“La epidemia pone la muerte en el centro de la vida social”

‘Muerte en la polis: democracia y epidemia’, por Manuel Arias Maldonado (9 de junio)
Fundación Tatiana Pérez de Guzmán el Bueno
Martes 23 de junio de 2020

El profesor de Ciencia Política, Manuel Arias Maldonado, ha caracterizado la conversación pública sobre la pandemia, desde que se produjera el estado de alarma decretado por el Gobierno español el 14 de marzo, en torno a tres ejes: la profusión, el histerismo y la grandilocuencia. Profusión de noticias, derivadas del incremento de medios para difundirlas, con especial protagonismo de los tradicionales y de las redes sociales; histerismo de las mismas, causado por la espectacular propagación del virus en gran parte motivado por la mala gestión de quienes relativizaron su impacto, y la grandilocuencia con la que algunos entendieron su letal presencia como motor de posibles cambios revolucionarios a nivel social.

Lo hizo en un encuentro online organizado por la Fundación Tatiana Pérez de Guzmán el Bueno, donde abordó precisamente la relación entre democracia y pandemia, en el contexto más general y filosófico de la ‘Muerte en la polis’. Empezó citando al sociólogo Norbert Elias allí donde éste decía que, en el curso del proceso de civilización, la muerte había ido cada vez en mayor medida desapareciendo detrás de las bambalinas de la vida social. “Lo que hace una epidemia es situar la muerte en el centro de esa vida social. Digamos que, aunque los cadáveres se escondan por cierto pudor democrático, se siente que la situación es diferente cuando sabemos que cientos de compatriotas mueren a diario y lo hacen también en otros países, siendo un tiempo sin duda especial”, precisó Arias Maldonado.

Pancarta en un balcón de Valencia, durante los días de pandemia.

Las sociedades contemporáneas, continuó diciendo, se han visto sometidas a una presión inhabitual como efecto de la pandemia global. “Su impacto sobre la salud pública, sobre los derechos constitucionales y sobre la actividad económica de las sociedades democráticas ha sido fuente natural de inquietud pública y privada. Y esto se ha visto agravado por la incertidumbre que se asocia de modo natural a un virus nuevo. Estamos inmersos en un experimento a gran escala en el que todos somos cobayas y el científico principal se ha ido del laboratorio”.

El autor de ‘La democracia sentimental: política y emociones en el siglo XXI’ se refirió enseguida a la caracterización de esa conversación pública sobre la pandemia, detallando el primer lugar  su profusión, “que en nuestra época abunda por sus posibilidades comunicativas”. “La desinformación más peligrosa sigue estando en manos todavía de los gobiernos y de los medios de comunicación tradicionales que son los que ejercen mayor influencia sobre el público. En este sentido, los gobiernos que relativizaron la amenaza inicialmente, sea por incompetencia o negligencia, han sido factores de propagación del virus mayor que el más influyente de los youtubers”.

Manuel Arias Maldonado, en un momento de su intervención.

Un segundo rasgo de la conversación pública sobre la pandemia ha sido, en su opinión, el histerismo. “Con los números en la mano, se trata de una pandemia de una gravedad relativa. Su letalidad puede estar en torno a dos o tres veces como mucho con respecto a la gripe común y es más dañina allí donde se ha gestionado peor. No obstante, tiene su lógica que la preocupación inicial fuera muy considerable. Pero digamos que la esfera pública en el tratamiento de la pandemia ha fracasado en buena medida”.

Y abundó en ello: “ Si ha habido un debate experto, un debate racional, parece que se ha producido en los márgenes de esa esfera pública, porque en un asunto de vida o muerte, como es una pandemia, el sesgo de confirmación ha ido conduciendo las reacciones más inmediatas de un público que, por momentos, parecía más interesado en la buena salud de su tribu moral que en la buena salud del prójimo. Esto seguramente no ha sido así en todas partes, pero desde luego en España ha sido así y eso es algo que debería conducirnos a una reflexión que seguramente también será estéril”.

Una calle vacía durante los días del estado de alarma por la pandemia.

Por último, Arias Maldonado habló de la grandilocuencia de la conversación pública sobre la pandemia en estos términos: “Hemos atribuido al virus un papel de palanca de cambios revolucionarios y que, además, coincide con los conceptos revolucionarios que ya teníamos desde hace tiempo guardados en la despensa”. “La pandemia de la COVID-19 no ha parado al mundo, el mundo decidió pararse con objeto de minimizar el daño”, añadió, subrayando cómo la protección de la vida de los ciudadanos ha primado sobre otros bienes democráticos y, en particular, sobre la libertad individual. “Esto ha desmentido a aquellos apocalípticos que advertían sobre la incapacidad de las democracias para combatir la pandemia, mientras que por otra parte ha estimulado a quienes temen que esta emergencia sanitaria sea el ensayo general de una especie de biopolítica autoritaria”.

El autor de ‘Nostalgia del soberano’, su más reciente libro, apuntó que si decidiéramos, por ejemplo, “que nadie debe morir nunca a causa de una enfermedad infecciosa, cada año nos confinaríamos dos o tres meses durante la temporada de la gripe común, y no lo hacemos cuando hay gente que muere. Lo que sugiere que la protección de la salud pública no siempre tiene la prioridad que le  hemos otorgado tras el brote de la COVID-19”. No obstante, aseguró que si este virus “resultara tener una letalidad diez veces mayor que la gripe, por ejemplo, esa medicalización de la sociedad seguramente resultaría inevitable al menos hasta el descubrimiento de una vacuna. Si es menor, como parece el caso, entonces tenemos que hacer otros cálculos. En este caso, la gestión concreta de la epidemia cobra más importancia, hay países que lo hacen mejor y otros peor, y la duración de la medidas preventivas influye inevitablemente sobre el ánimo de los ciudadanos que tienen que aceptar estas medidas excepcionales”.

Techo de una plaza de abastos durante los días de soledad urbanística de la pandemia.

“Durante los momentos más graves de salud pública, se procede a una radical simplificación de los procedimientos democráticos, con el objeto de llegar a soluciones eficaces. La comunidad política experimenta una suerte de regresión atávica que es análoga a la que sufre el sujeto cuando teme por su vida”, resaltó. “Suspender el debate acerca de las decisiones difíciles [que tengan que adoptar los gobiernos], con el pretexto de que la seguridad está en riesgo, supone en realidad reducir las posibilidades de que una democracia pueda responder eficazmente en última instancia a esa emergencia”, agregó.

También puso en cuestión las críticas que se suelen hacer al neoliberalismo como sistema causante del deterioro social. “La sospecha sobre la deshumanización de las sociedades liberales, que habrían estado presuntamente afectadas desde hace décadas por el virus neoliberal del egoísmo despiadado, creo que se han rebelado exageradas. Esas sociedades liberales  han demostrado seguir siendo sociedades y la separación forzosa de los ciudadanos nos lo ha recordado. De manera que la sociedad liberal es menos individualista de lo que el tópico ha venido a sugerir”. “El egoísmo humano”, insistió Arias Maldonado, “puede también ser empleado de manera provechosa debidamente conducido ya sea por la mano invisible del mercado o del Estado, para obtener o producir un bien social, porque en este caso el vicio privado de la autoprotección egoísta produce la virtud pública del confinamiento aplicado”.

Rostro femenino en clave enmascarada cuando todavía las mascarillas no habían cobrado el protagonismo de la pandemia.

El politólogo se decantó por un modelo de comunicación más conciso, poniendo como ejemplo a la canciller federal alemana Angela Merkel, que se dirigió al país en una sola alocución pública, lamentando, sin embargo, que no sean “tiempos de concisión, sino tiempos de locuacidad, lo cual tiene mucho que ver con la digitalización de la esfera pública y la cacofonía resultante”. También se refirió a los expertos y a su utilización muchas veces partidista en tiempos de pandemia. “La politización del experto es un fenómeno muy viejo, porque también hay expertos de parte. Nuestra cultura política es refractaria a la idea del experto independiente. Se utiliza el prestigio del experto para la adopción de decisiones políticas”.

¿Qué ha fallado en España? Arias Maldonado lo resumió así: “Hemos tardado en reaccionar, básicamente. Y el 8M tiene mucho que ver, no como tal; no es que el 8M produzca la pandemia en España, sino que retrasa la concienciación pública sobre la pandemia, retrasa la prohibición de las aglomeraciones y de los actos conjuntos, y retrasa la adopción de medidas y de aislamiento social, porque el Gobierno estaba muy interesado en que se celebrara, y me parece comprensible desde un punto de vista político, pero condiciona toda la gestión de la pandemia hecha con posterioridad”. “Y ahora”, concluyó, “hay un exceso de celo que tiene que ver con ese pecado original”.

Manuel Arias Maldonado, durante su intervención en el encuentro online de la Fundación Tatiana Pérez de Guzmán el Bueno.

Salva Torres

Desmontando a ‘El Capitán Trueno’

‘La valentía de El Capitán Trueno’
Conferencia online impartida por Javier Aranguren (2 de junio)
Fundación Tatiana Pérez de Guzmán el Bueno
Viernes 5 de junio de 2020

De ‘El Capitán Trueno’, que ahora cumple 64 años desde que Víctor Mora lo creara y Miguel Ambrosio (Ambros) lo dibujara en el ya lejano 1956, se llegaron a tirar 350.000 ejemplares a la semana, “lo cual, viendo las cifras de hoy en día, era una auténtica barbaridad”, subraya el filósofo Javier Aranguren. “También indica que no había mucha competencia en aquel momento y a la vez señala el interés de la figura, que alimentaba el imaginario de la infancia, de la adolescencia y de muchos adultos. Es un héroe que se presenta como la imagen de lo que tiene que ser un caballero”, añade.

Pero Aranguren, lejos de enaltecer su figura, se encargó de bajarlo de tan alto pedestal para mostrar la cáscara que envolvía su supuesto heroísmo. Lo hizo en la conferencia online titulada ‘La valentía de El Capitán Trueno’, organizada por la Fundación Tatiana Pérez de Guzmán el Bueno, y en la que el autor de ‘En honor a la verdad’ puso en cuestión su heroísmo por contraposición a otros personajes ilustres del cómic como Príncipe Valiente, Tintín, El Guerrero del Antifaz o el mismísimo Carlitos de Charlie Brown. Todo ello envuelto en unos números escalofriantes: se publicaron 618 cuadernos entre 1956 y 1975, cada uno de entre 12 y 16 páginas, que luego fueron reeditados en color en 427 números. “Las obras completas son más de 10.000 páginas”, resaltó Aranguren, para enseguida empezar a diseccionar al personaje.

Portada de una de las historietas de ‘El Capitán Trueno’ mostrada por Javier Aranguren durante su conferencia.

“El Capitán Trueno siempre viste igual, como sucede con sus inseparables Goliath y Crispín, aunque no sepamos nada de la vida de estas personas. De hecho, El Capitán Trueno no sabemos si se llama Anastasio, Nicanor, Alfredo, Javier. No tiene nombre propio. Sabemos que es un caballero que debe tener terrenos en España, pero no sabemos dónde, porque nunca estará en sus posesiones. Tampoco sabremos nada de sus compañeros Goliath y Crispín. Son personajes sin historia y atemporales, en el sentido de que viven en un presente infinito. Entre la primera página y la última no ha pasado el tiempo, ni la edad, ni la fatiga. Pero es que tampoco ha habido una gran evolución psicológica, es un hombre de ideas claras y que no solo estará del lado del bien, sino que va a hacer que esté siempre bien su lado”.

Aranguren se vale de una de las historietas, la que lleva por título ‘Todo o nada. Había llegado el momento de jugarse la vida’, para proseguir su autopsia. “Bueno, se está jugando la vida constantemente, si bien es verdad que el lector un poco más crítico enseguida descubre que en realidad no se la juega nunca, porque El Capitán Trueno es indestructible”. Y aquí es donde introduce comparaciones con otros, (Tintín, Príncipe Valiente…), para destacar precisamente cómo se puede caer en la tentación de pensar que el héroe es El Capitán, por aquello de representar lo heroico, cuando en su opinión se trata de una figura “tremendamente abstracta, lo cual coincide con la uniformidad de su vestimenta, con su ausencia de gustos particulares, con su falta de dudas y con su carencia de nombre propio”.

‘Príncipe Valiente’, de Hal Foster, ejemplo propuesto por Javier Aranguren durante su conferencia.

Y añade: “Existe fuera de la historia, no es humano, no es verosímil y lo que busca es pasar de una aventura a otra, o mejor, se encuentra pasando de una aventura a otra. No tiene casa, vaga por el mundo y no sabemos de qué vive. Se preocupa por todos, pero en realidad no se compromete con nadie. El Capitán Trueno corretea, carece de raíces”. Lo compara con ‘Príncipe Valiente’, personaje contemporáneo al rey Arturo (siglo V), creado por Hal Foster entre 1937 y 1971. “Al Príncipe Valiente le vemos madurar, porque le seguimos desde los 14 años a los 40, le vemos dudar, vemos cómo el tiempo le afecta y cómo en alguna ocasión acaba asqueado de la violencia que conlleva la vida de un guerrero. Hay una mezcla de cotidianeidad y aventura”, indica el autor de ‘Lo que pesa el humo’.

¿Qué es entonces un héroe? “Desde la Ilíada es una figura matizada. Aquiles, por ejemplo, es una figura cargada de virtudes guerreras, pero también es un personaje muy defectuoso en muchos sentidos, por ejemplo, en su capacidad de enfadarse, de manera que a lo largo de ese relato la cólera de Aquiles provoca la desgracia de todo su ejército y del propio Aquiles, que es un héroe lleno de defectos”.

Javier Aranguren, junto a una de las imágenes utilizadas durante su conferencia.

Aranguren se pregunta entonces acerca de las razones por las cuales resulta apasionante la aventura del héroe, destacando precisamente la doble vertiente de fortaleza y fragilidad que lo caracteriza, más allá de esa otra visión más plana del personaje invencible. “Es por su propia debilidad, porque Aquiles tiene un talón, que además de su talón es su carácter. El héroe se hace también en su debilidad o quizás se fragua en su debilidad”, remarca.

¿Y dónde estaría nuestro heroísmo en la vida cotidiana? Aranguren tiene claro que está la mayoría de las veces en las cosas más pequeñas, frente a las grandes alharacas. “Ya es una aventura la decisión por la creatividad en una vida laboral que la mayoría se toma como carga, como rutina, como pesadez. De pronto, uno decide tener una actitud distinta, decide evitar los cantos de sirena de la mediocridad. La tendencia de la mayoría es la de esconderse en el ‘se’, en lo impersonal, en vez de atreverse a decidir por sí mismos y desde sí mismos. Eso es la aventura”.

Hay más obstáculos que sortear para llevar a cabo ese heroísmo. “Nuestros peligros son mucho más de andar por casa. Es peligro la tristeza que tantas veces nos aparece. Es peligro el tedio, porque es repetitivo y porque el camino es muy largo. Es peligro la molicie, la blandura, esa ausencia de resiliencia, que nos invita a vivir en la constante cultura de la queja. Esos son los problemas con los que vive el Príncipe Valiente, pero que no aparecen nunca en El Capitán Trueno. Por eso mismo el Príncipe es un héroe y El Capitán un arquetipo, una abstracción, alguien irreal”.

Tira de ‘Charlie Brown’ mostrada por Javier Aranguren durante su intervención.

Además de ‘Príncipe Valiente’, ‘Tintín’ o ‘El Guerrero del Antifaz’, Aranguren cita a Charlie Brown. “La primera tira es de 1950 y al verla piensas: cómo puede ser tan cruel una tira pensada para niños, quizás porque también es para adultos”. Y muestra un tira en la que se dice: “Aquí viene el bueno de Charlie Brown, el bueno de Charlie Brown, sí señor, el bueno de Charlie Brown. Cómo le odio”. “Yo la primera vez que la vi”, apunta el filósofo, “no sé si me hizo gracia, pero me hizo pensar que yo era tanto el niño que está hablando, como la niña que no le contradice, como el propio Charlie Brown. Y que en ese desequilibrio equilibrado, entre esas tres situaciones, se encuentra la vida de las personas corrientes”.

Aranguren recuerda que Víctor Mora decía que en realidad su obra era claramente antifranquista, afirmándolo cuando se cumplía el 50 aniversario del personaje. “Él siempre había sido del Partido Comunista y había luchado contra el franquismo desde dentro con El Capitán Trueno, por eso siempre combatía la injusticia y ganaba a los tiranos. Me parece una autocomprensión un poco exagerada del personaje, porque se acerca más a otros de la historieta española como Roberto Alcázar y Pedrín, una especie de detective idéntico a José Antonio Primo de Rivera. Y esa figura del héroe español en cierta manera reunía los ideales del Movimiento”.

¿Qué hubiera sido de El Capitán Trueno durante este confinamiento por culpa del coronavirus? “Se hubiera vuelto loco el pobre, porque nunca le he visto leyendo, nunca le he visto pensando. Es un hiperactivo. Yo de hecho he sido y soy hiperactivo y eso genera una insatisfacción constante, porque cuando estoy tranquilo pienso que debería hacer cosas y cuando hago cosas pienso que no descanso, y entonces mi vida es una retroalimentación negativa. El confinamiento tiene muchos horrores, cierta exageración del miedo, pero qué buena ocasión ha podido ser de recuperar algunas cosas esenciales: frente al consumismo y favor de la intensidad por reencontrarnos de nuevo”, concluye Aranguren.

‘El Capitán Trueno’, en una de las viñetas creadas por Víctor Mora y dibujadas por Ambros.

Salva Torres

“Vivimos en una satisfacción masoquista de la fragilidad”

¿Merece la pena tener alma? Por Gregorio Luri
Conferencia Zoom
Fundación Tatiana Pérez de Guzmán el Bueno
Jueves 30 de abril de 2020

Gregorio Luri, autor entre otros de El proceso a Sócrates, La escuela contra el mundo o La imaginación conservadora, aprovechó estos días de cuarentena, de la mano de la Fundación Tatiana Pérez de Guzmán el Bueno, para hablar sobre el alma. Un tema nunca mejor traído que ahora cuando, al hilo de la metáfora platónica del cuerpo como cárcel del alma, estamos sintiendo el encierro como prisión no sabemos si para el espíritu aludido o para ese cuerpo que, en los tiempos que corren, apenas se detiene a pensar acerca de esa extraña instancia interior de la que habla Luri. Lo hizo lógicamente online, arrancando con esta insoslayable cuestión.

“¿No es asombroso que en medio de una pandemia de coronavirus nos juntemos aunque sea virtualmente alrededor de 500 personas para hablar del alma? A algunos esto les parecerá sin duda una excentricidad propia de anticuarios. Intentaré forzarme por demostrarles que no les falta razón, ya que quienes nos negamos a ocultar nuestra alma tras el sujeto, el yo o el cerebro somos una panda de descontemporáneos, pero orgullosos porque creemos que nadie que pretenda mirarse a sí mismo sin vergüenza ni temor puede prescindir de su alma”.

Foto: Makma

Luri comenzó por citar las tres características morfológicas específicas que, a su juicio, definen a los seres humanos y que nos permiten entender por qué no hay sustituto para la relación cara a cara. “Primera: somos los únicos seres vivos a los que se les enrojecen las mejillas. Segunda: no poseemos un dominio tan completo de nosotros mismos como para permitirnos fingir algo tan elemental como una sonrisa sincera. Y tercera: nuestra mirada siempre nos delata, porque la esclerótica blanca alrededor de la córnea le permite al otro seguir la dirección de nuestros ojos y saber si le prestamos atención”.

De ahí que dijera que cuando hablamos cara a cara “nos estamos exponiendo, porque nuestro rostro, a diferencia de nuestras palabras, dice siempre la verdad sobre nosotros mismos”. Y expresó, por ello, que había “razones de peso para querer alejarnos de los caraduras, de los caras de cemento, de los caras de póker, de los descarados, de los que tienen dos caras, y preferir a los que van a cara descubierta, porque solo estos asumen el riesgo de que se les caiga la cara de vergüenza. Y no es un riesgo menor”.

Obra de Carlos Saura. Foto: Makma

Luri, que prefiere la pedagogía a la pedantería, se preguntó a continuación por lo que significa sentir vergüenza. “Nuestras mejillas es el lugar donde nuestra alma se asoma con más claridad a los ojos del otro. Pues bien: sentimos vergüenza cuando descubrimos que estamos por debajo de nuestras posibilidades, mientras que nos sentimos orgullosos cuando percibimos que estamos a la altura de nuestras posibilidades más altas”. La vergüenza sería, por tanto, “el reconocimiento de nuestra responsabilidad en la contaminación de algo bello”, que Platón, dijo, coloca del lado de lo justo, de la armonía o la mesura. Y añadió: “Ninguna cultura ha pretendido nunca dignificar la envidia, porque disgrega, enfrenta, corrompe. Por eso el pulso moral de una sociedad se mide por la altura de sus ejemplos de verticalidad anímica”.

Y fue entonces cuando Gregorio Luri echó mano de algunos de esos ejemplos, empezando por el que tuvo lugar durante las Cortes de Cádiz, cuando los ciegos de esta ciudad recitaban por calles y plazas romances ensalzando las victorias militares españolas en la Guerra de la Independencia. “Juan Nicasio Gallego, uno de los diputados, le preguntó a uno de estos ciegos: ¿Es que los franceses no tienen victorias? Y el ciego, dando una lección de filosofía política, contestó: Sí señor, pero las cantan los ciegos de Francia”. De ahí que Luri se preguntara: “¿Si no cantamos nosotros nuestras hazañas, quién nos las cantará? Pobre pueblo el que necesita héroes, clamaba Bertolt Brecht, sin darse cuenta que el más pobre de los pueblos es el que ni tiene héroes, ni los echa en falta”.

Fotograma de ‘Horizontes perdidos’, de Frank Capra.

Luego, el autor de El valor del esfuerzo, se centró en la controversia de Valladolid acaecida en 1550-51, “donde el humanismo saltó de los libros a la política efectiva, a los hechos, al hombre de la calle”. Lo que sucedió en Valladolid, dijo, no fue una excepción en la España del siglo XVI, explicándola acto después: “Lo que allí ocurrió fue que el emperador Carlos I hace algo sorprendente, inédito hasta entonces e irrepetible después”, como fue  “el reconocer que no puede gobernar si no le asisten razones, y que esta razón tiene más autoridad que sus ejércitos. No ha habido en la historia otro gesto que desautorice con más fuerza a Maquiavelo”.

Carlos I, según Luri, lo que hizo fue mandar “explícitamente detener todas las guerras en América para someter su autoridad imperial al arbitrio de la razón y, para que ésta se muestre libremente, convoca a Bartolomé de las Casas y a Juan Ginés de Sepúlveda en Valladolid pidiéndoles que le ofrezcan razones para decidir si era justo hacer la guerra a los indios de América y aclarar qué riesgos había”, y aquí citó literalmente, “para las personas de los indios y para la conciencia del rey”.

Fotograma de ‘Andrey Tarkovsky. A Cinema Prayer’, de Andrey A. Tarkovsky

“Se me podrá decir con razón que la conquista, a pesar de las leyes de indias no siempre estuvo a la altura de este gesto, pero lo que importa es que el gesto está ahí. La conclusión es obvia: si  nuestra historia nos proporciona ejemplos de esta altura y nosotros no se los transmitimos a las nuevas generaciones, es que no acabamos de entender que toda institución es una institución moral y que si no se orienta por lo más alto, se orienta entonces por lo menos alto”, resaltó.

Lo que pretendía con este ejemplo era, según sus palabras, “el de iluminar racionalmente la cuestión del alma”, agregando después: “Si disponemos de ejemplos que nos enseñan a volar alto, por qué andamos tan pendientes del vuelo de las gallinas y no del de las águilas. El criterio que hemos buscado en los últimos años para evaluarnos no es el de los ejemplos más altos, sino un criterio horizontal. Lo importante, al parecer, no es que seamos racionales, porque eso crea diferencias, sino sensibles, capaces de sufrir, que eso nos iguala”.

Imagen de ‘Abstracions Urbanes’. Fotografía de Pedro Hernández.

El resultado a su juicio es que “el animal político y los ejemplos que tiraban de él hacia lo alto, está siendo sustituido por el animal terapéutico y los ejemplos que lo igualan. Lo que nos preocupa cada vez con más intensidad no es la aspiración a la vida buena, sino la vida indolente. Vivimos por primera vez en la historia en una singular satisfacción masoquista de nuestra fragilidad, que nos autoriza a creer que para adquirir protagonismo políticamente los demás no han de tener en cuenta nuestras virtudes, sino nuestras heridas”.

Por alma Luri entiende “aquella instancia en la cual lo mejor que podemos llegar a ser se dirige a la inercia de lo que somos”. Tener alma, continuó diciendo, “es disponer de una interioridad en la cual algo alto nos reclama, mientras la inercia de algo bajo nos retiene”. Y concluyó: “Allá quien quiera reducir su pensamiento a neuronas y su cuerpo a física y química, pero permítanme animarles a aspirar a ser portadores de una dignidad que se muestra en la posibilidad de trascenderse a sí mismos guiados por la elección de lo más alto”.

Gregorio Luri en un momento de su Conferencia Zoom. Foto: Makma

Salva Torres