La revista más explosiva del siglo XX

Almanacs de La Traca (1915-1918)
Rafael Solaz y Marc G. Zacarés
Alenar Llibres

Nuestros padres tenían que cruzar los Pirineos, como Aníbal con sus elefantes para proveerse de revistas guarras y darse un baño de erotismo: Último tango en París, imágenes de mujeres desnudas, la mínima alusión al sexo estaban totalmente prohibidos por la censura franquista amparada por el nacionalcatolicismo. Nuestros abuelos, sin embargo, sólo tenían que ir al quiosco más próximo para alegrarse el ojo con señoras descocadas, más o menos pelanduscas, y reírse a mandíbula batiente con semanarios como La Traca, editado por el valenciano Vicent Miquel Carceller.

La revista más explosiva del primer tercio del siglo XX. No fue la única de este tipo, pero sí la de mayor difusión, llegando a los 300.000 ejemplares a principios de los treinta. Colaboraban en ellas escritores de la talla de Vicente Blasco Ibáñez, Maximilià Tous, Hernández Casajuana y Contell, entre otros, además de numerosos ilustradores. Algunos, como el propio Carceller pagaron su osadía y fueron fusilados tras la guerra civil. Cada fin de año la revista editaba un almanaque en formato más pequeño que resumía lo más selecto de los últimos doce meses.

Portada del libro Almanacs de La Traca.

Portada del libro Almanacs de La Traca.

Un siglo después de la aparición del primero de estos almanaques, en 1915, un libro reúne los cuatro primeros, hasta 1918. Almanacs de La Traca (1915-1918) (Alenar Llibres) es un trabajo conjunto del historiador y bibliófilo Rafael Solaz y el editor Marc G. Zacarés que se presentó el 23 de noviembre en el Ateneo Mercantil. El texto reproduce en facsímil  los cuatro almanaques que Solaz adquirió en una subasta, en julio de 2003, procedentes de un coleccionista catalán, comentados por él mismo.

“El descubrimiento de los almanaques fue para mí algo importante porque como bibliófilo no los había visto nunca, sabía de su existencia pero eran muy raros verlos en el mundo del comercio y del coleccionismo”, recuerda Solaz. La idea del esta edición peculiar surgió durante una conversación con el veterano editor Marc Zacarés, y ambos se pusieron manos a la obra. “Con este libro pretendemos que las nuevas generaciones conozcan y valoren estas revistas curiosas”, dice Solaz. “También recordar a quienes colaboraron en ellas, especialmente a los autores y dibujantes, algunos de ellos con trágico final como el de Carceller”.

Su valor es considerable, pues tanto los semanarios como los almanaques fueron destruidos tras la guerra civil a causa de una persecución que culminó con la muerte de  Carceller ejecutado en el Cementerio de Paterna. A lo largo de su existencia, entre 1911 y 1938, La Traca reflejó fielmente la transformación de hábitos y costumbres que se produjo en la Europa de entre guerras. Los locos años veinte, la Belle Époque, un paréntesis de libertad para unos, de libertinaje para otros, durante el cual la mujer se libró de los corsés y comenzó a recortarse el cabello y acortar la longitud de sus faldas, mientras agitaba las caderas al ritmo frenético del charleston.

Aires de cambio y de renovación que no tardarían en congelarse con el estallido de la Segunda Gran Guerra. La Traca absorbió esos cambios que venían desde más allá de nuestras fronteras y les infundió el marchamo de la casa, el hedonismo mediterráneo, la socarronería de la huerta, la lujuria hortofrutícola. Carceller diseñó la perfecta publicación  de corte popular que conquista a los lectores con una dosis de erotismo y humor. Ilustraciones picantes, chistes de doble sentido, historietas y otras secciones de entretenimiento llenaban sus páginas al módico precio de 25 a 30 céntimos.

Portada del almanaque Bésame. Imagen cortesía de Rafael Solaz.

Portada del almanaque Bésame. Imagen cortesía de Rafael Solaz.

El semanario  tuvo dos épocas, la primera de 1911 a 1922 y, tras dos años de prohibición durante la dictadura de Primo de Rivera, otra etapa hasta 1938. “La primera es más interesante respecto a sus contenidos humorísticos y de carácter erótico”, indica Solaz. “Después se politizó y se hizo anticlerical debido a los intereses de la época”. A raíz de su éxito surgieron otras cabeceras similares: Bésame, La Sombra, Colección Fifí, El Piropo, Colección Popular, La Chala. “También estas herederas de La Traca tenían sus respectivos almanaques, y como ella estaban redactadas en un valenciano sin rigor idiomático ni gramatical, con abundantes vulgarismos”, señala Solaz, una autoridad en V.M. Carceller al que menciona en varios de sus obras: La Valencia Prohibida, Figues i Naps o Pasiones bibliográficas.

Al hojear hoy esas páginas plagadas de opulentas féminas ligeras de ropa y chascarrillos eróticos festivos salta a la vista la liberalidad de una sociedad española a principios de siglo. Un ambiente muy diferente a la rancia e hipócrita moral que se impondría poco después. Aunque estas revistas sicalípticas estaban dirigidas al público masculino y su contenido denota cierto machismo inherente a la época, no dejan de tener su encanto y frescura. Demuestran que nuestros abuelos no eran unos mojigatos sino viejos verdes, aunque con el triunfo de Franco se impusiera la rancia moral y se acabara la fiesta por muchas décadas, hasta que llegó  el destape y surgieran revistas como Interviú o El Jueves dispuestas a desafiar las rígidas reglas del viejo régimen.

Ilustración del semanario La Traca. Imagen cortesía de Rafael Solaz.

Ilustración del semanario La Traca. Imagen cortesía de Rafael Solaz.

Fusilamiento de Carceller

Nada más acabar la guerra civil, en junio de 1939, se abrió una diligencia para localizar y poner a disposición de la Brigada Militar a “los colaboradores del soez, obsceno e impúdico semanario valenciano La Traca, que se distinguió siempre por sus campañas anticlericales, antipatrióticas y difamatorias”. Carceller y su segunda esposa Francisca Veres vivían en la calle Correo, junto a la tienda de artículos de piel conocida como la del Cocodrilo.

Pese a los consejos de algunos amigos preocupados por su suerte, el editor se negó a huir, arguyendo que nunca se había manchado las manos de sangre. Pronto los acontecimientos desmintieron su optimismo. Oculto en el domicilio de unos conocidos, fue detenido y tras un Consejo de Guerra, el 28 de junio de 1940, fusilado en el Terrer de Paterna. Según relata el profesor Antonio Laguna en uno de sus estudios, en la misma saca se encontraba el líder socialista Isidro Escandell, el escultor Alfredo Torán, el artista Alfredo Gomis y uno de los colaboradores de La Traca, el caicaturista Carlos Gómez Carrera, Bluff considerado una “inteligencia satánica”.

Efemérides de 1915

Con una colorista portada de lavanderas culo en pompa, el Almanaque de 1915 reúne las firmas de Luis de Val, Vicente Blasco Ibáñez, Bisbert del Cabanyal, Hernández Casajuana, Rivelles, Michó, Gascó Contell y Quiles Pitarch entre otros. Cada ejemplar tenía 64 páginas y su precio era de 25 céntimos. Tan sólo se incluyen un par de anuncios, el  papel de fumar Bambú y la pluma estilográfica Ideal Waterman. Contiene una referencia a las cuatro estaciones representadas por cuatro estaciones de ferrocarril: Norte, Aragón, Pont de Fusta y Jesús. Un tal Boticari de Villareal ofrece consejos de salud, se habla de toros y se ofrecen predicciones sobre el futuro. En el año 3.000 “la velocitat dels ferrocarrils será de dos mil kilómetros per hora”…

Bel Carrasco

Diccionario erótico valenciano

Figues i naps, de Rafael Solaz
Rom Editors

Cada generación cree que ha inventado la pólvora, sobre todo en lo que al sexo se refiere. Los jóvenes piensan que lo hacen más y mejor que sus viejos, pero a veces se equivocan. El caso de España es único, pues tras varias décadas de vivir con el cinturón de castidad del nacionalcatolicismo, llegó bruscamente el destape y la gente descubrió que tenía algo entre sus piernas. Desde los hierofantes en cueros que trepaban a la estatua de los héroes en la mítica plaza del 2 de Mayo, a la teta de Susana Estrada, icono erótico de la Transición, junto a Nadiuska o Ágata Lys,  o el desnudo de Marisol embarazada, fotografiada por César Lucas en la portada de Interviu.

Los tiempos cambian, y cada vez más rápido, pero la búsqueda del placer sexual perdura, aunque se disfrace bajo distintas máscaras y utilice soportes cada vez más sofisticados. La pervivencia histórica del erotismo se plasma en un libro del bibliófilo e historiador  Rafael Solaz que se presentó recientemente en la Universitat de València con el sustancioso título de ‘Figues i naps’ (Rom Editors).

Portada y contraportada del libro 'Figues i naps' de Rafael Solaz. Rom Editors.

Portada y contraportada del libro ‘Figues i naps’ de Rafael Solaz. Rom Editors.

Este diccionario erótico valenciano está plagado de términos que hacen referencia al mundo hortofrutícola y a la alegría de la huerta: Nap, figa, bacora, cotorra, pardal, piu, parrús. Es uno de los rasgos distintivos de la sexualidad mediterránea, que se practica entre naranjos y a la orilla del mar. Con  257 páginas y unas 300 ilustraciones, el libro incluye fragmentos de literatura erótica popular, canciones, refranes, poesías, sátira fallera, obras prohibidas, ocultas, etcétera.

“La literatura y el pensamiento popular van unidos a nuestras tareas cotidianas”, dice Solaz. “Un pueblo agrícola relaciona los productos que le rodean para aplicarlos al universo erótico. El glosario verde que acompaña la obra incluye muchos de ellos”.

El texto abarca desde el siglo XV a nuestros días, un recorrido por el erotismo cambiante según épocas, salpicado de prohibiciones y críticas moralistas. Recupera una parte de la literatura oculta, en ocasiones basada en la memoria oral, recuerdos transmitidos de generación en generación.

Una de las ilustraciones recogidas en el libro 'Figues i naps' de Rafael Solaz. Imagen cortesía del autor.

Una de las ilustraciones recogidas en el libro ‘Figues i naps’ de Rafael Solaz. Imagen cortesía del autor.

Revistas eróticas y burdeles

Las revistas eróticas nacieron en el siglo XIX y en el XX este tipo de publicaciones experimentó una eclosión, sobre todo a partir de la segunda década. “Es muy conocido el libro de finales del siglo XIX titulado La Mancebía de Valencia, de Manuel Carboneres”, cuenta Solaz. “Otro libro que trató la historia y recorrido de la prostitución en Valencia fue La Valencia Prohibida, que publiqué en 2004. En los locales de la calle de Quevedo se vieron los primeros cabarets muy concurridos  y  se vendían revistas y postales eróticas y algunas pornográficas de importación”.

También en los locos años veinte se abrieron locales como Salón El Dorado, La Rosa, Bataclán o Edén Concert. “Eran cabarets unidos a salas de baile y a bares servidos por señoritas, o sea prostitutas, centros erótico festivos, con sesiones artísticas, frívolas y entretenidas. Un servicio carnal corriente costaba entre diez y veinte pesetas. Se editaron algunos folletos para preservar la salud, sobre todo orientados a evitar las enfermedades venéreas”.

Durante un bombardeo en plena guerra civil, en un local de la calle de Ribera se apagaron las luces. Al finalizar se iluminó de nuevo la sala de baile como si nada hubiera pasado. Una corista cantaba: ‘Tengo una casa con dos entradas, a la que se accede con facilidad, bien por delante, bien por detrás’. A buen entendedor pocas palabras bastan.

Una de las fotografías incluidas en el libro 'Figues i naps', de Rafael Solaz. Imagen cortesía del autor.

Una de las fotografías incluidas en el libro ‘Figues i naps’, de Rafael Solaz. Imagen cortesía del autor.

Callejero de la prostitución

Los orígenes del Barrio Chino de Valencia se remontan al siglo XIV con la instalación del Partit, situado en la actual Beneficencia, un lugar regulado, cercado por muros, con pequeñas casitas donde se ejercía la prostitución. Cuando a principios del siglo XVII se elimina el Partit, la prostitución se extiende por el llamado Bordellet dels Negres, entre la Universitat y el Teatro Principal.

En el siglo XIX al final de la calle de La Nave y área del Parterre existían callejuelas que también contaban con la presencia de prostitutas. Poco a poco el tráfico sexual se fue desplazando hacia el céntrico barrio de Pescadores, entre las actuales calles de las Barcas y Roger de Lauria. Con el derribo del citado barrio, a principios del siglo XX, la prostitución se desplaza hacia la calle de Quevedo y adyacentes, hasta que la apertura de la avenida del Oeste traslada el comercio carnal hacia una zona inmediata, el barrio del Pilar o de Velluters.

Es entonces cuando a este lugar se le da el título de Barrio Chino. Tuvo su apogeo entre los años cuarenta al sesenta, y decayó en los ochenta. En la actualidad el barrio de Velluters y sus calles se han regenerado, lo que ha provocado que tan sólo quede una calle como recuerdo: la de Viana, con contados locales, un lugar considerado como la última frontera del Chino, un recuerdo que languidece.

Solapa del libro 'Diccionario erótico' de Rafael Solaz. Imagen cortesía del autor.

Solapa del libro ‘Diccionario erótico’ de Rafael Solaz. Imagen cortesía del autor.

Bel Carrasco