‘La trinchera infinita’: un topo andaluz y la represión franquista

‘La trinchera infinita’, de Jon Garaño, Jose Mari Goenaga y Aitor Arregi
Con Antonio de la Torre, Belén Cuesta y José Manuel Ponga
Coproducción España-Francia; La Claqueta PC, Manny Films, Irusoin, Moriarti Produkzioak, 2019

Antonio de la Torre. Escena de ‘La Trinchera infinita’.

Que yo sepa no es un tema que se haya tocado demasiado a nivel de cine, literatura u otras ramas de la cultura, y eso que es un asunto que da para mucho. Hablo de los topos, un término que se normalizó a partir de 1977 gracias a la obra titulada con ese vocablo por el leonés Jesús Torbado y por el vasco Manuel Leguineche, y que desde entonces se utiliza para definir a las personas que se escondieron durante bastantes años en zulos de casas, cobertizos, corrales, establos…, con el fin de evitar la durísima represión franquista de la posguerra.

Belén Cuesta y Antonio de la Torre. Escena de ‘La Trinchera infinita’.

Hay constancia de que hubieron abundantes casos hasta que se publicó el decreto-ley del 1 de abril de 1969, por el que se declaró la prescripción de los delitos cometidos con anterioridad al final de la Guerra Civil. Muchos de estos seres humanos fueron perseguidos por chivatazos, con manipulaciones vengativas de sus paisanos del pueblo, sin haber cometido delitos de sangre o sin pertenencia política a instituciones republicanas y, curiosamente, también recibieron la reprobación de los maquis debido a su oculta falta de acción contra el régimen dictatorial. De uno de ellos –del andaluz Higinio Blanco– trata la nueva película de Jon Garaño, José Mari Goenaga y Aitor Arregi, tres guipuzcoanos que ya saborearon las mieles del éxito –o mejor sería decir del reconocimiento crítico– gracias a ‘Loreak’, en 2014, y a ‘Handia’, en 2017.

Antonio de la Torre. Escena de ‘La Trinchera infinita’.

Visto lo visto, mucho me tendría que equivocar si ‘La trinchera infinita’ no lograse, nuevamente, tanto o, incluso, mayor valor crítico que sus antecesores largometrajes, puesto que es un peliculón de tomo y lomo, donde, además, Antonio de la Torre y Belén Cuesta se salen en sus respectivos papeles protagonistas; tanto, que rozan la mayor de las excelencias interpretativas. 

Escena inicial de persecución. ‘La Trinchera Infinita’.

A destacar los primeros planos de la persecución inicial antes de entrar en la angustia de una situación que influye en el trato con los vecinos y en una relación personal de pareja –o, posteriormente, también con la de su hijo– que, gradualmente, se va deteriorando por todo el conjunto de difíciles circunstancias. 

Antonio de la Torre en una escena de ‘La Trinchera infinita’.

Considero que es una película que deberían ver todos los españoles, primero, porque, a pesar de la dificultad de su argumento, es tratada con ingenio para no perder intensidad a lo largo de todo su visionado; segundo, porque ofrece brillantemente el lado oscuro del sufrimiento personal a partir del temor constante, del sentimiento de soledad o de tortura psicológica convertida en pesadilla; y tercero, porque es parte de una historia nuestra que no se podrá borrar por mucho alzheimer colectivo que se quiera imponer.

Cartel de ‘La Trinchera Infinita’.

Por todo ello y por mucho más, el resultado es una peli sumamente detallista, emotiva y con buenas dosis de suspense. No, no es cuestión de comparar y para gustos no hay nada escrito, pero, por mucho bombo que le den a Amenábar o a Almodóvar, yo apuesto por ‘La Trinchera infinita’ como la más seria candidata a los próximos Goya, tanto como mejor película como respecto a los actores principales. Veremos. 

Juanjo Mestre

Felices 140: Sin conciencia moral

Felices 140, de Gracia Querejeta
Con: Maribel Verdú, Eduard Fernández, Antonio de la Torre, Marian Álvarez, Nora Navas, Alex O’Dogherty, Paula Cancio, Ginés García Millán y Marcos Ruiz
Guión: Santos Mercero, Gracia Querejeta

‘Felices 140’, la última película de Gracia Querejeta, es perturbadora. Un cierto desasosiego se va impregnando poco a poco en el cuerpo del espectador, que siente el silencio ensordecedor que inunda la pantalla cinematográfica. La trama y la intensidad dramática de ‘Felices 140’ penetra en el espectador hasta abandonarlo en un estado de cierta desolación.

Maribel Verdú, en un fotograma de 'Los Felices 140', de Gracia Querejeta.

Maribel Verdú, en un fotograma de ‘Los Felices 140’, de Gracia Querejeta.

Ahora bien, ¿por qué el espectador siente esa carga de desolación, cuando los personajes de la historia no sólo declaran sentirse felices, sino que además se les ve felices? El premio del euromillón que Elia (Maribel Verdú) comunica al grupo de amigos que reúne en una lujosa casa para celebrar su 40 cumpleaños, y que se traduce en nada más y nada menos que 140 millones de euros, es lo que desencadena esa felicidad que irá retorciéndose hasta alcanzar un brillo insospechado.

Santos Mercero y Gracia Querejeta construyen una historia basada en la idea que Freud manifestó en su ensayo titulado ‘El porvenir de una ilusión’: “Infinitos hombres civilizados, que retrocederían temerosos ante el homicidio o el incesto, no se privan de satisfacer su codicia, sus impulsos agresivos y sus caprichos sexuales, ni de perjudicar a sus semejantes con la mentira, el fraude y  la calumnia, cuando pueden hacerlo sin castigo, y así viene sucediendo, desde siempre, en todas las civilizaciones.”

Fotograma de 'Los Felices 140', de Gracia Querejeta.

De izquierda a derecha, Marian Álvarez, Antonio de la Torres, Alex O’Dogherty y Nora Navas, en un fotograma de ‘Los Felices 140’, de Gracia Querejeta.

Los ocho personajes de esta película coral son esos hombres y mujeres civilizados que en cuanto comprueban que el peso de la ley puede quedar en agua de borrajas, van dejándose llevar por cierto espíritu mezquino.

Por una parte, nos encontramos con la protagonista, Elia, magníficamente interpretada por Maribel Verdú, que sólo desea reanudar su relación con su ex pareja (Ginés García Millán), sin atender la negativa de éste. Una negativa que le abrasa de ira hasta alcanzar cotas imprevistas. Y, por otra, están los otros siete personajes arrebatados por una codicia, que aflora a medida que esos 140 millones del premio se convierten en objeto de un vil intercambio.

Paula Cancio y Ginés García Millán en un fotograma de 'Los Felices 140', de Gracia Querejeta.

Paula Cancio y Ginés García Millán en un fotograma de ‘Los Felices 140’, de Gracia Querejeta.

El drama de  ‘Felices 140’ se inicia tras el acto nuclear relacionado con esa ira de la protagonista. Un acto que se irá diluyendo, en favor del único valor verdadero que moviliza a estos personajes: su codicia y, con ella, el afán de riqueza, de poder y de éxito. Y para satisfacer esa codicia no les importa transgredir la ley, traicionar, mentir y defraudar.

Todo está permitido cuando los dilemas morales, los remordimientos, desaparecen tras el tupido velo de 140 millones de euros.

De ahí, probablemente, la desolación que siente el espectador una vez acabada la película. ¿O no?

Fotograma de la película 'Felices 140', de Gracia Querejeta.

De izquierda a derecha, en primer plano, Antonio de la Torre, Marcos Ruiz,y Maribel Verdú; detrás, Marian Álvarez y Eduard Fernández, en un fotograma de la película ‘Felices 140’, de Gracia Querejeta.

Begoña Siles

Amores nada pasajeros

Los amantes pasajeros

Pedro Almodóvar

En cines de todo el país

Su estreno mundial, en Calzada de Calatrava

Al igual que en la vida, muchos relatos se movilizan a partir de ciertos acontecimientos imprevistos. Y ante esas casualidades, la historia real o ficticia se escora hacia la tragedia, la comedia o el melodrama. En “Los amantes pasajeros”, la última película de Pedro Almodóvar, el suceso azaroso da origen a lo que podemos llamar un drama con subrayado musical. Esto es, una historia donde el tono dramático queda acolchado por la composición cómico musical.

En “Los amantes pasajeros”, el suceso imprevisto es el olvido inocente de la retirada de unas zapatas que acabarán obstruyendo el sistema de aterrizaje del avión. Debido a ello, los pilotos del vuelo Madrid-México deberán realizar un aterrizaje forzoso en cualquier aeropuerto disponible para la maniobra. Y mientras el avión vuela en círculos sobre el espacio aéreo de la Comunidad de Castilla La Mancha, hasta poder aterrizar en una pista libre, los pasajeros de la zona VIP y el personal de vuelo realizarán un metafórico vuelo introspectivo en su vida amorosa.

Estreno de Los amantes pasajeros

Estreno de Los amantes pasajeros

Así pues, esos personajes de la zona VIP y de la cabina de vuelo, conocedores de un probable acontecimiento fatídico, se verán de pronto envueltos en sus propios fantasmas personales. El peligro al que se ven abocados les irá liberando de los corsés impuestos por sus rutinas diarias. De manera que el miedo a la muerte provocará cierta liberación sexual y, con ella, la emergencia de verdades que permanecían hasta ese momento ocultas.

La muerte, pues, y el sexo inundando el armonioso cromatrismo del espacio del avión. En “Los amantes pasajeros”, el suceso imprevisto confronta a los personajes con la experiencia real de la muerte. Experiencia que provocará una suerte de catarsis emocional que irá poniendo en su justo lugar a cada uno de los personajes. La hipocresía irá cediendo sitio al sincero reconocimiento de los traumas personales. Y lo que no era más que un vuelo más en sus pautadas existencias, se convertirá en un desvelamiento progresivo de sentires más hondos.

Nadie terminará el vuelo como lo empezó. Los amantes pasajeros que da título a la película concluyen siendo igualmente amantes, pero nada pasajeros. La amenaza de la muerte, que Almodóvar utiliza como detonante de la narración, transformará las pasiones ocultas en verdades reveladas. Y a los amantes pasajeros, en amantes comprometidos.

Begoña Siles