Cómo salirse del cuadro

‘Niños del Mundo’
Sala de la Junta Municipal
C / Micalet, 1. Valencia
Hasta el 23 de octubre de 2016

Del barro al bronce. De la madera al mármol. De la piedra al hierro. La materia inerte se ofrece voluntaria para adquirir categoría de obra de arte en la mano de los creadores. El material que cada uno elige para expresarse lo define, no sólo como artista, sino también como persona. Simboliza su talante y personalidad.

María Gómez ha escogido uno muy original, ligero y maleable, cartón piedra, un soporte vinculado a la tradición fallera que convierte en seña de modernidad y universalidad en sus últimas exposiciones, y que, como ella dice, le “permite salir del cuadro”. Bajo el título ‘Niños del Mundo’ sus obras más recientes pueden verse en la Sala de la Junta Municipal, en la calle Micalet, 1, hasta el día 23 de octubre.

Niños del Mundo, de María Gómez. Imagen cortesía de la autora.

Niños del Mundo, de María Gómez. Imagen cortesía de la autora.

“El tema de esta exposición son los niños que padecen la tragedia de las guerras”, dice Gómez. “Llevo años trabajando el mundo interior del ser humano. Me interesa mucho la comunicación de la obra con el  observador. Pienso en el diálogo que establecen, porque cada espectador tiene sensaciones y percepciones distintas, según su personalidad. Lo importante es que nadie queda indiferente, de una manera u otra los conmueve. Me interesan los profundos silencios de los observadores durante largo tiempo al observarlas. ¿Qué piensan? Quizás asocien similitudes de estadios paralelos, pensamientos, o bien, reconocerán en ellas retazos de ellos mismos.  El expresionismo, tal y como lo trabajo, me permite deformar levemente lo que me interesa para evidenciar,  estimular o prescindir de elementos, según el objetivo de lo que quiero expresar”.

El ser humano está siempre presente en el trabajo de Gómez, “expresando lo intangible, por eso sus actitudes o gestos son estáticos, no hacen nada en concreto pero sus cuerpos tienen una presencia rotunda. Muestran algo que no podemos descifrar claramente pero que penetra de un modo inconsciente.  Me centro en las miradas que ni acusan ni demandan, sólo producen inquietud”.

María Gómez, en pleno proceso creativo. Imagen cortesía de la autora.

María Gómez, en pleno proceso creativo. Imagen cortesía de la autora.

Gómez utiliza la técnica de cartón piedra desde hace cinco años, un proceso muy antiguo utilizado tanto en escultura de gran nivel como en ornamentación que hoy día se identifica con la llamada escultura ligera. “Es la misma técnica que usaban antiguamente los artistas falleros”, explica. “Se trata de encolar entre sí pedazos de cartón en el interior de un molde, hasta que toma el grosor adecuado. Una vez seco queda una estructura escultórica bastante resistente, a la que se le puede añadir pigmentos en la superficie. Hay ejemplos de gran calidad en escultura religiosa antigua”.

Ella sólo utiliza papel y colas, “no hago ni modelo en barro, ni molde de yeso. Realizo la escultura directamente en el aire, es decir, sin molde. El proceso es complejo pero, a pesar de ello, es más libre en la gestualidad y evito los pasos anteriores del modelado en barro y la realización de los moldes de yeso. Así pues, comienzo el trabajo pegando el papel en un mástil de madera y poco a poco  aplico los papeles a medida que van secando y tomando cuerpo formando al mismo tiempo, la anatomía y los rasgos de la escultura. Las formas de los cortes, orientación y colocación del papel son los que marcan los volúmenes anatómicos de la escultura. A medida que va tomando forma, refuerzo el interior y exterior en pequeñas capas. Finalmente, en el interior adhiero telas para mayor consistencia y un varillaje o estructura interna en madera que arma la figura, quedando muy resistente a los golpes y al deterioro como cualquier otro material”.

María Gómez junto a su 'Niños del Mundo'. Imagen cortesía de la autora.

María Gómez junto a su ‘Niños del Mundo’. Imagen cortesía de la autora.

Las posibilidades expresivas de este material en su caso “son extraordinarias porque se adapta a mi modo de trabajar debido a que acorto parte del proceso  permitiéndome manejar a mi antojo la anatomía según me sugiere cada forma, cada músculo, cada gesto. Así, construyo poco a poco la figura visualizándola a medida que emerge a partir de un pequeño trozo de cartón. Por ello, cada escultura es un mundo de exploración, que en su comienzo, aunque la idea está en la mente, su proceso creativo puede llevarte por derroteros muy interesantes en cuanto a la expresión de los rostros y la gestualidad del cuerpo”.

Gómez combina su faceta creativa con la actividad docente como profesora en la Facultad de Historia del Arte y restauradora especializada en la recuperación de cuadros quemados. Realizó un extraordinario trabajo en el retablo de San Miguel del maestro Gabarda en la Catedral de Valencia.

Niños del Mundo, de María Gómez. Imagen cortesía de la autora.

Niños del Mundo, de María Gómez. Imagen cortesía de la autora.

En la muestra se pueden ver también fotografías de Alfredo G.Carbonell y obra pictórica de Antonio Camaró.

Bel Carrasco

Sombras, hierro y vacío

‘Geometría de la mirada’, de Lukas Ulmi
Set Espai D’Art
Plaza Miracle del mocadoret 4, Valencia
Hasta el 30 de junio de 2016

El artista Lukas Ulmi regresa a Set Espai D’Art con sus ya reconocibles, minimalistas y curiosos estudios sobre el espacio. En 2013 exponía en este mismo lugar la serie ‘Laberintos visuales’, pero con ‘Geometría de la mirada’ podemos afirmar estar asistiendo a la evolución de este trabajo anterior. El cubo, en un principio estático, se ha desdoblado para demostrar un movimiento muy particular. Para adentrarse en la exposición se hace necesario disponer de tiempo, verla despacio, para descubrir todo lo que esconde…

Lukas Ulmi, a modo de ilusionista experimentado, ha creado una sola pieza de fino hierro pero contenedora en si misma de cientos de geometrías imbuidas en otras que nunca son iguales. Los tipos que a priori se pueden definir encajan dentro de dos definiciones: la obra ‘real’ de hierro y la sombra proyectada contra la pared. Ricardo Forriols lo define como un “doble ejercicio escultórico”. A partir de ese punto, y según se fije la observación, conforme exista un mínimo roce, una breve corriente de aire o un giro de cabeza, podremos llegar a vislumbrar solo unas pocas de las geometrías existentes. Un juego infinito acaparable al modelo físico teórico donde las partículas que componen el universo están formadas en realidad de minúsculas cuerdas vibratorias, y de supercuerdas, aunque no podamos verlas.

Una de las piezas de la exposición. Fotografía: María Ramis.

Una de las piezas de la exposición. Fotografía: María Ramis.

Unas suspendidas en el vacío y otras apoyadas sobre vitrinas blancas o sobre suelos, las figuras geométricas dialogan entre ellas, algunas incluso dejando de lado la rigidez del hierro para ondularse casi imperceptiblemente, otras quedan incompletas, con la línea sin terminar. Siempre apostado por la forma mínima, Lukas Ulmi, de origen suizo pero afincado en Valencia, está considerado como un experto a la hora establecer relaciones entre la escultura y el vacío. A nivel teórico Ulmi, tal y como nos indica Forriols, sigue los pasos de parte de la escuela de escultura vasca, la representada por Oteiza, que está centrada en unas formas que ponen en valor, no tanto la figura en si, sino lo que rodea a la misma. Con un simple vistazo, se observa como el artista toma estas consideraciones para su idear sus obras.

Es así que el título de la muestra, tomado de unas palabras inéditas del profesor Román de la Calle, es totalmente acertado. Las geometrías no se conforman tanto por el manejo del hierro sino por la perspectiva del espectador. Se propone al público, esperar, estar pendiente de lo que ocurre y descubrir, probablemente, una forma única, que solo él o ella puede ver. No cabe duda de que Lukas Ulmi concebido toda una experiencia mentalmente interactiva.

Una de las piezas de la exposición. Fotografía: María Ramis.

Una de las piezas de la exposición. Fotografía: María Ramis.

María Ramis.

Los flujos arquitectónicos de Keke Vilabelda

Flow, de Keke Vilabelda
Kir Royal Gallery
C / Reina Doña Germana, 24. Valencia
Inauguración: jueves 21 de enero, 20.00h

Kir Royal Gallery Valencia presenta por primera vez la exposición individual del joven artista Keke Vilabelda (Valencia, 1986) con una selección de su obra más reciente. Bajo el título Flow, Vilabelda compone un itinerario visual a través de diferentes escenarios urbanos, con la hibridación de materiales y técnicas como denominador común. Pintura, fotografía, escultura e incluso videoarte. Cemento, plástico, hierro, espuma o ladrillo, con estas armas el artista crea superposiciones y transparencias, brillos y opacidades.

Flow tiene que ver con el movimiento, con las secuencias arquitectónicas, con los ritmos y con el fluir. En todas las piezas el artista intenta crear flujos visuales, jugando con la repetición formal y con la combinación de diferentes materiales y técnicas (sobre todo cemento y metacrilato).

Obra de Keke Vilabelda. Imagen cortesía de Kir Royal Gallery.

Obra de Keke Vilabelda. Imagen cortesía de Kir Royal Gallery.

Juega con la idea de enfrentar texturas, pensando en esa arquitectura en la que el cristal, el acero, el hormigón, todo se adhiere con gran artificialidad y espectacularidad. En relación a esto, el uso del neón remite a lo aparente, una llamada de atención que nos deslumbra, ocultando el vacío, la superficialidad y quizá la decadencia de unos edificios en muchos casos deficientes.

En palabras del crítico de arte Juan Bautista Peiró, “en estos trabajos se libra una inteligente batalla entre algunos conceptos esenciales de la práctica pictórica, tales como el tratamiento de los materiales, las relaciones compositivas, el manejo de texturas en su doble acepción matérica y visual; en definitiva, la profunda identificación entre el qué y el cómo. Pero el trabajo de Keke Vilabelda se sitúa en las antípodas de cualquier reduccionismo o simplificación formalista o decorativa. Antes al contrario, hay un decantamiento reflexivo y experiencial que ha venido desarrollando en estos últimos años”.

Obra de Keke Vilabelda. Imagen cortesía de Kir Royal Gallery.

Obra de Keke Vilabelda. Imagen cortesía de Kir Royal Gallery.

Otro aspecto a destacar es la aparente virtualidad de las obras, el tinte digital de unos escenarios preprogramados, que hacen caso omiso al contexto, siguiendo los mismos patrones en cualquier ciudad del mundo. Al mismo tiempo, en estas piezas grandes Vilabelda trata de cuestionar la propia pintura y hacer que no parezca pintura, sino luz. Y jugar con la fotografía para que no parezca fotografía sino materia, pintura.

En un segundo grupo de obras de la nueva serie Skyline, tridimensionales y fijas a la pared, Vilabelda crea unas plataformas que hacen referencia a horizontes urbanos. Algunos fragmentos tienen un carácter de ready-made, objetos que el artista encontraba durante sus viajes y acumulaba en su estudio. Pruebas de color o de texturas, quizá sobrantes de otras obras mayores.

Tras convivir un tiempo con estos objetos, han pasado a conformar una especie de paisaje, retratando el trabajo de los últimos años del artista. Al colocar estas piezas una junto a otra, surge una metáfora de lo que ocurre en el paisaje urbano, una serie de relaciones construidas en el tiempo, con sus roces, sus contradicciones, opacidades y transparencias, superficies mates y brillantes, sólidas o huecas, blandas y duras… cada una con su identidad propia puesta en relación con el resto.

“Ambas series, desde estrategias particularmente diferenciadas, confluyen en ese común escenario urbano en el que se (re)presenta el fluir cotidiano de la existencia humana”.

Obra de Keke Vilabelda. Imagen cortesía de Kir Royal Gallery.

Obra de Keke Vilabelda. Imagen cortesía de Kir Royal Gallery.

 

Llorenç Barber: “Somos lo que sonamos”

Batallar/Batallem. So-Crit-Tro
Llorenç Barber, Rafael Tormo i Cuenca y Orxata Sound System
Comisarios: Marc Delcan y Àngel Gallego
La Gallera
C / Aluders, 7. Valencia
Hasta el 27 de septiembre de 2015

“Somos lo que sonamos”. Y lo que sonamos, para Llorenç Barber, está muy lejos de sonar como debiera en una tierra tan plagada de músicos como Valencia. “Siendo un país tan rico culturalmente, a los artistas nos tratan como residuos; se nos degrada”. En medio de un gran cono de madera invertido, en cuyo centro cuelga una de sus significativas campanas, Barber se hizo altisonante eco del proyecto que presentaba en La Gallera. El título ya es elocuente: Batallar / Batallem. So – Crit –Tro. Resitència i cultura comú. Y cual Quijote, el artista fue dando mandobles a diestro y siniestro, mientras explicaba su propuesta sonora.

Instalación sonora de Llorenç Barber en La Gallera.

Instalación sonora de Llorenç Barber en La Gallera.

“La campana es la memoria de una comunidad”. Memoria que Barber pretende rescatar contra el viento y marea de la torpeza de los programadores culturales. “Valencia no puede ser tan dilapidadora de la creatividad”. Y puso el IVAM como ejemplo (“llevamos 20 años de retraso”), el Palau de la Música (“jamás han abierto sus puertas al arte sonoro”) o Les Arts. Instituciones públicas que a su juicio han vivido de espaldas a las prácticas artísticas novedosas. Por eso agradeció a Felipe Garín, director del Consorcio de Museos, la oportunidad de programar en La Gallera, antiguo espacio de “encuentros, apuestas y peleas”, describió Garín.

De manera que en lugar tan emblemático, Barber propone otro tipo de batalla en pro de la recuperación de la música y las prácticas colaborativas. “El artista sonoro se pregunta por lo que escucha la humanidad”. Interrogación que él despliega en La Gallera junto a Rafael Tormo i Cuenca y el grupo Orxata Sound System, bajo el comisariado de Marc Delcan y Àngel Gallego.

Instalación sonora de Llorenç Barber en La Gallera.

Instalación sonora de Llorenç Barber en La Gallera.

Mezclando las intervenciones de cada cual, a partir de elementos tradicionales de la cultura valenciana, van articulando campanas, música hablada, orquestas sonando a su manera, videoclips, disparos de cohetes y retazos de movimientos sociales como Salvem Catarroja, el Cabanyal o el 15M, con sus secuelas en forma de mascletà inactiva, que 100 niños de un colegio valenciano representará el jueves 18 en La Gallera con botellas de plástico.

“Se trata de repensar el acto de la creación”, señaló Tormo i Cuenca. “Las formas que no se dejan apropiar”, explicó Delcan en relación con la cultura popular, toman de esta forma La Gallera, contrariando así el espíritu público de exclusión de este tipo de prácticas. Sonidos, gritos y truenos, tales son los ejes expositivos, clamando por esa recuperación de la memoria que Barber inscribe en el interior de las campanas. “Es un caudal a preservar y del que gozar”, para que Valencia salga del “embobamiento” en el que se encuentra.

Instalación de Llorenç Barber en La Gallera.

Instalación de Llorenç Barber en La Gallera.

“Hemos perdido la batalla de la pedagogía”. Batalla que Llorenç Barber emprende mediante la “educación de puertas abiertas que durante tres meses” (los que dura la exposición) desea realizar al menos un día a la semana en La Gallera. “Ofrezco una universidad libre para explicar lo que los conservatorios no hacen”. El “silencio cultural en la escena valenciana” se transforma en ‘Batallar / Batallem’ en un conjunto de gestos rompedores. Gestos que amalgaman el silencio, la pausa, la sincronía y el ritmo, con la fiesta, el fuego, la implosión y el cuerpo, palabras igualmente utilizadas en el proyecto expositivo.

Por eso al final lo que cuenta es tener una “cabeza sinestésica”, tal y como se recoge en uno de los textos de la práctica colaborativa, que pueda dar cuenta de esa mezcla de sonidos y sensaciones que batallan entre sí en La Gallera. Sinestesia que vendría a desperezar a Valencia de tanta “banalidad artística”. Llorenç Barber lo hace a campanazo limpio, cuyos ecos se escucharán hasta el 27 de septiembre.

Instalación sonora de Llorenç Barber en La Gallera.

Instalación sonora de Llorenç Barber en La Gallera.

Salva Torres

 

Quico Torres, pionero con el Krión

Reflexiones sobre la materia y la forma, de Quico Torres
Centro del Carmen
C / Museo, 2. Valencia
Hasta el 11 de enero de 2015

Es un material utilizado en la construcción de edificios en Japón. Quico Torres lo descubrió en Porcelanosa y la empresa le ofreció la posibilidad de trabajar con él. A la madera, el hierro, el acero, la piedra o el hormigón, los escultores pueden añadir ahora como herramienta de trabajo el Krión. El primero en hacerlo ya es Quico Torres, cuyas ‘Reflexiones sobre la materia y la forma’, presentadas en el Centro del Carmen, incluyen esas primeras obras realizadas con Krión. Tan resistentes como frágiles, abren un nuevo campo de experimentación.

Dos de las esculturas de Quico Torres, en la Sala Refectori del Centro del Carmen.

Dos de las esculturas de Quico Torres, en la Sala Refectori del Centro del Carmen.

“No te puedes quedar estancado, tienes que ser valiente, pero con seriedad”, explica Torres. Por eso ha utilizado el blanco, “porque es el color más atrevido”, aunque haya sido el nuevo material quien le haya dado las ideas. “Es caliente, rápido, frágil y fuerte”. Imposible trabajar con moldes, de manera que el artista se la juega con cada pieza, que se convierte en “única” o va “directamente a la basura”. La exigencia es máxima, porque cada plancha de Krión es muy cara. Porcelanosa, patrocinadora de la muestra, ha corrido con los gastos del material.

Escultura en Krión de Quico Torres. Centro del Carmen.

Escultura en Krión de Quico Torres. Centro del Carmen.

Pero ‘Reflexiones sobre la materia y la forma’ va mucho más allá del Krión. Quico Torres exhibe un compendio de su obra, que va desde las piezas de madera, cuyas formas sinuosas y orgánicas recupera para sus más recientes e innovadoras esculturas blancas, hasta las de piedra, más “metafísicas”, en palabras de Boye Llorens, comisario de la exposición.

En todas ellas, incluida la de hierro forjado, con influencias de Martín Chirino y Salvador Soria, late una misma tensión, que Llorens resume así: “Entre la solidez o el peso y la aparente ingravidez de la forma en el espacio”. O también: “La inquietud y el amor por el trabajo artesanal, que combina el oficio y la poética de lo inútil”. En cualquier caso, Quico Torres no se cansa de decir, siguiendo la influencia de su admirado Salvador Soria, que “lo más importante es la obra, no el artista, porque cuando tú no estés la gente hablará de la obra”.

Esculturas de Quico Torres en el Centro del Carmen.

Esculturas de Quico Torres en el Centro del Carmen.

Vicent Berenguer, también por primera vez, ha puesto su música al servicio de una obra de arte, componiendo tres piezas que evoquen esas ‘Reflexiones sobre la materia y la forma’. “La relación entre la música y la materia es complicada”. Y, en todo caso, “siempre subjetiva”. Lo que resultó sorprendente es el resultado, que tituló, sin saber el que Quico Torres tenía pensado para su exposición, ‘Materiae’. Una materia que llena la Sala Refectori del Centro del Carmen, pero que se propaga en el aire gracias a la música de Berenguer.

Escultura de Quico Torres en el Centro del Carmen.

Escultura de Quico Torres en el Centro del Carmen.

Como apunta Llorens, después de todo “el despliegue de la materia en el espacio es la huella que el artista moldea en el aire”. Huella orgánica, de sus esculturas en madera y ahora en Krión, y huella arquitectónica, de sus esculturas en hormigón. Huellas que si bien remiten a la naturaleza de la que se nutre el artista de Benissa, también proceden de la “interpretación onírica” (Llorens) de esa misma naturaleza.

Trabajar con el Krión ha supuesto un salto al vacío para Quico Torres, porque “nadie antes había trabajado con este material, por lo que no tenía referencia alguna acerca de cómo hacerlo”. Jamás utilizado en la escultura con anterioridad, el Krión nace de la mano de Torres como nueva “herramienta poética e inútil”, por seguir a Martín Chirino. “Siempre pensando en la huella del hombre en el mundo”, concluye Llorens.

Quico Torres, entre dos de sus obras, en el Carmen. Imagen cortesía del Centro del Carmen.

Quico Torres, entre dos de sus obras, en la Sala Refectori. Imagen cortesía del Centro del Carmen.

Salva Torres

Simbología y poética de Sebastià Miralles

De bon paper / Punt i apart, de Sebastià Miralles
Walden Contemporary
C / Denia, 74. Valencia
Hasta finales de octubre

Walden Contemporary presenta la  serie ‘De bon paper/ Punt i apart’ del escultor castellonense Sebastià Miralles (Vinaròs, 1948). Tras su última muestra realizada en la Fundació Caixa Vinaròs, y su actual exposición en el Centre del Carme bajo el título ‘En certa forma’, Miralles nos propone una selección de sus dibujos realizados mayoritariamente durante el periodo 2008-2010. Se trata de trabajos de transición, con mayores referencias personales, y cargados de lecturas informalistas que dan paso a otros dibujos y collages más depurados, en los que encontramos una manipulación más industrial y aligerada de significado.

Obra de Sebastiá Miralles en la invitación a la exposición 'De bon paper / punt i apart'. Imagen cortesía de Walden Contemporary.

Obra de Sebastiá Miralles en la invitación a la exposición ‘De bon paper / Punt i apart’. Imagen cortesía de Walden Contemporary.

Una serie cuya vertiente más espiritual, ascética y cartesiana investiga las relaciones simbólicas y poéticas de la forma y sus implicaciones en el espacio. A través de una atenta mirada a las raíces de la escultura histórica y a la modernidad, Sebastià Miralles desarrolla un singular y heterogéneo planteamiento conceptual donde tiempo, materia y forma descubren una obra de gran riqueza expresiva, caracterizada por una contundente depuración formal.

Materiales como el hierro y la madera constituyen principalmente las estructuras de sus esculturas, que sirven como elementos conductores hacia esta personal búsqueda de la simplificación en sus piezas. La muestra compuesta por  una treintena de dibujos de diferentes dimensiones, materiales y cromatismos, plantea una lectura entre la escultura y el dibujo. Este último como elemento vinculador con sus correspondientes esculturas.

Obras de Sebastiá Miralles en la exposición 'De bon paper / Punt i apart'. Imagen cortesía de Walden Contemporary.

Obras de Sebastiá Miralles en la exposición ‘De bon paper / Punt i apart’. Imagen cortesía de Walden Contemporary.

Formas geométricas bidimensionales, envueltas en un laborioso código sígnico, formal y estructural perfilan los ocultos recovecos, espacios, fórmulas  compositivas y posibilidades que finalizan con el desarrollo de las estructuras tridimensionales, mostrando al espectador a través del dibujo un inusitado despliegue de potencialidades entre poética plástica y obra artística.

Sin embargo, para Miralles, como muy bien señala, trabajar la materia sin dejar marca, disolviéndose por la “razón poética” quizá consista en la sutileza del oficio, como en la magia, “en actuar sin ser visto; la técnica se nos ofrece como una actitud cuya lógica se sitúa lejos del exhibicionismo virtuosista. El énfasis en lo tecnológico coarta el impulso que emerge del centro de los sueños y, sin embargo, sólo una técnica adecuada al propósito inicial garantiza el resultado deseado”.

Obra de Sebastià Miralles en la exposición 'De bon paper / Punt i apart'. Imagen cortesía de Walden Contemporary.

Obra de Sebastià Miralles en la exposición ‘De bon paper / Punt i apart’. Imagen cortesía de Walden Contemporary.

De ahí que tanto en el dibujo como en la obra escultórica queda implícita una dualidad que, posiblemente, defina este diálogo de asociación entre lo abierto y lo cerrado; entre el interior y el exterior; entre intimidad y  alarde; el azar y el cálculo; lo ficticio y lo real trasmutando al fin de lo bidimensional a lo tridimensional.

Miralles, que ha compaginado su tarea como docente en la Universidad de Bellas Artes de San Carlos con su faceta artística y poética, ofrece en esta exposición una mirada íntima al mundo del dibujo, ese lugar donde mediante lo preparatorio desarrolla un idéntico juego de desvelación y ocultamiento. La muestra se complementa con la edición de dos serigrafías de la serie ‘En certa forma’, compuesta por estructuras geométricas cuyo sentido narrativo, sintetizan las diferentes metáforas visuales, sinécdoques y solapadas analogías que ofrece la muestra.

Obra de Sebastià Miralles para la exposición 'Bon paper / Punt i apart'. Imagen cortesía de Walden Contemporary'.

Obra de Sebastià Miralles para la exposición ‘De bon paper / Punt i apart’. Imagen cortesía de Walden Contemporary’.

 

Boix: “Sin compromiso social no hay arte”

El viaje del tiempo, de Manuel Boix
Sala Acadèmia de La Nau de la Universitat de València
C / Universitat, 2. Valencia
Hasta el 22 de junio de 2014

“¿Cuán grande tiene que ser el cementerio de mi isla?”, se preguntaba Giusi Nicolini, alcaldesa de Lampedusa, tras el naufragio en octubre de una barcaza con 500 inmigrantes a media milla de la isla italiana. Manuel Boix se hace eco de esa interrogación, y de muchas otras, en su exposición El viaje del tiempo que acoge hasta el 22 de junio La Nau de la Universitat de València. Haciendo acopio de un vasto caudal de conocimientos en filosofía, literatura, historia y mitología, el artista de L’Alcudia va dejando en la Sala Acadèmia del recinto universitario un reguero de sombras en torno al naufragio existencial evocado en 15 grandes piezas.

Al.legoria de l'arqueologia, de Manuel Boix, en la exposición 'El viatge del temps' de la Nau de la Universitat de València.

Al.legoria de l’arqueologia, de Manuel Boix, en la exposición ‘El viatge del temps’ de la Nau de la Universitat de València.

Las continuas referencias “misteriosas”, por emplear el adjetivo utilizado por el vicerrector de Cultura, Antonio Ariño, pueden llevarnos hasta el propio Lampedusa, escritor de El gatopardo que pronunció la célebre “que todo cambie para que todo siga igual”. Y ya más explícitamente al Caronte que sirve de título a una de las obras de la exposición. En ella, mediante el bronce, la madera y el hierro, Manuel Boix nos sitúa en el corazón mismo de esa barcaza cuyo naufragio costó la vida a cientos de inmigrantes, que desde las costas de Libia buscaban cierto horizonte de futuro. El Caronte mitológico, barquero de Hades, era el encargado de trasladar a un lado y otro del río Aqueronte a quienes tuvieran dinero para pagarse el viaje.

Obra de Manuel Boix en la exposición 'El viatge del temps' de La Nau de la Universitat de València

Obra de Manuel Boix en la exposición ‘El viatge del temps’ de La Nau de la Universitat de València

Las conexiones intertextuales, siempre realizadas con la intención de movilizar la reflexión en torno a problemas tan actuales como universales (inmigración, poder, corrupción, agitación social), hacen de la exposición El viaje del tiempo un efectivo recorrido por el pasado y el presente, proyectándose todo ello hacia un futuro que Boix refleja en su obra con las tonalidades del blanco y del negro. Abel Guarinos, comisario de la muestra, habló de un primer protagonismo del “gesto, la mirada y los impactantes primeros planos de caras conformadas a base de trazos gruesos y oscuros”, asociado a su serie El Rostro, para derivar después hacia ese “color negro” que toma “aún más protagonismo mediante la técnica de la grisalla”.

'Generación espontánea', de Manuel Boix en la exposición 'El viatge del temps' en La Nau de la Universitat de València.

‘Generación espontánea’, de Manuel Boix en la exposición ‘El viatge del temps’ en La Nau de la Universitat de València.

Un blanco y un negro salpicados de brochazos y tenues pero coloristas gestos expresivos, que vienen a reflejar esa preocupación por las cuestiones que hoy, al igual que ayer y hace cientos de años, agitan nuestro interior. Y en esto fue muy claro Manuel Boix: “El arte o tiene compromiso social o no es arte, porque aunque se niegue cada obra habla de unas vivencias o de un momento concreto”. Instante determinado que, sin embargo, trasciende su particularidad para emocionar a quienes nada saben de ese momento concreto dentro del viaje por el tiempo que Boix propone.

Obra de Manuel Boix en la exposición 'El viatge del temps' en La Nau de la Universitat de València.

Obra de Manuel Boix en la exposición ‘El viatge del temps’ en La Nau de la Universitat de València.

Así lo demuestra otra de sus obras expuestas: Generación espontánea. Múltiples gusanos parecen agitarse en masa, de manera que allí donde muchos ven corrupción, el artista observa cierta regeneración social provocada por los nuevos movimientos sociales. En todo caso, más allá de la asociación con el 15-M, el compromiso de su arte suscita emociones muchas veces contrarias. Como igualmente ocurre con su Políptico metafísico, donde se mezcla el mito de la inmaculada concepción con el cuerpo apolíneo de quien, como dios, parece jugar a los dados sobre un suelo compuesto por más de 70.000 teselas.

Pieza del 'Políptic metafísic' de Manuel Boix en la exposición 'El viatge del temps' en La Nau de la Universitat de València

Pieza del ‘Políptic metafísic’ de Manuel Boix en la exposición ‘El viatge del temps’ en La Nau de la Universitat de València

El viaje del tiempo ha sido realizado ex profeso para La Nau, habiéndose inspirado Manuel Boix en el patrimonio cultural y científico conservado en la Universitat de València, en un diálogo que permite a su vez contemplar, entre otras piezas, el globo terráqueo de Willen Janszonn y Jan Blaeu del siglo XVII. En el claustro, también se han instalado cinco esculturas de la serie Los Borja, aludiendo al Papa Alejandro VI en tanto figura relacionada con la fundación de la propia universidad hace 500 años. Un viaje apasionante, repleto de blancos y negros como reflejo del naufragio existencial que Manuel Boix suscita abriendo múltiples interrogantes.

Manuel Boix, entre algunas de sus obras en la Sala Acadèmia de La Nau de la Universitat de València.

Manuel Boix, entre algunas de sus obras en la Sala Acadèmia de La Nau de la Universitat de València.

Salva Torres

Alcaraz, las ruinas industriales como arte

Espacios industriales. Patrimonio de futuro, de Antonio Alcaraz
Centro del Carmen
C/ Museo, 2. Valencia
Hasta el 20 de marzo

Antonio Alcaraz dice que utiliza la fotografía como medio, pero que él lo que verdaderamente se siente es pintor. De manera que imprime sus fotos en metacrilato y se sirve de ellas, para “poner en valor ciertos edificios industriales” recogidos en esas imágenes. Imágenes que luego inserta en el marco de una obra mayor, realizada con materiales diversos, desde pintura a madera y hierro procedentes de planos de estructura de edificios. El resultado es un conjunto de piezas que desborda los límites del cuadro y cuyo collage pretende hacerse cargo del vasto patrimonio industrial amenazado por el abandono y el desuso.

Obra de Antonio Alcaraz en 'Espacios industriales. Patrimonio de futuro'. Imagen cortesía del autor

Obra de Antonio Alcaraz en ‘Espacios industriales. Patrimonio de futuro’. Imagen cortesía del autor

“Es algo que vengo haciendo desde finales de los años 80”. Esto es, salvaguardar el patrimonio industrial de la Comunidad Valenciana, mediante una obra que funde el arte con la industria. En la exposición recién inaugurada en el Centro del Carmen, Espacios industriales. Patrimonio de futuro, Alcaraz muestra su “labor arqueológica” incluyendo algunos ejemplos de esa iconografía pertenecientes a otros territorios próximos o lejanos (A Coruña, Murcia). Es un modo de comparar edificios, fábricas, altos hornos, chimeneas o puentes de indudable valor arquitectónico que, sin embargo, yacen pasto del olvido.

Obra de Antonio Alcaraz en 'Espacios industriales. Patrimonio de futuro'. Imagen cortesía del autor.

Obra de Antonio Alcaraz en ‘Espacios industriales. Patrimonio de futuro’. Imagen cortesía del autor.

“Es un patrimonio muy rico que deberíamos mantener”. Su obra pretende llamar la atención de tamaña desidia institucional, sin olvidar que esa huella de lo real recogida en sus fotografías tiene un trasfondo pictórico. Por eso Alcaraz no niega el “carácter reivindicativo” de su trabajo (“las imágenes están ahí”), sino que se vale de ello para ensanchar los límites de esa mirada cautiva, mediante la recreación artística. Y como le parece “poco” reconocer algunos símbolos de lo que queda, es por lo que Antonio Alcaraz equipara industria y arte como fiel reflejo de su labor arqueológica.

Obra de Antonio Alcaraz en 'Espacios industriales. Patrimonio de futuro'. Imagen cortesía del autor.

Obra de Antonio Alcaraz en ‘Espacios industriales. Patrimonio de futuro’. Imagen cortesía del autor.

“Ya no se construye así”, comenta en relación a esos edificios que, al modo de los dinosaurios, muestran su majestuosidad como si fueran tristes vestigios del pasado. Alcaraz les da “una segunda oportunidad”, al encontrar “otra vida” en el elemento industrial. Y lo hace rompiendo el formato para que esas “piezas irregulares” tengan su justa correspondencia. Si la planta de esos edificios rescatados del olvido “no es regular”, era lógico que desbordara los límites del marco tradicional. “Fuerzo para que se salga”. Y ese forzamiento es el que permite conectar el vasto espacio industrial objeto de su recuperación, con el arte que lo acoge para trasmitirle la vida que van perdiendo esos edificios abandonados.

Obra de Antonio Alcaraz en 'Espacios industriales. Patrimonio de futuro'. Imagen cortesía del autor

Obra de Antonio Alcaraz en ‘Espacios industriales. Patrimonio de futuro’. Imagen cortesía del autor

La fotografía, como bien apuntó Roland Barthes, le permite a Alcaraz llamar la atención acerca de esa huella de lo real que escapa a lo inteligible. Esos edificios fotografiados tuvieron una vida que ahora, dejados a su suerte, languidece. Se asemejan a esos cuerpos inertes en los campos de batalla que únicamente dignifica la memoria. Antonio Alcaraz con su trabajo ofrece esa memoria a los espacios industriales cuyos esqueletos aparecen desperdigados a lo largo y ancho de nuestra geografía. Un patrimonio muerto que revive por obra del arte. Espacios industriales, sin duda ruinosos, cuyo Patrimonio futuro depende de esa segunda oportunidad que Antonio Alcaraz les brinda con su memorioso trabajo.

Obra de Antonio Alcaraz en 'Espacios industriales. Patrimonio de futuro'. Imagen cortesía del autor.

Obra de Antonio Alcaraz en ‘Espacios industriales. Patrimonio de futuro’. Imagen cortesía del autor.

Salva Torres

Chillida: la dignidad del portero ante el vacío

Obra gráfica. Eduardo Chillida
Galería Benlliure
C/ Ciril Amorós, 47. Valencia
Hasta mediados de junio

Eduardo Chillida tuvo unas manos prodigiosas. Prodigiosas para la escultura, pero también para el fútbol, una pasión truncada a los 19 años. Llegó a ser portero de la Real Sociedad en la temporada 1942-43, cuando el equipo donostiarra jugaba en Segunda División. Una lesión de rodilla lo apartó del fútbol. Su experiencia bajo los tres palos de una portería no fue, en todo caso, baldía. Ni mucho menos. Aprendió dos cosas: a achicar espacios, agrandando su figura en cada salida del arco, y a descentrar su posición para alterar la percepción del oponente. Dos cosas que luego trasladó a su práctica artística.

Obra de Chillida. Imagen cortesía de Galería Benlliure

Obra de Chillida. Imagen cortesía de Galería Benlliure

Chillida repitió en numerosas ocasiones que sus esculturas no se lograban sumando elementos, sino restando cosas; más por sustracción, que por agregación. Y que más que respuestas, él lo que tenía era una infinidad de preguntas. Por eso su percepción espacial, sin duda generada con materiales como la piedra, la madera, el hierro o el hormigón, giraba en torno al vacío que otros intentaban ocupar. Algunos de esos vacíos, en forma de sutiles grabados y serigrafías, pueden intuirse en la exposición que estos días acoge la Galería Benlliure de Valencia.

Un total de 15 piezas integra la muestra titulada Obra gráfica. Piezas que vienen a resumir el trayecto de Chillida en pequeño formato. Ahí están recogidas esas manos abiertas al mundo, al vasto espacio de un campo de fútbol que el portero trata de reducir a su mínima expresión para que el balón no alcance su objetivo. Lo mismo que hacía el escultor con sus grandes piezas, peinando el viento, queda reflejado en las pequeñas, surcando vastos territorios imaginarios a golpe de un simple vistazo. Lo grande y lo pequeño, lo oscuro y lo diáfano, tratando de encontrarse al tiempo que se demora ese encuentro en una especie de espiral, tan del agrado de Chillida.

Biesku IV, Eduardo Chillida. Imagen cortesía de Galería Benlliure

Biesku IV, Eduardo Chillida. Imagen cortesía de Galería Benlliure

Líneas y formas, superficies y relieves, conjugando esa danza en torno al vacío que la posmodernidad ha tomado como figura del sinsentido, pero que en el caso de Chillida es fruto de la interrogación radical que dignifica al ser. Vacío, pues, en tanto lugar que desencadena las preguntas que impiden que la vida se clausure. Y al igual que Dios, para cierto poeta, es la estaca que evita el cierre del mundo, para Chillida el vacío en torno al cual se vehicula su obra es ese lugar habitable para quien se sobrepone al miedo mediante la dignidad.

Los grabados y serigrafías, junto a las dos grandes piezas de la entrada e incluso la alfombra, alumbran formas que tan pronto invaden manchas negras como amenazan con ocupar fondos claros. De igual modo que tan pronto señalan líneas que no terminan de alcanzar la plétora del sentido, como superficies en estado cambiante. A Eduardo Chillida le interesaban los espacios tridimensionales, ajenos a la unidad, porque concebía la vida como un espacio inestable que convenía explorar a través de la materia: piedras, maderas, hierros. Materiales que anuncian el advenimiento del ser, siempre y cuando haya un artista capaz de aproximarse al vacío que nos constituye. En la Galería Benlliure hay unos cuantos en forma de Obra gráfica.

Medicins du monde, de Eduardo Chillida. Imagen cortesía de Galería Benlliure

Medicins du monde, de Eduardo Chillida. Imagen cortesía de Galería Benlliure

Salva Torres