El hipogeo de la memoria de Howard Brookner

‘Uncle Howard’, de Aaron Brookner
Turner Classic Movies (TCM)
‘Un pulso a Nueva York’
Sábado 24 de junio, 2017, a las 20.20

Con motivo del ciclo de sesión continua ‘Un pulso a Nueva York’, programado por el canal para plataformas de pago Turner Classic Movies (TCM), cuya pretensión es la de componer un florilegio audiovisual de la escena underground neoyorkina de los años ochenta, Turner International emite en exclusiva el documental ‘Uncle Howard’, del director y guionista del Greenwich Village Aaron Brookner, tras su periplo internacional por la nómina de festivales como la Berlinale o la Sección Zabaltegi del Festival de San Sebastián de 2016.

‘Uncle Howard’ polariza su morfología en torno del cineasta Howard Brookner, una de las figuras capitales del fértil sótano de la vanguardia norteamericana de la costa este, cuya existencia urgente, vertebrada por la inquietud y el fulgoroso hedonismo de los ochenta, hubo abjurado su cuasidesconocida y sugerente cinematografía sobre la cerviz del turbio olvido y la mitificación tras el deceso prematuro, habiendo sido, de un modo sumarísimo, “ciudadano de aquel otro lugar” (parafraseando a Susan Sontag en ‘El Sida y sus Metáforas’) y celebrándose sus exequias, ulteriormente, durante el mediodía de su trigésimo quinto aniversario, en la primavera de 1989.

Imagen de Howard Brookner presente en el documental 'Uncle Howard'. Fotografía cortesía de la distribuidora.

Imagen de Howard Brookner presente en el documental ‘Uncle Howard’. Fotografía cortesía de la distribuidora.

Debe ser la mitificación de un infante y su fascinación por el breve recorrido y la dilatada sombra de su referente adulto lo que posibilite la revisitación. De este modo, la edificada memoria de Aaron Brookner -sobrino de Howard- se ve gobernada no sólo por la intención, sino por el arrojo de la perseverancia. En consecuencia, el menor de los Brookner, exhortado por la búsqueda del proverbial ‘Burroughs: The Movie’ (1983) -maldito, mirífico y agreste documental, dirigido por Howard Brookner, acerca del elefantiásico tórax literario de uno de los conspicuos miembros de la Beat Generation, William Burroughs-, se embarca en la difusa y compleja tarea de rastrear los diseminados vestigios depositados, errática e involuntariamente, por Tío Howard.

Diversas pesquisas -decisiva la colaboración del editor y escritor James Grauerholz, albacea literario de Burroughs- focalizan la atención en ‘The Bunker’, conspicuo, aséptico y civilizado zulo (y antiguo vestuario de un gimnasio) en la segunda planta del 222 de Bowery, en el corazón del ínclito Lower East Side de Manhattan, en el que el autor de ‘El almuerzo desnudo’ mecanografió una reseñable parte de su legado en cut-up y se convirtió en escenario ineludible de una razonable parte de ‘Burroguhs: The Movie’, por cuyo dining room transita la excelsa y marchita flor y nata del on/off-off neoyorkino, tales como el hamburguesado Andy Warhol, el correligionario y sotabarbo Allen Ginsberg, el permutador literario Brion Gysin o la aflautada péndola lírica y violeta de John Giorno.

Será precisamente el permiso de Giorno -vecino y propietario de ‘The Bunker’, quien, a pesar de sus iniciales reticencias, accede a colaborar con Aaron Brookner- la inflexión definitiva que alumbre la génesis instrumental del proyecto, en tanto que un cuantioso archivo cinematográfico y personal -cintas de vídeo, bobinas de sonido y entrevistas, incluyendo tomas eliminadas y material propedéutico de ‘Burroguhs: The Movie’- había sido depositado allí, como una inopinada e incólume cápsula del tiempo, por el propio Howard.

Con el personal y pecuniario apoyo de Jim Jarmusch -compañero de Howard Brookner, junto a Tom DiCilo, en la Escuela de Cine de Nueva York-, quien participó en la filmación de ‘Burroguhs: The Movie’ como responsable de sonido, amén de la realizadora Sara Driver -pareja sentimental de Jarmusch- y la inestimable aportación de Brad Gooch -compañero vital de Howard durante los convulsos y nocturnos ochenta-, Aaron Brookner procura dotar de sentido al ingente material encontrado y vertebra ‘Uncle Howard’ por la senda del proceso -el de búsqueda, gestación y desarrollo-, a la manera en que Burroughs dotaba de preeminencia a la metodología, evitando, así, supeditar la cinta a la exclusiva relación entre el escritor y el cineasta o pormenorizando la bitácora de la enfermedad de Howard Brookner, acerca de la que existe un personalísimo dietario fílmico que el sobrino Aaron opta por introducir con fugaces acentos y laterales insinuaciones.

‘Uncle Howard’ se erige literal y metafóricamente en un hallazgo, portando consigo una refulgente carga simbólica que ilumina el hipogeo de la memoria y procura avituallamiento para quienes, devotos, precisamos de la espuma del mito y fabulamos, ávidos, con el resto de material de Brookner pendiente de clasificación y rumbo.

Fotograma de William Burroughs y Howard Brookner durante el rodaje de 'Burroughs: The Movie'. Fotografía cortesía de la distribuidora.

Fotograma de William Burroughs y Howard Brookner durante el rodaje de ‘Burroughs: The Movie’. Fotografía cortesía de la distribuidora.

Jose Ramón Alarcón

 

La autenticidad siniestra de José Hernández

José Hernández
Fundación Chirivella Soriano
C / Valeriola, 13. Valencia
Hasta el 6 de septiembre, 2015

José Hernández, lo recordó Manuel Chirivella, era un pintor del “soñar despierto”. De manera que cabría entroncarlo con el movimiento romántico, allí donde éste se hace cargo de la irrupción de lo siniestro como fenómeno estético allá por el siglo XIX. Romanticismo que viene a su vez a dar voz a todo aquello que la Ilustración, en tanto discurso de la racionalidad científica, negaba. De ahí que José Hernández (Tánger, 1944, Málaga, 2013) pintara despierto los sueños que sin duda nos atemorizan. La objetividad exacerbada de la vigilia dándose paradójicamente la mano con la no menos intensa visión subterránea de los sueños. ¿O habría que decir, para ser más exactos, pesadillas?

Obra de José Hernández. Centro del Carmen y Fundación Chirivella Soriano.

Obra de José Hernández. Centro del Carmen y Fundación Chirivella Soriano.

Porque en José Hernández se aprecia el encuentro, después de todo, de ambas tendencias disociadas de la mente humana. Por un lado, cierto naturalismo extremo, que se puede ver en la proliferación de extraños bichos y monstruos tan propios de la literatura fantástica. Y, por otro, cierto desgarro existencial, sin duda proveniente de esa misma pasión por alcanzar las capas más profundas del inconsciente. No es extraño, por ello, que ‘La metamorfosis’ de Kafka sea uno de los libros ilustrados por Hernández y, sin duda, de los mejores.

Obras de José Hernández en el Centro del Carmen.

Obras de José Hernández en el Centro del Carmen.

Los artistas como José Hernández no se encuentran cómodos en los juegos de seducción y comunicación que ahuyentan lo real de la experiencia humana, para ofrecernos a cambio una visión reconfortante de nuestro paso por la tierra. Frente a esos otros discursos más amables de la lógica comunicativa o el glamour publicitario, Hernández contrapone el áspero acercamiento a la vida corrupta que el tiempo inexorablemente impone. Lo auténtico, parece decirnos José Hernández con su obra, se encuentra próximo a lo siniestro, nunca cerca de la almibarada realidad.

Ópera veneciana, de José Hernández. Centro del Carmen y Fundación Chirivella Soriano.

Ópera veneciana, de José Hernández. Centro del Carmen y Fundación Chirivella Soriano.

Esta práctica artística, que sin duda entronca igualmente con la prolongación del romanticismo que supuso la emergencia de las vanguardias, tiene mucho que ver con ese soñar despierto antes aludido. José Hernández, del que su viuda Sharon Smith dijo que trabajaba diez horas diarias en su estudio, se limitaba a plasmar lo que su mente afloraba durante su apasionada vigilia. De manera que más que interpretar los sueños que cristalizan en su premiada obra, lo que Hernández hace es dejar que estos emerjan a borbotones para captarlos al vuelo en estado de hipnosis.

Memoria meteorológica, de José Hernández. Cortesía del Centro del Carmen.

Memoria meteorológica, de José Hernández. Cortesía del Centro del Carmen.

El Centro del Carmen del Consorcio de Museos y el Palau de Valeriola de la Fundación Chirivella Soriano han tenido que sumar sus espacios para acoger tamaña cantidad de seres monstruosos, a mitad de camino entre el sueño de la razón y su pesadilla siniestra. Más de 150 obras, entre las de su primera etapa (acogidas en Valeriola) y las realizadas a partir de los 80 (en el Carmen), que dan cuenta del desgarro existencial que provoca el encuentro de ambas exacerbaciones: la realista científica y la surrealista romántica.

Privilegios deshidratados, de José Hernández. Centro del Carmen.

Privilegios deshidratados, de José Hernández. Centro del Carmen.

Pinturas, dibujos, ilustraciones, carteles, esculturas y diseños de escenografías teatrales (conoció a Bacon, Buñuel, Ginsberg, Kerouac y Orson Welles, entre otros), que dejan espléndida huella del quehacer artístico del que fuera, con todo merecimiento, Premio Nacional de Artes Plásticas en 1981. Un quehacer basado en la autenticidad que, al estar ligada al horror, daría pie a otra historia no menos apasionada acerca de lo siniestro como destino del arte vaciado de dimensión simbólica. José Hernández la promueve con su obra inquietante y sin duda fantástica en todos los sentidos.

Detalle de una de las obras de José Hernández. Cortesía del Centro del Carmen.

Detalle de una de las obras de José Hernández. Cortesía del Centro del Carmen.

Salva Torres