«Tánger es un mundo emparentado con nosotros»

#MAKMAEntrevistas | Javier Rioyo (nuevo director del Instituto Cervantes de Tánger)
Septiembre de 2019

Perfumado con el heterodoxo overol que rezuman los consumados diletantes, Javier Rioyo Jambrina (Madrid, 1956) porta sobre las angarillas de su memoria inquieta el fecundo eco de aquellos otros tiempos modernos de prosodias radiofónicas y literaturas periféricas, el savoir faire de las predilecciones afrancesadas y la mirada esculpida de cineasta alumbrado por la necesidad del documento.

Y es ahora que maduran sus ubérrimas proclividades cuando Rioyo pasea su experimentada facundia por el Zoco Chico, tras descender del distrito íbero tingitano con el rozagante predicamento que confieren las nuevas asunciones en el Cervantes de Tánger, ciudad a la que retorna en calidad de director de su instituto –tras su paso por los de Lisboa y Nueva York–. Si bien sea Tánger una urbe de la que, como buen estravagario cultural, haya sido imposible desvincularse.

¿Cuál es la génesis de tu vínculo con esta ciudad?

Yo vine hace muchos años por lo que veníamos casi todos: por un poco de fascinación literaria y un poco de referencia simpática a un sitio y un trayecto que se llamaba bajarse al moro. Cuando bajabas te dabas cuenta de que, más allá de la literatura y más allá del hachís, había un mundo que tenía que ver con algo que podíamos haber sido –y que fuimos, seguramente (hablo de Tánger, no hablo de Marruecos)–: una mezcla. Qué decía Ferlosio que es el español: “soy un moro judío viviendo entre los cristianos”. Y un poco era eso. Aquí, repito, podías ser un moro judío viviendo entre los cristianos, o al revés (como quieras contar la frase), y te das cuenta de que, aunque apenas había ya judíos, estaban ahí las referencias, la convivencia, algunos que conocí, y habían vivido bien de manera natural; estaba, por supuesto, todo el mundo islámico, mayoritario, y estaban el resto de los cristianos o ateos –occidentales–, que convivían en esta ciudad singular que había tenido muchas vidas.

Fotograma del documental ‘Tánger. Esa vieja dama’ (2001), de Javier Rioyo. Fotografía cortesía de RTVE.

Entonces, te vas metiendo en unas capas primeras y luego vas queriendo saber más. Depende de con el dinero que vengas vas mejorando los hoteles, los bares, los lugares, las playas… y dices: “¡qué lugar tan plácido!”. Además, había una ventaja añadida maravillosa e importante: que estaba a tiro de ferri –primero veníamos de Algeciras y luego vinimos desde Tarifa–. La suma de lo literario y de lo concreto cuando llegas, la luz y las posibilidades que tiene, hacen que sea muy seductor.

¿Quienes eran aquí los referentes españoles en ese momento? ¿Se erigían en motivo de seducción para visitar la ciudad?

La primera vez que vine mis referencias eran que había leído a Bowles (Paul) y a Jean Genet –no había leído a Chukri (Mohamed) –creo que ni existía todavía como escritor–, a Pierre Loti; había leído relatos sobre Marruecos. Los Bowles (Jane y Paul) y la Beat Generation sí, esos sí que te ayudan a venir; y eso esta asociado o es muy cercano al mundo de fumar y de libertad.

Pero los referentes ya tangerinos que me hacen conocer mejor y querer a la ciudad son estas historias de las que te vas enterando: Pepe Hernández –que me gusta tanto y es un pintor cojonudo– es de aquí; Ramón Buenaventura es de aquí; Diego Galán, que es el crítico de cine, es de aquí; Emilio Sanz de Soto; el grandísimo director de fotografía José Luis Alcaine… Vas haciendo unas referencias… Bibi Andersen; Concha Cuetos es de aquí; una compañera que tenía en la radio, tangerina; otro de Larache… Te vas enterando de la cantidad de gente asociada a esta ciudad; Arrabal (Fernando), de Melilla; el otro de Nador… El mundo español en el norte de Marruecos; un mundo muy peculiar que te hace que sea todo más interesante, más disperso.

Tánger es como si pudiera ser una parte de España donde las guerras no hubieran sido tan crueles.

¿Una España ucrónica?

Claro. Una ucronía en la que podía seguir siendo razonable la convivencia. Siendo desigual y habiendo fronteras y muros, pero en la que se dan espacios comunes. Y eso tenía sus bondades. Luego te vas dando cuenta de que aquí actúa el franquismo de una manera… Aquí también actúan los liberales, y están los masones… Como si no hubiera habido guerra civil en ningún momento. La ciudad internacional, ‘Casablanca’…, todo eso va sumando. Esas fueron la primeras seducciones, que van convirtiéndose en visitas más o menos habituales.

¿Llegaste a coincidir aquí con Eduardo Haro Ibars, por ejemplo?

En Tánger no, porque Haro Ibars se fue muy pronto, en los años sesenta y tantos. Conocí mucho a Eduardo en Madrid, pero al que conocí más es al padre (Eduardo Haro Tecglen), porque trabajé muchos años con él. Haro Ibars era más mayor que yo, pero yo me hice más amigo del padre porque, además de trabajar conmigo, era, digamos, menos complicado que el hijo. Ibars era muy interesante en muchas cosas, pero yo tuve una relación con él en un momento suyo difícil; estaba metido en cosas que le obligaban a ganarse la vida como podía. Lo conocí cuando había hecho un libro sobre las drogas que era muy interesante (‘De qué van las drogas’, Las Ediciones de la Piqueta, 1978). Yo estaba ya en Radio 3 y le llevamos.

¿Advertías algún tipo de relación umbilical, aunque fuera inefable, entre todos esos individuos que tenían como punto en común la ciudad de Tánger?

Absolutamente. Quizás sea una tontería, pero creo que los tangerinos, aunque no lo dijeran, se reconocerían como tales y yo creo que les podría reconocer a muchos. Primero, hay una forma de hablar, un tono y un toque y una forma de ver ciertas cosas… Eso lo vi en Madrid pronto: había un grupo tangerino –Pepe Hernández, Ramón Buenaventura, Gloria Berrocal (que era de al lado) y otros cuantos– que frecuentaba mucho; tenían muchas cosas en común de puntos de vista, de manera de hablar, de manera de entender las cosas. Diego Galán un poco menos, porque quizás le pesaba menos la melancolía de la ciudad. Esta ciudad impregna de una melancolía y de un poso de nostalgia a mucho gente –a uno se les da y se les nota más que a otros–.

Por ejemplo, yo no había notado nunca que Concha Cuetos fuera tangerina, y cuando yo hice el documental sobre Tánger (‘Tanger. Esa vieja dama’, 2001) tiré de los que conocía –no pudo estar Alcaine porque estabá rodando algo, no estuvo Bibi por algún otro motivo–. Hubo muchos de los que yo quería y conocía tangerinos, sobre todo con la coordinación de Emilio Sanz de Soto, el tangerino más puro que he conocido –no conocí a Ángel Vázquez, que podía ser una de las esencias de ser tangerino, pero no más que Sanz de Soto, ni más que Carleton–.

Pepe Carleton rememora parte de su devenir tangerino en el documental ‘Tánger. Esa vieja dama’ (2001), de Javier Rioyo. Fotografía cortesía de RTVE.

Pepe Carleton, otro personaje ineludible…

Pepé Carleton era un personaje increible porque tiene que ver con el Tánger que conocemos mitificado por el mundo internacional. Los Carleton son una familia inglesa que está en Menorca y, cuando Menorca deja de ser inglesa, vienen al Estrecho. Entonces el Estrecho se reparte entre Gibraltar y esta otra orilla, que tienen mucho que ver. Tú ves los hoteles de una época, Algeciras, Gibraltar, Tánger, el mundo del espionaje, de la vida compleja, escondida, o haciendo fortuna, o huyendo de algo. Se casan con familias tangerinas judías, en la mayor parte de los casos de gente bien. Hacen una especie de alianza entre ellos, entre familias de conversos árabes, católicos no muy radicales y judíos abiertos. Eso es muy Tánger.

En una entrevista durante tu etapa como director del Cervantes de Lisboa te interrogaban sobre la saudade y referías que si bien es posible que la mayor de las saudades se concite y experimente en Portugal, los españoles podríamos padecerla, igualmente, de un modo intensísimo. Sin embargo, y por lo que has matizado previamente, parece que en Tánger también puede ser exacerbada e idiosincrásica.

Es verdad. La ciudad ha sido portuguesa antes que española y otras cosas, y en los alrededores también. Aquí muere el mito de Portugal, don Sebastián (Sebastián I de Portugal “el Deseado”), en una batalla absurda (todavía están esperando que vuelva). La saudade portuguesa tiene una melancolía más marcada y aquí hay como el paraíso perdido; les han robado una cosa que era posible y razonable, y que habían vivido y conocido, que no era solo mito del pasado. Estamos hablando que hasta los años sesenta… A mí me decía Pepe Carleton que cuando se les acaba esto tenían la necesidad de inventar algo parecido, y se inventaron Marbella –que ahora lo ves y no tiene mucho que ver, pero en esa época sí–. El Tánger, digamos, pijo, esteta, cosmopolita… Yo veo fotos de Pepe Carleton con Audrey Hepburn y con toda esa gente –con Edgar Neville yendo a su bar junto a Vitín Cortezo y Ana de Pombo–, y es ese mismo mundo cosmopolita que se movía por aquí –parecido–. La intención de seguir la buena vida.

Luego hay otro Tánger. Como decía Alberto Pimienta, que es un tangerino judío bien –digo bien, de familia de judíos que han tenido aquí propiedades–, había mucha pobrería, de todas las capas sociales y religiones; y la hay. No hay que quedarse con el Tánger mitológico y espumoso, que está ahí, pero más en la recreación de lo que no has vivido que en la realidad.

No obstante, superviven algunos ecos en forma de vestigios.

Tengo una colección de fotografías de ese Tánger, cuando Truman Capote estaba en las grandes fiestas en las casas más espectaculares. Luego está este otro Tánger de finales del siglo XIX y principios del XX que conocieron los que hacían el camino del orientalismo y el Grand Tour. Conocían esas historias de las ciudades de la buena vida.

Tánger fue una ciudad más libre y con menos cargas de impuestos para los ricos del mundo. Todo eso atraía, también, a gente. La vida medieval convivía con una vida muy desarrollada en todos los sentidos.

Javier Rioyo durante un instante de la entrevista (al fondo, el puerto de Tánger). Fotografía: Merche Medina.

En lo que respecta a la Tánger contemporánea, ¿debe renunciar a ese pasado para edificar su futuro inmediato?

No, creo que no. Es como si París tuviera que renunciar al glamur de los años veinte, o Nueva York a la eclosión después del crack del 29. No hay que renunciar a lo que ha sido una ciudad, pero no tiene que colgarse solo de eso. Aquí se están haciendo cosas de otro calado y otros intereses, que vive muy al margen del mundo mitificado. Aquellos de los que hablábamos estaban muy interesados en el mundo que tiene que ver con lo arábico-andaluz o con lo musulmán-exótico, mientras que ahora tiene que ver con un puerto, un desarrollo, dinero, inversiones, hoteles de lujo.

¿Incluirías en esos nuevos intereses a la juventud tangerina que se reúne en el Cinéma Rif?

El Cinéma Rif es herencia de otro Tánger. Aquí había diez o doce cines. Aquí se veían las películas de muchas nacionalidades. La formación cinéfila de Diego Galán, de Emilio Sanz de Soto y de Alcaine tiene que ver con que han visto, desde pequeños, películas en varios idiomas; y las han visto sin censura, atendiendo más al espíritu que a la frontera lingüística.

Aquí, como en tantas partes de Marruecos, después de haber 40.000 españoles en los años 30, 40 y 50 –siendo la población extranjera absolutamente mayoritaria–, cuando el país se hace independiente lo francés gana esa batalla cultural. Tarda en calar en Tánger, puesto que lo español ha seguido perviviendo.

En ese sentido, ¿qué papel juega ahora el español, como lengua, en todo ello?

Importantísimo. Nosotros no somos la primera lengua extranjera, que es la francesa por dominio político y económico, pero cada vez somos, otra vez, una lengua requerida y queríendose conocer, no por razones de reinvindicar la lengua que dominaban o conocían los abuelos, sino por razón de que somos la puerta natural de un mundo que les es cercano –aquí estamos a 14 km de Tarifa–. Los tangerinos tienen una relación, primero por lo geopolítico, natural con España y con el español.

Felizmente, el Instituto Cervantes de Tánger es el cuarto instituto del mundo que más alumnos tiene, y hablamos de ciudades que tienen veinte veces más habitantes. Frente a otros países, nosotros representamos, en general, un territorio de modernidad. Ellos (los marroquíes) ven mucho la televisión española; entran por el fútbol, pero también por las series, películas, noticiarios… España es un país, para ellos, muy cercano, con una historia con la que han tenido mucho que ver. Históricamente, la presencia musulmana en España fue de siglos. Y por otra lado, somos, clarísimamente, la puerta de entrada de Europa. No somos la frontera de los Pirineos, somos Europa.

Presumo que lo interesante es que aquí el castellano se convierta en una herramienta imprescindible no solo en el ámbito cultural, sino en el empresarial…

Se ha visto que es útil el conocimiento del idioma no solo para la vida cotidiana y para el turismo, sino que es útil desde el lado del beneficio económico.

Javier Rioyo secundado por una obra costumbrista de Stephen Church. Fotografía: Merche Medina.

En la praxis, para poder materializar las cosas.

En la praxis, como esa historia que se cuenta tanta veces de que somos el tercer o cuarto país en el que hablamos español. El español se habla en numerosos sitios mucho más que en España, es decir, no somos el país de más habitantes que habla español. Y eso, finalmente, se sabe.

En Nueva Delhi, por ejemplo, se estudia el español porque van a ir a América del Norte y allí saber español es importante, aunque la mayoría hable en inglés, claro. El siguiente idioma necesario e importante es el español. Aquí no es eso exactamente así, pero aquí hablan francés muchas de las capas de estudiantes de las clases medias y medias altas, y el idioma que tienen que recuperar de los abuelos (digo en la zona de Tánger) es el español.

El Cervantes se instituye en 1991 con una pretensión y en un momento, quizás a la postre y visto ahora, decisivos, que permitieron ir sembrando lo que acontece en la actualidad con la internacionalización del idioma.

Con los modelos de las Casas de España y la representación española que tiene que ver con los consulados y embajadas no estaban centralizadas ni lo que era la enseñanza del idioma, por supuesto, ni la muestra de lo que somos. El Cervantes muestra lo que somos culturalmente, en el sentido más amplio de la palabra –científica, artística, cinematográfica, gastronómicamente…, nuestra alta y nuestra baja cultura–, y nuestro idioma; certificar que se habla, por si alguien necesita acreditarlo para un trabajo. Eso no estaba articulado y empieza a estarlo en los años noventa; por tanto, somos muy jóvenes. Ten en cuenta que el British Council o el Instituto Francés nos llevan décadas de ventaja.

Indudablemente, hay que mejorar muchas cosas, pero el Cervantes tiene sentido y tiene razón de ser; no es el resultado imaginativo de un político en un momento determinado.

Por tanto, ¿el Cervantes subsiste más allá de la coyuntura política?

Sí, esa es la clave. A veces, hay que pelear con eso. Sin duda, hay que despolitizar, en la medida que se pueda, lo que es la institución, porque esta tiene que ver más con los profesionales que la mueven que con las políticas que la dirigen.

¿Tiene más que ver, en consecuencia, con el trabajo gris o que menos reluce, como es la docencia cotidiana y el hecho de crear o propiciar castellanohablantes?

El alma primera de la cultura y de nuestra relación es la lengua. Entonces, la importancia que tiene la enseñanza es fundamental. Hacer los eventos, las presentaciones, los encuentros culturales, pertenece a la muestra de la elite cultural necesaria en la que se mueven ciertas cosas, pero lo primero y fundamental es el conocimiento de la lengua, que posibilita conocer otros aspectos del país: cómo es, quiénes son, qué piensan, qué hacen…

Jose Ramón Alarcón y Javier Rioyo durante un momento de la conversación. Fotografía: Merche Medina.

Que el alumnado acuda a la biblioteca y pueda disponer de ese acceso al conocimento o responder a todas estas inquietudes es una extremidad fundamental de esa educación y de la propia institución. En este sentido, ¿cómo se gestiona la Biblioteca Juan Goytisolo del Cervantes de Tánger, que, si no me equivoco, es, junto con la del instituto de Nueva York, la que más volúmenes atesora y maneja?

Todavía tenemos sitio (risas). Nosotros nos cambiamos de lugar hace unos años. Las dependencias del Cervantes tienen que ver con la presencia española aquí, en una época donde se hace el hospital –que es magnífico y es el hospital no africano más importante del continente–, el colegio, el instituto, el consulado, la residencia del cónsul, los jardines y lo que era la residencia de estudiantes, que es nuestro edificio actual.

La biblioteca tiene más de 70.000 volúmenes. Hay muchas donaciones muy interesantes que todavía hay que catalogar y valorar –aunque está bastante avanzado–. Atesoramos primeras ediciones de los años sesenta, setenta, etc., importantísimas, de numerosas editoriales españolas. Por tanto, antes de realizar ningún cambio o expurgar ejemplares por el hecho de que estén repetidos, por ejemplo, vamos a ver las necesidades de nuestra red de institutos en Marruecos.

Debo decir que es más importante lo que tenemos del siglo XX que los ejemplares que disponemos del XIX; vi que era más intersante desde el punto de vista de la bibliofilia, aunque debe hacerse un meticuloso trabajo al respecto, con detenimiento. Hay muchas publicaciones y revistas que apenas se usan y que serían interesantes para los investigadores, y eso hay que ponerlo en contexto y en valor.

Por todo ello y en base a tus reflexiones, ¿es Tánger, en calidad de sede del Cervantes, un lugar excepcional, incomparable, atendiendo tanto a razones estratégicas e históricas como metodológicas, respecto de otras ciudades en las que se asienta el instituto?

He tenido la suerte de estar en sedes muy singulares, diferentes, pero muy importantes. La de Nueva York es una de las grandes sedes, sin duda, situada en una las grandes ciudades imprescindibles para entender nuestra modernidad; y Lisboa tiene que ver con lo que fuimos y con lo que somos, con nuestras cercanías y necesidades. Tánger tiene que ver con un mundo que se emparenta mucho con nosotros. En numerosos aspectos aquí conviven elementos de nuestro pasado cultural y social que aún están presentes, en plena convivencia.

Tras tu reciente incorporación al cargo, ¿cuáles son tus objetivos inmediatos y a medio plazo? ¿Cómo te seduciría que fuera perfilado tu tránsito por el Cervantes de Tánger?

Quisiera, de una manera natural, hacer un hueco y un reconocimiento mayor de lo que ha sido la presencia pictórica y arquitectónica de la ciudad que tiene que ver con España, que ha sido muy importante. Igualmente, nuestra biblioteca se llama Juan Goytisolo (desde 2007); Goytisolo es uno de los referentes del acercamiento al mundo marroquí y quiero hacer un homenaje a Juan y que vengan aquellas figuras cercanas que lo conocieron y quisieron bien. Reconocer a los escritores que han conocido el mundo de expresión española aquí y, también, el mundo de la mezcla de la jaquetía, que decía Ángel Vázquez… También saber lo que pasa ahora en la ciudad, quién hay escribiendo, qué están haciendo, qué referencias nuestras tienen, qué dialogo pueden tener con nosotros, qué intercambio podemos hacer…; reactivar lugares pertenecientes al instituto para llevar a cabo becas de residencia; ese sería uno de mis mayores deseos, crear ahí un lugar donde se esté haciendo investigación, cultura, exposiciones, etc.

Y en plano personal, a uno le gustaría que fuera, primero, bien recordado y querido. Que dijeran: “mereció la pena, estuvo aquí un tiempo, lo hizo bien y era un tipo cariñoso…”. Pero más allá de eso, lo que me gustaría hacer –al margen de lo que es obvio, que es poner en valor lo que representa esta ciudad para nosotros– es entrar más en la ciudad, conocer más lo que fue, es y será Tánger; conocer más el paisaje y el paisanaje de la ciudad y su corpus vital. Además, que los tangerinos sientan que el Cervantes es un lugar accesible, cercano, que lo sientan como suyo, como parte de su historia reciente –que lo es–, que puedan venir a leer y conversar y que puedan hacerlo en la lengua que hablaron sus abuelos…

Aquí han pasado muchas cosas desde muchos puntos de vista. Parte de la historia española reciente –y no tan reciente– pasa por esta zona.

El periodista y cineasta Javier Rioyo, nuevo director del Instituto Cervantes de Tánger (al fondo, la medina y la Kasbah de Tánger). Fotografía: Merche Medina.

Jose Ramón Alarcón

EL INFLUJO INTERNACIONAL DE EL QUIJOTE

‘Quijotes por el mundo’
Instituto Cervantes
Salas de exposiciones y red de bibliotecas
San Juan (Puerto Rico), Nueva York y Chicago (Estados Unidos), Londres (Reino Unido) y Rabat (Marruecos)
Hasta el 12 de octubre de 2016

La exposición ‘Quijotes por el mundo’, compuesta por 185 ediciones de Don Quijote de la Mancha en 56 lenguas, reúne por vez primera fondos de las 60 bibliotecas del Instituto Cervantes en todo el mundo. Con ella, se rinde homenaje a la presencia universal de la novela cervantina y a los traductores que la han convertido, a lo largo de 400 años, en uno de los libros más editados en todos los idiomas y en referente de la literatura española.

La exposición evidencia el influjo mundial el Quijote, una obra que desde 1612 se ha traducido -de manera íntegra o parcial- a más de 140 lenguas y variedades lingüísticas diferentes, y continúa traduciéndose hoy a nuevos idiomas como el coreano o el guaraní. El comisario es José Manuel Lucía Megías, vicedecano y catedrático de Filología Románica de la Universidad Complutense (Madrid), presidente de la Asociación de Cervantistas y coordinador académico del Centro de Estudios Cervantinos.

La muestra aborda por qué tantas lenguas y culturas se han acercado a la obra hasta el punto de convertirla en una de las más traducidas (la segunda del mundo después de la Biblia, según algunas tesis); por qué triunfó desde sus primeros años, cómo Gustavo Doré fijó el imaginario quijotesco, cómo grandes pintores han reflejado las aventuras de don Quijote y Sancho Panza o la forma en que se sigue ilustrando hoy en día.

Cartel de la Metro Goldwyn Mayer, presente en la exposición. Fotografía cortesía del Instituto Cervantes.

Cartel de la Metro Goldwyn Mayer, presente en la exposición. Fotografía cortesía del Instituto Cervantes.

Los libros expuestos proceden exclusivamente de la red de bibliotecas del Cervantes, que conservan una de las colecciones más completas del Quijote en diferentes lenguas, y que ahora por primera vez se exhibe y difunde para el gran público.

‘Quijotes por el mundo’ es un reconocimiento a la labor de los traductores, figura imprescindible de la difusión de la literatura en países que no comparten la misma lengua. Sin su mediación, el Quijote nunca habría alcanzado tal repercusión mundial, ya que el público no hispanohablante no habría podido conocerla ni disfrutar de ella.

El recorrido por la traducción a lo largo del siglo XVII hasta la actualidad es también un camino por el hispanismo y por el triunfo de éste en zonas muy alejadas, como la India, Vietnam o Corea, donde se ha traducido el Quijote directamente del español en los últimos años. En otros casos, las traducciones se efectuaron a partir de lenguas intermedias de cultura, como el francés, el inglés, el alemán o el ruso.

Ilustración de El Quijote perteneciente a la exposición. Fotografía cortesía del Instituto Cervantes.

Ilustración de El Quijote perteneciente a la exposición. Fotografía cortesía del Instituto Cervantes.

Además de las 185 publicaciones impresas, el visitante tiene la oportunidad de escuchar cómo suena hoy el Quijote en casi una treintena de lenguas. Para ello, el Instituto ha grabado en vídeo a otros tantos lectores de sus bibliotecas mientras recitan el fragmento ‘La definición de la poesía’, perteneciente al capítulo 16 de la segunda parte del Quijote.

La instalación audiovisual permite oírlo en idiomas como el bengalí, polaco, árabe, hindi, tagalo o turco. El español de España está representado por Víctor García de la Concha, director del Instituto Cervantes, mientras que al español de Hispanoamérica le pone voz Alicia Mayer, directora del Centro de Estudios Mexicanos de la UNAM en Madrid (México fue el primer país hispanoamericano donde se editó el Quijote). Asimismo tres lectores han grabado dicho fragmento en las lenguas cooficiales de España: catalán, euskera y gallego.

Por su parte, los ciegos podrán leer la obra a través del tacto, ya que se incluyen traducciones al braille, sistema de escritura y lectura que les permite acercarse a la obra. Para las personas invidentes se ha colocado parte de los 17 volúmenes de 120 páginas que ocupa el Quijote completo en braille, según la edición que la ONCE publicó en el 2004.

Ilustración de El Quijote perteneciente a la exposición. Fotografía cortesía del Instituto Cervantes.

Ilustración de El Quijote perteneciente a la exposición. Fotografía cortesía del Instituto Cervantes.

Las aventuras quijotescas también se han volcado a otros lenguajes artísticos, entre ellos el cine. La exposición dedica un espacio a las adaptaciones cinematográficas: se proyecta la película El Quijote cabalga por el cine, dirigida por Javier Rioyo, actual director del Instituto Cervantes de Lisboa, y se exhibe una veintena de carteles de películas inspiradas en la novela y realizadas en diferentes épocas y países.

Buena parte de las traducciones a otras lenguas han sido adaptaciones infantiles o juveniles: los futuros lectores del Quijote han sido un motor importante de la industria editorial y la difusión de la obra cervantina por todo el mundo. De ahí que se dedique una sección a estas múltiples adaptaciones.

 

Fernando Poblet, adiós al látigo de la movida

Fallece Fernando Poblet

Autor de Tú serás Baudelaire y Contra la modernidad

Martes 11 de junio de 2013, en Lanzarote

Acaba de fallecer en Lanzarote el escritor y periodista asturiano Fernando Poblet. “Conociéndome como me desconozco”, dejó escrito en su impagable libro autobiográfico, Tú serás Baudelaire, Poblet se fue el pasado martes sin avisar. Apenas existían pistas acerca de su actual paradero, después de dejar un reguero de cadáveres radiofónicos y literarios en aquellos “Tiempos Modernos” de los 80, que pilotó en Radio 3 Manolo Ferreras. Su voz de “tinaja hueca” (Matías Antolín dixit) reverberó las ondas de la España socialista, aireando el poblachón manchego que a su juicio era Madrid en tiempos de la movida.

Fotografía de Fernando Poblet, sacada de la contraportada de su libro Tú serás Baudelaire, Ediciones Noega

Fotografía de Fernando Poblet, sacada de la contraportada de su libro Tú serás Baudelaire, Ediciones Noega

Sacudió a diestro y siniestro, con su voz aguardentosa, afilada a serrucho, y su pluma ácida de Bogart sin Lauren Bacall que llevarse al tálamo. Ferpo, nombre con el que firmaba sus crónicas televisivas en un diario asturiano de la época, era un escritor que jugaba con las palabras como si fueran dardos envenenados, cuando el personaje asaeteado lo requería, y como si fueran salvavidas, cuando entonaba el mea culpa por tener “la conciencia en la nariz”. Jugaba con ellas porque, en el fondo, le daba miedo comprometerse con palabras que su olfato detectaba vacías, que tanto daño le habían hecho en manos de adultos desaprensivos. “A los nueve años no entendía cómo los otros, los que no eran yo, podían vivir siendo otros”. Para añadir: “No entendía casi nada”.

Sus escritos y pullazos radiofónicos mamaban del desencanto existencial que nutrió a toda una generación posbélica. El propio Ferpo lo dejó escrito en Tú serás Baudelaire: “Jamás me abandonarían ya la inseguridad y una ternura insatisfecha aplastada por sentimientos de indiferencia, cuando no de odio, hacia eso que le decían género humano”. Para combatirlo, Poblet construyó un firme burladero desde el cual proyectar su mala leche: “La vida es dura y la modernidad, más. Estar al loro es difícil porque hay que cambiar hasta la pluma…Lo moderno, en el fondo, no es cuestión sino de mimetismos y de histerias”.

Y aquí llegamos a su faceta de látigo de la movida madrileña, que cortó el aire de las ondas tanto en sus aceradas colaboraciones en el programa “Tiempos modernos” de Radio 3, por donde pasaron, entre otros, Javier Rioyo, José Luis Moreno Ruiz y Matías Antolín, comandados por el “Felelas” (Manolo Ferreras), como en sus escritos recopilatorios de lo vertido en la radio. Su “Pabellón de insomnios” en “René”, como le gustaba llamar a Ferpo Radio Nacional de España (RNE), también sirvió de morada ácida contra esa modernidad, “pos o pis”, objeto de sus punzantes comentarios.

Portadas de algunos de los libros de Fernando Poblet

Portadas de algunos de los libros de Fernando Poblet

Como muestra, bien valdría esta amplia botonadura.

“A veces da la impresión de que la modernidad (pos o pis) es un complejo de inferioridad camuflado tras una cresta de punky, chaqueta de Adolfo Domínguez, un Totem, media docena de discos, esa cosa blanca que se esnifa y una ignorancia elegante”.

“¿Por qué en el vestuario se ama lo viejo, cuando, en otros órdenes de la vida, lo viejo se odia tanto? Contradicciones modernas de cuero rancio”.

“¿Dónde, dónde está el erotismo del moderneo? Acostarse es tan fácil… ¿Será por eso? Quiero decir que si todo este rollo de los trapos, los rocanroles y el pelo tieso no será otra cosa que la versión actualizada del ritual del pavoneo”.

“La posmodernidad es un cuento. Es más posmoderno, por ejemplo, Gómez de la Serna que todas las primas de Almodóvar juntas. Pero, qué quieren, en este territorio siempre se ha vivido mucho del cuento”.

“Acuérdate de la época del innombrable. Todos los políticos eran comunistas y locos todos los enfermos mentales. Tiempos de síntesis más que de análisis”.

Detalle de la portada del libro Contra la Modernidad, de Fernando Poblet, Ediciones Libertarias

Detalle de la portada del libro Contra la Modernidad, de Fernando Poblet, Ediciones Libertarias

“Durante el régimen anterior se sabía fácilmente si un tipo era de izquierdas: ayudaba a su compañera en la cocina. Pero, mira por dónde, se pierde el calor de la clandestinidad y los comunistas modernos empiezan a embarazar a sus secretarias (los socialistas, menos, porque como tenían que quitarse la corbata eran más lentos)”.

“Alaska quería saber qué es ser hortera, porque a la hora de la mentira la gente se hace la ingenua… Los horteras no se enteran de que lo son y lucen tan felices el traje verde y los calcetines rojos, los que sí saben de cutrerías (que en ocasiones es cetrería, porque menudos pájaros) son aquellos que utilizan lo kitsch, lo naif yh lo ni se sabe para amasar una estética propia-impropia”.

“¿Y qué decir de los padres posmodernos? Valiente partida de hijos de perra. Su paternidad se reduce a una permisividad cómoda, exenta de todo compromiso. La mayoría son individuos separados porque no hay Dios, ni mujer, que los aguante”.

“Hace no sé cuantos años dijo no sé quién que todo objeto despojado de su función ordinaria es arte. Esto significa que si encuentras un retrete colgado del techo no intentes la meada parabólica, antes bien consulta el catálogo”.

Este puñado de frases, entresacadas de su libro Contra la modernidad, reflejan bien a las claras el espíritu de Fernando Poblet, una intensa voz radiofónica y escritor avispado, por el aguijón de sus frases, que avivó la hoguera de aquellos tiempos modernos, cuyas cenizas perduran. Diabluras fue su siguiente libro. Y, en todos, Ferpo dejó constancia de su fértil imaginación y lengua afilada con piedra pómez, para escarnio de modernos pos o pis, derechas e izquierdas. Sus cartas a bellas desconocidas, sus nocturnos y su luz de gas también hurgaron en las trastiendas del alma. Pero siempre, siempre, con esa voz de tinaja hueca y esa pluma de humilde pavo real que se despidió de la vida esta semana en Lanzarote. Buen viaje, Ferpo.

Detalle de la portada del libro Tú serás Baudelaire, de Fernando Poblet, Ediciones Noega

Detalle de la portada del libro Tú serás Baudelaire, de Fernando Poblet, Ediciones Noega

 Salva Torres