esta actividad servirá de arranque a un ciclo de películas documentales que se inicia este mismo día con ‘Trinta lumes’, dirigida por Toucedo.

El mismo día en que se cumple el décimo aniversario del Oscar a Penélope Cruz por ‘Vicky Cristina Barcelona’, el 22 de febrero, la Fundación programa el título de Woody Allen que le valió a la española la estatuilla como Mejor Actriz de Reparto en 2009.

Campeones, de Javier Fesser.

Campeones, de Javier Fesser.

Continúa el ciclo de ‘Series de cine’, que en el segundo mes del año tiene como protagonista a Vota Juan, una serie de TNT creada por Diego San José y Juan Cavestany, de la que se proyectarán dos episodios el 14 de febrero.
’Campeones’ será el protagonista de una nueva entrega de ‘Cine y Psicología’. El guionista David Marqués, los actores Juan Margallo y Gloria Ramos, la coach de actores Allende López y la psicóloga María Rebollo debatirán en la institución el día 26, tras el pase del exitoso filme de Javier Fesser.

Con la proyección del documental ‘Comandante Arian’ y un encuentro con su directora, Alba Sotorra, la institución celebra el próximo 27 de febrero el Día Internacional de la Mujer (8 de marzo). Una sesión promovida por Organización de Naciones Unidas, en colaboración con CIMA (Asociación de Mujeres Cineastas y del Audiovisual) y la Fundación Academia de Cine.

Chicho Ibáñez Serrador

Chicho Ibáñez Serrador