«La vejez es un retorno de la adolescencia»

Un árbol caído, de Rafael Reig
Tusquets Editores

Año 1979. Tres parejas de amigos que comparten una “vida ajardinada” en una urbanización cercana a Madrid comentan el regreso de un amigo común que lleva un tiempo en Estados Unidos. Todos formaron parte de la lucha antifranquista, aunque llevan una vida anodina de burgueses acomodados. Así arranca ‘Un árbol caído’ (Tusquets), la última novela de Rafael Reig, un escritor comprometido con la realidad que afronta con lucidez y valentía en una decena de novelas.

Johnny, hijo bastardo de uno de los protagonistas, es el narrador que les sigue la pista hasta 2003. A través de este muestrario social, Reig pone en la picota a una generación que renunció a sus ideales para disfrutar el éxito y el bienestar económico, acomodados  en el  conformismo. Un arquitecto, un economista, un escritor de éxito y sus respectivas esposas son los personajes de un guiñol de carne y hueso del que sólo se salva Lou, una entrañable ama de casa con síndrome de Down.

A lo largo de la novela se desarrolla una partida de ajedrez, el único juego en el que la suerte no cuenta. El tema de la droga planea en el trasfondo de la historia. “No puedo decir que el Estado indujera el tráfico y consumo porque le convenía: no tengo datos”, dice Reig. “Pero está claro que la aparición de la droga fue muy oportuna, que durmió un descontento social”.

Detalle de la portada de la novela 'Un árbol caído', de Rafael Reig. Tusquets Editores.

Detalle de la portada de la novela ‘Un árbol caído’, de Rafael Reig. Tusquets Editores.

‘Todo está perdonado’, ‘Lo que no está escrito’ y ahora ‘Un árbol caído’. Los títulos de sus últimas novelas comparten un tono sentencioso de refranero español. ¿Es pura casualidad o intencionado?

Es por hacerme el contemporáneo. Decía Borges que el único género literario inventado por el siglo XX fue el título. Así es, antes o lo ponía el editor o se ponía cualquier cosa, el nombre del protagonista, el del sitio en que pasaba, Pepita Jiménez o La mina, daba lo mismo; si salía un clavo, se titulaba El clavo y en paz. Hubiera preferido eso, pero me dejé seducir por los títulos rimbombantes, retumbantes y recordables. Por otra parte, hay que tener en cuenta que el título dirige la forma de leer la novela, enfoca la atención hacia ciertos aspectos.

En la época que describe usted era un niño, ¿cómo ha construido los personajes adultos de la novela?

Bueno, como la mayoría de los niños, y más en aquella época de familias numerosas, tenía a mano padres y amigos de mis padres, tíos y primos mayores, un suministro constante de adultos jóvenes que para mí eran todo un espectáculo y a los que miraba, igual que el narrador de la novela, como si fueran héroes homéricos. Con la edad uno se da cuenta de que eran tan cantamañanas y tan para poco como nosotros mismos, y a la vez igual de conmovedores; de esa evocación melancólica me vino el impulso de escribir esto.

¿Hay algo suyo en el joven narrador? ¿Piensa como él que la vejez es una segunda adolescencia desfigurada?

Hay mucho de mí mismo y, según creo, de mucha gente de mi edad: la misma sensación de ser siempre tan solo personajes secundarios en nuestras propias vidas, para decirlo a la manera de Dickens. Y sí, creo que la vejez, para decirlo ahora a la manera de Marx, es un retorno de la adolescencia, ya no como tragedia, sino como farsa, aunque la verdadera tragedia es, por supuesto, envejecer y morir.

Portada de la novela 'Un árbol caído', de Rafael Reig. Tusquets Editores.

Portada de la novela ‘Un árbol caído’, de Rafael Reig. Tusquets Editores.

¿Por qué las ilusiones y expectativas de cambio de aquellos años se desvanecieron tan pronto en el llamado desencanto?

A mí que me registren. Habría que preguntarlo a Felipe González, o a Javier Solana, a quien vi dando gritos de “¡OTAN no, bases fuera!”. Hubo una sensación de malversación de fondos: todo ese capital de entusiasmo invertido en la izquierda se desvió para pagar cosas como el GAL y otra parte se les pegó a las uñas. Así no es extraño el desencanto.

¿Por qué trata cruelmente a sus personajes, especialmente a las mujeres? 

Las novelas hablan de generalidades, aunque haya casos individuales que las contradigan. No todos los burgueses del XIX eran como Juanito Santa Cruz, pero Juanito está en la novela de Galdós en representación de la estéril burguesía decimonónica. No creo que haya crueldad, sino más bien un esfuerzo por comprenderlos, y sobre todo a las mujeres.

El ajedrez como metáfora de que no podemos engañarnos con excusas que justifiquen nuestros fracasos. Pero en el Madrid de los setenta, ¿no hubiera sido más apropiado el parchís, la oca o las damas? 

En esos juegos interviene más el azar, hay quien tira el dado y sale el número que más le conviene. Lo que me interesaba del ajedrez es que impide echarle la culpa al azar o al empedrado. Las damas me aburren, el ajedrez tiene mucho más espesor y más semejanza con la vida, porque cada pieza tiene distinto valor (que además cambia en cada posición; hay momentos en que lo más valioso es un peón) y cada pieza se mueve de distinta forma. La vida, como el ajedrez, es en teoría calculable, pero en la práctica inasequible a nuestra capacidad de cálculo. Me pareció el ajedrez un vehículo perfecto para expresar cómo vivimos.

¿Qué opina de las jóvenes generaciones y de sus relación con sus ‘viejos’?

Sé muy poco de la gente joven y lo que sé se limita a una parte bastante pequeña, a cierta clase social y a ciertos medios. En general desconfío mucho del concepto “generación”, que a menudo me parece un invento para no tener que hablar de clases sociales. A mí, que soy profesor y además doy con frecuencia charlas en Institutos, me parece que los jóvenes sorprenden a cualquiera que, en lugar de darles consejos o contarles batallitas, sea capaz de callarse y escucharles. Escuchar y poner atención es una experiencia enriquecedora, no sólo con los jóvenes.

Hace un par de años se convirtió en librero. ¿Cuesta más vender los libros propios que los ajenos?

Por ahí se andará el esfuerzo. Los libros se imprimen de mil en mil, pero se venden de uno en uno, cada vez con más dificultad. La librería me gusta, es un empleo agradable, siempre que uno tenga paciencia y facilidad de trato. Digan lo que digan, el libro sigue teniendo un atractivo invencible.

Rafael Reig. Imagen cortesía del autor.

Rafael Reig. Imagen cortesía de Tusquets Editores.

Bel Carrasco

“En este país se ocultan cosas tremendas”

Las tres bodas de Manolita, de Almudena Grandes
Editorial Tusquets

Cientos de historias, seis novelas y un proyecto monumental. Son los Episodios de una Guerra Interminable, historia de la dictadura franquista, entre 1939 y 1964, contada desde el punto de vista de quienes lucharon contra ella, de quienes dijeron que no y consideraron que la guerra no acabaría hasta la llegada de la democracia. Es el proyecto en el que está comprometida Almudena Grandes (Madrid, 1960) desde hace más de siete años, un largo camino del que ya ha culminado la mitad del trayecto. La pasada semana presentó en Valencia Las tres bodas de Manolita, tercera entrega de la serie tras Inés y la alegría y El lector de Julio Verne.

Ambientada en Madrid de la posguerra, se trata de una emotiva historia coral sobre los años de pobreza y desolación y traza un tapiz de vidas y destinos, de personajes reales e imaginados. Una novela sobre la red de solidaridad que se teje para proteger a una joven con coraje, desde los artistas de un tablao flamenco, hasta las mujeres de la cola en la cárcel, o los antiguos amigos del colegio.

Almudena Grandes, con su última novela 'Las tres bodas de Manolita', de Tusquets Editores. Imagen cortesía de la autora.

Almudena Grandes, con su última novela ‘Las tres bodas de Manolita’, de Tusquets Editores. Fotografía: Susana Alfonso.

¿Por qué precisamente seis libros?

Cuando terminé de escribir Corazón helado empecé a leer historias sobre la guerra civil y acabé enganchada como un niño a los video juegos. Por un tiempo viví en otra época, inmersa en el pasado, sorprendida por la cantidad de historias que había por contar y lo poco que sabemos de ellas en este país. Historias maravillosas y terribles que parecían venir en mi busca. En un principio no trataba de documentarme sino únicamente de comprender lo que había pasado. Pero con el tiempo vi el conjunto en perspectiva y supe que necesitaba seis novelas para contar todo lo que quería contar.

Con todavía tres títulos por delante, ¿no se desanima a veces o flaquea su ánimo? 

No, porque se trata de novelas muy distintas. En ésta no trato de la resistencia armada sino de la dura supervivencia de la gente de Madrid en la posguerra. Pequeños personajes entrelazados entre los que destacan las colas de mujeres que, como Manolita, acuden a las cárceles, algunas destrozadas y otras dispuestas a sobrevivir. De momento pretendo llevar esta serie hasta el final porque tengo la sensación que es una novela integrada por seis.

Además de retratar una época usted brinda un explícito homenaje a Galdós y a sus Episodios Nacionales.

Así es. En un principio iba a bautizarla Nuevos Episodios Nacionales, pero pensando en las connotaciones de la palabra nacional que todavía colean, cambié de opinión y opté por interminable. En todo caso se trata de adaptar y adoptar el patrón de Galdós. Utilizar un marco histórico para que interactúen en él personajes tanto históricos como imaginarios. Max Aub hizo algo parecido en El laberinto mágico.

Portada de la última novela de Almudena Grandes.

Portada de la última novela de Almudena Grandes.

Con 29 años usted saltó a la fama con Las edades de Lulú, un relato erótico que ganó el premio La Sonrisa Vertical, llevado al cine por Bigas Luna. ¿Qué opina del fenómeno Cincuenta sombras de Grey?

Que es una operación de marketing muy bien montada. Hasta los años setenta la literatura erótica fue un género para hombres escrito por hombres. A partir de esa década algunas mujeres invadimos ese terreno con un objetivo ideológico y comprometido, el de reafirmar el derecho de la mujer a su propio cuerpo y placer. A finales de los noventa el sexo explícito ocupa su lugar natural en las historias de ficción y a unos señores avispados se les ocurrió que siendo la mujer mayoría lectora podrían combinar la novela romántica de toda la vida y escenas más o menos picantes. El éxito estaba asegurado.

¿Qué diría a quienes opinan que el tema de la guerra civil está ya agotado?

Que están totalmente equivocados. Los españoles vivimos sobre una auténtica mina de oro de historias maravillosas de héroes y villanos y en cuanto a la guerra civil, mucha gente piensa que ya lo sabe todo, pero lo cierto es que cada vez que publico un libro  se asombran de lo que cuento y dicen, ‘Vaya, yo no sabía nada de esto’. Y es que en España se pueden ocultar las cosas más tremendas, como por ejemplo la invasión del Valle de Arán que describo en Inés y la alegría.

En el próximo libro de la serie, Los pacientes del doctor García, Grandes abordará la guerra invisible entre espías a mediados de los cuarenta en Madrid y Buenos Aires. La madre de Frankenstein,  situado en pleno nacional catolicismo, se desarrolla en el manicomio de Ciempozuelos en los años cincuenta. Por último,  Mariano en el Bidasoa retrata a los topos de larga duración y el fenómeno de la emigración interior en dos escenarios: Badajoz y Guipúzcoa.

Almudena Grandes, junto al cartel de la portada de su último libro. Imagen cortesía de la autora.

Almudena Grandes, junto al cartel de la portada de su último libro. Fotografía: Susana Alfonso.

Bel Carrasco