“Sólo quiero un poco de tiempo”

Olivia y Eugenio, de Herbert Morote, dirigida por José Carlos Plaza
Intérpretes: Concha Velasco, Hugo Aritmendiz, Rodrigo Raimondi
Teatro Olympia
C / San Vicente Mártir, 44. Valencia
Hasta el 31 de enero de 2016

“Yo quiero ser Concha, Conchita!”. Nada más. Porque, como ella misma dice, “yo no tengo nada que ver con los personajes que interpreto”. Aunque en esta ocasión haga una excepción: “La obra tiene un final esperanzador, por eso la acepté”. Porque, a pesar de los pesares, “apuesta por la vida”. Como Concha Velasco que, en Olivia y Eugenio, dirigida por José Carlos Plaza y presentada en el Teatro Olympia, parece encarnar la demanda de su protagonista: “Sólo quiero un poco de tiempo”. Tiempo que no tienen muchos de los actores ya fallecidos con los que ha trabajado. Y, de nuevo, las excepciones: “José Sacristán y yo, que somos de edad parecida, y Arturo Fernández, un poco más mayor, somos la imagen viva de la cultura de la posguerra”.

Con Olivia y Eugenio, texto escrito por Herbert Morote, la actriz vallisoletana prolonga esa cultura hasta la más rabiosa actualidad. “Se abordan temas importantes, pero para mí el principal sería el de quién es normal en este mundo”. Y se interroga por esa normalidad preguntando a su vez: “¿Lo son los corruptos, los terroristas, los traficantes?” Y todo ello para subrayar la presencia en la obra de Hugo Aritmendiz, actor con Síndrome de Down que acompaña a Concha Velasco durante todo el tiempo de la representación, algo que la actriz considera un hecho inusual.

Concha Velasco y Hugo Aritmendiz en 'Olivia y Eugenio'. Imagen cortesía de Teatro Olympia.

Concha Velasco y Hugo Aritmendiz en ‘Olivia y Eugenio’. Imagen cortesía de Teatro Olympia.

Olivia y Eugenio trata de una mujer poderosa a la que le diagnostican un cáncer terminal. En semejante tesitura, piensa en el suicidio, no sin antes repasar su situación en el marco de esa actualidad plagada de corrupción, inseguridad y violencia. Sólo Eugenio, el hijo con Síndrome de Down, parece al margen de tan cruda realidad. “Ellos son adorables”, señaló Concha Velasco en relación a cuantos padecen esa enfermedad. “No tienen el germen de la maldad”, subrayó mientras cogía de la mano a Hugo Aritmendiz, nervioso ante los medios. Apenas pudo esbozar que trabajaba en una pastelería y que le gustaría seguir como actor.

La influencia de Eugenio en la vida de Olivia, marcada por ese cáncer, será determinante. A alguien se le escapó el final de la obra y Concha Velasco le restó importancia: “Sí, me convence para que no me suicide, pero tampoco pasa nada por saber el final, porque lo importante es todo lo que va sucediendo”. Esa “mujer socialmente poderosa se siente rechazada por tener un hijo con Síndrome de Down”. De ahí que la actriz pusiera de nuevo el acento en la supuesta normalidad del mundo, que desprecia a seres como Eugenio y acepta otra serie de comportamientos asociales.

Escena de 'Olivia y Eugenio'. Fotografía de Javier Naval. Teatro Olympia de Valencia.

Escena de ‘Olivia y Eugenio’. Fotografía de Javier Naval. Teatro Olympia de Valencia.

Con cerca de un centenar de películas a sus espaldas, obras de teatro y series de televisión, Concha Velasco reconoció su “versatilidad” profesional como fruto de su biografía familiar. “Quizás se deba a que soy hija de una maestra y un militar que me educaron en la disciplina”. De ahí que tenga “tiempo para todo”. Eso y que lo suyo “es vocacional”. Contó que siendo niña ya le dijo a su madre aquello tan célebre de “mamá, quiero ser artista”.

También tuvo tiempo para ironizar sobre la presencia del hijo de la diputada de Podemos, Carolina Bescansa, en el Congreso. “Eso de llevar niños al trabajo… Estos camerinos han sido guarderías donde se han criado los niños”. Y puso como ejemplo sus dos hijos, a los que crío mientras iba de gira con espectáculos como Filomena Marturano. Eso sí, tanta versatilidad y tiempo para todo tiene igualmente sus excepciones: “Ahora todo el mundo quiere dirigir. Yo sólo quiero ser actriz”. Tener la suerte de “poder vivir otras vidas”, para después volver a ser sin más “Concha, Conchita”.

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Concha Velasco en 'Olivia y Eugenio'. Teatro Olympia de Valencia.

Concha Velasco en ‘Olivia y Eugenio’. Teatro Olympia de Valencia.

Salva Torres

Un viejo seductor que nunca muere

Ensayando a Don Juan, de Albert Boadella
Teatro Olympia
C / San Vicente Mártir, 44. Valencia
Hasta el 6 de abril

El amor al arte salva todas las fronteras. Incluso las ideológicas. ¿Quién iba a decir hace unos años que dos personajes tan diametralmente opuestos como Albert Boadella y Arturo Fernández iban a colaborar en un proyecto común? Pues ahí están, en el teatro Olympia hasta el 6 de abril con ‘Ensayando a Don Juan’. El irreverente bufón con vocación de mosca cojonera y el atildado galán de derechas que utiliza el insoportable apelativo cariñoso de ‘chatines’. Las dos juveniles viejas glorias se han aliado para de una u otra forma reivindicar el mito ante las nuevas generaciones que lo tildan de trasnochado y obsoleto.

Arturo Fernández en una escena de 'Ensayando a Don Juan', de Albert Boadella. Imagen cortesía de Teatro Olympia.

Arturo Fernández en una escena de ‘Ensayando a Don Juan’, de Albert Boadella. Imagen cortesía de Teatro Olympia.

Creado y dirigido por Boadella, que pensó en Fernández como protagonista, el montaje se basa en una versión de Eduardo Galán sobre el Don Juan Tenorio de Zorrilla. Lo escoltan en escena Sara Moraleda, Mona Martínez, Janfri Topera, David Boceta, Jesús Teyssiere y Ricardo Moya.

Angie, una joven directora, se propone montar un Don Juan Tenorio concebido desde una óptica contemporánea y vanguardista, empeñada en demostrar la caducidad del personaje, pues, según ella, el mito es hoy totalmente ficticio, anacrónico y machista.

Considera los versos y las situaciones como simples residuos de un mundo desaparecido. Pero su propósito original tropieza con un escollo cuando en el casting toma una arriesgada decisión de contratar al actor Arturo Fernández para el personaje del comendador Don Gonzalo. A partir de ahí, la intrépida directora se enfrentará a una ardua tarea con el fin de mantener su tesis. Una tarea que se complica considerablemente al intentar mantenerla frente al experimentado actor, que con sus acciones va desbaratando cada uno de los principios de la joven directora.

Una escena de 'Ensayando a Don Juan', de Albert Boadella. Imagen cortesía de Teatro Olympia.

Una escena de ‘Ensayando a Don Juan’, de Albert Boadella. Imagen cortesía de Teatro Olympia.

“Posiblemente, la joven y belicosa directora Angie, lleva toda la razón”, dictamina el propio Boadella. “Don Juan Tenorio ha venido justificando entre el género masculino de varias generaciones españolas la apología de un estilo y unas actitudes un tanto villanas ante la mujer. El arte crea la moda y la obra de Zorrilla, aunque solo sea por su popular reiteración, condicionó la mirada de los hombres bajo la coartada de un Tenorio cuyas delirantes tropelías suscitaban una cierta simpatía y condescendencia social”.

Angie no soporta esa herencia e intenta contrarrestarla, eliminando cualquier rasgo romántico u heroico del argumento, poniendo de relieve los perversos y prepotentes objetivos machistas que atribuye al Don Juan.

“La cruzada de Angie no está falta de sensatez si nos referimos a los contenidos, pero las formas acaban por ganarle la partida ya que los valores caducos, como suele suceder, adquieren con el paso del tiempo una pátina novedosa y singular que les infunde un nuevo y poderoso atractivo”, señala Boadella.

Una escena de 'Ensayando a Don Juan', de Albert Boadella. Imagen cortesía de Teatro Olympia.

Una escena de ‘Ensayando a Don Juan’, de Albert Boadella. Imagen cortesía de Teatro Olympia.

Bel Carrasco