Caso abierto en canal: William Gordon

Entrevista con William Gordon, autor de ‘Caso abierto’ (Editorial Debolsillo)
XXIX Semana Negra de Gijón
Antiguo astillero de Naval Gijón
Hasta el 17 de julio de 2016

En el marco de la XXIX edición de la Semana Negra de Gijón, henchida de una generosa nómina de autores del género, destaca sobre el plano la figura de un letrado revestido con los céfiros del oeste norteamericano, la corona borsalina y negra y la vírgula mexicana en la inflexión de su lenguaje grave, William Gordon.

Tercera participación en la Semana Negra de Gijón, tras una década de trayectoria literaria y sexto título publicado, ‘Caso abierto’, que solidifica lo que debemos entender como una serie en toda regla.

Ante todo estoy muy contento de haber escrito seis libros de tema policíaco y los mismos personajes. Tras ello reside una cuestión muy curiosa: antes de escribir mi primera novela publicada, ‘Duelo en Chinatown’, había escrito ‘El defectuoso’. Mi mujer en esa época (Isabel Allende) me dijo que era impublicable porque había un enano pervertido y nadie en su sano juicio podría acostarse con él. Me preguntó por qué no escribía libros policíacos, siendo abogado y sabiendo mucho de temas forenses.

Los temas de mis libros los saqué de esta primera novela. Cuando llegué a la tercera era consciente de que no podía cesar y debía regresar al personaje del enano, porque éste se parecía mucho emocionalmente a mi padre. En la novela (‘El enano’) había una dominatrix que se asemejaba a la amante de mi padre, a quien odiaba porque se quedó con el poco dinero que él recaudaba en su iglesia, como predicador. Tras la muerte de mi padre, ella se hizo cargo de la familia y nos trasladamos a vivir a un apartamento de su propiedad en un gueto mexicano de Los Ángeles. Tras la publicación de ‘El enano’ todos me decían, para mi desgracia, que la dominatrix era un personaje fascinante.

Cuando llegué al sexto libro, ‘Caso abierto’, yo tenía una historia de amor entre un abogado americano y Enma, una mujer francesa. Sin embargo, mi ex exposa me exhortó a incluir una trama diferente. Finalmente, me di cuenta de que era una historia sobre la pérdida, pérdidas mías escondidas tras la ficción. Entonces, introduje unos crímenes y un secuestro en el argumento. Me quedé satisfecho porque había cumplido con todos los temas que me afectaban y quería publicar en los libros anteriores.

Por este motivo, ahora estoy preparando una nueva serie de diez relatos cortos, de los que tengo escritos cuatro hasta el momento.

William Gordon. Makma

El personaje protagonista, Samuel Hamilton -un periodista de investigación- claramente se transforma a lo largo de sus novelas, sin embargo otras cuestiones y elementos comunes en todas ellas son estáticos, como el personaje de Melba y la ciudad de San Francisco.

Eso es exactamente porque sitúo mis novelas en los años 60. No quería que cambiara San Francisco porque era una época fantástica. La ciudad era una mezcla de razas, costumbres y gastronomía que era perfecta para la novela. Sin embargo, ahora se ha transformado mucho, tras el crecimiento de Silicon Valley. Los ricos están destruyendo el ambiente de la ciudad, que era tan lindo.

Diversos autores, como Tennessee Williams o Jack Kerouac, han volcado su narrativa sobre la ciudad en esa época. ¿Qué elementos contiene su mirada sobre la San Francisco de los años 60?

Por aquel entonces había un tipo llamado David Talbot, abogado irlandés, que cambió la ciudad por sí solo. Peleaba por la justicia social, la libertad de pensamiento, incluso por el movimento gay. Transformó el ambiente de la ciudad en ese punto de los años 60. Yo era un aspirante a escritor, estudiante de leyes en la Universidad de California. Venía todos los domingos a San Francisco para ver los toros en un bar llamado ‘El Matador’, regentado por un gringo apodado El niño de California, quien retransmitía las corridas y viejas películas sobre Manolete. Cada domingo veníamos y conversábamos. En aquellos días habían cerrado una calle en la que muchos jóvenes acudían a tomar tragos a los bars y eran secuestrados en la zona portuaria. El ambiente se trasladó a la parte norte de Broadway, en North Beach, en la que se encontraba un restaurante irlandés, ‘Vanessi’s, que menciono mucho en mis libros. La zona era una especie de antojo italiano, con un tipo tocando la mandolina. Era fácil enamorarse del ambiente. Cerca había un bar gay, ‘El gato negro’, y diversos bares de lesbianas. Todos ellos eran ilegales, pero la policía lo permitía fruto del soborno. Igualmente, frecuentaba la librería ‘City Lights’, fundada por un poeta bukowskiano. Uno, de joven, se podía sentir parte de algo que efectivamente pasó. Vino la época de los hippies y del movimiento gay. Luego, como he dicho, San Francisco se deshizo, y yo la capto como era entonces.

Era una época sin celular, sin ADN, sin tecnologías. Uno tenía que hacer el trabajo de ir a buscar las claves. Como abogado también tenía que hacer el mismo procedimiento. Me encantaba ese proceso.

Durante medio siglo ha ejercido como abogado de causas civiles, no penales.

A mi me gusta mucho el proceso criminal, pero no quería enviar a nadier a la cárcel. No tenía apetito para ello.

¿Ha podido influir este aspecto de su trayectoria profesional en su obra literaria, sobre todo desde la perspectiva moral, explícita en sus novelas como un posicionamiento?

Sí. Se dice que la novela policíaca es un cuento moral. Un ejemplo muy importante: en México el detective no puede ser policía, porque son tan corruptos que nadie se cree que puedan resolver nada.  En esas novelas el bueno siempre gana, pero no necesariamente mendiante el método ortodoxo.

William Gordon junto a su hijastro, el también escritor Jason Kersten, durante un instante de la presentación de 'Caso abierto' en la XXIX Semana Negra de Gijón. Fotografía: Jose Ramón Alarcón.

William Gordon junto a su hijastro, el también escritor Jason Kersten, durante un instante de la presentación de ‘Caso abierto’ en la XXIX Semana Negra de Gijón. Fotografía: Jose Ramón Alarcón.

¿Es su obra una forma de hacer justicia a través de sus personajes?

Sí, eso es muy importante. Especialmente para la gente marginal, sobre la recae una especie de venganza si comenten algún tipo de delito. Estos días ha habido en Dallas el asesinato de cinco policías. Una forma de venganza del negro contra el blanco. Es un miedo latente en los Estados Unidos, porque siempre se ha tratado despóticamente a los negros. Yo era abogado de los mexicanos y los extranjeros en el sistema y, efectivamente, puedo corroborar que eran tratados así de mal. Era muy difícil que ellos ganaran en el sistema legal. De todo esto hablo, por ejemplo, en ‘El rey de los bajos fondos’, mi segunda novela, en la que centro la atención en unos mexicanos acusados del asesinato de un armenio. Hay una mezcla de contradicción sobre quién es ‘El rey de los bajos fondos’. Yo, como contador de historias, estoy describiendo una batalla tribal, un conflicto de unos contra otros.

¿Cuál es el origen de este título?

Leí un artículo en Los Ángeles Times acerca de una batalla entre mexicanos y negros por quién iba a limpiar las botas de los ricos, sobre quién sería ‘El rey de los bajos fondos’.

En ‘Duelo en Chinatwon’ parte con un férreo estilo que se mantiene reconocible hasta ‘Caso abierto’.

Mi padre, borracho y mujeriego, era predicador de una iglesia y ganaba dinero convenciendo a sus fieles para que hicieran lo que él decía. Yo lo escuchaba y no lo creía ni por un segundo, pero me encontraba fascinado por él, por su carisma. Aprendí de esta experiencia y la apliqué durante mi ejercicio profesional. Me convencí de que podía convencer a un jurado si disponía de media hora para desarrollar mi discurso, que tenía presentación, nudo y desenlace, con un twist final para resolverlo. Por eso, cuando comencé a escribir, a los 60 años, ya me encontraba preparado, tras mi experiencia previa en la abogacía. De ahí procede mi estilo.

El escritor norteamericano de novela negra William Gordon frente a los galpones  de la Semana Negra de Gijón. Fotografía: Jose Ramón Alarcón.

El escritor norteamericano de novela negra William Gordon frente a los galpones de la Semana Negra de Gijón. Fotografía: Jose Ramón Alarcón.

Jose Ramón Alarcón

 

Vociferio: la poesía toma la palabra

Festival de Poesía Vociferio
Carme Teatre, Innsa Hotel, Mercado Mosen Sorell y Colegio Mayor Rector Peset, de Valencia
Del 8 al 12 de junio de 2016

A Vociferio le van que ni pintados los versos de Bécquer: “¿Qué es poesía? ¿Y tú me lo preguntas? Poesía…eres tú”. Que trasladados al siglo XXI vendrían a multiplicarse en los innumerables ‘tús’ de la gente de Kerouac, “loca por vivir, loca por hablar, loca por salvarse…la gente que nunca bosteza ni habla de lugares comunes, sino que arde”. En medio de esa combustión de palabras, se presenta la quinta edición del Festival de Poesía de Valencia Vociferio, este año del 8 al 12 de junio haciéndose eco del Spoken Word, la corriente más fresca y popular de la lírica nacional e internacional.

Como señalan David Trashumante y Raúl Lago, impulsores del evento, “aparte de reivindicar el ‘Spoken Word’, muy maltratado por la Academia que lo considera baja cultura, cuando no lo es, se trata de juntar propuestas locales, tanto en castellano como en valenciano, con otras del ámbito nacional e internacional, con el fin de recuperar la palabra y la poesía”. Poesía que vendría a ser lo que Celaya entendió como un arma cargada de futuro. Trashumante y Lago así lo creen. De ahí su apuesta decidida por una “poesía entremezclada con otras disciplinas como la música, las artes escénicas o el libro objeto”.

Le Fay en Vociferio. Imagen cortesía de la organización.

Le Fay en Vociferio. Imagen cortesía de la organización.

Piensan que después de la caída de muchos festivales en los 90, se está viviendo un “repunte” de los mismos. “La palabra empieza a tener cada vez más presencia entre los jóvenes”. Y sitúan ese auge en coincidencia con el movimiento 15M y las políticas abrasivas del capitalismo más feroz. “Eso de la poesía encerrada en los libros, pues no, la poesía puede vivir fuera del papel”, subrayan. Las actividades que integran Vociferio son muestra de ese espíritu libertario de la poesía emparentada con la canción protesta o esos encuentros poéticos a pie de calle y en aquellos pubs de los 50 a ritmo de jazz.

Vociferio se anuncia como poesía viva contemporánea, joven, espectacular, interactiva, fresca, prestigiosa, multidisciplinar, bella, elegante y popular. Trashumante y Lago justifican algunos de esos conceptos. “Es contemporánea porque queremos estar atentos a lo que se está haciendo, de lo que se está investigando ahora”. Su hermanamiento con el Festival Internacional Kerouac Vigo de poesía y performance va en esa dirección.

“Es joven porque entre el público de la poesía se está produciendo un rejuvenecimiento”. Prueba de ello es el VI Campeonato Nacional de Slam Poetry que este año se celebra en Valencia de la mano de Vociferio, y en el que un jurado compuesto al azar por el público decide el ganador del concurso de poetas que tendrá lugar el 11 de junio en Carme Teatre, de quien precisamente parte la iniciativa del festival en su conjunto. Este recital colectivo a micrófono abierto con participación del público dibuja el perfil, junto al Spoken Word, de esa poesía viva en todo momento aludida por Trashumante y Lago.

Y es espectacular con matices. “Algunos lo dicen en términos despectivos, como teatralización que viene a tapar la baja calidad poética, y eso es mentira”, exclama Trashumante. “Es espectacular en cuanto a la experiencia emocional que promueve esta poesía y que estimula a la participación activa”, sostiene Lago. Y concluyen ambos: “Es una amplificación de la palabra”. Amplificación cuya causa hay que buscarla en la definición misma de poeta que ofrece Trashumante: “Es un ser en el que cuerpo y voz casan y te seduce”.

Los recitales tendrán lugar en Carme Teatre, Innsa Hotel, el Mercado Mosen Sorell y el Colegio Mayor Rector Peset, donde hay programados Showcase, Palabreadoras, que reúne a una serie de mujeres poetas (“por casualidad y atendiendo al talento de la propuesta más allá de lo paritario”), vermús poéticos a cargo del propio Trashumante y los mencionados Spoken Word (“100%”) y Slam Poetry. Un festival de poesía “muy directa”, destacan sus impulsores, y en la que los jóvenes “han encontrado mediante la palabra un modo de contar historias”.

Mansilla y los espías. Imagen cortesía de Vociferio.

Mansilla y los espías. Imagen cortesía de Vociferio.

Salva Torres

La autenticidad siniestra de José Hernández

José Hernández
Fundación Chirivella Soriano
C / Valeriola, 13. Valencia
Hasta el 6 de septiembre, 2015

José Hernández, lo recordó Manuel Chirivella, era un pintor del “soñar despierto”. De manera que cabría entroncarlo con el movimiento romántico, allí donde éste se hace cargo de la irrupción de lo siniestro como fenómeno estético allá por el siglo XIX. Romanticismo que viene a su vez a dar voz a todo aquello que la Ilustración, en tanto discurso de la racionalidad científica, negaba. De ahí que José Hernández (Tánger, 1944, Málaga, 2013) pintara despierto los sueños que sin duda nos atemorizan. La objetividad exacerbada de la vigilia dándose paradójicamente la mano con la no menos intensa visión subterránea de los sueños. ¿O habría que decir, para ser más exactos, pesadillas?

Obra de José Hernández. Centro del Carmen y Fundación Chirivella Soriano.

Obra de José Hernández. Centro del Carmen y Fundación Chirivella Soriano.

Porque en José Hernández se aprecia el encuentro, después de todo, de ambas tendencias disociadas de la mente humana. Por un lado, cierto naturalismo extremo, que se puede ver en la proliferación de extraños bichos y monstruos tan propios de la literatura fantástica. Y, por otro, cierto desgarro existencial, sin duda proveniente de esa misma pasión por alcanzar las capas más profundas del inconsciente. No es extraño, por ello, que ‘La metamorfosis’ de Kafka sea uno de los libros ilustrados por Hernández y, sin duda, de los mejores.

Obras de José Hernández en el Centro del Carmen.

Obras de José Hernández en el Centro del Carmen.

Los artistas como José Hernández no se encuentran cómodos en los juegos de seducción y comunicación que ahuyentan lo real de la experiencia humana, para ofrecernos a cambio una visión reconfortante de nuestro paso por la tierra. Frente a esos otros discursos más amables de la lógica comunicativa o el glamour publicitario, Hernández contrapone el áspero acercamiento a la vida corrupta que el tiempo inexorablemente impone. Lo auténtico, parece decirnos José Hernández con su obra, se encuentra próximo a lo siniestro, nunca cerca de la almibarada realidad.

Ópera veneciana, de José Hernández. Centro del Carmen y Fundación Chirivella Soriano.

Ópera veneciana, de José Hernández. Centro del Carmen y Fundación Chirivella Soriano.

Esta práctica artística, que sin duda entronca igualmente con la prolongación del romanticismo que supuso la emergencia de las vanguardias, tiene mucho que ver con ese soñar despierto antes aludido. José Hernández, del que su viuda Sharon Smith dijo que trabajaba diez horas diarias en su estudio, se limitaba a plasmar lo que su mente afloraba durante su apasionada vigilia. De manera que más que interpretar los sueños que cristalizan en su premiada obra, lo que Hernández hace es dejar que estos emerjan a borbotones para captarlos al vuelo en estado de hipnosis.

Memoria meteorológica, de José Hernández. Cortesía del Centro del Carmen.

Memoria meteorológica, de José Hernández. Cortesía del Centro del Carmen.

El Centro del Carmen del Consorcio de Museos y el Palau de Valeriola de la Fundación Chirivella Soriano han tenido que sumar sus espacios para acoger tamaña cantidad de seres monstruosos, a mitad de camino entre el sueño de la razón y su pesadilla siniestra. Más de 150 obras, entre las de su primera etapa (acogidas en Valeriola) y las realizadas a partir de los 80 (en el Carmen), que dan cuenta del desgarro existencial que provoca el encuentro de ambas exacerbaciones: la realista científica y la surrealista romántica.

Privilegios deshidratados, de José Hernández. Centro del Carmen.

Privilegios deshidratados, de José Hernández. Centro del Carmen.

Pinturas, dibujos, ilustraciones, carteles, esculturas y diseños de escenografías teatrales (conoció a Bacon, Buñuel, Ginsberg, Kerouac y Orson Welles, entre otros), que dejan espléndida huella del quehacer artístico del que fuera, con todo merecimiento, Premio Nacional de Artes Plásticas en 1981. Un quehacer basado en la autenticidad que, al estar ligada al horror, daría pie a otra historia no menos apasionada acerca de lo siniestro como destino del arte vaciado de dimensión simbólica. José Hernández la promueve con su obra inquietante y sin duda fantástica en todos los sentidos.

Detalle de una de las obras de José Hernández. Cortesía del Centro del Carmen.

Detalle de una de las obras de José Hernández. Cortesía del Centro del Carmen.

Salva Torres

The Waterboys, grandeza y modernidad

The Waterboys
Modern blues
2015
Harlequin and Clown Records

Tras más de dos docenas de audiciones, como requería la ocasión, bien efectuadas, con concentración y abstracción, del nuevo “Modern blues” de Mike “Big” Scott y sus WATERBOYS me he sentido capacitado por fin para escribir unas líneas sobre este trabajo. La verdad, no quería precipitarme, de sobras es conocida entre mis íntimos (y entre los que no son tanto) una confesable devoción por el legado de este artista.

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Mike Scott

Para que nos hagamos una idea, cuando oigo la voz de Mike Scott se me disparan las alarmas de forma peculiar desde el pabellón auditivo, algo similar a lo que podría ser cuando se cruza con la vista una hembra de buen ver. Estas cosas pasan y tampoco hay que darles mayor importancia. Quizás sea un poco como esos “Destinies entwined”, el hipertemazo con el que abren fuego y la causa sea el azar de la vida que siempre nos aproxima. Porque unidos por el destino nos vende el “big” tal y como otros nos venden sus productos, porque nos gusta que nos ofrezca el “big” tal y como otros nos ofrecen un maravilloso Edén. Nuevos dioses, nuevos guías pero al fin y al cabo lo único claro es que el amor en todas sus manifestaciones es el auténtico motor vital. A los que conocemos y nos congratula el estilo de los Waterboys no nos extraña ese misticismo o espiritualidad que rodea una canción que en cierto modo enlaza con un álbum que no obtuvo buenas críticas, el “Dream harder” de 1993, un disco exquisito pero el primero con el que ciertos sectores se empeñaron en liquidar, desprestigiar, vapulear,…, qué fácil es decir eso de que a fulanito o menganita se le ha pasado el arroz.

Ojo, resulta obvio que muchas bandas o artistas de rock dejan de mantener su nivel de calidad cuando transcurre la década en la que gozaron de sus primeros éxitos (o mejor decir, valga la redundancia, de las mejores críticas). Pocos fueron los supervivientes de los 80’s y muchos menos los que después de treinta años mantienen la cota de clase y pedigrí de aquellos años. Me vienen ahora a la cabeza Steve Wynn, Robyn Hitchcock,… y, sobre todo, Mike Scott con sus Waterboys.

-- THE WATERBOYS - Modern blues - 1

The Waterboys – Modern blues

Al gran “Big” siempre le ha gustado reivindicar con carácter cíclico las diferentes etapas de su dilatada trayectoria. Por ello no resulta tan sorprendente ese acercamiento al sueño más difícil. En cambio, con “November tale” hay un héroe, hay un aventurero, hay dudas sobre la fe y sobre las religiones pero por encima de todo hay un desfile de locos dentro de un tema del que se podría decir que conecta a nivel musical con, por ejemplo, aquella maravilla y ninguneada obra maestra “Still burning” que el gran “Big” publicó en solitario allá por el 97 y donde en realidad era tan Waterboys como en el resto de sus obras.

Pocas son las sensaciones de que este álbum ha sido grabado en Nashville, quizás un “Still a freak” que posee esa pincelada americana junto a un épico in crescendo marca de la casa, toda una declaración de intenciones de un artista motivado, ilusionado, apasionado, un rara avis en esto del rock que explora otros territorios que le puedan generar inspiración. Quizás por ello resulta después ideal “I can see Elvis” donde es capaz de imaginar a Elvis fumando porros con Bob Marley y Jimi Hendrix, en un nuevo desfile de locos donde también participan Keith Moon, Charlie Parker, John Lennon, Marvin Gaye,…, hasta incluso Juana de Arco y Platón.

Una que no me acaba es “The girl who slept for Scotland”, quizás demasiado ñoña y sensiblera, aunque puedo llegar a entender la necesidad de que un artista de su magnitud necesite transmitir recuerdos de sábanas, de ríos salvajes y de actos de amor entre estrellas, en este caso desde Dublín hasta el amanecer escocés. ¿Qué será de ella? Otra cosa es “Rosalind”, tiene blues y tiene modernidad. Sin duda Rosalind se casó con el hombre equivocado dentro del tema que a mi gusto mejor define los tiros por donde quiere ir ahora Mike Scott con sus Waterboys.

-- THE WATERBOYS - Modern blues - 4

Mike Scott

Cual si fuera un cruce de caminos resulta “Beautiful now”, ella era hermosa y para un caballero todavía lo es más ahora, me evoca a una especie de encuentro musical entre el Boss y los Dire Straits del “Making movies”. Y llegamos a “Nearest thing to hip”, muy, muy bonita, todo un “mistake brilliant”, de lo mejor del disco me parece esta atípica canción que no provoca un intenso primer flechazo pero que luego se va abriendo paso, más y más. Contiene el espíritu del León de Belfast y resulta muy adecuada para escuchar degustando un café y un dulce en algún viejo tugurio, donde deambulen los fantasmas de Sun Ra, Charlie Parker, Miles Davis o John Coltrane.

Y llegamos al final, algunos nunca lo entenderán, no profundizarán, a otros no les interesará y otros tantos no lo valorarán. A los suficientes nos da lo mismo, “Long strange golden road” es todo grandeza, la misma, la idéntica, la que en otros tiempos nos enseñó que habían héroes, un camino por recorrer, Jack Kerouac, la épica y la existencia de diosas de la lujuria y de la belleza, musas por las que los hombres hacen sacrificios, deidades del pecado y ninfas que simbolizan todo aquello que hay de bello en el mar.

Que nadie espere del “Modern blues” unos irrepetibles “This is the sea” o “Fisherman blues”. Ni esto es el mar ni la fisherman-star tiene que hacer méritos en forma de históricas obras maestras para captar personal a estas alturas de la vida. Ni tan siquiera considero que supere a ese anterior fantástico artefacto sónico que fue en el 2011 “An appointment with Mr. Yeats”. Pero una cosa hay que tener en cuenta, con otro episodio de su segunda división pocos del año en curso están o estarán por encima de sus caderas. La inicial desconfianza por excesivas connotaciones comerciales, similares a la del discazo de The War on Drugs en el pasado 2014, o porque el órgano hammond sea más protagonista que el violin, se van disipando en cada audición. Apuesto que más de un crítico implacable y voraz recapacitaría si escuchase estas coplas en vivo y en directo.”Modern blues” es suficiente, es notable y al final Mike Scott siempre es “big”.

JJ Mestre

  * Publicado también en Espacio Woody/Jagger

De ruta por California con Cracker

Berkeley to Bakersfield, de Cracker
Diciembre de 2014
429 Records

Un lustro esperando. Esperando sin desesperar. La puerta solamente se quedó entornada. Sin una causa de fuerza mayor más pronto o más tarde volvería a abrirse, y con ello lo normal sería que, salvo catástrofe o raro estado de baja forma, apareciese esa magia rocanrolera de la chistera de los Cracker como solamente ellos saben hacer con absoluta regularidad.

Y abracadabra por fin la puerta se abrió en diciembre del 2014 con un ilusionante regalito prenavideño para los suficientes. Y esa brisa campestre tan saludable de los Cracker cruzó el umbral. Mis íntimos, e incluso bastantes de los que no son tanto, conocen mi auténtica devoción por esta banda, a la que considero (algunos me tildan de ‘exagerao’, cosa que asumo con dignidad) la más grande de los últimos 25 años por calidad y muy especialmente por la regularidad de un legado donde todas y cada una de sus obras, desde la “lata de sardinas” de 1992 hasta la última “Sunrise in the land of milk and honey” del 2009 circulan entre el notable alto, el sobresaliente o la matrícula de honor, algo de lo que pocos se pueden jactar en una discografía de largo recorrido y siempre teniendo en cuenta que esto es una opinión subjetiva sin ánimo de ser compartida.

Sea como fuere, subjetiva o no tanto, son esos argumentos del párrafo anterior los que me inducen a elucubrar de que estamos ante un ejemplo atípico de envejecimiento sin arrugarse gracias, quizás, a ese baño de leche pura sin conservantes ni edulcorantes, la de la vaca de hermosas e ingentes ubres que ha sido alimentada con la mejor hierba fresca de los prados. Porque yo cuando escucho a los Cracker me vienen siempre a la mente vacas pastando en laderas cántabras, estas cosas pasan sin consumir alucinógenos, tampoco hay que darle mayor importancia.

CRACKER - BERKELEY TO BAKERSFIELD MAKMA 3 “Berkeley to Bakersfield”, el décimo galletazo de estos californianos, podría ser catalogado de álbum conceptual, con el mérito que tiene a estas alturas de la vida realizar un disco donde todos los tiros van en una misma dirección. Por ello, porque hemos tenido que esperar bastante tiempo y porque son los Cracker me parece de lujo que sea un disco doble, y lo dice alguien al que generalmente le agobian más de doce cortes en un mismo disco.

De Berkeley a Bakersfield, en líneas generales, se podría considerar también como un viaje de retorno a lugares, a vivencias y a sensaciones que tuvieron cierta importancia en la evolución de sus principales compositores, los señores David Lowery y Johnny Hickman. Hablamos de 444 kilómetros de distancia, de cuatro horas más o menos en coche de norte a sur, ubicándonos en la parte septentrional por debajo de Sacramento, la capital de California, y en la parte meridional algo más arriba de la ciudad californiana más poblada, Los Angeles.

Comenzar desde Berkeley, situada en la bahía de la ciudad de San Francisco, nos proporciona algunas claves del sonido de esta banda americana. No en vano es una ciudad de populares referencias musicales de punk-rock como por ejemplo Green Day, pero sobre todo por ser la región embrionaria de un gran clásico como es la Creedence Clearwater Revival, probablemente una de las referencias más influyentes de la banda que nos ocupa. El resultado de este cóctel es una música de bares donde las raíces americanas y el honky tonk tienen el principal protagonismo pero donde no se hace ascos a la actitud punk o a sonidos de rock alternativo. En definitiva, una especie de country-alt a la medida del sonido personal y carismático que los caracteriza.

Cierta actitud contestararia en la “zona Berkeley” se vislumbra en el tema que abre este trabajo, “Torches and pitchforks”, melodía que musicalmente podría evocar a Simon & Garfunkel pero que en realidad es una llamada a luchar en las calles, en los valles y donde haga falta contra los corruptos y contra los poderes fácticos que se aprovechan de la honestidad y buena fe de los ciudadanos, con un coro contagioso que induce a repetirlo una y otra vez: “so la da da, da da da da da da, la da da”.

CRACKER - BERKELEY TO BAKERSFIELD MAKMA 2La crítica mordaz continúa en “March of the billionaires” donde nuevamente un estribillo pegajoso con ramalazos bolanianos oculta unos reproches irónicos, na na na y tres hurras por los millonarios, la misma mierda de siempre o su pobreza sería el progreso del resto. Con “Beautiful”, en cambio, nos encontramos el arrebato punk-rockero por antonomasia del disco donde las pistolas sexuales se lanzan a la calle, sencillamente porque ella es hermosa (y la canción también).

Y ese humor sarcástico que siempre encuentra algún momento adecuado reaparece. “El Comandante” es solamente una bolsa de hierba, me encanta como vocaliza Mr. Lowery en esta digna heredera de los mejores Camper van Beethoven. También en esa rica línea podría estar “El Cerrito”, brillante homenaje urbano a la ciudad donde se gestó la mítica Creedence de los hermanos Fogerty, localidad ubicada un poquillo más al norte de Berkeley y también en la bahía. Y de ahí al Metro de San Francisco, en “Reaction”, con una charla en el andén bien acompañada de desparpajo powerpopero con sabor setentero.

Ya metidos en harina, ahora más hard-rockera, “You got yourself into this” no deja de lado el sonido marca de la casa tal y como sucede también en la metropolitana “Life in the big city”. Y tras ella la primera grandísima perla a mi gusto de este trabajo, toda una declaración de amor que nos suena a tantas gloriosas canciones de los Cracker y que lleva por título “Waited my whole life”. Con ella ya hemos recorrido la mitad del trayecto desde que salimos de Berkeley.

Avanzamos, vamos en la buena dirección. Entre campos de petróleo estamos en el desierto de California de la mano de Johnny Hickman y por eso, lógicamente, suena como suena “California country boy”, temazo country del copón bendito donde los haya. Cruzando campos de algodón unos maravillosos coros femeninos acompañan al chico que retorna a casa tras perder a su familia, proporcionando poderío a un tema como “Almost grove” antes de hacer parada en “King of Bakersfield”, quizás mi canción preferida de este discazo, un tema que apuesto recibiría la más calida bendición del gran Enrique Urquijo si llegase a sus oídos porque en cierto modo se halla en la frontera de sus “secretos” y de sus “problemas”.

CRACKER - BERKELEY TO BAKERSFIELD - 2

Cogemos aire, hemos entrado a mi gusto en la mejor zona de este artefacto musical, la de la recta final. Desamor, qué bonitas son las canciones de Cracker en estas profundidades donde la botella no siempre sirve de ayuda debido a la mucha nostalgia por el amor perdido. Aquí, con “Tonight i cross the border”, uno que suscribe no puede evitar acordarse del antiguo impacto que le supuso aquella maravilla titulada “Big dipper”, una de las baladas más alucinantes de la vida, de la mía, esa que circulaba entre cigarrillos, referencias a Monterey o a Jack Kerouac en los tiempos de “la edad de oro”.

Ya queda menos trayecto. Con la fenomenal “Get on down the road” cualquier fan de Cracker sabe que estamos dispuestos a disfrutarlos hasta el final. Y en un atajo, o quizás en una senda paralela, se cuela “I’m sorry baby”, otra de mis preferidas, una de esas canciones que solamente podría ser de Cracker y donde Lowery explota todas sus virtudes, que no son pocas.

En este recorrido californiano hacemos una escapada ahora un poco más hacia el sur, a 265 kms. desde Bakersfield, hasta la ciudad de San Bernardino. Hemos cruzado Los Angeles y cual si estuviésemos en un rodeo Johnny Hickman vuelve a coger la sartén por el mango en “The San Bernardino boy”. Después el sonido Cracker, el puro y duro, el que nos toca tanto la fibra sensible regresa con “When you come down”, otra puta (o santa, a gusto del consumidor) maravilla.

Recalamos finalmente en “Where have those days gone” y casi sin darnos cuenta hemos hecho un viaje por California para recordar, principalmente, lugares de los viejos tiempos que se fueron. Podría ser California o podría ser… Se llaman Cracker, qué grandes, juro por mi sagrada satisfacción que siempre estaré agradecido a estas rodajas musicales que recorren las vidas, las ciudades y el pasado, en este caso lo que podría ser algo similar a la ruta de recuerdos de una panda de amigos que descubrieron a Cracker en sus inicios, que los convirtieron en su banda fetiche y que juntos se hicieron mayores a su compás. Está clarísimo, si tenemos que esperar cinco años más lo haremos, esperemos sin desesperar estar vivos y presentes en la próxima, ojalá siempre penúltima genialidad de los Cracker.

JJ Mestre

* Publicado también en http://www.woodyjagger.com/2014/12/cracker-2014-berkeley-to-bakersfield.html

Carlos Sebastiá, con mucho aprecio

Zài Huì. Carlos Sebastiá

Espacio 40

C / Puerto Rico, 40. Valencia

Hasta el 15 de junio

A Carlos Sebastiá le salen chispas de los ojos cada vez que pinta, y cada vez que te cuenta lo que pinta. Son chispas que vienen a iluminar el fondo sombrío del que mama su obra. Porque hay algo que atraviesa de cabo a rabo el conjunto de piezas que muestra en Espacio 40 bajo el título de Zài Huì, traducido como un hasta pronto, que luego explicaremos. Y lo que atraviesa ese conjunto es la tensión que se percibe entre la figura y el fondo, entre las chispas luminosas y el fuego del que proceden. En suma, Carlos Sebastiá busca el aprecio en su obra, partiendo de cierto desgarro existencial contra el que lucha con brío, impulsividad y mano agitada pero firme.

Mendigo, de Carlos Sebastiá. Espacio 40

Mendigo, de Carlos Sebastiá. Espacio 40

Las figuras que pinta y dibuja Sebastiá son figuras como abandonadas a su triste suerte, lánguidas, cariacontecidas, con ese punto a lo Kerouac, de prosa espontánea. Y siendo esto así, o por ser esto así, hay como una reacción inmediata de querer contener ese dramatismo con enérgicos trazos y manchas de color que ansían el reposo, el contacto amable, el erotismo de la piel, el aprecio a borbotones. Es como si después de cierta tormenta interior buscara la calma. Porque habiendo desazón en su obra, o precisamente por haberla, hay al mismo tiempo una pasión por ceñir los miedos que a veces nos atenazan, bañando el cuadro de intempestivo color. Y es que, siguiendo esa instantaneidad del autor beat, también Sebastiá podría decir: “Sólo las personas amargas desprecian la vida”.

El propio Carlos Sebastiá lo cuenta: “Hablo del aprecio, del cariño”. Y salta a la vista. Para llegar a él, utiliza dos vías: la del “contacto” y la de la “comunicación”. O lo que viene a ser lo mismo: la de la memoria y lo cotidiano, y la más directamente erótica o sexual que venga a refrendar el conocimiento previamente adquirido. Por eso en su obra hay siempre figuras, más o menos veladas, “que me amarran”, y el color que tiende a superar los límites y contornos; a salirse en cierto modo de madre.

La oportunidad, de Carlos Sebastiá. Espacio 40

La oportunidad, de Carlos Sebastiá. Espacio 40

He ahí la importancia de las manchas, del color, que tan pronto manifiestan su carácter volcánico, incluso orgásmico, catártico para esas figuras, como velan su presencia para convertirse en amable cobijo. La desnudez corporal en la obra de Sebastiá conduce a ambos estadios: uno explosivo,  a base de un color desmedido, literalmente alucinante, y otro más sensual, erótico, tamizado por sábanas y otras veladuras. Por eso hay rostros y cuerpos que se ofrecen sin tapujos, queriendo darse a ver, para enseguida ocultarse bajo capas de pintura. Es la cadencia que va de la necesidad de aprecio, al miedo por la falta de correspondencia.

La pintura de Carlos Sebastiá revela ecos de nuestra condición actual: individuos con posibilidades comunicativas hasta hace bien poco inimaginables, que tienen serias dificultades para establecer lazos de mayor hondura afectiva. Individuos en red, finalmente enredados en la tela de araña de una comunicación cogida con hilos. La obra de Sebastiá hurga en esa incomunicación, en esas figuras abatidas, para dotarlas de un genio que el color imprime (“pinto de manera impulsiva”). De manera que “la desazón luego la arropo”, confiesa el autor. Y le interesa marcar esa transformación, ese proceso creativo, cuyo cocinado intenta que aflore en todo momento, “que se vea la frescura en los cuadros”. Que se vea el pulso entre la figura y el fondo.

Y si Zài Huì es un “hasta pronto” se debe al viaje que Carlos Sebastiá emprenderá en julio con destino a Pekín. En la capital china se pasará un año pintando, aprovechando una beca. Un viaje que también está presente en la obra de Sebastiá, por cuanto no deja de traslucir cierto trayecto: el que va de un hondo pesar a su vigorosa contención plástica, llena de color, manchas y aprecio, mucho aprecio por la vida.

Retrato. Carlos Sebastiá. Imagen cortesía de Espacio 40

Retrato. Carlos Sebastiá. Imagen cortesía de Espacio 40

Salva Torres