En busca de la esencia intangible

Un viaje pendiente -al reino de Mustang-. Daniel Torán.
Editorial Círculo Rojo, 2016

Portada del libro de Daniel Torán. Editado por Círculo Rojo.

Portada del libro de Daniel Torán. Editado por Círculo Rojo.

El escritor Daniel Torán (Montevideo 1961 – Valencia, hoy), licenciado en Ciencias del Trabajo, Coach personal y ejecutivo, formado en Recursos Humanos, Cooperación Internacional y Gestión de ONG, con una dilatada experiencia de más de 25 años como directivo y consultor dedicado a la gestión de personas, y autor de “Subir hacia abajo” -Un viaje por el Himalaya y las profundidades de la mente-, presenta de la mano de la Editorial Círculo Rojo su nueva novela titulada “Un viaje pendiente” -al reino de Mustang-.

Daniel Torán

Daniel Torán. Imagen cortesía Mediterránea.

Obra en la que nos cuenta su trayectoria en torno al reino de Mustang, ubicado al norte del Annapurna, cerca del nacimiento del río Kali Gnadaki. Allí experimenta una nueva concepción de la cultura nepalí, donde se conservan thankas y enormes estatuas de budas y deidades cuya apariencia permanece prácticamente intacta desde el siglo XV. Allí, sus gentes viven felices a pesar de las condiciones precarias existentes. Torán conoce los Reinos perdidos de un Tibet conservado en tiempos ancestrales, adentrándose en su capital Lo Mathang, situada en uno de los lugares más recónditos y menos turísticos, a la que se accede a través de las grandes gargantas rocosas-, y en la que se empapa de conocimientos relacionados con la condición humana y la existencia.

Viaje que emprende en uno de los peores momentos de su vida, y donde descubre gracias al proceso sanador de la cultura ancestral, una nueva forma más positiva de ver las cosas. Donde medita sobre el camino vital recorrido y se da cuenta de que en realidad no todo es tan negativo. Observar los acontecimientos utilizando una perspectiva aérea para así poder actuar con más lucidez y perspicacia. Y es que en realidad, todo depende de los ojos con los que se mire.

En este sentido Daniel, caracterizado por su peculiar estilo y profundo conocimiento de la naturaleza humana, combina lo serio desde las reflexiones con lo irónico -viajes y experiencias-. Por lo que su objetivo principal es transmitir al lector con todo lujo de detalles, una gran variedad de personajes y paisajes. Como él dice:

 ”Una historia siempre condensa una inmensa cantidad de nociones, visiones, sentimientos y hasta ideas que flotan virtualmente en la memoria y se entremezclan con las emociones que en un momento determinado te impulsan a sentarte a escribir”.

Obra que, a través de sus personajes que cobran vida para contar su propia historia, caminos, cultura ancestral y pueblos remotos. Sume al lector en un universo paralelo en el que descubrirá la paz interior. Que no todo lo tangible es imprescindible para ser feliz.

Encontrar la fragancia de aquello intangible.

Fotografía en el Tíbet. Daniel Torán.

Daniel Torán en la cordillera del Himalaya. Imagen cortesía Mediterránea.

Lucía Cajo

Suicidio interruptus en Sala Russafa

Gloomy Sunday, de la compañía Theatretk
Sala Russafa
C / Denia, 55. Valencia
19-21 de mayo, a las 20.30h, y domingo 22 de mayo de 2016, a las 19.00h

¿Qué pasa si uno lleva tres años intentando matarse cada domingo en el mismo sitio y nunca lo consigue? Es el curioso suicidio-interruptus que plantea ‘Gloomy Sunday’, el nuevo espectáculo que la compañía valenciana Theatretk, residente en Sala Russafa, que durante esta temporada ha aprovechado las instalaciones del centro cultural para crear el espectáculo que estrena esta semana.

Tras el pseudónimo de Harlan Pinter se esconde el autor de esta comedia absurda que dirige Harold Zúñigan. Su protagonista es Benjamín Phreiz -al que da vida José Zamit-, un joven filósofo, apasionado lector de Camus que, tras muchos años de introspección y reflexión, encuentra la respuesta al porqué de la existencia: el absurdo. Una vez descubierto, ya no desea seguir viviendo, puesto que todo es accidental, no responde a razonamientos ni trasciende más allá de lo puramente anecdótico. Decidido a abandonar este mundo, el propio absurdo se cruzará en su camino, impidiéndole por los motivos más peregrinos completar el suicidio que cada domingo, desde hace tres años, intenta acometer.

Gloomy Sunday. Imagen cortesía de Sala Russafa.

Gloomy Sunday. Imagen cortesía de Sala Russafa.

Uno de esos motivos es Elena Fernández -interpretada por Grazia Hernández- una mujer terriblemente oportuna (o inoportuna, según se mire), que da al traste con gran parte de sus intentos al no comprender por qué Benjamín no desea seguir viviendo. “Es un personaje que termina resultando entrañable y que es bastante más profundo de lo que parece. Creo que, de alguna manera, representa la ignorancia de nuestra sociedad actual, a la gente que simplemente acata la inercia de las normas y pautas, sin llegar a imaginar si quiera que quizá habría que replanteárselas. Para ella, si uno está en este mundo, tiene que vivir”, apunta el director de la pieza.

El tercer vértice del triángulo es el inmigrante El hadji cheikh Mbaye, un africano que tampoco entiende la decisión vital del protagonista, pero por motivos muy distintos: para él lo que carece de razón es la muerte porque la vida sí está llena de sentido. “El choque cultural es muy interesante. Lo que para un filósofo occidental ensimismado son problemas, para él no tienen la más mínima importancia. No sufre de una manera trascendental buscando su lugar en el mundo, simplemente se dedica a disfrutar de él”, apunta Zúñigan.

Gloomy Sunday. Imagen cortesía de Sala Russafa.

Gloomy Sunday. Imagen cortesía de Sala Russafa.

Precisamente a este personaje da vida el cantante y bailarín africano Asso Mbaye, encargado de las coreografías y la percusión que se interpreta en directo. La puesta en escena se completa con la escenografía de los artistas plásticos Óscar Sánchez y Racso Zechnas, que aportan una cuidada estética al árbol en torno al cual gira el ritual de suicidios-interruptus del protagonista.  Y con un montón de sobrecillos de azúcar (con las lapidarias frases existenciales del filósofo protagonista al dorso) que inundan el escenario.

Una de las canciones que forma parte de este espectáculo, como no podía ser de otro modo, es una versión de ‘Gloomy Sunday’, famoso tema compuesto por el pianista húngaro Rezső Seress en 1933 de la que toma su título. Un tema legendario, versionado por grandes intérpretes como Billy Holliday, pero que no pudo emitirse durante 61 años en la BBC por la su fama como inductor a la melancolía y al suicidio.

La compañía valenciana Theatretk hace caso omiso de la superstición en este montaje, el cuarto que dirige Zúñigan, quien ya estrenó en Sala Russafa su ‘trauma-comedia romántica’ ¿Por qué duele cuando no hay dolor? (2014) y el drama con música de jazz en vivo ‘Alguien va a venir’ (2012), escrito por el dramaturgo noruego Jon Foss. “Me gusta innovar un poco en los géneros, hacer propuestas que no sean comedias o dramas al uso. Pero para mí lo más importante es que, sea con la risa o con la emoción, se hable de temas esenciales para la vida y desde un punto de vista que implique cierta reflexión”, comenta el joven director de escena.

“Creo que hay dos tipos de teatro: el importante, que habla de temas de actualidad y saca a la luz situaciones se deben conocer, y el esencial, que retrata nuestra esencia como seres humanos, las cosas que ahora y siempre nos van afectar. Me gustaría pensar que nuestras propuestas, humildemente, se encuentra ente este último”, confiesa el director de ‘Glommy Sunday’, que estará en cartel durante todo el fin de semana en Sala Russafa.

Gloomy Sunday. Imagen cortesía de Sala Russafa.

Gloomy Sunday. Imagen cortesía de Sala Russafa.

¿Una historia de amor?

Langosta (The Lobster), de Yorgos Lanthimos
Reparto: Colin Farrell, Rachel Weisz, Jessica Barden, Olivia Colman, Léa Seydoux, JohnC. Reilly
Recién estrena en cines

Luis Cernuda, en el inicio de su poema Donde habite el amor, narra la creación del amor como “ya sabéis, los hombres un día sintieron frío. Y quisieron compartirlo. Entonces inventaron el amor”.

Para el poeta, el sentimiento amoroso nace para aliviar la soledad inherente al ser humano y sobrellevar las vicisitudes de la vida.  Paralelamente a la invención del amor, el ser humano crea el matrimonio como institución mínima de unión con el otro para compartir lo contingente de la existencia humana. En principio, el matrimonio y el amor serían dos inventos que se complementan bien. Pero sólo en principio, la experiencia vital y los relatos parecen abocar esta relación a la desintegración.

Fotograma de Langosta, de Yorgos Lanthimos.

Fotograma de Langosta, de Yorgos Lanthimos.

Langosta, el tercer largometraje de Yorgos Lanthimos, nos muestra una sociedad distópica regida de manera déspota y cruel por esa correlación entre el matrimonio y el amor.

En la sociedad de Langosta, la relación matrimonial, sea hetero u homosexual,  se impone como modelo ideal de armonía para la experiencia humana y la convivencia social. Las leyes de esta sociedad obligan a que todo ciudadano deba estar casado. Por ello, los solteros son arrestados y trasladados a un hotel donde tienen 45 días para encontrar pareja.

La mirada de Lanthimos enfoca el matrimonio como una relación monótona, mecánica y alienante. Sin vuelo de pasión, deseo y erotismo. Sin fuego, ni llama. Una obligación social cuya transgresión de la norma lleva al ciudadano fracasado a la transformación en el animal de su elección -de ahí el nombre de la película-  y, al rebelde, a vivir oculto en el bosque hasta ser cazado.

Fotograma de Langosta, de Yorgos Lanthimos.

Fotograma de Langosta, de Yorgos Lanthimos.

La carretera

El universo de Langosta está organizado mediante dos espacios conectados y desconectados por una carretera: la ciudad, el espacio ordenado y civilizado, para los casados; el bosque, el espacio desordenado e incivilizado, para los solteros rebeldes y los animales. Dos espacios formalmente diversos, pero habitados por la misma atmósfera de frialdad que exhala la falta de compromiso verdadero entre los humanos. Una frialdad que congela la llama del amor que pudiera calentar la desabrida existencia humana.

Fotograma de Langosta, de Yorgos Lanthimos.

Fotograma de Langosta, de Yorgos Lanthimos.

Langosta no es una historia de amor, como anuncia el cartel de la película. Es una historia de alienación siniestra y perversa, donde los ciudadanos inadaptados no se unen para rebelarse contra la norma social, sino que esperan a ser cazados y despertarse una mañana, después de un sueño intranquilo, transformados en su animal preferido. Ironía pastiche posmoderna de Lanthimos, que ni siquiera convierte a sus personajes en  monstruosos insectos, como Kafka despierta dramáticamente a Gregorio Samsa.

Fotograma de Langosta, de Yorgos Lanthimos.

Fotograma de Langosta, de Yorgos Lanthimos.

Begoña Siles

Julia Llerena se incorpora a AJG Gallery

Julia Llerena
AJG Contemporary Art Gallery
Inauguración en estudio de diseño gráfico Miracomolate
C / Murillo, 10. Sevilla
Miércoles 10 de junio

AJG Contemporary Art Gallery anuncia la incorporación de Julia Llerena a su lista de artistas, quien desarrollará su primera exposición individual en colaboración con el estudio de diseño gráfico Miracomolate, mientras AJG encuentra nueva ubicación. Julia Llerena (Sevilla, 1985) es licenciada en Bellas Artes por la Universidad de Sevilla, Máster en Investigación en Arte y Creación de la Universidad Complutense de Madrid y ha sido becada por el Instituto de la Cultura y las Artes de Sevilla ICAS.

A raíz de una necesidad personal de búsqueda y reflexión sobre la identidad, Julia Llerena disecciona los conceptos espacio-tiempo para plantear los enigmas que invaden al ser humano dentro de su entorno. A través de sus piezas, nos interroga sobre los límites del espacio y nuestras capacidades perceptivas, considerando el vacío una necesidad para el desarrollo de la existencia.

El trabajo de Julia combina con virtuosismo la sutileza en la ejecución de sus obras con una gran profundidad de discurso, que elabora a raíz de estudios realizados sobre pequeños elementos que van apareciendo en su vida cotidiana o que sencillamente forman parte del ideario común, sobre los que construye un universo propio.

Lo micro y lo macro se fusionan para fragmentar el infinito y multiplicarlo, siendo capaz de encapsular la esencia del abismo, la soledad del individuo, la memoria y la nostalgia en un conjunto de obras.

Pensamiento inter-estelar, de Julia Llerena. Imagen cortesía de AJG Galllery.

Pensamiento inter-estelar, de Julia Llerena. Imagen cortesía de AJG Galllery.

 

¿Quién es Ramón Espacio?

A=A [Ontopatía], de Ramón Espacio
Imprevisual Galería
C / Doctor Sumsi, 35. Valencia
Hasta el 15 de septiembre

Hay dos mundos que, por exceso, terminan conectados entre sí. El de aquellos que convierten su identidad en un universo cerrado de reconfortantes identificaciones que, llegado el caso, rivaliza con la de otros. Y el de aquellos cuya fragilidad existencial se debe precisamente a todo lo contrario: a la dificultad para hallar esa identidad que le permita reconocerse como alguien diferenciado del resto y, por tanto, en posesión de un yo. El delirio imaginario de la identidad cerrada versus la locura de la identidad abierta como un abismo.

Fotografía de Ramón Espacio en la exposición 'A=A Ontopatía' en Imprevisual Galería. Imagen cortesía de Imprevisual.

Fotografía de Ramón Espacio en la exposición ‘A=A Ontopatía’ en Imprevisual Galería. Imagen cortesía de Imprevisual.

Ramón Espacio hace de bisagra entre ambos mundos para retomar la cuestión de la identidad y someterla a debate. Y lo hace siguiendo el halo romántico de quienes se sienten habitados por un cuerpo cuya mente lo explora con extrañeza. ¿Quién es ése que me mira en el espejo? Sin duda soy yo, pero hay días o momentos del día en que uno descubre con inquietud ciertos rasgos de su persona. De pronto, yo parece otro. Y tirando de ese finísimo hilo, que vendría a partir en dos el sujeto que creíamos ser, Ramón Espacio se confronta a sí mismo con la figura del doble, de tan larga tradición literaria.

Fotografía de Ramón Espacio en la muestra 'A=A Ontopatía'. Imagen cortesía de Imprevisual Galería.

Fotografía de Ramón Espacio en la muestra ‘A=A Ontopatía’. Imagen cortesía de Imprevisual Galería.

En ‘Los elixires del diablo’ E.T.A. Hoffmann ya avisa de lo que nos aguarda: “Soy lo que parezco y no parezco lo que soy; soy un enigma inexplicable para mí mismo: ¡Mi ‘yo’ se ha escindido!” Ramón Espacio también aparece escindido en las fotografías que integran la exposición elocuentemente titulada ‘A=A [Ontopatía]’. Imágenes en las que el propio artista muestra la extrañeza de verse a sí mismo en perpetuo desdoblamiento, ya sea frente a frente en el interior de una bañera, mirándose extrañado al volante de un coche o por triplicado en un espejo, cuyo reflejo siempre ha sido motivo de inquietantes lecturas.

Fotografía de Ramón Espacio en la exposición 'A=A Ontopatía'. Imagen cortesía de Imprevisual Galería.

Fotografía de Ramón Espacio en la exposición ‘A=A Ontopatía’. Imagen cortesía de Imprevisual Galería.

El propio artista, autor del libro ‘Vivir apenas’, con ilustraciones de María Payá, arranca con esta dedicatoria: “A los que se fueron y se quedaron aquí”. También está en sus fotografías ese hálito fantasmal del que está, pero parece haberse ido. Como en la fotografía en la que, de pie, Espacio se contempla en su propio lecho ¿mortuorio o simplemente dormido? ¿Sueño, pesadilla? En todo caso, como apunta Arístides Rosell, responsable de Imprevisual Galería que acoge la muestra, el espejo donde se reproduce el título de la exposición A=A se correspondería con los sujetos que se miran, “y el igual sería el espectador que se involucra en el medio”.

Fotografía de Ramón Espacio en la exposición 'A=A Ontopatía'. Imagen cortesía de Imprevisual Galería.

Fotografía de Ramón Espacio en la exposición ‘A=A Ontopatía’. Imagen cortesía de Imprevisual Galería.

No dos, sino tres personas involucradas: el artista desdoblado y el espectador que participa de tamaña extrañeza. Pero el doble se acentúa con el propio montaje expositivo. A un lado, una serie de fotografías, el espejo y la jaula instalación con determinados textos. Y al otro, la misma serie de fotografías, el espejo y la jaula instalación con los textos, pero a la inversa. De manera que Imprevisual se convierte en un espacio que parece reproducir el delirio que Ramón Espacio, en tanto A=A, genera con su Ontopatía.

La exposición es fruto del premio concedido a Ramón Espacio en el pasado Festival Incubarte, dirigido por Javier Marisco. Un audiovisual y una radiografía vienen a romper la siniestra simetría del montaje. La rompen para ampliar el efecto de extrañeza. Puestos a desnudarse por fuera, la radiografía, explica Rosell, “es una forma de desnudarse también por dentro”. La cuidada escenografía de las imágenes tiene su justa correspondencia con el montaje, haciendo del conjunto expositivo un brillante paseo por la cuerda floja de la cordura.

Fotografía de Ramón Espacio en la exposición 'A=A [Ontopatía]' en la galería Imprevisual. Imagen cortesía de Imprevisual.

Fotografía de Ramón Espacio en la exposición ‘A=A [Ontopatía]‘ de la galería Imprevisual. Imagen cortesía de Imprevisual.

Salva Torres

Despertar al grito de Savannakhet

La nuit du bal. Amanda Moreno
Salón Rouge
Institut Français
C/ Moro Zeit, 6. Valencia
Hasta el 30 de mayo

La algarabía en el salón de baile, durante la recepción de los embajadores de Francia en Calcuta, solo puede compensarse con la melodía de India Song y el gran silencio que esta produce. Cada vez que suena se repite un instante congelado de aquella noche, de la gran pasión. “Que d’amour, ce ball… Que de désir…”(1).

En la noche del baile se mezclan las voces con los personajes, los gritos con los llantos, las narraciones con los destinos; todo para traer a la memoria lo que el olvido ha disipado con la luz de la aurora. La nuit du bal representa un espacio en el que el tiempo ha sido hechizado. En él Amanda Moreno consigue captar algunas de las imágenes de la obra de Marguerite Duras: aquellas que se repiten en el canto de su serie inspirada en la India y que Moreno exhibe de manera propia, haciéndola suya, fascinada por la complejidad narrativa de la francesa. Así, la densidad del tiempo, la laxitud de la acción nos introduce en la ficción, no tanto la literaria de Duras como aquella que hace de la memoria un lugar para confundir los recuerdos, dotar de existencia al amor y el deseo, dar voz a la locura y observar, de cerca, la muerte en vida.

Obra de Amanda Moreno en 'La nuit du bal'. Imagen cortesía de Institut Français de Valencia.

Obra de Amanda Moreno en ‘La nuit du bal’. Imagen cortesía de Institut Français de Valencia.

Por tanto, La nuit du bal es un “récit très lent, mélopée faite de débris de mémoire, et au cours de laquelle, parfois, une phrase émergera, intacte de l’oubli”(2). Entonces Amanda Moreno guarda los restos de memoria que las voces traen en su narración componiendo ese gran escenario que es La nuit du bal. En él se mezcla un jardín tropical de cocoteros y palmeras, de plantas verdes y adelfas trás las que se oculta la chica de S. Thala. Una selva misteriosa que esconde los secretos del tiempo más oscuro y en el que el Ganges mece cada una de esas vidas, donde el Vicecónsul embebido en su existencia fantasmagórica vagabundea; la mendiga exhala su canto de Savannakhet. “Elle se tient là avec les restes. Oublieuse. Déliée, c’est-à-dire absolue”(3). O los leprosos que se aproximan a la embajada y que son devorados por la hambruna.

También nos hallamos frente a una recepción envuelta en decadencia exuberante. De entre estas ruinas, Moreno hace emerger algunos instantes de esplendor. Los amantes hipnotizados por la asfixiante dulzor del vals atraviesan las estancias a pesar del rumor de los cuchicheos de los invitados. El pasado lujo se ha hecho añicos, polvo y piedras quemadas. La luz emana del monzón verde, de los rostros blancos de la locura, de las manchas de la luna y el negro de la noche.

Obra de Amanda Moreno en 'La nuit du bal'. Imagen cortesía de Institut Français de Valencia.

Obra de Amanda Moreno en ‘La nuit du bal’. Imagen cortesía de Institut Français de Valencia.

La absoluta visualidad deviene una transición de paisajes de ausencias. Oscura es la noche, calurosa e inalcanzable. Las sombras hacen de ella su morada. El deseo avanza apresurado sobre la tormenta que se adentra en el Bengala. Así, el monzón con su lluvia impregna cada pincelada: el aceituna que aflora de la húmeda y espesa selva tropical, el amarillo de la faz perdida y su destilación en flores, y el azul del mar que ensordece el final de cada palabra. Las veladuras aumentan la atmósfera pesada y perfumada en incienso. Cada fragmento de papel pintado, arrancado y pegado por nuestra artista es la rotura de una escena, el hábito de los deseos más enloquecedores y la lepra del corazón.

Todo los elementos de las grandes estancias de la embajada, los personajes y la naturaleza parecen estar cubiertos por las piezas rotas de una historia imposible de ser compuesta, en la que el fin ya llegó y su escritura está por venir. Por eso, los fragmentos de collage-décollage pictórico, de las pinturas rotas y brillantes de Amanda Moreno son como la memoria residual de las voces que nos hablan de La nuit du bal.

(1) Duras, M., India Song. Paris, Gallimard, 1973, p. 16

(2) Íbid., p. 40

3) Certeau, M., La fable mystique, Paris, Gallimard, 1982, p. 48

Obra de Amanda Moreno en 'La nuit du bal'. Imagen cortesía de Institut Français de Valencia.

Obra de Amanda Moreno en ‘La nuit du bal’. Imagen cortesía de Institut Français de Valencia.

Johanna Caplliure