Sótano de excelsos: Francisco Umbral

Transita por el mapa del olvido una neblina vallisoletana de helechos arborescentes, de genéticas espurias e inviernos sempiternos. Foulard en las faringes y laringes para sortear las pulmonías de los ateneos, gran galpón de la tisis y de los juegos florales venidos, otrora, de provincias.

Acumula polvo eximio por las librerías de lance Francico Alejandro Pérez Martínez, Francisco Umbral para los desconocidos. Cumplido ya un decenio desde su huida cardiorespiratoria en el Montepríncipe, apenas quedan rescoldos de conmemoración activa y escasos lectores de su excesiva y prolífica obra, henchida de sagrados males. Innumerables páginas adheridas al presente pretérito para los ociosos lectores de ficción, necesitados de espuma y distópicas guías de la posmodernidad.

Se recibe Umbral en los alveolos como un salbutamol acerbo que dilata las viejas cañerías de los urinarios, cisterna cacofónica de los grandes Cafés de ventanales madrileños, con vistas de invierno al spleen y plúmbea nicotina en la canícula interior, calimas de pensión, Argüelles lácteo y coctelería de jardín en las afueras nobles y la periferia heterodoxa donde fagocita su crónica la jet.

Francisco Umbral. Makma

Sorteando el artículo -edificio capital de la popularidad, escritura perpetua salpicada de mordaces urgencias, negrillas y pan-, permanece, inhumado, el hiperbólico autorretrato de un ilegítimo, amamantado en los hospicios de Embajadores -artería de manolerías y casticismo- con el calostro de la ignominia y el hedor de los arroyos, bajo las lejanas faldas castellanas de la “tía May” y la caligrafía etérea de Ana María Pérez en los cuadernos de Luis Vives. Sea la deshonra quien alimente al niño de derechas, al joven malvado, al desnortado dandy anatómico con ninfas e impostura, para beber, después, del inagotable caño de la memoria fantasmal, como un socialista sentimental manoseando las secas entrañas, hechas cecina, con el fin de llenar la crónica de lírica y jugar con estilo autodidacta a los aditamentos, en imperecedera búsqueda de la belleza convulsa.

Y ahí radica, ya tuberculosa, la excelsa distinción de la palabra, la amarilla y virtuosa vestimenta con botines blancos de piqué sobre el plomizo overol literario del funcionariado, herido ya de relato audiovisual en la inmediatez de los diccionarios pobres.

Francisco Umbral. Makma

Aún habita en el paríso artificial el sonido de la prosa y otras cosas, la noche del Gijón y el mentolado cuplé de las redacciones en los días felices, el orín enginebrado y Gordon’s que desciende por el lodazal setentón y turbio de las trilogías madrileñas, como un cadáver exquisito y encelado con el vientre convexo de Camilo José.

Amado siglo XX el de un Umbrales abstemio sobre la barras dipsómanas de giocondos y acero inoxidable, entre césares visionarios y señoritas de alcoba que duermen al mediodía los amores diurnos en el edificio España, mientras aquella otra y marital consiente al felino mecanógrafo, retornado al mimbre con palabras de la tribu con las que aliviar su capital del dolor, hecho trizas rosáceas y mortales.

Francisco Umbral. Makma

Jose Ramón Alarcón

 

 

 

 

La almendrada patafísica de Jardiel asoma en el Principal

‘Eloísa está debajo de un almendro’, de Enrique Jardiel Poncela
Dirección: Mariano de Paco Serrano
Versíon y Dramaturgia: Ramón Paso
Teatro Principal
Calle de las Barcas 15, Valencia
Del 25 al 29 de enero de 2017

Determinados títulos de obras teatrales parecen haberse anclado firmemente en el espumoso acervo colectivo de la memoria, especialmente neblinoso para aquellos nacidos al calor de las últimas décadas del siglo pasado. Tal vez se lo debamos a ciertas improntas educativas, radiofónicas y televisivas, cuyo ardor pedagógico ha procurado, en cierto modo, inclasificables resultados.

Uno puede aventurarse a sentenciar que ‘Eloísa está debajo de un almendro’ forma parte ineludible de esa nómina imprecisa y anacrónica de referencias y sonoridades. Por este motivo, celebro, siempre sin objeción, que cualquier productora, director o compañía actoral reporte morfología escénica a uno de esos libretos ya adheridos, subjetivísimamente, al devenir de las referencias y mitomanías.

Sumémosle a este corajudo, licencioso y sentimental exordio un factor elemental, asociado decisivamente a la calima que envuelve a esta y cualquier Eloísa: la rúbrica de Jardiel, ese autor que puebla, enfermo de ácaros, los anaqueles de numerosos mueblebares de formica, enlicorado de guindas y cinzano. Porque tras ‘Eloísa está debajo de un almendro’ mora unos esos tipos imprescindibles en cualquier recapitulación, florilegio o glosario que revisite la nómina de adalides e inconfundibles perlas de una España de otrora, principiante en la centuria del siglo veinte con nuevos aires de sofisticación, barroquismo, patafísica, sátira, delirio o decadentismo literario.

Imagen del elenco actoral durante un instante de 'Eloísa está debajo de un almendro', de Jardiel Poncela. Fotografía cortesía de la productora.

Imagen del elenco actoral durante un instante de ‘Eloísa está debajo de un almendro’, de Jardiel Poncela. Fotografía cortesía de la productora.

Procupar una síntesis argumental de Eloísa se me antoja una tarea onerosa e innecesaria, porque, a la postre, poco importa qué sucesos, anécdotas y confrontaciones de lo consuetudinario se citen en el desarrollo de la obra; acaso lo que prime para uno sea el hecho en sí de barnizarme con la causticidad y el hiperbolismo, con el delirio y la proposición disparatada, e imaginarme en el patio de butacas del Teatro de la Comedia de Madrid mientras pululan sobre las tablas Elvira Noriega, María Asquerino o un tal Fernando Fernán Gómez, o tomándome una copita de ojén y fumando un Ideales de papel de trigo en el ambigú, durante el primer descanso.

Me inquieta de Jardiel su biografía de cafés, como el extinto Pombo de la calle de Carretas -de la elefantiásica mano de Gómez de la Serna y Fernández Flórez-, tomando un sin filtro con leche en el Gijón de Recoletos o haciendo pose y biografía al sol del Universal, mientras transitan por los adoquines los figurines de Alvarito Retana, el monóculo y overol de Antonio de Hoyos y Vinent, el pesimismo naturalista de Alberto Insúa y Felipe Trigo, el permufe de Hollywood de Antonio Lara Tono, el historietismo de Mihura o el novelón filosófico y en círuclos concéntricos de Ortega. Porque Jardiel no acotaba para nosotros, queridos coetáneos, sino para recreo y dicha del imaginario satírico y la consabida búsqueda de epatación de las clases culturales, para ajar los visones y ejercitar las cariadas bocas desdendatas de los que ingestaban almendras, chufas y alcaparras sobre los abatibles contrachapados del gallinero.

Enrique Jardiel Poncela escribe sobre el marmolado de uno de sus habituales Cafés de referencia.

Enrique Jardiel Poncela escribe sobre el marmolado de uno de sus habituales Cafés de referencia.

Me temo que al espector de hoy (trágicamente epatable de nuevo) hay que ofrecerle otras urgencias, guiños técnicos contemporáneos, una duración responsable y comedida, elementos de artificio límpidos como procuran aquí Ramón Paso -bisnieto del ínclito- y Paco Serrano, con su rectángulo lumínico y minimalista y un diseño de vestuario retro-futurista o distópico (permítanme esta licencia tan en boga). Deba refrendarse el atiplado registro actoral, digno y eufónico en su prosodia, destacando Fernando Huesca en el papel del cridado Fermín, la atinada y cómica Clotilde en virtud de Soledad Mallol, el encamado Mario Martín o el corcovado Pedro G. de las Heras.

En definitiva, una versión plausible y ligera que posibilita degustar a Jardiel como si de un frugal aperitivo que llevarse al paladar se tratara. No pretendan deleitarse con el argumento (insisto, poco importa); recréense con la volición primigenia de aquel Enrique Jardiel Poncela.

Imagen del elenco actoral de 'Eloísa está debajo de un almendro', de Jardiel Poncela. Fotografía cortesía de la productora.

Imagen del elenco actoral de ‘Eloísa está debajo de un almendro’, de Jardiel Poncela. Fotografía cortesía de la productora.

Jose Ramón Alarcón

 

Los sobrios retratos de Gabi Alonso en el Malva

Retratos furtivos en el Malva, de Gabriel Alonso
Café Malvarrosa
C / Historiador Diago, 20. Valencia
Hasta el 19 de noviembre

Sin tener la longevidad o el glamour del famoso Café Gijón del paseo de Recoletos de Madrid, lo cierto es que a su manera el Café Malvarrosa ha ejercido en Valencia un papel similar. No han pasado por él, Mata Hari, González-Ruano, Lorca, Sánchez Mejías, Celia Gámez, Jardiel Poncela, Camilo José Cela o Umbral, pero sí lo han hecho personajes tan ilustres como Josep Pla, Joan Fuster o Georges Moustaki, por citar algunos.

Retrato de Víctor Segrelles en 'Retratos furtivos en el Malva', de Gabriel Alonso. Imagen cortesía de Café Malvarrosa

Retrato de Víctor Segrelles en ‘Retratos furtivos en el Malva’, de Gabriel Alonso. Imagen cortesía de Café Malvarrosa

Desde que abriera sus puertas en 1978, y vuelto a abrir en 2010, tras diez años cerrado o en barbecho, el Café Malvarrosa no ha dejado de acoger exposiciones, encuentros literarios y acaloradas tertulias por las que han ido pasando algunos de los artistas y personajes más emblemáticos de la ciudad. Allí, acodados en la larga barra del café que aún atesora su antigua caja registradora, se congregan a diario asiduos penitentes de la sociedad y la cultura valenciana, que siguen encontrando en el Café Malvarrosa un lugar donde apaciguar su sed literal y literaria bañada en copiosas charlas.

Retrato de Guillermo Peyró Roggen para 'Retratos furtivos en el Malva', de Gabriel Alonso. Imagen cortesía de Café Malvarrosa.

Retrato de Guillermo Peyró Roggen para ‘Retratos furtivos en el Malva’, de Gabriel Alonso. Imagen cortesía de Café Malvarrosa.

Uno de esos asiduos es Gabi Alonso, que con su bloc y su lápiz no ha dejado de tomar notas y dibujar a otros artistas y personajes que, como él, aterrizan por el café tras una jornada agotadora atravesando el desierto cultural de una ciudad que se enciende por abajo, una vez constatado el frío que llega de arriba. Y con ese bloc y ese lápiz, Gabi Alonso ha ido realizando una serie de retratos de algunos de esos personajes que ahora el Café Malvarrosa expone en sus paredes. Retratos en acuarela que, como el propio artista dice, le han salido “más sobrios que de costumbre”. A él, “pintor más ebrio que sobrio”, que siempre va con su libreta “haciendo apuntes” de lo que le rodea.

Retrato de Wences Ventura para la exposición 'Retratos furtivos en el Malva', de Gabriel Alonso. Imagen cortesía de Café Malvarrosa.

Retrato de Wences Ventura para la exposición ‘Retratos furtivos en el Malva’, de Gabriel Alonso. Imagen cortesía de Café Malvarrosa.

Artistas plásticos, poetas, novelistas, dibujantes, actores y periodistas han sido objeto de su mirada entre ingenua, perpleja, irónica y mordaz, hasta completar ese conjunto de retratos, cuya colección puede adquirirse comprando la caja de reproducciones de las acuarelas seleccionadas en una tirada de 50 ejemplares. Y como el sueño de Gabi Alonso es que la vida surja de sus manos “con la misma fluidez que la captan mis ojos”, los retratados aparecen como figuras que fluyen entre una gama de vaporosos colores, adoptando posturas y gestos que el artista se limita a reproducir como cazados al vuelo.

Retrato de Jaime Giménez de Haro para 'Retratos furtivos en el Malva', de Gabriel Alonso. Imagen cortesía de Café Malvarrosa.

Retrato de Jaime Giménez de Haro para ‘Retratos furtivos en el Malva’, de Gabriel Alonso. Imagen cortesía de Café Malvarrosa.

Reconoce que algunos de esos retratos parten de fotografías que Toni Moll y Víctor Segrelles, maestros de ceremonias del Café Malvarrosa, le han proporcionado. También Susana Benet ha contribuido con sus imágenes. Algo que no es habitual en su proceder. “Trabajar con fotos no es exactamente lo mío, pues la imagen revelada se interpone como un elemento ‘objetivo’ entre el asombro de los ojos y la espontaneidad de las manos”. De manera que la ebriedad, fruto de esa mezcla de asombro y espontaneidad, ha dejado paso a esos retratos “más sobrios” agrupados bajo el título de Retratos furtivos en el Malva. Apostado tras su bloc, ya sea in situ o detrás del burladero de las fotografías, Gabi Alonso ha logrado hacerse con parte de la fauna que prolifera por el Café Malvarrosa. El resto de la fauna ya espera su próxima entrega de retratos ebrios.

Retrato de Toni Moll para 'Retratos furtivos en el Malva', de Gabriel Alonso. Imagen cortesía de Café Malvarrosa.

Retrato de Toni Moll para ‘Retratos furtivos en el Malva’, de Gabriel Alonso. Imagen cortesía de Café Malvarrosa.

Salva Torres