“El graffiti es como una picadura de mosquito”

Eduardo Salvador, ‘Shot’
Artista plástico

Reconoce haber sido un “graffitero salvaje”. Uno de esos artistas callejeros que deja su marca en muros y paredes y se va. “Es como una picadura de mosquito”, dice. Pura “acción-reacción”. Entonces, Eduardo Salvador, que utiliza el nombre de Shot para esos disparos artísticos, entendía que una forma de contrarrestar el “bombardeo de las marcas” era igualmente bombardeando la calle de graffitis. Y a ello se ha dedicado desde muy temprano. “En 1994 éramos cuatro gatos”. A veces escaldados por la intervención policial, que ahora observa “más relajada”.

Obra de Eduardo Salvador en la Calle Alta del barrio del Carmen de Valencia. Imagen cortesía del autor.

Obra de Eduardo Salvador en la Calle Alta del barrio del Carmen de Valencia. Imagen cortesía del autor.

Pero pasado el tiempo, Eduardo Salvador, que continúa explorando las potencialidades del graffiti, contempla esa picadura de mosquito con ojos más sosegados. “Yo ahora lo veo más serio”. De hecho, el graffiti se puede decir que es una prolongación natural de su trabajo en pintura. “Al trabajar con la geometría tecnifico más y preparo la obra más concienzudamente”. Por eso, más que graffiti Eduardo Salvador prefiere hablar de “intervenciones murales”. La última, finalizada recientemente, se puede ver en Mislata, en cuyo festival de arte urbano “Mislatas Representan’ participó Shot.

Obra de Eduardo Salvador en la Avenida del Oeste de Valencia. Imagen cortesía del autor.

Obra de Eduardo Salvador en la Avenida del Oeste de Valencia. Imagen cortesía del autor.

Plaza de Viriato, Patraix, Festival Poliniza de la Universitat Politécnica, Escuelas Pías del barrio chino de Valencia, Instituto Francés: he ahí algunas de esas intervenciones murales ya desarrolladas. Las todavía presentes se pueden hallar en Guillem de Castro, Calle Alta del barrio del Carmen, Avenida del Oeste o el ya mencionado de Mislata. Sus trabajos geométricos, que viene depurando desde sus inicios con pulcritud obsesiva, hacen de sus graffitis obras cada vez más alejadas de la provocación que caracteriza al arte urbano. “Hasta que no lo dejo como un cuadro no paro”, dice Shot.

Obra de Eduardo Salvador en Guillem de Castro de Valencia. Imagen cortesía del autor.

Obra de Eduardo Salvador en Guillem de Castro de Valencia. Imagen cortesía del autor.

Esa geometría “es muy neutra”, subraya, de ahí que sean murales “nada ofensivos, sino que incluso agradan”. Luego insiste en ello: “La geometría no es transgresora”. Sus graffitis no buscan el impacto, sino “el trabajo bien hecho”. Eduardo Salvador tiene claro que “no todo el arte puede ser transgresor, si lo fuera iríamos al caos porque nadie cuidaría la escultura o la pintura, y yo no estoy en ésas”. Él se puede pasar dos días para realizar una intervención mural. “Hubo una época en que sí lo hacía de golpe, pero ahora lo hago con más tranquilidad”.

Graffiti de Eduardo Salvador en el Festival Mislatas Representan. Imagen cortesía del autor.

Graffiti de Eduardo Salvador en el Festival Mislatas Representan. Imagen cortesía del autor.

Shot, paradójicamente, es puro nervio, un artista fibroso que cuando acomete una obra se vuelve fino cirujano de líneas, contornos, perfiles y colores. “En 2001 ó 2002 hubo un boom del graffiti”, de manera que lo que antes era perseguido (“nos buscaban como a perros”) se convirtió de pronto en un arte que “molaba”. Y tampoco era eso: “Nunca quisimos que se fuera de madre”. Y se fue, ¡vaya si se fue! A Banksy, el más famoso grafittero, le han comprado recientemente la actriz Gwyneth Paltrow y su marido Chris Martin una obra por medio millón de euros. “Sí, hay muchos que se han subido a ese tren; pura fachada”.

Obra de Eduardo Salvador en el Festival Poliniza de la Universidad Politécnica de Valencia. Imagen cortesía del autor.

Obra de Eduardo Salvador en el Festival Poliniza de la Universidad Politécnica de Valencia. Imagen cortesía del autor.

Aún así, recuerda que a Banksy le han tachado hace poco algunos de sus trabajos. Eduardo Salvador prefiere mantenerse al margen de todo eso y pisar fuerte por el lado más concienzudo de la geometría cada vez mejor hecha. Shot seguirá pues disparando graffitis (ya prepara el siguiente), pero como dispara el arquero zen su arco: tensando el muro de líneas y colores con apasionada tranquilidad. Cuando la flecha está en el arco tiene que partir, que dice un refrán chino adecuado a la intensa labor de Eduardo Salvador.

Eduardo Salvador, en plena intervención mural en el Institut Français de València.

Eduardo Salvador, en plena intervención mural en el Institut Français de València. Imagen cortesía del autor.

Salva Torres

Kessler cierra, Charpa reabre sus puertas

Kessler Battaglia (hasta luego) y Charpa (bienvenida de nuevo)
Dos galerías valencianas de ida y vuelta

Dice un proverbio holandés que no puede impedirse el viento, pero hay que saber construir molinos. A rebufo de ese aire, que tan pronto se lleva las cosas por delante, como provoca cierto renacer en medio de sus remolinos, las galerías Kessler Battaglia (que cierra) y Charpa (que vuelve) ofrecen sendos testimonios del contradictorio azote de la crisis. La primera, porque aún cerrando, tras 12 años de intensa actividad en Pasaje Giner, se muestra abierta a nuevos proyectos y colaboraciones. Y la segunda, porque regresa con bríos renovados, después de viajar por medio mundo y respirar otros aires durante su largo año sabático.

Si ambas hicieran caso al magnate Warren Buffett, hace tiempo que habrían dejado de existir. Decía el prolífico inversor: “En los negocios sólo existen dos reglas. Regla número 1: nunca perder dinero. Regla número 2: nunca olvidar la regla número 1”. Y así debiera ser si las galerías de arte fueran comercios puros y duros. Pero no, resulta que se nutren de una extraña materia, tan pronto disuelta en los avatares del mercado, como resistente a sus vaivenes por confundirse a veces con esa otra materia de que están hechos los sueños…

Una mujer observa la obra de Ursula Kessler con la que cerró su sala Kessler Battaglia. Fotografía: Eva Máñez

Una mujer observa la obra de Ursula Kessler con la que cerró su sala Kessler Battaglia. Fotografía: Eva Máñez

…DE KESSLER BATTAGLIA

“Teníamos el local en alquiler [en Pasaje Giner] y últimamente no se vendía nada”. De manera que Elena Kessler, tras coger hace dos años el testigo de su madre al frente de la galería fundada en 2002, ha decidido cerrar. El propietario del espacio les ha dado “todas las facilidades”. Pero ni aún así. La crisis, cual gigantesco Gargantúa, lo devora todo. ¿Todo? No. “Estoy abierta a nuevas colaboraciones y propuestas”. Incluso no descarta abrir en otro lugar, siempre dentro del barrio del Carmen, “a un precio asequible”. De hecho, asegura tener “propuestas de varias personas”. Pero prefiere tomárselo con calma.

Para culminar la temporada, que con el cierre deja a medio acabar, ha llegado a un acuerdo con María Tinoco, que le cede su espacio de Mr. Pink para que en julio realice una exposición con los artistas previstos en Kessler Battaglia: Nacho Ruiz, Hugo Martínez Tormo, Mau Monleón, Javier Marisco, alguna pieza y performance de Graham Bell y la esquina Incubarte con un artista seleccionado. “La fórmula de colaboración es la mejor para sobrevivir en estos tiempos de crisis”, apunta Elena. Colaboración que se prolonga a la galería Punto, con quien acudió a Art Madrid, compartiendo al artista Dani Tejero.

Una de las obras de Dani Tejero expuesta en Kessler Battaglia. Foto: Eva Máñez.

Una de las obras de Dani Tejero expuesta en Kessler Battaglia. Foto: Eva Máñez.

De ARCO y sus ferias afines, Elena Kessler dice que son necesarias para las galerías, ya que sólo en ellas se puede vender algo. Eso, a pesar del coste que supone ir a ferias y de que las ayudas públicas “suelen llegar con dos años de retraso”. Incluso las compras, que el IVAM asumió en la pasada edición de ARCO, JustMad y ArtMadrid, se ejecutaron hace escasas fechas. Con todo, Elena no desfallece: “A partir del 1 de marzo me llamo Kessler Battaglia daughter (hija)”. Su fórmula colaborativa y abierta a la ciudad de Valencia será, más un aparte, el punto y seguido de una galería que cierra en busca de nuevos horizontes.

Obra de Bingyi en Charpa. Imagen cortesía de la galería Charpa.

Obra de Bingyi en Charpa. Imagen cortesía de la galería Charpa.

…A CHARPA

Todo el mundo la conoce por Charpa. Su verdadero nombre, Mercedes Moreno, sólo sale a relucir “cuando me viene algún recibo del banco”. Fundó su Galería Charpa, a modo de estudio, en Gandía hace ya 35 años. “En 1983 me vine a Valencia”. Primero a la calle Sorní y luego a Tapinería, donde todavía permanece contra viento y marea. El pasado año, en plan frenazo de película muda, decidió cerrar y recorrer medio mundo: Pekín, Londres, Nueva York. De manera que el hastío que le produce Valencia (“da muy poco de sí”), no ha podido con su pasión por el arte, ahora reverdecido tras su largo periplo viajero. “He conocido a una serie de magníficos artistas chinos y americanos”, a los que piensa exponer en Charpa, arrancando así nueva etapa.

Bingyi trabajando en una de sus obras. Imagen cortesía de Galería Charpa.

Bingyi trabajando en una de sus obras. Imagen cortesía de Galería Charpa.

De momento, ahí está la dedicada a Bingyi, de la que habla maravillas, no sólo ella, sino Vicente Todolí que acudió a verla. A Charpa, curtida en mil batallas, le sigue sorprendiendo el “escaso interés” por el arte que existe en Valencia. Y aunque tiene claro que una galería debe vender obras, también subraya que, por encima de todo, “es una forma de entender la vida”. Por eso habla de su galería como si fuera una “capilla”, que le sirve de fortaleza interior frente al adverso ambiente exterior. “Se han cargado el IVAM, que en su día dinamizó la ciudad. Y no lo digo porque esté Consuelo Ciscar, que esto viene de antes, sino por esa utilización del museo para fines personales, y con exposiciones mediocres y sin interés”.

Las galerías de arte, “ahora mismo”, dice que “tienen poco sentido”, frente al avance estrangulador de los museos. También apunta que en pleno auge económico no es que hubiera más coleccionistas, sino que había “compradores” salidos de la construcción. “Ahora ni eso”. Tampoco le seduce ARCO: “No me interesa cómo está montado, con mucha morralla que se hace pasar por bueno; prefiero los Documenta o las bienales”. Eso, y seguir apostando por los artistas que de verdad le conmueven. Allí, en su “capilla” de la galería Charpa, donde las campanas han vuelto a sonar con ritmo asiático.

Obras de Ursula Kessler en el interior de la galería Kessler Battaglia. Fotografía: Eva Máñez.

Obras de Ursula Kessler en el interior de la galería Kessler Battaglia. Fotografía: Eva Máñez.

Salva Torres