Las maderas a la deriva de Álvaro Tamarit

Driftwood, de Álvaro Tamarit
Set Espai d’Art
C / En Grenyò, 7. Jávea (Alicante)
Inauguración: sábado 8 de agosto, a las 20.00h
Hasta el 5 de septiembre de 2015

Driftwood es una palabra de origen inglés que significa madera a la deriva y es el nombre que da título a la muestra de Álvaro Tamarit (Xàvia, 1976) en Set Espai d’Art, donde el rescate de fragmentos y la reutilización se convierten en técnicas de la escultura.

Los elementos encontrados son reordenados, generando una nueva vida a los materiales, este proyecto ofrece a sí una mirada crítica y más objetiva sobre el comportamiento del ser humano con el entorno natural.

“Materiales encontrados en la orilla del mar, piezas de madera encontradas en mi camino diario o donadas por amigos son trabajados mediante procesos constructivos como el encofrado, el ensamblaje y el encolado para así dar forma a las obras definitivas. Además han sido cortadas, talladas, lijadas y pulidas sutilmente a mano para darles un mejor acabado intentando que conserven la esencia que la propia deriva les ha conferido”.

“Uno de los motivos que me impulsa a trabajar con madera erosionada y a construir objetos funcionales es el hecho de invitar al espectador a disfrutar del contacto directo con los elementos que conforman la exposición, dándoles plena libertad a la hora de sentir las formas con el tacto. De este modo podrán contemplar las obras no tan sólo con la mirada, sino sintiendo la superficie suave y pulida de la madera, fruto de la fricción del tiempo y del trabajo humano”, según explica el propio artista.

Esta exposición agrupa dos series de piezas, instalaciones y objetos funcionales realizados por el artista en Cambridge, U.K. y en su estudio de Jávea (Alicante).

Obra de Álvaro Tamarit.

Obra de Álvaro Tamarit en la exposición Driftwood. Cortesía de Set Espai d’Art en Jávea.

Árbol ‘in’ urbe

Árbol objeto, de Álvaro Tamarit
Galería Alba Cabrera
C / Félix Pizcueta, 20. Valencia
Hasta el 10 de enero

Los árboles en las ciudades es el último vínculo que nos conecta con la naturaleza de la que hemos sido voluntariamente desterrados. Una naturaleza pródiga y benéfica, pero también hostil y destructora, que de amante madre puede mudar en un instante en cruel madrastra. El árbol en la urbe nos recuerda de dónde venimos, cuando una ardilla podía atravesar la península desde Gibraltar a los Pirineos yéndose por las ramas. También dónde podemos acabar, en un árido desierto, donde la felicidad y la belleza serían espejismos imposibles.

Obra de Álvaro Tamarit, en 'Árbol objeto'. Imagen cortesía de Alba Cabrera.

Obra de Álvaro Tamarit, en ‘Árbol objeto’. Imagen cortesía de Alba Cabrera.

Implantados entre el asfalto y el cemento, cada uno en su respectivo alcorque, los árboles prestan su sombra en los sofocantes meses estivales, consumen los detritos de los coches y ponen una nota de gracia y color en un ambiente gris. ¿Quién no ha soñado alguna vez en vivir en la copa de un árbol gigantesco como Tarzán, o en el interior de un tronco hueco, como la pandilla de Peter Pan?

Algunas personas tienen una conexión especial con estos vegetales que pueden vivir cientos de años y  saben morir dignamente de pie.

Ciudad con cubierta vegetal, de Álvaro Tamarit. Imagen cortesía de Alba Cabrera.

Ciudad con cubierta vegetal, de Álvaro Tamarit. Imagen cortesía de Alba Cabrera.

Algunas incluso los convierten en materia artística, como Álvaro Tamarit (Xàbia, 1976) cuya última exposición,  Árbol objeto, en la sala Alba Cabrera, es una reflexión sobre su importancia en el complejo y delicado tapiz de la vida.

“Llevo años trabajando sobre este tema, el uso que damos a los árboles y a la madera, una materia viva que derrochamos demasiado”, dice Tamarit. “En esta muestra presento una mezcla de piezas antiguas y otras más recientes”.

Los trabajos de Tamarit combinan el procesamiento de la madera con el soporte collage analógico y los relieves en tres dimensiones. Esculturas singulares que ensalzan  la belleza de la madera, bajorrelieves de ciudades invadidas de vegetación, grandes árboles que acogen ciudades. También objetos juguetes a la manera de Joaquín Torres García, como su barco biblioteca, inspirado en la noticia de que un cargamento de libros iba a ser enviado a África por mar.

Obra de Álvaro Tamarit, en 'Árbol objeto'. Imagen cortesía de Alba Cabrera.

Obra de Álvaro Tamarit, en ‘Árbol objeto’. Imagen cortesía de Alba Cabrera.

A diferencia de otros artistas que buscan durante años su propio camino y lenguaje, Tamarit confiesa que desde que estudiaba en Bellas Artes “tenía mi propia forma de pensar y sabía cuál iba a ser mi camino siempre en libertad”.

En su taller de Xàbia la madera es la gran protagonista y utiliza fotografías de sus viajes, imágenes de periódicos y revistas para componer sus collages, “siempre analógicos”, reivindica.

“Utilizo algunas máquinas sencillas como lijadoras o taladros, pero las manos son las que más trabajan”, apunta.

Vive entre Xàbia y Cambridge, un eje privilegiado que le permite contrastar las grandes diferencias en la apreciación del arte entre España e Inglaterra. “Allí dan ayudas desde 100 a 2.000 euros a devolver sin interés para que la gente adquiera piezas artísticas”, comenta.

Sus últimas exposiciones se presentaron en Alemania, Holanda y en Valencia, en la galería Set.

Bel Carrasco

Obra de Álvaro Tamarit, en 'Árbol objeto'. Imagen cortesía de la galería Alba Cabrera.

Ciudad en la sierra, de Álvaro Tamarit, en ‘Árbol objeto’. Imagen cortesía de la galería Alba Cabrera.

Más madera!

Álvaro Tamarit. La vida de un árbol
SET Espai d’Art
Pl. Miracle del Mocadoret (junto Pl. de la Reina)
Valencia
Inauguración: 30 de mayo, 20h.
Hasta el 29 de junio de 2013

Álvaro Tamarit. Banco con sillas. Imagen cortesía SET Espai d'Art

Álvaro Tamarit. Banco con sillas. Imagen cortesía SET Espai d’Art

Carl Honoré[i] es tajante cuando expresa que ha llegado el momento de poner en tela de juicio nuestra obsesión por hacerlo todo más rápido. Ciertamente correr no es siempre la mejor manera de actuar. La evolución opera sobre el principio de la supervivencia de los más aptos, no de los más rápidos. No olvidemos quién ganó la carrera entre la tortuga y la liebre. A medida que nos apresuramos por la vida, cargando con más cosas hora tras hora, nos estiramos como una goma elástica hacia el punto de ruptura. Es evidente que la velocidad ha ayudado a rehacer el mundo de manera extraordinaria y en algunos casos liberadora, pero el problema es que nuestro amor por la velocidad, el deseo de hacer más y más cada vez en menos tiempo, ha llegado demasiado lejos. Se ha convertido en una adicción, en una idolatría. La argumentación de Honoré contra la velocidad empieza por la economía. El capitalismo moderno genera una riqueza extraordinaria, pero al coste de devorar recursos naturales con más rapidez que aquella con la que la madre naturaleza es capaz de reemplazarlos. El coste humano del “turbocapitalismo” hace que nuestra existencia se ponga al servicio de la economía, cuando debería ser a la inversa. Centenares de miles de kilómetros de selva tropical húmeda amazónica desaparecen todos los años. Joaquín Araujo[ii], desde una perspectiva ecológica, adelantó en España todo un exhaustivo estudio del estado de la cuestión, poniendo de manifiesto datos incómodos para los gobernantes de cualquier signo. Porque si algo acompaña de un modo indisoluble a la vida veloz es la generación de ficción, y nada gusta más en la política que la reelaboración de la realidad, su adaptación narrativa para construir el discurso más conveniente. También el arte es una herramienta de interpretación, un motor de producción de imágenes a través del cual trasladar a la sociedad interrogantes.

Tengamos en cuenta que en una sociedad de compradores y una vida de compras, somos felices mientras no perdamos la esperanza de llegar a ser felices[iii]; estamos asegurados contra la infelicidad siempre que podamos mantener esta esperanza. En una sociedad de consumidores, todos los lazos y ataduras deben ajustarse al patrón de la relación existente entre los compradores y los artículos adquiridos: los artículos no están pensados para durar más de lo previsto y deben abandonar el escenario de la vida tan pronto como empiezan a ser un obstáculo más que un adorno, mientras no se espera que los compradores deseen jurar fidelidad eterna a las compras que se llevan a casa ni les garanticen un derecho permanente de residencia. Una reflexión que podríamos extrapolar con semejanza a las fluctuantes relaciones personales.

En este contexto de pensamiento se desarrolla el trabajo de Álvaro Tamarit (Xàbia, 1976), con La vida de un árbol pone en escena todo un desarrollo de piezas que manifiestan la idoneidad de reutilizar, las posibilidades estéticas del ejercicio de recuperación de materiales –especialmente maderas de múltiples procedencias- , convertidos en restos de la civilización que son elevados a la categoría de arte. La idea del consumo incesante extendida mundialmente en las últimas décadas, legitimando el exceso como modo de vida, ha dado lugar a una directriz fundacional de corrientes de actuación pública que han sabido fomentar el dispendio y trasladar al futuro la deuda, pero que deben ahora inevitablemente afrontar una nueva realidad.

Tamarit practica un modo de beneficioso “egoísmo” al entender que puede suministrarse de materia prima, para producir su obra, mediante la recuperación que antes mencionábamos, sin coste económico y concediéndole a los materiales una segunda vida que los aparta del fulminante concepto de desecho. El artista aborda la misión ingente de reciclar su mundo, de contribuir a transformar en útil lo que el sistema ya había dado por perdido o había convertido en un stock sin salida comercial, apostando por la sostenibilidad como un equilibrio entre la ecología y la economía.

La semilla de todos los cambios que el mundo necesita está ya depositada en el interior de cada uno de nosotros, se inicia ahora un pulso individual en el que debiéramos ser capaces de apostar por el sentido común, capaces de hacer prevalecer los valores frente a los espejismos. Álvaro Tamarit, a su manera, ha encontrado a través de su trabajo la vía para descorrer la cortina de humo con la que lo cotidiano nubla nuestra mirada, y desde ahí nos invita –también a usted- a mirar primero hacia dentro para ver con claridad lo que nos rodea.

José Luis Pérez Pont


[i] Honoré, Carl. Elogio de la lentitud. Un movimiento de alcance mundial cuestiona el culto a la velocidad. RBA, Barcelona, 2008.

[ii] Araujo, Joaquín. La muerte silenciosa. España hacia el desastre ecológico. Temas de hoy, Madrid, 1990.

[iii] Bauman, Zigmunt. El arte de la vida. De la vida como obra de arte. Paidós, Barcelona, 2009.

Álvaro Tamarit. Alfombra arbórea. Imagen cortesía de SET Espai d'Art

Álvaro Tamarit. Alfombra arbórea. Imagen cortesía de SET Espai d’Art