El cine marginal de los 70 y 80, en el IVAM

Sexopolíticas del cine marginal: años 70 y 80
Sala de la Biblioteca
IVAM
C / Guillem de Castro, 118. Valencia
Hasta el 6 de octubre de 2019

Durante los años setenta y los inicios de los ochenta hubo, en España, un espacio de creación y experimentación que tuvo el centro de sus discursos en las sexualidades disidentes. Todo definido por la convergencia de tres ámbitos de marginalidad (social, política y cinematográfica).

En este clima cohabitaron, entre otros, los directores de cine Pedro Almodóvar, Esteve Rovira, Pierrot, Carles Comas, Rafael Gassent, Lluís Fernández, Antonio Maenza, José Romero Ahumada, el colectivo Els 5 QK’s y Barcelona Súper 8, así como algunos artistas y activistas, como por ejemplo José Pérez Ocaña o Rampova.

‘La caperucita encantada en el bosque rojo’, fotonovela dirigida por Nazario publicada en la revista Víbora Cómixx nº 8 y 9, 1980. Imagen cortesía del IVAM.

Ahora, el IVAM programa una serie de proyecciones y conferencias para analizar este fenómeno ligado, no solo al cine, que es fundamental en la historia de la lucha por los derechos del colectivo LGTBi.

Desde el inicio de la década de los setenta, gays, lesbianas y trans empezaron a organizarse en los primeros colectivos militantes. Desde el pionero MELH, fundado en Barcelona en 1971, hasta los que llegaron después de la muerte del dictador, como el vasco EHGAM, el catalán FAGC, el madrileño FLHOC o el valenciano MAG-PV, los grupos activistas permitieron la organización de las manifestaciones principales, las que registraron las cámaras de José Romero (Barcelona, 1977) y Miquel Alamar (Valencia, 1979), y facilitaron la creación de lugares de encuentro y de actividades culturales y de ocio, como las primeras muestras de cine gay.

Esta cultura incipiente de la liberación sexual pronto se articuló, también, más allá de los colectivos, y los desbordó, quizás, a través de revistas, boletines, pasquines, carteles, libros, películas de ficción y fotografías que circularon por las calles, cuerpo a cuerpo, y dieron testigo de la revuelta y, al mismo tiempo, la alimentaron de imágenes.

Revista ‘La pluma’ nº 5, Barcelona, 1979. Coordinadora de Col·lectius per l’Alliberament Gai. Colección José Romero. Imagen cortesía del IVAM.

La doble militancia marxista/homosexual fue un hecho habitual, de forma que los colectivos de gays, lesbianas y trans se sumaron a causas proletarias, como el Primero de Mayo, y mantuvieron complicidad con otros movimientos, como el ecologista y antinuclear, por ejemplo. Esta tendencia se reprodujo con toda claridad en la esfera cinematográfica, en películas como ‘Orfeo filmado en el campo de batalla’ (1969), de Maenza. Las películas de Els 5 QK’s, como ‘Identitat’ (1976), sobre la reconfiguración de las identidades políticas y sexuales en los tiempos fugaces de la Transición, son, también, un buen ejemplo.

La cinefilia fue un elemento de resistencia común, como se puede ver en la emergencia de una crítica especializada o en la realización de festivales y sesiones de cine underground, pero también en los cómicos de Rampova y en los films y los carteles de películas de Els 5 QK’s, Rafael Gassent o los realizadores próximos a Barcelona Súper 8.

El discurso de la sexopolítica cobró forma en algunas propuestas cinematográficas mainstream y oficiales (Eloy de la Iglesia, Cecilia Bartolomé) o se entremezcló con subculturas, como el fantaterror de Pierrot, y actitudes experimentales de la mano de Carles Comas, Barcelona S8 y Maenza, y enlazó directamente con la obra de Zulueta, Arrieta o Teo Hernández. 

Cómic ‘Quiero la cabeza de Lou Lou García’, revista Mundo musical, Valencia, 1982. Imagen cortesía del IVAM.

«La gente quiere evasión, sonrisas, final feliz»

Novela romántica
Olivia Ardey, Gemma Jordán, Olga Salar

La novela rosa ha muerto. ¡Viva la novela romántica! Esta faceta de la literatura popular, desdeñada por pomposos intelectuales, se ha convertido estos últimos años en huevo de oro de las editoriales, agobiadas por una reducción de las ventas que alcanza casi el 40%. Las historias de amor resisten los embates de la crisis, y no sólo eso. De alguna forma se benefician de ella al actuar como una fórmula accesible de evasión, como un bálsamo contra el malestar y el descontento generalizados.

Hace años dejó de ser lectura exclusiva de amas de casa aburridas de serlo para ampliar su radio de acción a mujeres de todas las edades, profesionales o no, incluidos bastantes hombres, aunque de momento sólo los más jóvenes se atreven a reconocerlo. Lectores muy adictos y fieles, conectados a través de las redes sociales. Unos en exclusiva  y otros omnívoros, que  combinan los relatos de amor con la novela histórica, negra, fantástica, etcétera.

Portada del libro 'En la Toscana te espero', de Olivia Ardey.

Portada del libro ‘En la Toscana te espero’, de Olivia Ardey.

Por otra parte, el género ha renovado tanto su continente como su contenido. Cubiertas muy bien diseñadas, ediciones hechas con mimo y, lo más importante, una cantera de autoras diestras en su oficio que interpretan partituras muy variadas de una banda musical con un ‘sí quiero’  de fanfarria final.

Al hablar de novela romántica hay que distinguir entre diversas variantes. La de ambientación histórica, con suspense, la de final abierto llamada sentimental, la homo romántica y la chick lit, destinada a profesionales jóvenes, de contenido más superficial que retrata el mundo de la moda y la publicidad.

Hoy día, la reina de la romántica es Megan Maxwell, nacida en Alemania y residente en Madrid, la escritora que más vende en España, aunque no es fácil que supere el reto de Corín Tellado, mítica autora que publicó 4.000 títulos a lo largo de su vida y vendió millones.

“La gente está harta de desgracias y busca evasión, sonrisas y finales felices”, afirma Olivia Ardey. “Ahora las autoras españolas tenemos más posibilidad de publicar, porque las editoriales ahorran así gastos de derechos y traducción». Bibliotecaria en Russafa, Ardey tiene contacto diario con lectores de todas las edades. Empezó con un taller de novela romántica y ya lleva más de seis títulos publicados. Desde ‘Damas de tréboles’, un western, a ‘En la Toscana te espero’ o ‘Regálame París’.

“La novela romántica es un género muy consolidado en este país”, dice Olga Salar, otra autora valenciana muy prolífica. “Ha evolucionado muchísimo, tanto en apariencia como a  nivel literario,  y ha ganado nuevos lectores que se suman a unas lectoras fieles que devoran una novela tras otra. Pasamos por momentos difíciles y la gente busca historias con final feliz, que ofrezcan esperanza y ayuden a desconectar de los problemas”.

Portada del libro 'He soñado contigo', de Olga Salar.

Portada del libro ‘He soñado contigo’, de Olga Salar.

Dosis de sexo

Todos los relatos románticos tienen en común describir una relación amorosa, aliñada con humor, viajes y peripecias, además de una dosis de erotismo al gusto de cada autora. La saga de E.L.James y sus secuelas han abierto una puerta y corren nuevos aires. “Han eliminado ciertos prejuicios incomprensibles asociados a este tipo de literatura”, dice Salar. “Han roto con la vergüenza y el estigma que siempre ha acompañado a las lectoras de romántica. Parece que ahora ya no está tan mal visto ser lectora del género, ni se le considera pseudoliteratura. El erotismo es un aspecto intrínseco al romance, o debería serlo. Personalmente,  dejo que la trama y los personajes marquen el ritmo, sin preocuparme por su abuso o carencia”.

Amor y chicos

La novela romántica no es terreno exclusivo de las féminas. Ellos también se atreven a hablar de amor. Nicholas Sparks, Federico Moccia, Marc Levi y Nicholas Barreau son algunos de ellos. En España, Francisco de Paula Fernández, autor de la serie juvenil  Blue Jeans. Otros varones en un mundo dominado por las chicas son: José de la Rosa, Javier Romero y Alex García. “Nuestras lectoras jóvenes buscan chicos duros con corazón tierno”, apunta Ardey. “Ese es el ideal de ficción que hoy impera, pero a la hora de la verdad prefieren chicos sensatos”.

Portada del libro 'Jimena no deshoja margaritas', de Olga Salar.

Portada del libro ‘Jimena no deshoja margaritas’, de Olga Salar.

‘A la luna de Valencia’

Carmen, estudiante de Turismo y coordinadora de una oenegé, y Sofía, una estudiante erasmus griega y  campeona de natación, son las protagonistas de ‘A la luna de Valencia’ (EdítaloContigo), de la periodista Gemma Jordán, primera novela homo romántica ambientada en Valencia. La acción se sitúa a mediados de la pasada década, en una primavera fallera y aparecen escenarios reconocibles de la ciudad. Escrito en primera persona, el relato alterna el punto de vista de ambas mujeres e incluye una trama de intriga policial. Cada capítulo se inicia en clave musical, con fragmentos de letras de canciones, la mayoría de artistas españoles: Loquillo, Estopa, Ana Belén, Efecto Mariposa, Manolo Garcia, etcétera.

Pese a ser su primera novela, Jordán no incluye en ella elementos auto biográficos, excepto “los lugares por los que se mueven los personajes y la música que escuchan. También  alguna expresión lingüística, que pensé les podía venir bien para resaltar rasgos de su carácter”.
Jordán no milita en ningún colectivo LGTB, pero como periodista se considera una ciudadana bien informada. “Defiendo las libertades individuales y la capacidad de cada uno de elegir su forma de vida”, dice. “Como tal me expreso y defiendo esas ideas cuando lo creo necesario, esto va aplicado al colectivo LGTB y a cualquier otro que sufra injusticias, que hoy por hoy todavía hay muchos”.

El hecho de que la literatura homo romántica se esté empezando a vender, no sólo en librerías especializadas, sino también en algunas generalistas, “ayuda a dar más visibilidad a la realidad, a normalizar la forma en la que se mira y trata a estos colectivos y a que se vean en cierta forma reflejados y comprendidos”, señala Jordán. “Pero al final, la literatura, literatura es. Son historias que narran algo, con protagonistas que sienten atracción por personas de su mismo sexo, no tiene nada especial”, concluye.

Detalle de la portada del libro 'A la luna de Valencia', de Gemma Jordán.

Detalle de la portada del libro ‘A la luna de Valencia’, de Gemma Jordán.

Bel Carrasco