La memoria ancestral de Castro Prieto

Etiopía, de Juan Manuel Castro Prieto
PhotOn Festival
Octubre Centre de Cultura Contemporània
C / Sant Ferran, 12. Valencia
Hasta el 18 de junio de 2017

El jurado que le concedió en 2015 el Premio Nacional de Fotografía destacó la manera que tenía Juan Manuel Castro Prieto de “explorar las huellas latentes de la memoria”. Huellas que en su obra permiten hacerse cargo de aquello que se resiste a desaparecer, incluso de diluirse en un todo homogéneo carente de singularidad. Huellas que él rastrea en busca de lo que constituye la esencia del ser humano, ajena a la identidad uniforme. Por eso la fotografía de Castro Prieto, hurgando en esa memoria, refleja lo más propio al tiempo que conecta con las raíces que nos atraviesan a todos.

“La memoria es un eje fundamental de todo mi trabajo”, dice. Y extiende esa característica al trabajo mismo del fotógrafo que, según él, consiste en “salvaguardar la vida, recogerla y registrarla en imágenes que queden para las futuras generaciones”. De ahí el “compromiso con la sociedad y consigo mismo” que a su juicio tiene el artista que trabaja con fotografías. Un total de 30, reunidas en la sala de exposiciones del Octubre Centre de Cultura Contemporània (OCCC) de Valencia, se fija en cierta Etiopía ancestral que Castro Prieto muestra en el marco del PhotOn Festival.

Juan Manuel Castro Prieto junto a algunas de sus fotografías de la exposición Etiopía. Imagen cortesía del OCCC.

Juan Manuel Castro Prieto junto a algunas de sus fotografías de la exposición Etiopía. Imagen cortesía del OCCC.

En el texto que acompaña la exposición, precisamente titulada Etiopía y cuya producción corre a cargo de DKV Seguros, señala el artista: “[Trato de] buscar lo que queda de la memoria ancestral del ser humano y ver en qué modo esa forma de vida ancestral se está contaminando con la cultura occidental”. ¿Contaminando? “Es evidente. No sólo en Etiopía, sino en la India y muchos otros países, la cultura occidental se solapa sobre la tradicional, de manera que puedes estar en medio de una tribu y ver cómo de pronto alguien saca un móvil, o hallarte en un poblado remoto con su placa solar”.

Castro Prieto se limita a mostrar esas “paradojas vividas acerca de lo que es el progreso”. La huella de lo ancestral resistiéndose a ser borrada; resistencia que el propio artista ejerce con su afinado trabajo testimonial. “Se trata de salvar lo que queda de sus costumbres y registrar los cambios que se producen a causa de los avances técnicos y el progreso”. No tanto una labor antropológica, como social, subraya el fotógrafo.

Vista de la exposición 'Etiopía', de Juan Manuel Castro Prieto. Imagen cortesía de OCCC.

Vista de la exposición ‘Etiopía’, de Juan Manuel Castro Prieto. Imagen cortesía de OCCC.

Etiopía está poblada de rostros, de escenas cotidianas de escaso relieve, de gestos, lugares y, por encima de todo, de un lirismo sobrecogedor. “Toda mi obra tiene un punto onírico; a veces mágico, incluso inquietante”. Bastaría contemplar su Hombre atómico, figura borrosa en medio de un despojado paisaje; Mike con ídolo, en la que tanto uno como otro parecen hechos de la misma materia, o Manos Karo, hombre de piel tatuada evocando la huella ancestral de la que proviene.

Ya sea en color o en blanco y negro, las fotografías de Castro Prieto se hacen eco de esa memoria que funde al cuerpo con su entorno. “El blanco y negro lo utilizo para dar esa sensación de atemporalidad, mientras que el color me transmite una atmósfera”. Y los utiliza indistintamente: “Cada momento tiene una luz y destila un ambiente”. Como lo hacen los diferentes rostros reunidos en el único políptico de la exposición, compuesto de 20 caras: “Es un mosaico de las diferentes etnias que hay en Etiopía; en un corto espacio puede haber hasta 10 ó 15, cada una con sus ritos”.

Castro Prieto distingue entre el desenfoque tan característico igualmente de su trabajo y el movimiento: “Con el primero lo que hago es centrar la atención sobre aquello que aparece por contraposición más nítido, mientras que en el caso del movimiento revelo que allí está pasando algo”. Como sucede con PhotOn, un festival dedicado al fotoperiodismo que, a juicio de Castro Prieto, “realiza una labor extraordinaria”, en medio del páramo actual debido a la desaparición de tantos medios. A pesar de tan esquilmado contexto, “nunca ha habido tantos fotógrafos de reportaje como ahora y tan buenos”. “Tenemos a los mejores en nuestro país”, concluye.

Exposición de Juan Manuel Castro Prieto.

Vista de la exposición de Juan Manuel Castro Prieto. Imagen cortesía del OCCC.

Salva Torres

Motivaciones y desesperanzas de la guerra

Básicos de la Filmoteca
Why we fight I: Prelude to war (Frank Capra) y Let there be light (John Huston)
Filmoteca de CulturArts
Plaza del Ayuntamiento, 17. Valencia
Jueves 25 de febrero, 2016, a las 19.00h

La Filmoteca de CulturArts proyecta el jueves 25 de febrero en la sala Berlanga, los documentales Why We Fight I: Prelude to War (1942) de Frank Capra y Let There Be Light (1945) de John Huston. La sesión se enmarca dentro del ciclo semanal ‘Básicos Filmoteca’, que en esta edición se centra en la historia del cine documental. La presentación de la película y del posterior coloquio corre a cargo del investigador cinematográfico Miguel Tello, miembro del Aula de Cinema de la Universitat de València.

Cartel de 'Why we fight I: Prelude to war', de Frank Capra. Imagen cortesía de la Filmoteca de Valencia.

Cartel de ‘Why we fight I: Prelude to war’, de Frank Capra. Imagen cortesía de la Filmoteca de Valencia.

Why We Fight  es una serie de siete documentales de propaganda encargados por el gobierno de Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial para explicar a los soldados norteamericanos los motivos de su participación en el conflicto bélico. Prelude to War es el primer capítulo de la serie; examina las diferencias entre las democracias y los estados fascistas y relata la conquista japonesa de Manchuria y la conquista italiana de Etiopía. El autor de la mayoría de estos reportajes propagandísticos es Frank Capra, uno de los grandes directores de la era dorada de Hollywood.

Let There Be Light (1945) está dirigida por John Huston, otra figura fundamental de la historia del cine. El documental también fue un encargo del gobierno de los Estados Unidos pero ya finalizada la Segunda Guerra Mundial.

Fotograma de 'Let there be light', de John Huston. Imagen cortesía de la Filmoteca de Valencia.

Fotograma de ‘Let there be light’, de John Huston. Imagen cortesía de la Filmoteca de Valencia.

Rodado en un hospital militar de Nueva York, el documental sigue a un grupo de soldados con traumas de guerra desde el día de su llegada hasta que son dados de alta. Por la crudeza de sus imágenes y su desoladora visión de la guerra y de todas sus víctimas,  Let There Be Light  fue vetado por el ejército norteamericano y no se exhibió en salas comerciales hasta 1980, después de una intensa campaña de protestas.

Las sesiones de ciclo semanal ‘Básicos Filmoteca’ se celebran todos los jueves a partir de las 19.00 horas, son de un marcado carácter didáctico y cuentan con una presentación y un coloquio a cargo de un especialista cinematográfico. La entrada de todas las sesiones es gratuita con la presentación del carnet de estudiante.

Fotograma de 'Why we fight', de Frank Capra. Filmoteca de CulturArts.

Fotograma de ‘Why we fight’, de Frank Capra. Filmoteca de CulturArts.

Isabel Muñoz, a todo color en Centro Niemeyer

‘A todo color’, de Isabel Muñoz
Organizada por diChroma photography
Centro Niemeyer
Avda. del Zinc, s/n. Avilés
Hasta el 16 de noviembre

El Centro Niemeyer de Avilés acoge la exposición de Isabel Muñoz ‘A todo color’, que muestra 30 fotografías a color muy poco conocidas junto a otros ocho platinos en blanco y negro, de piezas más populares. Las imágenes a color, varias de ellas platinotipias, pertenecen a las series Etiopía (2002), Omo River (2005), Amor y Éxtasis (2008) y Mitologías (2012). En ellas la fotógrafa barcelonesa pasa de la fascinación por los cuerpos desnudos de los Omo y los Surma de Etiopía a la exhibición del dolor en las extremas prácticas religiosas de la cofradía Al Qadiriya en Iraq que, por otro lado, despiertan en el espectador ecos de la iconografía religiosa occidental.

Favorecidas por la sensualidad y delicadeza de la impresión de platino en gran ―incluso, muy gran― formato, las fotografías en blanco y negro de Isabel Muñoz resultan inconfundibles. Presentan, de serie en serie y de viaje en viaje, bailes tan diferentes como el tango, el flamenco, el ballet clásico cubano o la danza del vientre, mezclándolos sin problemas con instantáneas de toreros, luchadores turcos, monjes voladores chinos y acrobáticos capoeiristas brasileños. Estas imágenes, en toda su elegancia nada presuntuosa, encuadradas con una precisión tan quirúrgica que son capaces de recrear la idea de movimiento, nos hablan, colocadas unas al lado de otras, de una fascinación por el cuestionamiento del cuerpo erotizado tan intensa como su atención por las vibraciones de la luz. No cabe duda: Isabel Muñoz es una de las fotógrafas en blanco y negro más sabias y sutiles que hay.

Obra de Isabel Muñoz, de su serie Mitologías. Imagen cortesía de Centro Niemeyer de Avilés.

Obra de Isabel Muñoz, de su serie Mitologías. Imagen cortesía de Centro Niemeyer de Avilés.

Pero existe sin embargo, más allá de sus trabajos para revistas, una parte importante y muy poco conocida de la obra de Isabel Muñoz realizada en color. Si aproximamos dos series, que podríamos pensar opuestas, relacionando así dos técnicas de revelado que no tienen aparentemente nada en común, podemos vislumbrar la naturaleza del color en una artista que no cesa de explorar. La serie más espectacular es la que, al precio de mil riesgos y otras tantas trampas burladas, nos introduce en las prácticas de una cofradía religiosa, la de Al Qadiriya, redescubierta en Iraq, donde los adoradores de Alá entran en trance, se evaden de su cuerpo y no sienten dolor alguno cuando se sajan con cuchillas de afeitar que luego engullen, caminan impertérritos sobre montones de vidrio machacado o se perforan impávidos las carnes.

Resulta impresionante, más por los hechos y actos a los cuales nos remite que por el posicionamiento de la fotógrafa, que no se sabe cómo puede seguir, en un ambiente tan delirante, encuadrando con precisión y acercándose a la materialidad de las texturas y de las pieles. Sentimos aquí rápidamente los ecos de la gran pintura clásica, la misma que nos ha sido provista con abundancia desde iglesias y museos y que viene aquí servida en revelados fotográficos clásicos que nutren la profunda intensidad de los tintes y la estridencia de algunas carnaduras incendiadas por la luz. Visualmente, estos «locos de Dios» no son muy diferentes a los mártires y otros santos del catolicismo más exacerbado.

Frente a esto, las hieráticas figuras de los Surma o de los Omo de Etiopía también dialogan con la pintura. Para empezar, porque estos pastores guerreros de las altas mesetas se pasan el día pintándose el cuerpo, inventando paisajes en sus espaldas, transformando sus rostros y manos en escritura, luciendo a veces sencillas y ricas joyas de oro o de conchas, envolviéndose con simples y raídos trapos como si de chales de una gran elegancia se tratara. Pero también porque el tratamiento dado, entre retratos y detalles corporales, afirma una misma intensidad lumínica que permite que los trazos de color surjan suavemente de la fineza del grano de la piel.

El tono mate de las increíbles impresiones de platino en color permite recrear toda suerte de sutilezas materiales y tonales ―dan ganas de tocar―, mitiga el aspecto más decorativo o frívolo y, paradójicamente, intensifica en semitintado el efecto cromático. Entonces, y esto es lo que aproxima a estas dos series en su propia naturaleza, el color se convierte en el protagonista mismo de la fotografía, más allá de las temáticas representadas. Pues nos hallamos, en los dos casos, ante fotografías de color y no sólo ―lo que es atribuible a la pura técnica― ante fotografías en color.

Otra prueba de la unidad en una obra que se presenta a menudo por tramos, series, destinos, es que estos dos conjuntos tan distantes nos reenvían de nuevo a la cuestión del cuerpo y de su representación. Entre la soberbia desnudez de los africanos y el deseo de dolor para alcanzar el éxtasis de los místicos, se da ―como en dos polos que se atraen y se repelen― ese misterio de la forma que toma cuerpo, siempre en busca de una forma de placer.

De momento, el hallado por nuestra mirada es total, nutriéndose de los matices de una paleta que parece ilimitada en sus variaciones, siempre insatisfecha pues busca una totalidad que no sabemos si se halla en el exceso o bien en el absoluto de la tranquilidad reafirmada.

Detalle de una de las obras de Isabel Muñoz. Imagen cortesía de Centro Niemeyer de Avilés.

Detalle de una de las obras de Isabel Muñoz. Imagen cortesía de Centro Niemeyer de Avilés.

Christian Caujolle

Caleidoscopio de pueblos

El Museu Valencià de la Ilustració i la Modernitat (MuVIM) inauguró el pasado jueves “Asia y África, caleidoscopio de pueblos”, la exposición de la fotógrafa de la Diputación de Valencia, Raquel Abulaila.

La colección de fotografías presenta la situación en la que viven los habitantes de muchas tribus de Asia y África. A través de imágenes espontáneas, Indonesia, India y Etiopía se convirtieron durante una década en unos de los muchos países que recorrió Abulaila para captar “a personas anónimas en su cotidianeidad y a sociedades con sus particulares modos de vida en entornos muchas veces precarios”, dice Abulaila.

El objetivo principal de la colección de 66 fotografías es mostrar un claro mensaje de sensibilidad y, sobre todo, “mi visión personal sobre el mundo, las personas, sus sueños, sus historias y su día a día”.

La exposición, que permanecerá en el vestíbulo del museo hasta el próximo 24 de febrero, está dividida en cuatro conceptos claves.

“Los apartados dedicados a la humanidad y la diversidad – aclara Abulaila- abarcan retratos de los habitantes de las tribus, mientras que los de la cotidianeidad y el entorno están destinados a plasmar en las fotografías las actividades del día a día, en las que el entorno juega un papel fundamental y las personas son las protagonistas de cada una de las instantáneas”

La exposición ““Asia y África, caleidoscopio de pueblos” fue presentada al público junto a otra colección de imágenes del fotógrafo José garcía Póveda, “El Flaco”.en la que muestra un reportaje fotográfico de la cultura habanera en el que incluye información documental para describir todo aquello que se refleja en la imagen.

“La Habana del Flaco” nombre que lleva por título la exposición, se encuentra expuesta en la Sala Parpalló del museo, dividida en seis secciones claves de la isla de Cuba. Korda y Ché, la ciudad, la gente que conoció el Flaco, el éxodo, Fidel, la visita de el Papa y el Rey y, finalmente, el Malecón.

Para el Flaco, la exposición tiene como objetivo principal “recopilar durante una década el modo de vida de la Habana sin caer en los clichés que han marcado su historia”.