Los fantasmas de Chema López

Un cuento de fantasmas para adultos, de Chema López
Sala Martínez Guerricabeitia
Centre Cultural La Nau de la Universitat de València
C / Universitat, 2. Valencia
Hasta el 7 de septiembre

“Parece todo pensado, intelectualizado, pero me he dejado llevar por sensaciones”. He ahí, claramente expuesto por Chema López, la cuerda floja en la que se mueve el fantasma o los fantasmas aludidos en la muestra de La Nau. Por un lado, la racionalidad y, por el otro, las sombras. Por un lado, los avances técnicos que propiciaron la aparición de la fotografía, a la que Chema López rinde homenaje. Y, por otro, las fantasmagorías surgidas del propio aparato fotográfico como reflejo de una realidad esquiva al fenómeno científico.

Obra de Chema López en 'Un cuento de fantasmas para adultos'. La Nau de la Universitat de València.

Obra de Chema López en ‘Un cuento de fantasmas para adultos’. La Nau de la Universitat de València.

Bastaría una rápida hojeada a la literatura romántica para constatar el movimiento de gran parte de sus protagonistas por esa cuerda floja. Sujetos obsesivos, de pensamiento agudo e incisivo, que terminan viendo fantasmas allí donde buscaban certezas. La “presencia / ausencia” aludida por Chema López convirtiendo la exposición ‘Un cuento de fantasmas para adultos’ en un viaje alucinante al fondo de la mente. Allí donde la luz debe reinar, aclarando la realidad con sus múltiples figuras presenciales, es paradójicamente motivo de sospechas e inquietantes sombras.

Obra de Chema López en 'Un cuento de fantasmas para adultos'. La Nau de la Universitat de València.

Obra de Chema López en ‘Un cuento de fantasmas para adultos’. La Nau de la Universitat de València.

Chema López convoca un buen puñado de fantasmas en su exposición de la Sala Martínez Guerricabeitia. Fantasmas de reyes, de políticos, de criminales; de sujetos anónimos, reconocibles y particulares. Todos ellos convocados por el artista a modo de espectros que vienen a poner en cuestión los límites entre realidad y ficción. O también: a mostrar la extrañeza que provoca cierta realidad, cuando se somete a los dictados de la técnica.

Obra de Chema López en 'Un cuento de fantasmas para adultos'. La Nau de la Universitat de València.

Obra de Chema López en ‘Un cuento de fantasmas para adultos’. La Nau de la Universitat de València.

Utilizando el retrato, la catalogación científica del archivo criminal o el video documental, Chema López pone en igualdad de condiciones a los sujetos que protagonizan su cuento, merced a la fantasmagoría que los une como espectros del pasado. El inquietante cuadro de Miguel Primo de Rivera (“lo pintó mi tío”) y una fotografía de Los Ramones, colgada en la alcoba de una casa familiar del artista, vuelven a convocar fantasmas en un video que acompaña la exposición.

La ironía y el sentido del humor permiten rebajar la densidad de tan siniestra atmósfera, pero en ningún caso disminuye el atractivo por la figura en sí del fantasma, en tanto portador de una muerte que encandila y asusta. Atrae su comparecencia una vez desaparecido el cuerpo que le dio vida. Y produce miedo el reflejo de lo que nos aguarda a los vivos que, como ellos, seremos idéntico pasado pese a la tozudez con la que nos aferramos al presente.

Obra de Chema López en 'Un cuento de fantasmas para adultos'. La Nau de la Universitat de València.

Obra de Chema López en ‘Un cuento de fantasmas para adultos’. La Nau de la Universitat de València.

El cuento de fantasmas que Chema López nos cuenta a los adultos, con primoroso acabado tras “dos años preparándolo”, apela a cierta nostalgia del pasado, toda vez que el presente hace aguas por la crisis y el futuro se muestra incierto. Pero Chema López piensa que es precisamente de tanto “vivir en la esperanza”, como terminamos por “no vivir el ahora”. Los fantasmas de su cuento están ahí para recordarnos que reyes y villanos, militares y rockeros punk, son finalmente espectros que conmueven una vez transformados sus mortales cuerpos en figuras de un envolvente imaginario. La muerte, que el fantasma recuerda con su ¿presencia?, termina en cualquier caso imponiéndose en el arrebatado espectáculo de la mirada alucinada.

Obra de Chema López en 'Un cuento de fantasmas para adultos'. La Nau de la Universitat de València.

Obra de Chema López en ‘Un cuento de fantasmas para adultos’. La Nau de la Universitat de València.

Salva Torres

Sebastiao Salgado, ¡ay Dios, el Génesis!

Génesis, de Sebastiao Salgado
CaixaForum Madrid
Paseo del Prado, 36. Madrid
Hasta el 4 de mayo

Dicen que en el origen fue el verbo, la palabra, el lenguaje dotando de sentido al informe mundo. Una vez iluminada la larga noche de los tiempos, los hombres han portado la antorcha de las palabras para ir abriéndose paso entre las tinieblas. Pero la luz no ha dejado de estar amenazada por las sombras que esas mismas palabras proyectan en ocasiones, fruto del delirio humano. De manera que la naturaleza, tan pronto evoca el asombro como la estupefacción; el comienzo de lo terrible que todavía podemos soportar, por seguir a Rilke.

Fotografía de Sebastiao Salgado en la exposición 'Génesis'. Imagen cortesía de CaixaForum.

Fotografía de Sebastiao Salgado en la exposición ‘Génesis’. Imagen cortesía de CaixaForum.

Sebastiao Salgado, cámara en mano, se ha paseado por medio mundo para acercarnos esas maravillas de la naturaleza a punto de devorarnos por su belleza. Diríase que en el blanco y negro de Salgado se concita el esplendor de un mundo milagrosamente a salvo del capitalismo más salvaje, cuyo paradójico salvajismo es fuente a su vez de imágenes poderosísimas. Génesis, tal es el título de la exposición en CaixaForum, recoge mediante 245 fotografías todo ese esplendor primigenio de la naturaleza que Salgado bruñe con mirada inmaculada. Un génesis casi literal, por cuanto se adivinan detrás de esos cientos de imágenes la presencia velada de cierto dios separando la luz y las tinieblas.

Comisariada por Lélia Wanick Salgado, Génesis es un canto a la belleza mayúscula, ésa que linda con lo siniestro en tanto reverso o fina prolongación del éxtasis a punto de convertirse en doloroso abismo. Como recoge Wanick, “a lo largo de ocho años, en treinta y dos viajes a lugares remotos”, Salgado ha ido localizando paisajes terrestres y marítimos, así como diversos ecosistemas y grupos humanos que se han mantenido intactos, para dejar constancia de esa belleza que parece rebañar los ojos del atónito espectador.

Fotografía de Sebastiao Salgado en la exposición 'Génesis'. Imagen cortesía de CaixaForum

Fotografía de Sebastiao Salgado en la exposición ‘Génesis’. Imagen cortesía de CaixaForum

Dividida en cinco apartados, cada uno de ellos representando extensas regiones del planeta, a su vez diferenciados por colores que las delimitan en la sala de exposiciones de CaixaForum, Génesis abarca lugares tan dispares como la Antártida y los confines del sur, África, Las tierras del norte, La Amazonia y el pantanal o Santuarios como las islas Galápagos, Sumatra o Madagascar. Todos ellos espacios naturales al servicio de la poética mirada de Salgado, que más que fotografiar esos lugares lo que hace es crearlos a partir de un minucioso tratamiento del blanco y negro y del encuadre.

Los paisajes de Salgado conmueven sin duda por su grandiosidad, transmitiendo la sensación de fragilidad que produce tan inmensa naturaleza despojada de todo vestigio humano. Incluso allí donde mujeres y hombres de ciertas tribus y aldeas ocupan el protagonismo de la imagen, lo hacen para subrayar ese carácter atávico, primigenio, de la naturaleza que los contiene. Y cuando Salgado acerca su cámara para encuadrar fragmentos de esa naturaleza, entonces brota el asombro como efecto de la génesis propia del acto creativo.

Ya sea la pata de una iguana mariana, la enorme aleta de una ballena entrando en el agua, el labio forzado de una mujer indígena o el acechante rostro de un leopardo en la oscura noche, todo está dispuesto para que el ojo humano alucine visiones que Salgado produce con la sola sustancia del material fotográfico. El Génesis de Sebastiao Salgado en CaixaForum es un acto de pura creatividad en 245 imágenes de indudable belleza, allí donde la belleza asombra y provoca un temblor inexplicable.

Fotografía de Sebastiao Salgado en la exposición 'Génesis'. Imagen cortesía de CaixaForum

Fotografía de Sebastiao Salgado en la exposición ‘Génesis’. Imagen cortesía de CaixaForum

Salva Torres

EL GRAN HOTEL BUDAPEST

Los cuentos de Anderson

El viajero que visita determinados enclaves de Centroeuropa o se dirige hacia el este, con frecuencia considera ese paisaje como escenario de un cuento. Las calles empedradas, las cúpulas bulbosas o la arquitectura Art Nouveau confieren cierta magia a esta clase de lugares. Wes Anderson no resulta ajeno a esa idea: recurrir a la ciudad sajona de Görlitz como localización principal en su última película, incentiva el halo de relato infantil que circunda esta historia de aventuras extremadamente vitalista y dinámica. No en vano, el narrador es un escritor que, a modo de cuentacuentos, refiere la etapa más gloriosa del prestigioso Gran Hotel Budapest de la República de Zubrowka, un ficticio país en la zona alpina. Con el espíritu del escritor austriaco Stefan Zweig sobrevolando la película, el argumento se centra en las tribulaciones del refinado Gustave (Ralph Fiennes), conserje del hotel, y Zero (Tony Revolori), su botones de confianza. Cuando la rica anciana Madame D. (Tilda Swinton) fallece, el conserje resulta el heredero de una importante pintura familiar que desata unas trágicas consecuencias en el contexto del advenimiento nazi.

Poseedora de una excelente dirección artística −las obras de los austriacos Schiele y Klimt son sólo una parte del detallismo extremo y obsesivo en interiores y exteriores−, El Gran Hotel Budapest demuestra, una vez más, la poderosa inventiva de Anderson, creador de una divertida coreografía de luces, colores, música, encuadres y diferentes formatos fílmicos. Los constantes cambios espaciotemporales, la velocidad de las acciones y diálogos, el enjambre de personajes y el abuso cromático dirigido hacia el barroquismo rosa –destaca la escena de la invasión nazi− acrecientan el artificio mucho más allá de lo visto en Los Tenenbaums, una familia de genios (The Royal Tenenbaums, 2001) y en Moonrise Kingdom (2012). La teatralidad de la postrera obra de Anderson resulta, precisamente, su mayor virtud: la variación lumínica en un mismo plano o la utilización de maquetas son ejemplos que confieren a la película un aire de irrealidad y fantasía que, de nuevo, persisten en el concepto de cuento. Pese al carácter risueño de toda la película, el Gran Budapest, con sus suntuosos pasillos, sus posteriores baños en ruina y sus huéspedes distinguidos pero ya extintos, alberga un romanticismo melancólico que recuerda, en algunos momentos y salvando las distancias, la obra capital de Thomas Mann, a la par que despierta en el espectador el deseo del viaje en el pretérito Orient Express y el descanso en aquel hotel decimonónico de Estambul a la espera del encuentro casual con algún hospedado insigne henchido de recuerdos.

Tere Cabello

Budapest1. Una de tantas maquetas para El Gran Hotel Budapest (Wes Anderson, 2014)

Budapest1. Una de tantas maquetas para El Gran Hotel Budapest (Wes Anderson, 2014)