Cervera: »Cuando esto pase, todo será muy diferente»

Claudio, mira, de Alfons Cervera
Editorial Piel de Zapa

Las pequeñas historias construyen la historia con mayúsculas. Es la filosofía que impregna la obra de Alfons Cervera, un caudaloso escritor que, a lo largo de tres décadas ha erigido un monumento literario a la memoria de la dictadura. Con un marcado carácter autobiográfico ha convertido a su familia, a su pueblo y sus gentes, maquis incluidos en material literario indeleble.

Tras contar la muerte de su madre en Esas vidas y los silencios de su padre en Otro mundo,  cierra un círculo con Claudio, mira (Piel de Zapa) novela centrada en la figura de su hermano. En la portada, la imagen de dos niños de mirada seria, tal vez algo triste, que comparten un caballito de feria. A través de su relación con Claudio, Cervera agita esa caja de Pandora que es la memoria con sus cornucopias y sus truenos. Porque el tiempo no lo cura todo, pero el relato del pasado ayuda a cicatrizar las heridas.

Portada del libro ‘Claudio, mira’, de Alfons Cervera.

A diferencia del aire beligerante y algo tremendista de sus anteriores obras, y también de muchos de sus artículo, Claudio mira mantiene un tono más cálido, íntimo y poético. Una operación que sufrió su hermano fue el arranque del relato.  »Mi hermano es una persona frágil», dice Cervera.»Lo operaron de cataratas, de los dos ojos a la vez y con anestesia general. Cuando despertó y la enfermera le levantó los apósitos, se me ocurrió decirle: ‘Claudio, mira’. Lo pensé, pero no se lo dije. Cuando llegamos a casa, abrí el ordenador y escribí eso mismo. Era el titulo de la novela. La relación con mi hermano es la que se mantiene con una persona que necesita un poco de ayuda. Y ahí ando, en esa necesaria cercanía que resulta de verdad enriquecedora, a pesar de las dificultades que conlleva».

El cine y la fotografía, antiguas fotos familiares guardadas en cajas de zapatos, son constantes a lo largo del relato evocador.  »El cine formaba parte de nuestra infancia. La memoria, en las casas de mi familia, se transmite casi siempre a través de las fotografías. Por lo demás, lo que nos junta es esa memoria que compartimos mi hermano y yo desde que éramos niños y empezamos a trabajar todas las noches en el horno de la familia. Hay ahí, en todo ese tiempo, mucha memoria que compartir».

Aunque Cervera es hijo de la España rural que ahora se llama vaciada, detesta ese concepto de moda. »Me parece aberrante, es como no decir nada. La política de las falsas oportunidades -y no sólo la del franquismo- se llevó el alma de los pueblos. Y ahora esa misma política habla y habla pero no tiene ni idea de lo que habla. Desde un despacho en la ciudad, lo que se ve a lo lejos es un rebaño de cabras cuando esas cabras hace muchísimos años que no existen». 

Detalle de la portada del libro.

En la Serranía valenciana, en Gestalgar, que Cervera ha inmortalizado como Los Yesares,  sobrelleva la crisis del covid-19. »Cuando esto pase, seguramente casi todo va a ser muy diferente a como era hasta ahora. Otra cosa es si la sociedad va a cambiar a mejor o todo lo contrario. A mí me gustaria que fuera lo primero. Ojalá que sí». 

Y recuerda a aquellos ‘topos’ de posguerra que vivieron años enclaustrados y podrían dar lecciones sobre cómo resistir el confinamiento. »Cada situación es distinta, eso está claro. La derrota republicana encerró en sus casas y en sus miedos a quienes la sufrieron. Y aún había un encierro mayor: el de los escondidos en sus propias casas para vivir en esa clandestinidad doble que era su vida detrás de una pared o en el hueco abierto en los suelos de la casa».

Cervera reconoce la satisfacción que le produce haber dado una proyección universal a su mundo particular y sus raíces a través de la escritura y la memoria. »Es un gozo enorme. La posibilidad de escarbar en mis raíces, de descubrir en cada una de las memorias individuales lo que todas juntas (y no siempre en armonía) conforman como la memoria colectiva de una comunidad. Una comunidad, por otra parte, muy pequeña, que es a la vez de unas dimensiones infinitas», concluye.

Alfons Cervera. Foto: Sergio Gómez.

Bel Carrasco

“La mejor forma de narrar la realidad es con la ficción»

‘Nunca fuimos héroes’, de Fernando Benzo
Editorial Planeta
Novela negra / Thriller
España, 2020

El País Vasco vivó largo tiempo en un estado de excepción. Una sociedad dividida, enfrentada, cercada por la violencia de uno y otro signo. Una violencia que traspasaba su ámbito natural para estallar en cualquier lugar de España dejando una estela de sangre y desolación. El ingente caudal de sufrimiento que generó el conflicto vasco estuvo vedado a la recreación literaria por la proximidad de las víctimas y la profundidad del daño sufrido. El extraordinario éxito de la novela ‘Patria’, de Fernando Aramburu, marcó un hito. Era posible un relato integrador que superase maniqueísmos y  abismos ideológicos. El pasado ya no era un campo sembrado de minas, sino un sendero tortuoso que había que desbrozar. Y a eso se han dedicado estos últimos años diversos autores, tanto desde el ensayo como desde la ficción. 

La rutina diaria de la lucha policial contra la banda terrorista en clave de thriller es el tema de ‘Nunca fuimos héroes’ (Editorial Planeta), de Fernando Benzo (Madrid, 1965). Un relato que combina la amenidad y la hondura psicológica de los personajes con un profundo conocimiento de la historia real.

Imagen de la portada de ‘Nunca fuimos héroes’, de Fernando Benzo.

Gabo es un comisario retirado que tuvo un papel importante en la lucha contra ETA en el País Vasco durante los años de plomo. Su vida de jubilado da un giro cuando su antiguo jefe le comunica que Harri, un miembro de la banda que estuvo muchos años refugiado en países de Latinoamérica, acaba de regresar a Madrid con sospechosas intenciones. En compañía de una inspectora de Estupefacientes, Gabo emprende el seguimiento de quien fue su peor antagonista, mientras rememora los años que vivió en primera línea de fuego. 

Fernando Benzo es director de Madrid Destino y autor de media docena de novelas. Con anterioridad ocupó cargos en distintos Ministerios y fue director de la Fundación de Víctimas del Terrorismo. Conoce de primera mano los avatares de la lucha contra ETA y ese conocimiento aporta fuerza y verismo a su historia. Describe con detalle las tácticas policiacas para localizar y cazar a los etarras, «porque lo importante es pillar a los malos». Su rutina diaria, a base de tediosas jornadas de seguimiento conviviendo en pisos con sus compañeros y procurando pasar desapercibidos, en cierta manera de forma simétrica a sus presas. Y cómo algunos acababan obsesionados por sus objetivos hasta convertirse en su fijación personal. Como le ocurre a Gabo con Harri.

«He cocinado un libro con ingredientes reales y ficticios», dice Benzo. «Una vez escrito, el resultado final ya no permite diferenciar unos y otros, ya han pasado a formar un todo. Este libro es una novela, pero con sabor a realidad. Lo importante para mí era que, cuando se termine de leer, uno tenga la sensación no solo de haberse entretenido, sino, también, de haber conocido cómo era la vida cotidiana de aquellos policías».

Portada de la novela ‘Nunca fuimos héroes’, de Fernando Benzo. Editorial Planeta.

El lector no conoce el apellido de Gabo, pero sí que nunca ha disparado su arma, que es adicto a los Ducados y que se enamoró de una compañera infiltrada en la banda. Hijo de un policía de la antigua escuela, sentimientos de lealtad y culpa marcan su existencia.  

«Todos los personajes llevan incorporadas vivencias, experiencias, sentimientos y recuerdos de quienes vivieron todo aquello», señala Benzo. «He tratado de crear personajes complejos, que no se queden encajonados ni en tópicos ni en arquetipos. En cierto modo, quería que cada uno de esos policías tuviera la personalidad y la fuerza suficiente como para poder haber sido los protagonistas. Y era tambien importante construir personajes interesantes en el bando contrario, en el de los malos. Todos ellos son muy diferentes entre sí y creo que enriquecen la trama policiaca. He buscado que la novela fuese un retrato coral, un retrato no ya solo de los dos personajes esenciales, sino también de todo el abanico de personajes que les rodean».

A través de Xavi, uno de los compañeros de Gabo que se involucra en la guerra sucia la novela aborda esta oscura faceta de la historia. «La guerra sucia no debe empañar la labor de tantas generaciones de miembros de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad que se dejaron la piel protegiéndonos a todos de la amenaza terrorista. No fue algo generalizado sino un grave error estratégico, además de una actuación fuera de la ley, en la que estuvieron implicados algunos. Es un asunto que no podía quedar fuera de una novela como ésta, pero lo que hay que recordar es la valentía y capacidad de sacrificio de tantos policías y guardias civiles que vivieron cosas que dan no ya para inspirar una novela sino muchas».

Benzo opina que se debe consolidar el recuerdo y la memoria del horror del terrorismo etarra desde la ficción y el ensayo. «A veces, paradójicamente, la mejor forma de narrar la realidad es a través de la ficción. Ahí está el ejemplo de ‘Patria’, que retrata con maestría cómo se vivió todo ello en el Pais Vasco. Tenemos que superar prejuicios, tabúes y pudores creativos y que la ficción entre de lleno en estas cuestiones, como ha entrado en otras etapas de nuestra historia», concluye Benzo.

Fernando Benzo. Imagen cortesía del autor.

Bel Carrasco

«El blanco y negro tiene su propia latitud»

‘Bai Wen’, de Pep Aparisi
Fotolibrería Railowsky
Grabador Esteve, 34. Valencia
Hasta el 11 de abril de 2020

Inmediatez. Acumulación. Redundancia. Quienes practican la fotografía como una de las bellas artes huyen como de la peste de estos tres demonios que se han adueñado de las imágenes en virtud de lo digital. Para exorcizarlos practican distintos métodos y estrategias transformadoras. Los efectos artísticos que logra con sus manipulaciones Pep Aparisi (Alicante, 1953) se pueden apreciar en la exposición Bai Wen, en Galería Railowsky hasta el 11 de abril. También sus dos libros con el mismo título, alusión a los sellos de autor de los calígrafos japoneses, un guiño que se puede interpretar también como los vaivenes de la vida. Fruto de dos años de trabajo, la muestra incluye medio centenar de fotografías de pequeño formato (25 x 20 centímetros) para llevar en la mano o en el bolsillo. También un par más grandes y cuatro collages de 60 x 50 cm.

El tamaño reducido y la naturaleza como temática caracterizan esta fase en la trayectoria de un artista que se interesa por la proximidad de sus modelos y la complejidad del proceso que sigue para tratar sus fotografías a base de chorros de tinta y otras intervenciones que producen el efecto de envejecerlas al tiempo que las dignifican.

Fotografía de Pep Aparisi. Imagen cortesía de Railowsky.

Aparisi usa la fotografía para capturar representaciones que evocan recuerdos. Experimenta con diferentes superficies de impresión, tiñe, desgarra las diferentes técnicas y las combina para mostrarnos que cada impresión es parte de una realidad más extensa. Sus fotografías ensalzan la belleza de árboles, pájaros y otros objetos aparentemente insignificantes que cobran protagonismo bajo un aire de antigüedad y anonimato. El objetivo es que el espectador no solo pueda verlos y observarlos, sino también pensar y reflexionar sobre ellos.

Aparisi se inició en la fotografía a los 16 años, con la cámara Voigtländer que tomó prestada del puesto de trabajo de su padre, con la que inmortalizaba escenas familiares. «Fotografías en blanco y negro reveladas en un laboratorio comercial. Desde muy joven me ha atraído la fotografía, era un placer ver las pocas exposiciones que se hacían en aquella época. Me compré la primera cámara con objetivo de 50 mm. y poco después una ampliadora de blanco y negro». 

Con el equipo en casa empezó a participar en concursos ganando algunos premios, «aunque pronto me di cuenta que esto no me llevaba a  ninguna parte». Inició su colección de libros de fotografía, mientras seguía visitando con pasión exposiciones de otros artistas. El año 2006, se lanzó a la fotografía digital, una vez tuvo claro la calidad de los papeles y tintas de impresión, pues considera que, «únicamente se puede denominar fotografía lo que está sobre papel». En 2009 fundó Fotoespaigandía y actualmente trabaja en varios proyectos abiertos, a largo plazo  alrededor del concepto Proximidades y siempre en blanco y negro, «que para mí tiene su propia latitud, un espacio único en el cual me puedo mover».

Obra de Pep Aparisi. Imagen cortesía de Railowsky.

Kafka, Kerouac y Camus son sus referentes literarios desde el instituto y sus maestros en fotografía: Frank, Evans, Sudek, Sanders, Adams, Plossu, Garcia-Alix entre otros. Le inspira la música de Bob Dylan, se niega a desplazarse grandes distancias y se mueve entre Gandía y Terrateig.

«Pep Aparisi se sirve de la fotografía para capturar representaciones que evocan recuerdos, y experimenta con diferentes superficies de impresión», escribe Rafa Gomar con quién el fotógrafo colaboró en un libro sobre la playa de L’Ahuir. «Combina las diferentes técnicas para mostrarnos que cada impresión es parte de una realidad más extensa. Los temas que nos propone incluyen naturaleza, objetos, animales, paisajes terrestres o marinos y animan a los espectadores a rescatar sus propios y recuerdos y emociones ante simples y sugerentes recuadros individuales.

Estas fotografías que caben en la palma de la mano e en el bolsillo de la chaqueta son, principalmente, objetos que podemos tocar y manipular. A Pep le gusta la idea de que sus imágenes den la impresión de ser fotografías anónimas encontradas en un mercadillo o en una tienda de antigüedades .Que tengan el encanto y el misterio que fusiona el pasado y el presente, la realidad y la memoria», añade Gomar.

Obra de Pep Aparisi. Imagen cortesía de Railowsky.

Bel Carrasco

Objetivo mujer

‘Mujer. Dona Mujer’
La Llotgeta
Plaza del Mercado, 4. Valencia
Hasta el 28 de marzo de 2020

La figura femenina es la gran protagonista de la historia del arte. Desde las venus prehistóricas, amuletos de fertilidad, a las opulentas Gracias de Rubens. A lo largo de los siglos los artistas pintaron, dibujaron, esculpieron y tallaron imágenes de mujeres que cumplían el papel pasivo de musas o modelos, de mero vehículo para mostrar su talento. Los tiempos han cambiado. Y mientras se reivindica la memoria de mujeres creadoras del pasado ninguneadas por la historia, músicas y pintoras sobre todo, ellas han tomado las riendas en todas las disciplinas artísticas.

Un signo más de este cambio es la exposición fotográfica Mujer. Dona Mujer que la Fundación Caja Mediterráneo y la Fundación Railowsky presentan en La Llotgeta hasta el 28 de marzo. Son casi un centenar de fotografías de 16 miembros de la asociación Escritores de Luces de la Universidad de Alicante (ELUA), un proyecto que se inició en junio del pasado año, cuando los socios eligieron el tema de la mujer en todos sus ámbitos. Tras meses de reflexión se creó un comité para ayudar, valorar y proponer formas y formatos que permitieran a los fotógrafos exponer sus proyectos. Por último se seleccionaron los de 16 fotógrafos cuyas obras van acompañadas de un foto libro.

Fotografía de Vytaute Olekaite. Imagen cortesía de La Llotgeta.

El resultado es un mosaico que plasma múltiples facetas del alma femenina en un registro muy amplio. Tanto con un lenguaje realista como poético o metafórico. Tres fotógrafas forman parte del conjunto. Entre ellas la veterana Mª Carmen Sacristán con una serie que describe el proceso de lectura de poesía en el que ella es protagonista, pues ha dedicado parte de sus 80 años de vida a difundirla por los pueblos con sus recitales. Vytaute Olekaite, un lituana que trabaja en un organismo europeo ubicado en Alicante, asombra por la singularidad de su mirada. Y la pintora Rosa Montes imprime a sus obras un tratamiento pictórico que les da un aire misterioso y expresionista.

Javier Sierra, presidente de ELUA desde hace más de una década, rinde homenaje a la poeta Alfonsina Storni, también conocida como Tao Lao, que se suicidó en la Perla del Mar de Plata, el 18 de octubre de 1937. «Es una idea que concebí hace 30 años al conocer la figura y obra de esta mujer extraordinaria de trágica vida», dice Serra. «Con la ayuda de mi sobrina que estudia Bellas Artes en Valencia pude montar las imágenes de su muerte en el mar».

Obra de Rosa Montes. Imagen cortesía de La Llotgeta.

Sierra nació en el pueblo gaditano de Alcalá de los Gazules y empezó a usar la cámara para fotografiar a sus siete hermanos cuando jugaban a disfrazarse con las indumentarias carnavalescas que guardaban en un baúl de su casa. Trabajó un tiempo como decorador y después hizo oposiciones al Ministerio de Trabajo y fue destinado a Dénia, luego a Altea y, posteriormente a Alicante. Su amor a la fotografía le impulsó a dar clases en la Universidad de Alicante  y a presidir ELUA, que cuenta con medio centenar de socios de muy diverso perfil. Todavía conserva su accento gaditano, aunque habla perfectamente en valenciano.

Francisco Fernández Ginés plasma la invisibilidad a la que ha sido sometida la mujer con una serie de diminutos retratos enmarcados en fondo blanco. Por su parte el italiano Paolo Mascagni refleja el empoderamiento femenino en distintos oficios, desde militares y bomberos a empresarias del calzado o biólogas en una piscifactoría. Fernando Fernández de Córdoba expresa distintas formas de  maltrato utilizando muñecos articulados con cabezas de Barbies. Gabriel Díaz ofrece una potente vision de mujeres machacadas por los males de la vida desde el cáncer a la locura. Y José Antonio Ramírez Yéboles reivindica la liberación de las modelos del mundo de la moda. En el margen más amable, bellas imágenes de la maternidad, lactancia y la relación de las madres con sus hijos se proyectan en los trabajos de Pep Durá y Clemente Ruiz. Francisco Pérez Fortes refleja la dimensión de la mujer como consumidora a través de imágenes de maniquíes, y Carmelo Mora capta distintas especies de mujer urbana.

Fotografía de Javier Serrano. Imagen cortesía de La Llotgeta.

Blanco y Negro

Escritores de Luces de la Universidad de Alicante, una asociación abierta a amantes del arte de la fotografía como forma de expresión y comunicación social, fomenta desde el año 2003 el arte fotográfico en blanco y negro. Su último proyecto trata sobre el tema de la Identidad y se verá próximamente en Valencia.

Todos los años presenta el Otoño Fotográfico, que ya ha celebrado su décima edición, en el casco antiguo de Alicante, con el Patrocinio del Patronato Municipal de la Vivienda y del Edificio El Claustro, un evento en el que participan 300 fotógrafos. Durante el mes de junio organiza el seminario Infotógrafos en el que se dan cita las primeras figuras del mundo de la fotografía.

Fotografía de Gabriel Díaz Martínez-Falero. Imagen cortesía de La Llotgeta.

Bel Carrasco

Atlas literario de Salva Alemany

‘Una mirada perdida’, de Salva Alemany
Género: Novela urbana
Editorial Amarante
Año: 2019

Hay escritores que viajan por el tiempo y espacio sin salir de su estudio. Otros, ambientan sus historias en lugares  próximos y familiares que conocen a fondo. Y hay también quienes, seducidos por lo distinto y lejano, desarrollan las suyas en países situados a muchos kilómetros de su hogar.

Es el caso de Salva Alemany (Valencia, 1968), un  apasionado de la música y los viajes, cuya trayectoria literaria refleja sus  periplos por otros países. Suiza, Irlanda, Latinoamérica y también Valencia son escenarios de sus títulos. Su próxima novela ocurre en Estados Unidos y  ofrece una novedad, una banda sonora especialmente compuesta para la historia que cuenta.

Lector empedernido desde la infancia, Alemany empezó a escribir ya en la madurez espoleado por una apuesta. «Discutía con un amigo sobre la dificultad de escribir una novela, él decía que es algo difícil y yo discrepaba», recuerda. «Apostamos, y gané», recuerda. Fruto de esa victoria fue ‘La suerte no existe’, un thriller que se desarrolla en Valencia, Suiza y otros lugares, finalista del II Premio de Creación Literaria Bubok. «Fabular me divierte mucho, y por eso sigo en ello», afirma. «Lo hago con facilidad, aunque a veces me cuesta encontrar el título adecuado. Además, la literatura me permite contar lo que voy viendo en mis viajes  y todo lo que he aprendido en ellos».

Portada del libro ‘Alacrán’, de Salva Alemany.

Alemany viajó con una oenegé por Marruecos y también como voluntario cuatro meses por Latinoamérica, y ha recorrido parte de Asia, Indonesia. De su inmersión americana surgió ‘Alacrán’, una narco tragedia que ahonda en la paternidad, «uno de los vínculos más poderosos que existen», a través de la figura de Santos, mecánico de motos y sicario ocasional del poderoso Don Dimas. Una novela de amor en un entorno violento que se enmarca en los paisajes de Alburquerque, la frontera con México y Costa Rica. «La frontera entre Estados Unidos y México es un lugar asombroso», comenta. «A muy poca distancia encuentras Ciudad Juárez, con un elevadísimo índice de criminalidad, y El Paso, la urbe más segura de América. México es un país maravilloso carcomido por la corrupción y la violencia. Y lo más triste es que sus habitantes se han acostumbrado».

De sus estancias estivales en Irlanda cuando era niño también cosechó material novelable, ‘Éire’, finalista del Premio La Trama de Ediciones B. Se centra en un polémico caso real, el Informe Fens, una serie de abusos en una diócesis irlandesa. Los fragmentos del diario juvenil del protagonista, que reflejan el despertar de la adolescencia en una sociedad distinta, se intercalan con la investigación del asesinato de varios niños.

Portada de ‘Una mirada perdida’, de Salva Alemany.

En ‘Una mirada perdida’, su último título se mantiene fiel al thriller, pero da un giro a la comedia, «un género que en España está infravalorado».  Casimiro sueña con ser detective y se dispone a despedir a Conchín, su señora de limpieza, pero ella le convence de que la convierta en su ayudante. Tiene una buena razón, porque Casimiro es ciego. Por ello recurren a un perro guía que responde al nombre de Señorita Pérez. En equipo con un guardia civil y un excéntrico vidente se lanzan a investigar el secuestro de un niño chino, hijo de la dependiente de un todo a cien. 

Alemany estudió Derecho pero derivó hacia la música. Creó un estudio de grabación y un sello discográfico. Además de viajar, le gustan las motos y deportes como el submarinismo y la escalada. Actualmente, trabaja en Acció Cultural del Ayuntamiento de València en temas de artes escénicas y bibliotecas, y creó el primer  Club de lectura de novela negra. Sus libros han sido editados por Amarante, un sello de Salamanca.

Salva Alemany. Imagen cortesía del autor.

Bel Carrasco

169 Mujeres de Carmen Grau

‘No sólo mujeres’, de Carmen Grau
Sala de Exposiciones de La Rambleta
Bulevar Sur esquina calle Pío IX, s/n. Valencia
Hasta el 8 de marzo 2020

La artista valenciana Carmen Grau inauguró el pasado 18 de enero en la Sala de Exposiciones de la Rambleta, ‘No solo mujeres’, una muestra plural que puede considerarse antología de su extensa obra y también la primera en la que aborda de forma explícita uno de los temas que han marcado su trayectoria, la mujer y su voz silenciada. En coherencia con el contenido se podrá visitar hasta una fecha significativa, el 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer Trabajadora. 

El elemento central es el políptico Mujeres compuesto por 169 piezas de 22 por 22 centímetros dedicada cada una de ellas a una mujer real o imaginaria. Desde las 13 Rosas a actrices y escritoras famosas o personajes literarios imaginados por hombres como La Maga de Cortázar. De ahí el título, ‘No sólo mujeres’. «Empecé esta serie en 1998 con Maruja Torres y Rosa Montero, dos periodistas y escritoras que en ese momento estaban de plena actualidad y me inspiraban mucho», recuerda Grau. «He seguido tantos años con ella porque me apetecía. Hay personas que visibilizas enseguida y no me costaba mucho tiempo reflejar».

Obra de Carmen Grau por cortesía de Rambleta.

Cada pieza hace visible plásticamente una visión acerca de la mujer y, en su conjunto plasman la evolución estética de Grau a lo largo de ese amplio periodo. La muestra se completa con la caja de abanicos de La Dama de los abanicos, y  una serie de pequeñas esculturas que simbolizan aspectos referentes a la posición de la mujer ante la sociedad.

Muy satisfecha con la exposición, Grau analiza con contundencia cuestiones como la actualidad, la liberación de la mujer o el arte. «Lo veo todo muy mal. Como escribió Borges, los hombres son «preciosos y patéticos», capaces de lo más sublime y la peor bestialidad, y la bestialidad continúa. El mundo es muy grande y terrorífico, y ocurren cosas tremendas por debajo del espectro visible. Tenemos los mismos sentimientos y reacciones que el hombre primitivo y cuando nos creemos agredidos sacamos el sable de samurai».

Grau deplora la explotación de los animales, desde hace 30 años no come carne, y siempre ha tenido perros y gatos a los que adora. En cuanto a la situación de la mujer reconoce que «algo ha mejorado», pero «a la que te descuidas, te hacen esclava». «Mientras no se tomen medidas desde arriba, no se consolidarán las conquistas del feminismo porque pese al esfuerzo de algunos y los avances surgen otras remesas que dan pasos atrás». El panorama artístico actual le parece desalentador. «Hay un menosprecio hacia la pintura y la escultura, y el arte se concibe sobre todo como espectáculo», afirma.

Obra de Carmen Grau en Rambleta.

Paseante del Rastro

Hija de José Grau, decano de los ilustradores valencianos, casada con Mariano Maestro, también artista y profesor de Bellas Artes y madre de la pintora Carolina Maestro y el músico Julio Maestro, Grau ha vivido entre lápices, lienzos y pinceles desde la tierna infancia cuando su padre le permitía acceder a su taller. También es una fiel seguidora del principio que le inculcó uno de sus maestros, Víctor Gimeno: «El arte es todos los días».  De taller en taller, de la calle Orihuela a La Eliana, incluidas sus estancias en Alicante y Lugo, no ha dejado nunca de crear.

«Mi material preferido es la tabla y soy sobria con los colores, porque si das protagonismo al trabajo con la materia la pintura es secundaria», comenta. «En cuanto colores, mi preferido es el azul ultramar». 

En 1986 empezó a dar clases en la Facultad de Bellas Artes y, aunque guarda buenos recuerdos de sus alumnos, no tan buenos del ambiente académico, esa faceta docente sólo fue para ella un complemento, un modus vivendi, que la alejaba de su territorio natural, el taller.

Obra de Carmen Grau en Rambleta.

El compromiso político y espíritu crítico expresados a través de la ironía y el juego con materiales son sus señas de identidad. Fue pionera en el uso de materiales de desecho, habitual paseante del Rastro, donde encontró más de una vez inspiración para sus relatos pictóricos. Como un viejo futbolín desvencijado cuyos jugadores muñecos todavía conserva.

Doctora en Bellas Artes y catedrática de Pintura por la Universidad Politécnica de Valencia, ha participado en más de 150 exposiciones colectivas y treinta individuales. Con las colectivas su obra se ha expuesto en Ulan Bator, Helsinkin, Marrakesh o Nueva York. Es una de las pocas firmas femeninas de la colección Martínez Guerricabeitia y una de sus esculturas se integra en el jardín de la Universidad Politécnica.

Obra de Carmen Grau por cortesía de Rambleta.

Bel Carrasco

Los jueves de Flumen

València a Escena
Teatro Flumen
C / Gregorio Gea, 15. Valencia
De enero a abril de 2020

Una versión postapocalíptica de ‘Divinas palabras’, una tierna historia de amor y humor, un alegato feminista, una visión de la relación paternofilial y una comedia caricaturesca en homenaje a Los Luthiers y Monty Python. Es el variado menú de la primera edición de València a Escena, un ciclo organizado por el Teatro Flumen dedicado en exclusiva a las compañías valencianas cuyo objetivo es impulsar, apoyar y dar espacio al talento más cercano. El ciclo se extiende de enero a abril, con funciones todos los jueves, a las 20.30 horas.

La idea es incluir diferentes propuestas y lenguajes escénicos  -danza, circo y teatro-, y tanto a compañías veteranas como emergentes. El programa de esta primera edición está compuesto por cinco obras elegidas por su calidad y la pluralidad de temáticas y géneros que abarcan con la intención de alcanzar distintos públicos. Consciente de la dificultad que tienen los artistas locales para mostrar su trabajo, Jose Saiz, director artístico del Teatro Flumen,  pretende apoyarlos mediante este ciclo que les da acceso al  recién remodelado local de Gregorio Gea. Después de cada función tendrá lugar un encuentro con el público.

Divinas palabras. Imagen cortesía de Teatro Flumen.

València a Escena se inició con ‘Divinas Palabras’ de Arrel Teatre, que se presentó el 16 de enero y estuvo también los dos jueves siguientes hasta el 30 de enero. A partir de una de las obras cumbres de Ramón del Valle Inclán, cuya temática sigue de plena actualidad, se ofrece una visión  contemporánea e innovadora. El montaje plasma una sociedad con valores morales en decadencia, un pueblo ignorante y manipulado por la clase política, y un mundo gobernado por la codicia, lo grotesco y la barbarie.

En su versión parten de la danza Butoh, conocida como de la oscuridad,  que se origina en el Japón de posguerra, entre cuerpos mutilados y una sociedad completamente desvastada y desesperanzada tras el horror de Hirosima y Nagasaki. Se trata de un abanico de técnicas de danza creadas, en 1950, por Kazuo Ōno y Tatsumi Hijikata  que reflexionan sobre la cultura nipona posterior al desastre nuclear. Se caracteriza  por el uso de movimientos erráticos y grotescos, en muchos casos repetitivos. Los temas suelen versar sobre la identidad, la ansiedad, el caos, críticas a la sociedad, la construcción del género o  la orientación sexual.

La línea estética de estas ‘Divinas palabras’ refleja la esencia de lo conocido como postapocalíptico, territorio dominado por la suciedad, lo roto, lo estrafalario, el cuero, los remaches…Ingredientes de una sociedad en decadencia cuyos miembros intentan redimirse.

Al Anochecer. Imagen cortesía de Teatro Flumen.

Seguirá ‘Al Anochecer’, de Al Anochecer Producciones, 6 y 13 de febrero, una pieza de dos personajes: Él y Ella. Dos seres exiliados del mundo que anhelan y temen por igual amar y ser amados. Una obra íntima, de pocas palabras y muchos silencios, de desencuentros absurdos y pasiones enterradas entre la basura. Una tierna historia de amor y de humor.

‘Segarem Ortigues amb els Tacons’ de Teatro del Contrahecho, que se presenta en valenciano el 20 y el 27 de febrero y en castellano el 5 de marzo, es un texto atrevido y transgresor protagonizado por cuatro mujeres que se enfrentan a una dura realidad. El machismo, el movimiento feminista y la prostitución son abordados en este montaje.

La pieza siguiente es ‘Sobra el Griego’ de Stres de Quatre, que podrá verse el 26 de marzo, una comedia caricaturesca en la que se brinda homenaje a Les Luthiers, El Tricicle, Monty Python o Leo Masliah entre otros. Stres de Quatre pone la guinda al ciclo València a Escena, el 2 de abril, con ‘Las Heridas del Viento’. David tiene la sensación de no conocer a su padre y tras su muerte encuentra unas cartas que le revelan una sorprendente información. Decide ir más allá y averiguar de una vez por todas qué clase de hombre era su padre.

Segarem ortigues amb els tacons. Imagen cortesía de Teatro Flumen.

Arte a martillazos

Under Destruction, de Ovidi Benet
Vbospagna
C / Cirilo Amorós, 48. Valencia
Hasta el 11 de marzo de 2020

Construir y destruir. Levantar muros para luego derribarlos. Erigir civilizaciones e imperios que con el tiempo se derrumban, se desvanecen. La actividad humana pivota entre ambos extremos, opuestos y también complementarios. La acción destructiva suele ser traumática, dañina y trágica. Pero en ocasiones es también una forma radical de abrir puertas a lo nuevo, al futuro. Alumbrar nuevas visiones.

Este concepto positivo y revolucionario del acto de aniquilar se plasma en una singular instalación, Under Destruction, que se puede visitar en Vbospagna (Cirilo Amorós, 48) hasta las próximas Fallas. Concretamente, hasta el 11 de marzo. Se trata de un proyecto conjunto del artista millennial alicantino Ovidi Benet, la firma italiana de iluminación Vbospagna y el estudio creativo valenciano CuldeSac.  Una performance integrada en el ciclo 4 stagioni de la firma de iluminación que ofrece a artistas y diseñadores la posibilidad de crear su propia instalación, con la luz como protagonista y abierta a la participación ciudadana.

Under Destruction, de Ovidi Benet. Imagen cortesía del autor.

La idea se materializa en un espacio blanco y diáfano de forma rectangular de 30 metros cuadrados, cuyas paredes están recubiertas de planchas de pladur. Una colección de pequeños martillos dorados presentados como joyas más que como armas o herramientas se ofrecen al visitante.  Con ellos se golpean las paredes para abrir pequeños o grandes boquetes  por los que brotan las luces que hay en el interior. 

«La idea surgió en CuldeSac junto con Pepe Garcia, co-fundador de CuldeSac y director creativo de CuldeSac Custom, así como con el equipo de viabizzuno y yo como parte del equipo creativo de CuldeSac y director de Observatory», dice Benet. «Una perfecta sinergia para generar una instalación que hable de las tres marcas implicadas en el proyecto, y a la vez una forma de expresar la frustación ante el arte de la generación de millennial a la que pertenezco», dice Ovidi Benet. Nacido en Dénia hace 29 años, Benet estudió en la escuela ARTE10, en el Instituto Europeo de Madrid (IED) y profundizó en el diseño experimental en el Domaine de Boisbuchet en Lessac (Francia). Actualmente, forma parte del equipo de CuldeSac como experto en materiales y conceptualización de los proyectos.

«Me gusta combinar el arte y elementos del diseño de interiores como la iluminación con un sentido estratégico», afirma, «creando sinergias». Esta performance incluye «un componente de arte callejero al involucrar al público en la obra a base de hacer agujeros que espontáneamente adoptan figuras como falos o estrellas. Me satisface lanzar una propuesta, destrucción sin límites, y llevar a la gente a mi terreno».

Under Destruction, de Ovidi Benet. Imagen cortesía del autor.

De vez en cuando algún trastornado burla las estrictas medidas de seguridad de un museo y atenta contra una escultura o un lienzo. En el caso de Under Destruccions el simbólico acto vandálico, romper paredes a martillazos reivindica un mensaje completamente distinto. A lo largo de seis meses Benet y sus colaboradores concibieron un espacio construido y esculpido a partir de su propia destrucción. «Los asistentes son quienes, a golpe de martillo,  se convierten en voluntarios artífices de la revelación de la luz que esconden las ruinas y la decadencia».

Esta insólita obra de arte experimental se plantea pues como «una alegoría de la sociedad actual, en la que las nuevas generaciones de pensadores y creadores ven en la destrucción el fin de un ciclo para avanza hacia un futuro que ya está aquí y que exige compensar los efectos del periodo anterior en una unión imprescindible de la ética y la estética de manera transparente, consecuente y horizontal».

Desde el núcleo del proyecto hasta la concepción de la propuesta definitiva, se siguió un proceso para averiguar cómo conseguir que el espectador juegue con la luz y que, a través de la interactuación, desempeñe un papel vital dentro de la instalación. Tres líneas de perfil 13×8 dan la bienvenida a los visitantes marcando los ejes que definen el espacio. A medida que la construcción va destruyéndose, da lugar a un juego de luces y sombras que los productos de Vbospagna han potenciado mediante la implementación de innovadora tecnología. Gracias a ella la iluminación evoluciona cambiando sus colores e intensidad. 

Benet comenzo su trayectoria artística, en 2018 con esculturas que combinan la estética con la funcionalidad. En el corazón del Cabanyal creó su propio estudio, Observatory, donde experimenta con distintos materiales, sobre todo plásticos, texturas, aluminios y fuentes de luz. «La luz es especialmente interesante por ser un ente mágico, intocable, que se percibe de distinta forma. Con juegos de luces puedes conseguir efectos y generar reacciones inesperadas en la gente», concluye Benet.

Under Destruction, de Ovidi Benet. Imagen cortesía del autor.

Bel Carrasco

«Todos somos varias personas a la vez»

‘Estudio en negro’, de José Carlos Somoza
Editorial Espasa. 2019

José Carlos Somoza es Anne McCarey, una cuarentona poco agraciada que, tras la muerte de su madre se gana la vida en el Londres de 1882 cuidando de ancianos adinerados, mientras mantiene una relación sentimental con un marinero que le da mala vida. McCarey es la narradora y protagonista de ‘Estudio en negro’ (Espasa), la última novela de un autor avezado en estremecer y sorprender con relatos fantásticos que desbordan los límites de la imaginación.

En esta ocasión Somoza ahonda en los orígenes de Sherlock Holmes y para ello aparenta dar un giro en su trayectoria  plasmando un delicioso retrato de la Inglaterra victoriana. Pero es sólo apariencia, pues no tarda en sumergir al lector en oscuras trastiendas donde se libran terribles pugnas entre el placer y la muerte.

Portada del libro ‘Estudio en negro’, de José Carlos Somoza.

Al quedar huérfana, McCarey  acepta un puesto de enfermera en la localidad portuaria de Portsmouth, en Clarendon House, una residencia privada para caballeros de alta cuna. Allí le asignan el cuidado del señor X con quien entabla una relación peculiar que evoluciona desde el recelo mutuo a la complicidad. Dueño de una gran cabeza, enclenque de cuerpo y con un ojo de cada color, el señor X pertenece a una distinguida familia y ha pasado la vida ingresado en distintas residencias debido a su caracter singular.  La aparición de un apuesto doctor que se presenta como Arthur Conan Doyle y la muerte de varios mendigos, un niño y otros habitantes de la localidad en extrañas circunstancias desencadena una investigación por parte señor X, con la ayuda de sus ‘chicos de la calle’, Arthur y Anne.

«A los trece o catorce años mi padre me regaló un libro de Conan Doyle y me dijo: «Léelo»», recuerda Somoza. «Holmes es un personaje muy querido al que he seguido a través de las películas y series que ha inspirado. Quería escribir sobre él pero de forma absolutamente libre por ello cree al Señor X, que en vez de médico es paciente y, a diferencia de Holmes no busca aplausos ni reconocimiento sino descifrar los misterios que le atraen. Es una mente inquisitiva y con más matices psicológicos, con un toque de Freud».

Somoza empezó a escribir guiado por la voz de Anne McCarey. «Fue el pistoletazo de salida que me puso en marcha y que se desarrolló con una gran naturalidad, como si fuera una persona que ya estaba en mí y que se manifestaba a medida que la construía. Estoy muy satisfecho porque varias escritoras me han dicho que es una voz femenina muy auténtica. Todos somos varias personas a la vez y los escritores debemos saber oírlas y expresarlas».

El teatro, otra gran pasión de Somoza, es el telón de fondo. Pero no el oficial que se anuncia en los diarios para un público bienpensante, sino el secreto y prohibido, los llamados escandalosos o clandestinos con una puesta en escena picante o explícitamente erótica. Diversas modalidades del teatro de variedades que nació en París, en 1790, y se extendió con gran éxito por Europa, desde el burlesque, el vodevil a la revista o cabaret. A ellos añade Somoza otros de su propia cosecha como los niños de arena que representan falsas luchas totalmente desnudos o los One Day Only, llamados así porque la actriz que los protagoniza ya no podía actuar de nuevo. «Quería expresar el contraste que se daba en la sociedad victoriana entre un puritanismo rígido y la necesidad de desahogarse», dice Somoza.

José Carlos Somoza junto a la periodista Bel Carrasco. Imagen cortesía del autor.

El arte dramático le fascina, incluso escribió una farsa cómica que enfrenta a Cervante y Shakespeare, en su opinión, el mejor escritor del mundo. «Me gusta bajar a los grandes personajes del pedestal», afirma, «y el drama me interesa sobre todo en el aspecto conceptual porque nos lleva a preguntarnos quién somos y a expresar nuestros deseos más ocultos. Además, tiene una gran influencia como demuestra la fascinación de hoy día por las pantallas».

Somoza es escritor diurno y confiesa una manía. «Soy incapaz de escribir si no tengo cerca una goma de borrar de esas grandes y blandas como un amuleto que me sirviera para borrar los fallos». De su extensa obra destaca ‘Clara o la penumbra’, «no porque sea mejor que las otras, sino porque marca un punto de inflexión», aclara. «Antes hacía una especie de metaliteratura pero con ‘Clara.. me decidí a contar historias de verdad mintiendo todo lo que hiciera falta».

‘Estudio en negro’ es un cuidada edición que incluye facsímiles de programas y anuncios de teatro imaginarios, y márgenes de las páginas aque simulan el desgaste del tiempo. Quienes caigan rendidos a su encanto y atractivo, que serán muchos, están de enhorabuena, porque es sólo la primera entrega de una trilogía holmesiana en la que Somoza dedica estos años de plenitud.

José Carlos Somoza. Imagen cortesía del autor.

Bel Carrasco

“Mis personajes tratan de sobrevivir”

‘Metralla’, de Jesús Zomeño
Alud Editorial
España. 2019

Las balas silban en torno a los personajes que pueblan estas páginas. Pero el lector no oye el ruido de la guerra, sino los gemidos de sus tripas, los suspiros de sus almas. La mayoría son viejos conocidos que regresan al papel, junto a otros inéditos que se suman al cosmos de Jesús Zomeño. ‘Metralla’ (Alud Editorial) es un nuevo planeta en el sistema literario que orbita la Primera Guerra Mundial creado por este autor. Con cuatro libros de relatos inspirados en ella, Zomeño ha publicado también varios poemarios, la novela ‘El cielo de Kaunas’ y trabaja en varias historias a la vez. Ganó el Premio de la Crítica Valenciana con ‘De este pan y de esta guerra’.

¿La publicación de ‘Metralla’ señala una nueva fase en su trayectoria? 

Toda antología implica hacer balance del pasado y, a veces, cerrar una etapa. Sin embargo, en mi caso, he intentado añadir relatos inéditos como ejemplo de que el proyecto continúa. Los textos y la temática no se estancan, siguen paralelos a un proceso de maduración personal, afectiva y racional, pues ellos reflejan mi estado de ánimo, impulsos y reflexiones, lo cual, por otra parte, es común en todos los escritores. En mi caso he decidido permanecer en ese contexto de la Primera Guerra Mundial para situar a mis personajes en ella e intentar explicar la actualidad, por eso el último relato de la antología es un inédito titulado ‘Elemental, querido Ubú’ donde reflexiono acerca del irracionalismo (origen de la postverdad), porque Holmes se enfrenta con su mente racional al irracionalismo que él supone es obra de Moriarty.

Portada de ‘Metralla’, de Jesús Zomeño.

¿Cómo eligió los relatos que la integran? 

He publicado cuatro libros del tema y reuní los preferidos del editor, Julio Moya, con los que a mí más me gustaban. Luego me puse a corregirlos –o actualizarlos- y me di cuenta que algunos de mis mejores relatos, como ‘Supervivientes’ o ‘Piedras negras’, los veía incompletos pero era incapaz de mejorarlos y los deseché para esta recopilación. Quizá haya otra antología alguna vez.

Por sus libros desfilan gran cantidad de personajes la mayoría con nombres extranjeros. ¿Constan todos registrados por igual en su memoria o tiene ‘hijos’ preferidos? 

Escribo porque disfruto cuando lo hago, eso implica que los relatos contienen multitud de secretos porque es como si en cada historia escondiera un tesoro y el texto fuera el plano del tesoro, sin referencias. Normalmente los nombres obedecen a algo, por eso, por ejemplo, los personajes de ‘Hablemos de la belleza’ tienen el nombre de soldados británicos enterrados juntos en un cementerio de Bélgica. 

‘Metralla’, de Jesús Zomeño. Ilustración de Miracoloso.

A veces da la impresión que no siente ninguna simpatía por ellos, como si no le importara lo que puedan hacer.

Me importan mucho. Todos los personajes son optimistas, no hay angustia en ellos, porque tratan de sobrevivir. Sobreviven, eso sí, en el plano psicológico. Todos desarrollan mecanismos de defensa ante la realidad, se adaptan a lo que viven y sobreviven. El mensaje final es optimista, no hay desesperación. El ser humano desarrolla sus mecanismos de defensa y mentalmente se adapta a cualquier cosa, es como si el cerebro fuese una rata capaz de devorarlo todo. Como ha dicho el escritor iraquí Ahmed Saadawi: “En las guerras, la felicidad puede más que la realidad”

El lenguaje poético y depurado contrasta con el horror que cuenta. ¿Es ese contraste lo que alienta y estimula su creatividad? 

El ser humano depura la realidad y la trivializa o la embellece cuando es necesario. En Una ciudad en la India el protagonista, según dispara y mata, va creando un paralelismo entre los alemanes que atacan y los hermosos recuerdos de una ciudad en la India, a donde piensa ir cuando todo acabe. No lo hace para burlarse de los enemigos que mata, sino para olvidarse de lo que está haciendo. Si asumiera con consciencia plena lo que ocurre, se volvería loco.

No son relatos propiamente bélicos pero sí de situaciones límite que muestran lo mejor y peor de cada individuo. Sin embargo, se mantiene fiel a la Primera Gran Guerra. ¿Por qué esa fijación? 

La Primera Guerra Mundial me atrae en un primer momento como impulso estético, por sus elementos de alambradas, máscaras antigás y trincheras; pero luego descubro que es el escenario perfecto para reflexionar sobre el ser humano. No hay mucho movimiento en esa guerra, es una muerte estancada, donde las posiciones se mantienen durante años, y por eso se ejercitó más el cerebro que los músculos. La trinchera evoca el mito de la caverna de Platon o el de la tribu de los inmortales de Borges.

Jesús Zomeño. Foto de Pepe Olivares por cortesía del autor.

Bel Carrasco