Los Fantasmas de «Prácido Domingo»

‘No hay que ser una casa para tener fantasmas’, de la compañía Prácido Domingo
Espacio Inestable
Aparisi i Guijarro 7, Valencia
5 y 6 de Julio de 2018

El pasado 5 de Julio tuvo lugar la interpretación de la danza teatro ‘No hay que ser una casa para tener fantasmas’, realizada por la compañía Prácido Domingo en la sala Espacio Inestable. La sala, en este 2018, ha cumplido su 20 aniversario como compañía teatral y 15 años como sala de exhibición. A modo de celebración realizaron un ciclo de obras de danza para acabar la temporada.

‘No hay que ser una casa para tener fantasmas’ es una obra que nos habla de nuestros fantasmas, de cómo forman parte de nosotros y cómo pasan de un cuerpo a otro sin que nos demos cuenta. Esta obra trata del amor, el dolor, el sufrimiento, la angustia, la calma y todas esas sensaciones que nos causan las experiencias que vivimos en nuestro día a día y que nunca se separan de nosotros. Estos fantasmas toman el control de nuestro cuerpo convirtiéndonos en sus marionetas, simples desechos de carne a su merced, dejándonos dos opciones: seguir bajo su control o luchar contra ellos.

Fotografía de la obra 'No hay que ser una casa para tener fantasma'. Imagen cortesía de Prácido Domingo.

Fotografía de la obra ‘No hay que ser una casa para tener fantasma’. Imagen cortesía de Prácido Domingo.

La obra se asienta en tres pilares fundamentales: la danza butoh, el Aikido y la danza contemporánea. La danza butoh tiene su origen tras finalizar la II Guerra Mundial; se buscaban nuevas formas de expresión con el cuerpo que representaran la situación que se vivía en Japón durante la década posterior a la explosión de las bombas atómicas. El bailarín se convierte en una marioneta y con ella intentan expresar los temas más internos del yo, nuestros fantasmas. La danza butoh es una danza tranquila y muy expresiva que, en esta obra, se ve interrumpida por el Aikido, de movimientos bruscos y secos. El Aikido es un arte marcial que busca la defensa personal y el conocimiento total del individuo tanto corporal como espiritualmente. La danza contemporánea actúa de aglutinante final entre el Aikido y el butoh.

La obra se debate entre esta dualidad. Los actores pasan de la tranquilidad al conflicto y viceversa. El Aikido y la danza butoh forman un todo en el escenario al igual que lo hace el yin y el yang en el taoísmo. Esta dualidad explica nuestro eterno conflicto con nuestros fantasmas. En la obra, el control es total cuando hacen de marionetas, formando figuras imposibles y agarrándose de formas impensables, siendo arrastrados por quien les controla en ese momento. El contraste del Aikido nos lleva a una danza frenética, pero silenciosa, acompañada simplemente por las pisadas de los bailarines y sus jadeos.

La obra tiene lugar en un escenario vacío, con unos pocos focos que iluminan los cuerpos de los bailarines de una forma tenue. Los focos forman luces y sombras por todo el escenario, con las que juegan, creando, así, formas abstractas acompañadas con susurros y risas de los intérpretes, posibilitando un espacio onírico perfecto para recrear nuestra relación con los fantasmas que nos rodean.

Fotografia de la obra 'No hay que ser una casa para tener fantasmas'. Imagen cortesia de Prácido Domingo.

Fotografia de la obra ‘No hay que ser una casa para tener fantasmas’. Imagen cortesia de Prácido Domingo.

Prácido Domingo es una compañía teatral gallega compuesta por Belén de Bouzas, Francisco y Diego Martínez, exalumnos de la ESAD de Galicia. Con esta obra consiguieron el primer premio en el certamen Xuventude Crea, organizado por la Xunta de Galicia.

Espacio Inestable cerró la temporada con ‘La femme qui marche’, de Natalia Fernades, una obra que trabaja con la idea del conocimiento a través del cuerpo y la experiencia física como motor del pensamiento. El 4 de Septiembre de 2018 volverán a abrir sus puertas con el Festival Internacional de Teatro y Danza.

Fotografía de los tres actores de la obra: Belén de Bouzas, Francisco y Diego Martínez. Imagen cortesía de la compañía Prácido Domingo

Fotografía de los tres actores de la obra: Belén de Bouzas, Francisco y Diego Martínez. Imagen cortesía de la compañía Prácido Domingo

José Antonio López

“Un buen microrrelato debe dejar sin aliento”

Luna de Perigeo, de Elena Casero
Editorial Enkuadres

Igual que un adicto al cacao disfruta paladeando todos los bombones de la caja, si son de calidad suprema, los adictos a la buena literatura devorarán con fruición el último libro de Elena Casero, ‘Luna de Perigeo’ (Enkuadres). Una recopilación de 76 microrrelatos en el que se pone en evidencia que lo menos es más. Que, según el célebre proverbio de Gracian, ‘Lo bueno si breve dos veces bueno’ o ‘lo bre si bue dos ve bue’, como rezaba aquel chiste de la mítica revista La Codorniz.

“El título del libro está tomado de uno de los relatos”, dice Casero. “Después de terminar la recopilación, me di cuenta de que la mención de la luna y su influjo sobre los humanos y los animales era un tema recurrente. El orden en el que aparecen no es cronológico. El único criterio que he seguido ha sido intercalar micros cortos con otros un poco más largos para hacer la lectura más amena”.

Luna de Perigeo, de Elena Casero.

Luna de Perigeo, de Elena Casero.

Casero pertenece a esa estirpe de escritores que van por libre sin acomodarse a las directrices de cenáculos y balnearios literarios. Es técnico en Empresas Turísticas,  jubilada parcial de la multinacional Ford, autora de cinco novelas y una amplia colección de relatos. Mediante un lenguaje sobrio y depurado transmite su rico mundo interior en el que lo macabro, el humor negro o muy negro, y cierto punto de crueldad se combinan con una extrema sensibilidad y ternura.

Sus microrrelatos contienen un destilado de esos ingredientes, su marca de fábrica, sus señas de identidad. Cada uno abre una aspillera en el muro de la rutina gris que permite divisar una gran diversidad de paisajes como las cambiantes facetas de un caleidoscopio. Pero sus sueños y fabulaciones jamás dejan de poner pie en la realidad con un agudo componente de crítica social y compromiso con los más débiles. Éste es el más corto de la colección: ‘Sonreía mientras lo veía correr espoleado por el pánico. El eco aplaudió su puntería. Satisfecho recogió de la boca de su lebrel un pedazo de tela de rayas’.

En total son 76, la mayoría nuevos, escritos en estos dos últimos años, alguno  premiado o finalista de algún premio. Por ellos desfilan criminales y asesinos, fantasmas, dementes y lunáticos, madres protectoras, muñecos zombies y hasta un puesto de mercado donde venden palabras al detalle. Aunque cada uno podría ser un buen arranque para  una novela, Casero asegura que no derrocha creatividad. “Más bien lo contrario”, afirma.

Elena Casero en la presentación de uno de sus libros. Imagen cortesía de la autora.

Elena Casero en la presentación de su libro. Imagen cortesía de la autora.

“Los microrrelatos contienen su propia historia, igual que una novela, con la salvedad de su tamaño. Cuando se comienza a escribir se sabe de antemano si la idea puede ser el germen de una novela, de un cuento o de un micro. Hay historias que no se pueden alargar más de lo debido porque, posiblemente, perderían su esencia. Creo que la creatividad no tiene porqué ir dirigida en una sola dirección”. A veces le salen casi a vuela pluma, pero “siempre hay que podar y matizar”, comenta. “Escoger las palabras adecuadas, quitar lo que no aporta, y darle las vueltas precisas para que quede, digamos, redondo. El microrrelato necesita intensidad, tensión narrativa y dejar al lector sorprendido, sin aliento. Y eso solo se consigue trabajándolo mucho”.

En España no se publican tantos libros de microrrelatos como novelas pero este nuevo género sigue muy vivo tras vivir un impresionante boom. Ginés S. Cutillas ha publicado este año un decálogo práctico del microrrelato, ‘Lo bueno, si breve, etc’. y  en 2017 Talentura Libros editará ‘Las herramientas del microrrelato’, de Manu Espada. En la cosecha del 2016 se pueden mencionar: ‘Maleza Viva’, de Gemma Pellicer (Jekyll & Jill); ‘La microenciclopedia ilustrada del amor y el desamor’, de Ernesto Ortega y ‘Voces para un tímpano muerto’, de Miguel A. Zapata, ambos en Talentura. En Cuadernos del Vigía, ‘Vosotros los muertos’, de Ginés S. Cutillas y en Isla de Síltola, ‘Fuerza Menor’, de Javier Puche.

Por su parte Enkuadres ha publicado a Kike Parra, Víctor Lorenzo, Ana Vidal, David Vivancos y a Elena Casero. Páginas de Espuma ha apostado por cuatro escritoras: Eva Díaz Riobello, Isabel González, Teresa Serván e Isabel Wagemann que reúnen sus micros en un libro titulado Pelos. Patricia Esteban Erles, Rosana Alonso, Susana Camps, Lola Sanabria, Beatriz Alonso Aranzábal, Iván Teruel son, asimismo,  un referente para los que aficionados a las distancias cortas y a los contenidos concentrados e intensos. Lo bueno si breve…

Elena Casero.

Elena Casero. Imagen cortesía de la autora.

Bel Carrasco

Julio Llamazares, la pasión de escribir

Charla de Julio Llamazares
Con motivo de la Festa del Llibre de Muro

«Escribir es mi manera de estar solo, mi manera de estar en el mundo. Siempre me recuerdo escribiendo, es más, no sé cómo se vive sin escribir». Son las palabras de Julio Llamazares en la conferencia que ofreció en Muro en la Festa del Llibre. Llamazares la tituló ‘El oficio de mentir’, una reflexión sobre el género narrativo. 

Llamazares transmite la pasión serena del escritor, el encanto y la magia que puede provocar la lectura de un libro. Infunde ganas de leer, de recuperar el tiempo perdido, añadir más historias a nuestra vida a través de la ficción.

«Una forma de recuperar el tiempo y no perderlo es escribiendo, leyendo, haciendo las cosas que nos hacen pensar más, sentir más, saber más y vivir más. Porque  al fin y al cabo, las novelas son vidas que pudimos vivir pero que no vivimos- explica Julio Llamazares. Cuando lees, estás viviendo la vida de Don Quijote, de Madame Bovary, de Ulises cruzando el Mediterráneo, o de cualquiera de los personajes. Leer te hace vivir mucho más. Para eso sirve la lectura, para ver el mundo con mayor profundidad porque incorporas a tu mirada la mirada de otros escritores o de otros artistas».

El escritor y periodista leonés ejerce una literatura comprometida, alejada del entretenimiento. «Ahora abunda mucho lo del best-seller que son novelas para entretener. Yo no escribo para entretener a nadie, yo escribo para conmover, para hacer sentir, para hacer pensar. Yo escribo para remover la conciencia de la gente».

Julio Llamazares en plena charla. Imagen de Fina Bernat.

Julio Llamazares en plena charla. Imagen de Fina Bernat.

La novela, el arte de mentir.

Cuando un escritor, según Llamazares, empieza una novela ejerce el oficio más viejo del mundo que  no es el de la prostitución, sino el de contar mentiras.

«Escribir puede que no  sea más que una manera de seguir mintiendo después de la infancia sin tener que avergonzarnos ante las demás personas. Qué es sino contar mentiras: narrar historias imaginarias y sucesos y anécdotas inventados por personajes que jamás han existido en la realidad».

La mentira puede ser una herramienta que nos permite conocer algo más.

«Las mentiras sirven para soportar el miedo, para ahuyentar los fantasmas, para entretener las noches y, sobre todo, para tratar de entender la vida».

Llamazares opina que una determinada novela, un cuadro, una película, una fotografía, un paisaje, influyen sobre nosotros y ya no somos exactamente los mismos.

«Una novela, como un cuadro o una película no es otra cosa al final que el poso, la sensación que nos queda de ella cuando hemos olvidado sus mentiras. Por ejemplo: ‘El Jarama’ o la película ‘Casablanca’. Lo que de verdad Rafael Sánchez Ferlosio, el autor de ‘El Jarama’, o Michel Curtiz, de ‘Casablanca’, querían contarnos con ellas es esa sensación lejana que nos queda cuando hemos olvidado su argumento. Una sensación lejana desolada en una, nostálgica en la otra, melancólica y épica en ambas que permanece en nuestro recuerdo y que ni siquiera el tiempo podrá borrar de nuestra memoria porque ya ha pasado a formar parte de nosotros».

La fascinación por la mentira es tan hipnótica que con el paso del tiempo el autor ya no recuerda la parte verídica y la inventada de sus relatos.

«A estas alturas de mi vida y de mi obra literaria, yo no tengo ya duda alguna que ese placer de narrar, de contar, de mentir, el placer de ejercer el oficio más viejo del mundo es el único que me mueve cuando me pongo a escribir un cuento o una novela. En cualquier caso confieso que lo hago, lo mismo ahora que de niño, aunque entonces, claro está, no lo sabía,  para engañar al tiempo, mi único, invencible y verdadero enemigo».

‘La lluvia amarilla’, su libro más vendido.

Su segundo libro ‘La lluvia amarilla’, es su novela más vendida y traducida en todo el mundo.

Julio Llamazares, tras la portada de Las Rosas de Piedra. Imagen de Fina Bernat.

Julio Llamazares, tras la portada de Las Rosas de Piedra. Imagen de Fina Bernat.

Llamazares explicó que pensaba no iba a tener tanta repercusión.

«En plena época de la Movida escribir una novela sobre la desaparición del mundo rural, sobre la historia del último habitante de un pueblo abandonado, era una provocación. Cuando mandé la novela a la editorial, le dije a Mario Lacruz, director de Seix Barral: ojo, que con esta novela no vamos a vender ni mil ejemplares. Era una novela sobre el mundo rural en extinción y un monólogo de 200 páginas. Y me dijo Mario Lacruz: bueno, ya veremos».

Llamazares nació en Vegamián, un pueblo de León que fue inundado para el embalse del Porma. Su población es la base de su novela, ‘Distintas formas de mirar el agua’, la novena que escribe y la última hasta el momento.

«Yo nací allí por casualidad, mi padre era el maestro de la escuela. La primera vez que vi mi pueblo lo vi con 28 años, cuando vaciaron el embalse. Estuve en la casa donde nací, llena de algas y truchas muertas. Esto es como si tu ves a tus padres por primera vez cuando sacan los huesos de la tierra. Yo empecé a tomar conciencia a raíz de ver las ruinas de mi pueblo cuando vaciaron el pantano. Hablando con mucha gente noté lo que significa  ese desarraigo de no poder volver jamás».

«Estaba condenado a contar esa novela y la publiqué el año pasado. Es la novela que más rápido he escrito y lo hice en un año. Y surgió sin pretenderlo. Empezó a brotar como la fuente de la memoria. Habla de la experiencia a través de la mirada de toda una familia de 17, 18 miembros que van a tirar las cenizas del abuelo. Cada capítulo es lo que piensan la viuda, los hijos, los yernos, la nuera, los nietos y cómo la memoria se va difuminando».

Algunas de sus obras en una imagen de Fina Bernat.

Algunas de sus obras en una imagen de Fina Bernat.

Julio Llamazares habla de la España creciente y la menguante. La segunda es la escondida, de la que no se habla casi nunca, que coincidiría geográficamente con la zona interior del país. Recalca que ‘La lluvia amarilla’ sigue vigente porque en España hay en estos momentos más de 5 mil pueblos abandonados y se calcula que de aquí al 2020 quedarán vacíos otros dos mil o tres mil.

Considera que existe un menosprecio hacia los pueblos.

«Hay una cierta mirada despectiva en España sobre lo rural, sobre los pueblos. Vivimos en una sociedad que curiosamente desprecia todas sus raíces».

Ahora prepara el segundo volumen de ‘Rosas de piedra’, la segunda entrega del libro de viajes por las catedrales de España. Recientemente ha visitado lo que denomina las catedrales de Levante que son las de Segorbe, Valencia, Orihuela y Murcia.

En un coloquio con los alumnos del Instituto de Muro explicó por qué no quiere recibir premios.

«El único premio para un escritor es que le lean, todo lo demás forma parte de la sociedad del espectáculo y de la corrupción literaria».

Carles Figuerola

Roberto Mollá en ‘Un país extranjero’

Un país extranjero, de Roberto Mollá
Galería My Name’s Lolita Art
C / Almadén, 12. Madrid
Hasta finales de mayo

«El pasado es un país extranjero, allí hacen las cosas de modo diferente». Esta frase del escritor británico L. P. Hartley, y que Roberto Mollá comenta haber leído por azar en una estación de tren en Tokio, da título a la exposición que ahora presenta en la galería My name’s Lolita de Madrid.

La pintura y el dibujo son el medio de transporte ideal (un tren quizá) para viajar a ese país extranjero donde se hacen las cosas de otra manera. Marcello Mastroiani, en su papel de Pontano en La Notte, se preguntaba si la escritura no sería, tal vez, un impulso irrefrenable pero anticuado.

Obra de Roberto Mollá en la exposición 'Un país extranjero'. Galería My Name's Lolita Art.

Obra de Roberto Mollá en la exposición ‘Un país extranjero’. Galería My Name’s Lolita Art.

Un dibujo a lápiz y gouache de esa escena, en cuyo subtítulo se puede leer “dibujo” en lugar de “escritura” ―Isn’t drawing an irrepressible but antiquated instinct? ―, junto con las tres mesas de dibujo dibujadas, como cazadores cazados, son una reivindicación de ese instinto, de ese viejo hábito. Las mesas de dibujo, cada vez más infrecuentes en los estudios, con sus tableros de inclinación regulable, tienen algo de armatoste, de puente levadizo medieval que, al izarse, aísla al dibujante dejándole solo en un patio de armas donde se lucha, como decía Wyndham Lewis, primero en un bando y luego en el otro, pero siempre por la misma causa. El dibujo o la pintura como puente es una comparación recurrente: a los surrealistas, por ejemplo, les entusiasmaba esta frase de Nosferatu: «Cuando hubo cruzado el puente los fantasmas salieron a su encuentro».

Una vez más los trabajos de Roberto Mollá comparten la incansable voluntad de Picabia de ser absolutamente infiel a cualquier estilo y encuentran estímulo en el corte oblicuo de estéticas y tiempos diversos. En un artículo para Whitewall Magazine, Lilly Alexander escribió: «El tiempo es flexible en el trabajo de Mollá, y diferentes periodos existen simultáneamente».

Obra de Roberto Mollá en la exposición 'Un país extranjero'. Imagen cortesía de la galería My Name's Lolita Art.

Obra de Roberto Mollá en la exposición ‘Un país extranjero’. Imagen cortesía de la galería My Name’s Lolita Art.

Trenes verticales, diamantes de grafito, montañas geométricas, ciencia ficción asiática o vorticismo inglés. Pero los dibujos y pinturas de ‘Un país extranjero’, como el misterioso tren de 2046, no son solamente un vehículo de la ficción, el deseo y la memoria (el diamante triste que súbitamente brilla), sino un documento que deja constancia del trabajo en el taller, de lo que sucede en ese lugar propicio a los hallazgos, donde siempre debería reinar la desconfianza hacia las primeras intuiciones y donde se busca el molde de lo amorfo, el fango simétrico.

‘Un país extranjero’ muestra un paso más en el cambio de dirección en el trabajo de Mollá, cambio que se inició en 2011 con Ricochet (literalmente: cambio de trayectoria que experimenta un objeto al chocar contra una superficie), su última exposición individual en la galería Kesting / Ray de Nueva York.

Detalle de una de las obras de Roberto Mollá en la exposición 'Un país extranjero'. Imagen cortesía de My Name's Lolita Art.

Detalle de una de las obras de Roberto Mollá en la exposición ‘Un país extranjero’. Imagen cortesía de My Name’s Lolita Art.

Greta Alfaro: tabaco y fantasmas

European Dark Room, de Greta Alfaro
Galería Rosa Santos
C / Bolsería 21. Valencia
Hasta el 14 de marzo

La galería Rosa Santos expone, hasta el próximo 14 de marzo, una muestra de arte fotográfico que reflexiona sobre nuestro pasado colonial: European Dark Room. A través del visor de la artista Greta Alfaro, los visitantes podrán contemplar la verdad que se esconde tras las exóticas plantaciones que se forman en la imaginación al evocar las colonias. Las instantáneas no reflejan interminables campos, sino el interior de la Fábrica de Tabacos de Madrid: oficinas desiertas donde los poderosos actuaban con el mayor secretismo, donde se forjaron abusos y corrupciones, las oscuras salas donde las élites ejercían su soberanía en una sociedad esclavista.

Obra de Greta Alfaro, en 'European Dark Room'. Imagen cortesía de la galería Rosa Santos

Obra de Greta Alfaro, en ‘European Dark Room’. Imagen cortesía de la galería Rosa Santos

Cuenta la leyenda que, en 1493, un explorador volvía a su Huelva natal tras su primera expedición a las Américas. Deseoso de compartir con sus vecinos y paisanos las maravillas del Nuevo Mundo, los reunió para mostrarles una de las costumbres que había adquirido allí. Sacó unas hojas de tabaco y, para el horror de los asistentes, las prendió fuego y se las llevó a la boca, para después despedir un aro de humo. Cundió el pánico y el explorador Rodrigo de Jerez fue juzgado por brujería. “Sólo un demonio sería capaz de sacar humo por la boca”, concluyó el tribunal, y el explorador fue encerrado en las profundas mazmorras del Santo Oficio. Para cuando lo hubieron soltado, siete años más tarde, el uso del tabaco ya había comenzado la conquista del mundo entero.

Obra de Greta Alfaro, en 'European Dark Room'. Imagen cortesía de la galería Rosa Santos.

Obra de Greta Alfaro, en ‘European Dark Room’. Imagen cortesía de la galería Rosa Santos.

European Dark Room nos presenta habitaciones asfixiantes, misteriosas, cubiertas de marrón.  Y es que 400 kilos de chocolate fundido y aplicado sobre todas las superficies nos recuerdan la esclavitud sobre la que se sostuvo el ‘Imperio Español’. Chocolate y tabaco cobran protagonismo en esta muestra, productos estrella de América convertidos en objetos de deseo hedonistas, lujosos, pero consumidos de manera masiva y ‘democrática’ en todo Occidente. Estos dos productos son el dispositivo crítico que saca a la luz los fantasmas de nuestro pasado esclavista y colonial, un pasado que se encuentra ausente en nuestro discurso contemporáneo y merece una profunda reflexión.

Un momento de la inauguración de 'European Dark Room', de Greta Alfaro.

Un momento de la inauguración de ‘European Dark Room’, de Greta Alfaro.

Estas enigmáticas fotografías ponen de manifiesto la carencia de pensamiento crítico que existe con nuestro pasado colonial en España. Salas fantasmales, oscuras e inquietantes, son retratadas con maestría por Greta Alfaro. Como si del escenario de un auténtico thriller se tratara, los espacios cerrados y asfixiantes de cada fotografía aúnan chocolate con suciedad, placer con explotación, codicia con miseria. En cada instantánea el visitante puede reconocer una tradición de desigualdad e injusticia que forma parte de nuestra Historia.

Greta Alfaro (Pamplona, 1977) trabaja constantemente con materiales comestibles y perecederos, reflexionando sobre el interés simbólico de la comida (entendida como sustento y fuente de vida, pero a su vez como sacrificio) y el interés social (los rituales en los que participamos al cocinar y comer). En este proyecto, el chocolate es el motor crítico de nuestro pasado que nos inclina a reflexionar sobre la esclavitud, el poder y la riqueza.

Obra de Greta Alfaro, de 'European Dark Room'. Imagen cortesía de la galería Rosa Santos.

Obra de Greta Alfaro, de ‘European Dark Room’. Imagen cortesía de la galería Rosa Santos.

Beatriz Vera

Lo elemental del detective Mario Rabasco

Espacios contingentes, de Mario Rabasco
La Nau de la Universitat de València
C / Universidad, 2. Valencia
Hasta el 27 de abril

“Actúo en cierta forma como un policía”. Y, para ello, Mario Rabasco se sirve de la fotografía documental. Tirando de esos dos hilos, la acción detectivesca y la herramienta fotográfica, encontramos en la obra de Rabasco una sugerente visión de lo que puede dar de sí el solapamiento entre ciencia y arte en el marco de la sociedad contemporánea. Por un lado, la más estricta racionalidad; meticulosa, fría, ordenada. Por el otro, la paradójica revelación de cierto misterio, precisamente allí donde la ausencia de figuras parece dejar un halo fantasmal de profundas resonancias líricas.

Fotografía de Mario Rabasco. Imagen cortesía de La Nau de la Universitat de València.

Fotografía de Mario Rabasco. Imagen cortesía de La Nau de la Universitat de València.

Diríase, siguiendo el enunciado de uno de los más famosos detectives de la literatura universal, que Rabasco parte de lo elemental para dejar rienda suelta a la imaginación. Y, como Sherlock Holmes, su obsesiva actividad detectivesca viene acompañada de cierto correlato melancólico. He ahí las dos caras, sin duda ejemplares, de nuestra modernidad: la racionalista, sustentada en la eficacia tecnológica, y la romántica, en tanto subjetividad que tiende a salirse del estrecho marco de las leyes empíricas. Los Espacios contingentes de Mario Rabasco, que La Nau acoge, son una brillante muestra de esa doble faz: transparente y opaca.

Fotografía de Mario Rabasco. Imagen cortesía de La Nau de la Universitat de València

Fotografía de Mario Rabasco. Imagen cortesía de La Nau de la Universitat de València

“Trato de buscar la sustancia de cada espacio y congelarlo mediante la fotografía”. E inmediatamente después, que esos espacios “tengan trascendencia”. Para lograr esa comunión entre la imagen documental y la imagen diríamos mística, Rabasco se planta en los espacios a fotografiar y, como un sabueso, olisquea el lugar con el fin de encontrar su alma. ¿El resultado? Unas imágenes frontales, sinónimo de “honestidad”, y “muy geométricas, con mucha claridad”. En resumen, una serie de espacios “de ceremonia y sacrificio”, en lugares “profanos”.

Fotografía de Mario Rabasco. Imagen cortesía de La Nau.

Fotografía de Mario Rabasco. Imagen cortesía de La Nau.

Antonio Ariño, vicerrector de Cultura de la Universitat de València, echó mano de la fenomenología para explicar el modus operandi de Mario Rabasco: “Va quitando capas para encontrar la sustancia”. Funcionando, para ello, “como una especie de danzante”. Rabasco lo dijo con otra palabras: “Yo transito por los espacios y durante ese tránsito dejo que sea mi memoria la que trabaje”. Y agregó: “Intento ser sintético, incluso descaradamente super sintético”. Plantado en mitad de esos espacios vacíos, hasta un total de 43 pertenecientes a distintas facultades de la Universitat de València, dependencias rectorales o laboratorios, Rabasco corre el riesgo de perderse por amor a esos lugares que tanto le encandilan.

Fotografía de Mario Rabasco. Imagen cortesía de La Nau.

Fotografía de Mario Rabasco. Imagen cortesía de La Nau.

“No necesito que haya nadie”. Es más: “Necesito que sea la ausencia la que señale y explique estos espacios”. Por eso el artista habla de “autoría compartida”, que se manifiesta “a través de lo que otros han dejado allí”. Pep Benlloch, comisario de la exposición Espacios contingentes. Estudio visual de la Universitat de València, amplió esa importancia de lo ausente: “Si hubiera personas sería redundante, porque esos lugares vacíos remiten precisamente a la actividad humana”. Es la huella o el rastro dejado por esa actividad, lo que provoca el misterio que anida en las fotografías de Mario Rabasco.

Fotografía de Mario Rabasco. Imagen cortesía de La Nau.

Fotografía de Mario Rabasco. Imagen cortesía de La Nau.

De nuevo la tecnología, la fría captura que se extiende durante horas, conviviendo con la acerada mirada, inquisitiva, obsesiva, magnetizada por el lugar. En ocasiones sale a colación el nombre de David Lynch, maestro de los espacios siniestros. Pero también, quizás más pertinente, el de David Cronenberg, éste sí más interesado en captar los misterios que se esconden bajo la escalofriante transparencia tecnológica. Mario Rabasco, en cualquiera de los casos, sigue la estela de su propia intuición recorriendo espacios “muy familiares” para él. Tan familiares como extrañamente habitados por seres ausentes. A veces, diríamos, que hasta se oyen voces.

Fotografía de Mario Rabasco. Imagen cortesía de La Nau de la Universitat de València.

Fotografía de Mario Rabasco. Imagen cortesía de La Nau de la Universitat de València.

Salva Torres

Rogelio López Cuenca / Elo Vega. La autoridad banal

Rogelio López Cuenca / Elo Vega
Efigies y fantasmas
Museo de Huelva
Inauguración: 3 de mayo
Hasta el 26 de mayo de 2013

Rogelio López Cuenca / Elo Vega. Monumento al fútbol. Imagen por cortesía de los artistas

Rogelio López Cuenca / Elo Vega. Monumento al fútbol. Imagen por cortesía de los artistas

Efigies y fantasmas es un proyecto de Elo Vega y Rogelio López Cuenca, realizado  con motivo de la Beca Daniel Vázquez Díaz (Diputación de Huelva) en su edición de 2011.

El proyecto, partiendo del rol del monumento como dispositivo de control social, recuerdo encubridor que opera dentro de una estrategia general de solapamiento y camuflaje de los conflictos sociales -velados por una imagen idealizada que intenta hacer pasar por beneficios colectivos y generales los intereses de los grupos dominante-, propone una cartografía alternativa, mediante la que rastrea, tras la fachada de la ciudad banal, las huellas de la ciudad inconsciente, realizando una especie de psicoanálisis colectivo de la conciencia grupal partiendo de las singulares características de la iconografía monumental de la ciudad de Huelva. 
El resultado –la edición de un libro-guía de los monumentos de la ciudad y el despliegue de un ejemplo de deriva por la misma en forma de exposición- se vertebra como un discurso poliédrico, compuesto de palabras y de imágenes, un collage de voces y de miradas sobre un territorio en el que destaca lo anacrónico del predominio de estéticas pasatistas, del heroico repertorio temático, de la vinculación a la iglesia católica de la mayoría de los personajes representados en los monumentos de la ciudad, de la descomunal desproporción, entre el número de mujeres y varones “homenajeados” y, en resumen, de la persistencia de una concepción patriarcal de la sociedad y su historia, basada en singulares hazañas y héroes que imponen y reafirman un discurso sexista, racista y clasista con la solemnidad en que se asienta su autoridad, sobre el silencio de aquello que excluyen.

Efigies y fantasmas es un poema circulatorio, un recorrido aleatorio a partir de una serie de imágenes destacadas de la iconografía pública de la ciudad de Huelva, una propuesta de relectura crítica de nuestro imaginario colectivo. 

Rogelio López Cuenca / Elo Vega. Monumento al Rocío. Imagen por cortesía de los artistas

Rogelio López Cuenca / Elo Vega. Monumento al Rocío. Imagen por cortesía de los artistas

 
Elo Vega y Rogelio López Cuenca colaboran en proyectos de investigación y creación, -trabajos artísticos que son al mismo tiempo dispositivos de crítica de la cultura como instrumento político- mediante producciones audiovisuales, exposiciones, publicaciones, intervenciones en espacios públicos y trabajos en la red, que abordan los procesos de generación y reproducción de ideología y la construcción de las identidades.
 
Han trabajado conjuntamente en diversos proyectos como:
 

Valparaíso White NoiseValparaíso, Chile, 2012; Surviving PicassoMálaga, 2012. Saharawhy.net, CAAM. Las Palmas, 2011. Mapademexico.org. México D.F. 2011.“Historia de dos ciudades” en ATOPIA. Arte y ciudad en el siglo XXI, CCCB. Barcelona,2010 Gitanos de papel, Jerez de la Frontera, 2009, y Bienal de Arte Paiz, La Antigua, Guatemala, 2012, Walls, para Geografías del Desorden, Universidad de Valencia, Cabildo de Fuerteventura y Centro de Historia (Zaragoza). 2007. 

Rogelio López Cuenca / Elo Vega. Monumento a Colón. Imagen por cortesía de los artistas

Rogelio López Cuenca / Elo Vega. Monumento a Colón. Imagen por cortesía de los artistas