Apocalipsis ecológico en La Neomudéjar

‘Apocalipsis’, de Mahé Boissel
Museo La Neomudéjar
Antonio Nebrija s/n, Madrid
Hasta el 6 de mayo de 2018

“El apocalipsis ahora es ecológico y los humanos somos los primeros responsables”.

El Museo La Neomudéjar, Centro de Artes de Vanguardia y Residencia Artística Internacional, acoge, hasta el 6 de mayo de 2018, la exposición ‘Apocalipsis’, de la artista francesa Mahé Boissel, cuyo horizonte proposicional asienta una visión femenina sobre el fin del mundo.

“Estamos viviendo el Apocalipsis. Aquí y ahora”. En palabras de la autora, vivimos el fin del mundo “cada día, representado por los horrores de múltiples guerras y catástrofes naturales. Es algo universal y globalizado”.

Con ‘Apocalipsis’, Boissel no pretende realizar un catálogo exhaustivo de hechos, ni un inventario histórico. La artista, que desarrolla su trabajo principalmente entre Madrid y Marsella, recopiló durante años todo tipo de fotos y portadas de periódicos sobre catástrofes naturales. En este proyecto reúne todos los materiales que ha utilizado hasta hoy, como son pintura, dibujo, tela y escritura.

Imagen de una de las obras que forman parte de 'Apocalipsis', Mahé Boissel. Fotografía cortesía de La Neomudéjar.

Imagen de una de las obras que forman parte de ‘Apocalipsis’, Mahé Boissel. Fotografía cortesía de La Neomudéjar.

La exposición comprende casi trescientas obras, algunas de gran formato (210×140 cm, 162×114 cm, 162×130 cm), realizadas en tela, papel o lienzo.

Todo el proyecto se articula alrededor de una escultura central, un ángel –mujer–, que viene a anunciarnos el fin. Este ángel está hecho con guantes encontrados en las calles y en los parques. Por debajo de las faldas de esta escultura, nos guían caminos, hechos también de guantes, que apuntan a las representaciones de las catástrofes pronosticadas: terremotos, inundaciones, incendios, etc.

“Digamos que no tengo otro compromiso que el de mi lugar en el mundo como artista. Mi único prejuicio es ser la mirada de una mujer en la sociedad”.

“Cuando me conmueve la tierra, hay apocalipsis a la esquina del bosque Se lo digo: el tiempo antes/ de tiempo es un papel de artista
La noche calca el instante
El sueño recorta un lienzo
Yo escribo la revancha de las chicas de ojos claros Y las mañanas cayeron todas
Aquí viene el caballo con cara de plomo
Aquí viene la bella con tez de muerto
Remendé los lugares interrumpidos del pensar
Los hilos rojos bajaron la ladera de los montes
Mi corazón en avalancha vio cómo llegaba el Apocalipsis”
(Mahé Boissel)

Imagen de una de las obras que forman parte de 'Apocalipsis', Mahé Boissel. Fotografía cortesía de La Neomudéjar.

Imagen de una de las obras que forman parte de ‘Apocalipsis’, Mahé Boissel. Fotografía cortesía de La Neomudéjar.

 

Tomorrowland: El lobo de la esperanza

Tomorrowland, de Brad Bird
Con George Clooney, Britt Robertson, Hugh Laurie, Raffey Cassidy
Estados Unidos, 2015

Si hay un rasgo excepcional y admirable de la especie humana es su capacidad de crear relatos. Relatos míticos, filosóficos, científicos, artísticos con los cuales configurar y legitimar las instituciones, los pensamientos y la ética. Relatos que narran nuestro modo de moldear, pensar y crear el presente y el futuro de la humanidad.

Y sobre esta idea se asienta la película de ciencia-ficción Tomorrowland: en la fuerza del relato como espacio para orientar el futuro de la humanidad. Si esa es la premisa, hay una cuestión sobre la que pivota la historia del film de Brad Bird: ¿qué palabras compondrán el contenido del relato que dé sentido a nuestro futuro?

Britt Robertson, George Clooney y Raffey Cassidy en un fotograma de 'Tomorrowland', con la Ciudad de las Artes de Valencia al fondo.

Britt Robertson, George Clooney y Raffey Cassidy en un fotograma de ‘Tomorrowland’, con la Ciudad de las Artes de Valencia al fondo.

Para contestar esta pregunta la película narra la fábula indígena de los dos lobos: “En el mundo hay dos lobos: uno oscuro que habla de desastres y desesperación y otro luminoso que inspira optimismo y esperanza. ¿Cuál vivirá? El que tú alimentes.”

El lobo de la esperanza

Tomorrowland es una anomalía dentro de las películas de ciencia-ficción actuales. En las últimas décadas los filmes de este género se han caracterizado por contar historias apocalípticas. Películas catastrofistas, entrópicas, desesperanzadoras, donde la humanidad se extingue o el planeta tierra desaparece, sin ninguna posibilidad de resurgimiento. Una ciencia-ficción fruto del relato posmoderno que ha configurado el sentido del presente y el futuro de finales del siglo XX y principios del XXI. Sí, un relato posmoderno que ha alimentado durante muchos años al lobo “oscuro” con palabras como descreimiento, relativismo, sospecha, corrupción, avaricia, hasta moldear unos  individuos apáticos y dirigir a la sociedad a la anomia.

Britt Robertson en un fotograma de 'Tomorrowland', de Brad Bird.

Britt Robertson en un fotograma de ‘Tomorrowland’, de Brad Bird.

Tomorrowland critica el pensamiento de este relato posmoderno o, si seguimos con la fabula indígena, lucha contra el lobo “oscuro”. Tomorrowland alimenta al lobo “luminoso” con palabras como ilusión, optimismo, creación, invención, educación, orientadas a la emancipación de la humanidad. Una luminosidad que se refleja no sólo en el obvio mensaje,  sino también en la puesta en escena -iluminación, vestuario…-  que construye.

Tomorrowland no es una buena película, a nivel estético-narrativo. Ahora bien,  es interesante  por ese énfasis que pone en marcar la importancia  de las palabras, de los relatos para insuflar “valor e ilusión” o “cobardía y desesperanza” para  ver la realidad presente y crear nuestro futuro.

George Clooney en un fotograma de 'Tomorrowland', de Bard Bird.

George Clooney en un fotograma de ‘Tomorrowland’, de Brad Bird.

Begoña Siles

Mad Max: Giro al infierno

Mad Max: Furia en la carretera, de George Miller
Con: Charlize Theron, Tom Hardy, Nicholas Hoult, Hugh Keays-Byrne, Zoë Kravitz

Habíanle encerrado en contra de su voluntad debido a su condición de esclavo. Le ofrecieron una mujer como divertimento pero le negaron intimidad. El ‘Espartaco’ de Kubrick (1960) asía con fuerza los barrotes de su celda y gritaba, con rabia primero y con tristeza después, que no era un animal. “Tampoco yo”, respondía ella.

Sería absurdo afirmar que el sentimiento que genera esta frase en ‘Espartaco’ es el mismo que despiertan las Reproductoras del dictador Immortan Joe (Hugh Keays-Byrne) en Max Rockatansky (Tom Hardy). En primer lugar, porque el solitario, lacónico y traumatizado policía, únicamente desea recuperar su libertad sin importarle el resto –aunque finalmente cambie de parecer− y, en segundo lugar, porque Max no es el verdadero protagonista, sino Imperator Furiosa (Charlize Theron).

Tom Hardy en un fotograma de 'Mad Max: Furia en la carretera', de George Miller.

Tom Hardy en un fotograma de ‘Mad Max: Furia en la carretera’, de George Miller.

El gran acierto de la última película de George Miller consiste, precisamente, en ese giro. Por supuesto, más allá del aire ecologista con el que cuenta la mayoría de las películas postapocalípticas, persiste la crítica a un totalitarismo feroz que domina los recursos naturales necesarios para la subsistencia de la humanidad, la cual queda reducida a mero producto útil para el sistema.

Ahora bien, la novedad estriba en quién ejecuta la revolución que permite el cambio, en quién exilia esa cosificación y derroca el antiguo régimen permitiendo el empoderamiento de quienes habían permanecido en la esclavitud tanto narrativa como cinematográfica.

'Mad Max: Furia en la carretera', de George Miller.

‘Mad Max: Furia en la carretera’, de George Miller.

No cabe duda de que los escasos y breves momentos de calma frente a la velocidad extrema de la película, la puntería en el apartado musical –ese guitarrista infernal al que amarán los metaleros−, lo cuidado del atrezo, y esos paisajes simbolistas de fondos yermos a lo Delvaux, Khnopff, Spilliaert o Kubin, resultan grandes virtudes de ‘Mad Max’.

Sin embargo, esta cuarta entrega trascenderá por Furiosa y el papel concedido a las mujeres –de todas las edades y en todos los estados−, mucho más cercano a los de Sara O’Connor y la teniente Ripley que al tradicionalmente otorgado por las testosterónicas películas de acción.

Desconocemos si Miller o sus guionistas escuchaban el ‘Woman is the Nigger of the World’ de John Lennon o se hallaban bajo la influencia de Beavouir mientras diseñaban la nueva ‘Mad Max’; en cualquier caso, se agradece el viraje.

Charlize Theron en un fotograma de 'Mad Max: Furia en la carretera', de George Miller.

Charlize Theron en un fotograma de ‘Mad Max: Furia en la carretera’, de George Miller.

Tere Cabello

 

“Soy un consentido del poder y eso es triste”

Yo, Quevedo, de Moncho Borrajo
Teatre Talia
C / Caballeros, 31. Valencia
Hasta el 7 de diciembre

Dice de su último espectáculo ‘Yo, Quevedo’ que es una crítica “muy voraz” contra la monarquía, personificada en el anterior Rey Juan Carlos. Pero, por muy voraz que sea, parece que la provocación ya no es motivo de escándalo. “Es muy difícil provocar ahora”, asume con resignación Moncho Borrajo. “La gente está más acostumbrada, ya no se sorprende tan fácilmente”. Diríase que la provocación, más que en la ficción, está del lado de la realidad, nutrida de continuos casos de corrupción. “Yo soy un consentido del poder y eso es muy triste porque significa que estás en sus manos”. De manera que Moncho Borrajo se limita a actuar en salas pequeñas, “porque ya no te dejan estar en los grandes medios”.

‘Yo, Quevedo’, que se presenta en el Teatro Talia, sigue en la línea de lo que más le motiva al humorista gallego: “Me gusta la provocación y la escatología”. La primera, queda dicho, forma parte ya de la propia sociedad, de forma que el recurso a la sorpresa quedaría en manos de la segunda. Si no fuera porque la escatología se relaciona con lo inmundo tanto con la predicción del apocalipsis, también de moda. Así las cosas, a Moncho Borrajo no le queda otra que meterse en la piel de Quevedo y, como el ilustre provocador del Siglo de Oro, “atacar dando la cara, cosa que no hizo el ladino Góngora”.

Moncho Borrajo en 'Yo, Quevedo'. Imagen cortesía de Teatre Talia.

Moncho Borrajo en ‘Yo, Quevedo’. Imagen cortesía de Teatre Talia.

Para ello, Borrajo hace uso de un 70% de guión escrito y un 30% de improvisación, para lo cual Quevedo le viene de perilla. “Me identifico con él; creo que somos personas necesarias”. Necesarias en tiempos de gruesos debates, donde predomina lo gordo del lenguaje, su grasa, frente a las magras palabras. “Mis tacos siempre han sido para molestar, pero a mí me educaron sin odio”. Por eso apela, más allá del grueso espectáculo, a la inteligencia. “Entonces molestaba que el maricón fuera inteligente”. Y lanza uno de sus tantos titulares: “A la gente hay que juzgarla de cintura para arriba, que es donde está el corazón y la cabeza”.

La trama de ‘Yo, Quevedo’ se ubica en una clínica para artistas descarriados, lo que permite a Borrajo desdoblarse en el hiperbólico literato del Siglo de Oro y en el irreverente humorista actual. “Es una crítica directa con nombres y apellidos, porque si antes estaban los brotes verdes de Zapatero, ahora está quien se los ha fumado”. Y arroja otro de sus titulares: “Ahora tenemos Rinconete, Cortadillo y Nicolás”. Toda esa crítica voraz forma parte de su manera de entender el teatro o el cabaret por el que siente más inclinación: “La mejor forma de decir verdades es con pomada, con humor”. Aunque enseguida suelte un exabrupto: “Este país está llenos de tontos”.

El espectáculo del Talia, que permanecerá en cartel hasta el 7 de diciembre, cuenta con la participación de Lucía Bravo, en el papel de una “enfermera tipo Alguien voló sobre el nido del cuco”, y Carlos Latre, poniéndole voz al Rey Juan Carlos y al presidente Rajoy. Borrajo, que anunció su retirada cuando cumpla 70 años (ahora está punto de los 65, edad en la que murió Quevedo), piensa cerrar con ‘Moncho Panza’ la trilogía que inició con ‘Golfus Hispánicus’. Como recuerda en un soneto Moncho Borrajo, haciendo de Quevedo: “Tan solo soy, cual cómico pretendo, utilizando mi humilde destreza, sacaros del umbral de la tristeza, donde nos tienen ladrones de abolengo”.

Escena de 'Yo, Quevedo', de Moncho Borrajo. Imagen cortesía de Teatre Talia.

Escena de ‘Yo, Quevedo’, de Moncho Borrajo. Imagen cortesía de Teatre Talia.

Salva Torres

Un fin del mundo que no llega

El décimo tramo
Anak&Monoperro
Elena Fernández Prada
Julia Mariscal
Ángel Masip
Txema Novelo
Álex Reynolds
Santiago Talavera

Lorena Muñoz-Alonso, comisaria

La New Gallery
C/ Carranza, 6. Madrid
Hasta el 27 de abril de 2013

Hace unos meses asistimos a un “fin del mundo” que nunca fue. ¿O sí? Quizá ese fin no es sino la sustitución progresiva de ciertos modelos económico-sociales y de los valores y las políticas que los sustentan. Tomando como punto de partida este final metafórico, los siete artistas participantes en esta exposición abordan los temas del apocalipsis y renacimiento –ejemplificados a través del símbolo del ave fénix–a través de trabajos en diversos medios (instalación, vídeo, dibujo y collage) que exploran la idea del fin como el comienzo de nueva etapa.

Ángel Masip. Escaparatismo salvaje, 2013. Imagen por cortesía del artista

Ángel Masip. Escaparatismo salvaje, 2013. Imagen por cortesía del artista

El dispositivo curatorial que une a los trabajos participantes se articula en torno a los tres conceptos iniciales que inspiraron esta exposición: el apocalipsis, el ave fénix y la ciencia ficción. Se ha querido así crear un espacio-temporal circular en el que, como espectadores, asistimos un final y a un principio, una catarsis seguida de una resurrección, partiendo de la idea de que para construir algo nuevo hace falta destruir lo anteriormente establecido. En este sentido, “El decimo tramo” habla de un caos que se resuelve en renovación y por ello habla de un futuro desconocido como algo positivo. Los procesos de crisis, transformación y precariedad, que se hacen eco de los sucesos socio-económicos actuales, se tratan en estas piezas de manera evocadora y quizá algo esotéricamente, pero entendiendo esa incertidumbre como algo lleno de potencial.

La exposición toma su título de la pieza de Anak & Monoperro “El decimo tramo” (2013), que consiste en una bandera está elaborada a mano, con distintos símbolos cosidos o bordados. Esta bandera es para sus autores un posicionamiento en el mundo y está acompañada de varias reproducciones de armas que representan los centros en los que se basa este renacer continuo: el centro emocional, centro intelectual, el sexual, y el centro material. La simbología del título es clara: diez es un numero que refiere a un término, a un final. Anak & Monoperro llaman décimo tramo a la última fase antes del apocalipsis, que entienden aquí como el acceso a la verdad al librarse de la ilusión. El diez es también el número de cuerpos que la tradición kundalini dice que tenemos y que necesitamos conocer y trabajar para acceder a otro nivel de conciencia. Por último, el diez en el tarot es la rueda de la fortuna que también es el final de un ciclo y el comienzo de uno nuevo.

Para Elena Fernández Prada, el origen de su óleo “Infierno” (2013) proviene de su fascinación por las imágenes de sucesos que desbordan la posibilidad de control del ser humano: catástrofes, incendios o inundaciones que aúnan la destrucción y la belleza al mismo tiempo, lo que nos lleva inevitablemente a la idea romántica de lo sublime. Tras ver el documental Lessons of Darkness (1992) de Werner Herzog, en la que se muestran unas explotaciones petrolíferas en Kuwait como un territorio desolado y oscuro con columnas de fuego y humo saliendo de la tierra, Fernández Prada empezó a reflexionar sobre lo infernal y a investigar sus múltiples representaciones en la pintura flamenca. Su re-interpretación y re-configuración aúna muchas de estas icónicas imágenes de la historia de la pintura, poniendo el acento en los paisajes desolados y en las arquitecturas fantásticas y absurdas que evocan una realidad alterada.

Julia Mariscal presentará la serie De ajeno a ajeno (2013), en la que prosigue su investigación de las texturas y los pliegues de materiales. Estos nuevos collages ofrecen desconcertantes yuxtaposiciones entre cuerpo y materia, entre lo orgánico y lo inorgánico. La artista aquí también muestra su interés por las nuevas formas femeninas presentes en ciertos personajes femeninos de ciencia ficción como Blade Runner.

La instalación “Preteenage Jesus” (2012) de Txema Novelo vincula temas religiosos con la iconografía del rock & roll a través de misticismo y esoterismo practicado por figuras como William Burroughs y Brion Gysin. En esta pieza, Novelo utiliza los títulos de canciones de Lydia Lunch, The Pastels y The Stone Roses de diferentes maneras para hablar la resurrección, representada en un Cristo adolescente y rockero.

El mediometraje “Spinario” (2012) de Alex Reynolds, por su parte, trata una narrativa propia de la ciencia ficción de una manera opaca y sugerente. En el film asistimos a los últimos días Clara en un misterioso trabajo en el que ha de asumir las identidades de diferentes personas para solucionar sus conflictos. Pero Clara parece desear vivir sus propias experiencias, por lo que su vida en el centro de entrenamiento parece acercarse a su fin.

“En la vida de anterior” (2011) de Santiago Talavera presenta un viaje al abismo. Un recorrido por un paisaje distópico que parece el producto de alguna desconocida catástrofe y que, visual y conceptualmente, se configura como un interminable bucle sobre si mismo (mise en abyme). El espectador nunca descubre qué ha pasado o qué puede pasar, pero queda suspendido bajo unas desconcertantes imágenes que hablan del poder estético y la belleza inherentes al fin, al evento definitivo.

Por último, Ángel Masip presenta una nueva instalación que responde a los temas de la exposición jugando con luces y materiales de deshecho y reconfigurando así el espacio expositivo.

Ángel Masip. Escaparatismo salvaje, 2013. Imagen por cortesía del artista

Ángel Masip. Escaparatismo salvaje, 2013. Imagen por cortesía del artista