Los sobrios retratos de Gabi Alonso en el Malva

Retratos furtivos en el Malva, de Gabriel Alonso
Café Malvarrosa
C / Historiador Diago, 20. Valencia
Hasta el 19 de noviembre

Sin tener la longevidad o el glamour del famoso Café Gijón del paseo de Recoletos de Madrid, lo cierto es que a su manera el Café Malvarrosa ha ejercido en Valencia un papel similar. No han pasado por él, Mata Hari, González-Ruano, Lorca, Sánchez Mejías, Celia Gámez, Jardiel Poncela, Camilo José Cela o Umbral, pero sí lo han hecho personajes tan ilustres como Josep Pla, Joan Fuster o Georges Moustaki, por citar algunos.

Retrato de Víctor Segrelles en 'Retratos furtivos en el Malva', de Gabriel Alonso. Imagen cortesía de Café Malvarrosa

Retrato de Víctor Segrelles en ‘Retratos furtivos en el Malva’, de Gabriel Alonso. Imagen cortesía de Café Malvarrosa

Desde que abriera sus puertas en 1978, y vuelto a abrir en 2010, tras diez años cerrado o en barbecho, el Café Malvarrosa no ha dejado de acoger exposiciones, encuentros literarios y acaloradas tertulias por las que han ido pasando algunos de los artistas y personajes más emblemáticos de la ciudad. Allí, acodados en la larga barra del café que aún atesora su antigua caja registradora, se congregan a diario asiduos penitentes de la sociedad y la cultura valenciana, que siguen encontrando en el Café Malvarrosa un lugar donde apaciguar su sed literal y literaria bañada en copiosas charlas.

Retrato de Guillermo Peyró Roggen para 'Retratos furtivos en el Malva', de Gabriel Alonso. Imagen cortesía de Café Malvarrosa.

Retrato de Guillermo Peyró Roggen para ‘Retratos furtivos en el Malva’, de Gabriel Alonso. Imagen cortesía de Café Malvarrosa.

Uno de esos asiduos es Gabi Alonso, que con su bloc y su lápiz no ha dejado de tomar notas y dibujar a otros artistas y personajes que, como él, aterrizan por el café tras una jornada agotadora atravesando el desierto cultural de una ciudad que se enciende por abajo, una vez constatado el frío que llega de arriba. Y con ese bloc y ese lápiz, Gabi Alonso ha ido realizando una serie de retratos de algunos de esos personajes que ahora el Café Malvarrosa expone en sus paredes. Retratos en acuarela que, como el propio artista dice, le han salido “más sobrios que de costumbre”. A él, “pintor más ebrio que sobrio”, que siempre va con su libreta “haciendo apuntes” de lo que le rodea.

Retrato de Wences Ventura para la exposición 'Retratos furtivos en el Malva', de Gabriel Alonso. Imagen cortesía de Café Malvarrosa.

Retrato de Wences Ventura para la exposición ‘Retratos furtivos en el Malva’, de Gabriel Alonso. Imagen cortesía de Café Malvarrosa.

Artistas plásticos, poetas, novelistas, dibujantes, actores y periodistas han sido objeto de su mirada entre ingenua, perpleja, irónica y mordaz, hasta completar ese conjunto de retratos, cuya colección puede adquirirse comprando la caja de reproducciones de las acuarelas seleccionadas en una tirada de 50 ejemplares. Y como el sueño de Gabi Alonso es que la vida surja de sus manos “con la misma fluidez que la captan mis ojos”, los retratados aparecen como figuras que fluyen entre una gama de vaporosos colores, adoptando posturas y gestos que el artista se limita a reproducir como cazados al vuelo.

Retrato de Jaime Giménez de Haro para 'Retratos furtivos en el Malva', de Gabriel Alonso. Imagen cortesía de Café Malvarrosa.

Retrato de Jaime Giménez de Haro para ‘Retratos furtivos en el Malva’, de Gabriel Alonso. Imagen cortesía de Café Malvarrosa.

Reconoce que algunos de esos retratos parten de fotografías que Toni Moll y Víctor Segrelles, maestros de ceremonias del Café Malvarrosa, le han proporcionado. También Susana Benet ha contribuido con sus imágenes. Algo que no es habitual en su proceder. “Trabajar con fotos no es exactamente lo mío, pues la imagen revelada se interpone como un elemento ‘objetivo’ entre el asombro de los ojos y la espontaneidad de las manos”. De manera que la ebriedad, fruto de esa mezcla de asombro y espontaneidad, ha dejado paso a esos retratos “más sobrios” agrupados bajo el título de Retratos furtivos en el Malva. Apostado tras su bloc, ya sea in situ o detrás del burladero de las fotografías, Gabi Alonso ha logrado hacerse con parte de la fauna que prolifera por el Café Malvarrosa. El resto de la fauna ya espera su próxima entrega de retratos ebrios.

Retrato de Toni Moll para 'Retratos furtivos en el Malva', de Gabriel Alonso. Imagen cortesía de Café Malvarrosa.

Retrato de Toni Moll para ‘Retratos furtivos en el Malva’, de Gabriel Alonso. Imagen cortesía de Café Malvarrosa.

Salva Torres

Edith Piaf, la vida en rosa sepia

‘Fotos Encontradas’, exposición de Edith Piaf
Institut Français de Valencia
C / Moro Zeit, 4. Valencia
Hasta el 31 de octubre

Edith Piaf murió a los 47 años, porque la vida, en el fondo, le fue extendiendo pagarés como amortización de la deuda contraída con ella. Nació a duras penas, en la calle, debajo de una farola del nº 72 de la calle Belleville en París. Creció a trancas y barrancas, primero en un prostíbulo de su abuela paterna y después en el circo ambulante de su padre. Y desarrolló su talentosa voz en medio de una sucesión de romances, accidentes y adicción a las drogas. Cuando un cáncer hepático se la llevó al otro mundo el 10 de octubre de 1963, Edith Piaf ya había extraído todo su jugo a La vie en rose, sin duda fucsia intenso ahora en rememorado sepia, que durante años cantó, padeció y gozó la Môme Piaf (la niña gorrión).

Imágenes y video de la exposición 'Fotos encontradas' dedicada a Edith Piah. Imagen cortesía del Institut Français de Valencia.

Imágenes y video de la exposición ‘Fotos encontradas’ dedicada a Edith Piah. Imagen cortesía del Institut Français de Valencia.

Cantar, decía, “es una forma de escapar; es otro mundo”. De manera que cantando Milord, Hymne à l’amour, Non, je ne regrette rien o su famosa La vie en rose, Edith Piaf lo que hacía era abandonar el desgraciado mundo para adentrarse en aquel otro más luminoso de la música. Lo hacía a través de una voz que, como señala Gérard Teulière, el nuevo director del Institut Français de Valencia, producía “un escalofrío de emoción”. Esa voz y esa vida en rosa fucsia vuelve ahora en sepia, 50 años después de su muerte, en la exposición que el instituto francés le dedica para conmemorar el medio siglo de su triste desaparición.

AMOR, LUCHA, MENTIRAS Y BOFETADAS

“No me molestaría en lo más mínimo volver a la Tierra después de mi muerte”. Y, como escuchando sus palabras, ahí están las 25 imágenes y el video con algunas de sus actuaciones, que la muestra acoge como resucitando su figura. Imágenes nunca antes mostradas al público. Imágenes de una caja de fotos encontrada en el archivo de la desaparecida agencia Mobba Press. Su calidad es lo de menos, aunque las haya sin duda estimables. Lo que cuenta es el testimonio documental de esas Fotos encontradas, según el título de la exposición, dando fe de su apasionada vida.

Imagen de algunas de las fotografías de la exposición dedicada a Edith Piaf en el instituto francés. Imagen cortesía del Institut Français de Valencia.

Imagen de algunas de las fotografías de la exposición dedicada a Edith Piaf en el instituto francés. Imagen cortesía del Institut Français de Valencia.

“En lo que a mí respecta, el amor significa lucha, grandes mentiras, y un par de bofetadas en la cara”. Edith Piaf ya vino al mundo con ese sentimiento, como si fuera una imagen de marca. Nació luchando por salir del vientre de su madre, sola en esos momentos, abofeteada por la vida de unos padres inmaduros. Pero el gorrión, lleno el cuerpo de perdigones, no dejó nunca de volar alto. “Mi vida de niña puede parecer espantosa, pero era hermosa. Pasé hambre, frío, pero era libre, de no levantarme, de no acostarme, de emborracharme, de soñar”. Y así lo hizo toda su vida, que Gérard Teulière recuerda repleta de “decepciones, dolor y alegrías”: una vida “excepcional” jalonada de “muchas experiencias amorosas”.

AMANTES Y MORFINA

En las fotografías encontradas que aparecen expuestas en el Institut Français, se puede ver a Edith Piaf con algunos de sus numerosos amantes: Charles Aznavour, Georges Moustaki, Yves Montand, Eddie Constantine, su último compañero Théo Sarapo o su gran amor, el boxeador Marcel Cerdan, trágicamente fallecido en accidente de aviación cuando volaba para encontrarse con la cantante que se hallaba de gira en Nueva York. Cuando la vida le golpeaba las alas que batía alegre mientras cantaba, Edith Piaf recurría a la morfina que, poco a poco, la fue consumiendo por dentro.

Gérard Teulière destaca de Fotos encontradas la novedad de una serie de imágenes hasta la fecha inédita, así como el “interés artístico y social” que destilan esas 25 fotografías de pequeño formato, en tanto testimonian “la vida cultural artística del París de los años 40, 50 y 60”. En el video que acompaña la muestra, se puede ver a Edith Piaf cantando en el famoso Olympia, con su vestido negro, sus brazos agitándose como si fueran las alas del gorrión, y una voz que trina sin desmayo contra un cúmulo de adversidades. Jean Cocteau, al enterarse de su muerte, dijo: “Ella no entrega su alma, la regalaba; ella tiraba oro por las ventanas”.

Fotografía de Edith Piaf. Imagen cortesía del Institut Français de Valencia.

Fotografía de Edith Piaf. Imagen cortesía del Institut Français de Valencia.

Salva Torres