Becas Hábitat 2014: Agustín Serisuelo

Becas Hábitat 2014: Agustín Serisuelo
Espai d’art contemporani de Castelló (EACC)
C/ Prim, s/n
Hasta el 31 de agosto de 2014

Agustín Serisuelo participa en Becas Hábitat 2014 con un trabajo con el que transita entre los espacios intermedios “terrains vagues” de la ciudad, lugares vacíos que se han quedado entre la ronda de circunvalación y la ciudad de Castellón. El proyecto nace del estudio fotográfico de estos lugares desde unas intenciones formales, objetuales y escultóricas.

Se parte de un callejero de la ciudad datado en junio del 2013 donde estos lugares aparecen con ordenación pormenorizada, así hacer ver el estado actual de abandono en los que se encuentran realmente. Y hacer así reflexionar sobre la manipulación institucional de esta representación ficticia de la ciudad. El resultado final es el que se muestra en la exposición: tres piezas escultóricas.

“Basura” son imágenes desde la ronda Norte de la ciudad, la parte de la ciudad más olvidada, imágenes que se solapan unas a otras, conformando una vista panorámica de la ciudad, en la que vemos un vertedero escondido detrás de los árboles.

Agustín Serisuelo, "Camino" (fotografía de estudio de Juan Vicent). Imagen cortesía del artista.

Agustín Serisuelo, “Camino” (fotografía de estudio de Juan Vicent). Imagen cortesía del artista.

La pieza que lleva por título “Camino” se presenta de una forma “publicitaria”, las imágenes muestran los espacios de la ronda Este, al contrario que la ronda Norte, éstos son los más utilizados.

Por último, la pieza “vista institucionalizada” se compone de 8 cajas que emiten imagen, componiendo entre todas una vista panorámica desde un edificio institucional. A la izquierda vemos cómo la ciudad llega a su límite, mientras que en la parte derecha vemos estos lugares abandonados.

Finalmente, la muestra expositiva integra una mesa de trabajo, en la que aparecen el callejero señalando estos lugares de trabajo, la información del taller que se llevará a cabo este sábado 10 de mayo de 2014, unos blocs con unas series fotográficas, y elementos encontrados en los espacios intermedios.

Agustín Serisuelo, "Basura" (fotografía de estudio de Juan Vicent). Imagen cortesía del artista.

Agustín Serisuelo, “Basura” (fotografía de estudio de Juan Vicent). Imagen cortesía del artista.

Bichobola o la luz interior de la naturaleza

Naturaleza enmascarada, de Davy Bytrap y Mercedes Mollá
Imprevisual Galería
C / Doctor Sumsi, 35. Valencia
Hasta finales de marzo

Cogen troncos que yacen junto a los lagos y les dan vida. Es la manera que tienen Davy Bytrap y Mercedes Mollá, con su proyecto artístico Bichobola Creativo, de poner en cuestión la naturaleza robada por los múltiples enmascaramientos de la sociedad contemporánea. Hablan, lógicamente, de la naturaleza exterior con la que ellos trabajan, pero incidiendo en la repercusión que tiene sobre la naturaleza humana. Al conjunto expositivo que presentan en la galería Imprevisual lo han llamado Naturaleza enmascarada, porque a su juicio “nuestra esencia queda oculta bajo máscaras sociales que nos convierten en seres neutros”.

Detalle de una de las esculturas de luz de Davy Bytrap y Mercedes Mollá. Imagen cortesía de Imprevisual.

Detalle de una de las esculturas de luz de Davy Bytrap y Mercedes Mollá. Imagen cortesía de Imprevisual.

Y como queriendo dar cuenta de esa esencia, Bichobola arroja luz al interior de esos troncos, después del adecuado tratamiento plástico de la naturaleza rescatada. De manera que Bytrap y Mollá intervienen las piezas con resina de poliéster, a las que añaden trozos de mecedoras o telas de ganchillo a sus esculturas de luz. El resultado es un inquietante paisaje de restos mortales procedentes de esa naturaleza que los artistas invocan, devolviéndoles la vida tras la inyección de diversos artificios. El desenmascaramiento de esa esencia interior oculta, luminosa, se lleva a cabo mediante la naturaleza enmascarada a la que alude el título del conjunto expositivo.

Detalle de una de las obras de Davy Bytrap y Mercedes Mollá. Imagen cortesía de Imprevisual.

Detalle de una de las obras de Davy Bytrap y Mercedes Mollá. Imagen cortesía de Imprevisual.

Así explica Bichobola su laborioso trabajo: “Realizamos esculturas de luz partiendo de estructuras naturales a las que alteramos su carácter expandiendo sus formas y aplicándoles capas de color”. Esta alteración del carácter natural de los troncos de árbol, que luego se convierten en piezas expositivas, tiene algo del enmascaramiento que los artistas denuncian. Por lo que se daría la paradoja de estar señalando cierta recuperación de la identidad perdida, enmascarándola de nuevo. “Transformamos partes de árboles varados en lagos, en objetos atrayentes que enmascaran formas existentes en la naturaleza”, explican Bytrap y Mollá.

Detalle de una de las obras de Davy Bytrap y Mercedes Mollá. Imagen cortesía de Imprevisual.

Detalle de una de las obras de Davy Bytrap y Mercedes Mollá. Imagen cortesía de Imprevisual.

Lo antiguos griegos lo tenían claro, cuando los actores en sus representaciones de la tragedia clásica utilizaban máscaras, que etimológicamente asociaban con la palabra persona. Y es que para tocar lo real de la experiencia humana, necesitaban esas máscaras que amortiguaban el dolor o el intenso goce narrado. La persona, su identidad, guardaba relación con la máscara, la cual además de ocultar servía para acceder a ese interior en llamas del sujeto. La posmodernidad ha hecho de esa máscara un lugar vacío.

Bichobola retoma ese debate para ofrecernos la posibilidad, mediante sus esculturas de luz, de avivarlo. Así lo proclaman en su proyecto artístico, el cual se anuncia como una “apuesta por establecer conexiones con la naturaleza como medio para recuperar nuestra identidad perdida en la masificación y el gregarismo de la ciudad”. Sus conexiones con esa naturaleza pueden verse en la galería Imprevisual, donde se exhiben sus esculturas de luz con el objeto de proyectar las sombras de nuestra sociedad contemporánea.

Obras de Dani Bytrap y Mercedes Mollá, del proyecto Bichobola Creativo. Imagen cortesía de Imprevisual.

Obras de Dani Bytrap y Mercedes Mollá, del proyecto Bichobola Creativo. Imagen cortesía de Imprevisual.

Salva Torres

El pájaro y la jaula, el arte de Ana Karina Lema

Ana Karina Lema Astray
Espacio40
C / Puerto Rico, 40. Valencia
Hasta finales de abril

Valencia está de enhorabuena. Espacio40, la galería dedicada tanto al arte como al buen vino, acoge hasta finales de abril un gran número de las sugerentes y preciosas obras de Ana Karina Lema Astray. La delicadeza de los lienzos contrasta con la dureza de sus títulos, que el espectador deberá descifrar por sí mismo. Y es que esta artista de fama internacional, nacida en Buenos Aires, ha logrado crear un mundo único de símbolos, miradas y texturas donde la belleza y el color se entrelazan con mensajes que harán reflexionar al visitante sobre su propia vida.

Pájaro rojo, obra de Ana Karina Lema. Imagen cortesía de Espacio40

Pájaro rojo, obra de Ana Karina Lema. Imagen cortesía de Espacio40

Tela, hilo, dibujo y pintura se entremezclan en el trabajo de Ana Karina Lema para trasladarnos a un mundo de deliciosa naturaleza: árboles que crecen hacia el cielo, pájaros brillantes, flores, nidos, hojas que danzan al viento… todo ello florece y crece en un universo artístico repleto de poesía, en el que mujeres de miradas tristes rodeadas de jaulas y alambres alertan de que un doble sentido se oculta entre los cosidos y trazos de apariencia dulce.

Cabezas flotantes, obra de Ana Karina Lema Astray. Imagen cortesía de Espacio40

Cabezas flotantes, obra de Ana Karina Lema Astray. Imagen cortesía de Espacio40

Contemplar sus obras implica reflexionar sobre la realidad, que no siempre es lo que desea reflejar: la felicidad se transforma en opresión, la fortaleza en nostalgia, la pasión en amenaza… Su trabajo de apariencia amable orbita en torno al gran tema de la artista: la libertad y la carencia de ella. Como pájaros que se posan sobre un árbol pero quedan enredados en la hiedra, los seres humanos caminamos por la vida rodeándonos inconscientemente de cosas que acaban por enjaularnos y atraparnos. El alambre de espino se tensa, nos envuelve, nos arrebata la libertad. Y todo esto queda bordado en los lienzos de Ana Karina como una sutil advertencia.

Emboscada, obra de Ana Karina Lema. Imagen cortesía de Espacio40

Emboscada, obra de Ana Karina Lema. Imagen cortesía de Espacio40

Con títulos como ‘Caí en mi propia trampa’, ‘Emboscada’ o ‘En la jaula’, Ana Karina Lema parece plasmar los peligros de vivir, aunque ella se resiste a confirmar cualquier interpretación como “definitiva”. Para la artista, el significado de sus obras debe ser único para cada persona que las contempla, y no desea imponer una interpretación estricta de sus trazos. Una vez más, la libertad –esta vez de pensamiento- impregna las obras de esta excepcional creadora.

Sin rastro de los caracoles, obra de Ana Karina Lema. Imagen cortesía de Espacio40

Sin rastro de los caracoles, obra de Ana Karina Lema. Imagen cortesía de Espacio40

Ana Karina Lema Astray comenzó a pintar desde muy niña, y convirtió su pasión en su medio de vida. A pesar de haber nacido en Buenos Aires, la artista pasó parte de su infancia en A Coruña, aunque acudió a Valencia para ampliar sus estudios y la ciudad acabó por atraparla. En 2004 obtuvo el Doctorado en Bellas Artes, especialidad Grabado, en la Universidad Politécnica de Valencia. Ha sido galardonada con numerosísimos premios, y su obra ha viajado a todos los rincones del planeta: desde Brasil hasta Jordania, México, Francia, Argentina, Estados Unidos o Italia, sin contar con las múltiples exposiciones en el ámbito español.

Por su parte, Espacio40 apuesta por una idea innovadora: el mestizaje entre el arte y el mejor vino en un emplazamiento único, en el que hay espacio para toda la cultura, desde la música hasta la danza pasando por la gastronomía. Con un carácter cercano y repleto de amor por su trabajo, Espacio40 desea transmitir al visitante que el arte está vivo y puede ser disfrutado por todos. Las obras actualmente expuestas oscilan entre 300 y 2.500 euros, y están teniendo una gran acogida por parte del público valenciano.

Caí en mi propia trampa, obra de Ana Karina Lema Astray. Imagen cortesía de Espacio40

Caí en mi propia trampa, obra de Ana Karina Lema Astray. Imagen cortesía de Espacio40

Beatriz Vera

 

 

 

 

 

 

 

Joan Forniés: el paisaje como excusa

Paisaje condicionado, de Joan Forniés
Centro del Carmen
C / Museo, 2. Valencia
Hasta el 23 de febrero

Joan Forniés dice que utiliza el paisaje como excusa, de manera que los árboles pueden llegar a impedir ver el bosque de su obra. Por eso ha titulado Paisaje condicionado al conjunto de piezas expuesto en el Centro del Carmen. “No soy pintor de paisajes, pero utilizo el árbol como figura que hace las veces del sujeto para contar lo que nos pasa”. De manera que los árboles se abrazan, se separan, echan raíces o tienen dificultades para hacerlo, se colocan al borde del abismo o en suaves lomas. En definitiva, “hablan del yo y sus desdoblamientos”.

Obra de Joan Forniés, de la exposición 'Paisaje condicionado' en Centro del Carmen. Imagen cortesía del Consorcio de Museos de la Generalitat Valenciana.

Obra de Joan Forniés, de la exposición ‘Paisaje condicionado’ en Centro del Carmen. Imagen cortesía del Consorcio de Museos de la Generalitat Valenciana.

Y para hacerlo, Forniés se vale de sucesivas capas de óleo, cera, pigmentos minerales, resina epoxi, carboncillo, tinta y hasta pan de oro. Todo ello convenientemente mezclado, manipulado, intervenido, rayado, para que mediante cierto proceso destructivo pueda finalmente emerger el árbol que, sin cerrar el ciclo de vida y muerte, permita arrojar luces y sombras en la naturaleza telúrica resultante. “Se trata de destruir para llegar al hallazgo”. Explicación que el comisario de la exposición, Óscar Carrascosa, resumió a modo de titular: “Un bosque de hallazgos”.

El bosque lo componen 29 obras de idéntico formato, cuya medida similar produce la sensación del eco de la naturaleza que nunca se apaga. El nacimiento, la muerte y vuelta a empezar. “Estoy contento del ejercicio, porque el patrón se repite pero cada cuadro es muy diferente”. Quizás se deba al “ejercicio de depuración” que Forniés advierte en el conjunto, cuya “complejidad técnica” contrasta con la “sencillez de la parte visual”. El fondo magmático, telúrico, incognoscible, pugnando con esas figuras arbóreas que aguantan el peso de tanta tensión ofreciendo un horizonte de sentido. Paisaje sin duda condicionado por esa arrebatada materia que, en manos de Forniés, se transforma en múltiples y depuradas sensaciones.

Obras de la exposición 'Paisaje condicionado' de Joan Forniés en Centro del Carmen. Imagen cortesía del Consorcio de Museos de la Generalitat Valenciana.

Obras de la exposición ‘Paisaje condicionado’ de Joan Forniés en Centro del Carmen. Imagen cortesía del Consorcio de Museos de la Generalitat Valenciana.

El color sepia que utiliza para los árboles tiene como función darle “protagonismo” a lo figurativo. “Hablo de la ubicación, pero también de la falta de raíces”. De forma que esos árboles que sin duda el espectador reconoce, y a los que puede aferrarse como contrapunto al abstracto fondo, juegan un papel ambiguo en la obra de Forniés. Por un lado, anclan la mirada tendente a perderse por el vasto espacio, que el artista ha ido trabajando en lucha con los materiales. Pero, por otro, esos árboles tampoco aseguran con su presencia cierta estabilidad. Por eso Joan Forniés, como si fuera a rebufo de su actual experiencia como artista residente en Swatch Art Peace Hotel en Shangai, repite una y otra vez la misma escena, convencido de su permanente mutabilidad.

Esos paisajes condicionados, que el artista parece rememorar como si fueran reflejos de la asiática ceremonia del té, tienen la virtud de situarnos en el vértice de la creación surgida del caos. Ese fondo telúrico que Forniés ha tenido la paciencia, y el arrojo, de domeñar, es la condición que da pie a esos árboles, cuya fragilidad es a su vez fruto del fondo destructivo del que proceden. El paisaje como excusa mediante la cual interrogarse por el sentido de la condición humana. La mezcolanza arrebatada de materiales dejando paso, mediante un intenso proceso depurativo, a la frágil existencia humana.

Obra de Joan Forniés, de la exposición 'Paisaje condicionado' en Centro del Carmen. Imagen cortesía del Consorcio de Museos de la Generalitat Valenciana

Obra de Joan Forniés, de la exposición ‘Paisaje condicionado’ en Centro del Carmen. Imagen cortesía del Consorcio de Museos de la Generalitat Valenciana

Salva Torres

Más madera!

Álvaro Tamarit. La vida de un árbol
SET Espai d’Art
Pl. Miracle del Mocadoret (junto Pl. de la Reina)
Valencia
Inauguración: 30 de mayo, 20h.
Hasta el 29 de junio de 2013

Álvaro Tamarit. Banco con sillas. Imagen cortesía SET Espai d'Art

Álvaro Tamarit. Banco con sillas. Imagen cortesía SET Espai d’Art

Carl Honoré[i] es tajante cuando expresa que ha llegado el momento de poner en tela de juicio nuestra obsesión por hacerlo todo más rápido. Ciertamente correr no es siempre la mejor manera de actuar. La evolución opera sobre el principio de la supervivencia de los más aptos, no de los más rápidos. No olvidemos quién ganó la carrera entre la tortuga y la liebre. A medida que nos apresuramos por la vida, cargando con más cosas hora tras hora, nos estiramos como una goma elástica hacia el punto de ruptura. Es evidente que la velocidad ha ayudado a rehacer el mundo de manera extraordinaria y en algunos casos liberadora, pero el problema es que nuestro amor por la velocidad, el deseo de hacer más y más cada vez en menos tiempo, ha llegado demasiado lejos. Se ha convertido en una adicción, en una idolatría. La argumentación de Honoré contra la velocidad empieza por la economía. El capitalismo moderno genera una riqueza extraordinaria, pero al coste de devorar recursos naturales con más rapidez que aquella con la que la madre naturaleza es capaz de reemplazarlos. El coste humano del “turbocapitalismo” hace que nuestra existencia se ponga al servicio de la economía, cuando debería ser a la inversa. Centenares de miles de kilómetros de selva tropical húmeda amazónica desaparecen todos los años. Joaquín Araujo[ii], desde una perspectiva ecológica, adelantó en España todo un exhaustivo estudio del estado de la cuestión, poniendo de manifiesto datos incómodos para los gobernantes de cualquier signo. Porque si algo acompaña de un modo indisoluble a la vida veloz es la generación de ficción, y nada gusta más en la política que la reelaboración de la realidad, su adaptación narrativa para construir el discurso más conveniente. También el arte es una herramienta de interpretación, un motor de producción de imágenes a través del cual trasladar a la sociedad interrogantes.

Tengamos en cuenta que en una sociedad de compradores y una vida de compras, somos felices mientras no perdamos la esperanza de llegar a ser felices[iii]; estamos asegurados contra la infelicidad siempre que podamos mantener esta esperanza. En una sociedad de consumidores, todos los lazos y ataduras deben ajustarse al patrón de la relación existente entre los compradores y los artículos adquiridos: los artículos no están pensados para durar más de lo previsto y deben abandonar el escenario de la vida tan pronto como empiezan a ser un obstáculo más que un adorno, mientras no se espera que los compradores deseen jurar fidelidad eterna a las compras que se llevan a casa ni les garanticen un derecho permanente de residencia. Una reflexión que podríamos extrapolar con semejanza a las fluctuantes relaciones personales.

En este contexto de pensamiento se desarrolla el trabajo de Álvaro Tamarit (Xàbia, 1976), con La vida de un árbol pone en escena todo un desarrollo de piezas que manifiestan la idoneidad de reutilizar, las posibilidades estéticas del ejercicio de recuperación de materiales –especialmente maderas de múltiples procedencias- , convertidos en restos de la civilización que son elevados a la categoría de arte. La idea del consumo incesante extendida mundialmente en las últimas décadas, legitimando el exceso como modo de vida, ha dado lugar a una directriz fundacional de corrientes de actuación pública que han sabido fomentar el dispendio y trasladar al futuro la deuda, pero que deben ahora inevitablemente afrontar una nueva realidad.

Tamarit practica un modo de beneficioso “egoísmo” al entender que puede suministrarse de materia prima, para producir su obra, mediante la recuperación que antes mencionábamos, sin coste económico y concediéndole a los materiales una segunda vida que los aparta del fulminante concepto de desecho. El artista aborda la misión ingente de reciclar su mundo, de contribuir a transformar en útil lo que el sistema ya había dado por perdido o había convertido en un stock sin salida comercial, apostando por la sostenibilidad como un equilibrio entre la ecología y la economía.

La semilla de todos los cambios que el mundo necesita está ya depositada en el interior de cada uno de nosotros, se inicia ahora un pulso individual en el que debiéramos ser capaces de apostar por el sentido común, capaces de hacer prevalecer los valores frente a los espejismos. Álvaro Tamarit, a su manera, ha encontrado a través de su trabajo la vía para descorrer la cortina de humo con la que lo cotidiano nubla nuestra mirada, y desde ahí nos invita –también a usted- a mirar primero hacia dentro para ver con claridad lo que nos rodea.

José Luis Pérez Pont


[i] Honoré, Carl. Elogio de la lentitud. Un movimiento de alcance mundial cuestiona el culto a la velocidad. RBA, Barcelona, 2008.

[ii] Araujo, Joaquín. La muerte silenciosa. España hacia el desastre ecológico. Temas de hoy, Madrid, 1990.

[iii] Bauman, Zigmunt. El arte de la vida. De la vida como obra de arte. Paidós, Barcelona, 2009.

Álvaro Tamarit. Alfombra arbórea. Imagen cortesía de SET Espai d'Art

Álvaro Tamarit. Alfombra arbórea. Imagen cortesía de SET Espai d’Art