‘Vivarium’: el siniestro retorno de lo repetitivo

‘Vivarium’, de Lorcan Finnegan
Con Imogen Poots y Jesse Eisenberg
97, Coproducción Irlanda-Bélgica-Dinamarca-Estados Unidos | Fantastic Films, Frakas Productions, PingPong Film, XYZ Films. Distribuida por XYZ Films, 2019
Premier en Filmin
Miércoles 14 de octubre de 2020

No cabe duda que la película ‘Vivarium’ (2019), del director irlandés Lorcan Finnegan, evoca un sentimiento siniestro propio de los relatos fantásticos. Un sentimiento, como señala Sigmund Freud en su ensayo ‘Lo siniestro’ (1919), que está próximo a lo espantable, a lo espeluznante, a lo angustiante. Y en ‘Vivarium’ todo el universo narrativo está construido para provocar, tanto en los personajes, como en el público, una sensación de espanto y de angustia. El filme de Finnegan, al igual que los cuentos fantásticos, en concreto ‘El arenero’, de E.T.A. Hoffmann –escritor por excelencia de lo siniestro en literatura–, sumerge a los personajes y despierta en el espectador ese efecto siniestro de manera intensa y nítida.

Ahora bien, nos debemos preguntar: ¿qué procedimientos narrativos moviliza el relato cinematográfico de ‘Vivarium’ para inscribir esa angustiosa sensación siniestra?

Fotograma de ‘Vivarium’, de Lorcan Finnegan, estrenada en Filmin.

Para contestar a esta pregunta sería conveniente recordar las palabras del poeta Schelling, cuando enuncia lo siniestro como “todo lo que debería haber quedado oculto, secreto, pero que se ha manifestado”. Una definición que para Freud deja en evidencia las dos posibles representaciones de lo siniestro: por un lado, “se trata de lo que es familiar y confortable”, y, por otro,”lo oculto, disimulado”.

¿Y no es acaso comprar una casa para crear un hogar uno de los actos más relacionados con la representación de lo familiar y lo confortable?

Este acto es el que quiere llevar a cabo la pareja protagonista de la película ‘Vivarium’: Gemma (Imogen Pots) y Tom (Jesse Eisenberg). Por eso, visitan la urbanización llamada Yonder, acompañados de un extraño vendedor inmobiliario, cuyo comportamiento está más cercano a un autómata que a un humano, llamado Martin (Jonathan Aris).

La urbanización Yonder de ‘Vivarium’, película de Lorcan Finnegan estrenada en Filmin.

En la entrada de la urbanización, hay una valla publicitaria compuesta por una imagen estereotipada de una familia americana de los años cincuenta y un slogan que promete “Viviendas familiares de calidad y para toda la vida”.

Tras esa valla se sitúa una impecable, impoluta, insonora, hasta inodora, urbanización de las afueras de una gran urbe –en este caso, de Nueva York–, con sus calles de una perfecta simetría, con sus semejantes casas unifamiliares, pintadas con tonos verdes pasteles, sus tejados de pizarra negra y sus chimeneas amarillas, con su cielo azul mediterráneo salpicado con pequeñas nubes blancas de similar forma. Una urbanización –la creada por Finnegan– que rememora la estética kitsch y surrealista del pintor belga René Magritte y, en particular, de dos de sus cuadros: ‘El imperio de las luces II’ (1950) y ‘El tiempo perforado’ (1938).

Fotograma de ‘Vivarium’, de Lorcan Finnegan, estrenada en Filmin.

Una estética kitsch y surrealista que no puede disimular la existencia de algo oculto y extraño que emana del constante retorno y repetición de lo semejante existente en esas casas, calles y nubes. Será al final del relato cuando aflore el espeluznante secreto oculto en el subsuelo de la urbanización, a modo de pesadilla angustiante de la protagonista. 

Toda la intriga siniestra de la trama del relato, Finnegan la ha condensado en el título y las imágenes de los créditos. Por una parte, a través de  la palabra del título de la película, ‘Vivarium’ –del latín “lugar de vida”, que supone generar un ecosistema propio de una especie para la investigación–; y, por otra, en la cruda imagen de los créditos, donde un cuco se come al pájaro que le está alimentando –propio de las aves de conducta conocida como parasitismo–.

La casa nº 9 de la urbanización Yonder, de ‘Vivarium’, de Lorcan Finnegan.

La metáfora sucinta en el título y en las imágenes de los créditos transmite el destino espeluznante que le espera a esta pareja encerrada en ese hábitat laberíntico de la urbanización Yonder: ser nodrizas de un niño autómata que los matará en cuanto pueda independizarse.

En el universo narrativo y estético de ‘Vivarium’ no hay posibilidad de romper el hechizo de las casas encantadas de la urbanización Yonder, para que lleguen a convertirse en espacios hogareños y familiares. Lo siniestro se expande y se repite sin piedad en ese entorno urbanístico, lugar donde crecen esos autómatas llamados Martin.

Vivarium
Cartel de ‘Vivarium’, de Lorcan Finnegan, estrenada en Filmin.

Begoña Siles

Amor y cuitas de la Café Society

‘Café Society’, de Woody Allen
Estreno en España: 26 de agosto de 2016
Cines Babel
Vicente Sancho Tello 10, Valencia

Asomarse a la filmografía de un director, ya octogenario, tan prolífico como excelsamente irregular implica aprehender la naturaleza de su estilo, asumir su carácter predecible por razones de perseverancia y, en ocasiones, acomodo o mímesis del horizonte de aquellas obsesiones que trazan el mapa humano de su particular cosmogonía cinematográfica.

Y así se procura en su cuadragésimo sexta película, ‘Café Society’, una comedia dramática o un drama con píldoras de comedida hilaridad, cuya arquitectura técnica y orbe de personajes esteriotipados sirven a una causa tan común como ineludiblemente atemporal: las cuitas del amor.

Jesse Eisenberg y Steve Carell durante un instante de 'Café Society', de Woody Allen.

Jesse Eisenberg y Steve Carell durante un instante de ‘Café Society’, de Woody Allen.

Woody Allen, de la mano del oscarizado director de fotografía Vittorio Storaro, retorna a la soleada “Hollywood Babilonia” de los años treinta del siglo XX, con un maquillaje mucho más pulcro y afeitado que aquellos sótanos referidos por el libérrimo Kenneth Anger, para componer un apurado y fascinante croquis de la industria angelina, a base de cera moldeadora, frontispicios de Beverly Hills y Dry Martini tan natural como el tap water. “Era el glamur de Cocoanut Grove y el Trocadero. No había muchos lugares a los que ir, no duraba hasta tan tarde, la ropa era más ligera y todo el mundo iba a los sitios en coche. Había una parte que era muy glamurosa, porque contaban con las estrellas de cine, pero Nueva York poseía cierta sofisticación de toda la noche de la que Hollywood carecía”, sentencia el director al respecto.

Sin embargo, lo que brinda título a su último filme hace referencia a los refulgentes anaqueles, salones y calimas de Café del microcosmos citadino de la Beautiful People parisina, londinense, vienesa y, por supuesto, neoyorkina, desde el ocaso del siglo XIX hasta mediados del XX, cuando el tan áureo término fue sustituido por el no menos coruscante Jet-set, con semejantes y compartidos estupor y decadencia.

Kristen Stewart y Steve Carelldurante un instante de 'Café Society', de Woody Allen.

Kristen Stewart y Steve Carelldurante un instante de ‘Café Society’, de Woody Allen.

En consecuencia, Woody Allen desdobla atmósferas, transita coast to coast y propicia un viaje de ida y vuelta al Brooklyn pre-jaderí -camiseta interior blanca, pastelería kosher y humor judío-católico tan propio de ‘Días de radio’ (1987)-, el cemento armado de un mafioso rústico, coetáneo de los Lucky Luciano, Frank Costello y los graníticos gánsteres de la Cosa Nostra, el art déco y las orquestas de cincuenta piezas de los nightclubs del norte de Manhattan, alumbrados al ocaso de la Ley Seca, o los clubes de jazz del Greenwich Village. “Esa época siempre me ha fascinado. Fue uno de los momentos más apasiontes de la historia de la ciudad, con una tremenda vida teatral, vida en los cafés y restaurantes. De un extremo a otro, fueras por donde fueras, la isla bullía entera de sofisticadas actividades nocturnas”, dilucida Allen.

¿Y qué hay de la historia? Un triángulo amoroso desempeñado por el trémulo y corcovado Jesse Eisenberg (Bobby Dorfman), una post-crepuscular Kristen Stewart (la indecisa Vonnie) y el oficinista Steve Carell (mirífico como tío Phil), coordinados por la voz en off de Woody Allen, a modo de demiurgo literario -”Me incluí a mí mismo porque sabía exactamente qué inflexión quería que tuviera cada palabra. Pensé que, como yo había escrito el libro, sería como si estuviera leyendo mi novela”-.

Una crónica universal sobre los placeres amables de las elevadas emociones y las bajas querencias, que principia abemolada y se torna amarga al paladar, civilizadamente ardorosa como los tacos mexicanos de los angelinos años treinta y tan sugestiva como una noche in albis en las lagunas de Central Park.

Jesse Eisenberg y Kristen Stewart durante un instante de 'Café Society', de Woody Allen.

Jesse Eisenberg y Kristen Stewart durante un instante de ‘Café Society’, de Woody Allen.

Jose Ramón Alarcón

La red social: “¡Facebookéame!”

Nuevas tecnologías, ¿sociedad de la información o de la incomunicación?
Palau de Cerveró
Plaza de Cisneros, 4. Valencia
Piratas de Silicon Valley (Martyn Burke): jueves 6 de febrero, a las 18.00h
La red social (David Fincher): 13 de febrero (18.00h)
La sala de los suicidas (Jan Komasa): 20 de febrero (18.00h)
Hello! How are you (Alexandru Maftei): 27 de febrero (18.00h)

La red social, de David Fincher, es una de las cuatro películas del ciclo Nuevas tecnologías, ¿sociedad de la información o de la incomunicación? que este mes acoge el Palau de Cerveró. Y en esa sobresaliente película, Eduardo (Andrew Garfield) le dice a su amigo Mark (Jesse Eisenberg), a la sazón fundador de Facebook, lo siguiente, después del efímero diálogo con una atractiva joven: “Me ha dicho: Facebookéame y podríamos ir a tomar algo. ¿Alguna vez habrás oído tantas cosas buenas juntas en una sola frase?”. He ahí, concentrado, el sentido más preciso de la red social, tanto por lo que se refiere a la película misma, como por lo que tiene que ver con las nuevas tecnologías a las que alude el ciclo organizado por el Aula de Cinema de la Universitat de València y el Instituto de Historia de la Medicina y de la Ciencia López Piñero (Palau de Cerveró).

Fotograma de 'La red social', de David Fincher.

Fotograma de ‘La red social’, de David Fincher.

“En esencia”, le explicará el propio Mark a su amigo Eduardo, “en eso va a consistir TheFacebook. Todos sabrán que tras esa parafernalia existe la posibilidad real…”. Eduardo le interrumpe para completar la frase: “…de echar un polvo”. Mark le corrige ligeramente: “…de conocer a una chica”. La red social, como sucede con Piratas de Silicon Valley, de Martyn Burke, película con la que arrancó el ciclo la semana pasada, se centra en la historia fundacional de las nuevas tecnologías y sus sorprendentes aplicaciones en el terreno de la comunicación. Es decir, narran los inicios de quienes revolucionaron el mundo de la informática.

Fotograma de 'La red social', de David Fincher

Fotogramas de ‘La red social’, de David Fincher

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Y en la narración de los hechos, David Fincher (hablamos de uno de los grandes directores actuales) acierta al dibujar las dos caras de la red social: su rostro más eficaz, pura expansión del discurso capitalista fraguado en torno a la objetividad científica, y su envés pulsional, allí donde el sujeto busca el goce que el tejido de signos informático le escamotea. De manera que sí, Facebookéame, ponte en contacto conmigo, infórmame, comunícate, utiliza la red que nos protege con su lógica interna, para luego dar rienda suelta al más intenso placer que reclama la experiencia subjetiva.

Fotograma de 'La sala de los suicidas', de Jan Komasa

Fotograma de ‘La sala de los suicidas’, de Jan Komasa

Lo estamos viendo últimamente, en películas que hablan igualmente del poder que ofrecen las nuevas tecnologías para amasar fortunas en apenas un click de ordenador, al tiempo que las drogas y el sexo se suman al vértigo que produce el dominio de la informática (El lobo de Wall Street, La gran estafa americana, El consejero…). La red social y Piratas de Silicon Valley diríamos que ponen el acento en el combate que ciertos jóvenes mantuvieron por liderar esa revolución informática, mientras que La sala de los suicidas (Jan Komasa) y Hello! How are you?, de Alexandru Maftei, se centran en las consecuencias del uso y abuso de esa red social.

Fotograma de Hello! How are you? de Alexandru Maftei

Fotograma de Hello! How are you? de Alexandru Maftei

En cualquiera de los casos, el discurso cibernético y cierta pulsión difícil de encauzar van de la mano. De hecho, Mark Zuckerberg, creador de Facebook, aparece en la película de David Fincher como un joven obsesionado por las nuevas tecnologías, al que cierto desengaño amoroso le espolea a la hora de configurar su exitoso programa. Una mente de gran capacidad lógica, incapaz, paradójicamente, de sostener una relación amorosa con Erica Allbright (Rooney Mara), a la que adora tanto como odia. Y una Erica que, dirigiéndose a Mark, dolida (“me llamaste zorra en Internet”), le echará en cara algo que también suscita la red social: “Escribes tus chorradas denigrantes desde la sombra, porque eso hace la gente frustrada hoy en día”. La sociedad de la información, en tanto eficaz aparato de transmisión de mensajes, conviviendo peligrosamente con la sociedad de consumo, en tanto espacio diseñado para la obtención del máximo placer, incluido, claro está, el placer más siniestro.

Rooney Mara en 'La red social', de David Fincher.

Rooney Mara, como Erica Allbright, en ‘La red social’, de David Fincher.

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Jesse Eisenberg, como Mark Zuckerberg, en 'La red social', de David Fincher.

Jesse Eisenberg, como Mark Zuckerberg, en ‘La red social’, de David Fincher.

Salva Torres